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Full text of "Larrosa Lola Las Obras De Misericordia"

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£AS GBítA 



DE 



MISERICORDIA 



(ENSAYOS LITERARIOS) 



CUADROS DE COSTUMBRES 

POR 

LOLA LAHROSA 






BE TEÑOS aires 

Imprenta id", calle de Súlpac.]ia m’im, 

1882 



Señorita iota barrosa 
Señorita: 



Abril 2— Buenos Aires 1883, 



Si no tiene Vd. tanta indulgencia como talento, estoy per- 
dido. No atino á disculparme de haber dejado pasar el 
tiempo sin contestar á la preciosa carta con que me envió 
Vd. sus «Obras de Misericordia.» — Este título me salva, 
teniendo por seguro que la que escribió tal libro, está llena de 
bondad y dulzura. 

Como atenuación á mi silencio, diré á Vd. que hace mas 
de tres meses sufro en mi salud, á punto de haber estado 
en una completa postración. Aplazando de un dia á otro 
el hablar con Vd. de su obra y de la inestimable distinción 
que ha hecho Vd. de mí, remitiéndomela, me he dejado 
sorprender por la agradable visita de su padre y mi amigo, 
sin haber cumplido hasta ahora aquel deseo, sugerido por 
el agradecimiento á la fineza de Vd., sin decir nada de lo 
que se debe á la urbanidad y cortesía. 

Ai presentarme, rodilla en tierra, solicitando la absolución 
de la belleza, el ingenio, y la gracia, espero ser bastante 
feliz para obtenerla. — Respecto de su novela, solo diré á 
Vd. que durante mi dolencia, me ha dado algunas horas de 
solaz. Se ensaya Vd. en un terreno fértil, donde podrá 
Vd. encontrar nuevas flores que agregar á su fresca guir- 
nalda. Está Vd.* en la aurora, y comprendiendo todas 
las armonias de la naturaleza, no es estraño tengan en su 
corazón generoso, éco simpático, que llegará á ser profundo 
con la esperiencia de la vida. Se halla Vd. en el templo 
donde se llevan ofrendas al génio, y, su incensario es de 
oro. Los perfumes que esparce, impregnan también su velo 
y su corona virginal. Yo los aspiro desde lejos y sueño 
todavía con la perdida juventud. 

Ofrezco á Vd. mi sincero homenaje. 



Carlos Guido y Spano. 




DEDICATORIA 



A MIS PADRES 

• — ^ a irr. — <> 



Para vosotros es, padres amados, este ramillete de inco- 
loras flores, brotadas en el inculto jardín de mí mente. 

Mi humilde libro os pertenece. 

¿A quién, con mas méritos podría ofrecerlo, siendo voso- 
tros los que habéis formado mi corazón, con vuestros con- 
tinuos afanes, haciendo germinar en él los sentimientos 
que tanto anhelabais? 

El amor á las virtudes que son la aureola brillante de la 
mujer, me ha inspirado estas pájinas: vosotros habéis la- 
brado el campo que ha producido las pálidas flores que hoy 
os ofrece mi ternura. 

Esta ofrenda os será grata porque vereis en ella una débil 
prueba de mi intenso amor; las lágrimas de cariño que virtáis 
al recibirla, será la mayor recompensa que aspire á recibir, 
vuestra amantísima hija . 

Lola Larrosa. 

Buenos Aires— 1882 




DOS PALABRAS A MIS LECTORAS 



Solo á vosotras me dirijo, bella > y bondadosas hijas del 
suelo argentino* y á vosotras también, caras compatriotas, 
nacidas á orillas del poético Uruguay. 

Sois mis amigas., .sed pues indulgentes con estos ensayos, 
pobres páginas sin brillo ni pretensiones que echo á volar 
como mariposas de lánguidos y tristes colores! 

Vuestra acojida cariñosa será el éco simpático que respon- 
da al tierno afecto de vuestra amiga. 



£a autora . 




LIBRO PRIMERO 



ENSENAR AL QUE NO SABE 




ENSEÑAR Al QDE ÑO SABE 



Es la misión mas noble que puede imaginarsd 
Que abnegación reclama, y gran solicitud 
La que comprende breve la máxima divina 
(Enseña al que no sabe,# practica la virtud 
Adela Castell. 



CAPITULO I. 



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“ Alúmbrate con la antorcha de la esperanza hasta en 
las sombras misma de tu muerte, seguro de que lo Pro- 
videncia no tiende lazo alguno á tus pasos; cada aurora 
la justifica; el universo entero se fia de ella; sólo al hom- 
bre ha ofrecido dudas; pero su venganza paternal confun- 
dirá la duda infiel en el abismo de su bondad/*— Esto 
escribe Alfonso de Lamartine en sus inimitables y sublimes 
Meditaciones. 

La esperanza cual faro salvador, sosteniendo la fé del 
espiritu, ilumina el alma con la luz celeste que disipa las 
sombras tenebrosas de la duda. 

Los pesares del corazón disipados por la mano de la 
esperanza, dan paso ala dulce conformidad del espíritu que 
adquiere la tranquilidad del cielo, la. sublime resignación 
de la fé. 

Escucha lectora: voy á referiros una historia sencilla y 
sin aspiraciones; es una flor silvestre la que os ofrezco, 




— 12 — 



despojada de bellas galas, pero que vos, buena y dulce, sa- 
bréis amarla como os la presento, sin ¡os perfumes de la 
belleza! 

Rosa era feliz, como madre y como esposa. La pobre- 
za de su hogar no era una sombra para su dicha, mantenida 
siempre al calor de los sentimientos mas puros. 

Dos niños animaban aquel cielo doméstico. 

Llamábanse Maria y Alberto. Contaba es*e siete años 
y nueve aquella. 

Rosa, la feliz madre, vivia en la mirada de sus hijos, de 
aquellos delicados ángeles, esencia de su alma, pedazos de 
su sér. 

El fuego de la juventud brillaba aun en los ojos de Rosa; 
tenia treinta años y consei v aba todavía su plácida belleza. 

Su estatura mediana estaba revestida de gracia, su tez 
pálida, sus facciones delicadas y su mirada tranquila reve- 
laban la existencia de una alma sencilla y noble. 

Rosa amaba su hogar, y anhelaba el trabajo que debia 
disminuir las necesidades que le rodeaban, originadas por 
su estrema pobreza. Mas el esposo de Rosa, siempre aman- 
te y cuidadoso, apartaba de esta todo esfuerzo y fatiga .ex- 
clamando : 

— Guárdate para nuestros hijos ! quizá pronto les falte su 
padre ! 

El escelente esposo parecía presentir el próximo fin de sus 
dias, pues dejó de existir al poco tiempo. 

El golpe era rudo, la prueba fuerte. 

La joven madre elevó al cielo sus ojos bañados en lágri- 
mas buscando consuelo para su alma herida. 

La miseria tor /a y descarnada ofrecíase á la mirada de la 
infeliz viuda, amenazando su existencia y la de sus hijos. 

Volvió los ojos en torno y pensó en el trabajo, único sos- 
ten para contrarestar las vicisitudes de la vida material. 

Hija Rosa, de padres humildes, su educación habia sido 
escasa y limitada. En la desgracia que la rodeaba solo el 
trabajo de la costura quedábale como único recurso. 

Asióse á este, como el náufrago á la tabla salvadora. 

La infeliz madre enjugó las lágrimas de sus ojos, no 
pudiendo sin embargo reprimir las que brotaban de su heri- 
do corazón .... 

La resignación y la esperanza iluminaban su espíritu con 




— 13 — 



suave luz. Vivía para sus hijos, y con la fé en Dios, traba- 
jaba con ahinco sin desmayar un instante. 

Sin embargo, sus esfuerzos eran débiles para rechazar los 
ataques del infortunio que cada día en aumento, iban estre- 
chando con círculo de hierro el indefenso hogar. 

La pobre madre pasaba por esas horas sin cuento que 
cada minuto es una lágrima, y cada segundo un dolor. Horas 
de la desgracia, eternas y amargas, que tienen la pesadez 
del pecado que parecen ¡ ah, interminables ! 

Horas tristísimas, sin auroras ! Negro crespón que cual 
sudario de muerte, empaña el brillo del sol velando la belleza 
y frescura de la flor ! 

La desgracia tiene este poder. Bajo su influencia los 
ojos del alma ven todo de color plomizo y ni el alba cela- 
jes de oro, ni la natura galas sublimes. 

Telo es triste y sin encantos hasta el canto de las 
avec ;’!qs parecen écos estraños que resuenan en ,el cora- 
zón dolorido brñndo en lágrimas. . . . 

Ah ! la desgrada es planta que solo produce espinas .... 
espinas que hieren mortalmente ! . . . . 

Sin embargo, el horizonte encapotado tiene claros lumi- 
nosos . . : . estos son la esperanza del cristiano ! 



CAPITULO II 
Pobres*» fé jp caridad.. 



Corría el año 18 en el pueblo de Nueva Palmira, 

pequeña villa de la R. O. 

Era una mañana de primavera serena y templada. La 
naturaleza riente de bellezas y de penumes, ostentaba ufana 
las galas de su mágica córte. 

La fértil vegetación del suelo oriental, exhuberante de ri- 
quezas inagotables, ofrecían por do quier panoramas de 
lozana vida, de naturales y bellos encantos, 




— 14 — 



Sobi;e una elevación de terreno se halla situado parte 
del pequeño pueblo de Palmíra. 

Desde esa altura la mirada absorta contempla las flori- 
das costas argentinas y las azuladas ondas del hermoso 
Vruguaf que baña las arenosas playas orientales, me- 
ciendo las ligeras embarcaciones que como palomas blan- 
cas, ora se deslizan con rapidez, ora vogan blandamente ó 
ya permanecen aquietadas como dormidas sobre lecho de 
finísimas espumas. ! 

Todas estas magnificencias, nuestros ojos las han con- 
templado con el amor que siempre inspiran los objetos 
de la madre patria, adornada para nosotros de todas las 
bellezas ideales soñadas por la * imaginación ardiente del 
poeta. 

Entre la parte alta y baja de la población, en un pa- 
raje apartado, se veia una humilde vivienda, especie de 
choza, la que apesar de su pobreza ofrecía un aspecto 
risueño que hablaba muy en favor de los dueños que la 
habitaban. 

Notábase un estremado aseo, un orden admirable que 
formaban una atmósfera de grata tranquilidad, de dulce paz 
que ensanchaba el espíritu y hacia latir el corazón con 
inesplicable sensación. 

Nada más pobre que el interior de aquella morada com- 
puesta de una sola habitación. 

Dos lechos humildísimos, algunas sillas, una mesa y una 
gran caja de madera constituían todo el mobiliario. 

En medio de aquella pobreza, respirábase el aroma de la 
virtud. 

Los sentimientos puros, son como las flores que espar- 
cen sus perfumes levantando el espíritu que los aspira. 

En aquella habitación tan desprovista de adornos materia- 
les, brillaba- sin embargo la poesía^del corazón, sentimiento 
delicado que embellece la existencia. 

Frescas flores, colocadas en grandes jarros de loza ale- 
graban el ánimo con su aroma y vistosos colores. Veíanse 
también flores en la ventana, enredaderas de jazmines y 
madre-selvas que formaban un cortinado de encantadora 
frescura. 

Diríase que el perfume de las flores buscaba el de los 
espíritus para entremezclar sus puras esencias . 




— 15 — 

«La poesía en la mujer es hermana del sentimiento, es 
la blanca y perfumada flor que brota del corazón: cuando 
el huracán del dolor ha agotado todas las demas flores del 
alma, la de la poesía desplega su corola mas hermosa que 
nunca. 

«Las lágrimas son su rocío; la resignación es el sol 
benéfico que la calienta con sus tibios resplandores. 

«La poesía es la compañera inseparable de la mujer buena 
y la que embellece el hogar doméstico. ¡Desgraciada la 
mujer que la desconoce y desgraciado también el hombre que 
busca, para compañera suya, una mujer prosáica y mate- 
rialista! Si busca una alma fria, se encontrará con una alma 
dura, si busca un corazón destituido de ilusiones, será fácil 
que hale un corazón vacío y desgarrado. 

«La poesía está en el mundo bajo diversas formas, y vive 
entre nosotros sin que nos apercibamos de su presencia.» 

En el humildísimo hogar que hemos descrito, vivía Rosa, 
la jóvenmadrey sus dos hijos, María y Alberto. 

Al presentárosla, lectora, Rosa cose una pieza de jopa 
blanca, ayudada por su hija Maria, mientras que Alberto 
el pequeño rubio, contemplaba á su madre y ásu hermana en 
silencio. 

— Maria, hija mia — exclamó Rosa —suspende tu tarea... 
me da pena verte trabajar tanto! 

— Oh! mamá, trabajo con gusto!— repuso la tierna 
Maria. 

La buena madre envolvió á sus hijos con una mirada de 
ternura exhalando un hondo suspiro. 

— Dios siempre justo — murmuró Rosa, — acudirá en nues- 
tro auxilio. . . . 

Ah! — exclamó Maria dejando su costura y poniéndose 
de pié — olvidaba las flores! 

Y saliendo rápidamente de la habitación volvió á poco 
con su vestido recojido y lleno de flores. 

— Mi ofrenda! — murmuró la niña depositando aquellas 
al pié de una imágen sagrada. 

Rosa seguía con la mirada los movimientos de su 
hija, 

La tierna Maria iba colocando las flores una por una y 
depositando en ellas respetuosos y amorosos besos. 




— 1 G — 



¡Divina ofrenda de la inocencia, cuánto vales tú! 

Terminada su piadosa y bella ocupación, la hermosa 
niña volvió á ocupar su asiento cerca de su madre. 

—Poco nos falta para concluir ¿no mama? 

— Sí hija mia, felizmente doy las últimas puntadas. Es 
necesario entregar hoy mismo estas costuras. 

— Alberto quitará los hilvanes — exclamó Maria entregando 
la costura ya terminada á su hermanito, que se apresuró á 
desempeñar su cometido. 

Hubo un momento de silencio. Todos trabajaban. 

Alberto fuá el primero en hablar 

— Mamá, — exclamó de pronto, — me comprarás un vestido 
con el dinero que te den por las costuras? 

— Valiente dinero! 20 vintenes! (1) — dijo Maria con 
sentida entonación. 

— Veinte vintenes! — murmuró Alberto con desaliento, 
reclinando su rubia cabeza en el hombro de su madre. 

— ¿Y para' ganar tan poco trabajáis noche y dia? — 
preguntó el niño con insistencia. 

— Que quieres hijo! — murmuró Rosa — el trabajo es el 
recurso del pobre, á el tiene que ceñirse para proporcio- 
narse el pan que coma en su mesa. . . pan de honradez 
que Dios bendice! 

— Ah, mamá! — dijo Alberto rodeando con sus brazos 
el cuello de Rosa — ,cuánto deseo ser grande para que tú y 
Maria no trabajéis tanto! entonces no seriamos pobres 
porque yo ganaría dinero trabajando, y tú, mamita que- 
rida, descansarías y tendrías todo lo que te gustase! 

— Escelente niño! — esclamó Rosa conmovida devolviem 
do las caricias de su hijo — , Dios colmará tus esperan- 
zas hijo de mi alma!.. .Ah! no me canso de rogarle siem- 
pre por vuestra ventura! 

— Dios nos oirá mamá — dijo M&ria con su dulce vo- 
cesita — , tú ncte has enseñado que Dios es el padre de 
los desgraciados y que no les abandona cuando sufren 
sin perder la fé y alimentan siempre esperanzas. . . 

— Si mi Maria, confiad siempre en XI y llevad vues- 
tros pesares con angélica mansedumbre. 

La desgracia lectora, anticipa en los niños las ideas 



(}) Moneda de cob|*e de Ja Repüblioa Qriental, 




- 17 - 



sirias y .juiciosas propias de la edad y la esperiencia. Sus 
almas juveniles no aciertan á esplicarse ciertos hechos 
de la vida real, péro sufren al ver sufrir y el sol de la 
infantil alegría se apaga y empaña en sus delicados espíri- 
tus. Son preciosas flores, que languidecen de tristeza. 
Para corroborar este aserto, bastará que fijéis vuestra aten- 
ción, comparando el niño feliz que goza en su hogar de 
todas las comodidades apetecibles, con el niño deshere- 
dado de la fortuna que vive, siempre en medio de la 
tristeza de un hogar sin sol. 

Aquel es vivo, aturdido, expresivo, bullicioso, y osten- 
tados colores de la vida y la alegría, — el segundo es tímido, 
de carácter apagado y hasta en sus juegos es triste, re- 
traído y silencioso, su color es pálido, enfermiso y en su 
rostro parece dibujarse un anhelo misterioso ... 

La escúdamele la desgracia es bien amarga! 

El hijo de Rosa,- acariciando siempre á su madre es- 
clamó de nuevo: ' ' 

— Para trabajar es necesario saber algo, ahora que soy 
niño aprenderé ¿no es verdad mamá? 

* —Ay, hijo mió! ese es mi afan!... más yo nada sé... 
ah! cuando pienso que si me hubiera faltado el recurso 
de la costura, hoy no podríamos trabajar! Pero Dios es 
grande!... esperemos, Alberto mió! 

—Di mamá ¿y esa Señora que tiene una escuda’ tan 
linda, que enseña tantas cosas, no podria darnos leccio- 
nes? 

— Ah!... esa señora, no quiere recibiros. . . 

— Nó quiere... ¿porqué mamá? 

— Porqué... no enseña gratis, así me lo ha manifeestao. 
Tiene en su escuela los niños de las familias más aco- 
modadas y todos le pagan con generosidad... Yo implo- 
ré á esa Señora, diciéndole que lo que ella me pedía por 
la enseñanza, era mucho más de lo que ganaba al cabo 
de una semana... pero todo ha sido inútil! 

— Pero... 

— Díjome también, que su escuda era solo para i iños 
neos, y que, si recibiera pobres se disgustarían con razón 
las madres de sus educandas.. . 

— Pues qué!... — esclamó Alberto irguieno su pequeña 
falla con h%fantil enerjía— el ser pobre e§ una falta? 




— 18 



— En el mundo lo es casi siempre, hijo mió; tu no 
comprendes aun las vanidades que él encierra, no sabes 
que la virtud suele ser perseguida y el bueno calumniado 
y ultrajado!... Acuérdate de que Jesucristo, siendo el 
Dios del Universo, el divino justo, fué mártir sintiendo 
los efectos de los más hondos dolores! 

Las palabras de la buena Rosa fueron interrumpidas por 
la presencia de un nuevo personaje. 

— Abuelita Feliza! — esclamaron los niños á una voz, cor- 
riendo á recibir á la recien venida. 

Era esta, una pobre anciana llamada en el pueblo por 
el nombre de abuelita petiza No se le conocía familia y 
se ignoraba que edad tenia, pero lo que sí se sabia era 
que ántes habia disfrutado de buena posición, que tenia 
bastante educación, y modales distinguidos, y que á la 
sazón vivía de la caridad de las buenas almas. Su edad 
era muy avanzada, aunque no se sabia á cuanto alcan- 
zaba, sin embargo, su tez marchita, sus cabellos blancos, 
su voz cascada, y lo agobiado de su cuerpo acusa- 
ban una senectud bien marcada 

Se comprendía que aquella pobre anciana, habia sufri- 
do mucho, muchísimo, mas de una vez sorprendiéronse 
en sus rugosas mejillas, silenciosas lágrimas.. - 

Desgraciada! en el ocaso de su existencia, veíase sola en 
el mundo, comiendo el pan de la caridad, y durmiendo bajo 
techos hospitalarios! 

Todos tenían compasión de la abuelita %eliz* } y hasta los 
mas pobres gozaban en compartir con ella sus míseros ali- 
mentos. 

La anciana amaba á los niños con locura, y divertíalos 
contándoles historias y cuentos que le atraían un auditorio 
numeroso de infantiles cabezas^ 

Por esto, la alegria de los hijos de Rosa, cuando vieron á 
la anciana. 

La abuelita Feliza fué rodeada, y agazajada. 

—Ayer la esperé abuelita! — dijo Maria tomando una de 
las manos de la anciana y besándola con respeto. 

— No pude llegar hasta aquí, hija mia, me sentí ! muy 
mal. 

Rosa se aproximó con solicitud, esclamando: 




— 19 — 



— Quiere algún remedio, señora. Se lo haré en el mo- 
mento! f 

— Gracias, mi buena Rosa, hoy me siento bien. 

— Quiere Vd. esta rosquita, abuelita Feliza? — preguntó 
Alberto, ofreciéndole una. 

— No hijo, te agradezco, [ya he comido, gracias á tu 
mamá! 

— A mí mamá? — dijeron los niños á una voz. 

— Si, esta mañana ella misma fué á llevarme una ca- 
nasta con provisiones... Dios te bendiga Rosa! 

— Oh! Señora, de lo poco nuestro, Vd. debe participar 
siempre; la queremos tanto! y sin esto, los pobres todos 
somos hermanos... 

La abuelita Feliza nada dijo pero sus mejillas se baña- 
ron de lágrimas, respuesta harto elocuente! 

Los niños fueron los primeros en romper el silencio 
una vez que vieron á la anciana algo mas serena. « , 

• — Tendremos cuentos hoy, abuelita Feliza? 

— Si hijos mios, uno y muy bueno. 

Los niños batieron palmas de alegría y se dispusieron 
á oir, mientras que Rosa, aproximando su silla, seguía su 
costura, disponiéndose también á formar parte del audi- 
torio. 

La anciana meditó un breve rato, y luego .dió comien- 
zo á su historieta en los siguientes términos: 

— Da. Cármen y D. Enrique tenían dos hijos exce- 
lentes, de vuestra misma edad; llamábanse: la niña, Enri- 
queta y el varón, Ricardo . Estos niños perfectamente edu- 
cados, dóciles, buenos y cariñosos, hacían la felicidad de 
sus padres. 

Da. Cármen y su esposo D. Enrique, deseando educar 
á sus hijos lejos del contacto y malas costumbres que 
ofrece el mundo bajo dorado manto; determinaron estable- 
cerse en el campo, en una hermosísima estancia de su 
propiedad. 

Como poseían una gran fortuna, alhajaron la casa con 
gusto y sencillez, cuidando de que faltase lo supérfluo án- 
tes que lo útil, que en todo debe ser lo primero. 

Llevaron un maestro para los niños, y se proveyeron 
de Dbro^ y útile§ de enseñanza, pue§ deseaban dar á su§ 




— 20 — 



hijos una educación moral y material tan completa como 
acabada. 

Da. Carmen cuidó de llevar también á su estancia gran 
variedad de juguetes, para premiar la laboriosidad de los 
niños. 

Enriqueta y Ricardo correspondían los desvelos y aten- 
ciones de sus padres, con cstremado cariño y una grande 
obediencia y docilidad. 

Da Cármen, lo mismo que su esposo, jamás fueron 
aflijidos por sus hijos, pues estos se esforzaban en no 
disgustarlos en lo mas mínimo, acatando con respeto y 
cariño todos sus mandatos. 

Eran unos niños ejemplares. 



CAPITULO III. 



O paseo 



Después de haber dado sus lecciones, una tarde En- 
riqueta pidió permiso á su mamá para salir con su her- 
manita á dar un paseo por el campo en compañía de su 
maestro, que era un señor de 55 años de edad, llamado 
D. Santiago González' — Da. Cármen accedió gustosa, en- 
comendando á D. Santiago el cuidado de los niños. 

La tarde estaba hermosísima; serena y templada, respi- 
rábase liña atmósfera deliciosa impregnada con el aroma de 
las flores silvestres. ^ 

Los niños gozosos, unidos de la mano, ccrrian de acá 
para allá, cantando y riendo con bulliciosa alegría. 

Don Santiago contemplaba con sonrisa bondadosa la 
infantil satisfacción que iluminaba los semblantes de sus 
jóvenes educandos. 

Enriqueta formaba un ramillete de frescas flores para 
obsequiar á su mamá á la vuelta del paseo. 

Ricardo, haciendo rodar un arco sobre la yerba del 




- 21 - 



campo, ora sé alejaba de I03 paseantes, ora se internaba 
entre las selvas. 

Una de estas veces, tardó algo en volver; Don Santia- 
go y Enriqueta se disponían á ir en su busca cuando 
apareció, llevando en sus manos un precioso nidito y un 
pajarillo que pugnaba por recobrar su libertad. 

El rostro del niño resplandecía alegría y enseñaba aque- 
llos objetos como trofeos de gloria. 

Ricardo quizo obsequiar con ellos á su hermanita cre- 
yendo proporcionarle una grande alegría. ' ' 

Enriqueta con el semblante entristecido recibió el pobre 
pajarillo, pero no bien lo tuvo tv su mano se apresuró á 
darle libertad, contemplando con alegria como el pajari- 
llo se elevaba por los aires lanzando al parecer gritos 
de regocijo, y jeteando al verse en feliz libertad. 

Ricardo absorto, miró á su hermana y luego al pajari- 
llo que se alzaba, sin acertar á desplegar los labios.. , 

— Ahora, — dijo Enriqueta á su hermano, enséñame el 
sitio de donde arrancaste este nido. 

— ¿Que piensas hacer? preguntó Ricardo adivinando la 
acción de la excelente niña. 

— Voy ¿.colocar este nidito en el lugar en que estaba; 
¿has olvidado lo que siempre nos dice mamá de que no 
debemos hacer ningún daño á esas pobres, avecillas que, 
como nosotros tienen padres y hermanos, y como no- 
sotros también, sienten y lloran la pérdida de los suyos ? 
de seguro, — prosiguió la generosa niña, con acento de 
aflicción— que ahora estará lamentando alguna infeliz ave- 
cilla la pérdida del nidito que la cobijaba de los fríos, 
brindándole un asilo al abrigo de las tempestades ! 

Ricardo impresionado tomó de la mano á su hermanita 
diciéndole: 

— Ven, coloquemos el nido en su sitio. 

— Si, vamos; la avecilla que di libertad no tardará en 
volver; qué alegria tendrá cuando encuentre intacto su 
querido nidito : 

Don Santiago conmovido escuchaba esta . escena tierna 
y sencilla, que trasparentaba la belleza pura é inocente del 
alma de Enriqueta. 

El buen anciano aprovechó esta circunstancia para 
exhortar á los niños, y elogiar las bellas cualidades de 
las almas generosas y tiernas. 




— 22 — 



Enriqueta poseía un corazón de oro, una alma sensi- 
ble y educada por una madre ejemplar, sus bellas dotes 
aumentaban cada dia. 

Un hecho, parecido al de la avecilla y el nido, habia 
tenido lugar pocos dias antes, en la estancia de los padres 
de Enriqueta y Ricardo , hecho que también habia 
demostrado la belleza del corazón de Enriqueta. 

Doña Cármen, que no perdía la ocasión de inculcar en 
los corazones de sus hijos ideas sanas y nobles, quemas 
tarde habían de dar ópimos frutos, pintaba á Enriqueta 
con vivos colores, la crueldad de algunos seres que se 
gozan en martirizar á los inofensivos pajarillos, privando - 
les de libertad y dando muerte á su padres, hermanos y 
amigos. 

Presentaba á la imaginación impresionable de la niña 
los cuadros de dolor que ofrecian semejantes actos ; la 
aflicción de la madre que era separada de ia hija, las an- 
gustias que esperimentaría su corazón al ver desaparecer 
el nido que abrigaba á los hijuelos de su cariño; pintá- 
ba!g las torturas y tristezas del ave que prisionera en le- 
janas tierras suspiraba por sus padres, hermanos ó hijos, 
sin más consuelo que los cantos de otras aves que lle- 
gaban hasta su estrecha cárcel, causándole mayor pena, 
pues esos acentos traían á su memoria el éco querido de 
los seres que lloraba. 

Enriqueta escuchaba, y á travez de la ventana seguía 
con la mirada velada por las lágrimas, el vuelo rápido de 
los pajarillos que cruzaban el espacio. 

No bien “Enriqueta se vip sola, una idea repentina cru- 
zó por su mente; recordó que su mamá tenia en una 
rica jaula un precioso y pulido canario, que todas las ma- 
ñanas llenaba los . aires con los trinos de su armonioso 
canto;- no vacila, ligera con^r el pensamiento corre á la 
jaula donde la prisionera avecilla entona dulces acentos, 
y con el corazón palpitante, dá franca salida al pajarillo 
que gozoso de tanta dicha levanta el vuelo y se alza, 
parándose sobre la copa de un gigantezco árbol. 

Enriqueta lo contempla con alegría y batiendo palmas 
vá á contar § su mamá lo que acaba de hacer. 

Doña Cármen abraza á su hija satisfecha del resultado 
de sus lecciones ; aunque interiormente lamenta la pér- 




— 23 — 



dida del lindo canario que por tantos años le habla hecho 
compañía, pero nada dice á su hija, dejándole la satisfac- 
ción de su obra generosa . 

La jaula había quedado abierta y solitaria. 

Por la tarde, Enriqueta cree escuchar muy cerca el 
armonioso canto del canario, corre hacia la ventana donde 
había quedado la jaula abandonada, y cual no seria *su 
sorpresa al ver dentro de ella al precioso canario que 
saltando de palito en palito, cantaba alegremente. 

Sorprendida, va presurosa á contar á su mamá lo su- 
cedido, y esta acude prodigando á la avecilla las más 
dulces caricias. 

— Enriqueta, nuestro canario no nos quiere abandonar, 
y vuelve á ocupar la jaula que por tantos años ha sido 
su vivienda. — 

— Ah! mamá, será acaso que no tenga padres ni ami- 
gos, y vea en nosotros esos seres que ha perdido? ♦ 

— Si hija, — dijo Da. Cármen besando á Enriqueta en 
lá frente — por eso no nos quiere dejar. 

— Ah! entónces yo cuidaré todos los dias de él y le 
prodigaré todas mis caricias ! 

Da. Cármen vuelve á estrechar contra su pecho á la 
buena niña y con placer encomienda á su cuidado el 
pulido canario. 

Desde aquel dia Enriqueta y el canario son dos buenos 
amigos ; ella le cuida y por las mañanas abre la jaula pa- 
ra que la linda avecilla vaya á dar un paseo matinal, 
permiso que aprovecha con regocijo no tardando en vol- 
ver á ocupar su dorada jaula. 

Volvamos al encuentro de los niños que siguen’ su 
paseo en compañia de D. Santiago. 

Este, vencido por los ruegos de Enriqueta y Ricardo, ha 
permitido hacer aquella tarde un paseo más largo que el 
que suelen hacer de costumbre. 

Recorridos los parajes conocidos, no tardan en llegar 
á uno que nunca han visto, y que los llena de agrada- 
ble sorpresa por la belleza lozana de su vegetación. 




CAPITULO IV. 



111 mCs©r@ ratieüto y sms rn¡á¡s mCaeras foabítattltes 



Habian atravesado los paseantes un sendero algo esca- 
broso, lleno de malezas, y al finalizarlo se hallaron en un 
claro donde se levantaba un miserable rancho, casi en 
ruinas. 

A la puerta de aquella humildísima vivienda se hallaba 
una muchacha como de diez á once años, sentada sobre 
una enorme piedra. Era un tipo estraño. , 

Sus vestidos de un color indefinible, estaban des- 
garrados, dejando ver en muchas partes sus carnes flacas 
y amarillentas. 

Era de rostro ovál, tez morena, y. sin brillo; sus ojos 
pardos, de mirada huraña, y apagada; sus cabellos enma- 
rañados, parecía que jamás hubieran sido peinados, en 
cuanto á su cara y manos, el agua hacia mucho tiempo que 
no las había refrescado. 

La muchacha al ver á los niífos y á D Santiago hizo 
un movimiento brusco, y penetrando al mismo rancho, 
cerró la puerta con precipitación. 

Enriqueta miró con asombro á D. Santiago esclamando: 

—¡Pobre muchacha, tan sola ... y parece que sufre! 

—Con quién vivirá?— dijo á su vez Ricardo. 

— Pronto lo sabremos, — respondió D. Santiago dirijíéndo* 
se al rancho y llamando á la puerta con suavidad. 

Nadie contestó. 

Repitió al llamamiento, obteniendo igual resultado. 

Dispusieron retirarse, con gran descontento por parte de 
Enriqueta, que sin saber porqué, se había interesado por 
la infeliz muchacha. 

Por el camino el tema de la conversación fué la solita- 
ria habitante del rancho. 

Enriqueta manifestó deseos de volver al siguiente dia 




25 -* 



por la tarde; quizá, decia, podramos hacer a’guna buéria 
obra de esas que mamá siempre nos enseña. 

Al siguiente dia, doña Cármen accedió á los deseos de 
los niños y en compañia de D. Santiago, Enriqueta y 
Ricardo emprendieron la marcha, en dirección al rancho 
de la víspera. 

Encontraron á la muchacha en la misma actitud, pero 
esta vez se contentó con mirar á los niños sin dar mues- 
tras de retirarse. 

Alentados, nuestros paseantes se aproximaron, saludando 
á la muchacha con un afectuoso — buenas tardes , que quedó 
sin contestación. 

Enriqueta , contemplando con un interés mezclado de 
lástima á la muchacha, le preguntó como se llamaba. 

Esta miró á- la niña, luego á sus vestidos quedando al 
parecer absorta ante el sencillo atavío de Enriqueta. 

La niña repitió su pregunta sin amedrentarse pop la 
huraña espresion de la muchacha. 

Al fin esta, con acento ronco y destemplado di, o: 

— Lucia. 

— Lucía, dijo Enriqueta enmendando la acentuación — 
que lindo nombre! te llamas Lucía, y tienes padres? 

Tardó algo en contestar la muchacha, hasta que al fin • 
repuso: 

— Tengo padre. 

— Y donde está? preguntó D. Santiago. 

— Por ahí, — dijo la muchacha encojiéndose de hombros, 
con una indiferencia brutal. 

— Como se llama? 

— José. 

— Y no tienes miedo de estar aquí sola? 

La muchacha volvió á encojer los hombros sin res- 
ponder . 

— No sabes leer, ni coser? 

— Leer... coser .. — repitió la muchacha cpmo una má- 
quina. 

— No sabes? . . y rezar? 

— Rezar. . . que es eso? . . — preguntó Lucia mirando los 
vestidos de Enriqueta que eran los que llevaban todas sus 
miradas. 

Enriqueta juntó las manos esclamando: 




— 26 — 



— No sabe lo que es rezar!. . .infeliz! 

Una idea súbita la animó y lanzando una mirada al 
interior del rancho dijo á Lucía, observando sus mi- 
radas. 

— Te gustan mis vestidos? 

Lucía inclinó la cabeza en señal afirmativa y estendiendo 
su mano tocó los vestidos de la niña con el dedo ín- 
dice. 

— Yo te puedo dar unos iguales ó mas lindos, si tu 
quieres. 

Por los ojos de Lucía cruzó un relámpago de alegría 
estraña, pero esto fué rápido volviendo luego á su estado 
de indiferencia. 

Don Santiago llamó aparte á Enriqueta diciéndole: 

— Por hoy basta, querida niña, ya no es tan huraña, 
prométele que mañana volveremos. 

Enriqueta se aproximó á Lucía diciéndole: 

— Adiós, hasta mañana. 

— Va á traerme vestido? — dijo Lucía elevando su apagada 
mirada hasta la niña. 

— Si, pero tendrás que hacer lo que yo te diga, de lo 
contrario no te traeré nada. 

La muchacha guardó silencio, murmurando luego: 

— No, mi padre me pegará. 

— Qué ha de pegarte! al contrario, le gustará verte limpia 
y bien vestida. 

La muchacha sacudió la cabeza. 

— Bien, mañana vendremos y te traeremos muchas cosas. 

Lucía guardó silencio siguiendo con la vista á los niños y 
áD. Santiago que se alejaban después de haber contestado 
con un apagado adiós á la cordial despedida de sus visi- 
tantes. 




CAPITULO V. 



tíña fnva!©rabt© 



Llegó el siguiente dia y nuestros amiguitos ansiosos de 
proporcionar á Lucía una sorpresa agradabte y de hacer 
al propio tiempo una buena obra, anticiparon la hora de 
paseo. 

Antes de llegar al rancho, descubrieron á Lucía que de pié 
parecía esperarlos sobre una eminencia de terreno, cubierta 
por malezas incultas. 

Sus ojos devoraban los envoltorios que Enriqueta y Ri- 
cardo y hasta D. Santiago llevaban con gran cuidado. 

— Aquí nos tienes, Lucía, — dijo Enriqueta, depositando 
su carga á igual de los demas, sobre la yerba. 

Don Santiago y Ricardo se sentaron sobre una roca, 
mientras que Enriqueta decía á la muchacha. 

— Tienes que hacer lo que yo te diga, que todo será para 
tu bien, has oído? 

— Si, — dijo Lucía — haré lo que Vd. quiera. 

Enriqueta tomó uno de los bultos que había llevado dicien- 
do á Lucía: — Ven, sígueme. 

Ambas se internaron entre las selvas. 

Enriqueta de mas estatura que Lucía, apesar de tener un 
ahó rnenos, educada con sentimiento y sólidamente instruida 
poseía un aplomo admirable, y todas las previsiones que 
puede tener una muger, la elocuencia y la sencillez que 
distinguen las naturalezas nobles y abnegadas. 

^ Enriqueta empezó por despojar á Lucía de sus ha- 
rapos. 

Cerca de ellas corría mansamente un arroyuelo; la niña 
hizo bañar en sus cristalinas aguas á la muchacha, que al 
principio opuso alguna resistencia, aunque débil, pues ya 
estaba subyugada por Enriqueta , 




- S8 - 



Dado aquel bado higiénico de que tanto necesitaba Lucía, 
Enriqueta comenzó á vestir á la muchacha, primero con 
fina ropa blanca luego con un vestido color de rosa, medias 
muy blancas y zapatitos negros de cuero, coquetamente he- 
chos y sujetos con lazos de cinta. 

Concluido este atavío faltaba el del cabello. 

Las tijeras hicieron su oficio; hábilmente manejadas, qui 
taron de la cabeza de Lucía los enredos que el tiempo y la 
desidia habían hecho en día; una vez libres y limpios fueron 
graciosamente peinados, y sujetos con una cinta del mismo 
color del vestido. 

Completamente transformada, Enriqueta contempló á 
Lucía que no sabía lo que le pasaba. 

La amarillenta tez de la piel había desaparecido, ahora se 
veia el brillo de una tez suavemente morena, fina y fresca. 

Los cabellos relucientes, adornaban una frente elevada 
y graciosa; los ojos de Lucía mas animados parecían des- 
pedir rayos de lejana luz, que no tardaría en iluminar aque- 
lla mente embrutecida. 

Enriqueta habia llevado de exprofeso un pequeño espe- 
jo y él sirvió para que Lucía contemplara su propia 
imágen. 

En url principio quedó muda de sorpresa, luego mi- 
rando á Enriqueta dijo, con sencillo y cándido asombro. 

— Soy yo! 

— Si, tú! que te parece? 

— Que lindo!... ah! gracias!— y sin poder evitarlo En- 
riqueta, Lucía se arrodilló á sus pies, besando sus manos. 

— ¡Haga Vd. lo que quiera de mi! 

— Haré tu felicidad y la de tu padre, con ayuda de ma- 
má; alza, y vamos á hacer en tu habitación lo que he 
hecho en tu persona, 

Enriqueta y Lucía transformada volvieron al rancho. 

Al verlas D. Santiago y Ricardo lanzaron una esclama- 
cion de sorpresa: Lucía estaba desconocida. 

Ricardo abrazó á su hermana diciendo: 

— Dios te premiará tan buena obra! 

— Si, — dijo D. Santiago pasando su mano sobre la ca- 
beza de Enriqueta — siga Vd. siempre con tan buen corazón 
prodigando bienes, que será feliz, 




— 29 — 



Enriqueta penetró en el interior del rancho, emocionada 
y satisfecha. 

El cuadro que ofrecía aquella habitación no podía ser 
mas miserable. 

Componian el ajuar, una mesa, dos sillas cojas, y una 
cama construida de troncos de árbol, todo en un estado 
de desaseo y abandono terrible. 

En la mesa cubierta de polvo, veíanse pedazos de pan 
duro, cábos devela, latas viejas y otras cosas que pare- 
cía habían ido amontonando allí como si fuera ello un re- 
cipiente de basuras. 

Las telarañas caían del techo como espesos cortinajes ; 
en todo veíase impreso el sello del abandono y del 
desaseo. 

Las débiles fuerzas de Enriqueta no bastaban para trans- 
formar todo aquello. 

D. Santiago y Ricardo la ayudaron. 

Las telarañas desaparecieron, la mesa fué desembarazada 
de las inmundicias que la cubrían, el piso fué barrido, el 
polvo quitado, y á las sillas cojas se le improvisaron nuevos 
cimientos; la cama de troncos de árbol fué arrojada al 
campo, . aquella misma tarde un criado ' de la estancia 
debía llevar al rancho dos lindas camas con sus correspon- 
dientes útiles. 

Tenía el rancho una ventana que daba ál medio dia, 
jamás habia sido abierta por sus infelices moradores, En- 
riqueta la abrió y un alegre rayo de sol inundó la ha- 
bitación, poco antes lóbrega y sucia, ahora alegre y limpia. 

La mesa habia sido cubierta con una carpeta verde, 
sobre la cual la previsora Enriqueta habia puesto un jarro 
de porcelana lleno de frescas ñores, • que inundaban de 
aroma la humilde habitación, llenando de alegría el espíritu. 

No tardó en llegar el criado de la estancia cargado con 
nuevas cosas, entre ellas venían las camas,, que fueron 
mullidas por Enriqueta y Ricardo y cubiertas con ale- 
gres y vistosas colchas. 

Un tocador de madera, dos sillas más, una, gran cesta 
llena de provisiones y un baúl atestado de ropa, contri- 
buyeron á cambiar por completo el cuadro. 

Sobrecojida en un rincón de la habitación, Lucia mi* 




— 30 — 



raba todo aquello, casi asustada siguiendo con los ojos los mo- 
vimientos de Enriqueta que iba y venía órdenándolo 
todo. 

Concluido el atavío del rancho, la bondadosa niña, 
apartó las flores, y estendió sobre la mesa un blanco 
mantel, disponiéndo una apetitosa cena, con las provisio- 
nes que su buena madre le había enviado. 

Luego tomando de la mano á Lucia le dijo : 

— No te parece mucho mejor tu rancho.? 

— Oh! si, gracias!., gracias!.... 

— Cuando venga tu padre encontrará la cena preparada; 
todo lo dejo listo ; él hallará en ese baúl ropa para ves- 
tirse; mañana volveré con mamá. 

— Se vá Vd. !- dijo Lucía con tristeza. 

— Si, dijo sonriendo Enriqueta, y cambiando con D. 
Santiago y Ricardo una mirada de inteligencia, — me voy, 
y volveré siempre si tu sigues haciendo todo cuanto yo 
te indique. 

—Oh! si señorita! 

— Bien, pero ántes de irme tengo que hacer algo más, 
una cosa de grande importancia; ven! 

Enriqueta fué al baúl y tomó de él algo que había en- 
vuelto entre papeles, y llevándolo consigo salió del rancho 
llevando de la mano á Lucía. 

Enriqueta dirijió en torno suyo una mirada y conducien- 
do siempre de una mano á Lucía y de la otra el bulto sa- 
cado del baúl, se internó entre los árboles, yendo á situar- 
se bajo un frondoso sauce, á cuyo pié se deslizaba el ar- 
royuelo cristalino. 

Enriqueta y Lucía sentadas en el tronco del árbol guar- 
daron silencio por algunos instantes, hasta que aquella lo 
interrumpió diciendo: 

— Vas á oir algo nuevo para tí, y tan importante que es 
necesario que fijes toda tu aflncion. 

Enriqueta se detuvo, y Lucía esclamó: 

— Escucho. . . 

La buena niña entonces, reuniendo todas las facultades 
de su clara inteligencia, y pidiendo á Dios auxilio para 
su grande obra, comenzó á desarrollar ante los ojos de 
Lucía, con un lenguaje dulce y sencillo, las grandezas del 
Creador, su infinita sabiduría y su omnipotente poder, 




— 31 — 



Era de ver el sagrado entusiasmo con que describía sus 
mas bellas obras, como hacia resaltar la providencia celes- 
tial, y la infinita clemencia del Rey de la creación. 

Como pintaba los cuadros de la naturaleza, donde re- 
saltaba admirablemente la mano bendecida de Dios; desde 
la existencia del reptil hasta la del hombre; desarrollando 
á la vista de Lucía un mundo desconocido de grandezas, y 
descorriendo el velo que hasta entónces había cubierto su 
alma, le revelaba la existencia de ese gran Dios de bondad, 
de amor y de clemencia. 

Lucía absorta, con la vista fija en su bienhechora, y la 
respiración agitada, escuchábala palabra dulce y persuasiva 
de Enriqueta, sintiendo latir su corazón de una manera estra- 
ña y esperimentando conmociones hasta entónces descono- 
cidas. 

Cuando Enriqueta empezó á describir con vivos colores 
el sublime martirio del Gólgota, narrando con trémula, voz 
los inauditos horrores y crueldades de que habia sido víc- 
tima el Divino Redentor, relato conmovedor, que habia 
escuchado de los lábios de su madre, grabándolo en su 
corazón y que ahora, ella á su vez, pintábalo, tratando de 
dar á conocer á Lucía lo que hasta entónces habia igno- 
rado; cuando describía, repetimos, el sublime martirio de 
Jesús, el dolor de sú divina Madre y sus angustias de 
muerte, Lucía palpitante, bañada su faz en llanto, cayó de 
hinojos y elevando *al cielo su mirada iluminada por una 
luz interna balbuceó entre sollozos: 

— Dios mió!... 

Enriqueta conmovida, elevó al cielo sus manos en ac- 
ción de gracias murmurando con leve acento: 

— Gracias, Dios mió! tú me has ayudado, he podido cum- 
plir la misión que máma me encomendó acerca de esta 
desgraciada! 

Y la buena niña, volviéndose, tomó los envoltorios que 
habia llevado, y descubriendo un hermoso crucifijo lo enseñó 
á Lucía diciendo: 

— Hé aquí la imágen sagrada del que adoramos, y aquí, 
dijo, volviéndose y tomando un busto de la dolorosa — la 
imágen de María, la madre santísima de Dios! 

Lucía tomó de manos de Enriqueta las sagradas imá- 
genes besándolas con amoroso respeto. 




- 32 — 



— Todas las mañanas, y todas las tardes, Lucía, mamá 
nos enseña á elevar nuestras preces al Eterno, en acción 
de gracias y de amor por los beneficios que de él reci- 
bimos. Todo cuanto somos, y cuanto tenemos, se lo de 
bemos á Dios que vela por sus hijos de^de lo alto, der- 
ramando sus bienes sobre la tierra; así pues, debemos 
esforzarnos por ser agradables á sus divinos ojos, y para 
esto no tenemos mas que ser buenos, compasivos y cum- 
plir siempre con los deberes que nos impone la con- 
ciencia. 

Enriqueta al decir esto se arrodilló sobre la yerba, 
siendo imitada por Lucía, empezando aquella á orar en 
alta voz y repitiendo esta, todo cuanto decia su joven 
bienhechora. 

Concluido el rezo, Enriqueta tomó de la mano á Lucía 
diciéndole: 

— Yo te enseñaré á rezar, y serás feliz; nada te faltará, 
y si alguna vez sufres, lo harás con paciencia; dice mamá 
que Dios manda los sufrimientos para probar el temple 
de nuestras almas y para que nos acordemos de él, por- 
que en medio de la felicidad olvidarnos á veces los 
deberes que tenemos para con Dios, llegando nuestra in- 
gratitud hasta olvidar de darle gracias por los beneficios 
que recibimos. 

Si doña Cármen y D. Enrique hubieran escuchado los 
bellos discursos de su hija ¡qué satisfacción no hubieran 
esperimentado! 

Aquella niña dé corta edad precozmente desarrollada 
tenía la sensatez y el raciocinio de los años, y al oirla 
espresarse, mas que una niña parecía escucharse á una 
muger de juicio y de despejada intelijencia. 

Enriqueta, D. Santiago y Ricardo se despidieron de 
Lucía prometiendo aquella volver al siguiente dia en com- 
pañía de su mamá, ^ 




CAPITULO VI 






Llegó el siguiente dia por desgracia frió' y lluvioso, im- 
posibilitando á nuestros amigos de poder salir. 

Don Santiago ocupó el dia en dar lecciones á los ni- 
ños sobre diferentes materias. 

Concluiadas las lecciones, Ricardo comenzó á hacer pre- 
guntas á D. Santiago, el que se apresuraba á satífacerlos, 
stilurando con ellas la mente de sus jóvenes discí- 
pulos. , 4 

— Señor, yo no recuerdo bien como se hace el té, quiere Vd. 
tener la bondad de decírmelo otra vez— dijo Ricardo á Don 
Santiago. 

— Si hijo mió, el oriol dd té (i), es un arbustillo de3 ó 4 me- 
tros de altura, déla misma familia que el camelia, pero con flores 
mas hormosas y aromáticas. Las hojas de este arbusto, conve- 
nientemente preparadas, son las que dan el té, una de las mayores 
riquezas comerciales de la China y Japón. 

Las hojas se recojen en la primavera y en el verano, se elijen 
las Quenas, se apartan las malas, se bañan luego en agua caliente, 
durante algunos .segundos, y después de haberlas enjuagado, .se 
colocan en planchas de hierro colado ealiente y se las menea. 
Luego se les deja enfriar en esteras y se las enrosca con la palma 
de la palma . 

Los chinos y los japoneses no nos suelen enviar más que el té 
de inferior calidad. Se pretende que el té reservado para el em- 
perador del Japón es objeto de cuidados muy minuciosos. El 
terreno donde se cultiva este té tan precioso, está rodeado de un 
ancho foso para que nadie entre en él, como no sean los .guar- 
dianes. 

El té puede emplearse como medicamento ó como bebida agra- 
dable. En el primer caso, se administra como tónico, comp di- 



(i)Gop, Ats* Yerbas. 




tgeStivc y como sudorífico. Conviene perfectamente á las cons- 
tituciones linfáticas y débiles y á los habitantes de los climas 
«fríos y húmedos, tales como Holanda, Inglaterra. Como be- 
«bida agradable es un excelente difusible y digestivo, empleán- 
«dose muchas veces en vez de café. 

«Existen en el comercio dos variedades de té, el verde y el 
«negro; el primero tiene una facultad excitante muy superior al se- 
«gundo; ordinariamente se les mezcla. 

«Los ingleses, americanos y rusos consumen enormes cantida- 
«desdeté. En Inglaterra llega á 22 millones de kilogramos al 
«año. En muchos Estados de la Union americana es casi la única 
«bebida que usan todas las clases de la sociedad, 

«La introducción del té en Europa se debe á los holandeses y 
«data de 1610. 

— Gracias D. Santiago por su bondad — esclamó Ricardo, agre- 
gando en seguida : 

— Tendría la bondad de hablarnos ahora sobre los grandes in- 
ventos ? ' 

— Ah! si Señor, — dijo á su vez Enriqueta — así conoceremos 
también los nombres de los inventores. 

[#" — Con mucho gusto, mis queridos niños. Oid con aten- 
ción. 

— Grandes son los adelantos que han llenado el mundo de 
asombro, con .inventos verdaderamente prodigiosos. Ahí teneis á 
Juan Gutenberg, hijo de la Alemania que ha legado á las poster- 
idades el más precioso invento, la imprenta , esa diosa, cien veces 
inmortal que á través de los siglos viene trasmitiendo de una á 
otra generación la esencia del saber, la luz de las glorias presen- 
tes y pasadas, formando un lazo indestructible que ligará los su- 
cesos grandiosos del mundo, inmortalizándolos en páginas eternas, 
indelebles. 

Roberto Fúltón, inventor del vapor, hijo de Estados Unidos, 
enriqueció las ciencias dotándola navegación de álas para cru- 
zar los mares y desafiar los peligros, acortando las distancias y 
uniendo las naciones. 

Benjamín Franklin, célebre sábio,'hijo de los Estados Unidos, 
inventor del para-rayo, y descubridor de la electricidad, que como 
dijo un hombre de talento, «arrebató el rayo del seno de las 
nubes», legando al mundo preciosos descubrimientos que inmorta- 
lizaron su nombre, enriqueciendo el gran libro de oro de las 
ciencias. 




— 35 — 



Ahí teneis el precioso invento de lo litografía debido á un 
abogado y autor dramático de Munich, llamado Senefelder. 

Y tantos otros que han difundido por el mundo los reflejos de 
la poderosa luz con que Dios ha iluminado sus espíritus supe- 
riores. 

— Aquí llegó laabuelita Feliza en su narración, deteniéndose 
fatigada, 

— ¡ Ah qué linda historieta ! — esclamaron á un tiempo María 
y Alberto — ¿ falta mucho abuelita Feliza, para que termine? 

— Bastante, hijos mios. 

—Ah! qué gusto! yo estoy deseando saber que fué de Lucía 
y de los dos buenos niños Ricardo y Enriqueta ! 

— Mañana continuará la abuelit* — dijo Rosa — , ahora está fa- 
tigada — y tomando las manos de la anciana, esclamó conmo- 
vida : — 

— Señora ! cómo le agradezco el relato de su preciosa histo- 
rieta ! ignoraba que Vd. supiera tanto ! * * 

La abuelita Feliza sonrió déla sencillez de Rosa y repuso : 

— Bien poco es, querida Rosa, pero todo se lo trasmitiré á tus 
hijos. 

— Gracias! — repuso Rosa conmovida y alborozada — podré ver 
realizado 'en parte mis más vivos deseos. 

— Si Rosa en mi juventud tuve maestros y mis padres se esfor- 
zaron en proporcionarme una buena educación^ esta quedó por 
desgracia incompleta, pues, á la muerte de mis padres todo quedó 
trastornado en mi hogar. 

Los recuerdos de aquel tiempo, hicieron asomar lágrimas á 
los ojos de la abuelita Feliza. 

Serenada un tanto, prosiguió : 

— Daré á tus hijos lecciones de lo que yo aprendí entónces, 
que, aunque poco, de algo les servirá. 

— Ah! gracias señora,, mis hijos sabran aprovechar esas leccio- 
nes! 

La abuelita Feliza después de conversar largamente con Rosa y 
sus hijos, se despidió de j ellos j prometiendo volver el dia si- 
guiente. 




— 36 — 



CAPITULO VIL 

0$ foistoHeta de te «fewetít® f?©ttest a 



Amaneció el sigaieiite dia, y la abnelita Feliza fiel á su pro- 
mesa llegó al rancho de Rosa muy dispuesta á seguir su narra- 
ción. 

Los niños la rodearon, y Rosa formó parte del pequeña 
auditorio, disponiéndose á escuchar á la bondadosa anciana 
Feliza. 

— Dejamos ayer á Don Santiago dando lecciones á Enri- 
queta y á Ricardo sóbre algunas materias interesantes — bien, 
continuemos. 

La abuelita Feliza meditó un buen rato y reanudó su relato 
como sigue : 

Enriqueta y Ricardo satisfechos de la lección; y aprovechando 
la bondadosa condescendencia de Don Santiago, se dispusieron 
á seguir preguntando, deseosos de instruirse y de adquirir cono-, 
cimientos útiles. 

— Querria Vd. decirnos Don Santiago, algo del café, á mi 
que tanto me gusta esa bebida ? dijo Enriqueta. 

— «El cafe [i] hija mia, es un arbusto originario de la Arabia 
y Etiopia. Su tallo se eleva á 4 ó 6 metros ; sus flores, de 
un aroma suave, pro lucen- linos frutos rojos que ennegrecen ma- 
durando. Dos granos pegados entre sí y encerrados en lo interior 
del fruto, es lo que se conoce en el comercio con el nombre de 
café. El mas estimado es de la^Arabia feliz, 

«El café se ha trasportado á América y sobre todo á las An- 
tillas, donde ha tomado su cultura un inmenso desarrollo, así 
»como en la Mirtinica, yen casi toda la América meridional. 

«Esta preciosa bebida no se introdujo en Europa sino ámedia- 
« dos del siglo XVII. Es un tónico precioso que estimula la di- 
« gestión y el movimiento circulatorio, pero también un poderoso 

(1;. Boutet de Monyel. 




— 37 — 

«excitante que no conviene á las personas muy sanguínea* n¡ á 
«los que tienen un temperamento nervioso muy irritante». 

—Y la canela, Don Santiago ? 

— «El canelo ó árbol déla canela, hijos míos, es una especie de 
«laurel cuya corteza, secada al sol, se encoge y toma la forma 
«de rollitos. La canela es muy aromática, de un sabor agra- 
«dable, algo excitante, y se emplea en muchos manjares y dulces 
«y á veces en medicina. La mejor canela es la de Ceylon. 

— Tendría vd. la bondad de esplicarnos algo sobre el alabas- 
tro, la -porcelana, el vidrio, el cristal y la fabricación del papel? 

— Con el mayor placer; siempre me tendréis dispuesto 
para satisfaceros en todo aquello que redunde en provecho 
vuestro. 

«El alabastro calcáreo (i) que es infinitamente más hermoso 
«y mucho más caro, no debe confundirse con el alabastro 
«yesoso. 

«El alabastro se forma, como el otro por la infiltración y lue- 
«go por la evaporación de las aguas cargadas de cáliza, produ- 
«ciéndose, entonces en ciertas, cavernas, hermosas varitas ó 
«palillos cónicos, que penden de la bóveda, semejantes á los 
«carámbanos de hiélo que penden de los tejados durante el 
«invierno: esto es lo que se llama estalagmita* ?. Las gotas que 
«caen al suelo, forman igualmente un depósito, llamado estalas 
« titas , el cual se eleva de modo que alcanza la estalactita 
«pendiente, y cuando ámbas se juntan, forman una columna. 
«Existen muchas grutas que ofrecen así una magnífica decora- 
«cion interior ; su aspecto es mágico cuando se alumbra las 
«paredes con antorchas. Una de las más hermosas, es la gruta 
«de Antiparas, en Grecia, y Jas de Arcy, en Francia. 

«En los terrenos yesosos, las aguas subterráneas contienen, 
«en disolución, proporciones bastantes considerables de yeso 
«que las vuelve crudas , esto es, impropias para cocer las le- 
gumbres, para disolver el jabón y difíciles de dijerir. Es el 
«efecto d,e la mayor parte de los pozos. Al filtrar al través de 
«las tierras, gotean estas aguas en las bóvedas y paredes délas 
«cavernas, donde dejan al evaporarse, un depósito duro y crista- 
lino. Bajo esta forma, toma el yeso el nombre de alabastro 
«yesoso; es una materia de hermosa blancura, matizada á veces 
«de amarillo, y bastante frágil; se hace, con ella vasos y 



(1) Boutet de Monvel 




— 38 — 



«zócalos de relojes de sobremesa. Se saca muy buen alabas- 
«tro de Toscana, Cerdeñay aun de Francia. En Toscana, sobre 
«todo, se recojen las aguas yesosas en moldes, donde se depone 
«el alabastro, tomando inmediatamente la forma que se le 
«quiera dar. 

«La porcdoLTUL es un vidriado fino, hecho con una especie de 
«arcilla muy blanca, el kaolín , procedente déla, descomposición 
«de una especie de mineral llamado feldespato. Se mezcla el 
«caolin con una pequeña proporción de feldespato al cual se 
«añade muchos en un cedazo y añadiendo un poco de agua, 
«se forma una pasta que se deja podrir durante seis meses ó 
«un año. 

«Para emplear esta pasta se la muele y bate para expulsar las 
«burbujas de aire y luego se le dá una forma en el torno hori- 
«zontal del alfarero. Después de haber puesto á secar las piezas 
«al sol, se las somete á un primer cocimiento en un horno ca- 
«lentado ordinariamente con leña. Así se obtiene la primera 
«masa ó. porcelana porosa. 

«Para hacer impermeable la porcelana, se la cubre con una 
«capa de feldespato desleido en agua y se la vuelve á meter en 
«el horno. Elkaolinnoes fusible, pero el feldespato se funde 
«como el vidrio y forma entónces un varnis vidrioso en la super- 
«ficie de la porcelana. 

«Se conocen dos especies de porcelana: la que acabamos de 
«describir, llamada porcelana dura , porque aguanta muy bien el 
«fuego, y la porcelana tierna , cuya composición se acerea más á 
«la del vidrio y no resiste á la acción del calor. 

«En Chinaren Japón, se conoce la porcelana desde tiempo 
«inmemorial, pero en Europa no empezó á fabricarse hasta fines 
«del siglo XVII, siendo en Francia é Inglaterra donde se fabricó 
«primero la porcelana tierna, y en Sajonia, la dura, hácia 1710. 
«La manufactura de Sevres ha seguido su ejemplo, en 1763, 
«gracias al descubrimiento de lo^kaolins de Limoges. 

«La fabricación de los vidriados comunes, no difiere mucho 
<*de la porcelana. Las materias empleadas son menos puras, pero 
«los procederes son los mismos. 

«El vidrio se hace con arena, potasa ó sosa y sal. Estas ma- 
terias, más ó menos puras, según el grado de transparencia 
«que se quiera dar al vidrio, se ponen en un crisol y se someten á 
« un fuego violento durante treinta horas. Si se les añade minio 




- 39 



«se obtiene el cristal que todos conocemos, con el cual se hacen 
«mil objetos de lujo y utilidad, 

«El vidrio común de los vasos, vidrieras, botellas, frasqui- 
«llos, etc,, se hace principalmente con la sosa. La fabricación 
«del vidrio es muy curiosa. Para hacer el de vidrieras, toma el. 
«operario una cantidad de materia fundida en el extremo de un 
«largo canuto de hierro, sopla, hace salir una gran bola del mismo 
«modo que se hace salir una burbuja de jabón con una paja ; 
«mete luego la bola en el crisol para tomar más materia, y lo 
«sopla por el canuto repetidas veces. Cuando la bola ha adqui- 
«rido el volumen que se desea, se dá vueltas al canuto como 
«si fuera una honda, y luego se le imprime un movimiento de 
«rotación, entre las manos, ó se arrolla la bola encima de una 
«mesa de hierro, para darla una forma larga. Corta luego las 
«dos extremidades de esta masa para hacer un cilindro que hien- 
«de en toda su longitud. 

«Cuando la masa de vidrio está candente, se corta muy fácil- 
«mente con un cuchillo mojado en agua fria : y cuando* sé ex- 
«poneel cilindro, cortado así, á la acción del fuego, el vidrio se 
«desarrolla y extiende en lámina cuadrada. Pasando entónces 
«un rodillo sobre la lámina, se logra allanarla completa- 
«mente. 

«Para hacer botellas comunes se emplean arenas más ó menos 
«ferruginosos, arcilla, sal de sosa y aun sosa en bruto. La 
«presencia del hierro dá á este vidrio un color oscuro. 

«El operario sopla una bola con un canuto de hierro ; mete 
«esta bola en un molde del mismo metal que determina el \ó- 
« lumen de la parte mas ancha y el hueco del fondo: el cuello 
«déla botella resulta del peso mismo de la masa que empuja ■ 
«hácia abajo, la materia aun líquida. El operario no debe tomar 
«á la vez, en el crisol, más que la cantidad necesaria para que 
«el vidrio tenga el mismo espesor é igual volumen en todas las 
«botellas. 

«Para la fabricación de los frascos, vasos, botellas para aguá, 
«frascos con relieve, etc., se sopla en un molde la gota de vidrio 
«fundida. Otros muchos objetos, como los saleros, rodelos, 
«etc,, se funden sencillamente en un molde. 

H «En cuanto se acaba de fabricar estos objetos, se meten en 
«un horno de reconocimiento con compartimientos de diferentes 
«grados, de modo que se vaya enfriando lentamente, sin lo cual 
«el vidrio estaría expuesto á quebrarse al menor choque. Mu- 




— 40 — 



chas piezas se rompen por sí solas, por no tener un reconocí 
«miento conveniente, 

«Los vasos con caras se cortan en la muela y se pulen 
«con esmeril. 

«La fabricación del vidrio data de la más remota antigüedad. 

«Veamos ahora la fabricación del papel. 

«El papel se hace con trapos de hilo, algodón ó con pa- 
« peles viejos. Los trapos se escogen y separan .en varias 
«categorías, según su naturaleza, finura, buena conservación 
«y limpieza. 

«Se les deja podrir durante algún tiempo, y después se 
«les corta en cubos por medio de cilindros armados de 
«hojas cortantes y animados por un movimiento de rota- 
«cion muy rápido. 

«De este modo se obtiene una pasta de color gris que se 
«blanquea por medio del cloro: con esta pasta se fabrica el 

«papel. 

«Durante mucho tiempo se ha empleado exclusivamente 
«el proceder de fabricación llamado de forma. El papel se 
«molía entónces en una especie de cuadros ó formas he- 
« chas de alambres; la hoja de pasta que quedaba encima de 
«la forma, después de haberse escurrido, se prensaba en- 
«^re dos tiras de franela y se la ponía á secar al calor de 
«la estufa. Hoy dia se emplean mecánicas muy complica- 
«das que fabrican el papel bajo la forma de una larga 
«tira ó venda, de pasta, soportada por otra venda más an- 
« cha de franela; esta venda pasa sobre cilindros calentados 
«interiormente, se seca allí y cuando llega al extremo de la 
«máquina, se enrosca alrededor de un gran rodillo. 

«El papel para escribir tiene siempre una capa de cola 
«que le impide calar, esto es, extenderse la tinta más allá 
«de los límites del rasgo formado por la pluma. 

«La encoladura, en el papel de forma, se hace metiendo 
«las hojas, aun húmedas, ej^un baño tibio formado por 
«una disolución espesa de alumbre y gelatina: esta esco- 

«ladura es enteramente superficial. 

«El papel de mecánica se encola de antemano la pasta 
«con almidón al que se le añade cierta cantidad de resina. 

«Los papeles hechos con trapos de lino ó de cáñamo, 
«resisten mucho más que los que sé fabrican con algodón. 

«La lana, la seda, y en general todos las materias ani 




— 41 — 



«males, son impropias para la fabricaciou del papel. Sin 
«embargo, se puede, sin inconveniente, mezclar una peque- 
«ña cantidad en la pasta. 

« La pasta de papel vasto, llamado de estraza , que sirve 
«para hacer cucuruchos y envolver paquetes, contienen gran 
«cantidad de hilachas y paja picada, la cual le da mucha 
«solidez. Este papel no tiene cola generalmente. 

«El papel para calcáreo papel vegetal, se hace con hilachas 
«verdes de lino ó cáñamo. 

«El cartón se fabrica con papeles viejos reducidos otra 
«vez á pasta y que se amolda después en hojas más es- 
« pesas; se pegan luego esas hojas unas á otras y se las po- 
«ne en prensa.» 

— ¡Que lindo es saber todas esas cosas! — esclamó Enri- 
queta. 

— ¡Si, hija mia, todo eso es útil y provechoso, por esto 
no debeis ignorarlo. 

Las lecciones tocaron á su fin por aquel dia. ♦ « 

Los niños se recojieron pensando en Lucía, y Enriqueta so- 
ñó que habitaba un palacio de alabastro y que Lucía tras- 
formada en princesa había adquirido riquezas fabulosas. 



CAPITULO Vííl. 



Ctenttauarc [$& í©cobít©8 



El nuevo dia amaneció igual al anterior; lluvioso y enca- 
potado. 

Enriqueta y Ricardo entristecidos contemplaban los oscuros 
nubarrones que llenaban el espacio velando la claridad del 
dia y pensaban con pena en la pobre Lucía. 

D. Santiago consoló á sus discípulos diciéndoles. 

— Mañana creo que tendremos buen tiempo. 

— Lo cree Vd. asi, D. Santiago? — esclamó Enriqueta con 
alegría. 




— 42 — 



— Si hija mia, pero no podremos salir hasta dentro -de 
dos ó tres dias 

— Ah! que dolor! 

— Como nos estrañará Lucia!— agregó Ricardo. 

— Hijos mios, imposible será recorrer el campo en el es- 
tado que se halla, tendremos que esperar que el sol y el ai- 
re sequen la tierra, ó por lo menos que la haga transitable; 
Lucía esperará esto mismo. 

Los niños que eran dóciles y buenos no insistieron. 

— Hoy os enseñaré algo de Geografía; así transcurrirá el 
tiempo más agradablemente, aunque es el dia señalado para 
la Aritmética, la Astronomía, Música y Dibujo; sin embargo 
haremos una escepcion, por ser t el dia lluvioso, trataremos 
solo de Geografía.,. 

— Gracias Don Santiago, — esclamó Enriqueta — Vd. hace eso 
porque sabe la pasión que tengo por la Geografía... 

— Hija mia, las lecciones de Geografía que tan de tu gus- 
to son, contribuirán á que pases el dia gratamente esperan- 
do con paciencia el asiento del tiempo que nos permitirá vi- 
sitar á Lucía. 

— Oh! sí: lo deseo tanto! 

— Bien, daremos principio; Ricardo presta mucha atención 
tú que te hallas algo atrasado en Geografía. 

— Escucho con la mayor atención, oh! á mi también me 
gusta la Geografía, es muy bueno eso de conocer todos los 
paises, y de saber cuales son sus producciones y riquezas. 

— Si, hijo mió, el estudio de la Geografía es tan útil co- 
mo provechoso, pero es necesario retener en la memoria los 
hechos más importantes, y todo aquello que la Geografía nos 
enseña. 

— Ah! ahí está lo malo, — esclamó Ricardo con pesar — yo 
pongo toda mi atención, estudio y estudio, pero nada; me 
acuerdo; dos, tres dias, pero después, como si nada hubie- 
ra estudiado! / 

— Trataremos de correjir esa mala memoria amigo Ricardo; 
por ahora concretaos á escuchar con atención, 

Justo es que demos nuestra preferencia empezando por nues- 
tro suelo; vamos á ver Enriqueta, habladme de la República 
del Uruguay. 

— Sí, señor, podré deciros que es un Estado independiente 
cjue tiene por límites al S, el Rio de la Plata, al N. y E. el Oceá- 




— 43 — 



no Atlántico y el Brasil: al O. el rio Uruguay.» 

— Bien, ahora Ricardo me dirá qué estension mide. 

— c Al momento, tiene una superficie de.., de... de 15,000 le- 
guas cuadradas... poco más ó menos... 

— Vamos, la memoria no va siendo tan ingrata aunque se 
resiste un tanto. 

— Veamos ahora Enriqueta, ¿ cuál es la capital de la Repú- 
blica del Uruguay? 

— «Montevideo, situada sobre una hermosa bahía cerca de 
la embocadura del Rio de la Plata.» 

— Ricardo me dirá ahora quién fué el primero que descubrió 
este país. 

— Lo descubrió D. Juan Díaz de Solis en..., espere vd. un 
poco, ya me viene.. .en. ..en 1516. 

— Mucha atención Ricardo, mucha atención; señalaré yo al- 
gunos de sus pueblos de más importancia: la Colonia, á orillas 
del Rio de la Plata, fundada por unos portugueses en 1681, 
con el nombre de Sacramento. Hay otros varios pueblos im- 
portantes, entre los cuales pueden citarse San José, Mercedes, 
Florida, Paysandú, Salto, FrayBentos, Maldonado, etc. 

— Ahora, Enriqueta me dirá como se divide la República. 

— Con el njayor placer ; está dividida en once Departamen- 
tos que son :. Montevideo, Maldonado, Canelones, San José, Co- 
lonia, Soriano, Paysandú, Florida, Durazno, Tacuarembó, Cerro 
Largo. 

— Bien Enriqueta ; la República Oriental del Uruguay cuenta 
entre sus ventajas la de un suelo precioso por su fertilidad, un 
clima muy sano, gran número de puertos cómodos, posée, en fin, 
todos los elementos que reunidos hacen de él un país hermoso, 
próspero y lleno de porvenir. 

— Véamos, Ricardo, si recuerda su lección de hace dos dias, 
respecto á los hechos históricos más notables de los primeros 
años de la República del Uruguay. 

— Sí, señor, esa lección la tengo bien presente con puntos y 
comas, empiezo : «A principios del siglo XVIII fué establecida en 
Montevideo una colonia de 120 familias dé las islas Canarias. 
El país se conocía entónces con el nombre de '¡Banda 'Oriental . — 
En 1822 el Emperador del Brasil se apoderó de Montevideo, lo 
que dió lugar á una guerra obstinada entre este país y Buenos 
Aires. Púsose fin á esa guerra mediando la Gran Bretaña, fué 




— 44 — 



firmado un tratado de paz 2I 27 de Agosto de 1828, quedando 
la Banda Oriental como Estado independiente. 

El General Oribe quiso usurpar el gobierno movido por la 
ambición de ser á toda costa presidente de la República, sitió diez 
años á Montevideo, hasta que fue derrotado, y el país restable- 
cido á la paz, por el General Urquiza en 1852.» 

— Bien, esa lección merece un prcm'o, está perfectamente es- 
tudiada. 

Ahora nos ocuparemos de la Rcpúbl ca Argentina. Enriqueta 
me dirá cuáles son sus confines. 

— Sí, señor ; al N. Paraguay, el Chaco y Bolivia; al O. los 
Andes, que la separa de la República de Chile; al S. Pata- 
gonia, y al E. el Atlántico, el Uruguay, el Brasil y Para- 
guay. 

— Bien Enriqueta, la República Argentina tiene catorce pro- 
vincias y un gobierno democrático republicano, con un pre- 
sidente elegido por electores nombrados por el pueblo ; no es 
así ? 

—Sí, señor, dijeron á una voz los dos niños. 

— Bueno, Ricardo, me dirá cuál es la extensión de la Re- 
pública. 

— «Tiene una superficie aproximada de 130,000 leguas cua- 
dradas.» 

— Enriqueta-, cuál es el aspecto y clima del país ? 

— Diré á vd., una cadena de los Andes toma todo el lado 
occidental; la parte oriental se compone de inmensas llanu- 
ras que se les da eí nombre de jampas. En cuanto al clima es 
cálido en los llanos y rejiones bajas, frió en las rejiones altas, 
templado en la embocadura del Rio de la Plata, y en general sano, 
aunque muy variable. 

— Perfectamente, Enriqueta, recuerda bien sus lecciones de 
geografía, y no dire menos de Ricardo* aunque nuestro amiguito 
tiene la desgracia de estar ^Jgo reñido con su memoria ; trata- 
remos de que ambos llegúen á ser buenos amigps, pues sin 
la ayuda de esta buena compañera, nada se puede hacer. 

— Ricardo, vamos á ver, cuáles son las principales produccio- 
nes vegetales de la República ¿\rgentina ? 

— «En el Norte, azúcar, café, arroz ; en el Oeste, vino, seda, 
algodón, y en el Este maderas abundantes. » 

— Bien, en cuanto á las producciones animales, es uno de I09 




45 



ramos más importantes de la industria del país, la cria del gana- 

vacuno, caballar y lanar. 

— Él país posee también minas de oro, plata y cobre. 

— Ricardo dirá cuáles son sus artículos de exportación. 

— «Los principales son cueros, pieles, lanas, carnes saladas y 
secas, sebo, cerda, cobre y plata. 

— Y los de importación ? 

— «Los diversos artefactos europeos y los de los Estados Uni- 
dos ; café, azúcar y tabaco del Brasil y yerba del Paraguay. » 

— Perfectamente ; veamos ahora, entre el número de volcanes 
que existe en América, nombradme Ricardo, los que miden ma 
yor elevación entre ellos. 

— «Al momento: el ^Aconcagua, en Chile; el de *Ar equipa, en 
el Perú ; el <% lntisangjy_ 'Cotopaxi , en el Ecuador ; el JEopocatepelt 
y Orinaba, en Mégico; el San "Elias, en el territorio de Alaska; 
el San Vicente , en la isla del mismo nombre ; él de Solf atara , en 
la isla de Guadalupe ; el de Ñapóles... 

— Amiguito ! amiguito ! me vá vd. á citar el Vesuvio de 
Nápoles ? 

— Ah !.. .perdonad. ..distraído, olvidé que hablábamos de Amé- 
rica, y... 

— Tened cuidado de no distraeros porque así estaréis espíiesto 
á decir lo que no es. 

—Enriqueta, habladme de los golfos y bahías de América. 

— «Sí, señor; os citaré los tres grandes golfos, el de San 
: Lorenzo , formado por el Atlántico ; el át Méjico, formado por 
él Mar délas Antillas ; y el de 'California llatnado ¿Mar'Sermejo, 
formado por el Océáño Pacífico. 

Entre los pequeños golfos citaré la bahía d edliespeak, al 
E. de los Estados Unidos; la de 'Campíche, en el fbndo del 
golfo de Méjico; el golfo de jtionduras, en eí triar dé las Anti- 
llas ; el de Maracáxbo , al N. de Cólófnbla ; la bfthíá de C^uapa- 
quil, al O, del Ecuador y el 'golfo de panamá, al Oeste de 
Colombia.» 

— Perfectamente; para no fatigaros variaremos de tema; 
hablaremos algo sobre. Astronomía. 

— Ah ! én esto soy mas jfúerté !---esctámó Acardo. 

— Sí ?. . . .repuso ddn L Santiago---pueS í)íén> por vos ém- 
pezaré. 

— Qué son nebulosas ? 




^ 46 — 



- — Nebulosas. . .nebulosas, esperad; nebulosas ... si lo tengo 
en la punta de la lengua! 

— Pues en ella se pegaron, amigo Ricardo.; encargaremos á 
Enriqueta para que se encargué de despejar las nebulosas de tu 
lengua! 

— Nó! nó, ya recuerdo ! qué memoria. . .nebulosas se llama 
al grupo de estrellas que en número inmenso forman ráfagas 
pálidamente luminosas, siendo la más conocida con el nombre de 
tyia ladea ó camino de Santiago. 

— Bien, aunque cuesta para venir, sales airoso ; veamos Enri- 
queta : qué son cometas ? 

1 — «Unos cuerpos de estraño aspecto que se aparecen de 
tiempo en tiempo y describen al rededor del Sol curvas muy 
prolongadas. La ráfaga luminosa que los acampaña se llama 
cabellera ó cola.» 

— Bien, dirá ahora Ricardo, qué es horizonte ? 

— «Es la circunferencia natural que limita en todos sentidos 
la vista del observador, separando la parte visible de nuestro glo- 
bo, de la invisible.» 

— Y cuáles son los puntos del horizonte llamados cardinales ? 

— El Norte, el Sur, el Este y el Oeste. 

— Bien ; debo señalaros para mañana lecciones de Astro- 
nomía, es necesario adelantar más, estamos muy al principio. 

— Enriqueta, qué es atmosfera ? 

— «El conjunto de gases y vapores que rodean nuestro globo 
hasta una altura de 50 kilómetros.» 

— Ricardo, qué elementos constituyen la atmósfera? 

— «Principalmente el: aire, en el cual están disueltos los va- 
pores que se desprenden de la superficie terrestre. » 

— ‘Díme, hijo mió, en qué página es tu lección? 

— En la página 1 1 3 señor. 

— Veamos ; qué son vienios , Ricardo ? . 

— ‘«Las oscilaciones ó moyjáíientos de la atmósfera, que toma 
dilerentes nombres según su dirección, duración y velocidad.» 

— Y qué son nubes y nieblas ? 

— Las. ... 

— No, á tí no, á Enriqueta pregunto. 

— «Las masas de vapor de agua, condensadas en la atmósfera 
en pequeñísimas gotas,»— contestó Enriqueta. 

— Y el rocío ? 

— El rocío... 




- 47 — 



—A tí no, Ricardo! 

— Qué lástima, y ámí que me gusta tanto el rocío ! 

— Bueno, vamos á complacerle, diga vd., repuso D. Santiago. 

— El rocío.. .es agua... 

— Sí? pues yo creía que era leche, — repuso riendo Enriqueta. 

— Prosiga — ,dijo D. Santiago sonriendo por las palabras de 
la niña. 

— Es que.., esta memoria ! — esclamó Ricardo dándose una pal- 
mada en la frente. 

— Vamos, á pesar de gustarle tanto el rocío no sabe como 
se forma . 

— «Sí, ya recuerdo, el rocío es la condensación del vapor de 

agua sobre las plantas y otros cuerpos durante la noche. Si 

llega á conjelarse por un frió escesivo, se llama escarcha.» 

— Y qué es la ttttria r Ricardo, 

— «Las nubes y nieblas que por un descenso de temperatura 

llegan á liquidarse. » < « 

— Y el granizo? 

— «La congelación de las gotas de agua. » 

— Qué es crepúsculo , Enriqueta ? 

— «La luz que precede á la salida del Sol y sigue á su 
ocaso. 

— Bien; pero, Ricardo... aquí en éste libro falta una hoja... 

— Si señor, pero esta más adelante, en la página 147. 

— Debe haber mas órden en esto, amiguito.... 

— Perdonad; esta mañana el gato de mamá echó á rodar 
todos nuestros libros, así que las hojas sueltas quedaron 
fuera de su lugar, yo iba á compaj inarlas, pero en ese mo- 
mento me llamaron y luego.., me olvidé. 

— Esa memoria.... bueno; qué es el arco iris ? 

— «2?£ arco iris — contestó Enriqueta — , es la descomposición 
de la luz en las gotas de agua de una nube opuesta al Sol, 
produciendo arcos teñidos por los siete colores, rojo, ana- 
ranjado, amarillo, verde, azul, añil y violado.» 

— Que es el rapo, Ricardo? 

— «Oh! es la descarga eléctrica entre dos nubes ó entre 
una nube y la tierra. Llámase relámpago la luz vivísima pro- 
ducida por la chispa eléctrica, y trueno el ruido que sucede 
al relámpago.» 

— Enriqueta... que son estrellas fugaces ó volante*} 

— Fragmentos de algún planeta, que se inflamaron al en- 




•— 48 — 



rar en la atmósfera terrestre, apareciendo y desapareciendo 
repentinamente. Si llegan á caer en la tierra se llaman ae- 
rolitos. 

— Bien, pasemos ahora á otra cosa. 

— «Todo lo que existe en nuestro globo puede dividirse 
en tres grandes grupos llamados los tres reinos de la naturale- 
za'. reino mineral , reino vegetal y reino animal . 

«Las condiciones que los distinguen son: los minerales cre- 
cen, los vegetales crecen y viven, y los animales crecen, viven, 
y sienten. 

«Los seres orgánicos tienen vida , es decir, nacen, crecen, se 
reproducen y mueren, y los inorgánicos carecen de vida, for- 
mándose por la reunión de partes ó moléculas análogas entre 
sí.» 

— Decidme, Enriqueta, qué son animales ? 

— «Seres orgánicos que tienen la facultad de sentir y de 
ejecutar movimientos voluntarios, se dividen asi: 

, «‘Vertebrados, como los maníferos, aves, reptiles y peces. 

« Articulados , como los insectos, cangrejos y gusanos. 

« Moluscos ; como las ostras, almejas y caracoles de mar. 

«Zoófitos, como los pólipos, infusorios etc.» 

— Que son vejetales, Ricardo? 

— «Seres inorgánicos que no tienen movimientos volun- 
tarios, y se dividen, según su tamaño en árboles , arbusto , y 
hierbas', y según sus productos, en cereales } legumbres , hortalizas, 
frutales, medicinales etc.» 

— Que son minerales, Enriqueta? 

— Seres ó cuerpos inorgánicos, sólidos , líquidos ó gaseosos, 
que se encuentran en la superficie ó en el interior de la 
tierra. 

— «Biérí, en la zona tórrida á uno y otro lado del Ecuador 
viven los animales más herrados é inteligentes, y también 
los más fuertes y feroces, el reino vejetal* se desarrolla en 
todo su esplendor, y abundan las piedras y metales preciosos. 

«En las zonas ó climas templados se encuentran los anima- 
les mas útiles al hombre, abundan los árboles frutales y to- 
da clase de cereales; como también los minerales de más in- 
mediata aplicación á los usos de la vida. 

«Y en las zonas <3 clifnas fríos, los países ofrecen Búiy es- 
casa producción animal, si se esceptúan los ^péces; 'rf reino 




49 «*• 

Vejetal es también pobre, teniendo solo importancia en mi- 
neral las ricas minas de Siberia.» 

— Pór hoy — continuó diciendo D. Santiago, — suspendere- 
mos las lecciones, estoy satisfecho de vuestra aplicación. 

— Ah! señor, — esclamó Enriqueta — cuánto desearía saber 
algo respecto á los cantárida, la cochinilla f el carmín , de que 
el otro dia os oí hablar! 

— Con mucho gusto hija mia, el saber no está demas y 
me place el satisfaceros en vuestro pedido. 

— Gracias. D. Santiago — replicó Enriqueta müy contenta — 
yo siempre oigo hablar del carmin, de las cochinillas de las 
cantáridas, y no sé más que sus nombres pero no sus con- 
diciones. 

— Oid, y tú también Ricardo — dijo D. Santiago. 

— «Las cantáridas (i), son unos insectos muy comunes en 
«las regiones meridionales de Francia, España é Italia, donde 
«cubren á enjambres los fresnos lentiscos y lilas; tienen* sus 
«alas, llamadas élitros de un hermoso color verde dorado y 
«exhalan un olor penetrante. Cuando están amontonadas en 
«un mismo árbol, se apercibe su ojjpr á una gran distancia 
«lo cual no deja de ser dañoso para las personas que tienen 
«el sistema nervioso impresionable. Muchas personas: que 
«han dormido debajo de los árboles llenos de cantáridas, han 
«experimentado una fiebre muy violenta y otros graves ac- 
«cidentes. 

«Las cantáridas secas y molidas, se emplean en pequeñas 
«cantidades, en ciertos medicamentos muy exitantes. En los 
«vejigatorios se ponen también polvos de cantáridas parade- 
«termínar en la piel la irritación necesaria para producir una 
«ámpolla y su correspondiente supuración. 

«La cochinilla es un pequeño insecto que pertenece al mis- 
«mo género de la cóccinela, llamado vulgarmente coquito de 
*$an pintón ó mariquita. Se la encuentra principalmente en 
«Méjico, en una planta llamada nopal , que se cultiva expre- 
«samente para alimento de este insecto. La cochinilla es del 
«tamaño de una lenteja, de color moreno muy oscuro. 

«Los nopales se plantan en hileras, y su cultura, es su- 
« mámente, sencilla, pues se reduce á quitar las malas yerbas 
«con una bina, En Octubre se prepara con estopa una es- 

1 



(I] Boutel Jtíonvel, 




i- 50 — 

«pecie de nido que se coloca en una hoja, y se ponen allí 
«algunas hembras de cochinillas. Los huevos se abren fácil- 
«mente y dan á luz unas pequeñas larvas, que se transforman 
«después en insectos perfectos; y como cada hembra produ- 
«ce Un gran número de huevos, se ven pronto los nopales 
«cubiertos de millares de cochinillas. Se hacen hasta tres 
«cosechas al año. Para arrancar los insectos, basta raspar 
«con un cuchillo las espesas hojas del nopal: las cochinillas 
«caen al suelo, se las recoge, se las mata y se hacen luego 
«secar en un horno, de donde salen encogidas y transfor- 
madas en granitos negros, bajo cuyo aspecto nadie adivi- 
«naria la primera forma del animal. 

«Con la cochinilla seca se hace el hermoso color de carmín 
«y los colores de púrpura y escarlata que se emplean en la 
«tintura. 

«La importación déla cochinilla en Europa data de los pri- 
« meros años del siglo XVI.)) 

— Tantas gracias, D. Santiago,— dijo Enriqueta, viendo que 
este habia concluido sus espiraciones. 

— Sino estuviera vd. muy fatigado, D. Santiago,- — escla- 
mó Ricardo, — desearia que nos dijera algo sobre los cueros. 

— Porqué no, hijo mió. 

— «El cuero (l) es el pellejo del buey, vaca, ternero, caba- 
«11o etc., preparado para e^ curtido. Las pieles que se quieren 
«curtir, en cuanto se han arrancado de los animales, se dejan 
«secar con cuidado ó se las sala para preservarlas, de la corrup- 
«cion. Así es como se transportan á Europa las pieles que se 
«importan de América. 

«En su estado natural, la piel de los animales absorve la hu- 
«medad y se pudre prontamente ; pero no sucede así cuando la 
«piel está -combinada con una materia vejetal particular, llama- 
«da tapiño, contenida en la corteza de la encina, sauce, alisio, 
«abedul y otras varias plantasfque dá. á las pieles una astrin- 
«gencia muy caracterizada. En esta operación, las pieles se 
«ponen primero en contacto con la cal, y luego se las pela y 
«quita la parte carnosa. En seguida el curtidor mete en pozos 
«profundos las pieles mezcladas con tanino ó simplemente con 
«corteza de encina, y las deja allí un año ó año y medio. 

«Terminado el curtido, sacan las pieles de los hoyos y se 



(1) Soutet de Monvel 




— 51 — 

«las somete á un vareo ó baqueteo que les da mas dureza; 

«es como se preparan los cueros fuertes. 

«Las pieles de ternero, al salir de las tinas del curtidor, pasan 
«inmediatamente á manos del surrador que acaba de prepa- 
«rarlas y las suaviza, mojándolas en cuerpo craso. 

«Lo mismo se practica con el pellejo del caballo, que es muy 
«lustroso, y sirve para hacer cañas de botas. El zurrador 
«prepara también los cueros para coches y arneses. 

«Las pieles de carnero son delgadas y exijen menos trabajo ; 
«no se las curte con casca sino con una infusión de zumaque ó 
«con una simple disolución de alumbre. 

«El marroquí es una piel de cabra ó macho cabrio, trabajada, 
«curtida* con zumaque y después teñida. Se le ha dado este 
«nombre por ser las pieles de Marruecos las que más fama 
«tienen. Hoy di'á~se fabrica el marroquin en varias partes de 
«Europa. , , 

«La badana es una piel de carnero preparada solamente con 
«casca. 

«La película de buey, llamada en francés laudruche , es una 
«piel sumamente delgada, transparente y flexible, que se hace 
«con la membrana que tapiza interiormente los intestinos del 
«buey. 

«Los desechos de las pieles sirven para hacer la cola. 

«El cuero se funde por la acción del calor y cuando ha hervi- 
«dcr, puede colarse en planchas ó láminas flexibles; entonces s.e 
«hace con él sombreros, instrumentos de cirujía, tabaqueras . . . 

Una esclámacion de Enriqueta interrumpió á D. Santiago, 
aquella era motivada por la entrada de un rayo de sol, que atra- 
vesando los cristales déla ventana vino á iluminar la frente de 
la niña. 

—Sol! sol! D. Santiago — , elijo alborozada la niña. 

— El tiempo se comppne, — repuso D. Santiago observando 
el cielo. 

— i Qué suerte — dijo á su vez Ricardo, mañana quizá ya 
podremos visitar á Lucía. 

Enriqueta sehabia aproximado á la ventana cuando de repente 
dió un grito de alegria que atrajo á D. Santiago y Ricardo. 

Enriqueta con semblante iluminado por una viva alegría s$ 
volvió esclamando : 

— Venid! yenjd! 




— 52 — 



Don Santiago y Ricardo, llenos de curiosidad se aproximaron 
á la ventana. 

A bastante distancia aún de la casa, se veía avanzar por el 
camino que conduce al monte, á Lucía, que llena de barro y al 
parecer fatigada, caminaba en dirección á la casa de sus bien- 
hechores. 

Enriqueta hizo un movimiento como para salir á su alcance. 

— No os movajs dijo D. Santiago deteniendo á la niña, — 
veamos desde acá, sin ser vistos qué hace Lucía. 

La niña obedeció y todos en silencio observaron á la mu- 
chacha. 

Esta seguía avanzando y mirando con insistencia á la casa; 
de pronto se detuvo y pareció vacilar en si avanzaba ó no. 

Se había detenido á la entrada del jardín, su vacilación fue 
breve, cortó unas hojas de un arbusto y con ellas quitóse el barro 
que cubría sus pies; hecha esta operación avanzó unos pasos 
más y volvió á detenerse como esperando ver á alguien de la 
casa. 

Enriqueta á duras penas podía contenerse; su corazón palpi- 
taba y hubiera deseado volar al encuentro de Lucía. 

Con placer fijaba su vista en el atavío de la muchaeha, 
esta había sabido imitar y seguir las instrucciones de Enri- 
queta con precisión ; cuidadosamente peinada y vestida habíase 
cubierto con un delantal de los que Enriqueta habíale dado; 
sus zapatos sujetos á la garganta del pié por una cinta de seda 
negra dejaban ver una media rosada, limpia y sin la más lijerá 
arruga. 

Lucía mostraba en todo su atavío el deseo de agradará su 
jóven bienhechora. 

La muchacha traía en una de sus manos algo cubierto con 
un papel y en la otra una pequeña cesta. 

Poco tuvo que esperar Lucía ^un peón de la estancia acudió 
á enterarse de lo que quería la muchacha. 

Enriqueta, D. Santiago y Ricardo, vieron como Lucía ha- 
bí ha, demostrado una gran timidez. 

El peón no t rdó en aparecer en el aposento donde se encon- 
traban nuestros amigos. 

— Una muchacha busca á la niña Enriqueta, y pregunta con 
much •> insistencia si se lrlh enferma. 

^ t í ; di ! co;r mo D. S ntrgo — eschmó Enricjue- 
U dinj leudo al anciano una mirada suplicante, 




53 — 

• — Vamos, hija, vamos, —dijo D. Santiago tomando de- la 
mano á los niños. 

— Avisa á mamá — esclamó Enriqueta dirijiéndose al peón ; 
este desapareció á ejecutar la órden de la niña. 

No bien Enriqueta apareció en el jardín, Lucía corrió hácia 
ella y tomando sus manos las besó con ternura y respeto, ántes 
que Enriqueta pudiera evitarla. 

Lucia saludó tímidamente á Don Santiago y á Ricardo y 
con calmante voz esclamó dirigiéndose á Enriqueta : 

— Señorita, querida bienhechora, perdonadme . . . pero no 
he podido permanecer más tiempo sin veros, creí que estuvie- 
seis enferma . . . 

— No Lucía, no he estado enferma, pero ha sido imposible 
ir á verte; la lluvia nos ha impedido á salir. 

La muchacha miró el campo y luego á su bienhechora, sin 
acertar á hablar, su embarazo iba en aumento. , 4 

Enriqueta rodeó con su brazo el cuello de Lucía, y abra- 
zándola depositó un beso en la frente de la buena mu- 
chacha. 

Un rayo de alegría iluminó el semblante de Luqía y más ani- 
mada se atrevió á desembarazarse de su carga, quitó el papel 
que ocultaba lo que traía y ofreció á Enriqueta un ramo de 
frescas flores silvestres, entre cuyas hojas brillante aun el crista- 
lino rocío de la mañana. 

Enriqueta loca de alegría apretó el ramillete contra su pecho, 
depositándo un nuevo beso en la frente de Lucía, en recom- 
pensa de la delicadeza de su regalo. 

La muchacha satisfecha y animada descolgó la pequeña ces- 
tita del brazo y la presentó á Ricardo. 

El niño tenía su parte también, la cesta venia llena de manza- 
nas, otras sabrosas frutas que encantaban la vista por su lozanía 
y frescura. 

— Gracias, Lucia, — dijo el niño con gratitud — de donde has 
sacado tan hermosas frutas ? 

— Del monte — murmuró Lucía sonriendo. 

La presencia de Doña Cármen interrumpió la escena. 

Enriqueta corrió hácia su mamá y abrazándola la condujo 
cerca de Lucía, que avergonzada no levantó la vista del 
suelo. 

—-Vamos á ver, querida niña — dijo Doña Cármen pasando 




- 54 — 



ilrta de sus manos sobre la cabeza de Lucía — ,como te has 
animado á cruzar el campo en el estado que esta ? 

Lucía elevó sus ojos hasta Enriqueta y volviendo á inclinarlos 
murmuró con insegura voz : 

— Deseaba tanto ver á la Señorita ! 

— Y porqué deseabas verla ? — repuso Da. Cármen. 

— Porque porque la quiero mucho es tan 

buena ! 

Enriqueta tenia el rostro bañado en llanto, Doña Cármen 
miró á su hija y abrazándola esclamó : 

— Tu obra, mi querida Enriqueta, quedará concluida. 

Y haciendo una seña á su hija, ésta tomó de la mano á Lucía 
y todos penetraron en la casa. 

La muchacha pasó todo el dia en casa de su jóven bienhechora 
retirándose por la tarde cargada de obsequios que Enriqueta y 
Ricardo habian querido hacerle á toda costa, apesar de la resis- 
tencia que oponía Lucía avergonzada de tantas demostra- 
ciones. 

Lucía ofreció á los niños volver al dia siguiente. 

— Parece imposible — decía Enriqueta á'su mamá — , que Lu- 
cía tan huraña y al parecer tan indiferente haya cambiado tanto 
en unos dias! 

— La gratitud, hija mia, es una joya de un mérito invalorable; 
Lucía siente en su alma ese sentimiento hácia tí aunque ella no 
puede esplicárselo; la pobre niña ha resucitado, por decirlo así, 
á una nueva vida, gracias á tu buena obra; debes continuar, 
Enriqueta querida, por esa senda tan hermosa, que te pro- 
porcionará inefables placeres. Pero tu obra aún no esta con- 
cluida. 

— Ah! mamá, tu me ayudarás ! 

— Si, hija mia, confía en mi. 




CAPITULO IX. 

Ponido tawnííia eü ey@nit© d® í® abtóéílt® FeGlsii 

A la mañana siguiente Enriqueta y Ricardo muy temprano 
ya estaban de pié. 




— 55 — 

r El dia había amanecido hermoso, iluminado poi* un sol es- 
plendente. 

Los campos teñidos de dorados tintes ofrecían el aspecto 
más delicioso, los pájaros dejaban oir sus alegres cantos y 
todo respiraba vida y frescura. 

Enriqueta asomada á un balcón inspeccionaba el estado del 
camino. 

Algo descubrió, porque separándose bruscamente de él, co- 
rrió al interior de la casa en busca de su mamá , saliendo luego 
en compañia de esta, yendo á situarse ámbas á la entrada del 
jardin. 

No tardó en aparecer Lucía, pero no venía sola, acompañaba 
á la muchacha un hombre de regular estatura, de rostro que- 
mado por los rayos del sol, de facciones rudas y vestido descui- 
dadamente aunque muy limpio. 

Lucía se adelantó con timidez é indicando al hombre qu9 la 
acompañaba esclamó: 

,v — Mi padre desea dar á Vds. las gracias. . . . 

Aquel hombre era efectivamente el padre de Lucía: situado á 
una distancia no se animaba á aproximarse, y con embarazo 
daba vuelta en sus manos una gorra de piel, que se habia qui- 
tado respetuosamente, á la vista de los dueños de casa. 

— Acercaos buen hombre — dijo Da. Cármen adelantando ha- 
cia el padre de Lucía. 

Este se aproximó y fijando sus ojos en Enriqueta se arrojó 
á los piés de la niña besando con respeto el estremo de su 
vestido. 

Enriqueta confusa miró á su mamá que sonriendo contem- 
plaba la escena. 

— Señorita ! señora! . . . — murmuró el padre de Lucía con 
la voz embargada por la emoción. 

— Alzese Vd. ! — esclámó Doña Cármen con bondadoso 
acento. 

—No señora! es así como debo de dar á Vds. las gracias por 
los beneficios recibidos .... 

Lucía imitando á su padre habíase también arrodillado 
y con las manos cruzadas sobre el pecho miraba á Enri- 
queta con los ojos velados por las lágrimas. 

— ¡Qué hubiera sido de nosotros sin la piedad de esta boñi 
dadosa niña! — prosiguió el padre de Lucía, con sentida ento* 




— 5 G — 



nación — ah! señora la providencia ha penetrado en ñuestró 
pobre rancho desde que este ángel llegó á él ! 

Doña Cármen sorprendida del lenguage de aquel hombre 
tosco y rudo, pensó admirada lo que puede la gratitud, y 
lo que alcanza su influjo poderoso. 

— Oh! si,— esclámó Lucía besando las manos de Enri- 
queta — desde que Vd. llegó á nuestro rancho, nuestra vida 
es otra; hoy sabemos que tenemos que adorar un Dios de 
bondad y vivir eternamente gratos á nuestra bienhe 
chora ! 

— Si eternamente! — agregó su padre — porque á ella de- 
beremos lo que en adelante seamos, ah! señorita disponga 
yd. como quiera de nuestras vidas, que seremos sus es- 
clavos ! 

Doña Cármen y Enriqueta lloraban de enternecimiento. 

— Vamos, basta ya, — esclamó Doña Cármen logrando 
serenarse,— si vuestra gratitud es grande, nuestra satis- 
facción es mayor por haberos proporcionado algún bien, 
estar, pero nuestra obra, buen hombre, aun no está ter- 
minada 

Las palabras de Doña Cármen fueron interrumpidas 
por 'Don Enrique, que oculto tras unos arbustos habla 
presenciado toda la escena. 

— Aun no está terminada si, — repitió ‘Don Enrique apro- 
ximándose, — yo también quiero tener parte en esta hermosa 
obra que lleváis entre manos : Lucía bajo la dependencia 
de Enriqueta, vivirá en esta casa siendo cuidada y edu- 
cada como nuestros hijos, y vos, — dijo ^dirijiéndose al 
padre de Lucía, — trabajareis en mi estancia como mayor- 
domo, nada os faltará y tendréis la satisfacción de ver 
crecer á vuestra hija, á nuestro lado, siendo una señorita 
buena y honrada que hará^la felicidad de su padre, 
y la suya propia. 

Doña Cármen y Enriqueta dirijieron á Don Enrique 
una mirada de gratitud ; aquella estrechó la mano de 
su esposo, y Enriqueta abrazándolo murmuró á su oido 
una tiernísima espresion de cariño. 

Don Enrique correspondió las caricias de su esposa é 
hija, mientras que Lucía y su padre, formando otro grupo 
interesante llorando de felicidad sin acertar á proferir pa- 




labra, tal erá sú aturdimiento, creyendo todo aquello 
como un sueño demasiado bello. 

Don Santiago y Ricardo habían acudido y enterados de 
lo que pasaba se unieron al regocijo general. 

Desde aquel dia, Lucía y su padre se instalaron en 
la estancia de Don Enrique, y como este habia anunciado, 
Lucía creció á la par de Enriqueta, llena de perfecciones 
morales, y adquiriendo una sólida instrucción. 

A la edad de 16 años, Lucía casó con un dependiente 
de la casa de Don Enrique, jóven honrado y laborioso. 

Don Enrique, que fué el padrino de la ¿boda, regaló 
á sus ahijados unas tierras próximas á la estancia de su 
propiedad; Doña Cármen á su vez, donó á los jóvenes 
esposos una regular cantidad de animales que proporcionó 
al esposo de Liieia el medio de trabajar por su • cuenta 
con provechosos resultados. 

Así establecidos, vivieron felices en compañía de 'su 
padre que siempre continuaba siendo mayordomo de la 
estancia de Don Enrique. 

Enriqueta y Ricardo, poseedores siempre de excelentes 
corazones fueron felices ; disfrutaron de una dicha com- 
pleta, porque Dios premia siempre las bellas obras que 
ponen de manifiesto las bondades del alma. 

Enriqueta, buena hija, fué excelente esposa, madre 
ejemplar, su hogar, bendecido por Dios, cobijó una exis- 
tencia, que feliz se deslizaba entre el cariño y respeto de 
sus hijos y el amor de su esposo y de sus padres. 

Esta dicha, la única positiva en el mundo, fué el pre- 
mio que Enriqueta obtuvo por sus virtudes. 

Enriqueta que siempre había prodigado las bondades 
de su alma á cuantos por dicha se habían acercado á 
ella, recojia ahora el fruto de sus obras ; el amor de sus 
hijos que se disputaban el placer de obedecerla y amarla, 
y la estimación y acendrado cariño del compañero de su 
existencia, que constituían toda su ventura. 

Había alcanzado el soñado ideal que perseguimos en el 
mundo con tanto afan!» 




r 



58 — 



CAPITULO X. 



Otos ©ci la cpnclenoit de tedas 



La abuelita Feliza dió fin á su historieta con gran sen- 
timiento de los niños de Rosa. 

—Que historia tan linda! — esclamó María — que buena 
era Enriqueta! 

— Y qué feliz Lucía y su padre! — dijo á su vez Al- 
berto. 

— Y D. Enrique? y Da. Cármen? ¡Que felices eran con 
unos hijos tan buenos! — agregó Rosa. 

— Ah! mamá, nosotros también te queremos y te res- 
petamos, no es verdad? — dijo Maria echando sus brazos 
al cuello de su madre. 

— Sí hijos mios, en medio de mi pobreza Dios me en- 
vía la satisfacción de tener unos hijos tan buenos. 

— Ah! mamá, ya veras tú cuando yo sea grande — dijo 
Alberto uniendo sus caricias á las de su hermana, — en- 
tonces sabré yo trabajar, y tú y Maria serán felices, y tam- 
bién laabuelita Feliza que entónces se vendrá á vivir con 
nosotros. 

— Gracias bondadoso niño! — esclamó la anciana conmo- 
vida, — pero cuando tu seas grande yo ya no existiré! 

— Ah! y. .quien sabe mi Alberto, si entónces podrás tra- 
bajar!.. . .desgraciada de mí que no tengo esperanzas de 
proporcionar á mis hijos un porvenir seguro! 

— Rosa! Rosa! no hables así — esclamó la abuelita Feli- 
za, — Dios hasta hoy no os ha abandonado, confiad en él 
hija mía, que es todo bondad y misericordia! 

— Es verdad señora! — repuso Rosa enjugando sus lágri- 
mas, — Dios es grande... 

— Mañana es el día de la Concepción ! — dijo Maria in- 
terrumpiendo á su madre. 

— Mañana, si! — esclamó Rosa con cierta alegría, — iré- 




50 - 



mos, hijos míos á orar al pié del altar, Dios y su bendita 
Madre nos enviaran sus consuelos. 

¡Cuan ágenos estaban estos pobres seres de que muy 
pronto había de cambiar su suerte! 

La bondad de Dios que es inagotable, como recta su 
divina justicia, no desoye los ruegos denlos buenos; que 
inploran su clemencia. 

Pero no adelantemos los sucesos. 



— CAPITULO XI 

• — 

Mirad* retrásasete** 



A seis leguas de Nueva Palmira al S. se halla situada 
una hermosa estancia dominada con el nombre de la 
'Galera de lajUucrfanas que perteneció á nuestro abuelo 
materno el General D. Julián Laguna siendo* Koy propie- 
dad de sus herederos. 

Íí' Galera de las Jiuerfanas posee una hermosa igle- 
sia de bóveda, cuyo monumento es obra de los Jesuítas. 
Las imágenes del templo, á la usanza antigua, se ven pin- 
tadas al óleo en las paredes á escepcion de la patrona de 
iglesia. Nuestra Señora de Belen, protectora de las huér- 
fanas, hermosísima imágen de tamaño natural. 

Admírase como una obra de arte notabilísima el pulpi- 
to de la iglesia, construido de una sola pieza, primorosa- 
mente esculpido, representando escenas sagradas — Como 
un objeto notable , este pulpito se ostenta hoy en el Mu- 
seo de Montevideo. 

El, hermoso templo de la Galera se halla actualmente 
derruido en parte; la gran sacristía completamente destrui- 
da, no tanto por su antigüedad como por los sucesos po- 
líticos que se desarrollaron en aquellos parajes dejando 
impresa su huella desvastadora. 




— GO — 



Cuéntanos nuestra madre el aspecto delicioso que en 
aquel entonces ofrecía la Calera de las Huérfanas. 

— El hermoso templo dejaba oir el tañido dulce y tran- 
quilo de sus campanas, llamando á los fieles á cumplir las 
sagradas obligaciones de cristiano. 

De las cercanías acudían presurosos los habitantes de 
aquellas comarcas- respondiendo al llamado de la casa de 
Dios, donde oficiaba el Capellán, enviando luego su ben- 
dición de paz y de amor. 

Hasta la naturaleza parecía asociarse á aquella inalte- 
rable alegría: el canto de los pájaros se confundía, armo- 
nizando con el de los sencillos y felices habitantes de 
aquellos parajes. 

i Los campos de la Calera, ofrecían un cuadro lleno de 
sorprendentes bellezas. 

Veíanse, tendiendo la vista hácia un lado y otro, tu- 
pidos montes de olivos, de nogales y almendros en una 
larga proyección de leguas; más aca admirábanse otros 
montes de perales, manzanos y duraznos, de diversas cla- 
ses, ostentando todos una lozanía que atestiguaba la rica 
fertilidad del país. 

La superficie de aquellos campós, llenos de grabados y 
de pintorezcas eminencias, ofrecía á la vista un panorama 
seductor; una alfombra de verdes yerbas se estendía por 
doquier, esmaltada por azucenas, margaritas y meachines 
de mil vistosos colores; el ambiente perfumado por sus 
aromas y por las esencias fraganciosas del arrayan, y de los 
campos de violetas, próximos á la estancia, en donde Dios 
parecía haber derramado sus gracias, y todos los encantos 
de la naturaleza. 

Mil hilos de plata escapados de los arroyuelos quefer- 
telizan aquel suelo, discurrían por entre aquella alfombra 
esmaltada, salpicando de diáj^íía lluvia las mil vistosas 
florecidas que poblaban los campos de la Calera. 

Tantas bellezas, tantos encantos que hablaban directa- 
mente al alma, predisponían á*la meditación, á esa me- 
ditación misteriosa, en que nuestra alma suspendida entre 
el cielo y la tierra fluctúa, y adormecida por decirlo asi, 
en brazos de la imaginación, apártase de lo real para go- 
zar con lo infinito.... 

¿Cómo no soñar, rodeada de todas aquellas bellezas crea- 




— 61 



das por Dios, y comprendidas por nuestra alma en todo 
su inmensa grandeza? ¿Cómo no gozar ante esos cuadros 
de mística belleza? 

•Cómo no sentirse alejada de la tierra al contemplar 
aquella quietad dulce y tranquila, al percibir sobre las 
copas de los árboles los reflejos de la luna que vá ele- 
vándose con magestuosa calma, al escuchar entre el mur- 
mullo leve de la brisa, el susurro de un lago cercano, y 
los ecos perdidos de una música dulce y triste que llega 
hasta nosotros ya clara y melancólica, ya confusa é im- 
pregnada de todas las modulaciones del dolor!... 

Pero . . . continuemos . 

Tantas bellezas, tan dulce tranquilidad fué entorpecida 
por los hechos políticos que entre blancos y colorados se 
suscitó en i838^en la guerra civil sostenida por largos 
años. 

Fué una época de sufrimientos para las familias, prin- 
cipalmente de los pueblos de campaña. 

En una dé aquellas ocasiones las familias del Carmelo 
recibieron órden de abandonar el pueblo, y todas se pu- 
sieron en camino, yendo á buscar hospitalidad sn la es- 
tancia la Calera de huérfanas donde fueron acojidas y 
atendidas en un todo. 

La estancia ofrecía el aspecto de un campamento. 

Hasta la iglesia fué ocupada ; en ella se hicieron divisio- 
nes con trozos de maderas y cortinajes para alojar innume- 
rables familias. 

La Galera se había constituido en un pueblo, á cuyos ha- 
bitantes el pánico y la intranquilidad no les abandonaba un 
instante. 

Todos los dias se carneaban, por cuenta esclusiva de 
los propietarios de la Galera , gran número de animales 
de la estancia, para abastecer de carne á toda aquella po- 
blación. 

Nuestra madre era entónces muy niña, estaba aun en 
la edad infantil, sus recuerdos al respecto son vagos é 
inseguros; el relato de aquellos hechos lo debemos en par- 
te á nuestros abuelos y lo que en aquel tiempo pudieron 
apreciar el valor de los sucesos. 

Splían llegar hasta la estancia gruesas partidas de gente 




armada, vascos en su mayor parte, al mando de cabe- 
dlas. 

Una de esas ocasiones saquearon por completo la es- 
tancia, llevando todo cuanto pudieron; hasta las medias 
de vestir, sirvieron para guardar jabón, velas, etc., etc. 

Grandes carretas fueron cargadas con todo lo que ha- 
llaron á mano ; llevándose también todo el ganado vacuno, 
lanar y caballar, y hasta el carruaje del servicio particular 
de la familia; en una palabra, arrasaron todo, como una 
formidable manga de langostas. 

Los vascos en pelotones asomábanse á las puertas del 
templo, esclamando : 

— Familias, familias, no más ! 

Efectivamente, así era : los hombres con tiempo habían 
emigrado, avisados del peligro que les amenazaba. 

Los asaltantes se retiraban, quedando un oficial al mando 
de otra partida, para cuidar las familias y hacerlas aban- 
donar aquel asilo trasladándolas al Carmelo. 

En aquella época, en los pueblos de campo, se cometían 
toda clase de atropellos y abusos ; las familias eran llevadas 
de Herodes á Pilatos, ya por los blancos para sustraerlos 
del dominio de los colorados, ya por estos, para por este 
medio atraer aquellos. 

Hubo ocasiones que las familias desalojaban ún pueblo y 
atravesaban los campos á la par de los animales que como 
ellas, eran arriadas por igual. 

Lasemigrantes de la Calera fueron tratadas, sin embar- 
go, con consideración, en obsequio á la familia de Laguna : 
este nombre era respetado tanto por unos como por otros, 
de los bandos políticos. 

Al ser trasladadas al Carmelo, las familias principales se 
disputaban Ja satisfacción de hospedar á la de Laguna, — 
la recompensa fué inmediata y^mejante al beneficio reci- 

¡ Qué de peripecias y cuántos tragos amargos ! 

Hoy en un punto, mañana en otro, espuestos á mil desas- 
tres y trastornos ! 

Pero debemos poner punto final á éstos tristes episodios 
que nunca concluiríamos de narrar, y que nos desviaría del 
hilo de nuestro relato. 




63 — 



"capitulo XII, 



flfuevQs pepsQtta^s 



Próxima á la estancia de la Calera, hallábase situada 
otra, perteneciente á D. Jorge de la Peña. 

Era, este señor, un hombre como de cuarenta á cincuenta 
años, de regular estatura, bien repartido, de facciones no * 
bles y correctas, yjde modales finos y graves. 

Don Jorge era de una moral intachable. 

Su corazón abierto para prodigar el bien, nunca perma- 
necía insensible á las desgracias de la humanidad. * 4 

De carácter franco y bondadoso, conquistábase bien pron- 
to la simpatía de todos, granjeándose la estimación de las 
personas honradas por su probidad, rectitud y su conducta 
irreprensible. 

Tan bellas prendas hacían de éi un tipo digno del apre- 
cio y consideración de las gentes. 

Don Jorge habitaba la estancia en compañía de sus dos 
hijos , Juan Cárlos y Florángel, de diez años de edad aquel, 
y de seis esta. 

Seis meses llevaban de residencia en la estancia, época en 
que por desgracia había perdido D. Jorge á su ejemplar 
esposa, la que era llorada siempre por los seres queridos 
que había dejado. 

Don Jorge, deseando distraer á sus tiernos hijos de tan 
desconsoladora como irreparable pérdida, había determinado 
llevar á los niños á la estancia; hé aquí porque se hallaban 
en ella en ios momentos que los presentamos al lector. 

Desde la muerte de su esposa, D Jorge no se había sepa- 
rado un instante de sus hijos, pero asuntos de gran urgencia 
reclamaron su presencia en Nueva Palmira, y esto lo deter- 
minó á ausentarse por breves dias, aunque con gran sen- 
timiento. 

Era imposible llevar consigo á los niños ; felizmente estos 




— 64 — , 

se hallaban muy bien en compañía de una criada vieja, na-' 
cida en la casa, la cual quería álos hijos de D. Jorge con 
entrañable cariño. 

I-a mulata Feliza era toda una matrona; los niños con- 
fiados ásu cuidado estaban bien guardados y atendidos. 

Esta seguridad permitió á D. Jorge partir sin temor, pro- 
metiéndose en su interior, acelerar sus asuntos v estar de 
vuelta lo más breve posible. 

D. Jorge llegó á Nueva Palmira, y en tres dias sus nego- 
cios quedaron terminados. 

Disponíase á regresar, cuando un suceso imprevisto retar- 
dó su partida. 

Veremos cual fué el motivo que originó esta determi- 
nación. 



CAPITULO XIII. 



i® (a casa da ©tas 



Era dia Domingo. 

Las campanas del pequeño templo de Nueva Palmira, 
llamaban á los fieles al oficio divino. 

Veíanse cruzar por la plaza alguno que otro devoto que 
en dirección á la iglesia caminaba apresuradamente. 

El intenso frío que se dejaba sentir en las primeras ho- 
ras de la mañana, eran causa de que los fieles acobarda- 
dos no se atrevieran á salir de su^casas, esperando para cum- 
plir con sus obligaciones de cristianos á que el benéfico 
sol lemplára más lo atmósfera, que en aquella hora se 
hacía sentir. 

Don Jorge era uno de los católicos madrugadores. 

Con las manos en los bolsillos del sobretodo, el cuello 
de este levantado á guisa de corbatín, y el sombrero casi 
sobre los ojos, caminaba á buen paso, con la cabeza in- 
dinada sobre el pecho. 




- AI desembocar la calle General Laguna llamóle la aten- 
ción un grupo compuesto de tres personas, que á dis- 
tancia de un cuarto de cuadra caminaba lentamente en 
dirección también á la iglesia. 

Eran, al parecer, una madre con sus hijos. 

Ella era una mujer jóven aún, aunque en su rostro 
veíanse impresas las huellas del dolor. 

Los niños que á su Jado caminaban, eran de corta 
edad; la mujercita contaría á lo sumo nueve años, y el va- 
ron siete escasos. 

Apesar del intenso frió que hacia, aquellos infelices no 
llevaban abrigo alguno ; sus cuerpos temblorosos se halla- 
ban cubiertos por telas delgadas, gastadas y descoloridas. 

La mujer por intérvalos se detenía, y elevando al cielo 
una mirada corno-para pedir alientos, atraía junto á sí la 
cabeza de sus dos hijitos, queriendo trasmitir á sus cuer- 
pos ateridos por el frió, el calor que abrigaba su seno 4 de 
madre. 

Los niños temblando miraban á su madre, y con valor 
admirable guardaban silencio, sin proferir una queja que 
atestiguase su sufrimiento, mas ay! demasiado lo compren- 
día aquella desventurada, porque al contemplar los semblan- 
tes de sus hijos, donde se retrataba el sufrimiento, no era 
dueña de contenerlas lágrimas que corrían por -sus mejb 
lias hasta ir á esconderse entre los cabellos de sus hijos. 

Don Jorge por la acera opuesta, á regular distancia no 
perdía de .vista la pobre madre y sus dos hijos. 

Llegaron á la iglesia. 

Don Jorge sin ser notado fué á situarse tras un pilar 
desde donde podia oir la misa y observar á la mujer de 
los dos niños. 

Esta con sus dos hijos fué derechamente á un ángulo 
del templo en donde medio envuelta por la oscuridad, se 
arrodilló con los niños, rodeando con sus brazos las cabe- 
zas infantiles de estos. 

Don Jorge venía á quedar casi á un lado. 

EL oficio empezó. 

El tem|do estaba casi solitario ; veíase una que otra an 
ciana arrebozada en su manto, con los anteojos calados y 
el libro de misa, por lo general de un tamaño más que regu- 
lar, abierto ante sus ojos, 5 




— 66 — 



La mujer délos niños oraba con voz queda, murmurando 
de vez en cuando, algunas palabras al o ido de sus hijos. 

Don Jorge también oraba, pero sus ojos vagaban del 
altar al interesante grupo, que por instantes le inspiraba 
mayores simpatías, sintiendo enternecerse su corazón ante 
aquel cuadro que denotaba el mayor infortunio. 

Más de una vez D. Jorge hizo esfuerzos por contener 
sus lágrimas al observar la aflicción que se pintaba en el 
semblante de aquella madre, y el sufrimiento de aquellos 
niños, que por su edad le recordaban á sus hijos. 

Creyó Don Jorge ver en el rostro del divino Redentor 
que se veneraba en el altar, un algo que le hizo volver 
los ojos hácia la mujer de los niños ; desde ese momento 
don Jorge, como inspirado por una voluntad superior, pa- 
reció ser el instrumento de que Dios se valiera para 
premiar una alma justa. 

Con la vista fija en la santa imágen de Jesús, parecía 
rogar que le iluminara, dispuesto á obrar lo que le dictase su 
conciencia, seguro j de llenar la voluntad del que todo lo 
puede. 

La misa terminó, y los fieles abandonaron el templo, 
quedando soloD. Jorge y la mujer de los niños. 

Esta miró en torno suyo, creyéndose sola, inclinóse sobre 
sus hijos, y juntando sus manos murmuró : 

— Hijos miós, rogad, rogad á Dios que nos envíe su pro- 
tección ! 

Los niños de rodillas con las manos elevadas hácia el 
altar siguiendo las palabras de su madre, esclamaron : 

— Dios mió ! Dios de bondad y de misericordia ! compa- 
deceos de estos desgraciados que hoy no tienen pan!. . . 
envíales tu santa gracia ... y haz que soporten sus dolores 
con la resignación del cristiano ! 

Calló la madre^ y los niños la imitaron, pero el silencio 
del templo fué interrumpido páT una vocesita de ángel, era 
el niño de cabellos rubios que, elevando sus bracitos al cielo, 
esclamó con el rostro bañado en lágrimas. 

— Padre mió!. . .mamá dice siempre, que vos escucháis 
los rezos y las súplicas de los niños. . .atiéndeme señor !.... 
yo quiero ser grande para hacer feliz á mamá y á mi herma- 
nita María ! 

La madre ahogada por los sollozos atrajo contra su pecho 




— 67 — 



la rubia cabeza de su hijo, que deshaciéndose de aquel lazo 
de amor, volvió á esclamar con su vocesita suave y entre- 
cortada : 

— Señor!. . .Señor ! no nos desampares !. . .yo quiero 
ser útil á mamá ! . . . . ¿ cómo he de ayudarle, cómo he de 
trabajar oh ! si nada sé ! . . . . 

La niña llamada María., lloraba y oraba en silencio con 
sú cabeza apoyada en el seno materno. ! 

El niño habíase puesto de pié y abrazaba á su madré 
convulsivamente. 

Trascurrió un breve rato, al cabo del cual la desventurada 
mujer y sus hijos abandonaron el templo, llevando la espe- 
ranza de la fé en el alma. 

Don Jorge oculto tras un pilar había observado las es- 
cena anterior., abohandosus lágrimas y oprimiendo su co- 
razón. 

Aquel infortunio llenaba su alma de dolor; pensaba en 
sus hijos y en su nombre disponíase á llevar á cabo una 
obra digna de un corazón tan noble cual era el suyo. 

Don Jorge tratando de ocultarse, siguió á la desgraciada 
madre que con los niños* de la mano caminaba lenta- 
mente. 

Cruzaron algunas calles hasta llegar á una pequeña vi- 
vienda, en donde penetraron seguidos por las miradas de don 
Jorge. 

Aquella desdichada era Rosa y sus dos hijos María y 
Alberto . ! . 

Algunos ' dias hacía que la desgracia gravitaba el en mis- 
mo hogar de Rosa con peso inusitado. 

Las costuras habían faltado y con ellas el alimento que 
sostenía á aquellos tres infelices seres. 

En vano Rosa imploró en nombre de sus hijos. 

' Todo fue inútil . . . existen momentos en que todo enmu- 
dece en torno nuestro! 

Ah! en tan triste estado, solo las oraciones que elevaban 
hasta Dios eran el único consuelo para sus almas atribu- 
ladas! 

Por todas partes donde volvían sus ojos, solo hablaban 
rostros indiferentes, y mudos! 

Solo en el santo amor de Dios encontraban consuelo, 
adquiriendo fuerzas morales por medio de la oración que 




— 68 — 



hacía descender sobre ellos el divino consuelo de la fé. 

; Cuánta verdad encierran las palabras de Enrique 
Zschokke, donde dice ¡ Cuán grande y hermoso es el 
poder de la oración ! ¡ Cuánta santidad se siente con solo 

pensar en Dios ! cuando por todos nos vemos abandona- 
dos, cuando los hombres cierran su pecho á nuestros su- 
frimientos, cuando destruye la tormenta de la vida todas 
nuestras esperanzas, cuando nos encontramos solos con 
nuestras penas en medio de la vasta oración, entónces 
sentimos alivio con solo mirar á Aquel que comprende 
nuestro dolor. El fué quien nos trajo á este mundo: y en 
él solo puede encontrar refujio nuestra alma dolorida ! 



CAPITULO XIV. 



SI beirofem di© l* etrtdad 



Don Jorge tomó informes respecto á los habitantes del 
modesto ranchito. 

Quedó satisfecho de sns indagaciones y resuelto] á dar 
principio á su hermosa obra. 

Eran las seis de la tarde de aquel mismo dia en que 
Rosa y sus hijos fueron al templo. 

La pobre madre se hallaba reunida con sus hijos en su 
humilde habitación. ■ 

Todos estaban silenciosos, los niños no se atrevían ni á 
mudar de posición. 

Rosa con la frente inclinada parecía orar, así lo atesti- 
guaba el movimiento de sus lábios. 

De cuando en cuando una lágrima rodaba por sus adel- 
gazadas mejillas, cayendo en sus manos, que cruzadas sobre 
el pecho parecían querer contener los latidos de aquel corazón 
dolorido. 




De pronto, Rosa alzando la frente pareció escuchar aten- 
tamente. 

Había sido sacada de su ensimismamiento por algunas 
voces que se dejaban oir muy próximas á la entrada de su 
vivienda, habiéndole parecido escuchar su nombre y el de 
sus hijos. 

Una voz de muger decía en aquel momento. 

— Podéis llamar, Señor, Rosa está en su casa. 

Estas palabras llegaron distintamente á los oidos de Rosa 
por lo que poniéndose de pié dió unos pasos hácia la 
puerta. 

En aquel instante Don Jorge apareció á la entrada de la 
habitación deteniéndose cortado á la vista de Rosa, que al 
parecer le interrogaba con la mirada. 

— ¿Doña Rosa, . . .? murmuró Don Jorge. 

Rosa llena de sorpresa respondió á Don Jorge con un 
encojimiento embarazoso, y sin alcanzar á comprende/* 4 que 
objeto traía á su casa á aquel caballero para ella desco- 
nocido. 

Don Jorge penetró en la habitación siguiendo á Rosa que 
turbada fué á sentarse en una silla próxima á la que ocupa- 
ban sus hijos. 

Don Jorge dirigió en torno suyo una rápida mirada, que 
le bastó para verlo todo. 

Los niños atónitos no desplegaban los lábios. 

Don Jorge se apróximó lentamente á Alberto y tomán- 
dolo de la mano sentóse en un pequeño banquillo. 

El niño alentado por el aspecto noble y bondadoso de Don 
Jorge, no opuso resistencia alguna. 

— Amiguito mió —dijo Don Jorge pasando sus manos por 
los rubios cabellos del niño — sabes tú que Dios ama mucho 
la virtud, y nada niega á los niños buenos? 

Rosa que empezaba á estrañarlc aquella escena, y que 
sin embargo no se atrevia á interrogar al desconocido, al 
escuchar las palabras de este sintió que su corazón látía 
con fuerza. 

Don Jorge sin esperar la respuesta del niño, prosiguió 
dirigiéndose á Rosa : 

— Señora, Dios que es tan justo como grande ha oído 
vuestras súplicas de esta mañana . . t ha escuchado los re- 
zos de estos ángeles y . . . 




— 70 — 



— Qué decis señor? . . . — esclamó Rosa poniéndose vi- 
vamente de pié. 

— Digo señora, que por fortuna, soy yo el elegido para 
serviros de providencia. . . 

Rosa abrió los ojos desmesuradamente, por efecto del 
asombro, y no acertó á proferir palabra. 

— Permitidme — prosiguió Don Jorge, — que de hoy en ade- 
lante vele por vuestra felicidad y por la de vuestros ama- 
dos hijos. 

— Señor! señor! quien sois vos ?— esclamó Rosa inquieta 
y fuertemente emocionada. 

Don Jorge tardó en responder. 

Pero su respuesta ya estaba dada. 

Rosa vió correr las lágrimas por el rostro varonil de Don 
Jorge y ya no dudó. 

— Señora— murmuró Don Jorge con voz ahogada, — soy un 
padre qué ama con locura á sus hijos, y que no puede ver 
indiferente el dolor de una madre que llora por la desdicha 
de los suyos ! 

Rosa lloraba, los niños también y Don Jorge en vano 
trataba de contener sus lágrimas. 

—Soy viudo — prosiguió diciendo — y tengo dos hijos idola- 
trados; en nombre de estos quiero hacer una obra que lle- 
nará mi vida de entera satisfacción. Desde hoy. con vuestro 
consentimiento señora, mis hijos tendrán dos amiguitos que 
á la par de ellos vivirán y se educarán, y vos señora pres- 
tareis un invalorable servicio consolando con vuestros cuida- 
dos y cariños á dos niños infelices que hace pocos meses 
perdieron á una madre ejemplar, cuya ausencia llenará 
eternamente de luto mi corazón. 

Rosa pairó en torno suyo, refregóse los ojos y pasando 
las manos por su frente esclamó: 

— Dios mió . . . será esto un sueño? 

— Mamá! mamá! — gritó Alberto, precipitándose en los brazos 
de su madre — , no es un sueño!... Dios ha oido nuestras súplicas... 
tu serás feliz y nosotros, oh! nosotros cuando seamos grandes 
podremos trabajar para tí! ^ 

Rosa, delirante, miró á su hijo y tomando áeste y á María de 
ía mano se precipitó con ellos á los pies de D. Jorge esclamando 
entre sollozos: 




71 — 



— Señor! señor!... os deberé la felicidad de mis tiernos hijitos.. .. 
oh! es posible tanta ventura?... 

Los niño^ regaban con sus lágrimas las manos de D. Jorge, 
este con sus palabras hacía esfuerzos para contener aquellas 
conmovedoras demostraciones de gratitud, pero ah! era imposible 
detener el desborde de los sentimientos de aquellos corazones por 
tanto tiempo martirizados! 

— -Hijos de mi alma! — esclamaba Rosa abrazando á sus hijos 
y empapando sus cabellos con las lágrimas que vertía — , ved aquí 
á vuestro protector, bendecidlo de rodillas... así, apretad sus manos 
contra vuestros inocentes pechos... oh! señor, dejadlos, dejadlos, 
que os demuestren su gratitud... en cuanto á mi... ved mis lágri- 
mas... mis palabras no aciertan á espresar mis sentimientos, soy 
madre... la felicidad que queréis proporcionar á mis hijos me 
enajena, me trastorna de contento... gracias! gracias señor!.. 

D. Jorje levantó con suavidad á Rosa y á sus hijos, y esclamó: 1 

— Por Dios! basta ya... me abrumáis, creedlo! Es alTodopode- 
roso á quien debeis agradecer y no á mi, que no merezco tantas 
gratitudes, apesar de que vuestras demostraciones me hacen 
sufrir y gozar á la vez! 

— Oh! señor, sois muy bueno!— esclamaron Alberto y María 
enjugado sus lágrimas. 

— Si muy bueno!., en vano queréis quitar á vuestra obra 
el mérito que tiene... Dios es grande y justo, por eso habéis 
sido vos el elejido para salvar á estas infelices criaturas ! 

— ¿Consentís, señora, en veniros vos y vuestros hijos á mi 
casa de Campo donde habito con lo$ mios? Allí sereis respe- 
tada; sereis mi hermana, estaréis como en vuestra casa, nada 
os taltará, y á la par de vuestros hijos cuidareis los mios, 
que revivirán con vuestros consuelos... oh! no rehuséis, que 
yo velaré por el porvenir de vuestros hijos, y serán felices, 
no lo dudéis, sirviéndoos de apoyo en vuestra honrada 
vejez ! 

Al empezar á hablar, D. Jorge, las anteriores palabras, ha- 
bía aparecido á la puerta de la habitación, la abuela Feliza. 
La anciana inmóvil, permaneció sin avanzar. 

Al escuchar las palabras con que Rosa, conmovida y'vertiendo 
lágrimas, respondió á D. Jorge: 

— Señor, dispuesta estoy á seguir á Vd. con) mis hijos, y 
dichosa de mi si con mis cuidados puedo consolar á vuestros 




— ?2 — 



queridos hijos, todos los instantes de mi existencia serán cor- 
tos para demostraros mi gratitud! 

La abuela Feliza apoyóse contra el márco de la puerta y 
cerrándo los ojos, rodaron por sus rugosas mejillas gruesas 
lágrimas . 

— Abuelita Feliza! — esclamaron los niños corriendo hácia 
ella — , ya somos felices, ved á nuestro protector, óh! que 
gratos estamos! 

Rosa corrió también hácia la anciana esclamando: 

— Que teneis? ¡oh Dios mió! estáis pálida como una muerta... 

— Os vais! — murmuró la anciana con voz ahogada, y abra- 
zando las cabezas de los niños que cubrió de besos. 

Rosa estrechó en silencio la mano de la anciana, y ambas 
mujeres se abrazaron llorando. 

— Señora, — esclamó D. Jorje dirijiéndose á la abuelita Fe- 
liza, — queréis mucho á Rosa y sus hijos? 

— Ah r . señor! no podéis imaginaros de que manera! — re* 
puso la anciana. — Permitidme que yo también os dé las gracias 
por la felicidad que vais á proporcionarles, pero dispensadme 
si no puedo reprimir mis sentimientos... amo tanto á Rosa y 
á sus hijos! 

— Y bien, vuestras lágrimas solo deben ser de alegría... 

— También de dolor!... soy vieja y quizá no vuelva á ver 
mas á quienes quería como hijos... perdonadme !.. 

— Abuelita! — esclamó Alberto abrazando á la anciana, — 
para qué nos hemos de separar... 

— Razón tiene Alberto, — dijo D. Jorje interrumpiendo al 
niño— ,vos señora también vendréis con nosotros, por esto os 
decía que vuestras lágrimas sok> debían ser de alegría. . . 

— Que decís señor! — esclamó la anciana levantándose de su 
asiento con. , ios niños abrazados — , me llevareis á mi también? 
de que os servirá esta vieja inútil, próxima á desaparecer 
del mundo. . . 

— No prosigáis, nadie es inútil en el mundo... allá señora 
tendréis dos hijos mas... los mios os amarán y respetarán co- 
mo mereceis! 

La abuela Feliza ahogada por las lágrimas hacía tales de- 
mostraciones de alegría y gratitud que parecía que iba á 
perder el juicio. 

Abrazaba á Rosa, á los niños esclamando: 

—No me separaré de vosotros!... la abuela Feliza morirá 




feliz á vuestro lado... gracias Dios mió, gradas!. „ Señor,— > 
esclamaba dirijiéndose á D. Jorje — , bendito seáis, y colmado 
por Dios de todas sik gracias!... permitidme que os bese las 
manos, las lágrimas de esta pobre vieja es lo único que puede 
demostraros lo que mi pobre lengua no acierta á espresaros!... 

D. Jorje dejaba obrar á la pobre vieja, como para darle un 
desahogo conveniente. 

Todas aquellas manifestaciones le llegaban al alma y en 
su interior daba gracias á Dios que le habia permitido dis- 
frutar con la ejecución de aquella magnánima obra de caridad, 
satisfaciendo las mas nobles aspiraciones de su espíritu ge- 
neroso. 

Todo aquel dia fue de alegría en la humilde morada 
de Rosa. 

D. Jorje se había retirado á preparar todo lo conveniente 
para el viaje. 

Con el corazón satisfecho y el alma radiante parecía háb^r 
adquirido una doble existencia, desde el momento que habia 
proporcionado tanta felicidad á aquellos cuatro seres tan dignos 
de protección, 

Las almas buenas son felices cuando proporcionan el bien, 
y pueden labrar la dicha de los demas. 

Alberto no cabía tn sí de gozo. Abrazaba á su hermana y 
esclamaba • • 

-Qué felicidad María! ahora podemos estudiar y cuando 
seamos grandes trabajaremos para mamá ! qué bueno es don 
Jorge !Dios lo bendiga ! 

— Sí, Dios lo bendiga ! — repitió María, — hasta ahora nada 
sabiamos ; si así hubiéramos seguido qué hubiera sido de nos- 
otros ! 

— Y ya el hambre y el frió nos hacia sufrir — esclamaba 
el niño, y ahora tendremos vestidos abrigados y alimentos 
sanos ! 

— Qué íelidad que abuelita viene con nosotros! nos contará 
cuentos y siempre la tendremos con nosotros ! 

— Gracias á ella hoy sabemos algo, debido á sus lecciones. 

— Sí, de donde menos lo esperábamos ..... con ser pobre, 
vieja y viviendo como vive sin que nadie haga caso de ella, 
ha sabido hacer con nosotros lo que otros podían y no que* 
rian. .. . 




— 74 — 



— Es cierto, no ves esa maestra que enseña cosas tan bue- 
nas y que no nos quiso dar lecciones porque eramos pobres. 

— Ella no sabrá, ó no habrá oido decir como hemos oido 
nosotros al señor cura, que Dios manda ensenar al que no sale. 

— Silo hade saber Alberto, pero dice mamá que en el mun- 
do hay gente mala que no hacen un bien sino tienen asegurada 
la recompensa. . . 

— María dice también que esa gente ignora, sin duda, que 
Dios recompensa las buenas obras, y no hay recompensa como 
esta ! 

Por eso abuelita Feliza será premiada por Dios; tan buena 
que es ! 

— Es una santa ! 

— Mira, cuánto vamos á querer á los niños de D. Jorge! 

— Como los queremos j — repitió María juntando la manos 
sobre el pecho, debemos darles el gusto en todo; al quererlos 
y vivir muy unidos, como buenos niños amigos. 

— Si, D. Jorge verá que agradecemos lo que por nosotros 
ha hecho. 

— Nuestra gratitud, dice mamá, debe ser tan grande como el 
beneficio que hemos recibido, que no puede ser mayor. 

— Toda? las noche rogaremos á Dios que haga muy dichosos 
á D. Jorge y á sus hijos, no es verdad ! 

— Si rezaremos y Dios nos oirá , el Todopoderoso atiende 
las súplicas de los niños buenos, y nosotros trataremos de ser 
muy buenos para agradar á Dios, á nuestra madre y á nuestros 
bienhechores. 

La conversación de Alberto y María terpiinó con la llega- 
da de D. Jorge que llenó á los niños de caricias. 

Todo estaba dispuesto para el viaje. 

Este tuvo lugar á la mañana siguiente. 

Una- nueva existencia, pura^tranquila y risueña, compen- 
sación de resignados dolores, sonreiría desde aquel instante á 
nuestros amigos. 

La virtud nunca queda sin recompensa. 




— 75 — 



CAPITULO XV. 



0®Íqp© 8 y ©speircros&s. 



Han trascurrido 15 años. 

Nos hallamos en el campo. Era una hermosísima tarde de 
primavera, en que la naturaleza ofrecía un aspeeto magní- 
fico. 

La mirada contemplaba estasiada aquel cuadro de belle- 
zas seductoras: perfume, brisas, susurros, luces inciertas, va- 
guedad de la tarde, murmullos de las selvas, todo se con- 
fundía, formando una armonía en la que palpitaba la poesía 
como palpitan en el pecho de virgen las armonías de sus 
cantos ensueños. 

Situada en un paraje delicioso, se elevaba una hermosa y 
elegante casa de campo. 

. Penetremos en su interior y reconoceremos en sus habitado-' 
res antiguos amigos. ’ ’ 

En una de las espaciosas habitaciones de la casa se hallan 
reunidos dos jóvenes hermosas y simpáticas, María llámase 
una, cuenta de veinte y cuatro años y tiene sobre su falda 
un precioso niño como de año y medio. 

La otra es rubia, lleva el nombre Florángel y cuenta 
veintiún año. 

Florángel es de mediana estatura, delgada pero de formas 
redondas y suaves; su rostro es un conjunto de modesta 
belleza; hay fuerza y amor en la mirada de sus ojos azules; 
en sus lábios, frescos y rosados, vaga de continuo una dul- 
ce sonrisa, su frente elevada y de gracioso corte, lleva el 
sello de la candidez, y de la belleza de su alma. 

María, de estatura más elevada, ostenta también más de- 
sarrollo en sus formas, pero de una belleza casta y encan- 
tadora; su tez lijeramente trigueña, tiene una suave palidez; 
sus ojos negros miran con abierta franqueza y espresion 
acariciadora; su boca, precioso detalle de su rotro, adorna- 




da de hermosísimos dientes, semejándose á una doble Hilera 
de perlas, están casi de continuo descubiertos, por una rica 
franca, bulliciosa, casi infantil. 

En cuanto al niño que descanza en las faldas de María, 
es del mas fiel parecido á su feliz madre; pues sabrás lec- 
torá que ese niño es de María, esposa venturosa de Juan 
Cárlos el hijo mayor de D. Jorge de la Peña. 

Antes de pasar mas adelante, daremos algunos datos in- 
dispensables, que nos revelaran la situación actual de nues- 
tros antiguos conocidos. 

Nada diremos de la bella esixtencia de Rosa y sus hijos, 
después de la incomparable acción del digno D. Jorge. 

Aquella se deslizó tranquila y feliz, como la superficie de 
un lágo en . una serena mañana. 

Diez años llevaba Rosa de vivir con sus hijos en campa- 
ña de sus bienhechores, amada de estos con verdadero é in- 
tenso cariño. 

D. Jorge satisfecho contemplaba aquel bienestar y en su 
semblante advertíase una secreta alegría al notar la inteli- 
gencia de cariño que mediaba entre sus hijos Juan Cárlos y 
Florángel y los hijos de Rosa, Maria y Alberto. 

— Si yo los dejára unidos — pensaba el buen padre, — baja- 
ría al sepulcro tranquilo y feliz. 

Alberto, el generoso hijo de Rosa, dotado de una inteli- 
gencia sobresaliente, crecía lleno de méritos, que prometían 
un porvenir hermoso. 

D. Jorge contemplaba con ternura el afan que Alberto po- 
nía en todo, para satisfacer y corresponder á los beneficios 
recibidos. 

Nunca dirijía sus miradas á D. Jorge sin que por ellas 
cruzara un relámpago, mal comprimido de gratitud y ternu. 
ra, y mas de una vez aquel sorprendió en los ojos de su 
protejído secretas lágrimas desvivo y mudo reconocimiento. 

Nada diremos de Rosa y Muda; sus alma? sensibles ’no 
cesaban de manifestar sus sentimientos, y de consagrar todos 
sus instantes á bendecir á Dios y á agradecer sus bondades, 
que recibían por intermedio de D Jorge. 

Así las cosas, D! Jorge conoció que su fin se acercaba; la 
dicha de los que entonces constituían su familia, debía con- 
solidarla por medio de su última determinación. 

Su corazón de padre había comprendido con infinita ale* 




— 77 — 



gria, que sus hijos y sus protejidos completarían su felicidad 
permaneciendo siempre unidos. 

D. Jorge hizo su testamento, repartiendo su fortuna por 
partes iguales entre sus hijos y sus protejidos, manifestando 
el deseo de verlos unidos por los lazos indisolubles del hi- 
meneo, determinación que estaba seguro cumplida con íntimo 
placer. 

Dios otorgó al generoso D. Jorge, la felicidad de ver 
realizado en parte, antes de abandonar este mundo, lo que 
tanto ansiaba su corazón. 

Juan Cárlos y María quedaron unidos; D. Jorge vio en aquel 
matrimonio la recompensa de sus desvelos paternos. 

Espiró dichoso, escfamando al estrechar la diestra de 
Rosa. 

— Vela por tus hijos — dijo, señalando á los cuatro jóve- 
nes, — yo te cedo los mios; se tú la santa madre que les 
guie por la senda de la vida .... 

Dijo, y espiró, dejándo en el corazón de los que le ama- 
ban el mas profundo desconsuelo y el mas hondo vacio. 

Rosa cumplió como buena madre; todos la adoraban y se 
disputaban la dicha de recompensarla con sus cariños y 
cuidados. 

Alberto pidió y obtuvo el consentimiento de hacer cons- 
truir á D. Jorge un hermoso sepulcro; quería tener la satisfac- 
ción de poder rendir á su bienhechor aquel último tributo 
de cariño y gratitud. 

El agradecido jó ven hizo colocar, con letras de oro la si- 
guiente inscripción en el sepulcro de su bienhechor: 

Al mas noble y generoso de los hombres. 

Mucho tardó en descender la calma á los espíritus de 
nuestros amigos, después de la sentida muerte de D. Jorge. 

Su recuerdo era eterno en los corazones de los que lo 
lloraban. 

! La abuelita Feliza tampoco se contaba en el mundo de los 
vivos. 

Poco tiempo después de vivir en casa de D. Jorge, entre- 
gó su alma á Dios, bendiciendo á los que tanto bien le ha- 
bían hecho en sus últimos dias. 

La nube de tristeza que habia oscurecido la felicidad de 
aquellos corazones, con el trascurso del tiempo fue mitigán- 
dose; Dios envió á sus almas el bálsamo de la resignación, 




— 78 — 



que troca los más acerbos dolores, en una dulce melan- 
colía. 

La conformidad que se hace tan necesaria para los espíri- 
tus aflijidos, descendió sobre ellos. 

Algunos años después de la pérdida de D. Jorge, Flo- 
rángel y Alberto unieron sus destinos al pié del altar. 

La voluntad de aquel estaba cumplida, y satisfechos los 
deseos de todos. 

Volvamos ahora á la estancia donde dejamos á Florángel, 
María y su niño. 



CAPITULO XVI 



P gtwetoe. 



— ¡Cuánto tarda Juan Cárlos! — esclamó María, consultando 
un reloj de sobre mesa. 

— No te inquietes por ello, querida — contestó Florángel, 
-^ya sabes que mi hermano es conocedor excelente de los 
parajes que hoy ha debido recorrer. 

— Sin embargo, — objetó María — me dijo que al caer la 
tarde estaría de vuelta.... 

— Entónces no tardará. 

El rumor de pasos, al [parecer de más de una perso- 
na que se acercaban, interrumpió á las jóvenes. 

— SeVá él! — esclamó María poniéndose de pié, y dirijién- 
dose á la puerta del aposento con su hijo en los brazos. 

Pero, en vez de Juan Cárlos, penetraron en la habitación 
Rosa y Alberto, el esposo de Florángel. 

— Mamá y Alberto! — esclamaron las jóvenes. 

— Ya estamos de vuelta, — esclamó Alberto abrazando á 
su esposa y á María. 

Rosa y Alberto habían permanecido dos dias en Nueva 




— 70 — 

Palmira^. con objeto de hacer algunas compras para la fami- 
lia y regresaban recien en aquel momento. 

Rosa, la feliz madre, se hallaba algo cambiada. 

Sus negros cabellos ostentaban ya hebras de plata: en sus 
facciones distinguidas y simpáticas, resplandecían sin embargo 
los rayos de su belleza, siempre dulce y atrayente. 

Alberto era un joven de arrogante figura, hermoso y ele- 
gante: su rostro varonil revelaba una alma bella y fuerte; sus 
cabellos castaño claro tenían reflejos dorados; su tez era pá- 
lida y sus ojos de matiz verdes; su mirada hablaba, de 
una manera tan dulce, decidida y espresiva, qüe' constituía 
un poderoso atractivo, conquistando los corazones. 

Florángel llamábala mimada niña, como su esposo la abru- 
maba á preguntas á Alberto respecto á su viaje. 

Por toda respuesta Alberto acariciaba los dorados rizos de 
su esposa diciendo^-- 

— ¿Qué quieres, mi mimada niña, que te cuente? partí pen- 
sando en tí, llegué á Palmira lo mismo ; y vuelvo con «mi 
pensamiento fijo en el mismo objeto ! 

Todos salieron de la habitación con objeto de inspeccionar 
el camino esperando la vuelta del esposo de María pues esta 
inquieta y disgustada, no sabía á que atribuir su tardanza. 

No tardaron en ver á Juan Cárlos que, ginete en un her- 
moso caballo, se aproximaba á la casa, rápidamente. 

María alzó sobre su cabeza, con ambas niazos, al niño, 
para que viera á su padre. 

Juan Cárlos llegó hasta donde le esperaba su familia, y 
dejando el . caballo á la puerta de entrada, se reunió con 
aquella, imprimiendo un cariñoso beso en la frente de su 
esposa y cogiendo entre sus brazos al pequeñuelo que pal- 
moteaba de alegría al ver á su padre. 

— ¡Cuánto has tardado, Juan Cárlos! — esclamó María. 

— Qué quieres, querida ! — Contestó este, — algo imprevisto 
me detuvo. 

— Y qué es ello? — preguntó Florángel. 

— Ah! ya tenemos en campaña á doña curiosidad — contestó 
Juan Cárlos mirando á su hermana con alegre sonrisa. 

— Ave-Maria! esclamó Florángel haciendo un mohin, — es 
algún secreto que no puede saberse? 

— No, pero es un misterio. 

— Un misterio! — digeron las tres mugeres á la vez. 




— Si, me ha ocurrido algo original que os contaré. 

— Ah! qué gusto! — esclamó Florángel — á mi que me gustan 
tanto los cuentos! siquiera tú traes algo; Alberto vino como 
fué. . . . 

Estas últimas palabras fueron pronunciadas entrando ya 
todos al aposento donde habia quedado Alberto, el que en 
aquel momento fumaba un habano, casi tendido en un sillón. 

Alberto sonriendo dejó el sillón para aproximarse á Flo- 
rángel y tomándole suavemente de la oreja lo condujo hasta 
donde él habia estado, esclamando : 

— Venga Vd. acá, niña mimada; qué mejor cuento quiere 
Vd. que el que le he contado? 

— Ah! embustero! con que era cuento eso de que al partir 
y al regresar pensabas en mí? 

— Mírame! — esclamó Alberto tomando las dos manos de 
Florángel. 

La joven miró á su esposo, y los ojos de este revelarían 
verdad cuando ella esclamó vivamente. 

—Bien, te perdono. . . .y cuéntame siempre esos cuentos , 
perb con la condición de que han de ser verídicos, de lo 
contrario no te miraré mas! 

Mientras Florángel y Alberto se entretenían en dulces co- 
loquios, en que la candidez infantil de aquella y el cariño y 
condescendencia de este, formaban bellos y pueriles diálogos; 
Rosa, María y Juan Cárlos con su hijo, siempre en brazos, 
se disponía después de acariciar al niño á referir el misterio 
de que ya habia hecho mención. 

— Habéis de saber que he tenido en el monte un estraño 
encuentro .... un gaucho de aspecto salvaje y de estado 
ídem. 

— Dios mió! — esclamó María mirando angustiada á su 
esposo, — Juan Cárlos tén cuidado, ese hombre quien sabe qué 
intenciones tendrá; es^ una tersidad aventurarse por esos 
campos, sin armas, desprevenido. . . . 

— Cálla tonta — contestó Juan Cárlos imprimiendo en la 
frente de su esposa un cariñoso beso, y depositando en sus 
fajidas al niño que comenzaba á dormirse. 

—Aquel gaucho demuestra ser un infeliz. 

— Quién sabe, Juan Cárlos, — esclamó Rosa — bueno, es por si 
acaso, no fiarse mucho de él. 

Alberto y Florángel se habían aproximado para escuchar, 




— 81 — 

— Venía, — continuó Juan Cárlos, — por el camino de los 
Olivos, en dirección al puesto de S. Juan, cuando no sé por- 
qué, se me ocurrió internarme en el monte; era tan bella la 
tarde y ofrecían aquellos campos tan hermosos cuadros, que 
insensiblemente caminé en mi caballo, más de una legua quizá; 
de pronto, cuando mas estasiado contemplaba tantas belle- 
zas, observé admirado, en un claro del monte, hácia 
la derecha, á un hombre que, recostado contra el añoso tronco 
de un corpulento árbol, me miraba con hosco aspecto. 

Nada más estraño y particular que su atavío. 

Sujeta á su cintura se veía una espesa piel de carnero, 
que le cubría hasta las rodillas; lo demás de su cuerpo estaba 
desnudo. 

Aquel hombre es sin duda un gaucho salvaje, sin el más 
pequeño asomo, quizá, de civilización, aunque en su mirada pa- 
rece verse un rayo'Tte velada inteligencia . 

Sus formas son de atleta, sin embargo de bella constructora; 
se nota enerjía y fiereza en aquel rostro joven, bronceado'por 
los rayos del sol. 

Tiene el cabello largo, le llega hasta los hombros; quizá 
para que no le incomode lo lleva sujeto por la frente, hácia 
atrás, con una varilla flexible de algún arbusto ; su frente es 
elevada, el perfil recto, y un lijero bozo sombrea su labio su- 
perior. 

Al verme hizo' un movimiento de enojo, y bruscamente se 
internó en el monte. 

— Dios mió! Juan Cárlos, no vuelvas por allí! — esclamó María 
llena de terror. 

— Hijo mió, — agregó Rosa — puede ocurrirte alguna des- 
gracia! 

— No, madre, ese pobre gaucho es un inteliz 

— Como lo sabes? preguntó Florángel. 

— Así me ha parecido por algo que he notado en su semblante; 
continuó; al volver del puesto . . . 

—Volviste por allí? — preguntó María estrechando á su niño 
entre sus brazos con un movimiento de terror. 

— Si hija, pero descuida, pierde todo temor. Al volver, repito, 
no quise hacerlo por el camino que todos llevan, volví á inter- 
narme en el monte con el propósito de ver nuevamente á mi 
salvaje gaucho. 

Mi hombre estaba sentado sobre una alta roca, con los 




— 82 — 



codos sobre las rodillas y la cabeza apoyada sobre sus manos' 

No me había visto ni sentido, pero así que notó mi pre- 
sencia descendió de la roca apresuradamente, internándose de 
nuevo en el interior del monte. Quede largo rato pensativo, 
y viendo que no volvía, seguí mi camino con el propósito de 
volver mañana... 

— Ah nó! — esclamó María rodeando con su brazo el cuello 
de su marido — no quiero que vayas! 

— No seas tonta! — repuso Florángel — nada le sucederá; á 
mas lo acompañará Alberto. 

— Si hermano, yo te acompañaré. 

— No, no, dejadme á mi solo; tengo una idea; mi María, 
desecha tus miedos, mañana por complacerte iré bien armado. 

La familia conversó unos momentos más, y como los 
viajeros estaban rendidos, todos se retiraron á sus respectivas 
habitaciones con objeto de descansar, proyectando Juan Cárlos 
la escursion para el dia siguiente. 



CAPITULO XVII. 



Tentativa fisstpada 



Al siguiente dia, después de haber almorzado toda la fa- 
milia, Juan Cárlos se dispuso ^emprender la marcha en busca 
del solitario gaucho del monte. 

A todas las preguntas que se le hacían respecto á lo que 
pensaba hacer en cuanto al gaucho, el jó ven sonreía y con- 
testaba: 

— Pronto lo sabrán! 

Toda la familia acompañó á Juan Cárlos hasta corta dis- 
tancia de la casa. 

El jóven montaba un hermoso caballo blanco, 




- 83 — 



Haremos á la lijera un pequeño retrato de loque era Juan 
Cárlos físicamente, pues sus cualidades morales sabemos que 
eran escelentes y altamente recomendables. 

Contaría Juan Carlos veinte y cinco años de edad: era de 
hermosa figura; su rostro varonil ostentaba una belleza simpá- 
tica; su tez algo quemada por el aire libre del campo, el perfil 
de su rostro de líneas suaves y perfectas, la noble altivez de 
su elevada frente, el mirar de sus ojos pardos, dulce y me- 
lancólico unas veces, enérjico y altivo otsas; el delicado bozo 
que sombreaba su lábio superior, adornando una boca de lá- 
bios algo gruesos, que sonreían á menudo, pero de una manera 
contenida, y por último, un porte elegante, airoso, suficiente- 
mente desenvuelto; tal era físicamente JuanCárlos de la Peña, 
esposo de la simpática y virtuosa María. 

Sigamos ahora-al joven, que después de despedirse cariño- 
samente de los suyos, emprendió la marcha hácia el monte, 
distante algunas leguas de allí. ' 4 

Pronto llegó al término designado de su viage. 

No tardó en descubrir á nuestro gaucho, sentado sobre una 
piedra, bajo la sombra de un sauce. 

Juan Cárlos lo observó, sin ser visto por aquel. 

El gaucho' con distracción é indiferencia, comía pausada- 
mente un pedazo de carnero enteramente crudo, alternando 
esta particular comida con algunas frutas que «se* veían á su 
lado. 

Conocíase que aquel infeliz no tenía mas hogar que el 
monte, en el que parecía haberse deslizado su existencia, ni más 
techo que la celeste esfera, ni otra familia que su propio ser. 

¡Desgracaido paria! 

¡Errante átomo entregado á merced del destino, como navio 
sin brújula lanzado al capricho de las olas! 

Nuestro ilustrado compatriota, el valiente escritor é inspi- 
rado poeta oriental Alejandro Magariños Cervantes, retrata al 
gaucho de nuestra campaña, en estos términos: 

«Un Gaucho, dice, es un hombre que se ha criado vagando 
de estancia en estancia, que vive y tiene todos los hábitos,* 
inclinaciones é idéas de la vida nómade y salvaje, amalgama- 
das con las de la civilización. Espíritu indómito, audaz, lleno 
de ignorantes preocupaciones, pero valiente hasta el heroísmo; 
carácter escéntrico y original que no conoce más leyes que 




— 84 — 



su capricho ; ni anhela más felicidad que su independencia? 
desprecia al hombre de las ciudades y cifra su ventura en los 
azares, en los peligros, en las violentas emociones de su' exis- 
tencia errante y vagabunda. Eslabón que une al bombe civi- 
lizado con el salvaje, sin ser una cosa ni otra.» 

(l). «El idioma, los hábitos y las peculiaridades del gau- 
cho> no pueden comprenderse, sino por los que han visto 
de cerca ese tipo original de esta parte de América, y que 
no tiene semejante,^ ni siquiera en el árabe, con quien le han 
querido hallar algunos mucha similitud en sus costumbres. 

«El gaucho argentino es más civilizado que el hijo de la 
Arabia, es más astuto, más ingenioso, y posee una imagina- 
ción que á aquel le falta. 

«El uso constante de figuras en la exposición de sus ideas, 
no depende de la pobreza de su lengua, sino de su imagina- 
ción y de una tendencia, innata en su espíritu, á revelar 
su pensamiento con el menor número de voces que le es po- 
sible.» 

Nuestro gaucho no tenía familia, suponíase que alguna 
madre desnaturalizada habíalo abandonado, criándose por un 
milagro en medio de aquellos montes, sin amparo ni más 
recurso que la divina Providencia. 

Su voluntad, la adversión instintiva que desde un princi- 
pio le inspiró, ,el trato de los hombres, lo alejó mas y más 
de estos, viviendo ignorante de todo en medio de una exis- 
tencia que más tenía de animal que de humana. 

Su sustento eran en un principio las frutas del monte, mas 
luego aquel se estendió hasta la carne de carnero, la cUal se 
la procuraba de noche, sustrayendo de las estancias algunos 
carneros, que mataba con maña, arrastrándolos hasta donde 
habia fijado su guarida. 

Tal éra la triste existencia que llevaba el solitario gau- 
cho que* habia despertado la curiosidad é interes de Juan 
Cárlos. 

Volvamos á este. 

El jó ven se aproximó al gaucho y^ántes de darle tiempo 
¡á que se retirara, le dijo saludándolo: 

— Buen dia, amigo! 

Este se irguió rápidamente y sin dignarse á contestar, pomo 



(I) J. Mármol 




— 85 — 



el dia anterior se internó en el monte, apretando el paso 
para* alejarse más pronto. 

Juan Cárlos no quiso seguirlo; temió irritarlo. 

— Seguiré el plan que me he formado — se dijo, — ese in- 
feliz me interesa; Dios me ayudará en mi empresa — y pen- 
sando en el gaucho prosiguió, — él se acostumbrará insensi- 
blemente á mi presencia. 



CAPITULO XVIII. 



¿)y¡an) Gétrltos ictsEste» 



Más de un mes, sin faltar un solo dia, Juan Cárlos con- 
tinuó yendo al monte, teniendo por resultado idénticas esce- 
nas: el gaucho huía siempre ante la presencia del jóven. 

Sin embargo, la constancia de Juan Cárlos Venció la resis- 
tencia huraña del gaucho. 

Dos tardes consecutivas, Juan Cárlos halló á aquel sentado 
sobre la elevada roca, en que lo vió por primera vez. 

El jóven notó con alegría, que el gaucho no daba mues- 
tras de huir, por el contrario, observó que le miraba á hur- 
tadillas pero siempre 4 con la espresion huraña que era su 
estado habitual. 

Aquello le alentó y aproximándose le dirigió h palabra 
con voz dulce y cariñosa: 

—Cómo está, amigo! — le dijo.. 

El gaucho levantó la cabeza y mirando al jóven rápida- 
mente volvió el rostro, como si nada hubiera oido. 

Juan Cárlos insistió, pero con igual resultado: mutismo 
completo. 

— Será sordo mudo —pensó, pero se desengañó de lo pri- 
mero, viéndole volver la cabeza rápidamente al escuchar el 
ruido que hizo el vuelo de un pato marino. 




— 86 — 



Juan Cárlos bajó de su caballo, yendo á sentarse en una 
pequeña roca distante algún trecho de donde estaba el solitario 
habitante del campo. 

Allí permaneció cerca de media hora; habia encendido su 
cigarro, y fumaba tranquilamente observando al gaucho con 
disimulo. 

Este con la cabeza siempre apoyada e.*tre sus manos, 
parecía sumido en estrañas reflexiones, si es que podía 
reflexionar aquella mente casi embrutecida. 

Juan Cárlos se dispuso á retirarse, no sin ántes acercarse 
p\ gaucho, diciéndolc: 

— Adiós amigo! 

Este no se movió ni respondió. 

Juan Cárlos le contempló por breves instantes con lastima 
y cariño. 

Aquel hombre joven, pues parecía contar veinte años á lo 
samo, su. abandono, su estado insensible, su aspecto huraño, 
fi ero, pero hermoso, de una hermosura enérgica, varonil, con 
ciertos caracteres fuertemente acentuados, que descubrían el 
fuego de sus sentimientos encontrados y la intemperancia de 
su naturaleza; todo esto, hacía despertar en el alma de Juan 
Cárlos un vivo deseo; el de ejucutar una obra hermosa. 

El joven después de dirigir al gaucho una intensa mirada, 
partió al galopé en dirección á su estancia. 

Si Juan Cárlos hubiera vuelto la cabeza, al alejarse, habría 
podido ver como aquel le seguía con la mirada, hasta que lo 
vió perderse de vista . . . 



CAPITUI^ XIX. 



ínfteeci©!® 4© 4a rtrásíea 



Al dia siguiente á la hora acostumbrada Juan Cárlos se 
presentó de nuevo. 

El gaucho estaba en su sitio .... 




- 87 — 

El joven le saludó sin obtener respuesta, como siempre. 

Juan Cárlos no venia solo, traía consigo una guitarra. 

Comenzó á templarla, á los primeros acordes el gaucho 
levantó la cabeza y miró con atención. 

Juan Cárlos haciéndose el desentendidp, sin mifirle y al 
parecer enteramente absorto en lo que tocaba, seguía arran- 
cando á su guitarra sentidos acordes, melodías dulcísimas. 

El joven gaucho había apoyado su barba en la palma de 
la mano, y escuchaba atentamente sin pestañar. 

Juan Cárlos acompañado de su guitarra empezó á cantar. 

Su voz suave, armoniosa y llena de sentimiento pareció 
impresionar aun más al joven gaucho; sin embargo, á no ser 
un cambio de postura nada más se advirtió en el que pu- 
diera autorizar para creerlo así. 

Juan Cárlos siguió cantando y tocando la guitarra cada 
vez más inspirado. 

Con intención eligió para sus cantos temas llenos de sen- 
timiento y ternura. 

La atención del gaucho crecia, parecia una estátua de pie- 
dra, por su inmovilidad; aquel canto, aquella dulcísima mú- 
sica parecia ir cayendo sobre su corazón, como las gotas de 
rocío en el cáliz de la abatida flor. 

La música y el canto terminó. 

Juan Cárlos se puso de pié dispuesto á retirarse. Para ir 
en busca de su caballo tenía que qruzar por delante del 
gaucho. 

Juan Cárlos con su guitarra al hombfo se dirijió hácia 
su caballo. 

Llevaba la intención de no dirijir la palabra al gaucho, 
mas este, al verle cerca dijo con voz que trató de hacer dulce: 
— Adiós ! 

Juan Cárlos se detuvo, y la alegría encendió su rostro, pero 
reflexionó rápidamente y para mejor éxito de sus cálculos 
creyó conveniente contestar tan solo: * 

— Adiós! — con acento cariñoso y lleno de interes. 

— No es mudo, ni sordo, — pensó el joven, alejándose y mon- 
tando en su caballo. 

El gaucho le seguía con la vista, y Juan Cárlos que sentía 
sobre sí aquella intensa mirada, decía para si: 

— Avanzamos terreno, Dios me ayudará en mi empresa! 

El joven se perdió de vista, y el gaucho desviando la 




— 88 — 



mirada de donde aquel había desaparecido, exhaló un ruidoso 
suspiro. 

¡Era el primer signo de que en aquel pecho de roca había 
un corazón humano! ¡El primer eco del sentimiento! 



CAPITULO XX. 



8 



Dos, dias transcurrieron sin que Juan Cárlos volviera al 
monte . 

El jóven gaucho sentado sobre la roca, el primero de 
aquellos dias, dirijia sus miradas á cada instante, hácia el 
punto en que siempre aparecía Juan Cárlos. 

El segundo dia no se sentó, como de costumbre, parecía 
que algo le fastidiaba, tan pronto descendía de la roca, como 
volvía á ella, y de pié observaba el campo; pero sus miradas 
solo se dirijian hácia donde podia aparecer Juan Cárlos. 

Hubiérase afirmado que le echaba de menos... 

Y Juan Cárlos no parecía. 

La desazón del jóven gaucho crecía. 

La noche tendió su oscuro rá^nto, sin que Juan Cárlos se 
presentara, y sin que el gaucho se determinara á abandonar 
la roca; pero al fin lo hizo, descendió lentamente, deteniéndose 
á cada instante ai menor rumor que sentía en el bosque, y 
asi fué internándose en él hasta que desapareció. 

Llegó la tarde del tercero dia. 

Juan Cárlos se presentó en el monte acompañado siempre 
te su guitarra. 




- 89 — 



El joven gaucho estaba en el lugar de costumbre, y al vef 
aparecer aquel, hizo un marcado movimiento que nos atrevería- 
mos á designar con el nombre de alegría. 

Juan Cárlos descendió de su caballo, yendo á sentarse muy 
cerca de la roca. 

— Buenas tardes, amigo! — esclamó Juan Cárlos dirijiéndose 
al gaucho con la más viva esprésion. 

— Buenas,- -contestó este lacónicamente, pero sin ceño, y 
hasta rasi podría decirse con afecto. , . 

— Hermosa tarde — , prosiguió Juan Cárlos — , precioso es- 
pectáculo el que ofrece el campo! 

El gaucho siguió la dirección que tomaban las miradas del 
jóven, y vió que este contemplaba arrobado las bellezas que 
la naturaleza ofrecía en aquella deliciosa tarde- 

La guitarra dejó oir sus acordes, tristes y melodiosos. 

— Cómo te llámas? — preguntó Juan Cárlos con estudiada 
indiferencia, atento, al parecer, solo á su guitarra. 

El gaucho se encojió de hombros, sin apartar su mirada del 
instrumento. 

— Cómo! no lo sabes? — volvió á insistir Juan Cárlos. 

— No tengo, no sé — dijo el gaucho con lenguage tan vago 
y torpe como el vibrar de las cuerdas olvidadas, cuyos 
acordes roncos y desabridos, parecen protestar contra la cruel- 
dad de su abandono. ' ’ 

— Vámos — esclamó Juan Cárlos—, si no tienes nombre yo 
te lo daré, te llamarás Julio. 

— Julio... — repitió el gaucho moviendo la cabeza afirmati- 
vamente. 

— Díme Julio, te gusta la música? — prosiguió Juan Cárlos, 
señalando su guitarra. 

Una leve sonrisa, se dibujó en los lábios del jóven gaucho, 
y murmuró con naturalidad y hasta con espresion. 

— Si... me gusta... 

— No lo estraño— prosiguió diciendo Juan Cárlos, — la 
música es una de las más grandes bellezas del mundo. 

Mira, que linda es aquella flor pálida con reflejos azules, 
como se mece al aire de la tarde; parece que en secreto 
canta su felicidad; en aquella flor hay poesía; mira, quiero 
enseñarte lo que es poesía Poesía es todo aquello que 
nos conmueve, que nos gusta, porque es bello, porque es 
furo, porque es tierno; poesía es la música, por eso á tí 




— 90 — 



te gusta y llena tu alma de desconocido bienestar; la na- 
turaleza es una poesía Divina, su autor es Dios: mira 
qué bello es ese cielo, que azul tan puro y hermoso, y allá 
á lo lejos que reflejos dorados tan resplandecientes! — ya 
el sol se ha ocultado; una vaga claridad se vé esparcida 
por los campos; que aire tan puro y perfumado! — Qué 
dulce es el gorjeo del guilguerillo! míralo como cruza rá- 
pido; sabes donde vá? — Vá en busca de su nido, lleva en 
su pico el alimento que piensa regalar á sus hijuelos, ya 
me parece verlos ! qué alegría ! qué arrullos de Ihnor ! 
pobrecillos! si algún inhumano cazador los matara con su 
certero tiro! — pero el nido está muy escondido en el ra- 
maje, el celo previsor del pajarillo lo ha ocultado de la 
mirada audáz del hombre... 

Escucha, no percibes ese rumor? es el lamento de las 
aguas del arroyuelo, sus ondas corren tranquilas una en pos 
de la otra, el amor las une y las confunde en una sola... 
eso es poesía; poesía purísima como la del nido, como la 
de la flor, como la de la música .. el aire blando, perfumado, 
besa con amor la supeficie cristalina del lago; los juncos 
y azucenas que bordan su orilla se inclinan suavemente 
para recibir las gotas de agua que el lago deposita en sus 
senos.,, cuánta poesia ! 

Pero ya los objetos no se distinguen; es de noche; qué 
hermosa noche!... mira, Julio, mira como platea en 'el 
horizonte la argentada luz de la luna... luz blanca, pálida, 
casta como el cendal de la virgen!... su hermosa claridad 
se refleja en las aguas del lago... una lluvia de perlas 
cristalinas, diáfanas, brillantes, parece haber caido sobre el 
lago; mira los reflejos de la luna sobre él, hacen el efecto 
de un manto de plata tejido por manos de ángeles... eso 
también- es poesia ; Julio! ^ 

Ah! tu casi no comprenderás mis palabras pero sentirás 
sus efectos... en tus ojos veo un rayo de inteligencia... una 
luz que brilla á medias... 

Mira el cielo, Julio, míralo sembrado de brillantes es- 
trellas, qué hermosas son ! parecen las encantadoras hijas 
de la luna! cómo brillan con su luz centellante! tan precio- 
sos diamantes bordan el más regio de los mantos ! 

Qué bellas son esas luces de la noche! — al contemplar- 




— 91 — 

las fijas y radiantes, paréceme ver en ellas los ojos her- 
mosos de los divinos ángeles que pueblan los cielos ! 

Torna tus ojos á la tierra... 

Qué quietud, Julio! escucha... el rumor del lago, el 
susurro de la brisa, el movimiento confuso de las hojas... 
todo vago, todo incierto... y hermoso! ah ! y en todo, la 
bella y sublime poesía! 

Escucha: de aquí algunas leguas ven los ojos de mi 
alma otra divina poesía.. —Escucha Julio... en un hogar 
bendecido mora una mujer; es bella como los ángeles, 
pura como el aura... la acompaña un niño... celeste querube! 
un niño que ha nacido de ella, como nace de la gallarda 
planta el purísimo pimpollo que iguala á la hermosa flor... 
y ambos son mios! si mies, ella y el niño! Dios me los 
dió, Dios me los bendijo!... son mi amor, mi dicha, mi ven- 
tura... mi poesía ! 

Juan Cárlos desde que habia empezado á hablar se hablar 
ido aproximando á Julio, y este como atraído por el imán 
de ^us palabras como escuchando una música lejana, ar- 
robadora, no bien comprendida, iba á su vez aproximán- 
dose también al joven, con la boca entreabierta, la mirada 
absorta y el temblor de la emoción en todo su sér... 

El jóven gaucho sin comprender aquellas armonías las 
iba recogiendo en su alma; aquel lenguage desconocido lo 
conquistaba. Dios despejaba su inteligencia... Juan Cárlos 
inspirado y oprimiendo con dulzura la diestra de Julio 
prosiguió: 

-Julio... toda aquella poesia es obra de un Sér pode- 
roso... todo cuanto somos y gozamos se lo debemos á Eli 

Tan sublime y divino es EL, como divina y sublime es su 
augusta morada. 

.El vive allá desde allí vela y cuida de nosotros, por- 
que somos sus hijos, de él recibimos el sér, y dispone 
de nuestro destino como Rey, Padre, y Señor! — Tu tienes 
vida porque él te Jada... él te dió la existencia y en su 
mano está, el quitártela, porqué están grande en su poder, 
como en su bondad! 

Oh! Julio, amigo mió, por esto nos afanamos en servirle, 
por esto nos postemamos ante su imágen, por esto le ado- 
ramos y seguimos ansiosos sus sábias y divinas doctrinas!... 
Ah! tú no las conoces: pero yo te las enseñaré para que 




— 92 — 



^emprendas para que y porqué vives! todos los malos, los 
impíos se apartan de EL, porque vencidos por le espíritu 
del mal, desconocen la divinidad del Poderoso Señor. 

Oh! Señor, cómo no adorarte, cómo no seguir la huella 
que marcaste al hombre, infinito en tu bondad; cómo no ben- 
decirte, y consagrar todos nuestros sentimientos á tu servicio, 
cómo no posternarsc ante el Creador de las sublimes ma- 
ravillas, cómo, Dios mió, olvidarte después de haber bebido 
en las divinas fuentes de tu amor purísimo, de tu amor sa- 
crosanto, de ese sublime amor que vertió toda su sangre en 
obsequio de la humanidad?... 

¡Oh, Dios mió! tú. el más grande délos hombres, tú el 
más justo, el más santo, el padre más amoroso, más tierno y 
abnegado, tú que no vacilaste en decender á la tierra para 
salvarnos del pecado, vertiendo tu preciosísima sangre cien ve- 
ces adorada: tu que sufriste los más acerbos y crueles do- 
lores por libertarnos del yugo del demonio; tu que lleno de 
gloria, subiste á los cielos legándonos el generoso perdón 
de nuestros pecados , lavados con la sangre vertida, de 
tu sagrado cuerpo... Dios mió ! Dios mió ! perdónanos si 
seguimos ofendiéndote, y no observamos tus doctrinas... per- 
don por tanta ingratitud para con el Padre más amoroso, 
perdón, Dios mió, si ciegos no te obedecemos y no corres- 
pondemos los solícitos cuidados y dones que derramas sobre 
nuestras cabezas! 

Juan Cárlos había caido de rodillas sobre la roca, elevan- 
do al cielo ámbas manos. . 

Un ronco y ahogado sollozo mezclóse con las últimas fra- 
ses de Juan Cárlos. 

Julio lloraba... un rayo de inteligencia brillaba en su fren- 
te... 

Juan. Cárlos conmovido, clev^ al cielo sus ojos arrasados 
en lágrimas. 

— Gracias Dios mió! — murmuró. 

Julio de rodillas junto á Juan Cárlos, con el rostro ocul- 
to entre las manos, murmuraba trémulo, balbuciente: 

— Dios!. ..Dios!. . . bendito! bendito!.. ! 

— Sí! bendito, — esclamó Juan Cárlos, — bendícelo Julio, por- 
que EL es tu Padre; el Padre de la humanidad; EL es la esen- 
cia de la divina poesía, el autor de todo lo creado, el Se- 
ñor del Universo! 




— 93 — 

■ — Perdón!..’ — murmuró Julio, siempre posternado* 

— Sí, perdón! — repitió Juan Cárlos, — pídele perdón Julio, 
y luz para tu espíritu, que ha menester de bautismo divino 
para que penetre en la senda por Dios marcada! 

Hasta hoy has vivido Julio, á igual de esos seres sin vo- 
luntad, fieros é irracionales que pueblan los montes, mas des- 
de hoy, tu alma regenerada, tu espíritu sacudido por el soplo 
de un poder superior, penetrará en una nueva senda, que bor- 
rará los agravios pasados. 

Se bueno, sé honrado, marcha por el caminó de los hijos 
predilectos de Dios, abandona la errante y salvaje vida que has- 
ta hoy has arrastrado, y los dones del Creador descenderán 
sobre tu cabeza. 

Juan Cárlos se detuvo, y falzándo de la dura roca á 
Julio lo estrechó entre sus brazos por largo rato, mientras 
que este ahogado por las lágrimas correspondía á aquel lazo 
de cariño, con viva espresion, difícil de describrir. 

Juan Cárlos sentía su rostro bañado por tiernas lágrimas 

El joven no cesaba de elevar al cielo sus ojos en señal 
de gratitud. 

Dios le habia ayudado! 

La redención, de una alma, debió de llenar de armonías el 
cielo, que presenció aquella escena en medio del silencio de 
los campos y de la solemnidad 4 de la noche. 

Julio abrió sus ojos á la luz, su espíritu sumido en las ti- 
nieblas quedó deslumbrado ante la esplendorosa luz de las 
divinas bellezas. 

Instante precioso! 

La callada noche, la argentada luna, el céfiro perfumado,* 
la onda rumorosa, el ave, desde el misterio del verde follaje, 
eran los silenciosos testigos del sublime desposorio del alma 
de Julio con el espíritu* de la luz divina! 



*3 




94 — 



CAPITULO XXI. 



Bqs adíes mas tarde 



Han transcurrido dos años. 

La estancia de nuestros amigos, ofrece siempre idénticos 
cuadros de felicidad doméstica. 

Julio reside en la casa de su salvador. 

Es su secretario, el encargado inmediato de sus negocios. 

Una sólida instrucción, una enseñanza completa, ha puli- 
mentado la tosca piedra; el árbol cultivado ha dado los frutos 
esperados. 

Sus semillas serán fructificadoras del bien, porque llevan en 
su seno la esencia de la virtud. 

La gloria de la jornada es para Juan Cárlos. 

El premio está en la felicidad de todos, en la prosperidad 
del hogar, en la paz y tranquilidad de los corazones. 

La bendieion de Dios posa sobre sus cabezas. 

Concluiremos diciendo como Antonio de Trueba. «Dios 
bendice á los que gastan su tiempo y su dinero en obras 
santas... y¡ quién sabe si también, á los que cuentan novelas 
honradas!» 



Fin de^libro I. 




LIBRO SEGUNDO 



DAR BUEN CONSEJO AL QUE LO 
HA DE MENESTER 




/ 



DAR EDEN CONSEJO AL QUE LO HA DE MENESTER 

# 




¡Familia, caridad, perdón! divino sello gra- 
bado profundamente en el alma por la ma- 
no de Dios. 

Frases sublimes que forman la ley que 
envuelve al hombre en indisoluble lazo. 

(Mercedes López). 

La palabra suave quebranta la ira, y do- 
mina los corazones: la palabra aspera exi— 
ta el furor, y precipita al hombre en el abis- 
mo del mal. 



CAPITULO I. 



G»q onMtdlft— yimt vfotta i Da maciston <i© tos muertos.? 



La luz, que es la alegría de los espacios, porque ilu- 
mina el gran templo de la Naturaleza, ha desaparecido ya 
en la tarde que empieza nuestra narración, sostituyéndo- 
le la claridad dudosa del crepúsculo vespertino, que pres- 
ta á los campos esa especie de vaga melancolía, que im- 
prime á todos los objetos, un sello de suave y lánguida 
tristeza. 

Las escenas que vamos á narrar, dan principio en el 
cementerio de un pueblo de campo bastante distante de 
la Capital de Buenos Aires, el cual por razones especia- 
les designaremos con un nombre supuesto. 

Permítasenos esta reserva; motivos especiales y muy 
poderosos, nos impiden dar á conocer el. verdadero nom- 
bre del pueblo en' cual se han desarrollado los hechos 
que pasamos á referir. 



7 




— 98 — 



Decíamos pues, que los últimos rayos de sol habían 
desaparecido en el horizonte bañando los campos de una 
melancólica tristeza. 

Nos hallamos en el cementerio del mencionado pueblo 
que denominaremos San Ramón. 

Todo es silencio, y callada quietud, aumentan*^ lo té- 
trico de aquella soledad, el aspecto de abandono de aquel 
último y santo asilo de la humanidad. ^ 

El descuido en que yace el sagrado recinto es por de- 
mas deplorable, oprimiendo el corazón y aflijiendo el es- 
píritu de un modo horrible y amargo! 

No exaj eramos el aspecto que ofrece, acusa un olvi- 
do y abandono altamente censurable. 

No exijímos verjas de hierro, estátuas de mármol, mo- 
numentos régios, ni riquísimas obras de arle que pro- 
clamen la soberbia y la vanidad de los hombres, ó el 
lujo fugaz de las pompas mundanales; pero sí, que haya 
devoción, respecto, y una veneración santa para los que 
duermen en paz el sueño eterno de la muerte. 

Aquella inercia, aquel descuido criminal es digno de la 
mas enérjica censura; la tierra sagrada, removida en al- 
gunas partes, presenta cuadros terribles de profanación, 
do quier se dirija la vista. En toda la estencion de aquel 
recinto, solo se vé la falta de aseo y limpieza que está 
demostrando la incuria y desidia de las autoridades en- 
cargadas de velar.por su conservación. 

Las cruces, que la mano devota de los cristianos que 
alli tienen sus deudos, señala el lugar donde yacen, se 
hallan, en su mayor parte cubiertas por los malezales y 
crecidas yerbas... en aquella solitaria y triste mansión no 
se vé ni un árbol siquiera, so^o un inmenso pastizal... 

Quitad sus cúpulas á una catedral, borrad los prismas 
de los arcos góticos por donde la claridad penetra á hur- 
tadillas, y habréis suprimido su mayor encanto á la mag- 
nificencia de nuestros templos cristianos.» 

Apartad de un cementerio sus cipreses oscuros, y con 
ellos la armoniosa combinación de sus simbólicos rama- 
jes; las esbeltas palmas, los sauces llorones , que tanto 
predisponen á la meditación, y os será casi imposible abismar 




— 99 — 



Vuestra alma en esa piélago misterioso de las plegarias, 
del silencio y del recogimiento. 



En dirección al cementerio de San Ramón, camina- 
ba por un estrecho sendero, una jóven, con paso lento y 
fatigoso. 

Su figura triste y melancólica, así como su enlutado 
traje, nos indica que vá á visitar algún sér querido, que 
mora en aquella mansión de la muerte. 

La jóven enlutada, penetra en el cementerio con acti- 
tud dolorosa y reflexiva, camina máquinalmente y de sus 
ojos se ven desprender abundantes lágrimas. 

De pronto, detiénese ante una tosca cruz, en la cual 
se ven gravadas dos iniciales, y cayendo de hinojos, pro- 
rrumpe en ahogados sollozos, cubriéndose el rostro con 
ámbas manos. 

— Padre mió! perdón!... — esclamó la jóven enlutada" én 
medio de sus lágrimas; é inclinando su cabeza sobre el 
pecho, oró por largo rato. 

Un cuarto de hora permanecióla jóven sin cambiar de 
actitud y sin cesar de llorar y orar; por fin levantóse con 
dificultad, y vertiendo de nuevo abundantes lágrimas, es- 
parció sobre la sepultura algunas flores que llevaba ocultas 
bajo el manto que la cubría. • • 

Dispúsose la jóven á abandonar aquel lugar, pero una 
fuerza estraña parecía retenerla. Arrodillóse nuevamente 
y murmurando algunas palabras intelijibles, cruzó después 
el cementerio con paso precipitado. 

Adonde iba? 

Quién era aquella jóven misteriosa, que tanto parecía 
sufrir? 

Al cruzad un sendero, no pudo contener un grito, que 
turbó el silencio de las tumbas. 

A corta distancia de ella, apoyada en un ángulo de la 
pieza que sirve de depósito ó capilla, una persona la con- 
templaba con insistencia. 

Era un hombre de edad ya avanzada, . que desde luego 
llamaba la atención por su porte noble y distinguido. 

La jóven al verlo había lanzado un grito, y mirando 
t n torno suyo con medroso anhelo, cayó sin sentido sobre 




— 100 — 



la abundante y crecida yerba que se estendía por todo 
aquel recinto. 



CAPITULO n. 



<#@c amutg m 



Es la media noche. 

Tres personas se encuentran reunidas en el aposento de 
una modesta casa del pueblo San Ramón, una de ellas 
se halla tendida en un lecho, y las otras dos, la contem- 
plan con interes, inclinándose á cada instante sobre ella, 
como para observarla mejor. 

Oigamos lo que hablan: 

— Dios mió! cuánto dura el desmayo de... 

— Silencio! no la nombres! 

—Pero papá!... 

— Cálla, Flora; la existencia de esa niña en esta casa 
debe ser ignorada de todo el mundo, hasta que ella lo 
crea conveniente. 

— Pobre amiga miaL. temo mucho por su vida, este des- 
mayo diira ya dem isiado! ^ 

— Si, hiia mia, más de lo regular; esto me inquieta. 

Este diálogo tenia lugar, coftio se vé, entre padre é 
hija. 

Era aquel un señor como de 65 años, de aspecto noble, 
dulce y enérgico á la vez; de elevada estatura y de ga- 
llarda figura, todo en él era simpático y distinguido. 

Parecía tener grande interés en prodigar á la jóven des- 
mayada los cuidados más esquisitos para hacerla volver 




f- 101 — 

en si, pera comenzaba á alarmarle seriamente el esta* 
do de la enferma. 

Flora, pues ya sabemos su nombre, por haberlo oido 
pronunciar á su padre, era una lindísima jóven de diez y 
siete primaveras, á quién aquel adoraba entrañablemente, 
pues era hija única, y por desgracia huérfana de madre 
desde muy tierna edad. 

Flora era rubia, su blonda cabellera, magnífica, sedosa 
y naturalmente rizada ; su cutis blanco, teñido de 
lijeros times de rosa, de una frescura y pureza admirable; 
sus ojos azules, límpidos y serenos, bañados de una es- 
presion de suave ternura, hacían de aquella niña un sér 
encantador, revestido de dobles atractivos por las bellezas 
morales que adornaban su alma virginal. 

El padre de -Flora, llamábase Don Cárlos Rodríguez, y 
era antiguo vecino del partido de San Ramón, querido y 
respetado de todos por sus cualidades caballerezcas y nbfcdes, 
que hacían de él bello tipo. 

Fáltanos conocer á la jóven desmayada; por ahora no 
nos es posible satisfacer la curiosidad del lector, sino en parte, 
solo diremos, ántes de bosquejar los razgos de su fisono- 
mía, lo qué quizá haya sospechado ya: la jóven desmayada 
era la solitaria visitante de la mansión de los muertos, 
aquella misma que al encontrarse con Don Cárlos Rodrí- 
guez á su salida del cementerio, había perdido el conoci- 
miento. 

La misteriosa jóven era de una belleza estraordinaria; su 
cutis, lijeramente moreno, de un pálido delicioso, era igual 
y suave como la seda; sus cabellos negros, ondulados y 
abundantes, estaban repartidos en dos trenzas hermosísimas, 
por su largura y grosor; sus ojos igualmente negros eran 
dos luceros, que absorvian la atención del que los mira- 
ba, sin poder apartar de ellos la vista; tan bellos eran ! su 
nariz, su boca, y todos los demás detalles de su rostro 
eran de una delincación correcta, de un dibujo suave y 
delicioso; aquel simpático semblante, tan perfectamente 
bello, estaba bañado de una profunda tristeza, que hacía 
resaltar aun más su extraordinaria hermosura. 

La estatura de la jóven enferma era mediana; su figura 
elegante y distinguida, y había un no ú (juc en sus belle- 




— 102 — 



zas armoniosas, que bastaba verla una sola vez, para quedar 
prendado de tan simpática y hermosa creatura. 

La edad de la jóven no alcanzaba á los veint y dos 
años. 

— Mira, Flor-a, parece que se reanima... — dijo Don Cár- 
los con voz queda, y examinando el rostro de la enferma. 

— Oh! si, gracias á Dios! -esclamó con alegria Flora. 

Don Cárlos derramó algunas gotas de esencia en 
la palma de la mano, y frotó las sienes de la inanimada 
jóven. 

Flora hizo aspirar aquella misma agua á la enferma, y 
ansiosa examinó el semblante de su amiga. 

Transcurrió un breve instante, al cabo del cual la en- 
ferma exhaló un leve suspiro, y luego entreabrió dulcemente 
los ojos, en seguida volviendo á cerrarlos, como si 
hubieran [sido heridos por un rayo penetrante de luz: 
el semblante de Don Cárlos Rodriguez inclinado sobre 
la enferma, y con la mirada fija en fué la causa de 
aquella impresión producida en el ánimo de la jóven des- 
conocida. 

— Hija mia, como te sientes? — preguntó con dulzura 
Don Cárlos. 

Estremecióse la jóven, y exhalando un fuerte suspiro, 
que más parecia un doloroso jemido, rompió á llorar de 
un modo desconsolador. 

— Magdalena, — murmuró Don Cárlos, bajando la voz 
— llora, pero no desesperes; cálmate, es necesario cuidar- 
te porque te encuentras algo delicada .... 

— Ah! Señor! — interrumpió, Magdalena, entre sollozos 
— soy muy desgraciada; si V. supiera lo que he sufrido!... 

— Algo sé, pero no todo, mi pobre Magdalena! noso- 
tros te llorábamos ya muerta ... 

— ¡Dios ha no querido aun jamarme á su seno! 

— Desecha, Magdalena, ideas que te puedan ¿fiñar; yo 
me retiro, para que tu puedas descansar hasta mañana; 
pero te dejo una compañera — y diciendo esto Don Cár- 
los buscó con la vista á Flora, que retirada en un án- 
gulo de la habitación, lloraba en silencio. 

— Flora, ven hija mia — dijo el anciano con voz conmo- 
vida. 

—Flora!... — esclamó con esplosion de cariño la en- 




— 103 — 1 

ferma, incorporándose en el lecho — Flora! querida miaí 
donde estás? 

Flora se adelantó, precipitándose al lecho; estrecháron- 
se con fuerza las dos jóvenes, bañadas en lágrimas y 
guardando por el momento un olocuente y conmovedor 
silencio. 

Don Cárlos se retiró con precaución, dejando á las dos 
amigas en completa libertad. 

— Cuanto tiempo sin verte, Flora mia! — esclamó Mag- 
dalena, separándose de su amiga, para contemplarla mejor 

— Oh! si, Magdalena querida! tres años sin saber de tí! 
tres años de penas y amarguras para tu pobre amiga! 

— Tú has sufrido, Flora mia, también ay! pero quizá 
no tanto como tu amiga! 

— Conozco á medias, tus penas, amiga amada contes- 
tó Flora, abrazando de nuevo á Magdalena — pero, tu eres 
más digna de compasión y por eso quizá te amo má^s!, 

— Oh! mi Flora amada! — esclamó Magdalena enjugando 
las lágrimas que rodaban por sus mejillas — si tu supieras 
lo desgraciada que he sido durante ese trayecto en que 
no nos hemos visto! 

— ¡Pobre amiga mia! cuánto habrás sufrido!. . .no me 
atrevo á preguntarte por él . . . 

Magdalena inclinó su cabeza, y los recuerdos de su 
existencia le hicieron verter un torrente de lágrimas. 

— Esto te afecta mucho, Magdalena mia, no hablemos 
mas de ello, hasta que no te sientas bien; descansa y ma- 
ñana, si ló deseas, me confiaras tus penas . . . 

— Oh! si, mi alma lo desea, mi dulce Flora, necesito 
de tu cariño, de tus consuelos para refrescar mi corazón 
abrazado por el dolor mas cruel! he sufrido muchísimo 
Flora, mi vida ha sido un continuo martirio, una cadena 
no interrumpida de dolores! . . . 

— Magdalena, no evoques recuerdos, eso te afecta, y tu 
dolor me aflije! 

— Bien, no hablemos ahora de mi, mañana te lo conta- 
ré todo, todo, pero yo quiero que tu me refieras los mo- 
tivos que has tenido para, sufrir 

¿Mañana, Magdalena mia, te confiaré cuánto me ha pasa- 
do: ahora no quisiera hacerlo porque tu necesitas des- 
canso, y el reposo te seria muy benéfico... 




— 104 _ 



— No lo creas, Flora amada, el reposo nada me haría, 
pues la sola idea de que has sufrido y no lo he sabido 
yo, me quitaría el sueño.. .tu sabes, Flora querida, el ca- 
riño que siempre te he profesado, ámbas nos hemos que- 
rido como unas hermanas, más que como simples ami- 
gas! 

— Si, Magdalena, nuestro cariño ha sido siempre intenso 
por eso yo, en medio de mis dolores; ' te echaba de mé- 
nos, y sufria más con tu ausencia, pues si hubieras esta- 
do á mi lado, mis penas habrían sido endulzadas con los 
consuelos de tu tierna amistad! 

— Oh! yo también, no creas que te olvidaba, pero, mi 
destino me alejó de aquí bien á mi pesar!... y culpa ha 
sido de mi ceguedad la mayor parte de mis dolores! 

— Como! — esclamó Flora, aproximándose más á su 
amigo. 

— Mañana lo sabrás! — dijo esta besando á Flora — aho- 
ra te suplico me hables de ti, consentirás en ello? 

— Bien, te complaceré, corto será mi relato. 

Flora acercó una silla la lecho de su amiga, y con sus 
manos entrelazadas á las de Magdalena, dijo: 

— Recordarás que estaba próxima á contraer matrimo- 
nio con Ricardo; la dicha me sonreía porqué amaba al 
futuro compañero de mi existencia con toda la fuerza 
del primer amor del alma. 

Ricardo me profesaba igual cariño, y se sentía feliz con 
la posesión de mi amor. 

Tu conociste á Ricardo; era un completo caballero, 
nadie tenía que decir nada de él, á no ser para ensalsarlo 
y prodigarle toda clase de elogios; fino, atento, amante, y 
firme, Ricardo tenía todas los las cualidades de un hom- 
bre digno de ser amado. 

Dos meses faltaban para nfíestra unión, nada parecía 
que pudiera estorbar aquella alianza tan anhelada por ám- 
bos; pero, una sombra negra vino á atravesarse en mi ca- 
mino, desbaratando mi dicha! 

— Acaso Ricardo... — esclamó Magdalena con pena. 

— No, Magdalena, Ricardo me amaba, no fué él la cau- 
sa de mi desventura, sino Alberto... 

— Alberto! .. aquel jóven que cuando tu tenías quince 
años, te cortejaba? 




— 105 — 



— El mismo; cuando yo tenia esa edad, recordarás qué 
tíos amabámos, ó creíamos amarnos, porque aquello no 
fué más que una ilusión de niños; yo no he amado más 
que Ricardo, ese ha sido y será mi último amor!... 

Flora se detuvo y ocultó el rostro entre sus manos, ba- . 
nado en lágrimas. 

— Valor! — esclamó Magdalena atrayendo junto á ella la 
rubia cabeza de su amiga — quién sábe, mi Flora, si é 
no te ama aun! confia en Dios que te devolverá la perl 
dida calma! 

— Oh! si, yo confío, y la esperanza me alimenta por- 
que.. .pero no quiero anticipar las cosas; sigo contándote 
mi desventura. 

Como decía, cuando tenía quince años creí amar á Albertos 
pero después me convencí que aquello no era más que una 
ilusión. 

Sin embargo, todos, como yo, se engañaban, y hasta trú 4 
padre creía que era un verdadero cariño la afección que me- 
diaba entre Alberto y yo. 

Tu eras mi confidente, Magdalena amada, nada te ocul- 
taba á tí, y tu conoces todas las circunstancias de aquel ca- 
pricho de niños. 

Criada desde mi más tierna edad por mi padre, pues, como 
sabes, haíba tenido la desgracia de perder á mamé cuando 
era muy pequeña, el autor de mis dias habia educado mi 
alma para el bien, y sembrado en mi corazón las fructificado- 
ras semillas de la virtud; pero, apesar de esto, el cuidado y 
solicitud cariñosa de mi querido padre no podía suplir á la 
previsión de una madre, que, como guardiana natural de la 
familia, adivina los pensamientos de sus hijos y] es la mejor 
consejera para guiar sus primeros pasos; mi padre, como 
hombre, no podia estar en todos esos pequeños detalles que 
forman la existencia dorada de una niña de quince años, y 
por lo tanto, yo, aunque guiada siempre por los rectos prin- 
cipios que mi padre había inculcado en mi alma, no vacilaba 
en escribir á Alberto, manifestándole continuamente la since- 
ridad de mi cariño; tu veías aquellas cartas tan sencillas é 
inocentes, que ningún mal creíamos pudieran hacerme; pero 
yo era muy niña y tu también, y por lo tanto sin expe- 
riencia de las maldades del mundo, ni malicia de sus infer- 
nales maquinaciones. Así las cosas, Alberto consiguió de mi 




— 106 — 



complacencia un rizo de mis cabellos que, unido á mis cartas, 
más tarde habían de ser la arma mortífera que arrebatára 
mi dicha. 

Pasó un año de esto, mi padre demostraba gran contento 
por estos amores y deseaba mi unión con Alberto, pues te 
dire en honor á la verdad, que ni él ni yo sabiamos lo que 
era este: — no tardamos sin embargo en conocerlo, Alberto 
se mostró á nuestra vista tal cual era, es decir un hombre 
vicioso, entregado al juego y á las pasiones mas ruines. 

Mi padre creyó que aquel descubrimiento iba á aflijirme 
y quizá á serme fatal, pero no fue así; no amaba á Alberto, 
aunque creía amarle y fue entonces que me convencí de mi 
error. 

Mi padre se regocijó de mi indiferencia, y prohibió á Al- 
berto que volviera á poner los pies en nuestra casa. 

Alberto se retiró furioso, amenazando vengarse; yo lo 
compadecí sin dar valor á aquella amenaza por que nada te- 
mía; mi conciencia no me acusaba. 

Sin embargo, Alberto era capaz de todo; una parienta suya 
me enteró de la vida borrascosa de aquel, y me aseguraba 
que no retrocedía jamás para hacer el mal; agregando 
que una tia de él, la que le servia de madre, no omitía sa- 
crificios por tal de traer á la senda del bien á aquel jóven 
más desgraciado que despreciable; pero, que todos los es- 
fuerzos eran vanos, porque Alberto seguía en su fatal carre- 
ra, sin que mano alguna pudiera detenerlo. 

Yo seguí viviendo tranquila; creí que la maldad de Al- 
berto no podía llegar hasta mí. 

Así las cosas, vi á Ricardo un dia, y mi corazón latió 
de un modo dulce y nunca conocido. 

Ricardo se hizo presentar en casa; y desde entonces una 
existencia , feliz meció mi corazón en ondas de luz y amor. 

Ricardo me amó con intensidad, y entonces comprendí 
que aquel era mi primer ámor, pues las impresiones que 
sentía me hacían tan feliz como nunca lo habia sido. 

Al cabo de seis meses, Ricardo convencido de mi cariño, 
y amándome con toda su alma, obró como todo caballero 
que lleva fines nobles; pidió mi mano á mi padre, y la boda 
quedó designada para de alli á dos meses. 

Esta noticia debió llegar á oid^s de Alberto, y creyó sin 
duda llegada la hora de obrar. 




— 107 — 



Una tai de que fui á visitar una amiga, me encontré con 
él en casa de ella ; lo saludé con serenidad porque todo lo 
que había mediado entre ambos estaba borrado de mi me- 
moria. 

En mi corazón solo la imágen de Ricardo moraba. 

En casa de aquella amiga, había otras personas reunidas, 
y Alberto, aprovechando un momento oportuno, se acercó á 
mi tratando de que su semblante no demostrase á los demás 
lo que en voz baja me dijo: 

— Flora, se que Vd. se casa, pero yo tengo en mis manos 
el medio de estorbar ese casamiento . . . 

— Vd! — le conteste, mirándolo con indignación y sorpresa 
— í Y qué derecho tiene Vd. para estorbar mi casamiento? 
qué medios son esos de que Vd. habla? 

— Oh! sus rizos y_sus cartas! — dijo con una sonrisa in- 
fame. 

— Mis cartas, mi rizo! — repetí yo tranquilamente — puede 
Vd. mostrarlos á todo el mundo, ningún mal me hacen; 
mis cartas solo demostrarán la cándida sencillez de un corazón 
de quince años! cuando mediaron aquellas cartas creí amar á 
Vd. pero luego me convencí que estaba en un error. . . 

— No prosiga Vd., — me dijo Alberto con una espresion 
estraña — conozco su inocencia, y nadie mejor que yo, ha 
podido apreciar su virtud acrisolada, y la pureza de sus actos 
y candidez de sus palabras, pero, yo la amo á Vd! Flora, 
y estoy dispuesto á atropellar por todo para conseguir mi 
objeto, que es el que Vd. no se case con Ricardo. 

Hice un movimiento como para dar fin á aquella conver- 
sación enojosa, pero me contuvo con estas palabras: 

— Las cartas que de su puño y letra poseo en mi poder, 
pueden hacerla muchísimo daño; Vd. con su inesperi encía ha 
puesto en mis manos una arma que puede acabar con su 
dicha presente y futura; si, esas cartas impremeditadas en 
las que el descuido y la falta de experiencia de su edad, 
han puesto frases que, tomadas en mal sentido, pueden con- 
siderarse como una prueba de relaciones demasiado sérias 
entre Vd. y yo. . . 

— Oh! — esclamé yo con terror — pero Vd. sabe Alberto, 
cual han sido nuestras relaciones; Vd. no hará mal uso de 
unas cartas escritas por la inesperta mano de una mujer tan 
niña, que ni sabía lo que decía... 




— 108 — 



— De Vd. depende que haga ó no uso de esas cártas Floraí 
yo sé lo que Vd, vale; yo la amo, yo deseo hacerla mi es- 
posa; renuncie Vd. al amor de Ricardo... 

— Nunca! nunca!— esclamé con indignación— Ricardo será 
mi esposo, porque me ama, y no dará oidos á la calumnia 
con que Vd. pretende infamarme! 

El semblante de Alberto tornóso lívido, y conteniéndose me 
dijo con voz sorda : 

— Vd. lo quiere, sea! Ricardo verá mañana mismo esas cartas, 
y apesar de todo el amor que le profesa, y de la confianza que 
tiene enVd., al fin es hombre, y... ya verá Vd.! 

— Oh! — esclamé con voz ahogada— Vd. no será tan malo 
Alberto; si Vd. me ama como dice, no debe ser esa su conducta, 
porque es indigna de un hombre de honor! 

— Cree Vd. acaso Flora, que pretendo ser un hombre de honor? 
no, no lo soy; yo sé que un hombre honrado, si por casuali- 
dad conserva cartas de esta especie, de una mujer, que en su 
primer ensayo de amor, jó ven é inexperta, ha escrito lo que 
no sentía, engañada por una ilusión, sin comprender lo que 
escribía, cuando esa mujer se casa con otro, quema aquellas 
cartas y cabellos, para evitar que por malevolencia pudieran 
hacerse un infame uso de tales pruebas aparentes, pues el 
materialismo de las ideas modernas, dá á las cartas inocentes 
del primer amor de la mujer, dictadas generalmente bajo la 
influencia de ilusiones seductoras, cierto sabor que, probado 
por un marido ó futuro, puede serle muy amargo, hasta 
el punto . de desbaratar por completo su dicha; todo esto lo 
sé, pero yo no soy un hombre de honor, sino un infame, si 
Vd. lo quiere, dispuesto á todo por tal de evitar su unión 
con ese hombre... mas Vd. puede detener los males, con solo 
decir una palabra, puede conjurar la tormenta; ámeme Vd. y... 

— Nühca! nunca! — esclamé con vehemencia, — y apartándome 
de aquel hombre que me casaba horror, me reuní con mis 
amigas, tratando de disimular mis dolorosas impresiones. 

Al dia siguiente por la tarde esperaba á Ricardo; mi co- 
razón latía con fuerza, como anunciándome una desgracia; me 
hallaba al estremo del jardin, y oculta entre los arbustos, 
investigaba el camino con anhelosa mirada; á poco vi venir á 
Ricardo con semblante risueño, caminaba apresuradamente 
como deseando llegar cuanto ántes á mi cafca, faltábale solo 
media cuadra, pero en aquel momento fué detenido por Al- 




109 ~ 



berto, que con modales atentos pareció pedirle que lo es-í 
cuchara. 

Yo palpitante, temblorosa, tuve que apoyarme junto á un 
árbol, temía caer al suelo; sin embargo, dominé la emoción 
que me embargaba, y traté de no perder de vista el semblante 
de Ricardo el cual distinguía perfectamente. 

Alberto entregó á Ricardo un paquetito, y conduciéndole 
bajo un árbol, pareció le pedia, que se enterase del con- 
tenido de aquel paquete ántes de continuar su camino. 

Ricardo tomó el paquete con estrañeza y mientras lo abría, 
Ricardo desapareció. 

Oh! no podré nunca olvidar aquella escena que contemplé 
con el corazón destrozado desde mi jardin! 

Ricardo leyó todas las cartas mias, que contenía el paquete 
que Alberto le había- entregado, y en una de sus. manos, vi 
un rizo de mis cabellos; mis ojos no se apartaban de aquel 
rostro tan querido para mi corazón; Ricardo terminó la lee* * 
tura y... ocultando su rostro entre las manos, lloró... si, lloró, 
é hincando una rodilla en tierra dirijió una mirada intensa 
hácia nuestra casa, como dándole un adiós tierno y desespe- 
rado, luego se levantó, y recogiendo todas las cartas, incluso 
el rizo, se alejó rápidamente no sin dirijir una última y des* 
consoladora mirada hácia mi casa. 

Oh! Magdalena, ai ver que Se alejaba aquel sér á quien yo 
tanto amaba, sentí un dolor horrible en el corazón como si 
me lo arrancáran de raiz; qujse llamarlo, correr háeia él, pero 
me sentí embargada por el dolor, y al verlo alejarse cada 
vez más, comprendí que con él se alejaba mi felicidad y lo 
que más amaba, y dando un grito sofocado, caí sin sentido 
sobre las flores del jardin ! 

Tres meses estuve entre la vida y la muerte, postrada en 
el lecho; al fin pude levantarme, pero completamente des- 
conocida. 

Ricardo había desaparecido del pueblo, y nadie sabia dar 
razón de él; el miserable Alberto, autor de mi desdicha, tam- 
bién había huido. 

Al contemplar mi desventura, comprendí hasta que estremo 
puede conducir la impremeditación de una niña inocente; 
jamás había faltado á mis deberes, pero la inexperiencia de 
mi poca edad, había servido no obstante, para armar á un 
amigo en contra mia. 




— 110 — 



Pedí fuerzas á Dios, y El no me abandonó; mis tuerzas 
se restablecieron, pero una tristeza profunda bañaba mi cora- 
zón, no dándole lugar para disfrutar un momento de tranquila 
paz, ni de bien estar. 

Yo seguia amando á Ricardo, rezaba por él todos los dias, 
y pedía á Dios en mis oraciones que lo restituyera á mi 
corazón, amante y tierno como ántes. Alentada por la espe- 
ranza de verlo algún dia, de volver á gozar de su cariño, mis 
dias corrían esperando y anhelando siempre. 

A los cuantos meses de estos acontecimientos algunas cir- 
cunstancias estrañas hiciéronme esper imentar fuertes impresio- 
nes; varias veces al volver por la noche á casa, apoyada en 
el brazo de mi padre, me parecía ver una sombra que se 
deslizaba á lo largo del jar din; mi corazón latía con fuerza, 
y seguía con la vista aquella sombra que turbaba de tal modo 
mi espíritu; otras veces, al atravesar una calle de árboles, 
creía percibir trás los árboles, leves pisadas que me indicaban 
que no estaba sola; y por último comenzó á aparecer en mi 
ventana, todas las mañanas ramos de violetas, cuyo perfume 
me hacía recordar épocas muy dichosas. Toco aquello me 
preocupaba, y y el nombre de Ricardo acudía á mis labios á 
cada instante. 

Ricardo amaba las violetas, y cuando estábamos de novios, 
todas las mañanas me enviaba un precioso ramo; así pues la vista 
de aquellas flores que comenzaron á aparecer todas las mañanas 
en mi ventana me hacían esperimentar dulcísimas impre- 
siones. 

Indagué, pregunté si alguien habia visto en el pueblo á 
Ricardo, pero me contestaron negativamente. 

La tristeza seguía minando mi existencia, y la idea de 
que podíá no ser Ricardo el que depositaba aquellas flores 
en SU' ventana, llevó á mi aljfra un desconsuelo terrible. 

Muchas veces, sentada en un banco del jardín entregada 
á mis tristes reflexiones, dejaba correr mis lágrimas murmu- 
rando el nombre de Ricardo, cien veces amado para mi 
alma ; no sé si fue una ilusión de mis sentidos, pero, más 
de una vez creí percibir cerca un leve suspiro, que llegaba 
hasta mi de un modo vagó , envuelto en las perfuma- 
das emanaciones del jardin; entónces sentía miedo; á nadie 
veia cerca de mi; corría á refugiarme en mi aposento, y 




- 111 — 

al acercarme á la ventana, creía percibir otro suspiro que llenaba 
mi alma de confusión. 

' — Ah! — pensaba muchas veces — si él me ama volverá; si, 
volverá, el corazón me lo dice; Dios iluminará su alma, y 
le hará ver que su Flora es digna de él. 

Hasta hoy no ha vuelto — sin embargo, los ramos de vio- 
letas aparecen todas las mañanas en mi ventana, y en mis 
paseos, las sombras continúan deslizándose en .el jardin, sus- 
piros tenues llegan hasta mi, conmoviendo todas las fibras 
del alma! .... 

Flora se detuvo aquí, enjugando sus lágrimas, y estre- 
chando con fuerza la mano de Magdalena, esclamó: 

— Ya ves, Magdalena, si yo también he sufrido! 

— Ofi! sí, mi pobre amiga, has sufrido mucho, pero s 
no me engaño la dicha pronto te sonreirá. ... 

— En que te f undas, Magdalena? acaso por los ramos. . . . 
— No solamente por eso, algo te diré que alegrará tu co- 
razón; esperaba que concluyeras tu relato para comunicár- 
telo. . . . 

Oh! dime, por ventura ... lo has visto? . . 

— Sí ...y no..,. 

— Cómo! esplícate por Dios, Magdalena!. . 

— Escucha: ayer de mañana, antes de penetrar en el pue- 
blo, distinguí á un hermoso joven apoyado en ’un árbol, 
— apesar de estar de espalda me pareció ser. . . 

— Quién? . . . 

— Ricardo! 

-^Ricardo!. . .oh! continúa! — Flora se había puesto de pié 
y parecía que su sentencia de vida ó muerte pendía de 
los labios de su amiga. 

— Sí, me pareció Ricardo; al sentir mis , pisadas se vol- 
vió con sorpresa, y al reconocerme, se ocultó tras los ár- 
boles, ... 

— Y tú, qué hiciste? 

— Yo. . .nada, continué mi camino, porque no estaba del 
todo segura si era Ricardo, si efectivamente fuera . él, está 
bastante desfigurado; delgado, pero siempre hermoso, y de 
elegante figura. 

Flora con la vista fija en el rostro de su amiga, parecía 
estar soñando. 




— 112 — 



— Ricardo!— murmuró — él aquí! y porque me huye, por* 
qué se oculta? ah! no me ama! .... 

— Vamos, tonta, no te aflijas así! quién dice que no te> 
quiera? porqué, en vez de creer esto, no supones que teme 
presentarse ante tí? 

— Qué teme! porqué? no sabe, acaso, que yo le amo? 

— Oh! quizá crea que te hallas ofendida por su brusca 
desaparición; sin haberte oido antes, sin pedir una esplica- 
cion ... 

— Si alguna culpa ha tenido en esa conducta, ya la he 
perdonado; su vuelta y su amor puede rezarcir el mal que 
me ocasionó aquella precipitada resolución. . . 

— No lo dudes, él teme, pero impulsado por su amor, no 
podrá resistir, y vendrá hasta tí! 

—Dios te oiga! — murmuró Flora con su hermoso semblan- 
te animado, — no puedes imaginarte lo distinta que me siento 
desde que me has revelado que él está aquí! 

— Bien le comprendo — lo amas, y te sientes feliz con 
que respira esta misma atmósfera . . . feliz tú! . . . 

— Oh! perdóname, Magdalena amada, he sido egoista, 
abstraída con mis sentimientos, he olvidado por un momento 
los tuyos; cuánto anhelo el dia de mañana para conocer tus 
penas y poder consolarte! pero . . . una sola pregunta ahora, 
Magdalena mia, mañana me revelarás lo demás — di me: tu es- 
poso vive? 

— Oh! Flora, vive, si, pero lejos, quien sabe si nos volve- 
remos á ver! . . . 

— Qué dices! 

—Flora . . . soy muy desgraciada! 

Las dos amigas abrazadas, derramaron abundantes lágri- 
mas^ guardaron silencio por algunos momentos. 

— Magdalena, — dijo Flora separándose blandamente de su 
amiga— tu salud requiere descaso; reposa el resto que nos 
queda de noche, y así recuperarás las fuerzas, de lo contrario 
quién sabe si mañana podrías revelarme tus secretos. 

Magdalena inclinó su hermosa cabeza sobre los almohado- 
nes del lecho, dispuesto á complacer á su amiga, pero, antes 
dijo : 

. — Tú también descansarás, Flora; de lo contrario no po- 
dría yo entregarme al sueño reparador que desean 

— iOh, no! yo velaré junto á tu lecho, apoyaré mi cabeza 




- 113 - 



en tu misma almohada aunque sea imposible entregarme al 
sueño por esta noche, después de saber que Ricardo está 
aquí!. . . 

Flora al decir estas palabras estrechó de nuevo entre sus 
brazos á su amiga, y sentándose á* la cabecera de su lecho, 
apoyó su rubia cabeza junto á la de Magdalena, y? así se dis- 
puso á velar el sueño de su amiga, como el ángel tierno del 
consuelo. 



CAPITULO m. 

Continuación dol anterior 



A la mañana siguiente, Flora y Magdalena," apoyada esta 
en el brazo de aquella, se dirijían ambas al jardín de la casa, 
con paso lento y melancólico. • * 

Magdalena iba á referir á su amiga las dolorosas aventuras 
de su vida durante aquellos tres años que había faltado del 
pueblo. Su corazón oprimido, hacíale vertir lágrimas silen- 
ciosas, al traer á su memoria aquellos recuerdos que tanto 
la hacían sufrir. 

Flora profundamente afectada, al ver el estado de su 
amiga, ho acertaba á dirijirle la palabra, temerosa de agra- 
var aquellos dolores, con penosos recuerdos; por esto ambas 
caminaban mudas y tristes, abismadas én sus reflexiones. 

Al llegar á una calle de árboles de acacias, detúvose Mag- 
dalena junto á una tupida enredadera de madre-selvas y jaz- 
mines, que formaban con sus ramas un pabellón delicioso por 
su perfume y frescura. 

Tomaron asiento, las dos amigas, en un banco de madera 
r üstica, que había bajo aquella cortina de flores. 

Magdalena paseó la vista en torno suyo, y luego, dando 
ya suspiro doloroso esclamó: $ 




— 114 — 



— Delicioso sitio! cuántas veces he recorrido, en tu com- 
pañía, amada Flora, este jardin, pero en qué épocas tan dis- 
tintas! . . . 

— Tánto has sufrido, mi pobre amiga? — preguntó con ca- 
riño, Flora. 

— Oh! si, mucho, pero tu juzgarás mejor por lo que voy 
á referirte. 

Magdalena guardó silencio por algunos instantes, como si 
quisiera reunir en su mente todos los hechos que iba á co-» 
municar á su amiga. 

— Recordarás, Flora mia, — dijo Magdalena," empezando su 
relato — que ántes de estos tres años en que hemos estado 
separados, estaba de novia con Luis A. . . que después fué 
mi esposo. 

Mi padre se oponía á nuestro enlace, conociendo el carác- 
ter de Luis, y no cesaba de decirme que sería desgraciada 
en su compañía; pero yo amaba á Luis con todo el entu- 
siasmo del primer amor, y creía que solo en su unión po- 
dría ser feliz. 

Don Leandro, tu buen tio . . . 

— Mi tio! — interrumpió Flora — dime, Magdalena, y • per- 
dona que te interrumpa; ¿qué es de mi tio? hace un año que 
no se sabe de él. 

— Ese mismo tiempo hace que yo dejé de verlo... ignoro 
que es de él... 

— Continua, amiga mia! 

— Decía que tu tio, Don Leandro, me aconsejaba diese al 
olvido el funesto amor de Luis; diciendo que este haría mi 
desdicha, agregaba que Luis era un jóven de conducta de- 
sarreglada, de carácter voluble y sin enerjía moral, que era uno 
de esos seres que caminan por el sendero de la vida, sin 
cuidarse de la dirección que llevan. 

Don Leandro unía sus esfuerzos á los de mi padre, y se 
empeñaban ambos en apartarme del abismo; pero, fatalmente 
ciega, no atendía sus razonables consejos; amaba á Luis, y 
sola veía en él sus buenas cualidades, negándome á recono- 
cer los defectos y vicios que se le atribuían. 

Ofuscada por mi amor, di un paso atrevido y resuelto, 
abandoné el hogar de mi padre y entregué mi mano á 
Luis A... 

Yo me decía si los y icios existen, mi amor los hará de* 




— 115 — 



saparecer. En tan inmenso amor que profesaba á mi esposo, ha- 
bíame vuelto sorda á cuanto pudiera serle desfavorable. 

Oh! qué fatal ofuscación! 

Mi padre, mi pobre y anciano padre, cayó enfermo de do- 
lor, desesperado por aquel golpe inhumano que le diera es- 
ta hija á quien él había amado tanto ! 

Oh! fui una mala hija porque desobedecí á mi padre, pe- 
ro nunca dejé de amarle y respetarle, y al dar aquel paso 
no debí estar en ini juicio, no!... 

Don Leandro, tu buen tio, ántes de mi matrimonio habia 
hecho cuánto era posible por separarme de la senda que yo 
me trazára ; no lo había conseguido, y aflijíale el porve- 
nir que me esperaba. 

Era muy jóven aún para comprender toda la gravedad de 
aquellos temores. ^ 

Quince dias después de nuestro casamiento, Luis pretes- 
tando un negocio urgente se ausentó para la ciudad, pro- 
metiendo volver, cinco dias después... 

Aquella inesperada partida llenó' mi alma de sombras, me 
había figurado que Luis, una vez casado, dejaría de 
viajar con la frecuencia de soltero, ó que si lo hacia 
me llevaria en su compañia; pero no fué así; no tuvo la 
suficiente paciencia para esperar mucho tiempo, á los quince 
dias de casado se ausentó solo para la ciudad. . .* * 

Durante la ausencia de Luis no cesaba de llorar ; el 
corazón me anudaba que los desengaños iban á em- 
pezar. 

Transcurrieron al fin aquellos cinco dias fatales, que para 
mi fueron cinco siglos, y... Luis no volvía! esperé el sexto, 
nada! ni siquiera una línea para consolarme de aquella estra- 
ña ausencia! 

. . Mi corazón gemía de dolor, y mi espíritu aflijido no daba 
treguas á su amargura! 

Al cabo ds ocho dias mortales, recibí recien cuatro líneas 
de Luis. 

En aquella cruel carta, mi esposo me decía, que negocios 
urgentes lo retenían en Buenos Aires, á su pesar, que pro- 
bablemente no terminarian en quince dias más, y que por lo 
tanto, no lo esperase hasta entónces; aconsejábame que tra- 
tára de divertirme, pasear y distraerme, á fin de pasar lo más 
gratamente posible aquellos dias¡ de espera, 




— 116 — 



Al terminar la lectura de esta carta tan cruel, que vino á 
descubrir el cuadro de mi desventura, perdí el sentido. No 
sé cuánto tiempo permanecí así pero al volver del desfalle- 
cimiento me hallé tendida en mi. lecho y distinguí á la cabe- 
cera de él á tu anciano tio que me contemplaba dolorosa- 
mente conmovido. 

— Don Leandro! — articulé entre sollozos — soy muy des- 
graciada!. .. 

— Hija mia, — dijo el anciano con voz balbuciente por la 
emoción — tu tienes la culpa, no quisiste oir mis consejos, 
ni los de tu pobre padre!... 

— Dios mió! perdón... perdón, padre mió! — esdamé ater- 
rada por aquellas palabras que revelaban la conducta infame 
de mi esposo, y el castigo de mi desobediencia. 

— Magdalena, — me dijo Dón Leandro — procura tranquili- 
zar tu espíritu, porque en la agitación en que te hallas, no 
puedes pensar, ni discurrir nada; vuelve, hija mia, al seno 
de tu hogar, pide perdón á tu padre de tu desobedencia, 
procura con tu cariño y cuidados, endulzar los últimos dias 
de su existencia; y espera allí, rogando á Dios y resignada 
la vuelta de tu esposo; tu ejemplo quizás influya mucho en 
su ánimo, y logres de ese modo atraerlo de nuevo á tí. 

— Oh! no, Don Leandro, — esclamé dominada siempre por 
mi amor — no puedo esperar; iré á Buenos Aires, y veré cual 
es la causa que lo detiene allí; en cuanto á volver á casa de 
mi padre, jamás lo haré; la vergüenza me mataría, prefiero 
alejarme de aquí y buscar un rincón apartado donde devorar 
sola mi dolor y desventura!... 

— Magdalena... tu deliras! — dijo Don Leandro con espanto — 
tu imaginación exaltada y febriciente no está en disposición 
de atender mis reflexiones, pero debo hacértelas; muchos co- 
mo tú, creen desgraciadamente, que porque han dado el pri- 
mer paso en la senda que de conducirlos á un abismo 
de desventuras, ya no deben volver sobre sus pasos, y avan- 
zando, se precipitan y caen, pudiendo haberse salvado: te 
dejo Magdalena, hasta mañaña: medita mis palabras y tén en 
cuenta que lo que te aconsejo es tu felicidad, mientras que 
el camino que pretendes seguir, es el de la desgracia; adiós! 
y que El te ilumine! 

Retiróse Don Leandro, dejándome sumida en mis reflexio- 
nes, á cual más amarga y desconsoladora. 




Por desgracia» tú, mi Flora, te hallabas ausente de S>att 
Ramón; habías ido á pasar una temporada en un estableci- 
miento de campo, distante de aquí. 

Me faltaban también tus consuelos, y esto aumentaba mi 
dolor y desesperación. 

— ¿Porque, entónces, no me llamaste? — dijo Flora estre- 
chando las manos de su amiga — ah! si yo hubiera sabido lo 
que pasaba, habría volado junto á ti! 

— Lo sé, querida Flora, por eso mismo quise que todo lo 
ignoráras, habrías sufrido junto conmigo. 

Continúo, . . 

A la caída de aquella tarde, hallándome sentada en un 
banco de mi jardín, me entregaron una carta con sello de 
Buenos Aires; al principio creí fuera de mi esposo, pero 
luego, bien pronto me desengañé cruelmente: era un anó- 
nimo... 

Aquel anónimo me hizo el efecto de un rayo... ' " 

Aunque las dudas me atormentaban respecto á la conducta 
de Luis, el amor que le profesaba dejaba en mi corazón un 
resto de esperanza; quizá me equivóque decía, en mis refle- 
xiones, quizá las apariencias le condenen; pero, aquel anónimo 
vino á hundir hasta lo último el puñal, cuya punta tenia 
clavada en mi pecho. 

Decíanme que Luis me era infiel; y que para convencerme 
de ello fuera á Buenos Aires, y que allí vería confirmada 
esta denuncia ; indicábaseme calle y número, y se me reite- 
raba con instancia que partiera en el acto para asegurarme 
de la verdad, y conocer la vida culpable y bochornosa que 
llevaba mi esposo... 

Aquel golpe terrible acabó de anonadarme, mas apesar de 
todo, en el fondo de mi alma, disculpaba á Luis, y me esfor- 
zaba por no verlo tan culpable como se quería que lo viese; 
la mujer siempre es noble y generosa con aquel á quien ama; 
y yo, apesar de todo, creía á Luis incapaz de cometer tanta 
intamia, como aquella delatora carta demostraba. 

En aquel instante apareció Don Leandro: sorprendióme su 
presencia porque había quedado^en volver al siguiente dia. 

— Magdalena, — me dijo — cruzando por ahí, junto á la 
verga del jardín, he visto que te han entregado una carta, y 
he notado la fuerte y dolorosa impresión que ella parece 
haberte causado; me permitirás, con el derecho que me dá el 




- 118 



cariño paternal que te profeso, interrogarte sobre las causas 
de esta nueva agitación, en que te encuentras? 

Alargúele en silencio el anónimo. 

Don Leandro lo leyó con desagrado, y luego estrujando el 
papel entre sus manos esclamó con ira: 

— Miserables! gozarse en hacer mal á una infeliz criatura!... 

Calló luego, y al cabo de un breve instante me dijo: 

— ¿Qué piensas hacer, hija mia? ¿crees tú lo que esta 
carta dice? 

— No sé, Señor, creo y dudo al mismo tiempo, estoy en 
una alternativa horrible, durísima, he resuelto salir de dudas 
á todo trance. 

•—Cómo? insistes en ir á Buenos Aires? 

— Ay! de mi, veo que es mi único recurso — dije abatida 
y derramando lágrimas. 

— No tal, tu deber es otro; tu felicidad, Magdalena, está 
aquí, porque aquí ha de volver él, tarde ó temprano ; allá 
está tu desdicha! sigue mis consejos y no te dejes guiar por 
los primeros impulsos de tu corazón afligido. 

— Perdóneme, Don Leandro — le dije, — estoy decididamente 
resuelta á hacer ese viaje, aunque para ello tuviera que vencer 
las barreras mas formidables! 

— Magdalena, por Dios! por el amor de tu mismo esposo, 
mira que caminas á tu perdición; al emprender ese viaje pro- 
vocas el enojo de Luis, pues lo haces sin su consentimiento; 
en vez de conseguir algo, lo perderás todo! 

Ah! nada quería escuchar! los celos me enceguecían. 

Una vez, aunque sin comprenderlos bien, leí estos sublimes 
consejos: 

«Deplorable es que los celos debiliten el ánimo y quiten la 
«facultad de reflexionar, porque á no ser así, las desdichadas 
«mugeres heridas por esa pasión podrían conjurar el mal en 
«vez de acrecentarlo, entregándose á los extremos de un vio- 
lento dolor. 

«Oid, las que sufráis ese tormento, decia, el consejo de 
«una amiga vuestra; no os quejéis demasiado, no hagais del 
«llanto vuestra ocupación c#htínua, no deis al mundo el 
«espectáculo de vuestra pena, ocultad, porque si oses posible, 
«vuestros lamentos, vuestras lágrimas, vuestro dolor, no es 
«probable que os ganen de nuevo el corazón que hayais 
«perdido. 




— 119 — 



«No intentéis tampoco vengaros, aconsejadas de vuestro 
«despecho, pagando desvío con desvío é infidelidad con infi- 
«delidad: entónces perderíais también lo único que puede ser- 
«viros de consuelo; perderíais la paz de la conciencia y el 
«derecho de levantar la fren le limpia de toda mancha. 

«Una suave y digna resignación, una conducta irreprensible 
«y decorosa, una firmeza noble é igual en los modales y una 
«prudente reserva en la vida íntima, quizá os devuelvan el 
«sitio que es vuestro en los corazones que hayais perdido, 

«Nada de quejas, nada de lágrimas, nada de .súplicas; no 
«seamos ni víctimas ni verdugos, porque es tan degradante 
«y tan odioso lo uno como lo otro. 

«El hombre ha nacido libre, y libre debe vivir. Conquistad 
«el corazón de vuestros esposos, no con la virtud ceñida, sino 
«con la virtud dulce, con la bondad, la tolerancia. 

«Para impedir sus estrávios no teneis mas medio lícito que 
«imperar en su corazón. 

«Y si os ofende, sed templadas y generosas. 

«No rechacéis con dureza al que os ofendió cuando es dé 
«alguna muestra de arrepentimiento, por Jijera que sea no os 
«vergonzeis de él cuando la sociedad ló arroje lleno de amargu- 
«ras y decepciones. 

«No pidáis al hombre mas de lo que puede concederos; no que- 
«rais violentar sus gustos, sus sentimientos sus inclinaciones* 

«Respetadle al mismo tiempo que le amais; pero'sábed haceros 
«precisas á su bienestar, á su dicha, á su vida doméstica, que 
«es la sola ciencia y el gran talento que débe ostentar la muger.» 

Ah! yo no quise servirme de tan bellos consejos aunque 
siempre los retuve en la memoria! 

^ Don Leandro tratando de hacerme desistir, me dijo : 

— Tú quieres ir á Buenos Aires ¿ y qué harás allí sola, en 
aquella gran ciudad sin conocer á nadie? La inocencia no 
sabe prevenirse contra los ataques de la perversidad. Jóven, 
inesperta y hermosa, correrás grandes peligros y te verás á cada 
instante rodeada de dificultades. Sufre con paciencia Magdale- 
na, y no ahandones estos lugares que sabrán guardarte siempre 
buena y siempre pura. 

« Quién busca felicidad completa en el mundo, busca una 
vana quimera. La mujer particularmente, no ha venido aquí 
á gozar, sino á participar de la cruz de Jesucristo, á llevarla 
como él resignadamente hasta el Calvario, para imitarle tam^ 




bieti en su resurrección triunfante y gloriosa. Jesucristo qué 
no quiso defenderse de sus enemigos con la espada, que sufrió 
con paciencia los sarcasmos de sus verdugos, que espiró en 
un suplicio ominoso, venció sin embargo, y por vencedor le 
proclama el eco de muchos siglos. Veneró por amor, venció 
por la abnegación, venció por la caridad y por las lágrimas. 
Pues bien : hé ahí la victoria á la cual debe aspirar la mujer ; 
hé ahí cuales son las únicas armas que le es dado esgrimir y el 
seguro triunfo reservado á sus afanes. 

« No apartes nunca tus ojos del santo crucifijo, y él te dará 
valor para luchar en la desigual batalla de la vida. Tu marido 
te desprecia : muéstrale que tienes una alma noble y digna ; 
muéstrale por tus acciones cuán acredora eres á su respeto y á 
su consideración. Por más que se diga, el diamante siempre 
es un diamante. Puede el vulgo admirar el vidrio primorosa- 
mente tallado y esculpido por un hábil artífice ; pero el vidrio 
se quiebra pronto, y el diamante no perece nunca. Las olas de 
la mar se arremolinan en perpetuo giro, y arrastran en pos de 
sí las piedras y las hojas, para sepultarlas en su abismo ; pero 
retroceden ante la fuerte roca y acaban por besarla humilde- 
mente. » (l) 

Tu presencia en Buenos Aires, solo conseguiría irritar á Luis ; 
permenece en tu hogar, que tarde ó temprano tu ejemplo de 
mansedumbre y dulce resignación atraerán á tu esposo. 

Dedícate á practicar con santa diligencia todos tus deberes 
y aguarda confiada el dia de la justicia. 

— ¡ Oh no, señor ! — esclamé llorando corramargura,— siento en 
el pecho un fuego que me abraza... fuego que se comunica á 
mi cerebro, que arde con el calor de la fiebre.. .oh! — proseguí 
exasperada, debo aproximarme á Luis para enrostrarle su cri- 
minal conducta, y si no consigo atraerlo de nuevo á mi lado.. .no 
sé... no sé lo que haré !. .. 

— Magdalena ! Magdalena ! quépretendes ? — dijo D. Leandro 
con espanto. 

— Señor... nada 1 — contesté confusa por haber dejado traslu- 
cir mis ideas. 

Don Leandro me miró con fijeza, y luego dijo : 

— Ya que persistes en ir á Buenos Aires, permite que yo 



(1) Aogela Grassi 




- 121 - 

té acompañe, y pueda servirte de escudo en los peligros qué té 
rodearán... 

— Oh! nó,— esclamé, derramando nuevas lágrimas, iré sola; 
le ruego D. Leandro que no se separe de mi anciano padre, el 
necesita de sus cuidados, y con sus consuelos podrá hacerle más 
llevadera la dolorosa existencia que su ingrata hija le ha pre 
parado en su fatal ceguedad 

Los sollozos me ahogaban, y no pudiendo continuar guardé- 
silencio. 

Don Leandro me contempló con dolor, y enjugando dos 
gruesas lágrimas que rodaban por sus rugosas mejillas, me dijo 
con voz apagada : 

— Bien; Magdalena, he cumplido con mi deber, ya que no 
puedo dominar con mis consejos tu estraviada razonóme retiro, 
y te d¿jo en plena libertad. Puedes hacer lo que quieras; yo 
cuidaré de tu padre..,. y que Dios vele por tí ! 

El buen anciano estrechóme las manos en silencio, y con parso 
triste y lento salió del jardín y luego de la casa... 



CAPITULO IV. 



tLwelítae-IE spirepeiiM® 



. A la mañana siguiente emprendí mi viaje, llegando á Buenos 
Aires por lá noche. 

Me alojé en un Hotel. Llevaba algún dinero como para sub- 
sistir un corto tiempo en aquella ciudad. 

No pude esperar hasta el siguiente dia. Aquella misma noche 
indagué el paradero de mi esposo, pues lo ignoraba. Formé ía 
idea de ocultarle mi llegada, esperando el momento opor- 
tuno. 

Desde aquel instante empezó para mí una vida de martirio río 
interrumpidos ; fui testigo ocular de muchas faltas de mi esjposo 




— 1 22 



que hasta entónces había creído imaginarias j presencié aquella 
vida libertina y borrascosa, y mi corazón, hecho pedazos, lloró lá- 
grimas de sangre ; un consuelo me quedaba sin embargo ; aun no 
estaba convencida de la infidelidad de Luis; su pasión más 
tuerte parecía ser el juego, al que se entregaba de la manera más 
vergonzosa. 

Aflijida, pensaba ; será posible que por el juego me haya olvi- 
dado? oh! siquiera me cabe la satisfacción de que no ama á 
otra mujer ! 

El juego . . . vicio detestable y repugnante, origen de tantos 
males ... ah ! si yo pudiera apartarlo de esa senda ! . . . 

Presentéme un dia de improviso á mi esposo, con la idea 
de llevar á cabo un plan perfectamente concebido y preparado, 
según mi opinión. 

Creía dominado á Luis únicamente por la pasión del juego 
y sus vicios inherentes, pensé que mi aparición inesperada 
obraría un milagro en el ánimo de mi esposo, creí que me recibi. 
ria con cariño, y que en los trasportes de nuestro amor, podría 
aprovechar la ocasión para hacer lee onocer lo ruin y vergonzoso 
de ese vicio denigrante, podría apartarlo de la senda tene- 
brosa. 

Pero, oh dolor! . . .Luis me recibió friamente, y hasta se negó 
á escucharme. Mis quejas y recriminaciones le irritaron, y 
despechado de que hubiera descubierto sus faltas, no me guardó 
el respeto ya debido, á que había sido acreedora hasta entón- 
ces, según el, por mi conducta resignada, y haciendo peda- 
zos todas las vallas de la delicadeza, del honor y de la 
dignidad, declaróme que me era infiel, y que no me ocu- 
pára más de él. 

Temblé de dolor, y sentí que una nube oscurecía mi fren- 
te y que mi corazón estallaba de dolor. . . 

Salí de aquella icasa maquinalmente, andaba sin dirección, 
cuando sorprendida me hallé frente á frente con Don Lean- 
dro, quien ai verme, fuera de sí, esclamó estrechando mis 
manos: 

— Magdalena, aquí estoy yo, vén conmigo, no es este tu 
lugar, vuelve al puebló; — allá te espera un padre que te ama 
te perdona! . . . 

— Oh! nó, déjeme Vd.— esclamé trastornada por el dolo r 
—-quiero morir junto á él ! . . , 




-—Pero Magdalena, es posible eso? que camino piensas 
seguir? 

— El que mi fiero destino me ha trazado! — contesté, con 
sordo dolor. 

Y separándome de Don Leandro con brusco ademán, alé- 
jeme precipitadamente. 

Rogaba á Dios y oraba tratando de calmar la agitación 
de mi espíritu; pero la paz no tomaba á mi corazón! 

Apesar de verme despreciada por mi esposo, no cruzó por 
mi mente el pensamiento de serle infiel. Jamás faltaré á mi 
deber; seré desgraciada pero no culpable, mi frente conser- 
vará siempre la pureza de la virtud. Si algún dia Luis vuelve 
hácia mí, hallará la misma Magdalena que amó. Las faltas 
del esposo no autorizan jamas á la muger para delinquir. 

«Es cierto que los hombres emplean mil seducciones para 
triunfar de la muger pero es cierto también que Dios, la 
naturaleza y la sociedad la han provisto de armas para qiiQ 
pueda defenderse. Dios, revelándola su sublime decálogo; 
la sociedad, enseñándole desde la cuna cual es su deber, y 
mostrándole la virtud por único norte; la naturaleza colo- 
cando en su alma el pudor, sentimiento tan instintivo y tan 
fuerte, tan peculiar suyo, que es necesario emplear mucha 
violencia para vencerlo. 

«Para vencer al pudor, es preciso un acto dq voluntad, . 
y la voluntad es libre, y las leyes castigan al que elije el 
mal pudiendo elegir el bien. 

«Las costumbres establecidas deben ser para la muger una 
segunda religión, porque es la depositada del honor de la 
familia, y sabe que el honor es frágil joya que se quiebra 
con el más leve empuje.» (l) 

Estas ideas se hallaban fuertemente grabadas en mi alma, 
y supe mantener mi dignidad y conservar mi pureza no 
obstante las mil asechanzas y doradas tentaciones de que, 
como dijo Don Leandro me vi asediada. 

No ofendí á Dios, á cuyos ojos nada hay más bello que 
la castidad y la pureza 

Al poco tiempo de la entrevista que tuve con mi esposo, 
este se ausentó para Montevideo. 



(i) A. Grassi. 




- 124 



Bien pronío tome una resolución; vendí las pocas alhajad 
que me quedaban, y con el producto de ellas me embarque 
también para Montevideo, siguiendo las huellas de mi esposo. 

Traté todo el tiempo que pude de ocultarme de Luis más 
llegó por fin á descubrir mi presencia y desapareció de Mon- 
tevideo, embarcándose con destino á un punto lejano, des- 
conocido para mi... 

Ah! mi esposo me huia!..Loca, desalentada me dirijí el mis- 
mo dia de su partida, hacía el mar, y arrodillándome á ori- 
llas, oré por corto tiempo, disponiéndome á sepultarme en el seno. 

— Magdalena!... — esclamó Flora, tomando con sus dos ma- 
nos la cabeza de su amiga y atrayéndola á sí — estabas en tí? 

— Oh! nó, Flora, debí estar loca, pues de lo contrario no 
hubiera atentado contra mi vida, exitando el justo enojo de 
Dios! 

Cuando ya iba á lanzarme al abismo, una mano vigoroza 
me detuvo con fuerza. 

— Insensata!... qué haces!?...- — gritó D. Leandro con dolor. 

Di vuelta el rostro con terror, y al ver el severo semblan- 
te de D. Leandro; de mi buen protector, de mi generoso 
salvador, prorrumpí en amargo llanto, arrojándome en sus 
brazos. 

• El buen anciano me estrechó en ellos, y apoyando luego 
mi brazo en el suyo me condujo al Hotel donde paraba. 

— Hija mia, — murmuró D. Leandro estrechando mis ma- 
nos con paternal ternura — el camino de la vida esta heriza- 
do de espinas y necesario es caminar por él con el valor de 
la virtud. Para vencer es necesario combatir. Cuando se 
quiere retener un corazón que se escapa, solo se deben po- 
ner en juego los sentimientos nobles y elevados. 

La salvación ó la ruina pende de un solo instante, y aquel ins- 
tante decide de la suerte futura de la vida de un modo 
irrevocable. 

«Se debe obrar con tan esquisita delicadeza, que el ingra- 
to esposo, al travez de las sombras que oscurecen su ra- 
zón, se vea obligado á sonrojarse de su vileza, y á recono- 
cer y admirar las virtudes de su noble compañera, porque si 
se consigue atraerle de nuevo, ya el imperio de la esposa 
sobre él será sólido y eterno, y si no se consigue, tendrá 
el inefable consuelo, el santo orgullo de haberse mostrado 
digna en medio de la desventura. 




— 125 — 



t La dignidad es la primera de las virtudes que debe ostentar 
una criatura formada á imágen y semejanza de Dios : sin 
ella no hay nada noble, nada elevado ni verdaderamente 
grande, (i)» 

Yo escuchaba las palabras de D. Leandro, y sentia como si 
una luz fuera por grados iluminándome. 

Don Leandro conocia todos mis sufrimientos, todas mis 
luchas, ah! y también conocia las asechanzas de que me rodeaba 
un hombre jóven, hermoso y distinguido! 

Si, era perseguida tenazmente por un hombre. En todas partes 
lo veía y á todas me seguía. 

Su aspecto era noble, su figura hermosa; y en sus ojos retra- 
tábase la pasión que fatalmente le; habia inspirado. 

Ah ! aquel hombre siempre solícito, siempre presente á mis 
ojos, como el mas .bello tipo del amor y de la nobleza de los 
sentimientos grandes y elevados, se habia atravezado en mi ca- 
mino como el ángel tenador ! 

Siempre seré pura, me decía, si mi corazón latiera por otro 
afecto seria bastante fuerte para sacrificar mi amor en aras del 
deber ! 

« Ah ! es cien veces horrible encontrarse perdida en el aprecio 
general, perdida en el testimonio de nuestra conciencia, no 
tener en medio del naufrajio mas que una tabla salvadora á 
la cual asirse, y ver desquiciarse esta tabla y hundirse en el 
abismo... 

« Esta hora suprema nunca deja de sonar para la mujer 
culpable, como anuncio de la cólera divina en las relaciones 
criminales ! » 

D. Leandro comprendía mis luchas, sabía mis sufrimientos 
porque hacía las veces de mi ángel guardián. 

Al siguiente dia de aquel en que atenté contra mi vida, recibí 
una abultada carta. 

Me apresuré á abrirla y leí sorprendida el nombre de don 
Leandro, mientras qué cinco billetes de banco caían sobre mi 
falda. 

Don Leandro me escribía y me enviaba dinero; ¿ porqué no 
venia á verme ? t 

Recorrí la carta de mi protector con creciente interés. 

Me decía que en la necesidad de ausentarse inmediatamente, 



(1) Gr&ssi, 




126 — 



no tenia tiempo para verme antes de partir, que no sabia cuándo 
podría regresar aunque esperaba que fuera pronto, y agregaba, — 
la vida, hija mía, no nos pertenece, solo Dios puede disponer 
de ella, no cometas un segundo atentado ; consérvate para tu 
anciano padre; para tu descarriado esposo, y para tu propia 
felicidad futura, que pronto llegará. No desesperes Magdalena, 
me ocupo de tu bien. Admite ese dinero y con él vuelve al 
hogar de tu padre que no cesa de suspirar por tí. 

Terminé de leer la carta de D. Leandro y me sentí enferma. 
Tantas luchas, tantos sufrimientos en tan corto tiempo ! 

Tuve que permanecer en Montevideo algunos dias, molestada 
por una intensa fiébre. 

Al cabo de una semana recien me hallé en estado de po- 
der hacer mi viaje|á Buenos Aires. 

Pero, ah ! quería sustraerme de la persecución de aquel 
que se habia constituido en mi sombra ! de aquel hombre jóven 
y hermoso que veía en mis paseos solitarios, en la iglesia y en 
todas partes ! Donde quiera que volvía los ojos había de verlo 
triste y silencioso, mirándome con secreta ternura, con intenso 
cariño ! En su rostro se reflejaba el fuego interior de su 
alma sensible y noble ! Ay ! y mi esposo me abandonaba en 
medio del peligro ! 

Mi alma ávida de amor y de afectos, tenía que replegarse den- 
tro de mi ser; tenía que permanecer huérfana y sola ’... Debía 
conservarme buena y pura, no por Dios, no por la sociedad, no 
por la santidad del juramento; sino por la paz de mi alma! 

Adúltera ! terrible frase que sepulta á la mujer en un abismo 
infernal ! 

a Un paso solo en falso, un solo instante de error, y la mu- 
jer digna y de ideas rectas y elevadas se ve convertida en el 
más abyecto délos séres ! 

« El amor parala mujer casada es un libro de novela que hay 
que arrojar lejos de sí antea de leer el primer capítulo; es 
una copa emponzoñada, que hay que apartar de los lábios sin 
probar ni una sola gota del líquido que contiene ; es un árbol 
que hay que estirpar dg raiz ántes que nos seduzca con sus pre- 
ciosas flores... 

« ¿Qué mujer casada, si es buena, habrá dado el primer paso* 
sin ser impelida y guiada por los móviles mas puros? Pero 
de aquel primer, si se quiere, inocente paso; depende el por ve* 




— 127 — 



nir de su alma, porque pone el pie sobre la pendiente que la 
arrastra á pesar suyo hasta el abismo, (l)» 

Esperando el momento de no ser notada por aquel que se había 
atravesado en mi camino como una sombra funesta, partí de 
incógnito á Buenos Aires, siguiendo en parte los consejos de D. 
Leandro. 

Pero ah ! la vergüenza y el dolor de haber abandonado á mi 
padre, me enclavaron en Buenos Aires, sin atreverme á volver 
á mi pueblo natal. 

Luchando con estos sentimientos, permanecí algunos meses 
oculta en la ciudad, sin tener noticias de los seres que eran tan 
caros para mi corazón . 

Pero mi indecisión debia tener término, Dominando mis te- 
mores y obligada por el recuerdo de mi padre, púseme en camino 
llegando aquí recien -ayer de mañana. 

Ah ! cuán tarde seguí los consejos de mi escelente protector 
don Leandro ! « , 

Mi padre habia bajado al sepulcro bendiciéndome !... 

Oh ! padre de mi alma ! tú que ves desde allá el arrepenti- 
miento de tu Magdalena, envíale tu perdón y tu cariño !... 

Las lágrimas impidieron continuar á la desventurada Mag. 
dalena. 

Apoyó su frente en el seno de Flora y lloró convulsi- 
vamente. . 

La tierna Flora, derramando lágrimas ante aquel intenso dolor, 
guardó un elocuente silencio, y estrechando á Magda- 
lena contra su pecho. 

Ofrecian así, las dos amigas, un grupo dulce y conmo- 
vedor. 

La enlutada y hermosa figura de Magdalena se destacaba, 
triste y majestuosa; sus negras y largas trenzas caían una 
hácia adelante, descansando cerca de la tierra. 

La desdichada Magdalena enjugó sus lágrimas y alzó la 
frente bañada de tristeza y de dolor, disponiéndose á hablar 
de nuevo. 

Pero en aquel mismo instante, como movida por un resorte 
eléctrico, alzóse de su asiento y abriendo extremadamente 
sus hermosos ojos, estendió los brazos, esclamando por medio 
de un grito penetrante: 

(1) Grassi . 




— 128 — 



* — LüisÜ... D. Leandro!.. . — y cayó en tierra sin sentido. 

Flora sorprendida, miró á su amiga; sin acertar á dar un 
paso, y volviendo rápidamente la cabeza nada vió, pero sin- 
tió voces que se aproximaban pasos precipitados. 

Flora estendió los brazos para recibir el cuerpo de su amiga 
que caia en tierra, al mismo tiempo que exhalaba una escla- 
macion de gozo al reconocer las personas que se acercaban. 

Eran D . Leandro su tio, y Luis, el esposo de la infor- 
tunada Magdalena! 

Luis y el anciano corrieron hada la inanimada jóven y 
con auxilio de Flora trasladáronla á la casa. 

D. Cárlos, el padre de Flora, que entraba de la calle en 
aquellos momentos, se detuvo sorprendido ante el cuadro que 
se ofrecía á mi vista. 

Luis y Flora ocupábanse en hacer volver en si, á Mag- 
dalena, y Don Leandro á algunos pasos de distancia los 
contemplaba con enternecimiento. 

— ¡Leandro, hermano mió! — esclamó Don Cárlos abra- 
zando á Don Leandro — tu por aquí? y tú también Luis? 
pero que ha pasado en mi casa durante mi breve au- 
sencia? 

— Nada, Cárlos; no he traído á ell un pecador arrepen 
tido!— dijo Don Leandro, estrechando á su hermano. 

En aquellos instantes, Magdalena entre abrió los ojos, miró 
con estrañeza en torno suyo, y luego como recordando lo 
ocurrido, buscó ávidamente con la mirada á Luis; este se 
había apartado del lecho en busca de agua para hume- 
decer las sienes de su esposa, más al volver y ver los her- 
mosos ojos de Magdalena fijos en los suyos, el fras- 
co de esencia que traía eu sus manos se escapó de* ellas 
cayendo al suelo hecho pedazos. 

Luis se detuvo con temor, .pero al ver que Magdalena 
le tendía los brazos, precipitóse en ellos, formando un 
lazo de amor al rededor del cuello de su esposa. 

¡Sublime cuadro! 

Luís y Magdalena unidos de aquel modo derramaban 
abundantes lágrimas, y todos los que presenciaban esta 
escena conmovedora, se sentian igualmente enternecidos. 

Parecía que el verdadero desposorio de aquellos dos 
ejóvnes desgraciados, se hubiera hecho en aquellos mo* 




— 129 — 



mentos, pues la bendición de Dios debió descender sobre 
sus cabezas! 

Magdalena, apartó suavemente á Luis, y dirijiendo una 
mirada al ángulo opuesto de la habitación, hizo una seña 
á Don Leandro para que se acercára. 

Adelantóse este hasta el lecho, con los ojos humedecí • 
dos por el llanto y tratando dé contener su emoción. 

— Magdalena amada! — esclamó Luis, señalando á Don 
Leandro — ahí tienes á nuestro salvador! á el debes la 
recuperación del completo cariño de tu esposo,' que vuelve 
á tu seno profundamente arrepentido! 

— Oh! — interrumpió Magdalena, con sentida espresion, 
y estrechando las manos de Don Leandro — cómo retri- 
buir esto, Señor! soy acaso digna de tanta dicha! 

— Oh! mereces mucho mas, mi Magdalena querida! -—dijo 
Luis con ardor — soy yo el que no merezco esta felicidad! 
he sido un miserable, indigno de poseer un tesoro tan 
valioso como tú. . .ah! esposa amada, me perdonas los 
males que te he causado! 

— Sí! te perdono con toda el alma, porque te amo 
como para no poder odiarte jamás! con esa intensidad 
con que se ama todo aquello que se ha conquistado por 
medio de las lágrimas y los sufrimientos! 

— Bendita seas Magdalena! — murmuró Luis cop efusión, 
bañando con sus lágrimas el rostro de su esposa — bendita 
una y mil veces, generosa criatura! y vos, — dijo dirijién- 
dose á Don Leandro y estrechándole contra su pecho — 
que habéis hecho las veces de un padre, gracias! gracias 
por la gran felicidad que me habéis devuelto! haciéndome 
conocer el inestimable tesoro que me habia deparado la 
providencia y que no supe valorar! . . . 

Don Leandro, Luis y Magdalena, formaban en aquel 
ácto, un solo grupo tiernísimo que hacia conmover todas 
las fibras del alma. 

Después de aquellas manifestaciones recíprocas de tierna 
alegría y felicidad, los ánimos comenzaron á serenarse. 

Magdalena hizo acercar á su lecho, á Flora, que 
lloraba aun, sin poder contener su emoción. 

Ambas amigas quedaron unidas por un fuerte abrazo. 

— Para que la alegría de mi corazón sea completa, solo 

9 




— 130 ~ 



falta ahora que tu seas feliz! — murmuró Magdalena al oído 
de Flora. 

— El, corazón me dice que lo seré! — contestó Flora 
sin cesar de vertir lágrimas. 

La buena niña se retiró discretamente á un estremo de 
la habitación, para ceder el lugar preferente á Luis. 

- -Mi regeneración — dijo Luis, estrechando las manos 
de su esposa — débola, Magdalena mía, á Don Leandro. 
Caminaba por una pendiente fatal, que tarde ó temprano 
había de llevarme á un fin desastroso. 

Don Leandro aparecíaseme, cada vez que corría algún 
peligro, y cual ángel salvador, dejaba oir su voz sensata 
y digna, conteniéndome con una fuerza misteriosa, al borde 
mismo de los abismos: por espacio de un año consecuti- 
vo, siguió mis pasos con anhelosa constancia, dándome 
siempre consejos tan sanos, que desde un principio habrían 
hecho mi felicidad, si no hubiera sido mi terca obstinación 
en seguir por un camino que me conducia rectamente á 
la perdición, mas la constancia de mi generoso y digno 
protector, logró transformar poco á poco, mi corazón. 
Cuando al cabo de largo tiempo, sus palabras lograron 
arrancar de mi corazón la capa de plomo que le cubría, 
sentí un bienestar inesplicable, mi alma pareció salir del 
mundo de la oscuridad, para ostentarse de lleno en medio 
de ra i dales de luz; volvía á tomar su primitiva forma! 

Un minio nuevo se ofrecía á mi vista, mundo lleno de 
los perfumes divinos de los sentimientos grandes y elevados 
del alma; dominado por tanta dicha, por pensamientos tan 
bellos, me entregué á la voluntad de mi digno y noble men- 
tor; y este, conduciéndome por el camino recto de la verdad 
y de la honradez, me encaminó al seno de la más positiva 
dicha, el -hogar querido, en el cual me esperaba la más casta 
y amada de las esposas! . . . . 

Al decir estas últimas palabras, Luis volvió á estrechar 
contra su pecho á su cara Magdalena, á su fiel y adorada 
esposa. 

Las sombras del dolor, que ántes oscurecian sus exis- 
tencias, se habían disipado, dando paso á los brillantes res- 
plandores de una dicha consolidada por la virtud y por el 
amor casto de dos almas, que se sentían unidas por esta su- 
blime afección. 




— 131 — 



CAPITULO V. 



A la mañana siguiente, Flora dejó el lecho más temprano que 
de costumbre. 

Una animación extraordinaria notábase en su bello semblante; 
sus ojos brillaban y un tenue rayo de alegría irradiaba en 
ellos; sus mejillas sonrosadas parecían más frescas y bellas; 
su seno, á impulsos de una emoción estraña, se ajitaba* y 
mecía suavemente el encaje que lo cubría, á semejanza de 
las espumosas ondas del puro y límpido lago, mecidas por 
la brisa de la mañana. 

Flora vistióse con un precioso baton de clarín blanco, 
con viso de raso color rosa, orlado de finísimos encajes 
este baton abierto modestamente sobre el pecho, y Ibera- 
mente holgado, dibujaba delicadamente los bellos contor- 
nos de sus formas, descendiendo en amplios y graciosos 
pliegues. 

Flora acabó su toilette matutino, recojiendo su magnífi- 
ca cabellera con una peineta de nácar; la hermosa joven acos- 
tumbraba á vestirse de ordinario con elegancia y sencillez, 
pero aquella mañana, sin ella misma advertir, ocupó más 
tiempo del regular en su tocado. 

Flora, así vestida, estaba encantadora, y un poeta de 
imaginación ardiente, la hubiera tomado por un ideal, 
imágen perfecta de una creación divina. 

La primera acción de Flora, una vez vestida, fué cor- 
rer á la ventana, de la cual, cada mañana recojía el mis- 
terioso ramo de violetas. Su corazón palpitaba, y un tem- 
blor general agitaba todo su sér. 

Abrió la ventana lentamente; el ramo estaba ya.., 




— 132 — 



La jóven lo recojió anhelosa, un papel cuidadosamente, 
plegado, desprendido del ramo fué á caer á sus piés. 

La jóven lanzó un pequeño grito, y llevó ámbas ma- 
nos al corazón. 

Poco duró su vacilación, recojió el papel, y sin cui- 
darse de cerrar la ventana, ni de retirarse de ella, leyó el 
contenido del billete, que decia asi: 

«Flora! os amo siempre! ni un solo instante ha dejado 
«de ocupar mi corazón vuestra adorada imágen... pero, 
«¡ay de mi! temo que vos no me améis ya, y que os ne- 
«gueis á perdonarme por lo que os he hecho sufrir, con 
«una conducta que creí justa.. .Ah! perdonadme! he sido un 
«insensato. . estoy dispuesto á daros todas las satisfac- 
«ciones que de mi exijáis, y á pedir... de rodillas el amor 
«que ántes era mi felicidad y que hoy espero como mi 
«mayor y única ventura! 

Ricardo. 

Flora cayó de rodillas junto á la ventana, y besando y 
bañando con su> lágrimas aquellas líneas trazadas poruña 
mano tan querida, esclamó, elevando al cielo sus hermo- 
sos ojos : 

— Oh! te amo Ricardo y te perdono! ... gracias Dios 
mió, por tanta ventura!. . . 

— Flora! bendita seas!. . . — dijo una voz junto á la ena- 
morada niña. 

Flora sorprendida volvió el rostro, y vió junto á sí, 
tras la reja...á Ricardo, que la contemplaba con tierna 
y arrobadora adoración. 

— Ricardo! . . . 

— Flora! . . . 

Aquellos dos nombres fueron pronunciados con los 
acentos purísimos del mas intenso amor. 

Flora radiante de dicha, se aproximó á la reja, y Ri- 
cardo/ cojiendo una de sus manos la estrechó con respe- 
tuosa ternura, diciendo conmovido: 

— He oido tas palabras, Flora amada! cuán noble eres! 
ah! me amas y me perdonas, bendita seas, una y mil 
veces! . . . 

— Ricardo, — contestó Flora, fijando en su amado una 
dulce mirada — mi amor nunca te ha faltado; mi corazón 




- 133 - 

lio ha cesado ün instante de consagrarte todos sus la- 
tidos! . . . 

— Flora! . . . que feliz me hacen tus palabras! ... no soy 
sin embargo, digno de tanta dicha, has sufrido tanto por 
mi. . . 

— Oh! — esclamó Flora interrumpiéndole — olvídalo todo 
Ricardo! somos felices con nuestro mutuo amor; no recor- 
demos los sufrimientos pasados, yo perdono de corazón 
al que me hizo tanto mal, apartándote de mi lado, y su- 
miéndome en un profundo dolor, sí, le perdono, y pediré 
á Dios que también le conceda su clemencia. . . 

— ¡Que buena eres, Flora amada! Dios ha premiado 
tu bella alma, no permitiendo que el culpable abandone 
este mundo sin ántes revelar su infamia ... ^ 

— Qué dices! . acaso Alberto ... 

— Murió, Flora pero de una manera bien triste. 

Tu conocías la conducta estraviada que llevaba, entre- 
gado á toda clase de desórdenes; jamás quiso escuchar los 
consejos de su familia ni de sus amigos; por desgracia no 
se le aconsejaba con suaves y persuasivas palabras; exas- 
perándole pretendían hacerle penetrar por la senda del 
bien; Alberto, .lejos de enmendarse, se precipitaba con más 
fuerza en aquella carrera d^enfrenada y fatal. 

Yo ignoraba esto, y consideraba á Alberto % como un 
cumplido caballero, más tarde me desengañé, y más aun, 
cuando supe el motivo de su prisión... 

—Cómo! ... — esclamó Flora atónita. 

—Si, fue preso; se entregó al juego y á la bebida, y puesto 
sus pies en esos degradantes vicios, no era de estrañar lo 
que sucedió; llegó hasta robar, y luego... fue asesino! 

— Horror! . . . esclamó Flora, cubriéndose el rostro. 

— Fué asesino, — continuó Ricardo — y la justicia cayó sobre 
él y lo sentenció á muerte. . . desgraciado! ese debia ser su 
fin! . . . Una vez preso, y al conocer la sentencia que pesaba 
sobre su cabeza, me hizo llamar, y entónces me confesó la infamia 
que habia cometido al hacer uso de tus inocentes cartas, para 
ejercer una venganza, despechado porque no le amabas. Com- 
prenderás, amada Flora, la terrible impresión que me hizo 
aquella revelación... había sido injusto y cruel contigo; pero te 
amaba tanto que desde aquel dia fatal había pensado desterrarme 
del mundo de los vivos, pero una esperanza me alentaba, y 




esperaba la hora de tu rev indicación.., ella llegó, porque Dio$ 
así lo dispuso, para premiar tu inocencia, y castigó, al mismo 
tiempo al que osó calumniarte!... 

Ricardo guardó silencio, estrechando de nuevo las ma- 
nos de su amada. 

Los dos amantes se separaron de la reja, y Ricardo 
penetró en la casa, mientras Flora corría hácia el aposento 
de su padre á comunicarle la feliz nueva. 

Al llegar la joven cerca de su padre, halló con éste á 
Magdalena y á Luis . Magdalena al ver á su amiga corrió 
á su encuentro y abrazándola, murmuró : 

— Adivino que traes felices nuevas ! 

— Porqué? — esclamó Flora sonriendo al mismo tiempo 
que correspondía á sus caricias. 

— No se necesita mucha ciencia para ello, tu semblante 
lo indica . . . 

Oh ! si, querida amiga, soy feliz, pero vén, quel él es- 
pera! 

— El ! — dijo Magdalena entre sorprendida y gozosa. 

— Si Ricardo ha vuelto ! y me ama como siempre. 

Las dos amigas, unidas de la mano en compañía de Don 
Cárlos, y seguidas de Luis y de Don Leandro, se adelan- 
taron á recibir á Ricardo. 

El joven confuso, al ver toda la familia reunida, se de- 
tuvo. Abrigaba el temor de que los demás no participarían 
de los generosos sentimientos de Flora; pero su rostro se 
animó con un rayo de alegría al notar la satisfacción de 
Flora, y lanzó una esclamacion de gozo, cuando Don Cárlos 
abriendo sus brazos díjole ; 

— Hijo mió, bien venido seas ! 

Ricardo derramando lágrimas sé precipitó entre aquellos 
brazos que le brindaban tan dulce lazo. 

Todos lo> presentes contemplaron hondamente conmovi- 
dos aquel interesante grupo: Flora lloraba de felicidad. 

La tristeza, que por tanto tiempo había apagado la ale- 
gría de aquella casa, huyó desde aquel instante cediendo el 
lugar que ocupaba á una dulce y grata satisfacción, á 
una alegría que llenaba el espíritu de la más pura é inal- 
terable felicidad. 

Ricardo y Flora vieron colmados sus deseos, uniéndose 
por los lazos del matrimonio, y formando un hogar ven- 




— 135 — 



turoso, recinto de esencias puras, y tabernáculo de flo- 
res de incomparable belleza. 



CAPITULO VI 



La tfeííoídad) d® tes humm 

Han pasado dos años. 

Luis y Magdalena viven felices, y tranquilos en com- 
pañía de su segundo padre el anciano Don Leandro; na- 
da altera la dicha doméstica de aquellos esposos, que pa- 
ra su felicidad escucharon á tiempo los consejos de la 
razón, á los cuales debían su actual ventura. 

Dios premia siempre á los que escuchan su voz, y arrepen- 
tidos vuelven sobre sus pasos. 

Flora y Ricardo, ofrecen otro cuadro de ventura, bendeci- 
do por la augusta mano del Todopoderoso. 

Don Cárlos contempla la felicidad de sus hijos, y se incli- 
na agradecido ante el Soberano Autor de aquella dicha. 

Cuando Luis y Magdalena se ven tan felices al lado de todos 
los que aman, no pueden menos que prorrumpir en esclamac iones 
de agradecimiento hácia el bondadoso anciano, providencia de 
aquel hogar. 

Don Leandro sonríe, y esclama : 

— Hijos mios, no es á mí á quien debeis dar las gracias,, sinó 
á Dios, pues él con su sabiduría infinita y divina bondad, dijo : 
« dad buen consejo al que lo haya de menester, » yo he segui- 
do la huella marcada por El ; y me considero feliz con haber 
llenado tan dulce deber, y sobradamente recompensado con 
la felicidad que disfrutáis. 

Ah! — esclamó Luis — feliz del que encuentra en su camino, 
seres que saben llenar tan noblemente los deberes de su con 
ciencia ! feliz del que escucha los consejos sanos que han de 
conducirlo al bien, y desgraciado del que desoyéndolos, ciego, 
se precipita en el abismo del mal, arrastrando en su terrible caí- 
da á todos los que fatalmente le siguen ! . . . 

Fin del Libro II. 




LIBRO TERCERO 



CORREJIR AL QUE YERRA 



140 — 



tittá fttáñó prolija y hacendosa ha embebecido aquel hogar, 
á la sazón abandonado por su dueña, pues, siguiendo las 
leyes de Dios, se había apartado del hogar paterno, para 
edificar el nido conyugal. 

Ante todo, hagamos conocer del lector, los dos habita- 
dores de aquella agradable mansión: son padre é hijo. 

Llámase el primero Don Jacinto Nardall; es ya un señor 
de edad avanzada, pues cuenta 78 años; Octavio, su hijo, 
tendrá aproximadamente 22 años. 

Don Jacinto Nardall, es un hombre excelente, de rectos 
principios y de intachables cualidades; aunque con la edad 
su energía ha desaparecido, conservando sin embargo in- 
tactas sus nobles y elevadas ideas. 

El jóven Octavio es hermoso, pero su belleza es solo física, 
su alma se halla oscurecida por defectos lamentables; de 
carácter voluntarioso y voluble, se inclina siempre al mal, 
sobresaliendo en él un defecto odioso; es irrespetuoso 
para con su anciano y digno padre ; y apesar de que mu- 
chas veces, en medio de sus errores de jóven, deja vis- 
lumbrar, que su corazón no está del todo depravado, sin 
embargo, no se puede ménos que desconocer en él toda 
buena cualidad á la vista de ciertos procederes indignos de 
un hombre de nobles principios y sanas intenciones. 

Bajo estos, antecedentes, presentamos á nuestras lectoras 
al señor Nardall, y á su hijo, en el momento en que este 
se disponía á salir. 

El siguiente breve diálogo entre padre é hijo, nos demos- 
trará el carácter de ámbos, así como la oposición de sus ideas 

— Es inútil, padre, que Vd. insista: — dice Octavio — sería 
vergonzoso y humillante para mi; pues estaría buen^ que yo, 
Octavio Nardall, fuera á dar uua cumplida satisfacción á Don 
Rafael Montero!.. Y porque? ¿Porqué he de ir á humillarme? 
No es él, el que me ofendido? No es él, el 

que con cumplidas frases me ha prohibido que vuelva á vi- 
sitar su casa? 

— Tu deber es vindicarte y si son falsas las aseve- 
raciones que ese señor hace de tu conducta, no debes dejar 
pasar los dias sin rehabilitarte ante sus ojos... 

— Comprendo que ese es mi deber, — interrumpió Octavio 
— pero, jamás me prestaré á ese acto de humillación, aunque... 
Vd. me lo mande... 




141 — 



— Octavio!... 

— No Señor, no lo haré! — repitió el mal hijo, sin ocul- 
tar la rabia de que se hallaba poscide su corazón, al tener 
que sostener aquel diálogo enojoso. 

Don Jacinto Nardall calló y dos gruesas lágrimas rodaron por 
sus rugosas mejillas; aquellas escenas le afectaban sobremanera, 
abatiendo su espíritu de un modo doloroso. 

El noble anciano, se sentía sin fuerzas para luchar y correjir 
el carácter de su hijo; su edad y su abatimiento físico y 
moral, no le permitían como antes, ser enérgico con Octavip, 
y este, abusando del estado de su padre, no vacilaba en im- 
ponerle su voluntad. 

Después del breve diálogo, en que queda trasparentado 
en parte, el carácter de Octavio, salió este á la calle y se 
encaminó hácia una" casa de modesta apariencia, distante una 
cuadra de la suya. 

Habitaba allí un amigo de Octavio á quien profesaba 'ín- 
timo afecto. 

Llamábase Horacio, y era el reverso de su amigo Octavio. 

Recto en sus juicios, de gran valor moral, era imparcial, 
justo y severo en sus apreciaciones, al mismo tiempo que franco, 
leal y cariñoso. 

Horacio era un bello tipo; vivía en compañía de su anciana 
madre, que adoraba á su hijo, y que se hallaba •enteramente 
consagrada á su cuidado; feliz y sentiéndose orgullosa por 
el digno y noble hijo que tenia. 

Apesar de la oposición de carácteres de los dos amigos, Oc- 
tavio amaba á Horacio, como á un hermano, y buscaba su so- 
ciedad con 9 suma complacencia, pues lo quería y respe- 
taba, reconociendo en él un hombre superior por todos conceptos; 
sin embargo de esto, mas de una vez hubo de reñir con él, 
pues Horacio estaba siempre por la rectitud y la justicia, base 
su carácter; y Octavio se dejaba llevar generalmente de sus 
malas inclinaciones. 

Horacio queri^ mucho á su amigo, y lamentaba de con- 
tinuo, el mal camino que este seguía; no desperdician- 
do la ocasión de hacer oír á Octavio, su palabra sen- 
sata y suave, aconsejándole con cariñoso- interés. 

Poseía Horacio una alma bellísima y la nobleza de ella 
veíase retratada eh \6s razgos de su hermosa y varonil 
fisonomía; de una figura elegante y distinguida, de modales 




142 — 



suaves y templados, no dejaba nada que desear, y física 
y moralmente, era casi una perfección. 

Volvamos á Octavio. Decíamos que este se había diri- 
gido á casa de su amigo. 

Aquel dia, Horacio recibió, como de costumbre á su 
amigo Octavio, con bondadosa cordialidad. 

— Horacio, — dijo Octavio al entrar — vengo furioso: mi 
padre pretende que debo vindicarme á los ojos de Don 
Rafael Montero, qne es lo mismo que si fuera á pe- 
dir su perdón! 

— Y debes hacerlo, querido Octavio, replicó Horacio con 
serenidad — ese es tu deber, y él estaba en el suyo, cuando 
te dirijió aquella carta tenia derecho para hacerlo; esta- 
bas comprometido con su hija María... 

— Y bien? — interrumpió con despecho Octavio — ?tengo 
necesidad de apresurarme á cumplir como caballero, 
cuando ella se ha portado de una manera tan indigna con- 
migo? 

— Cómo asi? -preguntó Horacio admirado. 

— Escucha — dijo Octavio, —al recibir la carta de Don 
Rafael ahora quince dias, quedé verdaderamente sorpren- 
dido y disgustado; me prohibía en ella volver á visitar su 
casa, y me devolvía la palabra empeñada para contraer 
matrimonio con María; todo cuánto decia Don Rafael, 
respecto á mi conducta era cierto, no lo niego, pero me 
estraña que María que habia demostrado profesarme 
tanto amor hasta hace pocos dias, no diera entónces 
muestras de su cariño. 

Amo á María, y su conducta me lastima, no la veo 
desde el momento en que recibí la carta de Don Rafael; 
como tu sabes, ellos residen en su quinta situada fue- 
ra del pueblo; ahora bien, hace algunos dias recibí una 
carta de ella, en la que decía que estrañaba me hubiera retira- 
do de su amistad, sin dar una esplicacion que justificára 
mi conducta, como debe hacerlo todo caballero que se es- 
time en algo... Comprenderás Horacio, la sorpresa, que 
me causó la lectura de esa carta, me impresionó fuerte- 
mente la indiferencia con que ella se espresaba y me con- 
fundió aquel reproche pues parecía ignorar que mi retirada 
habia sido obligada por su padre. 

— Y le has contestado ya ? — preguntó Horacio. 




— 143 — 



— Si, pero bajo la creencia de que ignora el motivo 
que me ha obligado á abandonar su casa, he contestado 
que ella era la culpuble de mi retiro, pues que no me amaba 
lo suficiente para ser mi esposa.. . 

— Qué locura!..— esclamó Horacio — no has pensado que ella 
no tardará en saber el verdadero motivo? has cometido una 
verdadera niñada! 

— Sea lo que sea, yo también he tratado de demostrarle 
una indiferencia que á la verdad no siento, pues la amo 
apesar de que tiene algunos defectos... 

— Oh! y quién no los tiene en el mundo, Octavio? En la 
amistad, lo mismo que en el amor, es necesario ser tolerante, 
y cada uno debe disimular los defectos de los demas, para 
que á su vez le disimulen los suyos propios; muchas veces, 
Octavio, se ven reunidas en una misma persona grandes vir- 
tudes y grandes defectos; acontece generalmente que las virtudes, 
como los diamantes, permanecen veladas, mientras que los 
defectos, aparecen á nuestra vista más de relieve, quizá porque, 
es lo que ménos nos gusta pero, como ha dicho una gran mu- 
ger: «es preciso buscar el grano de oro á través de la tosca 
«tierra, pues el oro, aunque sea entre escombros, siempre es 
«oro. » 

— Continúo, — -dijo Octavio, como molestado por las ver- 
dades de su amigo — yo creí que al leer mi carta, María, obra- 
ría de otra manera; pero me engañé y con grande .asombro 
recibí de ella una segunda carta, en que decía, que, puesto que 
ya no mediaba ninguna amistad entre ambos, le devolviera 
todas sus cartas. . . 

— Lo harías? 

— No tal, ni le he contestado! — esdamó Octavio con estraña 
entonación. 

— Con esa acccion, le das motivo á que ella diga, que te 
has portado á la altura de tus antecedentes . . . 

— Horacio! 

— No hay porqué enfadarse, has obrado mal; la conducta 
estraña que has observado cón ella es . . . infame! 

— Horacio! mira lo que dices! 

— No retracto mis palabras, ya me conoces; dime si no 
tengo razón. 

Octavio inclinó la vista, su amigo tenia (razón, si, — era un 
miserable. 




— 144 — 



• — Reconozco que he obrado mal. — dijo Octavio haciendo 
un esfuerzo, pero la cosa ya no tiene remedio. 

— Sí, que la tiene en parte. 

— Cuál es ? * 

— Devolviendo, esas cartas á María. 

— No, eso no es posible, yo quiero conservarlas como un re- 
cuerdo suyo ... 

— Haciendo de ellas un uso indigno? — preguntó Horacio. 

— No ... no lo haré .. 

— Tú debes de devolverle esas cartas, y así cumplirás con 
tu deber, y dejarás á cubierto de alguna tacha tu honorabili- 
lidad y honradez, aunque nunca podrás dejarla del todo limpia 
por tu conducta estraviada. 

— Horacio !...no me agrada que me hables con ese lenguaje! 

— Octavio, — replicó con serenidad aquel —siempre te he 
hablado con la franqueza propia de mi carácter, y con el in- 
terés de un amigo que te quiere, y que por lo mismo desea 
correjirte; cuento cuatro años más que tú, y por lo tanto 
mis palabras no carecen de la verdad de la esperiencia, si quie- 
res seguir siendo mi amigo, siempre oirás de mis lábios palabras 
idénticas, mientras no cambies de conducta. 

Octavio guardó silencio, y después dijo: 

— Pero, al obrar asi con Mari a, lo hago mas por despecho 
que por maldad, yo la amo... 

— No comprendo ese amor, Octavio; el hombre que ama 
verdaderamente, respeta al objeto de ese culto, y tu has tra- 
tado de ridiculizarla... Tu has dicho que ella te amaba y 
que nunca habias sentido por ella otro afecto que el de 
la amistad, y esto es una gran mentira ! 

— Es cierto, más la he amado yo á ella, que ella á mi ! 
núnca podré olvidarla, porque me ha hecho sentir sensaciones 
dulcísimas, de íntima ternura, pero no le perdono la indife- 
rencia- que me ha demostrado.^robándom£... quizá que núnca 
ha sentido cariño por mi ! 

— Estás en un error, ella debe amarte, porque es una 
joven constante y sensible; pero es muy digna, y comprende 
la actitud que debe asumir en este asunto en el cual eres tú 
el culpable, oh! se comprende que apesar de su cariño, ella 
te ha estudiado mucho, y te conoce lo bastante para no 
fiarse de tí ! 

Octavio hizo un movimiento de disgusto, guardó silencio 




— 145 — 



y luego cambió de conversación, despidiéndose poco después 
de Horacio, pero llevando en su corazón un secreto resenti- 
miento para con su amigo. ' 



CAPITULO II. 



Wairía 



Hagamos, lectora amiga, conocimiento con Don Rafad 4 
Montero y su hija María. 

Era aquel un señor de regular edad, de cincuenta años 
más ó menos; hombre bueno, de excelente corazón, y que 
adoraba á su hija con toda el alma, la dulce compañía de su 
vejez, pues siendo muy niña aquella, Don Rafael perdió á 
su esposa. 

María contaba diez y nueve años, era rubia, de ojos azules, 
no bella, pero tampoco fea; sus facciones regulares, llenas 
de espresion y de sensibilidad; en toda ella se notaba un 
sello de distinción, y de gran dignidad que la hacían doblemente 
simpática. 

María tenía un gran corazón; muy vehemente, sensible y 
generoso, apesar de su aparente debilidad y docilidad moral, 
era de alma fuerte, y sabía sobrellevar y dominar sus dolores 
con valiente energía ; al ver aquella niña, tan delicada, tan 
suave, que parecía que hasta carecía de voluntad propia, nadie 
se hubiera imaginado, que era fuerte para el dolor, y que alen- 
tada en la fé y la religión, solo inclinaba su cabeza por. un 
momento, no tardando en recobrar sus fuerzas; y elevando 
al cielo una mirada, se le veía sonreír en medio de las mayores 
amarguras. . . 

Tal era María. / 

Guando acaeció lo que nuestros lectores ya tienen conocir 

10 




— 146 — 



miento, María dió una prueba mas de su valor moral y de la 
santa resignación de su alma 

Al principio sorprendida por la ausencia de Octavio, nó supo 
á qué atribuir esta, y después de vacilar por muchos dias, se 
decidió por fin á escribir al jó ven aquella carta de que Octavio 
habló á Horacio. 

No tardó María en conocer su desventura ; al concluir de 
leer la carta con que Octavio contestó la suya, tembló ligera- 
mente, pero aquel temblor conmovió su alma entera ! 

La jóven con la vista fija en aquellas pérfidas líneas, pare- 
ció por largo tiempo la estátua del dolor . 

— Oh! — murmuró — esto no es mas que una escusa, él 
quizá no me amó, y dice que soy yo la que no lo quiere . . . 
no me esforzaré en un empeño vano; á el corazón no se manda 
y si él ha dejado de amarme, mi palabra no podrá operar un 
cambio imposible... 

Si verdaderamente me ama, sabía cómo ha de proceder, 
mientras tanto, dadme fuerzas, mi Dios, que yo obraré con la 
dignidad que mi amor me aconseja ! Ah ! será mi primero y 
último amor, . . . fatal destino! ^ 

La jóven inclinó su cabeza y lloró el primer desengaño de 
su amor. 

Algún tanto serena dirijió una segunda carta á Octavio 
reclamando sus cartas, aquellas cartas que ella había escrito, 
considerando al jóven como su futuro esposo, dado el sério com- 
promiso que mediaba. 

Octavio no contestó* 

María, creyó que su padre no habria notado nada de lo 
que pasaba pero el lector sabe, que nó era así; la ausencia 
de Octavio, de la casa de Montero, reconocía por causa la 
severa carta de Don Rafael. 

No se escapó de los lábios de María ni una palabra, ni 
una qüeja respecto á Octavióf su dolor fué mudo, grande 
reconcentrado; guardaba en lo íntimo del alma su honda 
pena. 

Don Rafael, padre amante y cariñoso, vela aquel sufri- 
miento disimulado; había observado la digna conducta de su 
hija y al ver que esta esperaba en vano, el buen señor mur- 
muraba por lo bajo. 

— Oh! ella espera, pobre hija mia! no sabe que ese hombre 
no tiene corazón ni delicadeza puesto que no se apresura á 




— 147 — 



levantar los cargos que se le hacen, lo que demuestra lo po- 
co ó nada en que estima su honor... oh! cuánto me alegro de 
haberlo apartado del camino de mi pobre hija! ella ignora, 
prefiero que así sea; Dios le dé valor; yo distraeré su cora- 
zón de tan peligroso amor; porque habria sido su desgracia esc 
hombre, felizmente creo que he llegado á comprenderlo á 
tiempo; Dios es justo, y la maldad nunca queda oculta! 
Octavio sino se corige tendrá su castigo de lo alto! me 
lo dice una voz secreta! 



Así las cosas, pasaron muchos meses. 

María completamente serena, no parecia abrigar en su pecho 
dolor alguno... 

¿ Se estinguió de golpe la afección que María profesaba á 
Octavio? No nos atreveremos á asegurarlo.... 

Es indudable que María batallaría consigo misma : no vence 
fácilmente una alma como la suya, los recuerdos de un primer* 
amor ; pero no hay pasión que se resista en el corazón de la 
mujer, cuando se le oponen las leyes de la dignidad, ni hay 
jnujer que merezca el renombre de buena, si antes no ha lu- 
chado y vencido.» 

Pero, lo hemos dicho y lo repetimos, nó podrémos asegurar 
si aquel amor se había estinguido en el alma de María; el pecho 
de la mujer es un santuario. ...y muchas veces ni el’ iíias hábil 
conocedor del corazón humano puede revelar esos misterios 
impenetrables, que no alcanza á conocer; así no es de estrañar 
que nosotros nos declaremos impotentes para penetrar en los 
arcanos de aquel corazón... 

Mas tarde volveremos á encontrar á D. Rafael Montero y á 
su hija María. 

En otro capítulo daremos á conocer nuevos personajes. 




— 148 — 



CAPITULO III. 



tiras tí© [® ©twüdla 



Octavio Nardall tenía en aquel mismo pueblo dos parientas 
que nos proponemos presentar al lector, sobre todo la más joven, 
por ser ella la fiel imágen de tipos muy comunes en la so- 
ciedad. 

La de más edad, llamábase Doña Sofía, y la mas joven 
Justa aquella era tía de esta, y ambas vivían juntas, pues la 
jóven, que contaría de 22 á 23 años, tenía sus padres en Bue- 
nos Aires, y por acompañar á su tía vivía con esta á quien 
amaba con estremo. 

Doña Sofía era una señora como de cuarenta y tantos años, 
de cutis ajado, de un moreno amarillento, pero de facciones un 
tanto agradables, á no ser cierta dureza en algunos de los raz- 
gos de su fisonomía así como la mirada de sus ojos, que era 
insensible y sin brillo; y por último, era de muy baja estatura, 
y de formas regulares y algo secas . 

Justa un poco más alta que su tía, era bastante del 
gada; su cútis ni blanco ni moreno, pero de una palidez enfer- 
miza; sus facciones eran algo desencajadas, pero no feas, á no 
ser por -su nariz un poco grande, habría podido decirse que 
Justa, era bastante regular; teñí# el cabello oscuro pero lácio, 
esto en cuanto á su físico. x 

Justa, creada, puede decirse sin educación, era de modales 
Vulg-T' 1 ?, sí como toda su persona; no se notaba en ella 
ninguna distinción ni cultura, y en lo único que tenía habilidad 
era para murmurar á diestro y siniestro. 

Por costumbre, se veía muy amenudo en la puerta de calle, 
ó tras la entornada ventana desde donde avistaba todo cuanto 
pasaba en la vecindad. 

La murmuración era su ocupación constante y favorita. 




— 149 — 



Justa estaba al cabo de todo cuanto pasaba en frente, al 
lado, mas allá, á la vuelta, y muchas veces, lo que ocurría á 
muchas cuadras de distancia . . . 

Las personas sensatas huían ó se escusaban de su amistad; 
nada mas repulsivo que esta clase de mujeres, que como gacetas 
vivientes, conocen la vida y milagros de todo el mundo, y cu- 
yas conversaciones no respetan ni dignidades, ni condiciones, 
y con irónicas é hirientes frases, calumnian á todo ser humano 
que por desgracia se ponga á su alcance. 

En la imagen de Justa, algunos de la misma' especie, se 
verán retratados aquí con perfecta fidelidad, lo que no sera es- 
traño, porque el retrato ha sido tomado del natural y estudiado 
en todos sus detalles, aunque débilmente bosquejado por nues- 
tra inesperta pluma. 

Continuemos. . 

Justa, que se ocupaba de todo el mundo, cómo habria 
dejado de ocuparse también de María, la prometida de Octavio, 

Octavio frecuentaba la casa de sus parientas, y pasaba horas 
enteras escuchando, pasmado de admiración la interesante y 
amena conversación de Justita. 

Juzgando por aquella atención, redoblaba los encantos de 
su charla, sin maliciar la mala impresión que aquella charla 
homicida, operaba en el áninfo de su pariente 

No hay cosa que mas disguste y desagrade á un hombre, 
que esas conversaciones, en las cuales se hace girones la 
honra agena; sin embargo, hay hombres que adolecen del 
mismo modo defecto, pero Octavio no pertenecia á ese nú- 
mero. 

En honor á la verdad, diremos que Justa, profesaba á su 
pariente una profunda afección, que el joven llegó á mali- 
ciar que no^ era una simple amistad, ni menos un afecto des- 
interesado de pariente á pariente. 

Hombre al fin, no desdeñó, aquella conquista que le salía 
al paso, y cortejó á la jóven por vía de distracción, ocupa- 
ción muy común en los jóvenes de su carácter. 

Pero, dado los antecedentes de Justa, no es de estrañar 
que conociendo el amor que Octavio profesaba á María, tra- 
tára de hacer todo el mal posible á la inofensiva prometida 
de su pariente. 

Justa no era noble, su alma pequeña y ruin aborrecía todo 
lo que fuera bello y bueno. 




— 150 



No era amor lo que ella sentía por Octavio; lo 
que verdaderamente esperimentaba era un vivo deseo de 
separar á su pariente de María, por el solo placer de que 
no fueran estos felices; en una palabra, tenia envidia de 
aquella dicha; tenía envidia de María, porque esta era mucho 
más digna, mas noble que ella. 

Octavio presenció esta guerra encubierta y tenáz, por parte 
de Justa para dañar á María pero lejos de indignarle seme- 
jante proceder, se complacía, porque suponía que Justa obraba 
por amor, sin comprender en su fatuidad, que la envidia 
y no el amor era lo que impulsaba á obrar así á la pérfida 
Justa. 

María del Pilar Sinués de Marco, la sublime autora de 
«El Angel del Hogar», dice lo siguiente al hablar de los 
celos y de la envidia: 

«En los celos hay cierta nobleza y cierta abnegación; en 
«la envidia todo es pequeño y miserable: 

«La .envidia nace de la pequeñez del alma, los celos de 
«la gran sensibilidad del corazón. 

«Suele vituperarse á una persona que tiene celos, pero se 
«la compadece • siempre. 

«Una persona envidiosa solamente inspira desprecio y todo 
«lo que en su favor alcanza es una lástima desdeñosa. 

«Los celos engendran el ódio, pero en cuanto el celoso es 
«feliz compadece á la persona sobre la cual ha triunfado. 

«La envidia no conoce la compasión; el envidioso quisie- 
«ra que el mundo entero fuera desgraciado, para reunir él 
«todas la§ riquezas y todas las prosperidades. 

«Los celos se sienten únicamente cuando un amor grande, 
inmenso, llena el corazón. 

«Si causa dolor el que la persona que los impira sea be- 
«11a, rica y, esté dotada de relevantes cualidades, es tan só- 
«lo porque estas ventajas conquistan el amor que el infeliz 
«que los siente quisiera para síT 

«Los celos ambicionan amor. 

«De todo lo demas ni quisiera se acuerdan.» 

Hasta aquí, la simpática escritora. 

Lo que sentía, justa, era envidia, y no omitió medio de 
dañar á María, y arrebatarla el cariño de Octavio. 

No tardó en llegar hasta María, los rumores amenezadores 
de aquella guerra que la envidia de Justa le declaraba; 




151 — 



María se mantuvo siempre digna, y despreció á su ruin an- 
tagonista, sin dignar ocuparse de tan despreciable enemiga 
Octavio comprendió aquella noble conducta, y nunca más pro- 
nunció en presencia de María el nombre de Justa. 

Viendo esta que los tiros dirijidos á María no surtian el 
efecto deseado pues eran nubes de verano que empañaban el 
cielo de su dicha tan solo por reves instantes, determinó la en- 
vidiosa jóven sitiar la plaza por la parte de su pariente* el 
cual según sus cálculos no resistiría, porque su norte era la 
inconstancia, y su mayor placer relatar á sus amigos los cen- 
tenares de novias que conquistaba cual invencible romano! 

Estaban en este estado la cosas, cuando Don Rafael Mon- 
tero, guiado por su amoroso celo de buen padre, rompió los 
lazos de amor que unían su hija á Octavio. 

Dejemos por algún- tiempo á Justa y á la familia de Mon- 
tero y pasemos á bosquezar nuevos actores en la escena de 
esta mal cooirdinada pero verídica historia. * - - « 



CAPITULO IV 



1Ü btoftestwr de C« ÜtotfePftdes. 



A orillas del pueblo, en una bonita casa, rodeada de un jar« 
din pintorezco, vivía un anciano, llamado don José Pinto, en 
compañía de su esposa Doña Clara, también anciana; cuatro 
nietos, huérfanos de padre y madre, alegraban la ancianidad 
de aquellos 

Aquella casita era propiedad de D. José, asi como unos 
terrenos valdios, próximos á su morada. 

Don José Pinto vivía con su esposa y sus nietos ¿ obser- 
vando la mayor sencillez y economía en sus costumbres; D. 
José adoraba á sus nietecitos, y cifraba su mayor placer y 
felicidad, en asegurarles un porvenir libre de todo evento 
ruinoso. 




- 152 - 



Son las ocho de la noche, la hora en que los presenta- 
mos al lector. 

Don José su esposa Doña Clara se hallaban reunidos en 
el comedor de su casa. 

Era este una pieza de regulares dimensiones, modestamen- 
te amueblada una gran mesa de pino en el centro, á un 
costado un aparador en el cual se ve relucir pór su lim- 
pieza, la loza blanca y los trasparentes cristales: seis sillas de 
guindo , dos sillones de mimbre, un reloj de campana, dos 
perchas, y una gruesa estera que cubre el pavimento, es to- 
do el mueblaje de la modesta habitación. 

En la mesa del centro, se vé una lámpara de cristal ver- 
de, yála'Juz de ella, Don José lee un libro con auxilio de sus 
lentes; Doña Clara, á su lado, escucha la lectura con religio- 
sa atención. 

Los dos ancianos se hallan solos, los pequeños nietos duer- 
men, siguiendo la costumbre antigua que á las ocho de la 
noche los niños, ya casi habían hechado el primer sueño. 

Oigamos, el anciano lée: 

«Dios nos impuso el trabajo como castigo y como ley. 
«mas dió también en él un inmenso beneficio, á la manera 
«que un padre pone en un rincón del encierro donde ha 
confinado á su hijo travieso, un alimento sano y nutritivo 
que sostenga sus fuerzas. 

«Las diversiones que el mundo ofrece, son impotentes para 
«calmar los grandes dolores, para consolar las penas del 
«corazón; el que es verdadera y profundamente desgraciado, 
«se halla solo con su desconsuelo en medio de la multitud: 
«sólo ve tinieblas en su interior y r en derredor suyo; la ale- 
«gria de los demas le fatiga y le parece un iusulto; en el 
«egoísmo de su dolor quisiera que la naturaleza entera es- 
«tuviese de luto, y se cree con derecho para exigirlo: su 
«amargura es terrible, inagotable, desolada; mas si llega á 
«recurrir al trabajo, si halla valor para vencer su pena du- 
«rante algún tiempo y busca á aquel fiel amigo, está salvado. 

«Verdad es que las primeras horas le costarán un esfuer- 
«zo supremo; verdad es que durante algún tiempo desmayará 
«y el desaliento invadirá de nuevo su espíritu como la ola 
«negra; mas poco á poco el trabajo le irá calmando y se 
«irá insinuando como un amigo dulce y firme á la vez, que 
fie infundirá ánimo y confianza. 




— 153 — 

«El trabajo hace las veces de la familia de que se carece, 
«del amor que se perdió en el vacío del cansancio ó en la 
«amargura de los desengaños; de los hijos que duermen en 
«el sepulcro; de la fortuna que ha naufragado; de todos 
«los bienes de la vida: llena no sólo el tiempo, sino elpen- 
« samiento, y la horas vuelan rápidas cuando el dolor las hacía 
«eternas.» (i) 

Ah! lectora debemos alabar á Dios que . nos ha revelado 
con el trabajo el secreto de nuestra felicidad ! 

A propósito de él, nuestra inteligentísima y virtuosa prima 
Mercedes López dice en unos de sus preciosos escritos : « ¡ El 
trabajo! es decir, la fuerza que pone en acción todas nuestras 
facultades, que ennoblece y moraliza el hombre, que realiza las 
concepciones del pensamiento, que nos proporciona el sustento 
y que rodea nuestra vida de goces y comodidades» , 

Nuestra amada Mercedes concluye agregando : 

«Sin las leyes del trabajo y el progreso; la vida del hombre 
se arrastraría monotona y perezosa; sus facultades intelectuales 
se embotarían, se enervaría su vigor, dando por resultado la ato-' 
nía, la vida vegetativa.» 

Verdad innegable ! 

Don José había internynpido su lectura esclamando: 

— Oh! bendito sea el trabajo! 

— Si, bendito sea! — agregó Doña Clara — él es el sosten del 
hombre honrado, él es el que presta al corazón de éste, fé y es- 
peranza para el porvenir; á él, debes tú José la dulce paz que 
hoy disfrutas en nuestra compañía; y á él deben nuestros pe- 
queños y adorados nietos, el que su porvenir esté asegu- 
rado ! 

— Dices bien Clara, muchos años de un trabajo honrado me 
ha proporcionado la dicha de asegurar el porvenir de nuestros 
queridos nietos; pobrecillos! qué sería de ellos si hoy no con- 
táramos con esto ? 

— Dios núnca falta á sus criaturas José, y debemos de darle 
gracias de continuo por su divina bondad. 

— Si, tienes razón; Dios es el padre común de la humani- 
dad, y él vela por sus hijos. . . 

Un golpesito dado á la puerta del comedor interrumpió la 
conversación de los dignos esposos . 



( 4 ) M. del P. Sinnés de Marco. 




154 — 



— Adelante! — esclamó Don José, poniendo la mano sobre 

sus ojos á guisa de pantalla, para distinguir mejor al que en- 
traba. 

— Buenas noches, Don José, y Doña Clara. — dijo el recíen 
venido. 

El que entraba era un fornido muchachon, como de diez y 
nueve años de edad; iba vestido pobremente; nada notable 
ofrecía aquel ser, de aspecto huraño y de maneras vulgares. 
Los rasgos de su fisonomía eran como sus modales, también 
vulgares, y con una marcada espresion de dureza y de mal- 
dad. 

Se llamaba Mariano. 

— Buenas noches hijo,* — dijo Don José con suave voz. 

— Qué háces por aquí, á estas horas ? — preguntó Doña Clara 
á Mariano, al mismo tiempo que este tomaba asiento al otro 
lado de la mesa, junto á la cual estaban los esposos. 

— Paseando, Doña Clara; — contestó éste — y con un en- 
cargo que me dieron para lo de Don Rafael Montero y como 
esta casa está cerca; me dije, vamos á visitar á Don José y á 
Doña Clara. 

— Y tu hermana Angela, cómo está ? — preguntó la an- 
ciana. 

— Qué sé yo. . .hay anda. . . 

— Cómo! no está ya con Doña Elena ? 

— Siempre está, no he dicho que no . . — contestó Mariano con 
brusco acento. 

— No has dicho eso, pero has contestado de un modo.... 

— Oh! ayer le di dos buenos golpes en la cabeza que la hi- 
cieron caer al suelo... es una picara!... 

Don José irguió su cuerpo, y lanzando á Mariano una severa 
mirada esclamó: 

— Eres un cobarde ! . . . 

- — Yo!... — Mariano hizo un ijióvimiento brusco, como tratando 
de contener su enojo por aquel insulto. 

— Sí, tú, — dijo el anciano con enérjica entonación — eres un 
infame porque has maltratado á una débil mujer; el hombre 
que hace alarde de su fuerza golpeando á una muger... es 
un cobarde, un hombre indigno! 

— Ella tiene la culpa! — dijo Mariano agobiado por la ver- 
dad de aquellas palabras, y tratando de defenderse, acriminaba 
á su hermana. 




— 155 



— Ella? y porqué? 

— Porque solo piensa en divertirse, sin cuidarse de nada... 
así hablan de ella... y con razón, es justo loque dicen de su 
conducta... 

— Ah! con que por eso, no? — dijo el anciano fijando su 
severa mirada en Mariano, — porqué es de génio alegre, na- 
tural en sus diez y seis años, porque no es mogigata, ni hi- 
pócrita, y obra en todo con turbulenta alegría y la ingenui- 
dad, propia de su alma, pura y sencilla; por eso la gente 
habla, y tu te crees autorizado á maltratarla? 

— No es solo eso, — contestó Mariano con desagradable 
acento — ella no se dá el lugar de una muchacha honrada... 
pasé ayer á la tarde por su casa, y la vi en la puerta con An- 
tonio, conversando con tanta naturalidad como si fueran dos 
buenos amigos... — 

— Y lo son, — interrumpió el anciano, con mas severidad — 
eso me consta á mi, Antonio, el pobre jorobado quiere á 4 
Angela como á una hermana, y ayer cuando tu los vistes 
hablando, Antonio estaba encargado por mi de dar un recado 
á tu hermana; ya vés si eres injusto, no solo tú sino todos 
los que hablan mal de Angela y la calumnian; una generosa 
y abnegada amistad media entre tu hermana y Antonio, el 
infeliz jorobado, pero, ni la deformidad de este, lo salva de 
las murmuraciones calumniosas... ah! la pobre Angela tiene 
que reprimir su alegria, tiene que medir sus acciones y las 
espansiones naturales de su edad, para que la calumnia no 
la destroze; su modo de ser le hace mal, porque en el mundo 
además de ser buena, hay que parecerlo. La condición hu- 
mana es tan miserable, que juzga generalmente por las apa- 
riencias, y á veces la amistad sincera, pero ireflexiva es causa 
de torpes sospechas que manchan las reputaciones mas acri- 
soladas. 

Don José calló, y Mariano no osó decir ni una palabra, 
confundido por la severa actitud del anciano. 

Doña Clara escuchaba en silencio, pero al concluir de ha- 
blar su esposo, esclamó: 

— Angela es buena y honrada; y la casa donde está es un 
escudo para ella, Doña Elena es una señora digna y ejemplar 
y sabe cuidar y dirijír bien á tu hermana. 

Mariano siguió guardando silencio, y como se sentía humilla- 
do y confuso ante los dos ancianos, no tardó en despedirse de 




— 156 — 



ellos, no sin que antes de ausentarse, Don jóse le exhortára á 
ser mas bueno con su hermana. 



CAPITULO V. 



Tetitamen det étigeí crnaí©. 



— Yo no sé, porque Horacio, se entremete en lo que no le 
importa, — decía Octavio, en su habitación — de hoy en adelante 
me guardaré bien de que se entere de los pasos que doy, y así 
me veré libre de sus réplicas; lo quiero como amigo, pero no 
me gusta que ponga trabas á mis caprichos y deseos. 

Con estos propósitos, Octavio llamó al sirviente, y dió orden 
de que lo negase, cuando Horacio fuera á visitarlo. 

Serían las diez de la noche, dos dias después, cuando, Ho- 
racio, se dirijía á su casa á buen paso. 

Al cruzar ante la de Octavio, creyó aquel ver cerca ella un 
grupo de dos personas. 

Un secreto presentimiento hizo detener al joven, y ocultándose 
en un hueco muy próximo á donde estaban los dos que habían 
llamano su atención, pudo oír entónces el siguiente dialogo: 

— Te digo que lo haré — decia Octavio. 

—Que lo dudo, — respondió el que le acompañaba — una 
vez en compañía de Horacio, olvidarás tus propósitos. 

—Hola! — murmuró por lo Mjo Horacio, en su escondite — 
se trata de mi, escuchemos pues. 

— No lo creas, — volvió á repetir Octavio — es verdad que 
aprecio á Horacio, pero no estoy dispuesto á que él se consti- 
tuya en tutor mió. 

— Bien dicho, bravo! — esclamó el otro — haz como yo, nadie 
pone trabas á mis deseos y caprichos; además, en lo que pro- 
yecto, y que espero me ayudarás nada tiene que ver tu oficioso 
amigo. 




- 157 — 



- — Es claro, — repuso Octavio — díme que es ello, nadie noá 
puede escuchar, la calle está solitaria, y á estas horas todos los 
vecinos del pueblo duermen. 

— Se trata — contestó el otro — de un asunto que promete; tu 
me dijiste ayer que necesitabas dinero, pues habías perdido en 
el juego una cantidad respetable, pues bien el negocio deque te 
hablo no solo te lo proporcionará á tí sino á mi también; no es 
mucho, pero no se debe de desperdiciar. 

— Eplícate. — dijo Octavio. 

— Voy á ello; se trata de despojar á D. José Pinto, de 
la casita en que vive y de dos propiedades más que le perte- 
cen; que diablo! el viejo no se morirá por eso pues según 
dicen por ahí, tiene mucho dinero guardado; tengo seguro 
los medios de ganar la demanda, alegaré que aquellas propie- 
dades me pertenecen, y presentaré documentos será un golpe 
maestro, pero yo solo haré con tu ayuda. 

Octavió guardó silencio. * ' 

Horacio con el corazón palpitante, esperó la contestación 
que su amigo iba á dar á aquel bandido que con tanta sangre 
fría, proyectaba cometer una infamia. 

Por su parte, el interlocutor de Octavio, el ver que el 
jó ven guardaba silencio esclamó: 

— Vacilas? no lo creo, porque entonces serías un cobarde 
se trata de salvarte de la ruina que te amenaza; ’tu serás mi 
cómplice, y me ayddarás á dar el golpe, de mi cuenta corre, 
asegurarlo antes de darlo. 

— Bien, me presto á ello; tengo necesidad de dinero y te 
ayudaré, pero.. .será cierto que ese pobre viejo se quedará con 
que vivir? 

Este pensamiento en Octavio, demostraba que el joven no 
estaba del todo perdido; una mano vigoroza podria aun sal- 
varlo. 

— ‘Oh! eso no te preocupe, — contestó el otro — que ten- 
ga ó no tenga poco nos dá. 

Octavio guardó silencio como no apoyando aquella idea. 

— Si vacilas, no me convienes, los hombres deben ser re- 
sueltos — dijo el infame compañero de Octavio — á más, ya 
te he dicho, que por ahí aseguran que tiene dinero guarda- 
do, esto te lo vuelvo á repetir para que dejes á un lado tus 
ridiculos escrúpulos. 




— 158 — 



—Cuenta conmigo, — contestó Octavio, después de un mo- 
mento de vacilación — pero hay que guardar secreto respecto 
á Horacio, no diciéndole nada, no habrá cuidado; es preciso 
que él no vislumbre esto, porque es capaz de todo para 
evitarlo; — no me preocupo en cuanto á mi padre, si llega á 
saberlo poco me dá. . . 

— Del silencio por mi parte yo respondo; — interrumpió el 
interlocutor de Octavio — el negocio será brillante, pues las 
escrituras y documentos que atestiguan la autenticidad de 
aquellas propiedades, yo sé el modo seguro de hacerlas ve- 
nir á mi poder. 

— De qué modo? — preguntó Octavio. 

— Fácilmente; deslizándome á altas horas de la noche, en 
interior de la morada de Pinto, y cazando la presa, ó sea 
los documentos; sé donde los guarda. 

— Miserable! — murmuró Horacio en su escondite. 

— Un robo! — dijo Octavio con cierto repugnancia. 

— Já! já! y no es un robo lo que proyectamos, deque te 
asustas pues? 

—Si, pero es un robo más. . . 

— Aristocrático nó ? Y otro es propio de ladrones vulgares, 
pero es necesario hacerlo! 

Octavio nada objetó, y guardó silencio 4 . 

— Hasta mañana Octavio, — dijo el compañero del joven 
despidiéndose de este — mañana nos pondremos manos á la 
obra. 

- — Adiós, Rodolfo, — contestó Octavio — hasta mañana. 

La calle quedó á poco solitaria. 

Horacio salió con precaución de su escondite, y con paso 
precipitado se dirijió á su casa murmurando : 

— Oh! no lograreis lo que os proponéis, Rodolfo Soriano! 
porque aquí estoy yo para evitarlo, impidiendo la ejecución de 
tan infame plan; Octavio no e^del todo malo, el bandido de 
Rodolfo lo ha seducido, y lo quiere arrastrar con él al abismo 
del m al; yo me constituiré en protector de Octavio, y aunque 
me huya, tendrá que oir mi palabra. 




CAPITULO VI. 



QorofMan) do 0« Qtctpa 



A la mañana siguiente, Horacio se levantó muy temprano, 
y dirijióse á observar la casa de su amigo Octavio, para 
verlo salir, y cruzarse á su paso, afectando un encuentro casual, 
pudiendo entonces tener la ocasión y la seguridad de hablarle. 

Sabía que si preguntaba por él en su casa, se haría negar, 
como ya lo había hecho el dia anterior, así que decidió 
valerse de esta estratagema. 

Transcurrió media hora, y al cabo de ella, Octavio apa- 
reció á la puerta de su casa; Horacio comenzó á andar des- 
pacio, y cuando aquel dió algunos pasos fuera de su casa, 
encontróse frente á frente con su amigo. 

Horacio procuró ocultar su disgusto, por la conversación 
que había escuchado la noche anterior, y tendiendo, la mano 
á Octavio, le dijo:* 

— Hola! Octavio, para donde es el paseo? 

Octavio turbado, pues su consciencia no estaba tranquila, 
le contestó: 

—•■Sin punto fijo; he salido con la idea de aspirar un poco 
de aire libre. . . 

— Entónces, si no llevas dirección iremos juntos. 

—Como gustes — dijo Octavio contrariado. 

Ambos amigos se encaminaron hácia el campo, guardando 
silencio por algunos momentos, hasta que Horacio lo inter- 
rumpió diciendo: 

— No has leído en los diarios de la relación de un 

hecho recientemente ocurrido, el cual demuestra hasta donde 
llega la infamia de los hombres? 

— No, ya sabes que poco me ocupo de leer periódicos, — 
contestó Octavio con distracción y aparente indiferencia. 

— Pues escucha, que es digno de oirlo: refieren aquellos 




— 160 — 



periódicos, que un jó ven de buena familia, pero de alma 
estraviada, había concebido el diabólico proyecto de despojar 
por medios nada dignos ni honorables por cierto, á un pobre 
anciano, de algunas propiedades que constituían su única 
fortuna . . . 

— Cómo! — interrumpió, palideciendo Octavio y mirando con 
fijeza á su amigo. 

— Te admira? — repuso este con serena tranquilidad, — lo 
creo, porque el caso no es para menos; proyectaba aquel... 
bandido, un robo, pues el anciano tenía en su poder los do- 
cumentos que atestiguaban sus derechos y... 

— Espera... — dijó. Octavio, con voz precipitada, y cada 
vez mas pálido — ahora recuerdo un compromiso que tenía 
para esta misma hora, perdona que te deje, otro dia seguirás 
tu historia y tendré el placer de escucharte. 

Horacio se sonrió; habían llegado en aquel momento á las 
puertas del cementerio, y allí se habian detenido. 

— Bien, — dijo Horacio — pero la historia toca á su fin, y 
puedo terminarla ahora mismo; es interesante y desearía que la 
escuchases de mis lábios hasta el fin. 

— Hoy nó, mañana será, — repuso Octavio cada vez más 
agitado. 

— Sea, hasta mañana! — dijo Horacio, y dándoselas manos, 
losados amigos se separaron. 

Horacio se dirijió á su casa murmurandp: 

— Ahora, al otro! 

¿Que se proponía Horacio para salvar á Octavio? 



CAPITULO VII. 



IP ortm*n m oeasuent 



Rodolfo Soriano, se llamába el jóven que en la noche an" 
terior había tenido con Octavio la conversación que ya conoce 




— 161 — 



el lector, en la que quedó concertado un plan indigno, de 
ataque hácia las propiedades de D.'Jbsé Pinto. 

Rodolfo era un jóven disipado de alma negra; un hombre, 
en fin dispuesto siempre para el mal, jamás para el bien. 

No podía ser, para Octavio, un amigo más peligroso ; y da- 
das las condiciones de aquel, no era difícil que se pervirtiera 
por completo, con tan funesta compañía. 

Rodolfo Soriano, había sido en un tiempo amigo dé Horacio, 
pero á la sazón, aquel esquivaba de encontrarse con el noble 
jóven, porque le temía y le imponía el aspecto digrio y se- 
vero 4e Horacio. 

Sin embargo, de que Horacio hada mucho que no lo trataba, 
aquel dia se dispuso á ir á su propia casa. 

Llegó á ella, en momentos en que Rodolfo se preparaba 
para salir. 

— ¿ A qué debo, querido Horacio, el honor de esta visita ? 
—dijo Rodolfo, después de cambiar los ‘saludos de estilo/ - 
y algo intranquilo por aquella visita inesperada. 

— Serrata, de un asunto de grave y delicada importancia, 
— contestó Horacio con alguna sequedad, decididamente re- 
suelto á abordar de frente la cuestión. 

— Hola! un asunto, — dijo Rodolfo, tratando de tranquili- 
zarse en vano — acaso vienes á proponerme algún tesoro ? 

— Rodolfo, hablemos con franqueza, no te hagas el .inocen- 
te, ya sabes que te conozco á fondo, así pues, prepárate á 
escucharme con atención. 

— Hablad, que ya os escucho, — dijo Rodolfo mudando de 
entonación y de color. 

— Pues bien, has de saber que anoche, á las diez, pasando 
casualmente por casa de Octavio, oí toda la conversación que 
tú y él sostenían : proyectaban un crimen . . . 

— Horacio ... 

— Oh ! no te alarmes, ya sabes cual es mi carácter, ningu- 
na actitud me intimida, siento que mis consejos hayan sido 1 
oidos con tanta indiferencia. Ahora bien, espero que no lle- 
vareis á cabo* el plan concebido, trata de que Octavio de- 
sista del infame proyecto, en cuanto á tí ya sabes, qüé tengo 
en mí poder pruebas y documentos que pueden perderté para 
toda la vida, si no te corrijes; yo haré que lá justicia cumpla 
su deber, y ella se encargará de tu corrección. 



11 




— 162 — 



— Oh Toalla! — dijo con terror Rodolfo — yo' no haré nin- 
gún mal, ni daré paso alguno reprochable, trataré de corre- 
girme, pero. . .yo no respondo de Octavio. . .si él insiste, yo 
me lavo las manos... 

Rodolfo temía á Horacio, porque podía perderlo, pero la 
ejecución de! mal era un placer para él, y en aquel momento 
concibió el proyecto de seguir adelante con su idea, , haciendo 
responsable de todo á Octavio. 

— Rodolfo, tú sabes lo que te conviene; como amigo he 
hecho todo lo posible por conducirte por la senda del bien; ahora 
elije, entre tu perdición y tu salvación. Adiós, y que él te ilumine. 

Horacio abandonó, así, bruscamente, la casa de Rodolfo. ' 

No bien aquel había caminado una cuadra, cuando Rodolfo 
salió precipitadamente en dirección á la casa de Octavio, con 
el objeto de ponerse de acuerdo para dar el golpe proyectado, 
teniendo buen cuidado de ocultarle la entrevista tenida con 
Horacio, por temor de que Octavio desistiera del plan. 

Como se vé, ningún resultado habían tenido los esfuerzos 
laudables de Horacio para contener á Rodolfo en la senda crimi- 
nal á que se había lanzado. 

Oh! que golpe inesperado, iba á correr sobre la feliz y tran- 
quila morada del anciano José Pinto ! 

La maldad de ciertos hombres nada respeta, y envuelve en 
las redes del dolor á las almas de los buenos, que tranquilos no 
preveen el mal y por lo tanto no pueden precaverse de él. 

Rodolfo hizo lo que había prometido á Octavio. 

El robo de los documentos tuvo lugar ; Dios así lo permi- 
tió para castigar luego al criminal con todo el peso de su ley 
justiciera. 

En la mañana del dia siguiente, se entabló la demanda eje- 
cutiva, que vino á sorprender y á llenar de dolor al mísero 
anciano y á su pobre familia, ppr aquel asalto inusitado á su 
propiedad. 

El pobre anciano se preparó á la defensa, y buscó sus docu- 
mentos, pero. ..estos habían desaparecido!... • 

Un grito de agonía se escapó de sus lábios. 

— Robados L.esclamó entre sollozos... 

Doña Clara, junto á él, como una estátua contemplaba todo 
aquello como petrificada por el dolor. 

— Nuestros nietecitos ! . . .pobrecitos, qué será de ellos !... 




— 163 — 



Esclamaban los dos ancianos derramando lágrimas, preveían 
los daños que semejante cuestión podría atraerles y que quizás 
ocasionaría su desgracia y perdición. 

Aquel dolor era tan grande, que si Rodolfo lo hubiera pre- 
senciado en aquel momento, se habría sentido conmovido. 

Los dos ancianos, pidieron fuerzan á Dios, y alentados por la 
fé esperaron el desenlace de aquel drama terrible. 



CAPITULO VIII. 



RodwNatoet de itnt atoa. 



El mismo dia que se entabló el juicio, al caer la tarde, Ho- 
racio, conduciendo del brazo á Octavio, se dirijían ambos, á 
paso lento hácia la silenciosa mansión de los muertos. 

Cuando llegaron á ella era la oración; una atmósfera tibia, 
perfumada con el aroma de las flores silvestres, contribuía á 
realzar la belleza melancólica de aquel parage solitario. 

Los dos jóvenes encontraron la puerta del cementerio 
abierta; Horacio separándose, algunos pasos [de su amigo en- 
caminóse á un pequeño rancho muy próximo, . y al llamado 
que hizo con las palmas de la mano se presentó un hombre 
alto, seco de estraña figura, pero de rostro bondadoso y sim- 
pático; Horacio le diarijió algunas palabras, á las cuales el hombre 
contestó con una inclinación de cabeza, y murmurando al- 
gunas frases pareció consentir gustoso á lo que el jóven 
pedía. 

Aquel hombre era el guarda del cementerio. 

— Podemos permanecer en este recinto el tiempo que 
gustemos. 

Los dos amigos penetraron en la mansión de los muertos. 

La ligera brisa mecía con suavidad los tallos de las flo* 
res que adornaban las tumbas, rodeándolas de poética tris- 




— 164 — 



teza; inclinadas hácia la tierra con misteriosa languidez, 
parecían agobiadas por una pena profunda, y al mecerse, á 
impulsos de la brisa, imaginábase oír j émidos y murmullos 
tristísimos, los cuales brotando de sus cálices perfumados, se 
confundían entre esos mil rumores misteriosos, producidos 
siempre al caer la tarde y cuando la Naturaleza se dispone 
acompañada de su brillante séquito á acallar sus acentos en 
el silencio del sueño, y en el misterio de las sombras. 

Horacio y Octavio, impresionados por la solemnidad del 
paraje y de la hora, caminaban silenciosos por una calle 
de árboles corpulentos y sombrios ciprés doblaron hácia la 
izquierda y ámbos se detuvieron ante un modesto pero bello 
sepulcro de mármol blanco, en el cual se leían grabados 
en letras doradas estos caractéres: 

ALINA R. DE NARDALL 

¡ GLORIA A [ SU ALMA PURA ! 



— Madre mia!— esclamó su hijo Octavio con acento tem- 
bloroso por la emoción. 

Al pronunciar estas palabras, cayó el jóven de hinojos 
ante aquella tumba venerada que encerraba restos tan 
queridos. 

La soledad del sagrado recinto, la solemnidad de la hora 
y la presencia de aquella tumba, para Octavio tan querida, 
imponían al ánimo del jóven de la manera más profunda, 
parecíale ver á «su madre levantarse del helado lecho donde 
yacía, para reconvenirle severamente por su mal pro- 
ceder. 

Octavio con la cabeza indiada y el rostro entre sus ma- 
nos, dejaba correr las lágrimas sin pensar en contenerlas, 
ellas parecían redimirlo, alentando su espíritu para el bien. 

Horacio, que también había doblado la rodilla, se irguió 
con calma, y acercándose á su amigo inclinóse sobre él, y to- 
mando una de sus manos con suavidad le dijo: 

— Octavio, siéntate en esta grada, tengo que hablarte en 
presencia de tu madre, por eso te he conducido á este 
sitio. 




— 165 — 



La voz de Horacio era solemne, dulce pero imponente. 
— Octavio le escuchaba con temor y respeto. 

— Octavio, dijo Horacio con tono magestuoso y pausado, 
tus estraviadas acciones te han conducido al borde de un abis^ 
mo, no han bastado para contenerte en esa senda fatal, ni • mis 
consejos, ni mis súplicas, te has empeñado en seguir un camino 
afrentoso, y te has unido para ejercer el mal, á un miserable 
hombre que nada respeta y que holla con su profana planta 
todos los sentimientos mas sagrados, te has unido á él para 
perder una pobre familia, arrebatándoles el único sosten con 
que cuentan para el porvenir de sus infelices nietos ! ¿ Porqué 

Octavio has desoído mi voz, mis consejos de amigo, de hermano, 
y marchas por una senda tan estraviada ? Ah ! Octavio, tú 
has sido la causa de~ia honda desesperación en que gimen esos 
pobres ancianos, á los cuales queréis arrancarles sus bienes ! tú 
has hecho sufrir al padre de María con tu conducta, y este se Ha 4 
visto en la dura necesidad de apartarte del trato de su hija, 
temeroso de que los envolvieras en una red de interminables do- 
lores, y tú, lejos de desvanecer la pena de ese padre, te gozaste 
en ella, haciendo mofa de aquel sagrado dolor, no has dádo. un 
paso para tu bien, y tu sino fatal hace sufrir á todos los 
que tu corazón ama, á esa niña que solo sabe amarte y sen- 
tir, oh ! todo cuanto á tí llega se torna en sombrío -y fatídi- 
co ! Aun es tiempo de que te arrepientas, de que te corrijas, 
Octavio, vuelve sobre tus pasos, ve que aceleras y precipitas 
la muerte de . tu anciano padre, y abres la sepultura de ése 
pobre viejo infeliz, llenando de amarguea y disgustos morta- 
les sus últimos dias !. . .Octavio! Octavio! deten tus pasos, 
escucha mis palabras como dictadas por el alma de tu. ma- 
dre. . .corríjete, Octavio, pero haz ese propósito aquí,, ante la 
tumba sagrada de la santa mujer que te dió el ser!. 

Horacio calló, y Octavio preso de una temible agitación no po- 
día hablar, tenía embargada la voz por el llanto, al fin dominan- 
do ún tanto su agitación y derramando aun abundantes lágrimas, 
cayó de hinojos y abrazando las rodillas de su amigo, es- 
clamó : 

— Horacio !.., por piedad, calla, calla amigo mío !... tus pala- 
bras despedazan mi corazón, porque elías me revelan la maldad 
deque he hecho vergonzoso alarde... oh! Dios, perdón!... 
perdón, padre y madre mía ! perdón !... 




— 166 



La voz de Octavio se estinguió ahogada por las lágrimas, 
que á torrentes subían del corazón á los ojos... 

Horacio con el rostro cubierto con su pañuelo, lloraba también. 

Conmovedora escena! 

La redención de una alma habla tenido lugar en aqugl 
momento solemne. 

El espíritu de Alina, debió recoger en su seno las lágri- 
mas del arrepentimiento de su desdichado hijo. 

La voz de Octavio se dejó oir de nuevo: 

• — He sido un miserable, Horacio — dijo el joven con sincera 
espresion — pero, juro ante las cenizas sagradas de mi madre, 
volver sobre mis pasos y marchar siempre con rectitud, por 
la senda del bien! 

— Octavio, — dijo Horacio con solemnidad, estendiendo su 
brazo sobre la tumba de la madre de su amigo — que ella 
recoja tu juramento, y si faltas á él que su maldición descienda 
sobre tu cabeza... 

Octavio estendió de nuevo su mano, y con voz segura re- 
pitió el juramento, sobre la tumba de su madre. 

Horacio contempló á su amigo por un momento, con cari- 
ñoso interés, y luego poniéndose de pié dijo con grave é im- 
ponente acento: 

— Alina fle Nardall, que tu bendición descienda sóbrela cabeza 
del hijo arrepentido! 



A la caida de la tarde del dia siguiente, Rodolfo Soriano, se 
encaminó á la casa de Octavio, y penetrando á ella, como 
acostumbraba hacerlo, sin llamar, llegó sin tropiezo alguno 
hasta la habitación de Octavio. 

La puerta estaba entornada, empujóla y entró. 

Octavio estaba vuelto de espaldas á la puerta, volvióse 
bruscamente al ruido que hizo esta al girar sobre sus gonzes 
y á la vista de Rodolfo palideció. 

— Salud! — dijo Rodolfo con desenfado. 




— 167 — 



— Buenos dias — contestó Octavio balbuciente. 

— Vengo, — dijo Rodolfo, sin fijarse en la impresión desa- 
gradable que su presencia había producido en Octavio— á 
decirte que es necesario un nuevo golpe para completar el 
primero y espero me ayudarás. 

— Te equivocas, — repuso Octavio con presteza — estoy de- 
cididamente resuelto á desistir de ese criminal proyecto que 
en tu compañía he llevado á cabo, renuncio á él, avergon- 
zado de haber descendido á la baja esfera del mal, y te acon- 
sejo por tu bien, hagas lo mismo que yo: vale más la tranqui- 
lidad de la consciencia que todos los tesoros del mundo. 

— Bravo! — esclamó Rodolfo con irónica sonrisa, y tratando 
de disimular su rabia — Veo que Horacio te gobierna á su 
antojo — já! já! eres un chiquillo l pero la culpa es mia que 
me fié de tí, no -recordé que te faltabala enerjía de un hom- 
bre de temple, pero que tenías en cambio la debilidad de una 
mujer... < « 

— Desdeño tus burlas, y tus groseras palabras; júzgame 
como quieras y te prevengo, que hemos concluido Rodolfo. 

Octavio se puso de pié, y con digno ademan señaló la 
puerta á Rodolfo. 

Mordióse los lábios este, hasta hacerse brotar sqngre, y 
t lanzando á Octavio una mirada terrible, preñada de amenazas, 
salió del aposento con paso precipitado, murmurando algunas 
palabras ininteligibles. 



CAPITULO IX. 

II OMtlfOt. 

Aquella misma noche ocurrió un hecho horrible. 

A eso de las doce y media, se vió envuelta entre 




llamas la casa del desventurado anciano, Don José Pinto; 
el espanto y la confusión se apoderó de toda aquella fami- 
lia ; oíanse por do quier gritos de dolor, esclamaciones de 
espanto y llantos desgarradores. 

El autor del incendio había sido descubierto y llevado 
preso. 

Era Rodolfo Soriano. . . 

Levantóse un sumario, y púsose incomunicado al pre- 
sunto criminal. 

El pueblo estaba indignado. 

Él incendio consumió todo el edificio, pero por fortuna 
Don José Pinto logró salvarse de las llamas, con toda su 
familia. 

Dios que nunca deja sin castigo á los malvados, había 
dispuesto que al robar Rodolfo los documentos de D. José, 
dejára aquel sin ver otros de más importancia, que salva- 
ban al anciano de lá usurpación que Rodolfo tendía hacer 
de sus bienes. 

Don José Pinto, en un principio había creído todo per- 
dido, pero al hallar aquellos otros documentos en el rin- 
cón de un armario casi abandonado, el pobre anciano vió 
su salvación en tan preciosos papeles. 

~ Sabido esto por Rodolfo, desesperado por aquel terrible 
fracaso, que ponía en peligro su individualidad, avezado y» 
en la senda del mal, no retrocedió ante un nuevo crimen, 
é incendió la casa de Pinto con el ánimo de que en él pe- 
reciera toda aquella familia, que por su desgracia había 
encontrado en su camino un hombre tan funesto. 

El lector recordará que Rodolfo, había ido á pro poner á 
Octavio una segunda perfidia, un nuevo crimen, mas Octavio 
regenerado, y vuelto á la senda del bien, no solo rechazó 
la proposición de Rodolfo, sino que rompió la amistad 
que á él le unía. ^ 

Rodolfo, no se desanimó, y avanzando siempre guiado 
por el espíritu del mal, cometió el nuevo atentado de que 
acabamos de ocuparnos 

Al cabo de algún tiempo, sustanciada la causa, la justicia 
condenó á Ricardo á prisión perpétua, pues á más de aquel 
último crimen, se encontraron en los archivos otros antece- 
dentes no ménos dignos de un severo castigo. 

Ricardo jamás había querido escuchar la voz déla razón 




- 169 — 



y he ahí porqué caía sobre él todo el peso de la jus- 
ticia. 

Ese es el fin natural de todo malvado; de todos aque- 
llos que, desoyendo la voz de su conciencia, se precipitan 
en la senda del mal, sin preveer que caminan al borde de un 
abismo, dentro del cual sucumben precedidos de la exce- 
cracion de los hombres honrados. 



CAPITULO X 



®©8©ctíi@@ ffelfc 



Ha trascurrido bastante tiempo después de las escenas 
narradas. 

Todos los personages de nuestra historíela se hallan hoy 
en N... 

Don Rafael Montero, Don Jacinto Nardall, María y Oc- 
tavio habitan una bonita casa de la calle de . . . 

María y Octavio son dos amantes esposos; regenerado este, 
Montero consintió en dar á su hija por esposa á Octavio. 

Horacio, en compañía de su madre, se halla instalado también 
en la ciudad. 

Justa Nardall, hoy casada también, no se ha corre j ido de los 
defectos terribles de su carácter; así pues, continúa siempre 
atisbando cuanto pasa en la vecindad, para así tener tema para 
sus conversaciones. 

Octavio se contempla dichoso en compañía de la virtuosa 
María; al disfrutar de un bienestar moral tan envidiable, reje- 
nerado desde aquel dia memorable en que juró sobre la tumba 
de su madre, caminar recto por la senda del bien; desde entón- 
ces sintióse otro ; su corazón se ensanchó, su alma indiferente 
ántes, amó después, á todo cuanto le rodeaba, viendo hasta en el 
menor detalle de las cosas, la divina mano de Dios. 




— 170 — 



Al contemplar su dicha, no cesa de dar gracias á su amigo 
Horacio, lo mismo D. Jacinto Nardall, orgulloso de las bellas 
cualidades que ahora se revelaban en su hijo, después de haber 
desaparecido de este, las sombras que antes velaban su alma. 

— No-hay mérito en mi conducta — contesta Horacio conmo- 
vido — cumplí con un deber que me dictaba la conciencia 
al mismo tiempo el cariño de hermano que profeso á Octavio. 
Feliz me considero por el resultado obtenido! 



CAPITULO XI. 



Bes patiaferts ratás 



Don José Pinto vió sonreír de nuevo, en el seno de su ho- 
gar, la dicha que la maldad de un hombre intentó arrebatarle ; 
y conocedor de todas las escenas que hemos narrado, no cesaba 
de ofrecer estos ejemplos á sus nietos, exhortándolos á cum- 
plir siempre con los deberes que ¡ Dios impone, y concluía 
diciéndoles : 

— Si alguna vez, hijos míos, alguno de vosotros, por des- 
gracia se viera arrastrado por una pendiente tan fatal, invocad 
el nombre de Dios, y dad oidos á los qne intentáren corre- 
jiros; siguiendo siempre los a^nsejos que os guíen hácia el bien, 
apartándoos y despreciando los que quieran conduciros al 
mal, tened presente siempre los ejemplos que os he ofrecido, 
y ellos os servirán de saludable apoyo, pues : « no hay felicidad 
«posible, si la conciencia no está pura y el alma limpia co- 
«mo la magestad del grande y poderoso Dios que la ha for- 
«mado. » 



Fin del Libro III. 




LIBRO CUARTO 

PERDONAR LAS INJURIAS 



PERDONAR LAS INJURIAS 



El perdón dé las ofensas es la más noble 
de las venganzas, 

(Jesucristo.) 



CAPITULO I. 



tU; buérfoftft 



En un pintorezco pueblo de la R. Oriental, cuyo nombre no 
hace al caso, es donde principia nuestra historia. 

En una de sus principales y alegres calles tenía su casa 
habitación Doña Ana S. de Soldevilla, donde vivía con su 
hija única, Marcelina, lindísima jó ven de diez y nueve prima- 
veras. 

Tres años ántes de la fecha en que se hace este re- 
lata, Da. Ana había quedado viuda de un acaudalado comer- 
ciante, muerto en lo mejor de su edad. 

Era Dau Ana una i señora de regular estatura, de rostro 
antipático,: sin ser feo,, ¿ quizá porque la dureza de su corazón 
parecía reflejarse en sus facciones rígidas y durás. Su mirada 
fría 1 y altanera, solo ser animaba l icuando - la cólera vestía de 
púrpura su ite^.moreea* sucediendo «sto con frecuencia, pues 




— 174 — 



Da. Ana no solo tenía un carácter terrible, sino también un 
corazón muy malo. 

Sucede que muchas veces, se cree que una persona de mal 
carácter, de genio áspero y gruñón, posee mal corazón; pero, 
por regla general no sucede así; tras un carácter áspero 
suele ocultarse un corazón de oro; todo lo contrario ocurre 
con alguna frecuencia por desgracia, en personas de carácter 
blando y callado, de genio manso; en la apariencia, las cua- 
les ocultan un corazón de hiena, siendo lobos con piel de 
cordero. 

Otras hay, que son lo que aparecen, y francamente, opta- 
mos por estas; si son malas, nos place verlas desnudos de 
toda hipocresía; si buenas, nos alegramos de que en su carácter 
se reflejen las bellezas de sus aliñas nobles. 

Doña Ana era la personificación del primero de estos últi- 
mos tipos que acabamos de diseñar; era mala y no lo ocultaba, 
porque su carácter se oponía á ello, pero lo peor del caso 
era que ella no reconocía en si esa maldad; creíase un dechado 
de perfecciones morales; así pues no es de estrañar que no 
tratára de ocultar los arranques nada bellos de su carácter. 

Marcelina, su hija, aunque muy linda, como dijimos, su 
belleza era solo física, siendo moralmente una fiel edición de 
su madre. 

El carácter de la jóven, era más retraido que el de Da. 
Ana, aunque con poca diferencia; Marcelina era caprichosa, 
envidiosa, voluntariosa, y se irritaba terriblemente á la más 
lijera contradicción que se le hiciera; pretendía siempre tener 
razón en todo cuanto se discutía, sin confesarse vencida jámas 
aún cuando verdaderamente lo estuviera. Se gozaba en mar- 
tirizar á todos cuantos por desgracia estuvieran próximos á 
ella, y constantemente el sarcásmo y hasta la injuria estaba 
en sus lábios. Demasiado orgullosa por su hermosura y por 
la fortuna cuantiosa que su pa<¿re al morir le había dejado, 
Marcelina era lo mas insoportable en su trato. 

No obstante estos defectos, atraidos por su hermosura fí- 
sica, y sobre todo por su fortuna, vagaban de continuo cerca 
de la jóven ocho ó diez prentendientes, á cual de ellos más ávidos 
por atrapar la fortuna que Da. Ana guardaba con cautela 
en el fondo de sus arcas. 

Marcelina era alta, de formas redondas y bellas; su cutiz 
blanco y fino; sus cabellos* de un castaño muy claro, tenía 




— 175 — 



reflejos dorados, sus ojos eran azules, y bien razgados; de 
un mirar vivo y penetrante, veíase en ellos sin embargo trans- 
parentada la espresion de la dureza de su alma. 

Marcelina era bella, pero no, perfectamente, pues para 
serlo le faltaba en su rostro de mujer, esa ternura y sua- 
vidad cariñosa y espresiva en la mirada, sin la cual 
la mujer, no puede llegar á la perfección de la belleza, 
apesar de la hermosura de sus contornos, y de la bella de- 
lincación de su rostro. 

Los ojos, dígase lo que se quiera, son los espejos del alma. 

Cuando esta es bella, la mirada adquiere una espresion tal, 
que ilumina el rostro de una manera especial. 

Es tan bella una mirada dulce, cariñosa, en la que se re- 
fleja un mundo de sentimientos grandes y elevados! 

En la misma casa de Doña Ana, vivía en compañía de es- 
ta, una sobrina huérfana, hija de una hermana de áquella. 

Doña Ana haciendo alarde de un sentimiento de caridad 
que á la verdad no poseía, recojió á su sobrina, que á la 
muerte de su madre había quedado en el mayor abandono. 
Proponíase la viuda, utilizar los servicios de la huérfana. 

— Tendremos en ella, — había dicho Doña Ana á su hija 
— una servidora gratuita; despidiré á la mucama, y ella la 
reemplazara; además nos ayudará en todo, porque mi siste- 
ma es la economía; quiero que el dia que te cases, lleves un 
buen dote; así pues, Angélica nos servirá, y yo* ¿horraré 
mi dinero. 

Angélica se llamaba la sobrina, como se vé, no era la ca- 
ridad la que le había movido á recojer á la hija de su her- 
mana, sino su conveniencia particular, pues pensaba hacer pa- 
gar caro á su sobrina el hospedaje que le brindaban. 

Angélica no era tan bella como Marcelina, pero si infinita- 
mente más simpática que esta; tenía dos años ménos que su 
prima; sin embargo la igualaba en estatura; más delgada que 
Marcelina,, era esbelta sin exageración, muy blanca, pero de 
una blancura sonrosada, animada, con espresion; sus cabe- 
llos perfectamente negros, su boca y nariz regular, su frente 
espaciosa aunque no en demasía, y por último unos bellísi- 
mos ojos negros, grandes y razgados, guarnecidos de tupi- 
das y larguísimas pestañas. 

' Aquellos ojos húmedos, adormecidos, ora tristes, ora lán- 
guidos, siempre espresivós, llenos* de vida y enchidos ¿[ e 




cariñosa dulzura, revelaban un mundo de ternura y de sensibi- 
lidad. 

En los ojos de Angélica se trasparentaba su alma virgi- 
nal, su corazón bondadoso, ajeno á todo rencor, incapaz 
de abrigar un mal pensamiento. 

Marcelina vió en aquella pobre niña de 17 años, una nue- 
va víctima; desde el primer dia de su residencia en aquella 
Casa, Angélica comenzó á sutrir todos los efectos del invidio- 
so y malvado corazón de su prima. 

Doña Ana, no dió el más ligero descanso á su sobrina. 
Según sus cálculos, despidió á la mucama, y encargó á An- 
gélica no solo de las ocupaciones de aquella, sino de todos 
los quehaceres que la pobre jó ven podía desempeñar aun- 
que con grandes fatigas. 

Angélica planchaba y cosía toda la rópa de la casa; ar- 
reglaba las habitaciones, y servía á Doña Ana y á su hija 
ni más-mi ménos que una criada, á y pesar de que la po- 
bre jóven jamás profería una queja, ni murmuraba palabra 
alguna de enojo, Marcelina y su madre no cesaban de ul- 
trajarla y martirizarla, burlándose hasta de sus menores mo- 
vimientos y más insignificantes palabras. 

Angélica era la primera que se levantaba, siendo la úl- 
tima que se recojía, y era este el momento anhelado por ella, 
la única hora en que disfrutaba de descanso y quietud, y en 
que podía entregarse libremente á sus tristes pensamientos. 

La habitación de Angélica era la última de la casa, y 
mientras en las otras se ostentaba un lujo deslumbrador, en 
el humilde aposento de la huérfana todo era sencillo y has- 
ta miserable. 

Las habitaciones son el reflejo de sus habitadoras, en cuan- 
to á el alhaj amiento de ellas. El aposento de Angélica era 
bello por su sencillez, y poéticp por la gracia y elegancia 
que se notaba hasta en los ménores detalles. 

La pequeña habitación de Angélica tenía una ventana que 
daba al jardín de una casa vecina; esta circunstancia había 
proporcionado á la huérfana un precioso consuelo en medio 
de sus dolores. Más adelante nos ocuparemos de él. 




CAPITULO II. 



Wttr©©Iln¡«— 



Hallábase Marcelina comprometida para su casamiento con 
su primo Enrique Peña, aun cuando no se había fijado el 
día délas bodas. En honor á la verdad diremos que ni Enrique ni 
Marcelina tenían gran empeño en v apresurar aquel enlace.^ 
Sucedía todo lo contrario respecto á Doña Ana, cuyas mi- 
ras interesadas veían en Enrique -un futuro inmejorable. El 
jó ven era rico, y tenía la buena cualidad, entre muchas ma- 
las, de ser desinteresado; este convenía á Doña Ana, y no 
veía la hora de que se efectuáse aquella . unión, aunque, co- 
mo dejamos dicho los jóvenes no se apresuraban, por la 
sencillísima razón de que no se profesaban gran cariño. 

Marcelina había consentido en dar su palabra de casamien- 
to á su primo, porque veía en aquel casamiento la libertad 
que ambicionaba. Entóneos, se decía ella, nadie tendrá dere- 
cho á pedirme cuenta de mis acciones. 

Marcelina se equivocaba. Al salir de la tutela de su madre, 
su deber de esposa honrada, le imponía tanto ó más serios 
deberes que cumplir ; no sería dueña de sus acciones más que 
para obrar bien y debería sumisión y amor al esposo que 
Dios le daba. 

Pero Marcelina educada por una madre que olvidaba ó des- 
conocía sus deberes, pensaba formar un hogar igual á aquel en 
que ella se había criado. 

En cuanto á Enrique, seducido por la belleza de su . prima, 
creía amarla, y por esto la había pedido en matrimonio ; por 
lo demás, cuando presenciaba los arrebatos de cólera de su 
prima, cuando veía algún acto que demostraba claramente el 
jnal corazor) de Marcelina, se decía: « no hay cuidado, cuando 

1 % 




T 178 — 

Sea mi esposa, yo le impondré mi voluntad, y á la fuerza 6 
por el rigor, tendrá que obedecerme. » 

Enrique se proponía ser uno de esos maridos que se aseme- 
jan á los niños malcriados y pésimamente educados, que enva- 
lentonados, voluntariosos y tercos, pretenden gobernar sin sa- 
ber y dirijir las cosas sin comprenderlas. 

Enrique ignoraba que una esposa no es una esclava, .sino una 
compañera, una amiga que Dios pone en el camino del hombre, 
para endulzar sus penas, para alentar y dar vida á su hogar; 
Enrique no sabía cual era el lugar digno y elevado que debía 
dar á su esposa, á la que sería madre de sus hijos, no lo sabía, 
porque nadie se había cuidado de enseñárselo ; así pues, cre- 
yendo qué iba á recibir una sierva y no una esposa, se disponía 
desde ya á mandar y exijir obediencia absoluta, momento 
muy anhelado por esta clase de niños grandes, que, puede decir- 
se, salen del seno materno, para gozar á su manera con el manejo 
de un gobierno brutal y despótico. 

Desgraciada la mujer que le toque un marido semejante ! 
desdichada si no tiene prudencia, mansedumbre, y sobre todo 
muchísimo amor hácia su esposo, para poder sostener las luchas 
domésticas que el marido niño y voluntarioso, empeñase para 
su propio mal ! 

; Cuán necesaria es la intervención de las madres, sus conse- 
jos sanos y rectos, en la infantil edad, para formar corazones 
nobles y generosos! 

Si una madre ejemplar, hubiera dirijido las primeras impre- 
siones de Enrique, inculcando en su alma sentimientos genero- 
sos y nobles, otras serían indudablemente las ideas que hubie- 
ran tenido asiento en su mente y formado con sólidos cimientos 
su corazón pero desgraciadamente, Enrique careció de ese 
precioso apoyo en su primera edad, y adoptando ideas creadas 
por imaginaciones estraviadas^confesaba resueltamente, que 
se consideraba un hombre superior y fuerte . . . con estas 
cualidades, poseía, según él, lo principal para educar á su 
esposa. . . 

Error ! 

Según este principio, si una mujer al dar su mano de esposa, 
adoleciera de los defectos que tenía Marcelina, debía correjír- 
sele con la fuerza brutal y el despotismo ? 

Semejante maestro acabaría de pervertir la discípula. El 
medio más noble y digno de que debe valerse el esposo, no 




— 179 — 



es el de la tiranía, la violencia ni el rigor, sino el de la digni- 
dad y la dalzura, la tolerancia generosa unida á la fortaleza mo- 
ral de una alma sensible y de un corazón amante 

Un marido déspota y duro, jamás es estimado en la socie- 
dad, por el contrario, se le tiene adversión y antipatía y más 
cuando por las desigualdades de su carácter desapacible, no 
puede reprimir ni en sociedad sus arrebatos de cólera, llegando 
hasta perder el cariño de su esposa. 

Refiriendo la escritora Sinués de Marco, respecto á esta clase 
de hombres, una escena que ella misma presenció, dice así : 

« He visto, no hace muchos dias, á una mujer jóven, bella 
y virtuosísima, ultrajada por su mirido ante un gran número 
de personas, y digo jujtra jada, porque sin motivo alguno la 
desmintió con una insolente é irritante grosería. 

La pobre jóven, al oirle, se quedó pálida como la muerte > « 
un instante después un encarnado ardiente vistió desde su 
frente hasta su cuello : su seno palpitó con violencia : sus ojos 
lanzaron un relámpago deslumbrador... ¡ qué terrible lucha tenía 
lugar en su corazón! Todos los ojos estaban fijos en ella... 
y 1 todos se miraron con asombro cuando ella, pasando una mano 
por sus ojos, como para no ver, d jo con acento dulce y sumiso 
á su brutal marido : 

— Perdona, amigo mío... me habré equivocado. 

■ ¡ Qué gran victoria consiguió aquella mujer sobre sí misma! 

¡ Cómo se leía la admiración de los presentes en sus sem- 
blantes ! i Y qué triste papel el del marido déspota y gro- 
sero ! » 

No creáis, lectoras mías, que la señora Sinués de Marco se 
refiera á personas de la clase ordinaria de la sociedad, nó, ha- 
bla ella de las que se titulan personas decentes, de alta clase. 
No es de estrañar la escena referida ; las personas mal educadas, 
de ruines y bajas ideas, se revelan á cada instante ultrajando 
á todos los que les rodean, especialmente á los de su familia : la 
educación, la cortesía y la moralidad son más necesarios en 
el seno de la familia que en ninguna otra parte, porque esas 
cualidades son las q'ue más contribuyen á mantener la paz y la 
felicidad en el seno del hogar. 

Pero nos hemos desviado de nuestra historia, llevadas por 
nuestras ideas moralistas. 

Continuémosla. 




180 — 



CAPITULO III. 



(Las dios amelgas 



Eran las ocho de la noche de un dia de primavera. 

En el comedor de doña Ana de Soldevilla se halla esta, Mar- 
celina y Angélica; doña Ana lee, su sobrina cose, y Marce- 
lina juega distraídamente con un diminuto ramo de jazmines. 

De cuando en cuando doña Ana levanta la vista del libro, 

dirijiendouna mirada al reloj que se halla al frente sobre la chime- 
nea de mármol, y luego mira á Angélica con ceño, como con- 
trariada de no tener ocasión de reprenderla : Angélica trabaja 
activamente sin levantar la vista. 

— Cuánto tarda Enrique! — esclama doña Ana, después de 
haber consultado el reloj por vijésima vez. 

— Me dá lo mismo que venga, como que nó! — repuso Mar- 
celina, encojiéndose de hombros con indiferencia. 

— Marcelina ! — esclama doña Ana con mal disimulado enojo, 
— Enrique debe ser en breve tu esposo, y por lo tanto no puede 
serte indiferente... 

— Mamá, bien sabes tú que no le quiero , si me caso con él, 
no es por amor... 

— Y porqué ? — preguntó la viuda, ya no pudiendo conte- 
nerse. 

— Porqué. ..tú lo quieres, y.^n fin, porque lo mismo se me 
hace casarme con él que con cualquiera otro ! 

Doña Ana se mordió los lábios, pálida de enojo, é iba á re- 
plicar, cuando Marcelina esclamó con irónico tono, dirijiéndose 
á su prima Angélica, que durante este corto diálogo había per- 
manecido en silencio : 

— I Qué opinas tú, mosquita muerta ; no te parece que En- 
rique no es hombre como para inspir ir un grande amor á 
nadie ? 

Angélica levantó la vista de su costura, y sus ojos se en* 




Contrafon con los de Doña Ana que despedían rayos de 
enojo, dispuesta al parecer, á saltar sobre su sobrina si esta 
osaba á contrariar su voluntad. 

Sonrió la jóven tristemente y con voz dulce y suave con 
testó á su prima: 

— Creo, Marcelina, que Enrique es un digno caballero, y 
sobre todo que te ama mucho. . . 

— Cálla! no hablas sino para decir disparates! ¡dijo Marce- 
lina irritada. 

— Pediste mi parecer prima, y te lo he dado... — contestó 
Angélica inclinándose de nuevo sobre su costura. 

—Enrique te quiere cada dia más, “dijo Da. Ana abogando 
de nuevo en favor del jóven. 

— Y yo cada dia le tengo más adversion-^contestó Marce- 
lina de mal humor.' 

— Pues es claro! — dijo Doña Ana estallando, y arrojando 
sobre la mesa el libro que leía — ya te ha cautivado ese millo- 4 
ñafio vanidoso y fátuo de Cárlos Albadeóró; pero yo pondré 
remedio á todo esto! . 

Al oir el nombre de Cárlos Albadeoro, Marcelina se irguió , 
en su asiento, y Angélica, inclinándose más sobre su costura, , 
fué presa de úna estraña agitación hasta el punto de hincarse 
cón la aguja; un subido carmin vistió su bello sem- 
blante, pero nadie felizmente notó esta turbación. 

— Y bien? — esclamó Marcelina, fijando uná intensa mirada 
en su madre— es cierto, no amo á Enrique, y... siento una 
grande inclinación hácia Cárlos Albadeoro, y permíteme, mamá, 
que te diga que solo á él entregaría mi mano gustosa... 

— Oh! eso no sucederá, porque yo no lo quiero! además, 
dices que amas á ese jóven- — pero quién te ha dicho á tí que 
él te corresponda? 

— Cómo mamá! — esclamó Marcelina admirada — supongo que 
no créerás que los paseos que hace por nuestra calle, y las 
miradas que aquí dirije, vayan dedicadas á esa\ 

Marcelina acentuó esta última frase con desprecio, indi- 
cando al mismo tiempo con el gesto á su silenciosa prima. 

— No digo eso, — esclamó Doña Ana con el mismo tono, 
de humillante desprecio que había usado su hija — quién va 
ocuparse de ella apesar de sus ridiculas pretensiones? 

Dos lágrimas silenciosas rodaron por las mejillas de Angé- 




— 182 — 



lica, arrancadas por las duras frases de sü tía, que rectas habían 
ido á herirla en medio del corazón. 

— Llóras? — preguntó Doña Ana con burla — qué sensible es 
la duquesa! 

— Lágrimas de cocodrilo mamá, por fin j irse víctima, para 
que Enrique la vea, si llega á entrar, y hacerse luego la 
muy entristecida por ver si él se toma la molestia de con- 
solarla ? 

Marcelina lanzó una carcajada esclamando: 

— Has errado la vocación, hija, naciste para las tablas ! 

Angélica no murmuró ni una frase de queja, pero sus lá- 
grimas siguieron corriendo silenciosas, aunque hacía esfuerzos 
por contenerlas. 

— Vamos! basta de llorisqueos! vete á tu cuarto; no te- 
nemos necesidad de presenciar comedias, ea! vete!— : Doña 
Ana al decir estas palabras, obligó de un modo brusco á la 
infeliz Angélica, que salió de Ja habitación con el corazón 
destrozado y vertiendo raudales de llanto, 

La joven se dirijió á su aposento con vacilante paso, pe- 
netró en él y cerrando con llave la puerta, cayó de rodillas 
ante una imágen de Jesús, esclamándo, con las manos juntas- 

— Señor! Señor! dadme fortaleza, humildad y resignación pa- 
ra sufrir! ... madre mia! vela por tu desventurada hija, y 
guíala por la senda del bien! . . . .Dios mió!. . .prótéjeme!. 

Dos golpesitos dados á la ventana que caía al jardín ve- 
cino, interrumpió la plegaria de la hermosa* huérfana. ' * 

La joven se levantó vivamente, apagó la luz, corrió á la 
ventana y la abrió con precausion. 

La plácida y argentada luz de la luna bañaba el jardín; 
jilnto á la ventana, se destacaba la gentil figura de una mu^ 
jer joven y hermosa. 

— Angélica!. ... 

— Clara!. . . 

Dos .besos resonaron en lo& ámbitos de la pequeña ha- 
bitación. 

Por la conversación que entablaron las jóvenes, la lectora 
saldrá de su curiosidad, y conocerá á Clara. 

— Lloras, mi Angélica! que te pasa? — preguntó con dulce 
acento la joven del jardín, llamada Clara, y pasando su bra- 
zo al rededor del talle de la huérfana. 

• — Sí, lloro, olí! Clara adorada, soy desgraciada, pero más 




— 1 83 — 

lo sería, si no tuviera el consuelo de tu amistad, para mí 
tan preciosa! 

- — Pobre amiga!— esclamó Clara, con voz alterada por las 
lágrimas — cuanto sufres, rodeada de personas que no te com- 
prenden, de gentes ordinarias, que te ultrajan, y se mofan 
hasta de tus más nobles pensamientos! yo Angélica mia, me 
considero dichosa de poder aliviar, aunque en muy poco, tus 
pesares! gozo en acariciarte, y en prodigarte las demostracio- 
nes de mi cariñosa amistad! 

—Clara! tu eres muy buena! muy noble! y gracias á ti* 
cariño mi corazón se mantiene fuerte para sufrir... ah qué hubie- 
ra sido de mí, sin tu amistad, Clara? habría muerto de pe^a! 

—Dios y tu madre velan por ti Angélica, tienes una prue- 
ba de ello en el principio de nuestra amistad, que empezó 
de una manera • tan casual como inesperada. . . 

Ah! si, — esclamó~Angélica estrechando con fuerza las ma- 
nos de su amiga.— fecuerdo que era un dia hermosísimo y que 
anhelando ver- entrar en mi cuartito un rayo de sol, abrí 
esta ventana, -tomando la 'precausion de cerrar la puerta, pues 
mi tía y mi prima me habían prohibido terminantemente que 
jamás abriera aquella . 

—Si,— dijo Chura interrumpido á su amiga-aellas no pue- 
den ni vernos, tal, es el odio que nos tienen,' ya conoces la 
causa, entre mi familia y tu tía. media un pleito hace algunos 
años, y el origen de la discordia es esta ventana;’ mi padre 
ha exijido que se condene porqué dá á su propiedad y tu 
tía se ha negado siempre á ello, no porque la ventana le 
haga falta alguna, sino por el placer de incomodar, pór el 
gozo que esperimenta riñendo con todo el mundo. . .oh! la 
conoces muy bien!... pero ahora bendigo las circunstancias 
que han mediado, pues debido á ellas puedo disfrutar hoy 
la dicha de tenerte de amiga! 

. Los rostros de las jóvenes se unieron*, y un ósculo de frater- 
nal cariño dejóse oír de nuevo. 

— Continúo, — dijo Angélica en voz baja y dulce, — al abrir 
la ventana un dorado rayo de sol inundó de luz mi humilde 
aposento, gozosa por esto, queaéme extasiada contemplando la 
belleza de tu jardin y aspirando con delicia el perfume de las 
flores, que una brisa fresca y suave hacía llegar hasta mí ; en 
esta contemplación estaba cuando te distinguí entre los árboles 
del jardin, y como ibas aproximándote, temí fueras á disgusta^ 




— 184 



te por mi curiosidad; entorné las hojas de la ventana, no tai° 
dando tú en alcanzarme á ver, fijando en mí tus bellos y es- 
presivos ojós ; no sé lo que sentí, pero ai verte, me figuré que 
te conocía ; tu lindo rostro me era familiar, porque la simpatía 
se despertó en mí á tu primera mirada, sin acertar á dar un 
paso, quedé como clavada junto á la ventana. 

Mientras tanto, tú seguías avanzando, llegando muy próxi- 
ma al sitio donde yo estaba. 

Sin darme cuenta de ello te envié un saludo acompañado de 
una sonrisa ; tu semblante demostró sorpresa y curiosidad, y 
al mismo tiempo una marcada espresion de tierna bondad ; lle- 
vabas oh ! no lo olvido, en la mano una rosa recien arrancada 
de su tallo, y con una sonrisa y espresion que siempre con- 
servaré en mi memoria me la presentaste diciéndome : 

— : Acepte Vd. esta flor señorita ; ella hará un efecto bellísimo 
colocada entre sus hermosos cabellos. 

Te di las gracias balbuciente y sorprendida. 

Tú me preguntaste entonces, si yo erá parienta de doña Ana 
Soldevilla y aí escuchar mi respuesta me miraste con cariño 
pero con pena; me compadecías mi Clara, pero yo entónces 
no lo comprendí inmediatamente. 

Conversamos algunos instantes, cada momento con más 
franqueza, impelidas por la simpatía mústia que ambas había- 
mos esperimentado ; al fin nos separamos, no sin que antes tú 
me pidieras que guardase silencio sobre aquella escena ; te obe- 
decí, nada dije, y esta reserva, me permitió la dicha de verte 
todos los dias ; los lazos de una dulce amistad unió nuestros 
corazones bien pronto, y hoy Clara y Angélica más que amigas, 
son dos hermanas ! 

— Oh ! sí, mi Angélica querida, dos hermanas que se aman 
con ese dulce afecto fraternal! solo la simpatía puede unir dos 
corazones tan estrechamente; la simpatía, preludio del amor 
del alma, de la amistad tierna, qpe' brota en las almas sensibles, 
rápido como el paso de la centella en el espacio, como la car- 
rera de una estrella en el firmamento ! 

¡Qué amistad tan bella lectora, la de aquellas dos amigas! 

Permitidnos lectora amada; dedicar en estas páginas un re- 
cuerdo de tierno cariño á una amiga querida. 

Al trazar nuestra pluma las bellísimas frases de amistad y 
simpatía, imposible nos seria proseguir sin antes consignar en 




estas páginas ün riómhre tan dulce como querido para nues- 
tro corazón. 

Adela Castell! este es su nombre! así se llama la dulce 
y tiernísima poetisa, la hermana adorada de nuestra alma la 
virtuosa querida amiga que el destino quizo depararnos en 
compesacion de las amarguras y dolores que por ley natu- 
ral afligen el corazón humano formando la cadena de la vi- 
da. Adela! nombre cien veces amado, y cien veces grabado 
en el fondo de nuestra alma! Afecto purísimo é inquebranta- 
ble que ni la muerte logrará borrar, porque es obra' de Dios! 

Las afecciones del alma son siempre grandes é inmortales 
como esta. 

La simpatía la dulce simpatía hízonos conocer á Adela y 
la amamos como se ama lo más íntimo lo que más que- 
rido . __ 

La distancia nos separa, pero las comunicaciones de nues- 
tra cariñosa amistad, nunca son serán interrumpidas. 

Amistad escepcional en esta época . materialista, amistad 
pura, firme é ingenua, dispuesta al sacrificio si ese sacrificio 
ha de tener por resultado la felicidad ambicionada para el 
ser que amamos. 

Perdona lectora, estas espansiones: son desahogos del cora- 
zón, confidencias del alma, que nos atrevemos á confiaro 
seguras de vuestra bondadosa benevolencia. En nada, pueden 
dañaros nuestras palabras, ni tampoco causaros enojo, por el 
contrario, al contemplar la felicidad que nuestra alma espe- 
rimenta con la amistad de una amiga llena de perfecciones 
morales, quizá os sintáis dispuestas é inclinadas á buscar una 
amiga que os pueda brindar una amistad como aquella, que 
sale de la esfera de la vulgaridad, porque el ser que la ins- 
pira está lleno de méritos, porque es inteligente, bueno, so- 
licito, cariñoso y consecuente. 

Quiera Dios que si no poséis una amiga como aquella, la 
halláis presto, para complemento de vuestra dicha; entonces re- 
conoceréis la sincera verdad de nuestra palabras. 

La amistad íntima é ingenua es un bien del cielo! 

Oid lectora, lo que la escritora Sinués de Marco escribe 
acerca de la amistad: «Nunca se deben confiar á otra perso- 
na ni pensamientos ni sentimientos, hasta estar bien segura 
de que los pueden comprender, ni jamás debe darse el dulce 
titulo de amiga una mujer, más que á la que ha dado mués- 




— 186 — 



tras de merecerlo; hay penas y alegrías que ño deben dividir- 
se con ningún ser indiferente, con ninguna persona de cuyo 
afecto no estamos completamente seguros. Mas si debe pro- 
cederse con mesura ántes de dar nuestra amistad, una vez 
concedida, no se debe huir ante ninguno de los sacrificios 
que esta amistad impone. 

Se deben disimular á una amiga todos aquellos defectos 
que, no naciendo del corazón, no pueden lastimar el nuestro;’ 
porque la indulgencia y la moderación son las principales 
cualidades de una mujer distinguida y que se estima á si misma. 
He notado mil veces que la amistad más acendrada ha nacido 
de los mas extraños contrastes; y todos los dias estamos 
viendo amigos unidos por el más tierno afecto, que son di- 
ferentes en carácteres y costumbres. 

Pero en nuestro sexo, entre las mujeres, la amistad es mas 
difícil, y casi pudiera decirse que es imposible; porque la 
emulación quebranta el afecto apenas este ha nacido, ó la 
irreflexión hace ofrecer un cariño que en breve se conoce 
que es imposible dar, ya por incompatibilidad de caracteres, 
ya por convencernos de que las bellas prendas que suponíamos 
no existian más que en nuestra imaginación entusiasta. 

Es pues, mil veces preferible á sutrir un desengañó el 
reflexionar ántes de ofrecer nuestra amistad, y estar seguras 
de que la persona que á primera vista nos parece simpática, 
es- — á lo menos por las cualidades del corazón— digna de ella; 
porque no hay nada más ridículo que esos lazos, tan pronto 
formados como llegados á su más íntima estrechez, y que se 
rompen en breve, con un estrépito que hace formar mala idea 
del carácter y del corazón de la mujer. 

La amistad á nada se puede comparar cuando está basa la 
en profunda y verdadera estimación. 

La historia guarda en sus páginas la memoria de dos mu- 
geres, qué' toda su vida estuvieron unidas por la amistad más 
tierna y más pura: Isabel Woáf y Agata Decken, fundadoras 
de la novela en Holanda; cultivaron juntas las letras, juntas 
escribieron, y vivieron juntas desde que la viudez de la 
primera la dejó sola en el mundo: esta unión fué tanto más 
admirable, cuanto que, á las rivalidades femeniles podrían 
unirse las literarias y la emulación que estas llevan siempre 
consigo; pero lejos de ser así, vivieron siempre unidas con 
la más cariñosa amistad, y la vida arreglada, piadosa, ejem- 




— 187 - 



piar que llevaban, les conquistó el afecto universal, á la ve* 
que una admiración verdadera por las obras de su ingenio. 

El día 5 de Noviembre de 1804 murió Isabel, y Agata 
no pudo sobreviviría, pues habia perdido á su esposo y á sus 
hijos; Agata miró lá muerte como el último de los beneficios 
que Dios podia enviarle, y dio, muriendo, á su amiga la 
postrera y tierna prueba del dulce y profundo afecto que las 
habia unido, tan raro entre dos mujeres, y quizá único entre 
dos mugeres escritoras. 

Algún tiempo después, la sociedad de Ciencias y Artes de 
Amstérdam, queriendo tributar un homenage público á sus 
virtudes y talentos, honró la memoria de ías dos amigas, 
celebrando unos magníficos funerales, á los cuales asintieron 
cuantás personas distinguidas en todo genero residian en 
aquella gran ciudad. ^ 

Es de suponer que entre .estas dos señoras habría algunas 
desiguald&fes de carácter, algunas disidencias de gustos é m? 
ilinaciones; pero es de suponer también que una ú otra se; 
dispensarían, tolerándose mutuamente, sus defectos en gracia 
desús buenas cualidades.» 

Hasta aquí la simpática María del Pilar . 

Pero, no divaguemos más, sigamos nuestra historia; por- 
que si continuáramos hablando de la amistad, llegaríamos á 
decir tanto que por fuerza nuestras lectoras habrían de fas- 
tidiarse. . . 

Volvamos á las dos amigas Angélica y Clara, esos dos 
ángeles de la tierra que se comunicaban con el perfume de 
sus almas. 

— Ten valor Angélica, — decia Clara, — para sufrirlos malos 
tratamientos de Doña Ana y de su hija; no en vano has 
confiado y esperado en Dios; Cárlos Albadeoro. . . 

^-Oh! cálla! esclamó Angélica con temor, dirigiendo los 
ojos en torno suyo, temerosa de que alguien oyera las pa- 
labras de su amiga. 

— No temas, nadie nos escucha; Cárlos hará tu felicidad, 
Angélica, porque es muy bueno, muy noble y caballero; lo 
conozco á fondo, pues, como sabes, se ha criado á la par 
mia y de mis hermanos, uniéndonos ahora un fraternal afecto; 
me gozo en oirle hablar de tí, con todo el entusiasmo de su co- 
razón ardiente y apasionado... 

--Ah! Clara, y tu sabes lo que lo amo, pues eres tu la 




qüé eti mí nombre se lo está diciendo hace cuatro mese§, 
así como eres tú también la que me trae el perfume de su 
palabra cariñosa y pura. . . 

— Si, — dijo Clara sonriendo — yo soy el hilo telegráfico que 
transmite partes llenos de poesía y ternura; él te adora Angé- 
lica, y se considera feliz en contemplarte, aunque sea á lo 
lejos, no pudiendo de cerca porque tu se -lo has prohibido 
por mi conducto... solo cuatro veces ha podido hablarte! 

— Sí Clara, ese es mi deber ; él me ama y yo también, pe o 
no puedo ni debo pernvtir que se acerque á mí ; en la situación 
en que me hallo en esta casa, si tarde ó temprano se llegase á 
saber que le habia concedido entrevistas, qué sería de mí ? nó, 
prefiero la muerte á que se quiera empañar, aunque lijeramente, 
la pureza de mis actos y de mis intenciones. 

- — Bien! así me gusta verte! Oh! Angélica, aunque Cárlos 
es un caballero y no te faltaría, sin embargo, lá calumnia 
nada respeta y bien ha dicho un escritor, (i) «la calumnia es 
la única cosa que se hace en este mundo gratis y sin interés. 
Hay en el corazón humano un instinto maligno y dañino que 
nos inclina á creer con mas facilidad lo malo que lo bueno : » 
Esta es la verdad, Angélica, y apruebo tu conducta. 

— Una pena me aflije ; hace pocos momentos, mi prima 
Marcelina demostró con palabras harto claras que amaba á 
Cárlos; aun mas, cree que sus miradas se dirijen á ella y... 

— Díme, — dijo Clara interrumpiendo á su amiga — ¿ doña 
Ana y Marcelina no tienen conocimiento de tu amor? 

— No, no me he atrevido á decirles nada, y menos ahora 
que Marcelina ha demostrado que le ama. ..oh! Clara, sentiría 
hacer sufrir á mi prima, pues si ella le ama verdaderamente... 

— No, no creas, — esclamó Clara apretando la mano de su 
amiga para que bajara la voz — Marcelina no es capaz de amar; 
es una joven muy frívola, muy preciada de su hermosura ; creo 
que á nadie ama, á escepcion decoro y su belleza. 

— Quizá tengas razón, eso me tranquiliza porque no quiero 
ser la causa del dolor de nadie. 

— Eres muy buena y generosa Angélica, devolviendo bien 
por mal; Marcelina solo amará en Cárlos su hermosa pre- 
sencia y su gran fortuna, esto sobre todo y en su vant 
dad creé ver en Cárlos, un afecto hácia ella que no existe j 
pero pronto se desengañará... 

Scribe. 




— 189 — 



— Cómo ? 

— Oh! es un secreto, que aun no me han dado permiso 
para revelarlo! 

El corazón de Angélica latió apresuradamente, pero nada 
dijeron sus lábios. 

Clara contempló con cariño á su amiga, — y estrechando con 
ternura sus manos esclamó : 

— Sí, me han impúesto silencio, pero no puedo guardarlo, 
cuando sé que esta revelación te hará feliz... 

— Habla! — esclamó Angélica, sin saber lo' que decía. 

— Cárlos dentro de quince dias pedirá tu mano, para unirse 
á tí al pié de los altares ántes de un mes... 

Dos lágrimas brotadas de los ojos de Angélica fueron á 
humedecer las manos de Clara ; la suprema dicha que espe- 
rimentó al oír las palabras de su amiga, enmudecieron su voz, 
pero en eiertas ocasiones el silencio es más elocuente que las 
más sentidas frases. 

— Tus palabras, Clara, son el bálsamo de mis heridas! 
— dijo al fin Angélica, con la voz trémula por la emoción. 

— Lo creo, amiga querida, yo también amo y debo contraer 
matrimonio, como tú sabes, dentro de dos meses ; por esto 
mismo comprendo tu felicidad, y le doy el valor real que tiene; 
no puedes imaginarte Angélica, la alegría que esperimento al 
considerar que pronto serás feliz, y que Dios premiará tu virtud, 
dándote un compañero digno, adornado de cualidades bellí- 
simas ! 

— Tú eres , muy buena amiga, Clara, por eso gozas con mi 
dicha, como yo con la tuya; pero escucha: una lucha de 
delicadeza tiene lugar á veces en mi pecho; Cárlos es rico y 
yo nada poseo... 

— No prosigas, ese solo pensamiento ofende á Cárlos; tu 
eres pobre de fortuna pero rica de nobles sentimientos; el 
compañero que Dios te ha deparado, tiene lo suficiente para 
tí y para él; él te elije por esposa, porque eres la mujer 
que ama su corazón, nada le importa que seas pobre ó rica, 
no le hagas pues la ofensa de juz^rlo así: sobre este parti- 
cular, no es de esa clase de hombres que se venden por un 
puñado de oro, y que anteponen la ambición ruin á un 
amor noble del alma, y que por lograr aquel suelen con- 
traer matrimonio con mujeres gastadas, sin ilusiones y qué 
yo solo pueden ofrecerles despojos de amores marchitos! 




— 190 — 



— No creas, Clara, — replico Angélica — queche juzgado mal 
á Cárlos, no tengo motivo para ello, es un hombre digno y 
de elevadas ideas; las vacilaciones que he tenido han sido so- 
lo por mi, pero ya que no soy rica podré ofrecerle como 
único tesoro el inmenso caudal de mi amor y la virginidad 
de mi alma! 

— Que para él vale un mundo, — esclamo Clara. 

— Quién viene alli? — pregunta Angélica mirando hácia una 
calle de árboles iluminada por la luna, por donde se apróxi- 
maba un hombre. 

— Es papá, — dijo Clara — ya viene en mi busca, quizá he- 
mos conversado más tiempo del señalado. 

El padre de Clara llegó hasta la reja, y en voz baja es- 
c.lamó dirijiéndose á Angélica. 

— Como está mi t querida niña? 

— Perfectamente Don Luis, al lado de Clara me siento 
siempre feliz. 

— Cuánto siento venir á interrumpirlas! pero no es pru- 
dente que las conversaciones se prolonguen mucho; ya sa- 
bes, Angélica, la enamistad ó mejor dicho el odio que por 
desgracia nos profesa tu tia, así pues hijas mias, si no que- 
réis ver vuestros tiernos coloquios interrumpidos, es necesa- 
rio ser más prudentes. 

— Tengamos paciencia, — dijo Clara — pronto concluirán es- 
tos misterios, y ocultamientos, y podremos vemos más á me- 
nudo y más libremente. 

Don Luis se sonrió, indudablemente sabia á lo que su hija 
se referia. 

Las dos amigas se despidieron cariñosamente, hasta la no- 
che siguiente. 

La ventana se cerró silenciosamente, quedando Angélica 
rodeada 'de una densa oscuridadf la jóven no quizo encender 
la luz, podía verse esta por la parte de afuera, y causar 
estrañeza, porque nunca se veía á aquella hora. 

A tientas Angélica llegó hasta su lecho, y cayó junto á 
el de rodillas, murmurando una plegaria llena de celeste amor 
y tiernisima gratitud; Angélica daba gracias, derramando dul- 
ces lágrimas, por la felicidad que Dios le habia hecho entre 
ver en medio de sus desdichas y sufrimientos. 




CAPITULO IV. 



IUS d)®8 Ipfvtí©® 



A las cinco de la mañana del dia siguiente, Angélica se 
hallaba ya en pié como tenia por costumbre, aunque dicho 
sea con verdad, esta costumbre le habia sido impuesta por su 
tia, y la pobre jóven, obedeciendo á aquella órden se levan- 
taba del lecho á la madrugada, lo mismo en verano que en 
invierno. 

Después de haber orado con fervor al pié de un crucifijo, 
Angélica arregló su cuartito con presteza; daba gusto verla 
de un lado á otro del modesto aposento, lijera como un 
pájaro, imprimiendo á cuanto objeto tocaba el sello de la 
elegancia y de la ' gracia que suele notarse en las viviendas 
donde mora la mujer poética, hacendosa, y amante del arreglo 
de su hogar, sello de distinción y de gracia, que se advierte 
no solo fcn el gusto con que los muebles están colocados, 
sino hasta en los más insignificantes detalles que se hallan 
al alcance de nuestra vista; con estas cualidades, lectora, la 
vivienda más humilde es agradable y nos seduce por su 
aspecto fresco, ordenado y lleno de gracia. 

El arreglo de su cuartito, lo hacía Angélica precipitada- 
mente, lo mismo que el de su persona; era una falta imper- 
donable para las dueñas de la casa, que la jóven huérfana 
pudiera dedicar ni un cuarto de hora á su persona. 

El traje de Angélica era sencillísimo, de muselina blanca, 
completamente liso; pero con esta misma sencillez la jóven 
estaba más hermosa que nunca, quizá la felicidad que sentía 
por su próxima dicha la hacía respirar otra atmósfera más 
pura y perfumada, prestando esta circunstancia á toda su 
persona una animación hermosa y sonriente. 

Angélica pasó á las habitaciones de su tia y de su prima 
á desempeñar los quehaceres que le estaban encomendados , . 




Marcelina aun permanecía en el lecho. Al ver á su prima 
esclamó: 

— Ya tan temprano emperifollada? 

— Acostumbro á arreglarme temprano, eso ya lp sabes, 
prima, é ignoro á qué llamas perifollos, — dijo Angélica con 
su acostumbrada dulzura. 

— A ese peinado lleno de vueltas y á la coquetería que 
parece notarse en toda tu persona — dijo con ironía Marce- 
lina. 

Angélica sonrió con tristeza; su peinado no podía ser 
más sencillo ; al rededor de una peineta de carei 
enroscaba una gruesa trenza, de los cabellos mas negros 
y hermosos del mundo; la coquetería que Marcelina decía 
notar en el atavío de la huérfana, era la gracia y elegancia 
natural en Angélica, gracia y distinción que Marcelina envi- 
diaba siempre. 

La rencorosa jóven no podia soportar que nadie valiera 
más que ella. 

Comenzó á vestirse, mientras que decía á su prima: 

— No olvides Angélica, que dentro de dos dias estoy invi- 
tada á un gran baile; para esa fecha quiero tener concluido 
mi vestido de gaza azul, y planchada y lista toda la ropa 
blanca que deba ponerme esa noche. 

— Haré lo posible, prima, por satisfacer tus deseos — contestó 
Angélica, dando un suspiro, al mismo tiempo que se desponia 
á penetrar en el aposento de doña Ana. 

— Cómo ! lo posible dices ? 

— El vestido de gaza azul — replicó Angélica con su acos- 
tumbrada bondad — tú quieres que lo borde con hilo de plata, 
y para esto se necesita tiempo, querida prima; ya sabes que 
ni cortado, .está, pues ayer recien compraste la tela. 

— Poco se me dá; he dicho oue lo quiero, y el vestido 
tendrá que estar, lo entiendes i 1 — Marcelina terminó sus pala- 
bras enojada, dando fuertemente en el suelo con el pié. 

Angélica inclinó su cabeza en señal de haber comprendido 
perfectamente. 

— Es necesario que en el acto te pongas á trabajar en el vesti- 
do, dijo doña Ana á su sobrina, — y si es preciso, estarás hasta las 
dos de la madrugada bordándolo, que para algo te tenemos, no 
todo ha de ser holganza. 

Angélica abandonó la estancia con lágrimas en los ojos, 




— 193 — 

no era el trabajo que le imponían la causa de ella, sino el cruel 
tratamiento de sus parientas. 

La habitación destinada para hacer labores, tenía una ven- 
tana á la calle, velados sus cristales por cortinas de muselina. 

Allí penetró Angélica, dirijiéndóse á un ropero de nogal 
preciosamente tallado, sacó de él una pieza de tela finíáínia de seda 
azul ; era la gaza para el vestido de baile de Marcelina. 

Angélica púsose manos á la obra y trabajó por espacio de una 
hora, sin descanso. 

Marcelina acudió á inspeccionar el trabajo que hacía su 
prima, esclamando al verlo : 

— Será necesario, Angélica, poner un centinela de vista para 
que te haga trabajar? pues es adelanto el que has hecho en 
una hora ! no te apresuras, porque no quieres que luzca, eres una 
envidiosa ! 

— Advierte Marcelina, — dijo Angélica impresionada doloro-' * 
sámente por las palabras de su prima — todo lo que he hecho, 
y díme después sino está adelantada la obra ; en cuanto á 
lo que dices que no me apresuro porque tengo envidia, oh ! 
Marcelina, no lo dirías si pudieras ver mi corazón, ajeno á 
toda idea ruin, á' todo pensamiento bajo é innoble; 

Angélica enjugó con su pañuelo las lágrimas que corrían 
por sus mejillas. • * 

- -Es inútil que llores ; no comprendo ese lenguaje de lá- 
grimas, seas ó no envidiosa, poco me importa ; quiero á todo 
trance, el vestido y si necesario fuera coser sin dormir 
para concluirlo, no se se come ni duerme. 

Marcelina avanzó hasta la ventana, arrastró un 1 sillón y se 
sentó en una postura indolente, teniendo ántes el cuidado de 
apartar la cortina que impedía ver la calle. 

Reinó un instante de silencio. 

Marcelina miraba la calle á través de lo^ cristales de la 
ventana. 

Angélica inclinada sobre su labor, había comprimido su dolor, 
por no ofrecer el espectáculo de su pena á los transeúntes 
que indiferentes cruzaban la calle, dirijiendo algunos dé ellos 
curiosas miradas al interior del aposento. 

El silencio fue interrumpido por una esclamacion de satisfac- 
ción por parte de Marcelina, que en aquel instante miraba há^ 
eia la calle con más atención é interes, que ántes. 

i* 




194 — 



• Angélica al oír la esclamacion de su prima habia alzado ma- 
quinalmente la vista, y sin saber porqué sintió que su corazón 
latía apresuradamente. 

En aquel momento pasó por la ventana el autor de aqueUas 
diversas impresiones — Cárlos Albadeoro. 

El joven miró con marcadísimo interés á través de los cris- 
tales de la ventana, y al distinguir á Angélica, una dulce son- 
risa se dibujó en sus lábios, y quitándose el sombrero hizo á 
la joven un saludo respetuoso pero espresiv amente cari- 
ñoso. 

Marcelina se volvió sorprendida á mirar á su prima. 

Angélica encendida como la grana, confusa y trémula por la 
tormenta que la esperaba, se hallaba inclinada sobre su cos- 
tura, sin acertar á dar una puntada, tal era su agitación. 

Marcelina se puso de pié y con acento tembloroso, por una 
sorda y tremenda irritación dijo á su prima: 

— Conoces.. .á ese jóven? 

— Sí ... no ... es decir, de vista solo . . . — balbuceó la jóven 
sin saber que decir. 

Marcelina estrujó el pañuelo de rabia entre sus manos; la 
turbación de Angélica le demostraba que esta conocía al jó- 
ven algo más que de vista. 

— Como, se llama? — preguntó Marcelina con voz sorda, y 
como deseando convencerse, pues ellaMen sabía el nombre del 
jóven. • 

— Creo. . .que Cárlos Albadeoro, — dijo Angélica, tratando 
de serenarse. 

— Sí, efectivamente, así se llama; pero, como es que te 
saluda sin conocerte? 

— Será porque me confunde contigo,- — dijo Angélica ha- 
ciendo' ún esfuerzo superior, pues la pobre jóven .sufría do- 
ble -viéndose obligada á rn^tir. 

— Sí, — dijo ^Marcelina con sequedad — seguramente te ha 
confundido conmigo así pues, te prohíbo que . vuelvas á 
saludarle; vete á trabajar al comedor. 

Angélica aprovechó este permiso para salir de la habita- 
ción y respirar el aire, pues sentía que este le iba faltando. 

Marcelina quedó pensativa por luego rato, y largo escla- 
mó en voz baja. 

— Oh! ella mi rival! ... imposible! ... sin embargo* .forma- 
ré mi plan, y buscaré el medio de humillarla á los ojos de 




— 195 — 



el, y hasta lograre que la desprecie. . .Carlos debe amarme, 
y haré que de otro modo no suceda. 



CAPITULO V 






Han transcurrido quince di as de las escenas que hemos 
narrado. 

Duhinte ese corto espacio, Angélica ha sido una verdade- 
ra mártir; no se le ha permitido ni un momento de descan- 
so; injuriacla y humillada á cada instante la pobre niña sien- 
te quebrantarse su físico ; una delgadez cada vez más estremada 
ha marcado en sü rostro pálido, una espresion melancólica, 
tristísima. 

Marcelina es la causa principal de estos males; la cruel prima 
se goza en martirizar á la infeliz Angélica, y al ver los es- 
tragos que en su físico produce aquel mal tratamiento, una 
sonrisa de triunfo ilumina su rostro. 

Marcelina posee una alma perversa, un corazón despojado 
de toda idea noble, solo tiene en su abono la hermosura de 
su rostro pero, de que sirve esta si no existe la belleza del 
alma? El tiempo destruye la hermosura física, solo los en- 
cantos del alma son inmortales! 

Doña Ana, no hacía menos que su hija para mortificar á 
la infeliz huérfana que ya no tenía fuerzas para llevar sobre 
si todo el peso de aquellos martirios. 

Parece imposible que haya en el mundo seres tan malos, que 
gocen con el sufrimiento de los inocentes! 

Había sido encargada Angélica del cuidado de* toda la casa y 
este aumento de que haceres iba agotando las débiles fuer- 
zas de la pobre niña que ya no podían resistir, ménos siendo 
.humillada é insultada á cada instante. 




— 196 



Eran las nueve de la noche. 

Angélica servía en el comedor de la casa el té para stf 
tía y Marcelina, que en aquel momento se halkban en las 
piezas interiores. 

A poco entró doña Ana, seguida de Marcelina y del pro- 
metido de esta, el joven Enrique. 

—Pon una taza más, — dijo Doña Ana secamente á su so- 
brina. 

La joven obedeció en silencio. 

Enrique contempló á Angélica en silencio pero con inte- 
rés; la pobre niña parecía más alta por lo delgado que se 
hallaba; su tez pálida como la hoja de la azucena, daba á 
su rostro mayor realze, sus bellos ojos llenos de melancolía, 
y arrazados casi de continuo de secretas lágrimas, eran do- 
blemente seductores y atraían por su misma tristeza; eon la 
vista baja como temerosa deque se transparentasen sus hon- 
dos pesares velaban aquellos ojos la tupida red finísima se- 
de que guarnecían sus parpados. 

Sus negros cabellos, se hallaban peinados en dos gruesas 
y apretadas trenzas, que tendidas sobre la espalda descendían 
hasta mas abajo de la mitad de la pollera; su vestido era dé 
lustrina negra, muy sencillo, cerrado hasta el cuello, en el 
cual se veia una finísima puntilla; la severidad de aquel 
traje, de larga falda, realzaba de un modo admirable la 
simpática belleza de Angélica. 

Enrique seguía con la vista á aquella figura casta y her- 
mosa, y su insistente mirada hubo de ser al fin notada por 
Marcelina; esta no necesitaba mucho para estallar, pero tuvo 
la habilidad de sobreponerse y disimular los efectos que le 
causaba*' el marcado ihterés que su prometido demostraba por 
Angélica. ^ 

Las ideas de Marcelina fueron interrumpidas, por la presen- 
cia de un criado presentando á Doña Ana una tarjeta que 
anunciaba una visita. 

— Cárlos Albadeorob — esclamó Da. Ana sorprendida, leyendo 
k tarjeta. 

— Albadeoro! — dijo á su vez Marcelina encendida coíno la 
grana y poniéndose rápidamente de pié. 

— Es estraño, — dijo Da. Ana-^ese joven jamás ha- visi- 
tado nuestra casa. ¿Que objeto le traerá? 

—Recibámosle y lo sabremos mamá; — esclamó Marcelina 




- 19 ? 



agitada, sin darse cuenta del mal estar que esperimentaba 
apesar de las simpatías que sentía por Albadeoro. 

— Angélica! que tiene Vd.? — dijo Enrique en aquel instante 
corriendo hacia la pobre huérfana, que parecía próxima á 
desníayarse, y hacía esfuerzos por tenerse en pié. 

Doña Ana y Marcelina miraron á Angélica con atención 
en los ojos de aquella brilló un rayo de odio y de amenazas; 

— El joven espera... — dijo el criado que había entregado la 
tarjeta á Doña Ana. 

— Hazlo pasar á la sala, y díle que al momento iremos. 

El criado se retiró. 

En el mismo instante, el cuerpo de Angélica hubiera caído 
en tierra á no ser Enrique que la sostuvo en sus brazos. 

La. infeliz joven sé había desmayado. 

— Enrique,— ^dij o Marcelina sin alterarse al parecer por # 
aquella escena — agradeceré que te retires; ese joven que 
espera quizá viene por algún asunto, mamá lo vá á recibir 
y yo tengo que acompañarla así pues, primo, hasta ma- 
ñana^. 

— Pero, — dijo Enrique sorprendido — no vés el estado de tu 
prima? la dejarás sola en poder del portero? 

— Y á tí, que te importa? — dijo Doña Ana, disponiéndose 
á salir— ni yo ni mi hija hacemos caso de las comedias de 
esa farsante. 

— No merece la pena, de ocuparse de ello — dijo Marcelina, 
agregando en seguida: — que desmayo tan casual... já! jáí 
no seré yo la que crea en estas comedias ridiculas, de me- 
lodrama. 

Enrique había depositado á Angélica sobre un sofá; la jo- 
ven permanecía desmayada, pálida como un lirio. 

— Y si vamos á averiguar, cual es la causa de ese desmayo- 
aparente? — prosiguió Marcelina con burlona espresion. 

— Los nervios... — dijo Doña Ana riendo. 

— Oh! — murmuró Marcelina — y sabe lo que hace! pues no 
se ha atrevido á amar á quien de ella no se acuerda! . . . 

Marcelina no sentía lo que decía; una viva sospecha ha- 
bía invadido á veces su imaginación, y hasta llegó á pen- 
sar si Albadeoro tendría por su prima una viva inclinación, pe- 
ro aunque había desechado aquellos pensamientos, por absur- 
dos, suponía que siendo hermoso, rico y lleno de bellas, 
cualidades, no sería su prima la agraciada con su amor, sin 




— 198 — 



embargo, el desmayo de Angélica éxito su atención, pero pudo 
no obstante disimular. 

Enrique se retiró, saludando á su tía y á su prima con 
bastante sequedad. 

Doña Ana llamó al portero, que era un buen anciano é 
indicándole con un gesto á Angélica, salió de la habitación 
seguida de su hija. 

Penetremos ántes que ellas, en el salón donde espera el joven 
Cárlos Albadeoro. 

Era este un bello tipo, contaría como 24 año; de regular 
estatura más bien alto que bajo, sus maneras distinguidas 
y elegantes, su rostro de una belleza varonil perfecta, su cutiz 
lijeramente morena; su perfil del más puro dibujo, su frente 
alta y regularmente espaciosa, sus ojos grandes, negros, de 
espresivo y franco mirar, sus cabellos castaño oscuro, lijera- 
mente' ondeados, y por último, un gracioso bozo que som- 
breaba su lábio superior, completaban los detalles de aquel 
rostro viril y seductor. 

Nos place decir, que el alma de Cárlos Albadeoro era tan 
bella como su rostro y como toda su persona. 

Creado entre la mejor sociedad, sus modales eran distin- 
guidos, su trato dulce y afable; de ideas elevadas, estaba 
dotado de una gran erterjía y valor moral; la cultura de su 
lenguaje, y la rectitud de sus actos, todo hacía de él un ser 
noble, de una moral y físico inestimable. 

Tal era, el que por dicha amaba á Angélica, y que se 
hallaba en aquel instante en casa de Da. Ana de Soldevilla. 

Da. Ana y su hija penetraron en el salón. 

Albadeoro púsose de pié, é inclinándose lijeramente ante las 
dos señoras, les hizo un saludo digno y respetuoso. 

Doña Ana ocupó el asiento de preferencia en el sofá, 
Marcelina uno de los sillones de los costados y Albadeoro el 
otro que se hallaba al frente de esta. 

En jaquel instante Marcelina se hallaba más hermosa que 
nunca: su vestido celeste pálido, guarnecidos de encajes blan- 
cos, su garganta de hermosísima forma, se ofrecía á la vista 
desnuda de todo adorno; las blondas que cubrían su alto 
seno se confundían por su blancura con el color de su tez 
de azucena; sus torneados brazos de una redondez admirable, 
estaban descubiertos hasta el codo, una pulsera de oro ceñía 
su brazo izquierdo, sus manos pequeñísimas y de un dibujo 




199 — 



precioso descansaban entrelazadas sobre su falda, ostentando en 
sus pulidos dedos anillos de gran valor; llevaba el 
cabello levantado hácia arriba y al descuido, sujeto con 'una 
peineta de oro, algunos rizos dejados sueltos con intención, 
jugueteaban ora sobre su espalda, ora sobre su nacarado seno; 
Marcelina sabía que era bella, y al realzar sus encantos, lo 
hacía con la coquetería intencionada de la mujer voluble, 
alegre y despreocupada de las leyes del pudor; no ignoraba 
esto, y por eso impregnaba su sonrisa de voluptuosas esen- 
cias, su boca húmeda, coralina y sonriente, se entreabría con 
lánguida suavidad, dejando ver á través de ella sus dientes 
pequeños, blancos y nacarados como una doble hilera de 
perlas. 

Todos estos provocativos encantos, no impresionaron á 
Albadeoro, dirijió á la jóven algunas galantes palabras, pero 
llenas de fría indiferencia, y hasta casi con despreciativo 
desdén. 

— Señora, — dijo Cárlos, dirijiéndose á Da. Ana, después 
de los cumplimientos de estilo, indispensables entre personas 
de buena sociedad — estrañará Vd. mi visita como es natural, 
pero- ella tiene,. un Objeto para mi de la mayor importancia, 
pues de él depende mi felicidad futura. 

Albadeoro se detuvo. 

Da. Ana se inclinó sin saber que decir. 

Marcelina palpitante, parecía esperar con ánsia las palabras 
del jóven. 

— Señora, — prosiguió este — tiene Vd. una sobrina á la 
cual amo con intensidad ; me sedujó en ella á primera 
vista su belleza, pura y modesta, luego la noble hermosura 
de su alma angelical, de su corazón virgen, cualidades de 
valor inestimable, que unidas á su belleza hacen de ella, el 
ser que yo me forjé en mi imaginación, y la que mi cora- 
zón elije por compañera; ahora bien señora, el objeto de mi 
visita es el de pedir á Vd. la mano de su sobrina, la seño- 
rita Angélica. 

Calió el jóven esperando la respuesta. 

Desde sus primeras palabras, Marcelina había palidecido, 
su seno se ajitaba á impulsos de los desordenados latidos de 
su corazón, y sus lábios, hasta entónces entreabiertos por una 
tentadora sonrisa, temblaron lijeramente como ajitadas por la 
tempestad que se había levantado en el fondo de sú cruel V 
vengativo corazón, 




— 2Ó0 — 



Su£ sospéchas no le habian engañado. 

En cuanto á Doña Ana, sorprendida, al principio no supo 
qüe. contestar pero serenada luego, dijo al jóven con acento 
tembloroso por una sorda irritación y gran despecho . 

’ -^Ah! es á mi sobrina á quién V. ama? oh! no le alabo 
el gusto! 

— Señora! dijo Albadeoro indignado. 

— Oh! caballero, — prosiguió la viuda — Angélica no merece 
tal distinción, es una muchacha que no tiene cualidades para 
ser querida, a más es pobre, muy pobre, pues sus pa- 
dres la dejaron en la miseria, y yo tuve... 

. —Sé que Angélica es pobre, — dijo Albadeoro interrum- 
piendo á Doña Ana con altivo acento — pero yo poseo una 
gjran fortuna, y esta será toda de ella; amo las cualidades 
morales de Angélica, ó nada me supone que sea pobre 
ó rica. 

— Acaso la ha tratado Vd. para conocerla? — preguntó con 
ceño adusto la viuda. — Señora, permitame que le diga, que 
al dar este paso es porque sé lo que vale su sobrina de 
Vd. — -dijo el jóven con dignidad. 

—No lo sabe Vd. — insistióla viuda — y la prueba de ello 
es que la pide por esposa; sí la conociera huiría, de ella 
porque es una envidiosa, una holgazana de ruines pensamien- 
tos. y de maneras vulgares é incultas... 

Cárlos se puso de pié con el rostro encendido de indigna- 
ción y esclamó reprimiéndose. 

— Repito á Vd. que al solicitar la mano de Angélica, sé 
perfectamente la compañera que elijo para compartir con ella 
mi existencia; me niega Vd. Señora la mano de su sobrina? 

— No caballero, — dijo Doña Ana, haciendo también un 
esfuerzo por contenerse su despecho — no lo niego á Vd. la 
mano de Angélica, todo lo contrario, le doy á Vd. las gra- 
cias porque me libra de ella! ^ 

Marcelina que había permanecido en silencio, y como pe- 
trificada; al escuchar á su madre aquellas palabras, la miró 
con marcadas muestras de irritación y enojo: Doña Ana le- 
yó su pensamiento, y comprendió que Marcelina condenaba 
la aprobación que acababa de dar; pero, ya era tarde para 
volver atrás. 

-t G racias, Señora, — dijo Cárlos, inclinándose lijeramente, 
dentro de quince dias Angélica será mi esposa. 




Se despidió con frialdad de Doña Ana y de su hija, y 
con digno continente abandonó la sala. 



CAPITULO V. 



_ L* patera® y ©C gi\dtan B 



Doña Ana y Marcelina se miraron en silencio. 

—Mamá, tu no has debido concederle á Albadeoro la ma- 
no de Angélica — dijo Marcelina con autoridad. 

— Tienes razón, — contestó Doña Ana sin llamarle la aten- 
ción el tono de su hija — pero, por un lado nos hace un 
bien' con librarnos de la presencia de esa muñeca. ^ 

— r-Oh! es que yo no quiero que se case! —dijo Marcelina 
con los ojos chispeantes de enojo-^nó, nó se casará, porque 
sabré evitarlo; yo quiero por esposo á Carlos y no puedo 
permitir que Angélica se una á él. 

Doña Ana, que no sabía manejar á su hija ni corregirla, 
se encojió de hombros y dijo: 

— Haz lo que quieras, verdaderamente que esa muchacha, 
tiene suerte, quién es- ella para merecer un hombre como 
Albadeoro, tan hermoso como rico? 

— Oh! no se casarán! — murmuró Marcelina dirijiéndose 
seguida de su madre al aposento donde había quedado 
desmayada Angélica. 

La hermosa huérfana, había ya vuelto en sí, gracias á 
los cuidados del anciano portero y de la mujer -de este, qué 
vivía contigo á la casa de Doña Ana, y que había acudido 
al llamado de su marido. 

—Angélica, — dijo Marcelina con duro acento — retírate á 
tu cuarto, y no vuelvas á ponerte ante nuestra presencia has- 




— 202 



ta que así se te ordene; Cárlos Albadeoro acaba de pedir mi 
mano, para acercarse á mi te enamoraba á tí; el chasco ha 
sido grande! 

Ahora que vá á ser mi esposo, yo sabré que he de hacer de 
tí; vete á tu cuarto, y cuidado con salir de él! 

Angélica desde que empezó á hablar, Marcelina, habia 
abierto desmesuradamente los ojos y luego, al escuchar al 
últimas palabras de su prima, llevó una mano á su cora- 
zón y exhalando un jemido desgarrador, cayó nuevamente 
desmayada. 

Una sonrisa de triunfo se dibujó en los lábios de la cruel 
y pérfida Marcelina. 

Doña Ana, habia contemplado todo aquello, verdaderamen- 
sorprendida, sin darse cuenta del propósito de su hija; pero 
nada dijo, y ni siquiera se conmovió ante el dolor 
inmenso que se retrató en el rostro de la infeliz Angélica. 

El portero y su mujer condujeron á la huérfana á su 
cuartito y depositándola en el lecho, le hicieron aspirar algunas 
esencias, consiguiendo hacerla volver en si en pocos mo- 
mentos. 

Angélica se incorporó en el lecho, y pidió que la dejaran 
sola. 

Cuando la joven se vió libre, corrió á la puerta y la. 
cerró por dentro, y luego cayendo de. rodillas prorrumpiendo en 
hondos y desgarradores sollozos. 

Angélica amaba á Cárlos con el amor purísimo é inmenso 
del alma, doblemente intenso por ser el primero; — la pobre 
•niña sensible y tierna, había cifrado toda su ventura en 
que el afecto. Pura é ingenua, en sus .oraciones pedíale á. 
Dios por la felicidad de Cárlos, y así mismo porque no le 
faltase nunca ese dulce cariño que la hacía gozar en me- 
dio de tantos dolores; al oii^de los lobios de su prima las 
crueles frases que la hirieron en lo íntimo del alma, Angé- 
lica sintió un dolor terrible en el corazón, como sí este se 
lo arrancasen de raiz, la vida pareció escapársele, un estreme- 
cimiento poderosísimo agitó todo su ser, y en el gemido que 
exhaló, parecieron huir todas sus ilusiones, toda su ventura... 

Al- desahogar su corazón, vertiendo raudales de lágrimas, 
las reflexiones acudieron á la mente de la pobre huérfana, y 
junto con ellas renació la esperanza; era imposible que Cár- 
los la hubiera engañado, era incapaz de una acción tan in- 




— 203 — 



digna, Clara su dulce amiga, le había asegurado una y mil 
veces, la belleza de sentimientos que adornaban el alma da 
aquel joven; Angélica amaba á Cárlos, y por felicidad se 
resitió á creer lo que habia oido; Marcelina quizá, pensábala 
jóven, ha obrado impulsada por algún mal pensamiento, no 
vacilando en calumniar á Cárlos y hacerla sufrir á ella de 
la manera más horrible. 

En medio de estas ideas, Angélica deseaba ver á su amiga 
Clara, su corazón aflijido anhelaba desahogarse en ella, en 
Clara que era su confidenta, su hermana más que amiga . 

Angélica se levantó y caminando de puntillas, se acercó á 
la ventana y abriéndola silenciosamente, miró al jardin de 
Clara, pero en el mismo instante, ahogó un grito que se iba á 
escapar de su pecho, no tan á tiempo como quizo, pues 
fué notado por las personas que estaba en el jardin, las cua- 
les habian sido causa de la sorpresa de Angélica. 

Razón tenía la jóven en sorprenderse, y natural era la 
agitación que se apoderó de ella. 

En el jardin se hallaba Clara, su padre, y . . . Cárlos Al- 
badeoro! 

Clara al ver á su amiga corrió hácia la ventana, pero Cár- 
los se adelantó llegando primero que ella. 

Angélica confusa, temblorosa iba á cerrar la ventana, cuan- 
do Cárlos esclamó: 

— Un momento, Angélica, permíteme un solo instante! 

Al escuchar aquella voz tan querida, Angélica sintió que 
las fuerzas le faltaban, quizo hablar y no pudo, y sin poder- 
se sostener, cayó de rodillas junto á la reja, y cubriéndose 
el rostro con las manos prorumpió en sollozos. 

— ¡Angélica! ¡Angélica! — dijo Albadeoro con absorta y con- 
movida voz — Oh! di porqué lloras? . . . 

Clara se acercó á su amiga, y . esclamó & su vez : 

— Mi amada amiga, qué te pasa? aquí está tu hermana, la 
compañera de tus penas y alegrías! 

Angélica pasó sus brazos por la reja, y atrasó así á Clara, 
y sin cesar de vertir lágrimas murmuró al oido de su amiga 
algunas palabras. 

— Cómo! — esclamó Clara, con el rostro’encendido por la indig- 
nación, eso te han dicho? Oh! qué infamia! 

— Angélica, por Dios! — dijo'Cárlos con triste acento — ¿porqué 
me niegas la mirada de tus ojos? no soy digno de tumor?, , . 




m — 



“ Oh! Cárlos,— esclamó Angélica, con un acento indescrlp* 
tibie — perdóname el que haya dudado de tu cariño! 

— Dudar! qué dices, Angélica? ... preguntó Albadeoro co- 
jiendo una mano de la jóven y entrechándola con amor. 

— Cárlos, — dijó Clara — tu debes sacar cuanto antes, de esta 
casa á Angélica! 

— Oh! sí, dentro de quince dias será nuestro enlace, se lo 
dije así á su tía. , . 

— Lo oyes? — murmuró Clara al oido de su amiga. 

— Sí, lo oigo, pero nunca pude imaginarme que Marcelina 
fuera tan mala! 

— Acaso. . .repuso Cárlos. 

— Por mortificar á Angélica, — interrumpió Clara sin dejar 
concluir su pensamiento á Cárlos — Marcelina le ha dicho que 
habías ido á pedir su mano, y que tú, todo este tiempo ha- 
bías estado engañando á Angélica, con el tin de acercar- 
te quizá á Marcelina, 

— Qué maldad! El objeto de mi visita, ha tenido por causa, 
Angélica amada, el de pedir tu mano á tu tia ; ésta, después 
de mil pretestos indignos, me ha otorgado su consentimiento, 
y dentro de quince. dias más serás mi esposa, ante Dios y los 
hombres, pero . . . ¿porqué has dudado de mí? . . . 

Una. mutua mirada de puro é inmeso amor trasmitió de uno 
á otro el perfume de aquellas dos almas, tan grandes y nobles. 

Clara sonrióse con alegría, al ver ya disipada las sombras 
de- dolor del rostro encantador de Angélica, y con discreción 
apártose de la ventana, con pretesto de hablar dos palabras 
á su padre, que á una distancia esperaba á la jóven. 

Cuán ajenas estarían Doña Ana y la cruel Marcelina, de 
que en aquel momento Angélica era la mujer mas feliz del 
mundo! 

El divino Dios no había perrfíítido que el dolor se ensa- 
ñara en el puro y hermoso corazón de Angélica, y en recom- 
pensa de los momentos de amargura pasados, la jóven dis- 
frutaba ahora una dicha que bañaba su espíritu de perfumes 
y de armonías. 




- 205 — 



CAPITULO VI. 



La ©tttuMitía,, 



Al dia siguiente, Doña Ana y su hija no permitieron que 
Angélica saliera de su habitación, ordenándole que permane- 
ciera en ella hasta' nueva determinación. 

Marcelina estrañó sobremanera la tranquilidad y ha’sta ale- 
gría que se advertía en el semblante de' Angélica, y descon- 
fiando determinó vigilar á la joven sin dar muestras de ello. 

En aquellos dias Da. Ana había tomado una criada á su 
servicio. Querían evitar la presencia de Angélica que les era 
del todo molesta. 

Angélica se felicitaba de no tener que' salir de su habita- 
ción; así podría hablar todo cuanto quisiera' con su amiga 
Clara. Cárlos no volvería al jardín porque asf ’se lo habíá 
pedido Angélica y el jóven, por evitar nuevos disgustos ha- 
bía prometido obedecer, aunque pensando en su ! interior pe- 
dir permiso á Doña Ana para visitar en su casa hasta el dia 
fijado para el enlace. 

Habiendo pasado Angélica parte de la noche anterior . en 
dulce plática con su amiga Clara, ai dia siguiente deSpues de 
haber almorzado en su habitación, sintióse rendida - por el sue- 
ño quedándose dormida en un sillón. 

Transcurrieron breves instantes . . . La puerta de la habita- 
ción de Angélica se abrió cautelosamente apareciendo en ella 
la figura de Marcelina ... 

Esta avanzó, y aproximándose á su prima se inclinó sobré 
ella, llamándola por su nombre. 

Angélica no respondió. Su sueño era profundo. 

Marcelina vacilo. . . Temía ser descubierta / . . Era necesario 
sin embargo, aprovechar los momentos. 

Introdujo en el bolsillo del vestido de supriihaün 1 Objeto 
que había traído oculto, y luego 1 de puntillas ¿alió ’de la ha- 




— 206 — 



bitacion sin que Angélica despertára de su sueño . . . 

Al salir Marcelina, sorprendió junto á la puerta del apo- 
sento á la criada que parecia observar. 

La jóven se estremeció, lanzando una mirada amenazado- 
ra á la doméstica. Esta inclinó la cabeza y se alejó lenta- 
mente. . . 

Llegó la noche de aquel dia. 

Era la hora más deseada por Angélica. De dia fácil sería 
que descubriesen la amistad que mediaba entre ella y Clara. 

Aquella noche fatalmente, Angélica olvidó de cerrar por den- 
tro la puerta de su cuarto. 

La habitación estaba á oscuras, y Angélica se hallaba en 
la ventana conversando con Clara. Hacían dorados proyectos 
para el porvenir, revistiéndolos con los sonrosados tintes de 
sus ilusiones y poéticos sentimientos. 

Media hora próximamente haria que las dos jóvenes se ha- 
llaban tan dulcemente entretenidas, cuando Angélica creyó 
percibir un lijero ruido en la puerta de su cuarto. . . Prestó 
el oido volviendo á escuchar el mismo sonido; la jóven se 
estremeció é inclinándose hácia su amiga Clara comunicóle sus 
temores, en el mismo instante en que aparecía en el jardin el pa- 
dre de ésta. . 

Clara se dispuso á retirarse, pero ántes un mutuo y cariño- 
so beso de despedida resonó levemente en la habitación. Al 
mismo tiempo- que- esto sucedía, y que Angélica se disponía 
á cerrar la ventana, la puerta se abrió bruscamente aparecien- 
do Marcelina, Doña Ana, Enrique y una amiga de aquella. 

La criada los seguía con una lámpara en la mano, cuya 
luz iluminó todo el aposento. 

El terror que sobrecojió á Angélica no le permitió mover- 
se, y -quedó coma clavada exactitud de cerrar la ventana; 
Marcelina corrió á esta, la abrió, y llamando á. su ma- 
dre á Enrique y á la amiga, testigos también de aquella es- 
cena, esclamó : 

— Venid! venid!... véd! el Origen de la alegría de esta bri- 
bona ! 

( La claridad de la luna iluminaba de lleno el jardin, y a T 
estremo de una calle Marcelina percibió la figura de un hom- 
bre que se retiraba. 

Era el padre de Clara que .seguía á su hija. Bastó ver la 




figura de un hombre en el jardín para que Marcelina comple- 
tara en el acto el plan que se había formado. 

— Nos han sentido! . . . — dijo Marcelina señalando 1 con la ma- 
no estendida, la sombra que se alejaba. 

— Con qué tienes citas en la reja- de tu cuarto, con tu aman- 
te?— preguntó Doña Ana furiosa, á la infeliz Angélica que 
había caido de rodillas. 

— No señora!... dijo la huérfana entre sollozos— juro á Vd. 
que no es un amante, es una mujer... 

— Já! já! — Marcelina soltó una carcajada esclamando — una 
mujer!... Nos creerá tontos?... Al penetrar en este aposento 
he oido distintamente un ruido que no se confunde con otro.. . 
producido por el rozamiento de dos lábios... 

— Un beso! — repuso Da. A na escandalizada. 

— Un beso, si — dijo Angel ca con enerjía y poniéndose 
de pié— pero juro que era dado á una mujer, á una amiga*!... 

— A una amiga... y quién es esa amiga, señorita? — preguntó 
Da. Ana con el entrecejo contraido. 

Angélica guardó silencio... Recordó que su amiga habíale 
pedido que jamás dijera nada respectó á la amistad que las 
unía. 

— Guardas silencio!... luego es cierto lo que yo digo. Es 
un amante y no una amiga? yo he visto la sombra de un 
hombre! — dijo. .Marcelina cerrando la ventana con estrépito. 

Oh! y eres - tu la virtuosa, y honrada señorita mogigata? 

— dijó Da: Ana acercándose amenazadora á la infeliz Angé- 
lica— No te he prohibido siempre terminantemente» que jamás 
abrieses esa ventana?... Era por aquí que veías y . hablabas á 
Albadeoro? - . • 

— Oh! tia! por piedad? no me hagais acusaciones •tan- ca- 
lumniosas!... -Os diré con quién . hablaba... Mi amiga • me lo 
perdonará... descubro el secreto para defender mi reputación... 
Oh! sabed que era Ciara la hija de nuestro vecino la que 
conversa conmigo por esa reja... 

— Yo he visto la sombra de un hombre ! 

— Era su padre... .esclamó Angélica angustiada. 

— Mentís!... — dijo Marcelina — era vuestro amante... Soisla 
.muger más -indigna! 1 - 1 ; • . 

— Si, indigna, una miserable — dijo Da. Ana acercándose á 
su sobrina, — que no debe permanecer más en esta casa por- 




— 208 — 



que la mancharía con su persona; ahora mismo saldréis de 
esta casa ! 

— Tia! compasión! — esclamó Angélica aterrada y vertiendo 
lágrimas de dolor y desesperación — soy inocente, lo juro! 

— Mentís! Mentís! — gritó Da. Ana, poniendo sus manos 
sobre Angélica — salid de mi casa, miserable reptil... tu vista 
me repugna! 

- -Ved como no la acusaba en vano ! — esclamó Marcelina . 

Enrique y la amiga de Marcelina habian presenciado aquella 
escena en el mayor silencio; estaban sin embargo de parte de 
los dueños de casa, y dirijían á la pobre Angélica miradas 
de burla y de desprecio. 

La huérfana quizo implorar de nuevo la clemencia de 
sus crueles parientes, pero todo fué inútil. 

Con paso vacilante se dirijió á su lecho y recogiendo un 
pañuelo caido junto á él se cubrió, disponiéndose á salir no 
sm antes dirijir una mirada bañada en lágrimas al crucifijo 
que se veía á la cabecera. 

Marcelina corrió hácia Angélica y arrancándole eí pañuelo 
de los hombros le dijo: 

— Saldréis de casa con lo puesto, nada teneis aquí que sea 
vuestro ! 

— Con lo puesto la recojí ! — agregó Da. Ana con hiriente 
espresion. 

—Tia! — esclamó Angélica con acento desesperado — porqué 
tanto ultraje? que mal os he hecho?. . . 

— ^Bien lo sabéis, no debeis pedir esplicaciones ! Salid 
de aquí... 

—Esperad! esperad!— esclamó Marcelina— es necesario re- 
gistrarla ántes que abandone esta casa! 

-—‘Registrarme! — dijo Angélica dando un paso atrás con 
indignación. 

.—Si, sois capaz de todo!... 

Marcelina echó mano al bolsillo de la huérfana mientras 
esta sin oponer resistencia lloraba hasta desfallecer. 

La perversa Marcelina dió un grito de aparente sorpresa* 

Todos fijaron en ella sus ojos. 

Del bolsillo de Angélica había sustraído una pequeña car- 
tera que llevaba las iniciales de Marcelina. 

— Mi cartera!— murmuró está— <- no os decía! 

Y abriendo la cartera sacó de ella tres monedas de oro^ 




— 209 — 

— ladrona! salí! de esta casa — esclamó Doña Ana ciega 
de ira. 

— Salid!., salid!.. — dijeron todos con los rostros alterados. 

Angélica abrió desmesuradamente los ojos y contempló á 
todos con espanto. Miró la cartera que se veía en manos de 
Marcelina y murmuró trémula: 

— Ladrona... yo ladrona... oh! madre mia!... 

La desventurada huérfana se apoyó contra la pared para 
no caer al suelo, y llevándose las manos á la frente esclama 
agitada: 

— Dios mió!... estaré loca!., será cierto!... 

Aquel intenso dolor no conmovió aquellos malvados corazones. 

— Qué esperáis?... esclamó Da. Ana — salid!... id futura mi- 
llonada en busca de quien os quiera brindar su apoyo!... No 
quiero teneros en mi casa ni un minuto más! idos!... idosfc/ 

—Si, — dijo Marcelina á su vez — salid pronto.., y agradeced 
que no os enviemos ála cárcel !..- 

Angélica lanzó un gemido, y loca de dolor, desalentada se 
lanzó fuera de la habitación encontrándose luego en la calle. 

Eran las once de la noche, la calle estaba solitaria, Angé 
lica dirijió en torno una mirada angustiosa, y ahogada por 
las lágrimas elevó al cielo sus ojos exclamando: 

— Madre! ... madre! vé lo que hacen con tu inocente hija!... 

Dios santo dame fortaleza y escúdame con tu 'amor de 

los peligros que me rodean! . . . 

Angélica tuvo que apoyarse contra la pared, porque sentía 
que las fuerzas le faltaban. 

En aqueí momento dos sombras doblaron la esquina de la 
calle y aproximándose rápidamente á Angélica, — una de ellas 
esclamó abrazando á la abandonada huérfana: 

— Angélica! .. .Angélical . ..ven con nosotros, nuestra casa 
será la tuya todo lo hemos oído por la ventana.... Ven herma- 
na mia!... 

— Clara! .. .murmuró Angélica apoyando su cabeza sobre el 
seno de su amiga, y dando un paso, quiso seguirla, pero 
perdió el conocimiento y cayó pesadamente en los brazos de 
aquella y de D. Luis, que era el que acompañaba á la jóven. 

Padre é hija trasladaron á su casa como 'mejor pudie- 
ron á la inanimada Angélica, prodigándole los cuidados más 
esquisitos. 




— 210 - 



Mientras tanto, Marcelina en su casa se decía: 

— Está dado el golpe; por la vigilancia que he ejercido las 
tioches anteriores á esta; sé que Angélica con quién conver- 
saba era con Clara la hija del vecino. Las apariencias sin 
embargo la condenan... Oh! y el robo aparente de la cartera!... 

Mi idea ha sido feliz!... nadie lo sabrá... t ácil ha sido acri- 
minarla; nuestra reputación y buen nombre nos dictaba obrar 
como lo hemos hecho, no podíamos tener en nuestra casa 
una mujer indigna que nos desacreditase; perféctamente, toda 
va bien, he cuidado de tener testigos; estos se encargaran de di- 
vulgar lo ocurrido, Cárlos Albadeoro despreciará á Angélica 
considerándola como una mujer criminal que á mas de robar 
á sus parientes se permite tener citas por la reja con sus 
amantes. 

La pérfida Marcelina ignoraba que Albadeoro era íntimo 
amigo de la casa de Clara, y que sabía perfectamente con 
quien hablaba Angélica por la ventana de su aposento. 

Sin embargo, Angélica era arrojada de la casa de sus pa- 
rientes envuelta en las redes de una acusación infamante. 

¿Qué sucedería? 

La opinión pública no tardaría en señalarla como una 
criminal.... 

Aquella niña, toda pureza y virtud sería una presa inde- 
fensa que la calumnia se encargaría de, destrozar!... 

El mundo culpa y no analiza. 

Reprocha y no educa. 

Oh! lectora querida, que terrible es la calumnia!... 

Creo mas preferible una y mil veces la muerte á los efec- 
tos mortíferos de la calumnia negra y miserable. 

¿Qué mayor dolor y más terrible golpe para una virgen 
pura, para una niña honrada, virtuosa y angelical que la 
cálumnia la manche con su^bab i inmunda haciéndola apare- 
cer como una mujer criminal, siendo modelo perfecto de la 
virtud y de la pureza? 

¿Qué golpe má^ atroz, que dolor más desgarrador; para 
un padre de familia, honrado, laborioso, recto y pundono- 
roso, incapaz de la más leve acción de reprobación, que se 
le tache de ladrón, de falsario, asesino, y otras acusaciones 
infamantes lanzadas por la calumnia vil? 

Hablando de la calumnia, mal que envenena h sociedad 




~ 211 - 

éon su mortífero aliento, dice un escritor francés [i] en una 
de sus obras: 

«La calumnia es la única cosa que se hace en este mun- 
do gratis y sin interés. Hay en el corazón humano un ins- 
tinto maligno y daniño que nos inclina á creer con más fa- 
cultad lo malo que lo bueno. De ahí nace esa especie de 
ayuda, de apoyo, de auxilio tácito y mútuo que se dá ma- 
quinalmente á la propagación de una mentira. Por ese me- 
dio, la calumnia está en todas partes, y el calumniador en 
ninguna: nunca se encuentra un traidor de melo-drama tan 
sándio que asegure públicamente una impostura real y posi- 
tiva, que puede desvanecerse con un bofetón ó por medio de 
los tribunales; eso no: ni en la sociedad se dice nunca una 
cosa que no ha sucedido, pero se dice de otro modo como ha 
pasado, desfigurándola, alterándola en su esencia, ó en sus por 
menores, y la malignidad. De manera que, gracias á la ig- 
norancia á la tontería y á los chismes de sociedad, la verdad 
más limpia y mas clara pasa inpersetíble al estado completa- 
mente mentira. 

« Los verdaderos culpables no son los enemigos que nos 
atacan ; ese es su oficio y lo hacen en conciencia ; los culpa- 
bles son los amigos que no nos desfienden, que callan, y nos 
abandonan ; y ¡ estos son los amigos ! ¡ Callan ! . . . y- á eso se 
reduce su valor ! ¡ Callan cuando los demas gritan ! . . . pues 
¡ vive Dios ! i Cuando ruge la tempestad es cuando debe al- 
zarse la voz! » 

Perez Escrích, en su bella obra ía calumnia , dice : 

«La calumnia es un defecto ó vicio universal: 

Por do quiera que imprime el hombre sus huellas, est:en- 
de la calumnia su emponzoñado aliento; y con la mayor buena 
fé del mundo, y con los hipócritas atavíos de la compasión, 
se introduce en el seno de las familias causando á veces des- 
gracias irreparables, dramas terribles. 

Por desgracia, en la sociedad, el hombre se ocupa más de 
la paja que mira en el ojo ajeno, que de la viga que lleva 
en el suyo. 

La sonrisa que una mujer amable dirije á -un amigo de 
confianza, suele ser muchas veces comentado por un tercero, 
que en su oficiosidad le dá una intención torcida; y no es 
estraño que al contar aquella sonrisa á un amigo emplee cier* 



(1) Eugenio écríbe, 




— 212 - 

tos puncos suspensivos, que éste convierte en sustancia, aña- 
diendo algunas frases más de su cosecha, y así sucesivamente, 
corre de boca en boca, llega á convertirse en una historia ca- 
lumniosa, que deja una mancha indeleble en la honra de aque- 
lla que ha tenido la desgracia de inspirarla. 

— Fulano ya no se casa con Fulana. 

¿ Por qué ? 

— Psht!....Es un misterio. 

Este.j psht ! .... es una calumnia; es la partícula donde co- 
mienza la bola de nieve, es el punto roto de la media, es, en 
fin, la picadura del cínife venenoso, que se convierte en úl- 
cera. * 



CAPITULO VII. 



T>#a todas, (La dloto y *0 daspaoto 



Sigamos ahora nuestra interrumpida historia; penetrando en 
casa de Clara donde se hallaba Angélica, desde que sus 
parientes cometieron la villanía de arrojarla de su casa te- 
niendo conciencia de su inocencia. 

Angélica había sido trasportada á casa de Clara en un 
estado lamentable; la fiebre l^devoraba, y terribles convulsiones 
nerviosas la postraban cada vez más. 

Clara, con una solicitud tan cariñosa como la de una her- 
mana ó de una amorosa madre, no se apartaba ni un momento 
de su amiga. 

D. Luis, padre de aquella, hizo llamar un médico, de los 
más afamados, y bajo un enérgico tratamiento estuvo Angélica 
luchando entre la vida y la muerte por espacio de quince 
dias. 

Al cabo de aquel tiempo la pobre niña, comenzó su co n ^ 




- £13 — 



valescenda, teniendo el consuelo inefable de contemplar ¿ su 
lado á Cárlos Albadeoro su prometido, á Clara sú mejor 
amiga y á D. Luis el padre de ésta . Angélica ve en tomo 
una familia qüe considera como suya, tal es la intensi- 
dad de sus afectos ^fnceros y mutuos. D. Luis es para la 
pobre niña un amoroso padre, Clara una dulce tierna 
hérmana, y Cárlos, el futuro compañero de su vida, el amoroso 
sófctén que Dios le concede para dicha suyá. 

Todos se afanan por hacer olvidar sus penas á la virtuosa 
huérfana. 

Albadeoro quiere apresurar el dia de sus bodas con Angé- 
lica para dar ún mentís á las calumnias que empiezan á 
correr, debido á las intrigas de Marcelina y de su mádre. 

Se ha señalado la época del casamiento de Clara con el 
jóven Ricardo Prado para de allí á auince dias y tráta$p de 
efectuar al mismo tiempo el enlace de Angélica con Cárlos. 

La convalescencia dé Angélica es r apida, y ésto favorece 
los deseos de todos. 

Clara añhela que su atüiga cambie dé estado el mismo dia 
que ella; todos igualmente lo desean. 

Albadeoro ha preparado una préciosa casa para su futura 
esposa, álhajada con gusto y elegancia. 

Clara debe de seguir viviendo en el mismo hogar que la 
víó nacer, su pádre anciáno, necesita de su compañía, y como 
la casa es cómoda, los dos esposos la habitarán en compañía 
de D. Luis. 

Los dias corrieron con increible rapidez, y llegó por fin 
el señalado para la celebración de los dos casamientos que 
iban á efectuarse en casa de D. Luis. 

Marcelina y Da. Ana, satisfechas de su ruin conducta, igno- 
rando las causas que habían motivado la demora del casamiento 
dé Angélica, suponían que los tiros de la calumnia lanzádos 
por ellas de Continuo, habían operado en el ániirio de Alba- 
deoro la deseada transformación. 

Pero hiriólas mortalmente lá noticia de que Angélica y 
Cárlos se casaban, y en la misma noche que Ciara y Ritárdo 
Prado é 

, El despecho fue tan grande, que Maf Celina esclamó : 

' — Oh! no les daré el gusto de que se gocen en mi derrota, 

yO también me casaré ! 




— 214 — 



Enrique fue entonces noticiado, de que Marcelina accedía 
á darle su mano en la siguiente semana. 

Los preparativos se hicieron á vapor, y Marcelina se unió 
á su primo Enrique la misma noche que^Clarq y Angélica á 
sus prometidos. * ■ V ~ 

Clara y Angélica se presentaron en los salones idéntica- 
mente ataviadas; vestidos de razo, blancos* de largas faldas 
elegantemente adornados de azahares y blondas; de sus bellas 
cabezas pendían mantos de tul bordados de plata* descen- 
diendo en graciosas ondulaciones. 

Ambas amigas era hermosas, pero aquella noche lo esta- 
ban doble; la dicha que les sonreía animaba sus facciones, 
haciéndolas doblemente encantadoras. 

Haremos notar que Clara era de gran parecido á Angéli- 
ca; muchas personas que no las conocian suponian fuesen 
hermanas; aquella estraña casualidad, parecía contribuir á que 
las dos amigas se amaran como verdaderas hermanas. 

En medio de su dicha, una nube de profunda tristeza cu- 
bría de sombras la frente de Angélica; recordaba las cruelda- 
des é injusticias de sus parieptas. 

Sin embargo, la providencia divina que vela siempre por 
los buenos, había de revindicar á la faz de todos la inocen 
cia de Angélica. 

Aquella misma noche corrió de boca en boca un suceso 
ocurrido en casa de Marcelina, en la mañana de aquel dia. 

Parece que la criada que habia tomado Doña Ana para librarse 
de la presencia de Angélica, habia hecho el propósito de hacer 
relaciones de importancia en perjuicio de sus amas, aunque 
en favor de los mas nobles sentimientos. 

La criada, á quien llamaremos Matilde, buscaba el medio 
de hacerse de pruebas para rq^ustecer sus acusaciones . 

Puso en tortura su imaginación hasta que creyó hallar lo 
que deseaba. Enteró de sus ideas á dos íntimas amigas 
que se prestaron gustosas á desempeñar el papel de testigo 
que era loque la buena Matilde necesitaba. 

Llegado el dia de las bodas de Marcelina, esta puso en 
revolución toda la casa. Alterada por la noticia de que An- 
gélica se unía á Cárlos aquella noche, reñía con todos para 
calmar su despecho. 

Matilde que buscaba la ocasión, aprovechó el estado de 




- gis - 

irritación en que se hallaba Marcelina para provocar la 
cena por tanto tiempo deseada. 

Las dos amigas de Matilde se hallaban en la habitación de 
esta, esperando el momento que no tardó en llegar. 

Habiendo aquel día tinto que hacer, Matilde se llamó á 
sosiego permaneciendo en su cuarto. Sabido esto por Mar- 
celina envió al portero á amonestar á la muchacha. 

Matilde encpjióse de hombros sin responder. Había tenido 
buen cuidado de hacer ocultar á sus amigas para que no 
fueran vistis ni por el portero ni por Marcelina. 

Fueron á enterar á esta de la repuesta de Matilde. 

Altamente disgustada, Marcelina acudió al aposento de la 
muchacha escl amando al verla: 

— Qué pensáis? Le de servirme á mi misma? 

— Como queráis. . . — respondió Matilde tranquilamente. 

— Que decis?... — esclamó Marcelina. 

— Que bien podéis serviros! 

— Estáis loca?... No comprendéis que si me faltáis de este 
modo puedo haceros constituir en prisión?... 

— A mi!... -esclamó Matilde alzando la voz— yo soy una 
muchacha honrada que nada tiene que ver con la cárcel... 
no diríais vos así!... 

— Qué escucho!.. . os atrevéis... 

— A todo! — repuso M itilde —No sois vos la que habéis de 
intimidarme.. . eres tan culpable como la mas criminal. .. 

— Callad!... os lo mando! 

— Oh! no, no he de callar! Quien sois vos para amena- 
zarme? Una mala mujer, que no ha vacilado en acusar de la- 
drona á la Señorita Angélica, siendo inocente. ..Porque yo 
os vi cuando introdujisteis la cartera en el bolsillo de la 
Señorita!... 

— Callad! Callad!... miserable!... 

— No callaré! Repetiré una y mil veces que vuestra pri- 
ma es inocente y que vos sois una malvada. . . 

— Oh! — esclamó Marcelina arrojándose sobre Matilde — 
no te he dicho que calles!... infeliz!... no tienes pruebas y mal 
puedes acusarme... 

— Os equivocsis! — dijo Matilde deshaciéndose de Marceli- 
na que intentaba hacerla callar por la fuerza — tengo pruebas 
que ponen de manifiesto vuestra criminal conducta! 




- 216 



— Mentís! nadie había cuando introduje la cartera en le 
bolsillo de Angélica... 

Marcelina dió un grito cortando sus propias palabras... 

Saliendo tras de un armario, aparecieron* las dos amigas 
de Matilde. 

—Vos misma os habéis vendido! — esclamó la muchacha, 
—Ved si tengo pruebas con estos testigos! 

Marcelina pálida de muda no acertó ¿ pronunciar una 
palabra. 

Matilde y sus amigas dirijiendo á la jóven una desprecia- 
tiva mirada salieron de la habitación abandonando en segui- 
da la casa. 

Aquella misma noche nadie ignoraba lo ocurrido en casa 
de Marcelina. Solo Luis el primo de esta era el que nada 
sabía. . . 

Todos los que acudían á casa de Clara y Angélica con 
motivo de sus bodas, felicitaban ardientemente á esta y á 
sus amigos. 

Angélica, alma noble y generosa, apesar de verse libre de 
la calumnia de sus parientes, sintió la posición en que que- 
daba su prima. 

Volvamos lectora, á la casa de D. Luis en la noche de 
las bodas. Todo resplandecía de luces, flores y aroma. 

Albadeoro satisfecho, con el semblante risueño por aquella 
dicha tan noble, como grande, llevó orgulloso hasta el pié del 
altar, á la digna compañera que veía en aquel instante com- 
pensados todos sus dolores. 

La bendición del sacerdote unió para siempre sus destinos 
ási como lo estaban sus almas amantes desde el dia en que 
se trasmitieron sus sentimientos. 

Clara y Ricardo recibieron^ la bendición después de aque- 
llos. Noches de espera, inquietudes misteriosas, deliciosos 
paseos en las alegres tardes de la primavera ó del estío por 
los jardines cercanos; juramentos, promesas, flores marchitas, 
protestas, todo ese prólogo interminable de dos corazones que 
se adoran acababa de condensarse en el epilogo .de una ben- 
dición al pié del altar: estaban casados. 




CAPITULO vni 



JustEaU dfivítii- 



Han trascurrido seis años. 

Era una templada mañana de primavera. 

De una casa de Tiermosa apariencia salió una jóven ves- 
tida elegantemente, acompañada de una criada vieja. 

Es Angélica, cuya hermosura ha aumentado ostentandb 
siempre en sus divinos ojos el brillo de la juventud y la 
espresiofi bondadosa de su alma pura. 

Angélica lleva un devocionario en una de sus manos ; vá 
á misa, y se dirije á una iglesia cercana donde tiene por costum- 
bre asistir. 

Caminaba rápidamente por una calle de árboles, seguida de 
su criada que no era otra que la buena Matilde, cuando fué 
detenida por una mujer mendiga, envuelta toda en un gran 
pañuelo, que ya había perdido su color primitivo. 

La mujer.se le había aproximado y con voz triste y temblo- 
rosa, di jóle: 

— Señorita, una limosna ; hace dos dias que no me ali- 
mentó ! 

Angélica se detuvo, y mirando á la infeliz, esclamó con- 
dolida ; 

— Hermana, que Dios os asista! — y dióle una limosna. 

La mendiga se estremeció al oir la voz de Angélica, yab 
zando el pañuelo que la cubría el rostro, dirijió á la jóven una 
mirada penetrante. 

— Marcelina ! — esclamó Angélica con dolor y asombro — 
i tú, en este estado ? ah ! permite ^prima que te pida un favor ! 
añadió la jóven, concibiendo un pensamiento con la rapidez 
del rayo. 

— A mí! — dijo Marcelina admirada y confusa. 

— Sí á tí ; quiéres venir conmigo ? mi casa será la tuya, pri- 
ma, yo ignoraba tus males, oh! Dios mío! — prosiguió Angéli- 




Ca, derramando lágrimas de dolor — pobfe Marcelina ! es posible 
que te encuentres asi! 

— Oh! Angélica qué buena eres! qué noble, generosa y tierna 
es tu alma! ¿es posible que de este modo tan esplédido y generoso 
pagues mis perfidias y maldades? oh! permite, Angélica, que bese 
tus manos, permite generosa criatura que de rodillas pida tu 
perdón ! 

— Marcelina! Marcelina! — exclamó Angélica con voz aho- 
gada por la emoción — detente, no hagas eso! no merezco tales 
demostraciones, sigo los impulsos de mi corazón, qué quiéres 
que te perdone, mi pobre prima ? 

— Lo mucho que te he hecho sufrir — esclamó con vehe- 
mencia Marcelina — sí, tú Angélica debieras despreciarme mucho, 
muchísimo, yo fui la causa délos dolores que de continuo te 
hicieron verter lagrimas, yo te he humillado, te he injuriado, y 
hasta llegué á arrojarte de nuestra casa envuelta en las sombras 
de la calumnia ... oh ! Angélica, piedad para mí ! perdón para 
esta miserable criatura ! perdón ! . . .mi corazón se halla despe- 
dazado, oh! — prosiguió Marcelina con creciente exaltación — tú 
jamás te quejaste, porque eres una santa, pero yo sabía que tu 
gran corazón sufría dolores acerbos . . . perdón Angélica! . . . 
perdón. . . 

Los sollozos ahogaron la voz en la garganta de Marcelina. 

Angélica lloraba en silencio, sin poder hablar por la fuerte 
emoción que sentía, al fin dijo con dulce voz: 

— O h! sí, Marcelina, yo te perdono el mal que me hiciste, 
los crueles dolores que mi corazón ha esperiment ido, y las 
injurias y ofensas que me has inferido, y ruego áDios Todo- 
poderoso que derrame sobre tí su divina bendición!. . . 

— Angélica !. . . . gracias í . . . . gracias ! . . . . qué pequeña me 
siento ante tí ! me perdonas todo el mal que te hice, oh ! qué 
noble y qué buena eres ! . . . ^ 

— No solo te perdono, sino que te ruego aceptes el lugar 
que te brindo de corazón en mi casa á tí y á mi tia. . . 

— Mamá murió !... — dijó Marcelina amargamente. 

— Murió!... pobre tia! — murmuró Angélica enjugando sus lá- 
grimas. 

— Murió si, y yo quedé abandonada y pobre... 

— Y... Enrique, tu esposo? 

— Oh! Angélica, — esclamó Marcelina — Enrique ha sido el 
que ha ejecutado en mi el castigo merecido ; al casarme con él 




líevele una gfáñ fortuna que unida á la suya aumentaba de 
un modo considerable. Dos meses después de casados, En- 
rique se mostró tal cual habíi sido: jugador. Este vicio llegó 
en él hasta la insensatez: perdimos todo. Al verse arruinado, 
lejos de correjirse se entregó á todos los vicios dándome una 
vida horrible. Se precipitó en un abismo repugnante, ningún 
freno bastaba para sujetarlo; voluble, sensual y habiendo per- 
dido todo resto de honradez y moralidad, se convirtió en un 
ser repugnante é innoble; entregado á la bebida, y á toda 
clase de desórdenes y escesos vive hoy sumerjido en el fango 
del vicio y de la abyección... Ah ! yo he luchado y he logrado 
salvarme del mal.. .He tenido que descender hasta pedir limosna 
de puerta en puerta.rAhora la nobleza de tu conducta, prima 
amada, la generosidad de tu alma, me brinda un refujio; cómo 
agradecerlo ?... Ah ! no me atrevo á aceptarlo... 

—Marcelina ! lamento en el alma todos tus males que igno- 
raba, pues todo este tiempo pasado hemos estado viajando, 
pero ahora que los conozco me brindo gustosa á servirte en 
todo lo que mis fuerzas y alcances lo permitan ; mi esposo me 
ayudará en esta obra; Marcelina no veas ningún mérito en mí 
proceder, porque el digno de alabanza es Dios... 

Ah ! yo te perdono,, prima mia con toda el alma ! ven á mis 
brazos, y sea esta la señal de amistad y alianza que una nues- 
tros corazones !... 

Marcelina se. precipitó en los brazos de Angélica, rompiendo á 
llorar de un modo desgarrador. 

Acorta distancia contemplaba enternecida aquel cuadro inte- 
resante la buena Matilde* que bendecía á Angélica elevando al 
cielo sus ojos. 

La generosa Angélica determinó oir misa más tarde y volvió 
á su casa en compañía de su prima y de la criada. 

Angélica hizo preparar inmediatamente dos lindísimas habi- 
taciones para Marcelina, encontrándose esta poco después per- 
fectamente instalada y tratada con el mayor cariño y consi- 
deración, por Angélica, por Albadeoro, Clara y demás familia 

• 




- 22Ó - 



CAPITULO IX. 

©loto* oocapttta 



Han trascurrido dos años mas. 

Enrique ha muerto; y Marcelina viuda, vive siempre arre- 
pentida en compañia de Angélica. 

Esta tiene una hijita preciosa, á igual de Clara. 

Albadeoro se considera enteramente feliz, y no cesa de 
repitir á cada instante que tiene en su esposa un envidiable 
tesoro de virtudes; su linda hijita ha venido á completar 
esta -dicha. 

Marcelina contempla aquella felicidad con la sonrisa en los 
lábios y la satisfacción en el corazón; su alma se ha purifi- 
cado, y el cambio completo que se ha operado en ella la ha 
convertido en una criatura digna y buena. En su corazón 
han germinado las benéficas semillas que la tierna y suave 
mano de Angélica habia esparcido. Veíase ahora esposa feliz 
de uno de los hermanos de Clara. 

El cambio era completo. 

El bienestar y tranquilidad del alma se refleja en todos 
los semblantes, sus conciencias tranquilas reposan con dulce 
calma, y sobre sus cabezas bate sus blancas alas la paz y la 
virtud, ^que hacen de aquel hogar un santuario de bellezas 
imponderables. 

Qué dulce es perdonar al caido, olvidando sus ofensas! 

El malo vuelve mal por mal, el bueno recompensa las ofensas 
con el perdón. 

Jamás debiéramos pensar en la venganza, porque ella empe- 
queñece el alma y corrompe el corazón. 

• En el seno del mal jamás podrá hallarse gozo; la venganza 
es siempre ruin; las almas* generosas, los corazones nobles, la 
rechazan. 

El perdón de las ofensas, ha dicho Jesucristo, es la más 
noble de las venganzas! 



Fin del libro IV. 




LIBlíO QUINTO 

CONSOLAR AL TRISTE 



CAPITULO I. 



SoCaí 



En el año de 1 8 ,^ vivía en Madrid, en la calle délos Des 
amparados, en una buhardilla, situada sobre el tejado de 
una hermosa casa que ocupa el número 4o de dicha calle,, 
una bellísima jóven llamada Margarita. 

La buhardilla habitada por esta era humilde y aseada, 
pero respirábase en ella una atmósfera de tristeza que opri- 
mía el corazón. 

Margarita era huérfana, habia perdido á su padre á los 
16 años; y diez meses ántes de la época en que empieza 
nuestro relato, la muerte cruel le arrebató á su madre, cuan- 
do solo contaba diez y nueve primaveras. 

Margarita era un prodi) io de belleza. 

Figuraos una jóven de mediana estatura, de formas re* 
dondas y esculturales ; con un rostro de ángel, de cutis 
blanco como la hoja de la azucena y fino como la seda, sus 
mejillas sonrosadas por un suavísimo y bello tinte , prestaban 
doble encanto á su semblante ; su boca pequeña, de un dibujo 
precioso, tenia el fresco color de la rosa, y al entreabrirso 
á impulsos de una sonrisa, dejaba admirar una doble hilera 
de nacarado esmalte; sus ojos eran negros, grandes, 
lindísimos, pero cte una mirada intensamente triste y melan- 
cólica. 

Margarita era tan bella de cuerpo como de alma; tenia 
un corazón de oro; sensible y tierna, generosa, caritativa 
y amable, era la personificación física y moral de todo lo 
bello y grandioso. 

Ala muerte de su madre, Margarita se vió á tan tem- 
prana edad sola en el mundo, sin un ser amigo 6 quien 




— 224 — 



volver los ojos ni pedir protección, es verdad que tenia una 
tía, hermana de su madre, pero esta ne se hallaba en Ma- 
drid, y la jóven ignoraba en que parte residía, así que el 
desamparo y abandono de Margarita era tan completo, 
que la pobre jóven anonada por el dolor no sabia que partido 
tomar. 

Sola ! 

Terrible y desconsoladora frase! 

Sola, es decir, abandonada en el mundo, sin un apoyo 
protector, sin una mano amiga que la alentara, sin tener quien 
la amara, quien murmurase á su oído dulces frases de cari- 
ño y de consuelo ! 

• — Oh! madre querida, porquéme abandonaste? — gemía 
Margarita con hondo dolor— porqué no me llevaste con- 
tigo ? 

¡Pobre Margarita ! 

Jóven, bella, y sola en el mundo, á cuántos peligros y 
dolores no estaría espuesta su inesperiencia ? 

La situación mas terrible sin comparación á otra alguna, 
es la del desgraciado huérfano, ya sea cuando la muerte le ar- 
rebata sus padres amados, en los primeros años de su exis- 
existencia ó ya cuando se encuentre aun en la florida 
edad. 

¿ Dónde habrá amor para el huérfano desvalido ? 

I Quién con idéntica ternura le adormecerá en sus brazos, 
y le prodigará tan dulces caricias ? 

¿Dónde podrá reclinar su frente abatida? ¿Dónde ha- 
llará fuente mas dulce de consuelo y de tierno cariño ? 

¿A dónde dirijir los ojos para buscar ese tesoro de valor 
infinito, que la muerte despiadada arrancó de entre sus 
brazos ? 

Ah ! ' en ninguna parte ! Desgraciado huérfano, do quie- 
ra que dirijas tus ojos, sokf descubrirás el mas horrible 
vacío, el mas desconsolador abandono, todo es falso y nada 
durable fuera del santo y puro cariño de los padres ! 

¡Felices, una y mil veces los que ténemos la suprema 
dicha de contemplar á toda hora á los adorados autores de 
nuestra existencia! Ah! el cielo nos los conserven siem- 
pré ! 

¿Y cómo no amar lectora, y bendecir á el que nos propor- 
cionaesa felicidad, única en la vida ?... 




— 225 



Pero, volvamos á Margarita, lectora amiga. 

La jóven lloró sin consuelo la irreparable pérdida, mas' 
tuvo que hacer un esfuerzo superior, para reflexionar so- 
bre el estado en que había quedado, y tomar un partido 
que la pusiera á cubierto de la miseria. Después de con- 
siderar su triste situación, determinó mudar de domicilio, 
porque allí donde todos los objetos le recordaban su horfan- 
dad y la ausencia eterna de su madre querida, no era posi- 
ble vivir sin que su corazón se despedazara. 

Instalóse pues, la solitaria huérfana en la buhardilla que 
al principio mencionamos, situada en el sexto piso de una 
casa de la calle de los Desamparados. 

Una vez en su nuevo hogar, Margarita lloró con amargura 
su abandono; en aquella nueva vivienda parecióle que se ha- 
llaba más sola, más desamparada ; aflijida y sin consuelo, 
las fuerzas la abandonaban, y un desfallecimiento mortal iba„ 
poco ápoco, minando su existencia. 

Apesar de su dolor, la jóven tuvo que pensaren trabajar 
para vivir, hasta que Dios la llamara junto á sí á gozar de 
la compañía de sus amados padres ; en su consecuencia, 
Margarita determinó buscar costuras, con cuyo producto 
podría subsistir muy escasamente y con menos cabo de su 
salud, porque la ingratitud del trabajo, haría sufrir su cuer- 
po y aniquilaría sus fuerzas, sin obtener á costa de fatigas y 
desvelos, más que una existencia amarga, sin distracciones, 
sin consuelo, y sin alivio. 

Sin embargo y apesar de esto, Margarita se halló más 
aliviada al tomar aquella resolución, que le aseguraba un 
pan, ganado honradamente por medio de su trabajo. 

La jóven buscó costuras, y comenzó á trabajar con ardor, 
entregada siempre á sus tristes recuerdos. 

. Al cabo de un mes de habitar su nuevo albergue, Margari- 
ta estaba completameute desconocida; el bello sonrosada de 
sus mejillas había desaparecido sostituyéndole una palidez 
mate, habíase adelgazado de un modo estraordinario, hasta 
el estremo de que parecía haber salido de una grave enferme- 
dad, sin embargo, no por eso había desaparecido su belleza, 
por el contrario, esta parecía haber aumentado aunque de 
una manera especial; su hermosura tenía ahora algo de celes- 
tial, y al contemplarla así, ataviada severamente con el traje 




— 226 — 



de rigoroso luto, parecía el ángel de la tristeza y de la 
melancolía. 

La débil é impresionable naturaleza de Margarita, ha- 
bía sufrido un violento choque con la muerte de su pa- 
dre, y luego más tarde al perder á su madre, su corazón se 
habia sobrecojido de dolor hiriendo su alma este nuevo y 
agudo golpe de una ¿manera cruel á inusitada. 

Si la jóven hubiera tenido á su lado á un hermano, á 
algún ser querido con quien compartir su dolor, que miti- 
gara con su cariño y su dulce presencia aquel pesar tan hon- 
do pero, ah! por desgracia, Margarita estaba sola, desampara- 
da, espuesta á mil peligros, como la solitaria flor que aislada, 
crece sobre la roca de la montaña, sin abrigo ni re- 
paro, espuesta á los azotes del viento, y á los glaciales vien- 
tos de la noche; Margarita se asemejaba á la abandonada 
flor tanto, como á la avecilla que al volver al hogar lo halla 
vacío, helado, porque la mano del infortunio le arrebató la 
amorosa madre que le diera el ser! 

Margarita sin amparo, presa de los rigores del destino, 
como las hojas que el viento arrebata, jemía en su horfan- 
dad, sin tener en qué depositar las penas que laceraban su 
corazón. 

Terrible es tener que sufrir en silencio sin poder desaho- 
gar el pecho oprimido en un seno amigo ! 

Margarita sufría, y empapaba con sus lágrimas la costura 
que descansaba sobre sus faldas, lágrimas silenciosas é ig- 
noradas que nadie iba á enjugar ó á recojer. 

La salud de la jóven no pudo resistir á tantos embates, y 
empezó á sufrir del corazón ; y como consecuencia de sus 
pesares- reconcentrados, la acometieron desmayos y convul- 
siones nerviosas. 

Semejante cuadro desgarraba el alma, y ante aquel intenso 
dolor, el corazón no podía resistir sin derramar copioso 
llanto. 




CAPITULO II. 



SO árogeD cC© C@s <J©sgTa@í«<i©s 



En la misma casa donde’ vivía Margarita, en el piso prin- 
cipal, habitaba una jóven señora, condesa, llamada Délia 
PoncedeLeon. 

Era la condesa una mujer hermosa, rubia como ufl 
ángel, de ojos azules, límpidos y llenos de espresion y ter- 
nura, de regular estatura, delgada, pero de una figura 
elegante y distinguida. 

La condesa vivía sola, aunque tenia un hijo de 20 años, 
pero este se hallaba en París, concluyendo su carrera 
de abogadía. 

Componíase la servidumbre de la condesa Délia de cua- 
•tro sirvientes, de los cuales solo uno pertenecía’ al sexo 
femenino, era esta la doncella de la condesa, llamada Ma- 
ría, andaluza; un cocinero francés; el ayuda de cámara 
del jóven Conde Jorge de León, y por último de un coche- 
ro, honrado gallego que hacía diez años estaba al servicio 
de loár Condes. 

La Condesa Délia, aunque- hermosa y jóven, pues solo 
contaba, treinta y cinco años, vivía casi retirada del mundo, 
entregada á sus recuerdos y á sus piadosas costumbres; sen- 
sible y generosa, se complacía en enjugar las lágrimas de los 
desgraciados, llevando á sus corazones el saludable bálsamo, 
del consuelo, que cual rocío benéfico vivifica las pobres 
flores del vergel humano, marchitas y mustias por los ardo- 
res de un sol de fuego, por los huracanes destructores de la 
existencia. 

En una palabra, se había impuesto una misión sublime, 
grandiosa ; caridad. 

Lá Condesa Iiéíia, vivía desahogadamente disfrutando de 
una regular rentía qu$ le permitía hacer aquellos gastos nq- 




— 228 - 



Cesarlos para una mujer de su rango, y repartir sin perjuicio 
alguno, el esceso de ella, entre los necesitados. 

Una deliciosa tarde de primavera, la condesa Délia se ha- 
llaba en su tocador concluyendo de vestirse; una preciosa 
berlina azul la esperaba á la puerta, que debia Conducirla 
á casa de la duquesa Moneada de Olivares y Pinares, ín- 
tima amiga suya, la cual reclamaba su presencia, pues una 
dolencia crónica la tenía en cama, privándola el placer de 
verla. 

Aquella tarde, como de costumbre, la condesa Délia, ves- 
tia sencillamente pero con un gusto tan esquisito como ele- 
gante y de buen tono. 

Llevaba un traje de gró deParis, color lila claro, adorna- 
do de riquísimos encajes negros, una lujosa mantilla negra 
también, cubría sus rubios y ondulados cabellos llegando en 
graciosos pliegues hasta más abajo de su esbelta, cintura; no 
la adornaba ninguna alhaja; á escepcion de un anillo que 
llevaba en el dedo del corazón, joya de gran valor con un 
magnífico solitario; la condesa nunca se separaba de aquella 
alhaja porque era un recuerdo del más noble y digno de 
los esposos. 

La toilett tocaba á su fin, la condesa, calzaba sus dimi- 
nutas-manos con unos guantes de cabritilla lila, cuando María 
su doncella aproximándose, dijo con respetuosa timidez: 

— Señora condesa, V. E. que es tan caritativa, y posée 
un corazón tan noble, quizá ignora que en esta misma casa 
hay una pobre joven que necesita desús consuelos. . . 

— Cómo! — esclamó con dolorosa sorpresa la condesa Dé’ 
lia — cerca de mí hay quien sufre, sin yo saberlo, quien 
vierta Jágrimas sin que yo las enjugue! 

---Permitidme, señora condesa, os digo, que no es estraño 
qu2 V. E ignore la existencia de esa niña desgraciada, pues 
apesar de que hace muchos meses que habita en la buhar- 
dilla de esta casa, yo solo la he visto tres ó cuatro veces; viste 
de luto riguroso y creo que es huérfana porque vive sola 
y siempre está llorando, pobrecilla ! 

— Sabes cómo se llama? 

— Margarita, señora; cose para afuera, y según parece, es 
con lo que vive; la portera doña Claudia dice que cuando 
vino á esta casa estaba llena de vida, aunque sumamente 




— 229 - 



abatida; tenía unos colores como las rosas, pero hoy parece lá 
pobrecilla una alma en pena, tan pálida, tan extenuada ... 

La doncella guardó silencio, cortando sus propias pala- 
bras, al ver que la Condesa había hecho un movimiento de 
dolor, y que dos gruesas lágrimas brotaban de sus ojos res- 
balando por sus mejillas hasta perderse entre los encajes de 
su mantilla. 

—Pobre niña ! esclamó la noble señora, elevando al cielo 
sus hermosos y humedecidos ojos, y tratando de dominar su 
emoción — quizá esté sola en el mundo, sin amparo ni sos- 
ten, oh ! Dios, qué cuadros tan tristes se vén en la tierra! 

María la doncella, á cierta distancia, contemplaba á su 
señora con muda satisfacción; aquella pobre muchacha tenía 
un corazón digno de su ama, no podía ser por ménos, — los 
buenos ejemplos son como el perfume de las flores, que im- 
pregnan con su aromática esencia á cuanto objeto se halla 
en contacto suyo. 

La Condesa se hallaba abismada en profundas reflexiones, 
parecía haberse olvidado de todo, hasta de que se disponía 
para visitar á la duquesa Moneada de Olivares y Pinares. 

Así permaneció por un gran rato, hasta que pareció conce- 
bir un plan, y dirijiéndose á un secretair de palo de rosa con 
incrustaciones de nácar, sacó de él un bolsillo dé seda ce- 
leste con broche de plata, entre cuyas mallas brillaban algu- 
nas monedas de oro. 

La condesa detúvose otra vez indecisa, y contemplado 
por algunos instantes el lolsillo que tenía en sus manos, 
murmuró: 

— Oh! nó, no es esto lo que necesitará t into esa desdi- 
chada niña, por lo que he oido parece que es huérfana. . . . 
sola, abandonada .... pobre niña! quizá carezca de un cora- 
zón amigo en quien depositar sus penas! 

Calló por un breve tiempo, y luego volvió á murmurar: 

— ¿Con qué pretesto me presentaré ante ella? .... fingiré 
llevarle costuras. . . .nó, haré lo que pensé en un principio, 
sí, prosiguió la condesa animándose — es lo mejor, y no debo 
perder un solo instante. 

* — María,— esclamó, dirijiéndose á su doncella, que inmóvil 
y silenciosa contemplaba á su ama con respetuoso interés y 
marcado cariño — espera aquí mi vuelta que será dentro de 




— 230 



breves momentos; no creas que desconozco til buen corazóñ 
yo sabré recompensarlo. 

Dichas estas palabras, la condesa Délia salió de sus habi- 
taciones y comenzó á subir las seis escaleras que conducían 
á la buhardilla de Margarita. 



CAPITULO III 



Margarita se hallaba como, siempre, entregada á sus tristes 
pensamientos, y regando con sus lágrimas la costura que 
descansaba sobre sus faldas. 

En esa posición se encontraba, cuando llamaron con sua- 
vidad á la puerta de su humilde habitación. 

La jóven se sobresaltó; en el estado en que se encontraba, 
todo la atemorizaba; ni el más leve ruido turbaba el silencio 
que de continuo la rodeaba, ni el acento de su propia voz 
dejábase oir en el interior de aquella triste morada; asi pues 
al oir llamar á su puerta, su corazón latió con fuerza un 
subido carmín vistió sus mejillas, tornándose en seguida tan 
pálidas como la muerte; quién podría buscarla? se habrían 
equivocado? estas y otras preguntas se hacia la jóven, sin 
atreverse á abrir, pero* un segundo golpecito la decidióy- 
revistiéndose de un valor de que en verdad carecía, se ne 
caminó á la puerta y, sin abrirla, c on tímido recelo, é insegura 
voz preguntó: 

- — Quién es? 

— Tened la bondad de abrir un momento, hija mia-^dijo 
una voz dulce y cariñosa. 

La jóven sintió una estraña impresión, al escuchar aquel 




-231 - 

atentó acariciador! aquella frase «hija mia», dicha por la desáó* 
nocida, hizo estremecer á la jóven, que temblorosa y emocio- 
nada franqueó la entrada á la que de un modo tan dulce 
hablaba, no siendo otra que la Condesa Délia. 

Al ver en su humilde buhardilla á tan lujosa dama, la jóven 
se sorprendió y con voz balbucíante, dijo: 

— Señora. . . Os habéis equivocado. . . porque yo, . . no sé... 

— -No hija mia, no me he equivocado, he sabido que pa- 
decéis, que sois huérfana, que vivís sola, abandonada y. . . 
vengo á que... 

La Condesa se detuvo, mirando á Margarita con lágrimas 
en los ojos. 

— A que señora?... — dijola jóven con voz ahogada por la 
emoción. 

— A que derraméis en mi seno, las lágrimas de vuestro 
dolor!.. 

- — Señora!.. 

—Venid á mis brazos, hija mia! — esclamó la Condesa con 
vibrante acento de cariño. 

Margarita dirijió á la condesa una mirada de desvarió; 
imaginóse tener ante sí, á la madre adorada . á quien lloraba 
todos los dias, no pudo contener el grito que se escapó del 
fondo de su alma, y esclamó con desgarradora voz, ahogada 
por los sollozos: 

—Madre de mi alma!.. — y precipitándose en los brazos de 
la Condesa, quedó desmayada en ellos. 

Esta escena fué rápida, y tuvo lugar en más breve tiempo 
del que ocupamos en describirla. 

La Condesa Délia contempló á Margarita con amor y com- 
pasión, y cubriendo su rostro de lágrimas y de besos, depo- 
sitó á la jóven sobre el lecho; sacando de su seno un 
frasquito de esencia, hízole aspirar, pareciendo reanimarse y 
volver en si* 

Margarita al entreabrir los ojos, dirijió en torno suyo upa 
triste mirada, y luego prorrumpió en sollozos. 

La Condesa de pié, á su lado, inclinada sobre ella, le di- 
rijía palabras empapadas de ternura y de cariño, prodigándole 
todos los consuelos de que su alma noble y grande era capaz. 

Margarita escuchaba aquel acento dulce y consolador, que 
parecía devolverla á la vida; su cqrazon tanto tiempo oprimido 
por d dolor, parecía ensancharse ai benéfico influjo de aque* 




— 232 



lias palabras que llegaban hasta su alma como una música 
celestial. 

Calmada un tanto, la esplosion de sentimientos que hacía 
brotar raudales de lágrimas de los ojos de la jóven, esta se 
incorporó en el lecho y juntando sus manos, esclamó: 

— Señora! ?quién soy yo para merecer tanta dicha como 
la que me proporcionan vuestras palabras! Ah!... cómo po- 
dré recompensaros estos dulces consuelos que derramáis en 
mi corazón como un bálsamo benéfico? Qué he hecho para 
merecer vuestros cuidados, y las dulces palabras que tanto 
me consuelan en medio de mi desgracia? 

Oh! Providencia Divina!... creí que ya no habría para mi 
un instante de dicha, que solo mi madre hablaba así, pero 
hay otros ángeles que se asemejan á ella!... 

— Hija mia, no os agitéis, tranquilizaos; Dios todo mise- 
ricordioso, ha oido vuestros ruegos; y os envia otra madre 
en lugar de la que perdisteis, la cual os amará cómo á una 
verdadera hija. Vamos — dijo la Condesa separando con ca- 
riño las manos de la jóven, en las cuales tenía oculto el ros- 
tro — no quieroi que derraméis más lágrimas; confiad, Mar- 
garita, en el porvenir, que Dios jamás abandona á aquellos 
que en él depositan su confianza. Soy viuda, tengo un hi- 
jo en Paris terminando su carrera de abogado, así pues vi- 
vo sola, vuestra compañía será para mi un bien precioso. 
Vos sereis, hija mia, el ángel celestial, por cuyo interme- 
dio recibirán mis pobres el socorro que de mi siempre es- 
peran; vuestra presencia angelical en los hogares desgracia- 
dos, será un bien del cielo, y yo gozaré con las bendiciones 
que desciendan sobre vuestra juvenil cabeza. Determinaos á 
dejar esta humilde estancia, de hoy en delante mi casa será 
la vuestra... ^ 

Margarita profundamente Agradecida y emocionada por aque- 
lla inesperada y dulce protección, solo pudo articular: 

— Señora ! . . . 

— No me llaméis así, de hoy en adelante seré vuestra madre, 
en vez de uno, tendré dos hijos... 

— Oh!. ..qué buena sois, madre mía L. 

La condesa y Margarita, se abrazaron nuevamente, y así, 
fuertemente unidas, ofrecían ambas un cuadro digno de su au- 
tor, el Supremo Rey de los artistas : Dios ! 

¿ Qué misterioso efecto es el que ha causado la presencia 




— 233 — 



de Margarita en la condesa ? ¿ Porqué, cuando apenas la cono-' 

ce, creé ver en ella el ángel de consuelo que Dios le envía 
para endulzar los últimos dias de su existencia ? ¿ Porqué, Mar- 

garita, desde el primer instante sintióse inclinada á amar á la 
condesa con tierno afecto ? ¿ Porqué escucha sus palabras 

con placer, y se siente reanimada con sus consuelos ? Ah ! es 
porque en sus pechos se anida la sensibilidad más esquisita, 
y como efecto de esta ha unido sus almas una íntima y tierna 
simpatía. 

Solo un minuto ha bastado para que se amen... la simpatía de 
las almas Sensibles, es rápida para producirse, como el paso de 
la centella en el espacio, como la carrera de una estrella en el 
firmamento. 



CAPITULO IV. 



I 

i 

La vida de Margarita cambió por completo. 

En la condesa Délia halló una segunda madre tierna, amante 
y abnegada. 

La condesa se empeñó en proporcionar á la joven una edu- 
cación sólida, deque carecía; al efecto, dirijida por notables 
maestros, adquirió vastos conocimientos, y su genio enrique- 
cido por el estudio y el conocimiento de las artes, sobresalió 
en la música y la pintura. 

Bordaba primorosamente ; poseía algunos idiomas, . y nada 
faltaba á aquella inteligencia tan rica como elevada. 

Ha trascuñado un año desde que Margarita entró por pri- 
mera vez ea casa de la condesa. 

Todas las relaciones déla condesa aman y distinguen á Mar- 
garita, considerándola como si fuera su hija verdadera. 

Sus modales elegantes y finos, la esquisita distinción que ea 




- - 

botaban hasta en sus menores actos, le Conquistaron él título dé 
condesita, y solo con este nombre la distinguían las numerosas 
amigas de la condesa Delia. 

El conde Jorge Ponce de León, era esperado de un mo- 
mento á otro; habiendo concluido su carrera, venía á vivir 
en adelante ai lado de su amada madre. 

El jó ven Conde, solo conocía á Margarita por lo que de 
ella hablaba su madre en las cartas que le escribía; «tendrás 
una hermana, le decía, á la cual no podrás menos que amar* 
pues es tan buena como hermosa; Margarita es hoy tan nece- 
saria para mi existencia como el aire que respiro; coma hija es 
tierna y amante, y como amiga, tan afectuosa como abnegada,» 
estos datos habían despertado en el conde Jorge un vivo deseo por 
conocer á aquella hermana que la Condesa su madre, tanto le 
ensalsaba. 

Al fin llegó el conde. 

Abrazó á su madre con transportes de cariño, y al pre- 
sentarle esta á Margarita, el joven quedo absorto de admi- 
ración, y solo pudo decir: 

— Señorita. . . . 

— Vámos, vamos, — dijo la condesa riendo con sencillez y 
alegría — nada de ceremonias, Jorge, esta niña es la hermana 
de que te . he hablado, y tú Margarita considéralo como tal. 

Margarita desde un principio había inclinado su vista al 
suelo, obligada por la ardiente mirada que el joven conde 
la dirijió; sin embargo, al oir las palabras de la condesa, 
cobró ánimo, y sonriendo con su natural dulzura, miro 
al joven, que en aquel mismo instante tendíale la mano; 
Margarita imitó su acción, estrecháronse ámbas diestras, pero 
de distinta manera; él lo hizo con dulce y viva espresion, y 
ella con marcado rubor y timidez. 

La condesa los contemplaba sonriendo. 

— No es verdad, Jorge, que es muy bella mi hija? —pre- 
guntó la condesa al mismo tiempo que atraía junto á sí, la 
gentil cabeza de Margarita. 

— Oh! si, muy bella!- dijo el conde Jorge, fijando en la 
joven una segunda mirada de ardiente admiración. 

Margarita ya repuesta, sonrió al recibir aquella lisonja, y re- 
puso con la gracia que le era habitual, pasando su brazo al 
rededor del cuello de la condesa. 

■ — El cariño que por mi siente mi querida madre, le hace ver las 




- 235 - 

£ósas tras un prisma seductor, así pues conde, no afirméis ei 
error que ella padece... 

— Permitidme Margarita que os interrumpa; lo que mi ma- 
dre ha dicho es muy cierto; jamás recuerdo haber visto rostro 
más encantador que el vuestro... 

— Conde... 

— No me digáis así, llamadme Jorge, no me consideráis co- 
mo vuestro hermano ? 

— Sí, Margarita, decidle Jorge — repuso la condesa — es vues- 
tro hermano, y yo la madre feliz de ambos. 

— Pues bien, Jorge, — dijo Margarita sonriendo, y sintiendo 
que sus mejillas se teñian de un vivo carmín — sois muy ga- 
lante, pero os perdono la lisonja que me acabais de dirijir 
con la condición de qué no la volváis á repetir. 

— Siento no poderos complacer Margarita ; imposible es ^ 
no tributaros un homenaje tan justo como verdadero! 

Margarita inclinó sus bellos ojos, é iba á replicar cuando la 
condesa, comprendiendo la confusión de la joven para contes- 
tar á tantos cumplidos, puso fin á aquella escena embarazosa, 
diciendo á su hijo : 

— Tengo preparada una agradable sorpresa; y digo agra- 
dable porque sé que eres entusiasta por las bellas artes, y sobre 
todo, por la pintura 

A estas palabras, Margarita se sonrojó de nuevo, mas para disi- 
mular su turbación, dirijióse á una mesa donde había multitud 
de periódicos. 

El conde Jorge la siguió con la vista, al mismo tiempo 
que decía á su madre : 

— Véamos, mamá, esa agradable sorpresa ya me tienes im- 
paciente por conocerla. 

La condesa llamó á Margarita, y seguidas del conde, pene- 
traron en un saloncito elegantemente adornado, en el cual acos- 
tumbraba la condesa á recibir á sus amigos de confianza. 

El conde dirijió en torno de si una mirada investigadora, 
pero nada descubrió al pronto que le sorprendiera y le agra- 
dara como su madre se lo había dicho ; siguió con la vista á 
la condesa que se dirijía derechamente hácia un' gran cuadro 
que por estar cubierto con una fina tela, no había podido ver , 
junto á aquel veíanse unos cordones con borlas de seda punzó, 
probablemente destinado para fijar el cuadro en el sitio más 
preferente del salón. 




— 236 



La condesa se acercó y quitándole el paño que lo cubría 
se apartó á un lado, fijando en su hijo una mirada de triun- 
fante orgullo. 

Jorge dió un paso atrás, y después miró con asombro á la 
condesa y luego á Margarita que encendida como una grana ho- 
jeaba un álbum de grabados y poesías, con aire al parecer dis- 
traído. 

— Oh! — murmuró el joven conde cruzándose de brazos — 
valiosa obra ! hechicero conjunto! — y dando algunos pasos há- 
cia adelante se inclinó para leer la firma del notable pintor 
que había producido tan magnífico cuadro. 

— Margarita ! —leyó y sus ojos llenos de admiración se di- 
rijieron á la que llevaba aquel bello nombre. 

Margarita inclinada sobre el álbum finjía estar absortar con- 
templando uno de los grabados, pero en realidad no veía lo que 
sus ojos miraban; presintiendo los eloj ios del conde, no sabía 
de que manera evitarlas, y ya anticipadamente sentíase confusa 
y abochornada, deque su nombre fuese objeto de alabanzas y 
eloj ios que mortificaban su escesiva modestia. 

El cuadro que el Conde admiraba en aquellos momentos, era 
verdaderamente una obra clásica, de un mérito indisputable, 
digna del pincel mas perfecto y delicado; las personas mas nota- 
bles de la corte habían solicitado de la condesa el honor de con- 
templarlo, y su modesta autora se había visto confundida de elo- 
gios y alabanzas á cuales mas vivas y calorosas. 

El cuadro, pintado al oleo, no solo era notable por sus colo- 
res tan suaves naturales, sus líneas tan perfectas trazadas al 
parecer por un genio en el arte, sino por la belleza y sentimiento 
de la escena, — las imágenes se destacaban tan vivamente que 
parecían hablar y moverse en el lienzo, tal era la naturalidad de 
la éspresion. 

Representaba una miserablo buhardilla, alhajada pobremente, 
en su centro se alzaban dos figuras, que eran el trabajo mas no- 
table que allí se admiraba, una de ellas representaba una dama 
rica y elegantemente vestida; hermosa, de cabellos rubios y ojos 
azules, imágen idéntica á la Condesa Délia, junto á e ta — de 
rodillas y con los ojos elevados al cielo, veiase una joven, fiel 
retrato de Margarita; vestía de rigoroso luto, y en su semblan- 
te se notaba un marcado tinte de tristeza; la rica dama, y la 
humilde joven, lloraban ambas mas en la trente de aquella, bri* 




Haba un rayo celestial que parecía difundir un grito consuelo 
en el corazón de la triste y enlutada jóven. 

Aquel cuadro representaba al ángel de la esperanza y de la 
caridad consolando al triste. 

El conde parecía extasiado, sus ojos no se apartaban del 
hermoso lienzo. 

— Que te parece? — preguntó la Condesa contemplando á su 
vez el cuadro, en que tanta fidelidad se veía reproducido de un 
modo tan altamente satisfactorio para su alma. 

— Bellísimo! — esclamó el conde Jorge con entusiasmo, y di- 
rijiéndose á Margarita dijo con sincera efusión: 

— Bendigo á Dios que me dá una hermana como vos, quien 
ha producido esa obra maestra — dijo, señalando el cuadro — debe 
poseer una alma mas bella aun y una inteligencia tan rica co- 
mo elevada. 

— Jorge, — respondió Margarita — la belleza de ese cuadro 
está en la acción y escena que representa, cualquier pintor, al» 
concebir mi misma idea, hubiera producido una obra idéntica. . . 

— Margarita, imposible es que tratéis de ocultar vuestros mé- 
ritos — ningún pintor es capaz de igualaros. En ese cuadro hay 
vida, contemplándolo se aspira en él, el perfume delicioso de 
la virtud del sentimiento! . . . 

— Oh! lo que puede notarse en ese cuadro, Jorge, es el per- 
fume de la gratitud que, viva y ardiente, envuelve mi alma . . . 

Los ojos de Margarita, fijos en su cuadro, llenáronse de lágri- 
mas, y desviándolos de aquel punto fueron á fijarse con amor 
y ternura en su madre adoptiva que la contemplaba con inmen- 
so cariño é interes. 

La condesa se acercó y abrazando á Margarita, esclamó: 

— Cómo no estar orgullosa de esta hija tan tierna y adorable! 
El conde habíase quedado pensativo, después de haber admi- 
rado aquel cuadro, obra de un ingéni o sorprendente, y de haber 
presenciado aquella escena tan breve, pero que ponía de relieve 
la gran belleza de alma que en su seno atesoraba Margarita. 




— 238 — 



CAPITULO V 



uro puRtdo de ©Hl 



Han transcurrido seis meses después de la llegada del Con- 
de Jorge al hogar materno. 

Era una tarde deliciosa. 

Margarita bordando un pañuelo de batista con las iniciales 
de la condesa Délia, se hallaba sentada junto al balcón, la con- 
desa á poca distancia leía un periódico consumo interes. 

Solo interrumpía el silencio de la habitación, los armoniosos 
trinos de un pulido canario que, prisionero en una dorada 
jaula, lejos de lamentar la pérdida de su libertad, parecía go- 
zoso de su cautiverio. 

La condesa concluyó de leer el periódico exhalando un 
doloroso suspiro, al mismo tiempo que de sus ojos se des- 
prendían dos gruesas lágrimas. 

Margarita al escuchar el suspiro de la condesa había le- 
vantado la vista de su bordado, y al ver las lágrimas que 
silenciosas rodaban por su hermoso rostro se levantó viva- 
mente afectada y abrazándola, esclamó: 

— Qué os aflije, madre mia ? 

— La lectura de un escrito que acabo de leer... oh! es 
una cosa muy triste, pero desgraciadamente tan frecuente y 
cierta, que pasa todos los cpas en medio de esa sociedad cuya 
única divisa es la ambición ! 

Margarita contempló el periódico con curiosidad é impul- 
sada por ella tomóle y bascó con la vista el escrito que 
tan dolorosamente había impresionado á la condesa. 

— No lo leas, Margarita, no tienes necesidad de sufrir con 
su lectura... 

— Oh! madre amada, — dijo la jóven con espresion afectuosa — 
para consolar ciertos dolores, es necesario conocerlos, no me lo 
dijisteis así una vez? 




— 239 — 



Si, querida Margarita, pero... 

La condesa fue interrumpida por la presencia de su don- 
cella María. 

— Señora, perdonad si os interrumpo, pero os traigo una 
triste noticia... 

— Hablád! 

—La señorita Berta. . . 

—Qué ? . . . 

— Ha muerto ! . . 

— Lo esperaba ! . . desgraciada madre! infeliz jó ven ! . . . 

Margarita nada dijo pero su lindo rostro se inundó de lá- 
grimas. 

La doncella, á una seña de la condesa se retiró, deján- 
dolas solas. 

— Oh! Margarira— esclamó aquella con dolor — ved si no es 
cierto lo que há poco os decia, la muerte de esa desgraciada 
niña ha tenido por origen la misma causa que ofrece ese 
escrito... hay dolores que matan... nuestra presencia es nece- 
saria en ese hogar del que acaba de desaparecer el más preciado 
tesoro* la más rica joya., oh! — prosiguió la condesa con cre- 
ciente exaltación— y porqué tienen lugar esas terribles escenas? 
porque, forzoso es decirlo, el corazón de ciertos hombres tiene 
por único alimento la ambición, y no vacilan emprostituir 
sus más nobles sentimientos por un vil puñado de oro ! . . . 
infames! la pureza, la belleza, la virtud, el talento, la dig- 
nidad, todo eso es un mito para esas almas cobardes, des- 
pojadas de los nobles sentimientos y elevadas ideas que co- 
locan al hombre que tal piensa, y que como tal procede, á ni- 
vel de los seres irracionales; no llaméis solo asesino, al que 
quita la vida del semejante con la arma del hierro homici- 
da! nó, designad con ése repugnante nombre al que cobar- 
de, hiere con saña cruel el alma virgen y el corazón enamo- 
rado de la jóven que ama cón todo el fuego del sentimiento 
arrebatándole á la vida y al hogar, del que era la única 
venturá de unos padres amorosos!... 

La condesa se detuvo fatigada por la emoción, y con las 
mejillas ardorosas y los ojos bañados en llanto. 

Aquella alma noble gemia á la par de todos los que su- 
frían, Maígarita la cortemplaba con ternura, jamás la había 
visto tan exaltada é indignada. 

—Ah! hija mia, Berta, la niña que acaba de abandona r 




— 240 



este mundo — dijo la condesa á Margarita — es la víctima de 
uno de esos tantos hombres ambiciosos! 

Su casamiento con ella estaba próximo á efectuarse, pero 
aquel juzgó más conveniente, para sus miras ambiciosos, el 
contraer matrimonio con una vieja duquesa, que podía ser 
casi dos veces su madre, pero que en cambio poseía una bue- 
na fortuna. 

Berta ha sucumbido de dolor, pero el que debió ser su 
esposo no tardará en sufrir las consecuencias, de su mal 
proceder. 

Con oro no se compra la felicidad, ni la tranquilidad de 
la conciencia, ni tampoco la dignidad ni delicadeza. 

El que engañó á Berta se vendió por un puñado de oro, 
un hombre de esta condición solo es digno del más profun- 
do desprecio, pues ni por cubrir las apariencias, se detuvo 
en elejir una compañera que lo igualara en edad, se unió 
á una mujer vieja, pretensiosa, que ereyó firmemente ha- 
ber conquistado un corazón joven, cuando no era ella, si- 
no sus millones y sus pergaminos que habían operado este 
milagro. 

No creo que aquel hombre tenga el suficiente disimulo para 
ocultar ála que hoy es su esposa, el objeto que le impulsó á unir- 
se á ella pero si así sucede, no tardará ella en conocer su 
tonto error, y todas sus quejas y lamentos no bastarán para de- 
tener los estravíos del mal esposo. 

El mundo les' señala con el dedo, y acompañando las 
frases de risas burlonas, esclama al verlos pasar: 

— Ahí va la vieja pretensiosa, con el esposo que compró 
con sus millones... parece su hijo, que dicha la de élL.já! 
já! já! 

— Observad, ahí pasa el que engañó á la infeliz Berta 
para venderse por un puñado de oro á una mujer que puede 
ser su madre... ^ 

La sociedad dice esto y mucho más. 

El castigo del ambisioso esta en su propia culpa. 

Quizá tenga la habilidad de ocultar su desazón, y de for- 
marse un círculo que le aclame como hombre afortuna- 
do, y de formar un cuadro digno de envidia, pero... co- 
mo los rios caudalosos, ostentará la superficie serena y lím- 
pida ocultando el cieno que se arrastra en su fondo... 




— 241 — 



Y como ha dicho un gran hgmbre: como ti oriol herido por 
el rapo, que enseña la corteza brillante encantadora, ocultando 
el corazón carcomido. 

Pero, ha dicho ese mismo hombre; !a sociedad solo ve ló 
que los hipócritas quieren enseñarle, y muchas veces, envidia 
la dicha de los desdichados , la fortuna de los pobres , y la 
tranquilidad de los miserables. 

¡Pobre sociedad! 

Margarita escuchaba á la Condesa con profunda atención y 
sorpresa. 

La Condesa Délia después de un momento de silencio exclamó: 

— Esperemos á que venga Jorge, y luego iremos á «casa 
de los padres de Berta llevándoles no el socorro material para 
acallar las exijencias-del cuerpo, sino el consuelo de la palabra 
dulce y tierna que mitiga los dolores del alma! 



CAPITULO VI 



Leso de inor 



Tres meses han pasado de aquellas escenas. 

Era la caida de la tarde de un hermoso dia de primavera. 

Margarita ataviada con un elegante y sencillo traje de raso 
negro, acaba de volver del cementerio en compañia de la Con- 
desa; la jóven habia ido á rendir un homenage de ternura y 
cariño filial á los autores de sus dias, los cuales gracias á la 
bondad de la Condesa descansaban juntos, en un precioso sepul- 
cro, proporcionando á Margarita el consuelo y la satisfacción de 
poder visitar la tumba de sus padres todos los Lunes, de la 
semana. 

Margarita se hallaba sola en el saloncito, que nuestros lecta* 




— 242 — 



fes conocen, la Condesa se había retirado á su aposento á 
cambiar de traje. 

El Conde Jorje penetró en el saloncito, en circunstancias que 
Margarita formaba un ramito de violetas. 

— Me alegro de encontraros sola Margarita, — dijo el Con- 
de tomando asiento á poca distancia de la jóven — deseaba ha- 
blaros algo de mucha importancia para mi! 

— Teneis que comunicarme algún secreto? — preguntó Mar- 
garita sonriendo, al mismo tiempo que hacía un esfuerzo por 
dominar la estraña agitación que las palabrás del joven Con- 
de habían despertado en su pecho. 

El corazón de la mujer, presenta ciertas revelaciones ántes 
de que ellas broten de los labios del que se las dirije. 

— Sí, — dijo el Conde, con alguna turbación — es un secreto, 
un secreto que, ha mucho tiempo, pugna por salir de mi 
pecho, sin que hasta ahora me haya atrevido á revelároslo... 

— Tan poca confianza os inspiró! — dijo la jóven sin le- 
vantar la vista del ramo de violetas. 

— Oh! no es eso, Margarita, sino. . .que temo recibir un 
desengaño. . . 

— Un desengaño! — esclamó Margarita involuntariamente, 
con fuerte espresion; luego mirando á Jorge con timidez 
dijo: 

— Hablad, Jorge, qué os escucho con atención! 

Jorge se detuvo, fijó en la jóven una mirada de tierna 
espresion, y acercando una línea más su sillón al de Marga- 
rita, dijo con voz trémula por la emoción, estas breves pero 
significativas frases. 

— Margarita, ha tiempo qué os amo con el amor más 
profundo del alma ! ¿podré aspirar la dicha de ser correspon- 
dido?.;’ 

El conde se detuvo con jtemor contemplando con anhelo, 
el plácido y hermoso rostro de la jóven. 

Margarita se e;tremeció de piés á cabeza; al escuchar aque- 
llas lacónicas palabras tan dulces para su corazón, el ramito 
de violetas se escapó de sus manos, y rodando fué á caer 
á los piés del conde; este se apresuró á recojerlo, y lo 
presentó á la jóven que estendió su mano, pero el Conde 
no le soltó, por el contrario retuvo entre las suyas acuella 
mano y el ramo, exclamando; 




— 243 — 



• — ¡Decidme, 'Margarita, que puedo disponer de estas dos 
Cosas, y habréis labrado mi felicidad ! 

Margarita encendida y temblorosa, dijo con voz entre- 
cortada': 

— Jorge, olvidáis quién sois vos... y quién soy yo? 

— Margarita! — esclamó el Conde con vehemencia — vuestras 
palabras me ofenden, imagináis en mí intenciones cobardes?... 
oh! por piedad, Margarita! — prosiguió el Conde al observar el 
mutismo y agitación de la joven — hablad, dadme una espe- 
ranza siquiera! 

— Jorge— repuso Margarita, clavando eneljóven una mirada 
velada por las lágrimas — no espereis de mis lábios una pala- 
bra que os demuestre lo que mi corazón sienta sin ántes 
saber lo que vuestra madre dice al conocer lo que acabais de 
revelarme. . . , , 

Jorge iba á hablar, cuando el rumor de unos pasos le anun- 
ció que alguien se acercaba; el Conde se levantó de su asiento 
llevando consigo el pulido ramo de violetas, y de pié esperó 
al que se acercaba. 

Era la Condes#; penetró en el salón con lento paso, y se 
detuvo á corta distancia de los jóvenes contemplándolos con 
sorpresa 

El Conde Jorge se adelantó hasta su madre, y doblando 
en tierra una rodilla, tomó una de sus manos, é inprimió en 
ella un cariñoso beso, esclamando al mismo tiempo: 

— Madre mía, necesito haqeros un pedido del cual depende 
mi felicidad... 

— Habla Jorge ! 

— Queréis concedérmela mano de vuestra querida hija Mar- 
garita?... 

El Conde se detuvo esperando la respuesta de su madre. 

La Condesa contempló á su hijo y luego á Margarita, la 
cual con la vista inclinada, parecía esperar su sentencia de los * 
lábios de la Condesa. 

¡Si tu supieras Jorge — repuso la Condesa conmovida — la 
dicha que en estos momentos me proporcionas! 

Madre mia!.. — dijo el conde abrazando á su madre con 
ternura. 

La Condesa se desprendió^ de los brazos de su hijo con 
suavidad, y dirijiéndose á Margarita le dijo, tomando asienta 
á su lado; 




— 244 — 



-Y tu hija mia, ¿le amas? 

Margarita alzó su rostro bañado en lágrimas, y arrojándose 
en los brazos de la Condesa murmuró á su oido: 

— jLe amo, si, con toda mi alma ! 

La Condesa estrechó contra su pecho á la jóven, y diri- 
jiendo sus ojos á Jorge que contemplaba, estremecido de placer, 
aquella interesante escena, le dijo señalando á Margarita, al 
mismo tiértipó que ía apartaba de si con el cariño de una 
madre. 

—Jorge hé aquí tu esposa, la digna compañera, que el 
cielo en su bondad ha querido depararte, te cedo su mano 
con orgullo, porque es digna de tí, ámala como merece; yo 
os bendigo hijos mios, y pido á Dios que jamás os haga 
probar el dolor y que sus bendiciones desciendan sobre vues- 
tras cabezas! 



CAPITULO VII. 



Las ^p@t©ot®ra8 dta Dos huérfsrcos 



La noticia deL casamiento del Conde con Margarita cundió 
con rapidez por la corte, siendo el tema de todas las conver- 
saciones en todos los círculos aristocráticos. 

Las numerosas relaciones de la Condesa y sus amigos más 
íntimos acudían á casa de esta á espresar un contento y una 
complacencia que muchos de ellos estaban lejos de sentir. 

Nadie ignoraba ai siguiente dia que la condesita se casaba, 
y los hombres envidiaban la felicidad del Conde Jorge, y las 
mugeres la suerte de Margarita. 

Los preparativos de la boda se hicieron con rapidez, siendo 
dirijidos por la Condesa Délia que se sentía feliz al considerar 
que $u amada Margarita ya no se separaría jamás de ella. 
Verificóse al fin la anhelada alianza. 




- 245 - - 

Jorge y Margarita quedaron eternamente unidos. 

La Condesa satisfecha y orgullosa de aquella felicidad, obtá 
suya, confundió en un solo abrazo á los felices esposos* ba- 
ñando sus rostros con lágrimas de ventura. 

Hay un Dios para los buenos! 



Un año después, de la unión de Margarita con el Conde 
Jorge, aquella con el beneplácito de este, fundó un Asilo de 
huérfanos, denominado ía maternal , destinado á recojer todos 
los huerfanitos que quedaban abandonados, sin amparo de 
ninguna clase. 

La Maternal acojia en su seno á los infelices huérfanos, y 
estos eran atendidos con el cariño y la solicitud mas tierna 
y esquisita. 

Margarita gozaba con aquella obra; todos los cuidados y 
atenciones por ella prodigados á los huerfanitos le parecían 
pocos, al recordar la época tristísima de su juventud, cuando 
sola quedó en el mundo, sin más amparo qjue la divina pfó- 
videncia. 

En unión de la Condesa, Margarita era siempre el sosten 
del desvalido, y ambas se complacian en derramar á manos 
llenas el bálsamo del consuelo en el corazón de los afli- 
gidos. 

Quizá por haberse trazado tan luminosa senda, gozaron 
ámbas de una dicha envidiable; la Condesa contemplando á 
sus hijos felices y queridos de todos en el mundo, y Mar- 
garita amando á su madre é idolatrando á su esposo, el cual 
á su vez gozaba con tener por esposa y por madre dos seres 
tan dignos como adorables. 

La dicha que esperimentaban estos tres felices séres, des- 
cansaba sobre sólidas bases; ella había tenido por oríjen la 
misión, santa que era el objeto de sus existencias: trocar las 
lágrimas del dolor por sonrisas de felicidad ! 



Fin del libro V. 




LIBRO SEXTO 



SUFRIR CON PACIENCIA LAS ADVERSIDADES Y 
FLAQUEZAS DE NUESTROS PROJIMOS 




248 — 



SUFRIR CON PACIENC'A LAS ADVERSIDADRS 
FLAQUEZAS DE NUESTROS PROJIMOS 



“Es necesario sufrir bastante, para que la grati- 
ficación sea pródiga en el dia de las recompensas 
y de los goces. 



“Confiar y esperar, son los consuelos de la huma- 
nidad, y sin esas esperanzas que hacen soüar a 
nuestra imaginación enferma, con dias de venturosa 
calma, la existencia se trocaria en un caos de dudas 
y decepciones. u 

(Manuela Acevedo y Diaz.) 

No hay noche sin mañana.... 

En el cielo, en la historia, donde quiera 
La sombra es siempre ofímera y liviana, . 

La nube, por más negra, pasajera. 

(Olegario V. Andrade.) 



CAFJJULO I. 



ID ctttufpttfí© 



En una hermosa mañana del mes de Noviembre, salía del 
puerto de Buenos Aires, con destino á un lejano punto de 
nuestro hemisferio, un vapor cuyo nombre era el «Alba, lle- 
vando gran cantidad de pasajeros para las diferentes ciudades 
donde debía hacer escala en su largo trayecto. 




Era el «Alba» un hermoso vapor de forma esbelta y gra- 
ciosa, que cuando surcaba las aguas del Plata, asemejábase á 
la blanca paloma que roza las ondas con sus leves alas. 

En la mañana áque nos referimos el cielo estaba sereno, ni 
la más lejana nube enturbiaba el bruñido espejo de las aguas, 
en cuyas límpidas corrientes se reflejaban los rayos de oro 
del sol naciente. 

El «Alba», velero y rápido como el pensamiento, cortaba 
las aguas, dejando en pos de si una brillante estola. 

Todo auguraba un feliz viaja. 

Abordo del «Alba» iba una familia argentina, que viajaba 
por recreo, á la vez que por ofrecer á sus hijos una agra- 
dable distracción, que con el tiempo sería de provechosa uti- 
lidad. 

Componíase esta familia de cinco miembros, el padre, señor 
como de 45 años, alto, algo grueso, de facciones regulares', 
revestidas estas de una agradable espresion, revelando á la vez 
un carácter enérgico y un marcado sello de bondad y manser 
dumbre. 

Llamábase Juan Lares. 

Su esposa doña Ana era una hermosa mujer de 38 años de 
edad, de carácter blando y paciente, y de sentimientos tan gene- 
rosos y bellos, como bello era su corazón y los rangos de su 
simpático rostro. 

Ambos esposos tenían tres hijos; Sara, niña de 1 1 años, 
tan buena y linda como su madre, con la diferencia de que 
esta era rubia y aquella trigueña. Seguía á Sara su hermana 
Eva, de edad de 8 años, de idéntico parecido á aquella, y de 
iguales condiciones morales; y por último, el niño mimado, 
el mas pequeño, de edad de seis años, llamado Víctor. 

. Los niños no cabian en si de gozo por las bellezas que 
el viaje les ofrecía. Era aquel el primero que hacían, y todo 
les sorprendía, por lo nuevo y desconocido. Sus imagina- 
ciones infantiles encargábanse de revestir á todo cuanto les 
rodeaba de formas tan múltiples y variadas, como bella y 
atrayentes. 

Por espacio de algunos dias, el cielo se mantuvo despe- 
jado, las aguas límpidas y cristalinas; el «Alba» radíente de 
orgullo, deslizábase dulcemente sobre aquel lecho de naca- 
radas y brillantes ondas. 

Varios dias transcurrieron en que una fresca y grata bri- 




— 2tÓ — 

ímpelia hácla el puerto deseado á la hermosa have; día§ 
de deliciosa, calma, en que los pasageros del «¡Alba» go- 
zaban con el espectáculo grandioso que la naturaleza les pre- 
sentaba á cada instante; ya contemplando el anchuroso mar 
y sus plateadas olas, ya admirando el vuelo rápido de las 
aves marinas, que en vertijinosos jiros, ora se elevaban á 
alturas prodigiosas, ora descendían hasta rozar las aguas con 
sus sedosas y leves alas. 

Y por la « noche, cuando la luna, esa sultana del estrellado 
firmamento, como la llaman los poetas, cruzaba el espacio 
radiante de esplendor y de belleza, cual una reina precedi- 
da de su augusta corte; los viajeros del «Alba», absortos, 
ante tanta grandeza, fijaban sus ojos ya en la bóveda azul, 
ora en las rizadas aguas rieladas por los argentados rayos de 
la luna. . . . 

Sublime cuadro! 

El viento seguía siendo el mismo: fijo y suave. Pero á 
eso de las tres de la tarde de aquel dia hermosísimo, la 
lijera y grata brisa que, hacía varios dias, soplaba del mis- 
mo punto, cesó al fin completamente y reinó una absoluta 
calma, precursora funesta de una gran tempestad. 

El cielo comenzó á cubrirse de nubarrones cada vez más 
densos, qué avanzaban rápidamente impelidos por el viento 
que empezó á arreciar y cuyas ráfagas agitaban desordena- 
mente las espumosas olas del mar 

Al cabo de breves instantes, cárdenos relámpagos ilumi- 
naron el horizonte, cruzando el espacio culebras de fuego, 
que rasjaban la nubes con fragor, haciendo retemblar el flecho 
de las embravecidas aguas. 

La Uuvia comenzó á caer á torrentes; un huracán deshe- 
cho hacía crujir al «Alba» como una débil navecilla azota- 
da contra la costa. ^ 

La tempestad se había desencadenado con todas sus furias. 

El «Alba» habíase prepar ido á hacer frente á aquellos fu- 
rores, pero impotente para luchar con tan formidables enemi- 
gos, era arrojada de un punto á otro, como liviana pluma, 
á merced de los caprichos del viento. 

Una confusión espantosa, imposible de describir, se sucitó 
abordo: las señoras lloraban, é implorando la protección di- 
vina, estrechaban convulsivamente á sus hijos, como querien- 




do disputar Stl$ Oafa¿ vidas, á las embravecidas oías, qüé 
amenazaban arrrebatarles aquellos pedazos de su corazón. 

Terrible y conmovedor espectáculo! 

La embarcación empezó á zozobrar, y notado esto por los 
pasajeros su espanto creció, rayando en delirio. 

La voz del Capitán no era obedecida ya; y en medio de 
sus gritos de mando, oiánse los lamentos desgarradores, los 
llantos desesperados, que á una voz, confundidos, imploraban 
socorro del cielo. 

El señor Lares, reunido con su familia sobre cubierta, co- 
mo los demas pasajeros, se esforzaba por calmar el terror 
de sus hijos y de su esposa. 

Era tal el espanto de aquellos, sobre todo del más peque- 
ño, que parecía iban_á perder la razón. 

Doña Ana dobfemente aflijida al ver el terror de sus hi- 
jos, los estrechaba fuertemente contra su pecho, y con besos», « 
lágrimas y palabras, trataba de inf undirles una confianza de 
que ella misma carecía. 

Cuando el «Alba» comenzó á sumerjirse, la señora de La- 
res, consideró su muerte segura, y arrodillándose sobre cu- 
bierta oró en voz alta, abrazando á sus tiernos hijitos con de- 
sesperación. 

El señor Lares contemplaba aquel cuadro, mesándose los 
cabellos, y dirijiéndo en torno suyo extraviadas miradas. 

Iban á morir, solo Dios podía salvarlos, solo de El podían 
esperar socorro. 

Y este llegó! 

Pero, de una manera tan milagrosa, que los pasajeros 
confusos, inquietos temblaban por sus vidas, sin que la cer- 
teza de su salvación pudiera volver á ellos. 

La embarcación cesó de sumerjirse. y así, casi á flor de 
agua, sostenida al parecer, por un estraño poder, quedó in- 
móvil, como aferrada á una roca. . . 

Que motivaba aquel inesperado suceso? 

Los pasajeros embargados por un estremo temor sin atre- 
verse á cambiar de sitio, interrogaban al Capitán, que no sa- 
bía que responderles, que ignoraba tanto como ellos, el 
motivo de aquel estraño suceso. 

El viento habia calmado, la lluvia caía mas lentamente, 
pareciendo que la tempestad deponía sus furias. 

Lares y su familia, así como todos los tripulantes y pa- 




— 252 — 



bajeros que se hallaban sobre cubierta, postrados de rodilla^ 
oraban favorosamente, en acción de gratitud, por aquella mo- 
mentánea tregua que quizá les permitiera salvarse del todo. 

Hasta en los rostros de los rudos marinos, veíase retratado 
el sentimiento de la gratitud, y por más áe un tostado cutis 
viéronse resbalar gruesas y abundantes lágrimas! . 

Sin embargo, el capitán y el piloto, desconfiando de la in- 
movilidad del buque, tomaban sus medidas para conocer si 
el «Alba» se sumerjía lentamente ó permanecía quieto en el 
mismo estado. 

Aquella vijilancia les aseguraba la certeza ^de que el buque 
no descendía ni una línea. 

Comunicado esto á los pasageros, no cesaban de dar gra- 
cias á Dios. 

La lluvia que había caído, y seguia calendo, tenia empa- 
pados á todos, pues sin poderse resguardar de ella, los pá- 
sageros veíanse obligados á soportarla y á pasar la noche así; 
era imposible penetrar en las cámaras, están Jo inundadas 
todas por el agua. 

Los pasageros salvarían quizá, pero todo cuanto llevaban 
abordo se perdería. 

Da. Ana, la esposa de Lares, sentada en un banco de ma- 
dera, tenía en sus brazos al menor de sus hijos, que se 
hallaba durmiendo, pero con un sueño febriciente y exaltado. 

La buena madre lo observaba con dolor, cubriendo de be- 
sos su rostro, quemante por la fiebre. 

Las dos niñas mayorcitas, Sara y Eva, esta sobre las ro- 
dillas de su padre, y aquella, apoyando su cabeza en el 
pecho del mismo, temblaban convulsivamente, y á cada ráfaga 
de viento, las pobres niñas se estrechaban más y más contra 
su padre, que con los brazos abiertos, abarcando aquellos que- 
ridos seres, fotmaba en tofno de ellos como una muralla 
resguardadora. 

En aquel estado de cruel incertidumbre, los tripulantes y 
pasageros del «Alba» pasaron la noche hasta la madrugada, 
que calmó la tempestad, naciendo el nuevo dia, hermoso y 
sereno. 

El sol con su luz esplendente iluminó todos los objetos; 
una lijera brisa, sumamente fresca, rizaba la superficie de 
las aguas, aquietadas después de su tremenda agitación. 




— 253 ~ 



Los pajarillos entonando alegres cantos cruzaban -los airefi 
en diversas direcciones, no tardando en perderse de vista. 

El cuadro de la naturaleza había cambiado de faz. 

Al amanecer aquel nuevo dia los pasageros del «Alba» 
elevaron al cielo sus ojos, murmurando frases de mística be- 
lleza, al verse aun con vida. 

El Capitán del «Alba» investigaba el horizonte con su 
catalego, esperando de un momento á otro ver aparecer al- 
guna embarcación que viniera á prestarles auxilio . 

Llegó el medio dia sin haber llegado á descubrirse en el 
horizonte ni la mas leve señal de embarcación alguna. 

Los pasageros empezaban á sentirse atormentados por las 
imperiosas exigencias del estómago, haciendo más penosa su 
situación el vivo temor de que el «Alba» continuára de un 
momento á otro en su terrible descenso. 

El fuerte sol de Noviembre, caía á plomo sobre* 
los pasageros, que indefensos tenían que soportar aquel abra- 
zador calor, así como habían sufrido toda la lluvia de la 
pasada noche. 

Entre una y dos de la tarde, el Capitán que hacía largo 
tiempo que no había vuelto á tomar el catalejp, preocupado 
fuertemente- por algunas palabras que el piloto, con el mayor 
sigilo, había pronunciado á su oido, investigó nuevamente el 
horizonte, pero esta vez lo hizo con el afan del naufrago 
que vé un nuevo peligro y perdida una esperanza que ha 
poco abrigaba con placer. 

El Capitán observando siempre, lanzó de pronto una viva 
esclamacion de alegría. 

Los pasageros rodeándolo, le interrogaron con ansiedad. 

En el horizonte se descubría una embarcación, que por la 
rapidez de su marcha, bien pronto estaría cerca de los náu- 
fragos. 

Los pasageros se entregaron á los trasportes de una ver- 
dadera alegría. 

Da. Ana, al oir la feliz nueva, elevó al cielo sus ojos 
bañados en lágrimas, y estrechó con ternura á su pequeño 
Víctor, que dormitaba en sus! brazos, preso de una fiebre cada 
vez más densa, que iba anonadando al niño, y llenando de 
dplor, al mismo tiempo, el corazón de sus amorosos padres. 

El Capitán del «Alba» en un punto apartado de la cu- 
bierta, conversaba sigilosamente con algunos de sus marinos, 




— 254 — 



demostrando hallarse poseido de una secreta inquietud. Di- 
simuladamente como temiendo ser sosprendido por los pa- 
sageros, dirijía rápidas y frecuentes miradas hácia donde se 
veia al Piloto, el cual le hacía misteriosas y espresivas se- 
ñales. 

¿Qué ocurria ? 

¿Qué nueva catástrofe amenazaba á los infelices pasageros 
del «Alba» ? 

Pronto lo sabremos. 

Los pasageros alentados por el anuncio del Capitán no 
quitaban la vista del horizonte, tardando poco en descubrir, 
aunque confusamente por la distancia, la gallarda arboladura 
de una embarcación. 

Ante la perspetiva de su próxima salvación, los pasageros 
del «Alba» alejaron de sí los temores de no salvar de una 
muerte segura, que poco ántes les habían asaltado. 

El Capitán, aprovechando la distracción de los pasageros 
por la alegría que los embargaba, se aproximó al Piloto di- 
ciéndole en voz baja : 

— Hay novedad? 

— Y mucha, mi Capitán; mis sospechas han resultado cier- 
tas. . .el «Alba» ha descendido una pulgada!. . . 

— Se su'merje! . . . 

— Sí, y lo que es mas serio, que por momentos parece 
aumentar la rapidez del descenso. . . 

— Chist!... 

El Capitán impuso silencio ai piloto, temeroso de que la 
certeza de tan funesta noticia, despertase la consternación, 
produciéndose nuevas escenas de desgarradora desesperación 
entre los infelices pasageros del «Alba». 

Mientras tanto, en aquellos momentos supremos, descono- 
cidos, para los pasageros, ^n su inmensa trascendencia, la 
nave salvadora iba aproximándose con rapidez. 

El Capitán del «Alba», hizo subir á lo más alto del bu- 
que la señal de auxilio, agitándola para llamar la atención 
de la embarcación que se acercaba. 

No tardaron estos en contestar, izando á su vez otra ban- 
dera, que demostraba haber visto la señal de socorro. 

Los pasageros alborozados, se hallaban todos agrupados, 
mientras [él piloto y el Capitán conferenciaban nuevamente 
qqti muestras de la mayor angustia, 




— 255 - 

Los momentos eran supremos. 

De pronto, dejóse oír un crujido espantoso que hizo es« 
tremecer y vacilar las tablas de la cubierta... 

Los pasageros, á una vuz, lanzaron un grito indefinible, 
de terror, dey angustia... 

Unos, locos, desatentados, trataban de ganar los palos más 
altos del buque, otros se abalanzaban desesperados á la bor- 
da, estendiendo sus brazos y lanzando alaridos de dolor im- 
ploraban socorro, con acentos indescriptibles, y "Otros, de 
rodillas sobre cubierta, con la angustia pintada en sus ros- 
tros, y bañados en lágrimas elevaban al cielo sus ma- 
nos orando y pidiendo auxilio, estos no daban un paso pa- 
ra salvarse; la resignación de una certera muerte retratábase 
en sus semblante pálidos y desencajados por el terror. 

El Capitán no abandonando su sangre fria, recurso el más 
poderoso en casos semejantes, dio voces de socorro con 1$ 4 
bocina. 

La embarcación que se acercaba, comprendió el peligro 
que sus compañeros corrían, y en el acto botaron al agua 
varias lanchas, que rápidas se aproximaron á los náufragos. 

El «Alba» se .hundía lentamente, y los pasageros en desor- 
denada confusión, sentían que el frájil piso oscilaba bajo sus 
plantas .. 

Las lanchas se llenaron completamente con los pasageros 
del «Alba», no quedando ninguno abordo de este. 

Las débiles embarcaciones cargadas con los náufragos se 
alejaron rápidamente del lugar de la catástrofe. 

Era hora ya. . . 

El «Alba» parecía haber estado esperando, como retenido 
por una fuerza desconocida, á que los pasageros se pusieran 
á salvo, pues comenzó á hundirse desde ese momento con 
increíble rápidez. 

Bien pronto, los náufragos de las lanchas, vieron con espanto 
desaparecer de su vista al hermoso buque. . . 

El «Alba», la lijera y velera nave que, orgullosa y desa- 
fiando los peligros, cruzaba altiva las aguas dejando en pos 
de si brillante estela, y que al sentir el manso viento que 
resbalaba suavemente por sus costados, que parecía deslizarse 
sobre las ondas como perezoso cisne, sin manchar la traspa. 
reate superficie, ha desaparecido para siempre, yendo á busca^, 




— 256 



su ignorada tumba en el fondo cabernoso y lleno de mis- 
terios, que sirve de regio lecho á las aguas del Oceáno ! 



CAPITULO II. 1 



ira mi» 



El hermoso vapor que recojió los 'náufragos,, llevaba e 
simpático nombre de «Esperanza». 

Los pasageros del «Alba» fueron generosa y noblemente 
atendidos, prodigándoseles toda clase de cuidados y defe- 
rencias. 

Da. Ana, su esposo y sus hijos fueron instalados en una 

hermosa cámara; pero aquella no se daba cuenta de la for- 

tuna de haber salvado de una muerte tan segura. 

Todas sus fuerzas morales parecían haberse reconcentrado 
en la mirada de sus hermosos ojos, rodeados de un círculo 
violado. 

El lamentable estado de su pequeño Victor la trastornaba 
de dolor. 

El señor Lares, alarmado á su vez, temíase una desgracia, 

pero disimulaba su dolor por no aumentar el de su esposa, 

á la* que prodigaba frases ^consoladoras, que solo eran res-< 
pondidas con dolorosos suspiros. 

El niño sufría frecuentes desmayos, y preso de una fiebre 
violentísima que le quitaba el conocimiento, daba gritos so- 
focados, y convulso y delirante, llamaba á sus padres y 
hermanitos, pidiendo con acento desgarrador que no lo deja- 
sen morir ahogado, que no lo separasen de su mamá! 

El pobre niño, en medio de su delirio, creía hallarse aun 
espuesto á los furores de la tempestad, que tantos males h a* 
bla ocasionado. 




— 257 — 

Dos dias no cumplidos duró aquella violenta enfermedad; 
al fin, ella terminó pero de un modo fatal. 

Doña Ana y su esposo solo tenían ya dos hijos. . . — Víctor, 
el pobre niño, había volado del regazo materno al seno de 
Dios! 

Cruel dolor! 

Imposible pintar la hondísima pena de aquellos.padres des- 
graciados, á quienes el destino acababa de arrebatarles un hijo 
idolatrado! 

Doña Ana y su esposo lloraron sobre el cadáver de su 
hijo, pareciendo querer trasmitir á aquel helado cuerpo el 
calor de la vida que le faltaba. 

Pocos dolores habrá tan hondos como el que debe esperi- 
meiitar una madre al perder para siempre al hijo de su séu. 

Yo he presenciado ese dolor, que repercutía en mi alma, 
destrozada de pena. La parca destructora cebada, en infan- 
tiles cabezas, arrebató de nuestro hogar, en el transcurso de 
pocos años, á seis pequeños hermanitos, que eran el en- 
canto de nuestra madre! 

Hoy existimos otros seis, ocupando el lugar de aquellos, 
siempre llorados por nuestros corazones! 

Da. Ana y su esposo, justamente aflijidos, inclinaron sus 
frentes ante el misterioso fallo divino, pidiendo al cielo con- 
suelo y resignación para sus almas atribuladas. 

El «Esperanza» iba con rumbo á Buenos Aires. 

Pronto se divisó la hermosa ciudad. 

Da. Ana, su esposo y sus tiernas hijas, reunidos sobre cu- 
bierta y estrechados fuertemente, vertían dolorosas lágrimas. 

Volvían á ver el patrio suelo, -pero en qaé estado. Dios 
mío! 

Arruinados, sin hogar y muerto 'el más pequeño de sus 
hijos! 

La ruina era completa. 

Lares, al embarcarse en el «Alba)), llevaba consigo todo 
cuanto tenía; su idea era la de viajar por mucho tiempo, 
visitando las principales capitales de Europa; por esto había 
realizado en metálico toda su fortuna. 

Y esta fué arrastrada por el «Alba,» sepultándola en los 
abismos del mar! 



17 




— 25 » — 



Lares y su esposa desembarcaron, llevando consigo los res- 
tos queridos del ángel que en medio del Océano les aban- 
donó para tornar á su primitiva mansión! 

Una nueva existencia, cadena de no interrumpidos dolo- 
res, iba á comenzar para Lares y su familia. 

En la historia de su vida habría páginas escritas con lá- 
grimas, y sangre esprimida del corazón ! 



CAPITULO III. 



La Kifeetrfa 



«Hay en la vida, hasta en la más venturosa, cuando 
está perfectamente ordenada, es decir, cuando se compren- 
den y se cumplen fielmente todos los deberes, una prepara- 
ción latente á las más amargas pruebras de la adversidad, y 
si efectivamente llega el dia de sufrirlas, sorpréndese uno 
al ver que los que parecían gozar más que otros los bienes 
que poseían, saben resignarse á perderlos con más firmeza 
y serenidad que todos. 

La prueba se verifica y abruma con todo su peso, pero 
viene sola: no la acompañan esas dos calamidades que pe- 
netran- tras ella donde el mal ha precedido á la desgracia , 
la perturbación y el desorden, (i)» 

Lares, se instaló con su familia en dos piezas que alquiló 
en una casa donde habitaban varios individuos. 

En un principio, las primeras necesidades fueron llenadas 
con la venta de las alhajas que habían salvado del nau- 
fragio, por llevarlas puestas. 

Lares, abrigaba la esperanza de obtener una ocupación 
ó empleo que le permitiera atender á las necesidades de su 
familia. 



(1) Had. Augmtui Craver (Eugenia da [la Teríonayo*) 




— 250 — 



Pero, ay! los amigos con que él contaba, aquellos que 
poblaban sus salones cuando el lujo y las riquezas le 
rodeaban, esquivaban ahora su presencia con frases frías 
y desdeñosas 

Lares, dirigió los ojos en torno suyo y se vió solo... es 
decir, abandonado de todos, ménos de los caros séres que 
sufrían á la par suyo! Los hijos de su alma y su esposa 
amada! 

A excepción de estos, todos los rostros se mostraban 
indiferentes, ostentando una alegría y bienestar insultante. 

Y él gemía, gemía en la miseria, sin poder proporcionar 
á sus hijos un pan que acallara su hambre. 

Era fuerte, podía-trabajar, pero cómo, si todas las puer- 
tas estaban cerradas para él? 

«Cuando la pobreza vive con la sonrisa de la virtud etf ' 4 
los lábios, la honrosa aureola del trabajo en la frente, los 
sencillos encantos de la modestia y el aseo en el traje, tiene 
un perfume, un aroma que subyuga, que atrae, que lle- 
ga al corazón, conmoviéndolo hasta hacerle verter lá- 
grimas. 

Pero, ay! cuando esta pobreza avanza algunos pasos 
más en el camino del infortunio, y dejando en pos* de sí lo 
preciso, lo indispensable para la vida, cuando el brazo que 
trabaja se enerva y el cuerpo lleno de vida se enferma y 
se encorba, cuando la frente se arruga y la mirada se apa- 
ga, cuando el espíritu se empequeñece, se acobarda, y el 
modesto traje se convierte en inmundo harapo; cuando 
el desnudo pié desciende hasta el fondo de ese asqueroso 
abismo donde flota la miseria, entónces del cuerpo de este 
hijo del infortunio brota algo que molesta, que repugna, que 
rechaza las miradas de sus semejantes; y el hombre, siem- 
pre egoísta, siempre avaro de sí mismo, vuelve la cara y 
se aleja precipitadamente de aquel sér, como si fuera un 
leproso; de aquel infeliz que huele mal y que agoniza aban- 
donado y léjos de la sociedad, sobre el frío fango del 
último eslabón de la cadena social. 

¿Quién le tiende una mano entónces? Nadie ; todos 
temen su contacto ; algunos, los más piadosos, se deciden 
á depositar el óbolo de la caridad en las sucias manos del 
mendigo; pero esto lo hacen volviendo la cabeza por no 
verlé tel rostro, y dejando caer las monedas desda muy alto. 




— 260 — 



para no sentir el contacto de su carne en los dedos. 

¿Cómo llegó aquel ser á tan miserable estado? 

Ni él mismo puede darse razón de ello. 

La pendiente que conduce á la miseria es rápida y res- 
baladiza. Dado el primer paso, el hombre llega al fondo sin 
saber cómo. ¿Quién puede sacarle de aquel abismo donde 
se agita entre lodo y harapos? Solo Dios. El mendigo, 
hambriento, rechazado de la sociedad, sin más amigo que 
su dolor, sin más esperanzas que el hambre y la miseria, 
siente crecer el odio en su corazón, aborrece sus semejantes, 
los maldice; quisiera reunir en el hueco de su mano la 
felicidad de la tierra para sepultarla en el fango donde se agi- 
ta. Finje murmurar' en voz baja una oración, y estiende 
la mano con ademan suplicante, porque teme á la muerte, 
pero miéntras reza, sus miradas* y su pensamiento se apartan 
del cielo y busca en la tierra un salvador que le libre de 
aquella miserable posición. Entonces no es estraño que 
una sonrisa internal aparezca en sus lábios sin color, y que 
sus dedos secos y nudosos, queriendo rasgar la carne de 
su pecho, devorada por la desesperación, tropieze con el frió 
mango de un puñal, que lleva oculto entre sus ropas. 

Entonces su ofuscada mente cree haber encontrado ese 
salvador apetecido: el crimen. Entónces lo olvida todo; 

y hostigado por un vértigo, mata, roba, y vive unos dias 
rodeado de esas comodidades que le atormentan en sueños. 
Posee por algún tiempo un traje más abrigado, una cama 
mas cómoda, disfruta de alimentos más nutritivos, más 
sanos, pero su sueño es intranquilo, agitado; de pronto, la 
inflexible mano de la ley cae sobre su cabeza, y torna á 
sepultarse en la sucia cloaca de la miseria, pero de una 
miseria mas horrible, más repugnante, más espantosa, por- 
que 'la sufre con una argolla al cuello, esposas en las manos, 
grilletes en los piés, tendido sobre el inmundo y húmedo 
pavimento de un calabozo, y soñando siempre con la ame- 
nazadora imagen del banquillo afrentoso. 

Este último es la triste esperanza que le queda. 

¿Pudo 1 > sociedad salvar este hombre? 

Ay! T 1 vez sí! Pero la sociedid no recuerda siempre 
la divina ley del mártir del Calvario!» , 

Lares conservaba en su alma los rectos principios que 




w 



— 261 — 

habían sido siempre el norte de su conducta; le alentaba 
la fe cristiana, que comunicaba a su sér esa mezxla de dudas 
y esperanzas, que esperimenta el hombre cuando le abate 
la desgracia, sin hacer vacilar su religión. 

Su miseria no empañaría el brillo de su honra; ¿había 
de vacilar — ? No se deshonra el que pide un pan sino el 
que lo roba. 

La sociedad le repudiaba porque era pobre; y 'hasta el 
trabajo, ese recurso del desheredado de la fortuna, parecía 
huirle, negándole sus favores. 

El desgraciado buscara, suplicaba, rogaba, todo era vano 

Había perdido la llave de oro que abre las puertas de la 
sociedad ! - — 



CAPITULO IV. 



El pqfer® Y'3P£QCtsant© 



r El desventura lo Lares dirigió á sus hijos una desesperada 
I mirada; - contempló aquellos queridos seres, demacrados, y 
vió pintada en sus ro-, tros el hambre y el dolor. 

Doña Ana, estrechaba contra su pecho á sus tiernas hijas, 
Sara y Eva, y murmuraba: 

— Dios mío ! Dios mío ! 

El buen padre cerró los ojos . . 

Las infelices niñas lloraban sin exhalar una queja; parecían 

C omprender que con est is solo conseguirían ahondar la 
>ena de sus padres sin mitigar las necesidades de todos. 

— Juan : - murmuró doña Ana, dirigiendo á su esposo una 
ristísima mirada. 

— Ana. . — contestó este comprendiendo aquella mirada, — 




— 262 — 



voy á salir .. .volveré, sí, volveré trayéndoos lo que ne- 
citais. . . 

El desgraciado Lares tomó su deteriorado sombrero, y di- 
rigiendo una última mirada á su esposa y á sus hijos, se 
lanzó á la calle como un loco. 

El infeliz vagó por las calles como un demente, sin- 
tiendo su frente abrasada por el fuego de la fiebre, 

El recuerdo de sus hijos y de su esposa llenaba su co- 
razón. 

— Pediré limosna. . . murmuraba, ! todo por ellos y solo 
para ellos.! 

— Dios mío, valor ! — esclamaba, y oculto por la oscuri- 
dad esperaba un nuevo transeúnte para implorar su ca- 
ridad. 

Un esfuerzo poderozo venció su repugnancia, y su 
mano se estendió miéntras sus trémulos lábios murmu- 
raban: 

— !Una limosna, por la piedad de Dios! 

El transeúnte pasó sin volver la cabeza. 

Lares se. apoyó contra la pared: aquellas palabras pare- 
cían haber agotado sus fuerzas; y la indiferencia desdeñosa 
del caballero que había pasado ante él acabó de abrumarlo 
destrozando su corazón. 

!Dios mío!, no me abandonéis, quiero pan para mis 
hijos! esclamó Lares, enjugando las lágrimas y el sudor que 
bañaba su rostro. 

Una segunda persona se acercaba; era una mujer. 

Lares hizo un esfuezo; su emoción y la tremenda lucha 
que sostenía en su pecho, apénas le permitieron murmu- 
rar: 

— Una limosna. . . 

La mujer se detuvo, y/echando mano al bolsillo dejó 
caer una moneda en la mano del mendigo. . . 

Lares llevó la moneda á sus lábios, y estendiendo el bra- 
zo hácia la mujer que se alejaba, esclamó: 

— La bendición de Dios te acompañe, buena mujer! 

El infeliz quiso dar un paso, pero la [debilidad y la emo- 
ción habíanle quitado las fuerzas. 

Recostado contra la pared, esperó en momento para poder 
caminar. 

Mil pensamientos se agolparon á su mente; veía^agoni- 




— 263 — 



zar á sus hijos, y á su esposa que desesperada abrazaba 
convulsivamente á estos; y su imaginación calenturienta 
reproducía mas allá distintas imágenes, creyendo escuchar 
los acordes de la música y el bullicio del sarao, entre- 
mezclado con los ayes desgarradores que lanzaban sus 
hijos pidiendo pan ! 

Con la cabeza apoyada sobre el pecho, y el cuerpo sacu- 
dido por convulsiones y desiguales movimientos, causados 
por la fiebre que le devoraba ; ensimismado en sus propios 
pensamientos, llegó por un momento á olvidarse del sitio en 
que se hallaba. 

Ignoramos cuanto tiempo permaneciera así. 

De pronto, una mano vigorosa cayó pesadamente sobre su 
hombro, sacándole~de su embargo. 

Juan Lares, al levantar la cabeza, se vió rodeado de un 
corro numeroso, que lo señalaba con el dedo esclamandó! 

— Ese, ese es el ladrón ! 

Un sujeto de baja estatura, gordo, de rostro inflamado y 
mirada centellante, se inclinó al suelo y levantó una cartera 
cerca de los piés de Lares. 

— Este pillo es el ladrón! — esclamó el hombre gordo, di- 
rigiéndose á los agentes de la autoridad que ya habían 
tomado del brazo á Lares. 

— Yo !... .yo.. ..yo, ladrón!. ...hijas de mi alma! — esclamó 
Lares, mesándose los cabellos y tambaleándose como un ebrio, 
por el efecto del más agudo dolor. 

— Ménos aspavientos y á la cárcel! — esclamó uno de los 
rudos agentes de policía, dando un empellón al infeliz Lares. 

— Soy inocente ! — gimió el desventurado, — donde está 
la prueba, quién me ha visto robar? por Dios! 

.. — Una cartera que acaban de robar á un caballero á la 
puerta del próximo teatro, se ha encontrado á vuestros pies; 
el miedo os la ha hecho arrojar! 

— Oh! nó, nó, yo no he robado, tened piedad de mis hijos, 
en nuestra pobreza solo nos queda el honor, no me lo ar- 
rebatéis con una impostura. ..mi esposa, mis hijas, morirán 
de dolor ! 

— Ménos palabras y en marcha; en vuestra esposa y 
vuestros hijos podías haber pensado al ir á robar, 

— Piedad! piedad! soy inocente!.... 

— Anda! anda! 




— 264 



El infeliz fue arrastrado entre los insultos y burlas de los 
que presenciaban aquella escena, sin dar lugar á la compa- 
sión en sus almas pervertidas. 

Por una fatalidad» todas las apariencias estaban en contra 
de Lares. 

Y, sin embargo, era inocente; el ladrón, al pasar junto á 
él y al sentirse perseguido, arrojó la cartera robada á los 
pies de Lares, sin que este la sintiera caer junto á sí por 
el aturdimiento en que estaba. Esto fué su perdición. Se^. 
le creyó autor del robo y no había medios de probar lo" 
contrario . 

La desgracia perseguía al desventurado padre. 

Sus lábios no exhalaron una queja más; pensó en sus hi- 
jos, en su esposa, en su honor minchado por una impos- 
tura, y lloró ; lloró hasta no tener más lágrimas, sin apartar 
sus ojos del cielo, testigo de sus m des, de su inocencia y 
de su inquebrantable fe religiosa. La limpidez de su con- 
ciencia prestábale alientos. 

El pensamiento de sus hijos y de su esposa despedaza- 
ba su corazón; la noticia de lo ocurrido los mataría más 
que el hambre y las miserias que soportaban. 

— ¡Cuando vuelva ya no los encontraré! — gemía el pobre 
padre, tendido en el duro suelo de su calabozo. 

— Dios mío! — esclamaba — mi honra, la joya de mis hijos, 
la riqueza de sus existencias, manchada por calumnia! yo la- 
drón! . . . ladrón ... ah! 

Lares sentía que su cabeza vacilaba, y apretando sus sie- 
nes murmuraba: 

— Hij os míos! hijos de mi alma. .. vuestro padre es ino- 
cente. . .vue c tro padre es honrado, no ha robado. , .no, no 
ha robado! Dios mío! Dios mío!. 

El desventurado sentíase agonizar de dolor. 

Unos cuantos días estuvo Lares detenido en la cárcel. 

Una mano misteriosa, desconocida, pareció mediar, y La- 
res se vió en libertad sin saber á quien debérselo. 

Para el desgraciado padre parecía haber trascurrido veinte 
años; sus cabellos, blancos en su totalidad, su rostro demacra- 
do, sus ojos hundidos y lo encorbado de su cuerpo, todos 
estos estragos causados por sus intensos sufrimientos ha- 
bíanle trasformado en los dias de cárcel sufridos. 




— 265 — 



Al verse libre voló á su casa, con el corazón despedaza- 
do, y la ansiedad y la angustia en el alma. 

La idea de un nuevo golpe, detuvo sus pasos en los um- 
brales de su casa, sin atreverse á avanzar. 



CAPITNLO V. 



La §@GÍ©<íad! Sara Ví@erat© di© Parad 



Un grito de alegría resonó en la mísera habitación de La- 
res, sintiendo este que dos brazos cariñosos rodeaban su cue- 
llo, y que dos bocas de ángel dejaban en sus manos la im- 
presión de los besos y h humedad de las lágrimas... 

— Mis hijos . . . mi esposa! . . . — murmuró Lares, estrechan- 
do aquellos seres queridos contra su pecho y sintiendo que 
sus piernas flaqueaban, negándose á sostenerle. 

Da. Ana y susi tiernas hijas condujeron á Lares hasta una 
silla, donde él se dejó caer como desplomado. 

— Juan querido! — murmuró Da. Ana, enjugando el frío 
sudor que inundaba la frente de Lares. 

— Valor, esposo mío, valor... — fe en Dios, piensa en El, 
piensa en tus hijos, en tu esposa! 

— Ana... soy inocente! — murmuró Lares. 

— Calla! bien lo sé, no necesitas decírmelo... ah! Dios cas- 
tigará al culpable!- 

Lares volvió á abrazar á sus hijas. 

— Pobres hijas mías! — esclamó con muda desesperación. 

— Desecha tus pensamientos, querido Juan, Dios no nos 
abandona, y la prueba está en el socorro que nos ha enviado 
miéntras tu sufrías una pena injusta, ignorándolo nosotros .. 

— Cómo? — interrumpió Lares, - qué dices, Ana? 

— Digo que Dios no nos abandona; escucha: la noche que 
tú saliste desesperado en busca de un pan para nuestras hi- 
jas, yo y ellas nos pusimos á orar fervorosamente, consi- 
guiendo con la oración fortalecer nuestros ánimos; concluido 




— 266 — 



el rezo nos sentimos mas aliviadas y conformes, seguras ya 
de que tú no tardarías en volver con los recursos de que tan 
necesitados nos hallábamos. 

Pocos momentos habrían pasado cuando dos señores llama- 
ron á la puerta de nuestra habitación, preguntando por la fami- 
lia de Lares — Satisfecha su pregunta me dijeron, que en nombre 
de la sociedad de San ‘Vicente de jdaul, de la Parroquia de S. 
Nicolás, adoptaban nuestra familia, desde ese momento, bajo 
su protección, en vísta de la terrible situación en que estábamos, y 
ai efecto me entregaron varios vales ó boletos que repre- 
sentaban distintas cantidades de dinero, con las cuales podía- 
mos adquirir cuantos alimentos necesitáramos, encargándose 
ellos también de la mensualidad de nuestras dos habitaciones. 

— Dios mío! — esclamó Lares — es esto un sueño, Ana? 

— No, Juan, es una dulce realidad: la bondad de Dios, 
puesta en obra para nosotros por una de las más dignas 
Sociedades que existen en Buenos Aires. 

— Oh 1 - 

— Ella ha sido el brazo de Dios; nuestras bendiciones para 
el Todopoderoso y la digna Sociedad, en la que figuran 
en primer término, los Sres. Eduardo C., José A., Luis A., Juan 
Lorenzo y otros caballeros no ménos meritorios y dignos . 

— Sí, Ana, benditos sean los que de tal modo ejercen la 
santa y benéfica caridad! 

Y aun no he concluido, Juan, — sabrás todo lo ocurrido. . . 

Aquella noche fué feliz en un principio, y digo esto por- 
que tu tardanza nos llenó de inquietud y zozobra á mí y á 
nuestras hijas. Esperamos una hora tras otra, y la idea de 
una desgracia destrozaba nuestros corazones. Siempre espe- 
rando," llegó la madrugada del siguiente día sin que yo hu- 
biera querido buscar reposo^en el lecho; mis hijas se durmie- 
ron llorando con las cabezas apoyadas en mis faldas. El me- 
nor ruido me sobresaltaba, temiendo por momentos recibir 
la noticia de una desgracia tremenda. 

A las primeras horas de la mañana los caritativos caballe- 
ros de la víspera volvieron á presentarse; el más anciano se 
adelantó diciéndome: 

— Señora, vuestro esposo está bueno y salvo. . . 

— Lo habéis visto! — esclamé sobresaltada — entonces porqué 
no viene, qué lo detiene? 

—Anoche, al salir de aquí, se descompuso; quiso la casua- 




— 267 — 



lidad que nosotros pudiéramas recogerlo, y como vuestra casa 
estaba algo distante, lo trasladamos á la del señor . . 

El anciano indicó á uno de los señores que lo acompaña- 
ban, de aspecto grave y reposado. 

Oh! decidme, señor, que no me engañáis !.. mi esposo 
estará gravemente enfermo, quizá. . haya muerto! — Los so- 
llozos no me dejaron continuar. 

— Señora, — calmaos: si alguna de esas dos cosaS' sucediera, 
para prepararos os hubiera dicho que estaba enfermo de cui- 
dado, pero no es así, solo tiene una gran debilidad que no 
le permite moverse; os juro por mi honor que vuestro esposo 
vive y que pronto lo vereis . . dentro de unos dias quizá . 

— Dentro de unos_dias! — esclaméyo — por qué tanto tiem- 
po, señor ? 

— Porque, mi amigo — dijo el anciano indicando al señor 
grave, — desea llevar por unos dias á vuestro esposo á su 
quinta, con el objeto de que se retablezca y pueda devol- 
véroslo sano y fuerte. 

— Pero, señor., se ha de ir sin despedirse de nosotros? 

Y para qué; señora? él sentiría y vosotros también, y 
se pueden evitar esas emociones; ademas es cuestión de dias: 
creédme, vuestro esposo volverá completamente bueno, en dis- 
posición de poder trabajar en la ocupación que nosotros 
podamos proporcionarle. 

Tanto dijeron que yo concluí por creerlos y convencerme. 

Pero anoche, estuvieron otra vez; y entónces, después 
de mil delicados rodeos me revelaron la verdad de lo que 
ocurría, diciéndome que desechara todo temor, que en la ma- 
ñana siguiente, por hoy, te pondrían en Jlibertad, y que tu* 
viéramos resignación por aquel nuevo golpe del destino, que 
ellos tenían la conciencia de tu honradez y de tu inociencia, 
porque conocían tu pundonor, tu delicadeza y recto proceder. 

En fin, me dejaron consolada en parte y ansiando el mo- 
mento de volver á verte ! 

— Pobre Ana, cuánto has sufrido ! 

— Y tú? oh ! querido Juan! parace que han pasado veinte 
años por tí ! 

Lares contempló ásu esposa y á sus hijas, y un profundo 
suspiro se escapó de su pecho. 

El pobre padre pensaba en la injusta acusación que pe- 




268 — 



saba sobre’ su nombre, miserable entonces, pero honrado y 
limpio á pesar de la mancha que pretendía empañarlo. 



CAPITULO VI. 



inittr© <i®8 v©©Ém«8 6 



Entre los varios inquilinos que contaba la casa donde vivía 
Lares y su familia, figuraban una señora llamada Da. Lucía, 
su esposo D. Bernardo, una hija de trece años, de nombre 
Aurelia, y dos buenas mujeres de trabajo, hijas del pueblo, 
que ocupaban las última^ habitaciones que daban al fondo 
de la casa. 

Una de estas se llamaba María, y Catalina la otra; aquella 
con ciertos ribetes de persona algo instruida y amiga de 
saber. 

Ambas eran muy amigas, y siempre hacían sus quehaceres 
juntas, para luego, una vez desocupadas, poder dar gusto á 
la lengua conversando de todo un poco; nada ignoraban 
en siendo* 'asuntos da la vecin lad. 

— Has visto, Catalina* — dic^M iría, dando comienzo á la 
tarea , — lo que le pasa á Da. Luch. 

— No hija, pues qué. hay?- — contesta Catalina, muy con- 
tenta de que haya llegado el momento tan deseado de la 
charla. 

- -Pues es nada! que no tienen que comer ni quien se 
lo dé!^ 

— Pobrecilios ! y qué hacen? 

— Lo que Dios manda, buscar: pero, ay! hija, la gente 
está tan pervertida que ya parece que no hay caridad 

Bernardo, el infeliz, no tiene en qué trabajar. 




— 269 — 



— No es porque no haya buscado, ya ves lo que ha ca- 
minado, pero na la! hasta Valparaíso fué! 

— Lo que es el mundo. María! No hace mucho tanta for- 
tuna que tenia D. Bernardo, lo mismo que el señor Lares! 

— Sí, pero hay quien dice que D. Bernardo no ha sabido 
conservar su fortuna, porque ha sido tacaño con unos y der- 
rochador con otros. 

— Por cierto, tacaño sería con los de casa y pródigo con 
los de afuera; eso lo castiga Dios siempre cuando esta pro- 
digalidad no es para hacer earidades sino simplemente por 
el gusto de derrochar. 

— Eso me hace acordar, Catalina, á lo que leía el otro 
día la hija de la dueña de casa, que recibe por entregas 
libros tan bonitos J 

— ¿Y qué decía? 

— Tengo buena memoria, y como me acordé de D. Ber- 
nardo, me quedó impreso con puntos y comas: decía poco 
más ó ménos: «Existen caractéres en la vida real que tienen 
mucho de inverosímiles cuando los novelistas pretenden mez- 
clarlos en las intrigas de sus fábulas — Quién no ha tratado 
en su vida algunos hombres que gastan alegremenMpon 
sus amigos una onza con un desprendimiento admirable, 
miéntras que en su casa arman una batalla por dos reales que, 
según su opinión, se gastarán su pérflua mente? El mundo es 
una inmensa jaula de locos hipócritas, que viven engañándo- 
se los unos á los otros.» 

— Pues hija, no sé qué admirar más, si tu memoria ó 
el sentido de esas palabras tan- adecuadas á D. Bernardo. 
Y dime, ¿de quién son? 

— De '¡Escrichc . 

— Creo María, que no es < ¡Escriche ) como le llamas, sino 

TZscrich. 

— Lo mismo da, hija, un nombre que otro. 

— Ya lo creo, lo esencial ya está dicho. 

— El pobre D. Bernardo merece más suerte, ha sido des- 
graciado por su culpa, pero los trabajos enseñan; cree ,que 
ahora es otro. 

— -Y la pobre Da. Lucía? pero, por qué no ven á esas tan- 
tas sociedades de caridad? así podían pasar hasta que D. 
Bernardo encontrara trabajo. 




— 270 — 



-1— Calla, hija! — esclamó María bajando la voz y acercán- 
dose á su compañera, — si han visto varias sociedades’ 

Y? 

Y ha resultado nones... 4 

— Cómo? 

— Sí, primero vieron una, y los desahuciaron, diciéndoles 
que ellas solo socorrían á familias que tuvieran niños menores... 
— Jesús! 

— Y después no fue una, fueron muchas las sociedades de 
caridad que les cerraron sus puertas porque no tenían chicos! 
Qué dices á esto, mujer? 

— Ave María! pues qué, los grandes no saben comer? 

-A la cuenta, eso se imaginarían; ó dirían, tienen buena 
edad, no están enfermos, que trabajen! 

— Ya! como si el trabajo se hallara siempre que se bus- 
cara! ahí está D. Bernardo, que conseguía trabajo por dos días, 
y al tercero ya no lo tenía y había que empez ar á buscar otro; 
no, si la desgracia lleva consigo todos los males! 

— Oh! hay ciertas caridades . . . que no las entiendo! 

S yo tampoco, porque una cosa contradice la otra. 

claro— -ya ves, cuando Dña. Lucía vió días pagados 
; sociedades de caridad, le dijeron que fuera des- 
cuidada, que ellas pasarían por su casa. 

-—La visita de fórmula. . ... 

— Buena visita, Catalina, que en vez de consolar dejan 
á uno desconsolada! 

— Pues qué, vinieron? 

— Ya lo creo! Eran unas señoras, Se presentaron en coche, 
inspeccionando todo con una mirada! Yo observaba á todas, cre- 
yendo encontrar en alguna de ellas un átomo de sensibili- 
dad,* pero nada, hija: miraj^añ á Dña. Lucía con altivez y 
desden, haciéndole preguntas impertinentes, que tenían á la 
pobre señora toda sofocada y afl.gida. 

-—Vaya una caridad! Puro orgullo y ostentación, nada 
más. 

- — Felizmente, mujer, no son todas así: conozco yo algu- 
nas presidentas y damas que pertenecen á sociedades de ca- 
ridad, que dan ganas de comerlas á besos de puro buenas! 
— Qué contraste con las otras! 

— -Y no es fácil equivocarlas; basta hablar con ellas, refe- 
rirles desgracias, y las verás conmovidas* con los bjos ar* 




— 271 — 



rasados en lágrimas, y que sin más trámites' ni averigua- 
ciones, te socorren y te consuelan con palabras dulces; oh! estas 
son una bendición! yo las serviría de rodillas! así como suena! 

— ¿Y por qué Doña Lucía no ha visto á estas? 

— Calla, si á la pobre señora todo lo malo le persigue! 

— Lo mismo que á Lares y su familia! 

— Pobrecitos! Doña Ana ya le ha hablado á Doña Lucía; 
parece que la Sociedad de S . Vicente de Paul va á socorrer 
también á esta última. 

— Dios lo quiera; parte el alma ver esos cuadros de miseria. 

— Felizmente, para consuelo de los desgraciados, hay en 
el mundo almas tan buenas! Ahí tienes, sin ir mas lejos, la 
hermosa señora de acá á la vuelta, calle de Salta. 

— Cual? la de N. . .? 

— No, mujer! Da. Mercedes O. de A., la hermosa y sim-, 
pática viuda del Dr. D. Manuel A., muerto en la fiebre ama- 
rilla del 71. 

—Ah! 

— Sí, tan hermosa, con su pálida tez, sus bellos ojos y 
el adorable conjunto de toda su persona, como tierna y 
noble es su alma generosa. 

— Dicen que es muy buena. 

- — Excelentísima, tiene un corazón de oro, y quien dijera lo con- 
trario mentiría descaradamente; es amable, tierna y espansiva 
con sus amigos; amante, sensible y generosa con los que á 
ella acuden eñ busca de protección; escucha las quejas del 
infortunio con lágrimas en los ojos, dispuesta á quitarse, 
en su abnegación, si fuera menester, las ropas que la cubren 
para vestir con ellas á la que le demandara tal socorro — oh! 
es un ángel! 

•* — Yo no la conozco, sino de nombre. . . 

— De nombre pocos ó ninguno dicen la verdad. La en- 
vidia y la calumnia, hija, es moneda corriente en este mundo 
de miserias. 

. — Verdad amarga ! 

— Pero gran verdad; ten seguro que el más bueno es el 
más perseguido: el ejemplo lo tenemos en Lares, ya ves; 
honor, honradez, delicadeza y todo lo bueno que puede ha- 
ber, y, sin embargo, todo le sale en contra, es una fatalidad ! 

— Felizmente ahora parece que la suerte le vt siendo más 
benigna* 




— 272 — 



— Sí, la recompensa de la resignacon no deja de llegar, 
tarde ó temprano. 

— Díme, María, conoces tú á esa señorita alta, rubia, que 
viene muy á menudo enfrente? 

— Ah! la de vestido negro y abanido punzó? . 

— La misma ! 

— Sí, la conozco; se llama M. de E., es una buena seño- 
rita; á una familia que vive en esta misma acera le he 
oido decir que aquella posee muy buenos sentimientos y un 
bello corazón, lo mismo que su hermanita mas joven. 

Y dicen que se casa. 

— Así dicen, Dios lo quiera, y le toque un buen esposo 
que sepa estimarla; así se verían recompensados los buenos 
actos que haya hecho. 

—Nadie como Dios para un justo premio; El conoce el 
valor de las accionen y su buena ó mala intención para dar 
la recompensa merecida. 

— Es la verdad, Catalina, así premiará Dios á otra perso- 
na que también merece mucho. 

— Quién es ella? 

— Un señor que no conozco personalmente, pero del que 
he oido muchas cosas, á cual de ellas más hermosa; me refie- 
ro á D. Sebastian P. 2 ° Comandante del Batallón 7 0 de In- 
fantetería de línea. 

— Ah! sí, ya lo creo, es un digno sujeto. 

— Lo conoces tú también? 

— De oídas, hija: lo único que te podría decir es que si 
yo fuera Presidente lo nombraba Brigadier. 

— Bien merecido lo tendría; ese es otro de los ardientes 
apóstoles de la caridad ! y<^sé de infortunados que han acu 
dido á él en circunstancias de tener apénas cinco pesos 
en el bolsillo, y no solamente ha dado esos cinco, sino que 
ha pedido prestado por aument irlos; y estos actos se han 
repetido muchas veces, habiendo ocasiones en que ha hecho 
una caridad perjudicándose gravemente, pero bendie endo 
siempre ef momento que se le proporcionaba para obrar así. 

— Oh! qué bello corazón! 

— De oro, Catalina, de oro; pero así como este, existen al 
gunos séreSj* cuyas hermosas acciones se ejecutan en la os- 
curidad del misterio, y en ella pasan desapercibidas. 4 




— 273 — 

- — Oh! si hubiera quién las hiciera públicas! 

— Pierde cuidado, Dios es grande y no deja nunca que 
cosas como estas queden ignoradas de todos. 

--Qué alma tan noble la de D. Sebastian P. . . 

— Sí, muy noble y digna de ser enteramente feliz. 

— Que Dios premie sus elevados sentimientos! 

— Es el deseo de todos los que lo conocen y saben va- 
lorar sus méritos. 

— ¿Dime se casó siempre la viuda Erna? Cambiaremos de 
tema, nos hemos ocupado de la caridad, ahora hablemos de 
otras cosas muy distintas de esta. 

— Bueno, mujer, á qué no te imajims con quién se casó 
la viuda? 

— No sé... ___ 

— Con José!... 

— Con José! . ..Ave-Maria purísima! 

— Con él fué; ya sabes, ella es rica por su marido, pues 
por eso sin duda se casó con él; sus padres estaban muy mal, y el 
medio de salvar la situación era casándose con el viejo, ella 
era ya madura, jamona, tenía sus cuarenta Otoños, para el 
viejo era joven;, pero, cata aquí que un resfrio se lleva al 
buen tio y Erna se encuentra impensadamente viuda, es de- 
cir libre, y rica... 

— Pero sin juicio, María, porque dicen las malas lenguas 
que en vida de su esposo, ya tenía asegurado al que debía 
sostituir á este. 

— Es claro, eso se sabe, aunque yo me lavo la manos; la 
muy tonta fue engañada apesar de sus años y esperiencia, 
creyóse amada, sin acordarse de nada mas, y olvidando la 
fé jurada, mancilló las canas de su esposo. Hoy no es fe- 

liz, porque su jóven marido se preocupa poco de serle fiel. 

—Ejemplo para las mujeres que faltan á su deber; ella 
se ha unido á José que ama su oro pero no á la dueña de 
él, y es natural que no sea feliz. 

—No, no lo es Catalini, 'y la conciencia . le remuerde, 
porque nunca falta impunemente la mujer, sin que deje de 
purgar sus malos pasos; y fué adúltera, y la mujer que no 
es honrada y se pierde por su gusto, merece el desprecio y 
el castigo de la sociedad. 

— Hablas como un libro y Erna adora á José. 

— Bueno fuera que no! ella es vieja y tiene sobre si la 




— 274 — 



desazón del desamor y de su falta, y él es jóven, buen mo- 
zo y al fin. . .hombre! 

— Pero un picaro! venderse como un miserable esclavo’ 

— Hija, hoy impera el oro; José iba á caza de aventuras, 
pescó una, que le salia al paso, y se dijo: ella se morirá el 
dia ménos pensado y me veré libre* y rico. 

— Odioso argumento: faltaba ahora que para castigo de su 
ambición, sea ella la que lleve la batuta en el manejo de la 
bolsa. 

— No lo creas, él es zorro; y ella enamorada, no habrá 
resistencia. Pobres gentes! 

— Qué perspectivas de félicidad! que hogar tan venturoso! 

— Calla, es bien merecido: la mujer que falta á sus deberes, 
á la fe jurada, merece todos los rigores de la desgracia; 
nunca tiene pretesto para delinquir, su honra es como el vi- 
drio, ah! desgraciada de ella si este se rompe ó se empaña!: 
Y cuidado que hay muchas como ella. . . desgraciadamente! 
• — Y como él? 

Como él también pero su falta es menor aunque su 
castigo bien merecido está en el desprecio de todos y en el 
yugo, que hoy lamenta, tener sobre si . 

— Desgraciados! Dios ilumine á los que de tal modo se 
desvian de la senda de sus deberes! 

— Jesús cuánto hemos charlado! 

— Como gacetas! 

— El puchero estará ahumado! 

— Y á mi se me habrá quemado el guiso! 

— Adiós, María! 

— Hasta luego, Catalina! 



CAPITULO VIL 

©o# PtC»W»8 6 nw©8tra8 tcnikies íeotorae 

Hablamos con un placer inmenso, siempre que nuestra 
humilde plumi tiene que consignar actos de caridad, enco- 
miando á seres dignos y nobles. 




— 276 — 

Es tan bella y tan grata la tarea de encomia y bende- 
cir á los apóstoles de la caridad y de los grandes sentimien- 
tos que ennoblecen el espíritu ! 

No ha mucho hablábamos con una amiga íntima comunicán- 
donos mutuamente nuestras amas recientes inpreciones. 

Nuestra amgia conmovida narrábanos una obra de cari- 
dad llevada á cabo recientemente por un excelente corazón. 

Tratábase de una madre que en la última miseria se veía, 
rodeada de siete hijos, de año y medio el menor de ellos 
sin poder procurarles alimentos por el estado de postración 
en que se hallaba. 

Pintábanos nuestra amiga aquel cuadro terrible en que 
las lágrimas y los lamentos de dolor hacían estremecer el 
alma entera! 

En medio de aquel sombrío dolor apareció, un rayo de 
sol, enviado por Dios y llevado por un ángel. . . 

Este ángel enviado por la providencia á aquel desventu- 
rado hogar, era Anita Ü. de V..da hermosa y simpática es- 
posa del Dr. Benjamin V... actual Ministro de Guerra y Ma- 
rina de la República, uno de los hombres mas^ pundo- 
norosos, uno de los amigos mas leales y generosos de los 
que hoy tan raros se conocen. 

Anita es el tipo de la mujer noble y distinguida, con to- 
das las cualidades realzantes, de la belleza físiea y moral. 

Si hermoso y arrogante es su físico, unido á la dulzura 
cariñosa de su trato, más bello aun es su corazón y su al- 
ma sensible y generosa. 

Mas de una madre le debe su ventura, y en más de un 
hogar, la influencia de Anita ha esparcido esplendores de 
dichas! 

Anita y su estimado esposo son dignos uno del otro: 

Dulzura y fortaleza, gracia y graveda!, bondad y nobleza, 
fuertemente unidos por los más bellos lazos! 

Seres como Anita son el mas bello adorno de la socie- 
dad en que viven. 

Hombres como V...que proceden al compás' de sus senti- 
mientos nobles y rectos, alejando de sí los circuios viciosos 
que pudieran infestar la fuente de sus altas aspiraciones, son 
el orgullos de la sociedad, y el mas rico blasón que esta 
puede ostentar. 




— 276 — 



No existe riqueza más grandiosa que lá de la hohradez 
y el 'pundonor. 

Jamás nuestra pluma, lectora amiga, fue manchada con la vi- 
lantez de la adulación y del despreciable servilismo. 

La frente bien alta! la limpieza de la conciencia, no ha 
menester de la mendicidad de los favores, otorgados á veces 
á seres que se humillan y desgradan por alcanzarlos. 

Preferiríamos mil veces el más estremo infortunio con to- 
dos sus amargos sufrimientos, á la más grande fortuna con- 
quistada poq humillantes adulaciones. 

Nada más hermoso que la dignidad; con esta aureola, la 
altivez de la propia conciencia levanta la frente erguida, y 
el mas humilde es el más poderoso. 

Hay seres mezquinos que no comprenden los grandes senti- 
minutos, por la sencilla razón de que nunca los han esperi- 
mentado. 

Las ideas más nobles, np comprendidas por ellos, que son 
todo cálculo y egoísmo, conviértanlas á su sabor, sazonándolas 
con la sátira de sus. mórdazes lenguas. , 

Hé ahí una de las frases oscuras de la sociedad . . . 

Felizmente la pobreza del verdadero sentimiento tiene un bri- 
llo especial por el que fácilmente se le reconoce. 

Los efectos son del dominio de Diós ! 



CAPITULO VIII. 



La watt© Da desgracia 



Volvamos lectora, á la familia de Lares, olvidada por nos- 
otros por breves momentos. 

La generosa influencia de la caridad, había mitigado un tanto 
los sufrimientos de aquella escelente familia. 




— 277 - 



Doña Ana, pobre madre! observaba aflijida la tristeza de 
sus tiernas hijas, que co no pajarillos prisioneros, echaban* de 
menos dias más felices. 

Contemplaba también 1 . mi ai cedía y secreto pesar que en va- 
no trataba de disimular ¡m ' ; osn. 

Ella veía todo, y por todo- sufría 

Su martirio era inmenso, como madre y como esposa; 
su único consuelo eran 1 is or iciones, en estas hallaba el dulce 
bálsamo para sus secretas penas. 

Dice María del lar \ « el mundo guarda oraciones para la£ 
santis, aplausos para las heroínas, adm ración para las guerreras; 
para las valerosas mártires del hogar doméstico no tiene nin- 
guna recompensa, ningún triunfo; es más, ni ellas lo esperan ni 
lo desean. Su fuerza- es Dios, su esperanza la felicidad de la 
familia.» Creemos que esto es una gran verdad. 

Llegó el dia en que Lares tuvo noticia de que se le iba á pro- 
porcionar trabajo : alzó los ojos al cielo y su pecho se levantó á 
impulsos de un hondo suspiro. 

El momento esperado llegó al fin. 

Fue llamado á casa de un rico señor, el cual tenía su escri- 
torio en su propia casa. 

Ajustó con Lares, señalándole un buen sueldo, quedando 
este en volver al siguiente dia para empezar á trabajar. 

Lares llegó á su casa rebozando alegría, con la feliz nue- 
va que iba á cambiar la faz de su triste situación. 

Fue aquel , un dia de regocijo para la familia, momentos 
de placer que hacía tanto tiempo no disfrutaban. 

Los buenos esposos hacían mil proyectos, repartiendo me- 
tódicamente, con la imaginación, lo que iban á empezar g 
recibir al cabo de aquel mes . 

Ambos pensaban en sus hijas, y esta idea traía á la mente 
las más abnegadas determinaciones en la inversión de la ren- 
tita que el destino iba á poner en sus manos. 

Llegó la mañana siguiente. 

Lares se disponía á abandonar su casa, después de haber 
acariciado á sus hijas, y de haberse despedido tiernamente de 
su buena esposa; cuando le entregaron una carta de parte 
del señor á cuya casa debía ir á trabajar. 

Lares al recibir aquella carta sintió sin saber pprque, un 
estremecimiento que agitó todo su cuerpo. 




— 278 — 

Da. Ana palideció, y pausadamente fue acercándose has- 
ta su esposo. 

El que había traido la carta habia desaparecido. 

Lares rompió el sobre con mano temblorosa . 

La carta decia así: 

$r. |2). ¿Juan íares: jEn mi casa necesito gente de confianza ; 
con esto comprenderá vd. que no debe volver á ella f porque po no 
consentiría que vd. manchara sus umbrales. — 5y”. 

Lares lanzó un grito, se llevó la mano al corazón y cayó 
pesadamente en los brazos de su esposa que acudió á soste 
nerlo. 

* ... .... *3 



CAPITULO IX. 



Cacnfel® de fas el outdro 



Ha trascurrido un mes. 

Lares, postrado en el lecho, ha luchado entre la vida y 
la muerte, sin que esta lográra hacer su presa. 

Da. Ana y sus hijas, Sara y Eva, han velado junto al 
lecho del pobre enfermo. 

La crisis pasó y con ella empezó la convalescencia, peno- 
sa por el cruel recuerdo qy^roia el pecho noble de Lares. 

Da. Ana se esforzaba en calmar y hacer olvidar á su es- 
poso lo ocurrido. 

— Ay! Ana... — esclamaba el desventurado Lares — , es de- 
masiado esto; la sociedad me condena, la sociedad sin ms 
pruebas que el escándalo promovido por la desaparición de 
un criminal lanza sobre mi cabeza su anatema. ..sin que de 
ningún modo pueda yo vindicarme de un delito que no he 
cometido! 

• — Cálmate Juan! no tienes esperanza en Dios? 




— 279 — 

— Oh! si, por su amor sufro resignado... pero están hon- 
do mi sufrir! 

— Piensa Ju n, ei tu^ hijas, en tu esposa, que dispuesta 
está á dar hist la últ i > gota de su sangre, si con ella hu- 
bieran de borr re t is pe- ares, que son míos también! 

— Ana! mi l-um Ana! Dios te bendiga! 

La conversaron de los dos esposos siguió en voz baja y 
contenida por no despertar á las niñas que descansaban de 
las malas noches sufridas. 

Cuándo cambiaría la suerte de aquellas infelices criaturas! 

Tenaz insistencia de la desgracia! 

«La sociedad, esa señora que tantas garandas debe te- 
ner para sus individuos, y á quien estos deben guardar tantos 
respetos, es siempre- juna madre cariñosa para los que con- 
siguen deslumbrarla con el brillo de sus trenes y con el 
oro que desparraman: á esos les alhaga, pone en sus manos 
todos los privilegios pueden ejercer todos los derechos por- 
que son hijos mimados de la fortuna; pero es una madras- 
tra cruel é impía para los que nada poseen, consiguiendo so- 
lo en pago de su trabajo, el tener que cumplir todo los 
deberes, solo porque son los desventurados hijos de la des- 
gracia.» [\] 

• • • • • . • 

Algunos dias más trascurrieron, sin que Lares recobrara 
del todo su salud. 

(fe Sinembargo un acontecimiento imprevisto vino á cambiar de 
color el cuadro sombrío del hogar de Lares. 

Los diarios de la capital dieron cuenta de un suceso parti- 
cular. 

Habíanse tomado presos dos famosos ladrones, que de un 
tiempo á aquella parte dejábanse sentir por todas partes. 

Los diarios decían: parece que al tomarse las declaraciones, 
uno de los ladrones, compañero inseparable del otro, no guardó 
la reserva acordada entre ellos, y delató á su cófrade de algunos 
robos de calibre. 

«Enfurecido el segundo ladrón por la descubierta, hizo á 
su vez algunas revelaciones ; entre ellas de ser el primer ladrón 
el autor del robo de la cartera, que tiempo pasado se hizo al 
Sr N. en la puerta de un teatro, robo que injustamente se ha- 



ll) J. c. 




— 280 — 



tia atribuido al honrado Sr Lares, por haberse hallado muy 
cerca de ella cartera robada. 

«Con placer hacemos público este suceso que pone á sal- 
vo la honorabilidad del Sr. Lares, y que llevará á su hogar 
hoy abatido por la desgracia, el inefable consuelo de su reha- 
bilitación.» 

Esta noticia cayó sobre la familia de Lares como una llu- 
via fresca, y perfumada, enviada por el señor, para refrescar 
y reanimar sus espíritus abatidos. 

Lares sintió circular la vida por sus venas, y una fortale- 
za rejuveneciente, acabó de arrancar el velo sombrío que por 
tantos meses habia pesado sobre él, como una red de acero. 

Pintar la alegría de aquellos pobres y perseguidos seres, 
sería tarea difícil. 

Permanecer en las tinieblas y ver de pronto raudales de 
luz, y panoramas de sonrientes felicidades, es una dicha tan 
grande que no se acierta á esplicar 

Lares fue felicitado por todos; algunos de sus antigos conocidos 
los menos malos, que lo desdeñaban por su pobreza, no vacilaron 
en estrechar su mano al conocer su inocencia: Dioses justo. 

Aquel señor, que tan duro y cruel se habia mostrado con 
Lares, despidiéndole de su casa, le escribió una satisfactoria 
carta ofreciéndole de nuevo el puesto que entónces le negó. 

La dignidad es orgullosa 

Lares rehusó, pero perdonó de corazón al que tan cruel- 
mente le ofendió. 

En pos de una dicha viene siempre otra, como en las 
desgracias, que á unas se siguen otras, formando cadena in- 
terminable. 

Un acaudalado comerciante ofreció á Lares un brillante 
negocio, que con cónstanci^y actividad no tardaría en dar 
magníficos resultados. 

Lares aceptó gozoso; con su laboriosidad conquistaría el 
porvenir de sus hijas. 

La alegría envió sus rayos de luz al hogar antes tan des- 
venturado. 

Los reveses del infortunio, soportados sin murmurar, reci- 
ben tarde ó temprano compensaciones imprevistas. 

Lares trabajó con ahinco, alentado por la firmeza de con- 
seguirlo todo por medio de su contracción. 

«A decir la verdad la fortuna no es tan ciega, ni tan 




— 281 



caprichosa como se dice, f y si algunas veces cede sus fa- 
vores á los que son indignos de ellos, por lo regular suele 
reservarlos al trabajo perseverante, á la integra lealtad, ál 
cálculo inteligente y hábil, á la severa economía y á la exac- 
titud rigurosa: estas virtudes y no la casualidad preceden á 
la fundación de las fortunas durables y honradas, y en donde 
días faltan, no puede impedir la más consumada habilidad, 
que se derrumben en un dia. » (l) 

Tiempo pasarla, pero la aurora de felices dias señalaría 
nuevas épocas de dulces compensaciones. 



CAPITULO X. 



P ©ríteme® d© Et vlrfecad 



Con la más íntima satisfacción vamos á trascribir en estas 
pájinas unos pensamientos inéditos, pertenecientes á nuestra 
compatriota y queridísima amiga Manuela Acevedo y Díaz, 
los cuales nos fueron dedicados por ella, conservándolos 
nosotros como joyas de gran valor. 

Mas, ántes os diré dos palabras, lectora estimada, respecto 
á nuestra amiga. 

..La azucena encanta por su pureza; son tan bellas y suaves 
sus hojas blancas! es tan dulce y embriagador el aroma de 
su cáliz! .... Manuela es una azucena! 

Los poetas han asegurado que la muger y la tlor son 
séres hermanos. 

Nada más casto que la flor .... la muger es su hermana 
en belleza y pureza; simil más perfecto no podría hallarse. 

Manuela querida ! admite esta ofrenda de nuestro íntimo 
cariño ! 

Tú tan buena, tan pura y tan bella, vertirás una lágrima 



(1) Mad. Augustas Craven. 




sobre estas pájinas. . . .y ella se unirá á la que ya mi corazón 
ha dedicado á tu recuerdo estimado! 

Guarda en tu seno, blanca paloma del suelo oriental, la 
espresion pura y ardiente de esta alma amiga de la tuya! 

Lectora: lee los pensamientos de Manuela, en ellos aspirarás 
el aroma de esa azucena. 

«No es posible, virtuosa Lola, conocer todo el encanto 
«que encierra esa felicidad soñada por los mortales sin ántes 
«haber experimentado hasta el último grado cuanto tien de 
«cruel el golpe terrible de la desgracia. e 

I’ «No hay satisfacción mayor, que conservar la tranquilidad 
«de una conciencia pura, en medio de la falsía y la virtud 
«de una alma incorruptible, entre la densa atmósfera de la 
«adulación y las vanas manifestaciones del mundo. 

«Nada mas espléndido, mi Lola, que el triunfo de nues- 
«tro espíritu cuando vacilante por haber luchad 0 mucho 
«tiempo, se rehace con sus últimos alientos á ven cer y di- 
«sipa las sombras negras de la infausta suerte. 

«Es necesario, Lola querida, sufrir bastante, para que la 
«gratificación sea pródiga en el dia de las recompensas y de 
«los goces, para sentir cuán dulces y bellas son las horas 
«de la fugaz dicha y cuán interminable y sombríos son los 
«años del dolor. 

«Si bien es verdad que Dios pone á prueba la fortaleza 
«de nuestras débiles almas, y estas se retuercen en la fiebre 
«ardiente de las penis, les concede esa bendita religión de 
«la celeste fe, que no 1< s abandona hasta que el último 
«átomo de sus creencias se pierde en el hondo abismo de la 
«desesperación inconsolable! 

«Confiar y esperar, son los consuelos de la humanidad, 
«y sin esas esperanzas qué^acen soñar á nuestra imagina - 
«cion enferma, con dias de venturosa calma, la existencia se 
«trocaría en un caos de dudas y decepciones.» 




CAPITULO XII. 



Afonegaatoti 

Han transcurrido siete años. 

Tornemos al hogar de Lares. 

El modesto bienestar, la santa paz, reina en el seno de 
aquella familia tan digna de ser feliz. 

La fortuna que labra las manos de Lares, aun avanza 
con tárdio paso, pero su valor no desmaya, la labor es ruda,,, 
pero cada linea que alcanza y pasa es un triunfo; el triunfo 
de la virtud y de la constancia. 

Las dos niñas de Lares son ya unas señoritas. 

Sara, de diez y nueve años cumplidos, ofrece el mas 
bello tipo. 

Su estatura es mediana, sus formas delicadas ; su rostro de 
una gracia perfecta y de una delincación admirablemente 
hermosa. Su tez es blanca, sus ojos pardos, y sus cabellos 
castaño claro, con reflejos dorados; en toda ella se nota una dul- 
zura, una suavidad, una belleza tan ideal que arrastra tras si 
la mirada, sin que esta pueda librarse de aquella influencia 
tan dulcemente grata. 

Jamás hubo hermanas tan parecidas como Eva con Sara 

Contaba Eva quince años, y á escepcion de su estatura más 
mediana que la de Sara, y de sus formas mas indecisas que 
las de esta, todo en ella era un fiel reflejo de su hermana 
mayor. 

Solo había diferencia en la espresion del semblante: el de 
Sara era algo reflexivo y de un tinte dulcemente melancólico; 
el de Eva ostentaba una alegria infantil, y una cándida es- 
presion de inocencia y de satisfacción. 

La moral de las jóvenes se asemejaba igualmente; ambas 
nobles y tiernas, buenas y generosas. 

Era una tarde de verano. 

i Doña Ana, Sara y Eva, paseaban por el jardín de su 
I casa. 




— 284 — 



El ambiente era perfumado, y la brisa de la tarde lij era 
y suave. 

Eva y Doña Ana se habían internado por las calles de 
árboles, aquella persiguiendo una mariposa, y esta á su íiija. 

Sara había quedado sola. 

La hermosa jóven jugaba distraídamente con una r ima 
de flores de paraíso, sentada bajo una glorieta, en un banco 
rústico de madera. 

Sara vestía un delicado traje de muselina blanca, con pe- 
queños pensamientos; su cuello rodeado de finos encajes, os- 
tentaba sobre el pecho una diminuta cruzecita de oro, suspen- 
dida por una cintita negra; sus cabellos graciosamente reco- 
jidos y sujetos por una aguja de plata, prestaban á su jentil 
cabeza un encanto seductor. 

Su falda corta, que apenas rozaba el suelo, dejaba al des- 
cubierto un primoroso pié que asomaba bajo los pliegues 
de la muselina, coquetamente calzado con unos preclbsos za- 
patos de cabritilla bronceada. 

La distracción de la jóven no le permitió ver, que una 
persona se acercaba al sitio donde ella estaba. 

Pero sacóla de su abstracción una vóz varonil que con d lee 
espresion dijo: 

— Sara . . . 

Estremecióse la jóven y levantándose del banco, es 
clamó : 

— Enrique. . . .no te había sentido! 

— Perdona, prima, si he interrumpido tus meditaciones. . . 

El bello rostro de Sara se encendió con los colores de 
la rosa, contestando vivamente. 

. — Mamá y Eva acaban de dejarme, y. . . .distraída había 
permanecido en el mismo ¿sitio! 

Diremos dos palabras sobre Enrique. 

Revelaba en los razgos de su fisonomía, uno de esos 
caracteres apasionados y ardientes. 

A un físico hermoso y atrayente, ofrecía una juventud 
vigorosa y llena de vida. 

Frisaba Enrique en los veinte y cinco año-; poseía una 
esquisita educación y una sólida instrucción, siendo por to- 
dos estos dotes un bello tipo, que interesaba en su favor desde 
él primer instante. 

^ Su estatura era gallarda, á igual de su figura, su rostro 




— 285 — ■ 



pálido; sus ojos negros, y sus cabellos de igual color; un se - 
doso bigote adornaba el lábio superior de su boca, que era 
bella 1 en la forma y dulce en la espresion. 

Era Enrique primo segundo de Sara, y asiduo visitante de 
la casa; gozaba en la familia de grande estimación y ca- 
riño. 

Sin embargo, sus familias no se visitaban; el padre de 
Enrique desdeñaba á las de Lares porque adolecían del de- 
tecto de no ser ricos. 

Aunque Lares poseía un modesto pasar, y vivía en una 
posición decente, sin embargo, el padre de Enrique, que era 
una de las primeras fortunas del país, no podía transigir, 
ni alternar, según su opinión, con jente que no estaban . á su 
altura. 

Enrique no era de la misma opinión, pues como se vé, 
amaba en alto grado á sus parientes. 

Volvamos al jardin. 

Enrique se adelantó y ofreciendo su brazo á Sara, ámbos 
jóvenes caminaron silenciosos largo trecho, por las calles del 
jardin. 

Enrique fue el primero en romper el silencio, 

— Y bien, Sara, — esclamó el joven con acento tal de ter- 
nura que Sara se estremeció, — nada teneis que decirme? .... 

— Enrique. . .vais á darme una prueba de lo que ayer 
me dijisteis.,.. 

— Una prueba, Sara! una prueba de mi amor! dudáis de el? 

—Oh! no, Enrique, es que ... voy á exijiros un sacrificio... 
quizá superior á vuestras fuerzas! 

Sara volvió el rostro para ocultar una lágrima que tem* 
biaba ‘en sus párpados. 

—Un sacrificio! qué no haré por vos, Sara! 

— Pues bien, Enrique . . . olvidadme! 

— Sara! qué decis? que os olvide? no comprendéis que eso 
es imposible! ah! comprendo ... no me podéis amar! . . , 

— Enrique! . . . no, no puedo amaros! 

— Sara! Sara! porque lloráis, que misterio es este?' 

—Oh! no me lo preguntéis ... no os podra responder! 

Sara trató de sofocar su dolor, y desviando su mirada de 
la ée Enrique que despedía el fuego de la pasión, esclamó: 

Si me amais Enrique, como decis, accederéis á mis su- 
plicas! 




— 286 — 



—Ah! Sara, he llegado demasiado tarde; desgraciado de 
mi, vos amais á otro! . . . 

Un estremecimiento ajitó el cuerpo de Sara, que murmuró: 

— Amo sí. . .un imposible! 

— Que decís, Sara! 

— Ah! Enrique . . amad á Eva, amad á mi tierna hermana; 
es un ángel, y . . . sereis feliz! . . . 

— Sara! — esclamó el joven llevando sus manos á la cabeza 
como queriendo retener» en ella la razón que pugnaba por 
abandonarla. 

Sara se habia desprendido del brazo del joven y había ido 
apoyarse contra el tronco de un árbol. 

Enrique se dejó caer en un banco, á pocos pasos de ella, 
ocultando su rostro entre las manos. 

Así permanecieron por largo rato. 

Sara oprimía su pecho con ambas manos, y elevando 
al cielo sus ojos, murmura en voz baja: 

—Dios, mió, valor! todo por ella! sea feliz Eva y mue- 
ra yo! 

Pasados unos momentos, Enrique levantó su frente, surca- 
da por una honda arruga; su rostro estaba pálido como la 
muerte y en sus mejillas veíanse huellas de recientes lágrimas. 

Dirijió á Sara una mirada, profunda, intensa, indescripti- 
ble, y avanzó hasta ella con lento paso. 

Sara dió uno atrás impensadamente ; el aspecto del jóven la 
sobrecojió. 

Una triste y amarga sonrisa se dibujó en los lábios de Enrique 
que esclamó : 

— No temáis... apoyaos nuevamente en mi brazo ! 

Sara trémula por la emoción, apoyó su mano en el brazo 
del jóven que temblaba como ella. 

Elubo un momento de terrible y embarazoso silencio. 

— Sara, — esclamó con inseguro acento y continuando el paseo 
interrumpido, habéis sido cruel conmigo, pero os perdono ! 

— Enrique!... — la pobre niña clavó en el jóven una mirada 
desatinada, pero reprimiéndose á tiempo, rompió á llorar. 

— Sara! me partis el corazón! qué no diera por enjugar esas 
lágrimas tan sagradas como queridas para mí! 

— Enrique, primo mío. ..vos sois el causante de ellas! — con- 
testó Sara enjugando sus lágrimas. 

— Yo ! yo Sara, que daría mi vida por rescatar la vuestra! 




— 287 — 



- — Ah ! probádmelo ! probádmelo amando á Eva ! 

— No os comprendo... exijis de mi una cosa imposible ! 

— Pues entónces...vereis morir de dolor á esta que tanto 
amais ! 

— Qué decis! 

— Vuestro amorá Eva, ó mi muerte, . . .elejid ! 

— Oh! Dios! cómo ofreceros lo que no podría cumplir! 
vuestra presencia adorada sería mi solo anhelo ! ah ¡ Sara ! 

— Bien... — contestó Sara, desprendiéndose del brazo del jo- 
ven con un movimiento convulsivo. 

— Sara ! - esclamó Enrique, tomando una de las manos de la 
joven, y estrechándola con respeto y amor— disponed de mí !... 
soy vuestro esclavo; ordenad, siempre que no me alejéis de 
vos! — 

— Ya conocéis mis deseos... — murmuró Sara, oprimiéndose 
e) pecho y conteniendo con esfuerzo heróico, el llanto que pug*-« 
naba por saltar de sus ojos, 

— Si... arrancarme á pedazos el corazón! pero vos lo queréis, 
sea... 

— Vaciláis... 

— Cómo no he de vacilar, Sara! no será mia la falta si no 
lleno vuestros crueles deseos, hay fuerzas superiores que el 
hombre no puede vencer! 

— Enrique. . . os quedaré eternamente grata, ocupareis el 
mejor lugar en mi corazón, seré vuestra hermana . . 

— Ah!. . .hermana. . .titulo bello, pero que no satisface m 
corazón!. . .vos amais á otro, . . 

— Que no existe. . un imposible, Enrique! 

Un relámpago de alegría iluminó el rostro de Enrique. 

— i No existe! murmuró, y quedó como arrobado. 

Pero volviólo á la realidad las palabras de Sara. 

— Eva os amará, y ambos sereis felices! 

Enrique sacudió la cabeza negativamente y esclamó: 

— Pobre niña! voy á engañarla! 

— Oh! será un engaño piadoso, Enrique, porque la ha- 
réis feliz, y vos no tardareis en amarla, porque es un án- 
gel! 

. — Es un ángel, porque se os parece, de lo contrario...! 

— Enrique! 

— Perdonad, para mi no existe en el mundo más que 
una mujer, Sara! 




— 288 — 

* — Cambiad el nombre, será Eva, y desde hoy empe- 
zareis á amarla. 

— Sara! 

— Ah! queréis verme muerta? 

— Pero porqué? ... no solamente me priváis que os ame 
sino que imponéis un suplicio que destroza mi corazón! 

— Es necesario, Enrique, y no me preguntéis porque; con 
el tiempo, cuanda la serenidad haya vuelto á nuestro espí- 
ritu, yo misma os revelaré el misterio de mi conducta. 

Enrique inclinó la cabeza sobre el pecho. 

Ruido de pasos se dejo sentir á corta distancia. 

Sara estrechó la mano de Enrique esclamando: 

— -Se acercan, mamá y Eva; os dejo Enrique para que 
empezeis vuestra noble obra luego me difeis el resultado; no 
desfhayais, os lo suplica vuestra hermana . ..ella os acompa- 
ñará en vuestros sufrimientos! 

Sara se alejó. 

Enrique la siguió con la vista hasta perderse entre las 
sombras de los árboles. 

Al volver la cabeza se encontró con Eva y su mamá. 

La niña traía en sus manos una rosa color de luego. 

Da. Ana, fatigada de tanto dar vueltas por las calles del 
jardin, se sentó en uno de los bancos rústicos, situado de 
allí á pocos pasos. 

Eva corrio hácia Enrique, y tomándole de uní mano lo 
arrastró consigo hasta hacerlo sentar en el segundo banco 
que quedaba frente al que ocupaba Da. Ana. 

— Mira, mamá, que cara tiene Enrique! 

-Hijo, estás enfermo? — -preguntó solicita Da. Ana. 

— No señora, una lijera indisposición. 

— Pues mira, querido Enrique — esclamó [Eva jugando con 
su rosa, — yo te puedo curar. 

— Tú! — esclamá Enriqu^^mirando á la niña con fijeza. 

— Que sorpresa! cualquiera diría que no soy capaz de 
ello! 

— No, prima, pero... tu desconoces mi mal! 

— Si, eh? pues yo creo que todos los males son iguales. 

— Todos? 

— Si; yo cuando estoy triste corro por el jardin, cazo ma- 
riposas, arranco flores, y ya está. 

-^•Curada? 




- 289 — 



— Si, no hay necesidad de más. 

— Pero hay dolencias del alma, que no las curan esas 
pueriles, distracciones, ignoras eso Eva? 

— Dolencias del alma... — repitió la niña. 

— Si. ..como* el amor! — esclamó el jóven tomando distraí- 
damente de manos de la niña la rosa color de fuego. 

El rostro de Eva se sonrojó con el color de la aurora, y 
su pecho se levantó á impulsos de misteriosos latidos. 

El dardo impensadamente había sido lanzado. 

Enrique levantó la vista y notó la turbación de la niña. 

Se estremeció y soltó la flor que fue á caer á los pies 
de Eva. 

La niña se inclinó y recojió la rosa, mientras una lágri- 
ma pura y cristalina como gota de rocío, rodó por sus me- 
gillas. _____ 

— Eva... que tienes? — murmuró el jóven confuso y atur- 
dido. 

— No sé. . .me duele el corazón! 

— Amas acaso?.. .porque ese mal repentino, al hablarte 
del amor.... v 

— Amar.. no sé, no sé Enrique, lo que es amor, como 
nunca lo he conocido... 

— Mi Eva. mi querida niña! — eselamó el jóven. ..conmovido 
al ver las lágrimas que silenciosas corrían por las frescas , 
megillas de su prima — mereces ser feliz pobre ángel! 

La rosa de las mejillas de la niña, tornóse en grana, é 
inclinando sus ojos esclamó: 

— Crees tú que seré feLz? 

— Y cómo no, si eres digna de serlo? 

— Pues yo creo que no., .tengo esa idea, Sara si, será fe- 
liz porque es un ángel! 

La niña dijo- esto con fuego, trasluciéndose en sus pala- 
bras el amor que profesaba á su hermma. 

Enrique se estremeció al escuch ir el nombre de Sara. 

Rapida fué esta impresión porqae Eva esclamó en seguida, 
con viveza, señalando á su mamá, y sacudiendo el brazo de 
Enrique. 

— Mira, mira! mamá se ha dormido! 

La momentánea tristeza que había eseprimentado la niña 
desapareció, como una ráfaga que pasa sin dejar huella alguna, 
sus lágrimas se secaron. Eran los rayos de la auro- 




— 290 — 



ra sorprendiendo el rocio sobre el color de la flor recien 
entreabierta... 

Eva se levantó caminando de puntillas, y con el dedo ín- 
dice sobre los lábios para que Enrique no interrumpiera el 
silencio. 

La hermosa niña llegó hasta donde estaba su mamá é in- 
clinándose sobre ella la besó en la frente. 

Viendo que no despertaba, la besó en la boca, recostando 
su fresco rostro sobre el marchito de su madre. 

Dña. Ana abrió los ojos y al ver á "su hija se sonrió! 

— Te habías dormido, mamá! 

— Si hija, estaba rendida. 

— Y yo que quería ir á recojer violetas para hacer un 
ramo para Sara! 

— Que te acompañe, Enrique. 

— Quieres, Enrique? — esclamó la niña mirándo á su primo. 

— Vamos! — contestó el joven. 

Eva tomó la mano de su primo, y ámbos se alejaron á 
lo largo de la calle de árboles. 

El joven iba pensativo. 

Eva bulliciosa y alegre. 

Enrique sostenía una tremenda lucha, y no se animaba á 
cometer lo que el llamaba un crimen, engañando á la ino- 
cente Eva. 

La niña se detuvo; habian llegado. 

Eva y Enrique empezaron á recoger violetas para hacer un 
ramo. 

— Toma, este es para ti- — dijo á Enrique. 

— Que casualidad! -contestó ofreciéndole otro á ella. 

Las -miradas de los jóvenes se encontraron. 

E.va se sonrojó y Enrique se estremeció. 

El jóven tomó la mano 'ae la niña, y la retuvo entre las 
suyas sin saber que decirle, pero una voluntad que no era 
la suya pareció obligarlo. 

— Eva. . . — murmuró. 

La niña inclinó su frente; como la flor besada por la brisa. 

Enrique llevó la mano de Eva á su corazón; este latía 
con violencia. 

La situación era tirante. 

Enrique no se animaba á manchar sus lábios con una 
mentira, sin embargo, la inocencia Eva le abrió el caraínQ. 




— 291 — 



— Enrique. . . qué me quieres decir! — esclamó la niña con 
la faz radiante y los ojos humedecidos. 

— Lo que tú ya te imaginas, Eva... 

La niña inclinó su cabeza apoyando la frente en el brazo 
de su primo, y murmuró con la dulzura de un arrullo de 
caricia: 

— Enrique. . . no se que siento, pero. . . sufro y gozo, es- 
traño sentimiento! no acierto á esplicar lo que pasa en mi co- 
razón... dímelo tú» 

— Eva, murmuró Enrique haciendo un esfuerzo, loque tú 
sientes .. es amor! 

— Amor, repitió la niña elevando hasta su primo una purí- 
sima mirada — entonces Enrique. . . 

— Habla, querida niña, por qué te detienes? 

— Si lo que siento es amor, á ti es á quien amo, Enri- 
que!... 

Eva inclinó su frénte vestida por el rubor y ocultó su ros- 
tro entre sus manos. 

Enrique paledeció, atrayendo contra el pecho la adorable 
cabeza de su bella prima, la estrechó con el amor del her- 
mano, imprimiendo en la purísima frente de la niña un casto 
y respetuoso beso . 

Eva se estremeció como ia débil flor al recibir en su seno el 
rocío de la mañána. 

— Eva, querida niña, — murmuró el joven — yo también 
te amo! 

La niña se irguió radiante, y desprendiéndose suavemente 
de los brazos de Enrique, con el rostro bañado en dulces 
lágrimas, murmuró: 

— Enrique ! qué bello habia sido amar . . . ! 

Mas lanzó de pronto un grito, al observar la espantosa 
palidez de su primo, que en aquel momento se apoyaba 
contra un árbol porque se sentía desfallecer. 

— Enrique ! Enrique ! que tienes ! 

— Nada, Eva, la emoción ... el estado de mi corazón ! 

Mentalmente el jóven esclamaba: 

— Dios mió ! el paso está dado ! por un momento creí ver 
junto á mí áSara .. es tal la semejanza... ah! soy un criminal... 
pobre niña! la esencia de su primer amor no puede penetrar 
en mi alma .. porque ella está ocupada por la imágen de Sara! 
valor, Dios mió, valor ! 




— 292 



Eva ajena á aquella lucha, disfrutaba las impresiones de 
aquel sentimiento nuevo para ella. 

Enrique trató de serenarse, y tomando una de las manos 
de la niña esclamó: 

— Eva en qué piensas? 

— En tí, en nuestra dicha! — dijo la niña sin ocultar su 
alegría y su bello amor. 

— Oh! — prosiguió diciendo, — cómo se alegrarán mamá 
y papá cuando conozcan nuestro amor.-, y Sara! oh! que 
alegría sentirá! 

Enrique se llevó una mano al corazón, y esclamó viva- 
mente. 

— Ven Eva, sigamos nuestro paseo. 

La niña apoyó en el brazo de su primo su pequeña 
mano, y siguió con él la dirección que este quiso tomar. 

— Sara será feliz con mi dicha — prosiguió la niña sin 
imaginar el daño que ocasionaba á su primo con sus pala- 
bras, que como penetrantes agujas se le iban clavando en 
el corazón. 

— Anoche — continuó Eva, — como tenemos nuestro dor- 
mitorio juntas, ella y yo hablamos de tí cuando nos fuimos 
á recojer.. 

— De mí?... — esclamó el joven volviendo el rostro para 
que Eva no notára su turbación. 

— Sí, de tí Enrique, Sara lee en mi corazón como en un 
libro abierto. Anoche después de abrazarme tiernamente me 
preguntó qué sentimiento me inspirabas tú . . . 

—Eso te preguntó, Eva? — esclamó vivamente Enrique, 
pero luego como arrepintiéndose dijo en seguida: 

— Continúa Eva .. continúa! 

—Como yo no le comprendiera, me dijo Sara: «Quieres 
á Enrique, Eva?» — «Si lo qüíero» -contesté. Pero lo que 
yo te pregunto, dijo Sara, es si lo quieres con otra clase de 
cariño... yo te he visto entristecerte muchas veces cuando él 
se iba, y encenderte como una rosa cuando él volvía — 
«Eso no lo acierto á esplicar Sara, —le respondí «Es, Eva, 
que tú amas Enrique con un cariño grande, muy grande, 
con un cariño como el que mamá y papá se profesan, con 
un amor como para ser esposos. — Así amo á Enrique? — 
le pregunté— «Sí, así lo amas, y sentirias un agudo dolor 
.si Enrique se muriera... ó se casara con otra!» — A estas úl- 




- 293 — 



timas palabras de Sara, yo sentí un malestar inesplicable 
y sin saber por qué me puse á llorar. . . 

— Y. . . qué dijo Sara? 

— Sara me abrazó, — «no llores, querida hermana, me 
dijo, porque Enriqne ni se morirá ni se casará con otra, 
sino contigo! ' 

— Eso te dijo! 

— Sí! 

Enrique estaba ciego, no comprendió que Sara, la noble 
y generosa jóven lo amaba, correspondiendo su amor con 
toda la fuerza de su alma, pero que sacrificaba ese amor 
por la felicidad de su hermana, de aquella pura é inocente 
niña que amaba desde hacía tiempo á Enrique sin que ella 
misma lo supiera. - 

Sara ha dése abierto ese purísimo amor en el pecho de 
su jóven hermana, y desde ese momento se propuso renuh- 
ciar á su propia felicidad, destrozar su virgen corazón, dando 
en cambio de estos sufrimientos la dicha que por ningún 
principio arrebataría á la tierna Eva. 

La abnegación era sublime, digna de su alma inmaculada! 

Ella nunca sería la rival de su hermana; le cedía su amor, 
su vida, todo ántes que arrancar á la inocente niña sus ilu- 
siones de oro! 

Santo sacrificio! 

Enrique ofuscado por la intensidad de su amor, no veia 
lo que pasaba y pensaba: 

— Ella ama á otro!... por esto me da el amor de Eva! oh! 
suplicio el mas atroz... pobre niña á quien tengo que mentir 
un amor que no siento! mas, ella lo quiere... tendré al ménos 
su gratitud... me esforzaré por hacer feliz á este ángel que 
me consagra sus primeros latidos... mas, ¿podrá ser feliz con- 
migo? Mi corazón ha muerto, es un cadáver frió, yerto..: 
solo el calor de «ella» puede hacerlo revivir! 




— 294 — 



CAPITULO xm 



Sufrimiento del alma 



Pasaron dias de secreta agonía para la noble Sara. 

Eva, su inocente hermana, la buscaba, y agena á lo que 
pasaba en el alma de Sara, le comunicaba sus alegrías, sus 
impresiones, sus dorados sueños de niña 

Sara abrazaba á Eva, inundaba su rostro de lágrimas y 
repetía. 

— Se feliz! se feliz! 

Enrique, taciturno, con el rostro velado por una sombría 
pena, tenia que íinjir y reir cuando su corazón lloraba go- 
tas de sangre! Era necesario, «ella» lo quería... 

Sara evitaba la presencia de Enrique; siempre había para 
ello pretesto natural. 

Enrique sufría . . . 

Sara agonizaba.. 

La inocente niña nada veía. 

Doña Ana era madre... una madre lee siempre en el co- 
razón de sus hijas. 

Ella conoció el drama ó la lucha que se agitaba en aque- 
llos corazones. Adivinó los sentimientos de todos, y derra- 
mó secretas lágrimas al descubrir la acción heroica y su 
blime de Sara. 

Sara creía’ ignorado de todos su secreto. 

Doña Ana no reveló el háberlo descubierto. 

Y la pobre jóven iba perdiendo sus colores, su cuerpo se 
adelgazaba y un ancho círculo morado rodeaba sus ojos ar- 
rasados de continuo de secreta lágrimas. 

Solo el estrago físico de su hermana, veíalo la inocente 
Eva; era la única nube de su puro cielo. 

La niña adoraba á su hermana, y el padecer misterioso 
de esta la llenaba de pena y de tristeza 

Enrique veía amortiguarse la bella luz de los ojos de Sa- 
ra, con desesperación presenciaba la agonía de aquella flor 




- 295 — 



querida, que iba plegando su corola como la sensitiva al 
contacto de la mano humana. 

Pobre madre! que también veía el mal sin poderlo remediar! 

Y Eva hablaba de sus proyectos, de sus castos sueños, 
frases que repercutían en el pecho de Enrique como el to- 
que funerario que llama á la agonía... 

De pronto un golpe rudo hirió el corazón de la inocente 
niña haciendo cesar sus cantos, su alegría y sus risas. 

El padre de Enrique tuvo conocimiento de que su hijo 
amaba á una de las hijas de su pariente: ignoraba á cual. 

El padre del jóven era uno de esos hombres rudos, ti- 
rantes, que prefieren la muerte de sus hijos á transigir con 
lo que pueda alterar ó cambiar el jiro de sus creencias 
é ideas. 

Sin darle tiempo para nada, Enrique recibió órden termi- 
nante de embarcarse en e! acto. 

El jóven respetaba á su padre, pero protestó contra 
aquella medida. 

Esto irritó al austero viejo, que amenazó á su hijo con 
su maldición si no obedecía sus órdenes. 

Enrique, debilitado por las luchas que había sostenido, pa- 
recía haber perdido las fuerzas. Su padre dispuso como de 
un niño, y cuando este acordó estaba ya muy léjos de 
la tierra que le vió nacer y sufrir. 

El recuerdo de Sara le acompañaba. .. 

Pensaba en Eva y murmuraba: 

— Pobre niña! destino fatal el tuyo en haberme encon- 
trado en tu camino! 

Tras el hijo se fué el padre; el prisionero había menester 
de vijilancia. 



CAPITULO XIV 



Uva 

Eva, al recibir la noticia de lo ocurrido, se arroja en los 
brazos de su hermana Sara, derramando torrentes de lá- 
grimas 




— 296 



— Mi dicha perdida!... sollozó la pobre niña. 

— Eva! mi dulce Eva! llora, llora en mi seno, pero no 
desconsueles... él volverá! 

— No, no, ya no lo veré mas! 

Las dos hermanas, fuertemente estrechadas, mezclaron sus 
lágrimas y confundieron sus latidos. 

La voz de la madre dejó o ir estas palabras: 

— Dios es grande! confiad en él! 

La pura niña cayó enferma de tristeza. 

El primer aquilón del dolor había hecho gemir á la casta 
flor que ántes acariciara el céfiro amante. 

Sara fué su enfermera. 

Igual dolor destrozaba sus almas, la curación de ámbas 
no estaba en sus manos. 

Solo Dios podía enviarla! 

Pasaron los dias con la velocidad que marca el tiempo. 

Eva tornó á la vida, recobrando el vigor de su bella 
juventud, pero no tan pronto la alegría, que se resistía á 
volver. 

El dolor de Sara persistía . tendría la duración de su 
existencia! 

Enrique no volvía, ni nada se sabía de él. 

Eva se quejaba de aquel silencio, pero sus quejas iban 
siendo cada vez mas débiles. 

Hay séres que no pueden vivir por mucho tiempo en 
las regiones del dolor. 

Eva tenía quince años, era una niña: su alma un reflejo 
de luz, y en su puro recinto se albergaba el bullicio de la 
alegría infantil, la vaguedad de sentimientos castos, que 
como blancas mariposas no permanecían quietos... 

Por fuerza tenía que desatarse aquel nudo que oprimía 
el pensamiento, embargando tós libres latidos del corazón. 

Eva volvió á correr por su jardín tras las doradas ma- 
riposas, que se alejaban de ella ocultándose entre las flores. . 

— El recuerdo de Enrique venía hasta ella como ráfaga 
perfumada de tarde primaveral . 

La impresión pasaba, y con ella la dulce melancolía que 
aquella despertaba. 

Así insensiblemente sus sueños de niña se fueron debili- 
tando, para dar lugar á los sentimientos de mujer. 




— 297 — 



Eva llegó á los diez y ocho años abriendo su alma á nuevos 
afectos. 

Las dulces revelaciones que ella recibió fueron el idilio del 
amor , el poema acabado de los primeros latidos. 

Aquellos eran vagos é indefinidos, estos llenaban toda el 
alma , arrebatándola de la cuna de la infancia, para arrullarla 
con los acentos del cielo. 



Eva quedó unida al pié de los altares con el amado de su 
alma , que se llamaba Roberto. 

La presente ventura desvaneció los sueños pasados. 

La niña era ya mujer. 



CAPITULO XV 



Sara 

Un hombre jóven y hermoso, de rostro espresivo y mira- 
da dulce, avanza por una de las calles de árboles del jardin 
de Lares. 

En su rostro se perciben huellas de un sufrimiento moral 
que parece haber martirizado su existencia. 

La duda y la esperanza se ve asomar en su mirada 
inquieta. 

El jóven llega hasta un estremo del jardin y se detiene de 
súbito , un grito exhalado por una mujer jóven y hermosa 
que se vé á pocos pasos , lo ha dejado como clavado en el 
sitio en que está. 

Otra mujer, de más edad, corre á sostener á la jóven 
esclamando: 

— Sara! Sara! 

Enrique, pues es él , corre hácia la jóven esclamando tam- 
bién. 

• — Sara ! . . . Sara ! . . 




— 208 — 

t)oña Ana, que es la que sostiene á su hija, clava en el 
jóven una dulce mirada murmurando. 

— Te esperaba ! 

— Me esperabais! — esclamó el jóven sorprendido. 

— Sí!— dijo doña Ana señalando á su hija, que lloraba apo- 
yada en su seno, — ella te pertenece ! 

— Ella! ella me pertenece !— esclamó el jóven aturdido. 

— Sí! su corazón siempre ha sido tuyo, hijo mío ; mino- 
ble Sara quiso sacrificarse por su hermana, y tuvo la abnegación 
de renunciar á un afecto que llenaba su alma... Dios no ha 
querido permitirlo ! 

Enrique había doblado una rodilla en tierra y cubria de lágri- 
mas y estrechaba entre las suyas la mano libre de Sara. 

—Sed felices hijos míos, dijo doña Ana — Dios así lo permite, 
y yo os doy mi bendición ! 

-Quince dias después Sara era la esposa de Enrique. 

El padre del jóven había muerto, dejando heredero á su hijo 
de su inmensa fortuna. 

Don Juan Lares había ya alcanzado con su ahínco, laboriosi- 
dad y honradez, el aumento de la fortuna edificada con su trabajo. 

Todos eran ricos y felices. 

La mano de Dios había trazado aquel cuadro de perfecta feli- 
cidad. 

Los sufrimientos resistidos con la fortaleza de la fé cristiana 
tienen siempre su compensación en la divina gracia de Dios ! 



Fin del libro VI. 




LIBRO SEPTIMO 



ROGAR A DIOS POR LOS VIVOS Y MUERTOS 




ROGAR A DIOS POS LOS VIVOS Y LOS MUERTOS 



El buen ejemplo es la mas saludable 
lección que pueden dar los maestros 
y padres á sub discípulos é hijos: 
porque él es el que forma el cora- 
zón de los nifios, predisponiendo sus 
almas para el bien y la Tirtud. 

L , 



CAPITULO I. 



Angélica 

En una de las más apartadas calles de la ciudad de N*** 
existía, no hace mucho tiempo una escuela cuya precepto- 
ra era una inteligente y modesta jóven, que dedicaba todos 
los instantes de su tranquila existencia á nutrir las inteligen- 
cias de sus jóvenes alumnas, con conocimientos útiles y 
sencillos, y con máximas morales que servían de un salu- 
dable ¿interesante ejemplo á las jóvenes educandas. 

Llamábase lay jóven y linda maestra, Angelina, y era un 
ángel de belleza y de dulzura, que se hacía querer, no solo 
por sus discípulas, sino también de cuantas personas la tra- 
taban. 

La estatura de Angelina, algo más que mediana, era ad- 
mirablemente proporcionada, flexible y llena de gracia y dis- 
tinción : su tez trigueña y un tanto pálida estaba animada 
por dos hermosos ojos oscuros, guarnecidos de largas pes- 
tañas negras,, y coroficidos por arqueadas cejas del mismo 
color. 

Terrhm^bá el gracioso óvalo de su rostro, una hermosa 




— 302 — 



frente, tranquila y pura como la de una niña, haciendo 
más agradable su faz simpática y seductora una boca fres- 
ca y diminuta, concluyendo de dar mayores atractivos á 
tanta belleza, su hechicera garganta, el leve sonrosado de sus 
mejillas y las espesas [trenzas de sus cabellos castaño oscuro. 

La simpáctica joven vivía en compañía de su anciana 
madre, la que adoraba á su hija, siendo correspondida por 
esta con igual efusión de cariño y ternura. 

Angelina idolatraba á su madre, y se sentia feliz cuando 
podía ofrecerle algunas comodidades y descanso con el pro- 
ducto de su contracción y trabajo. 

Acostumbraba Angelina referir á sus alumnas todos Ios- 
Sábados, alguna historieta después de clase, de cuya mo- 
ral sacaba grandes provechos para inducir á sus niñas á se- 
guir la recta senda que nos conduce con paso seguro á la 
presencia* augusta del Rey de los. Justo, s ; nuestro divino Re- 
dentor. 



CAPITULÓ II. 



^ ®©b©r©s 4© ana ©Unta &y>@íia 

Eráse un Sábado. 

Las clases habían terminado, y Angelina rodeada de su pe- 
queño auditorio se disponiC á narrar la historieta de costum- 
bre. 

Las infantiles alumnas miraban con religioso cariño y res- 
peto á su jóven maestra, anhelando que diera principio á su 
narración., 

Angelina paseó una mirada de investigación, por su atento 
di torio y satisfecha del órden que reinaba, dió comienzo 
á su historieta en los siguientes términos: 

— «Hace muchos años, vivía en el Paraná, uno de los 
pueblos mas poéticos y bellos de la provincia de Entre-Rios, 
una hermosísima niña llamada Albina, hija única de sus pa- 




^ 303 — 

dres amantes y cariñosos que cuidaban y mimaban á su tier- 
na hijita con el más solícito esmero. 

Los padres de Albina eran poderosamente ricos. 

No vivían en el centro de la población, sino algo afue- 
ra; habitaban una lindísima casa-quinta, donde se ostentaba 
en toda, su magnificencia la rica y poética naturaleza del 
suelo feraz del Paraná. 

Desde la casa de los padres de Albina se contemplábala 
riqueza de aquellos campos privilegiados, distinguíase con 
perfecta precisión los miles de galanes florecillas que borda- 
ban los campos, los vistosos dibujos de los brillantes ma- 
tachines, de las doradas manzanillas. 

Veíase el lánguido isipo graciosamente enlazado al corpu- 
lento y hermoso seibo de flores carmeíses; percibiéndose las 
emanaciones aromáticas del arrayan. 

La vista extasiada vagaba por aquella campiña de seducto- 
ras bellezas, contemplando, ora el gigantesco T(atap , y los bellos 
y encarnados < ¡Burucupases ; el pecho se ensanct^ba al respirar 
aquella atmósfera pura y revivificante , y al percibir los leves 
susurros de la brisa, todo era bello y poético , desde el canto 
armonioso de las avecillas que habitaban en el misterioso follage, 
hasta el murmurio lánguido de las ondas del magestuoso 
Paraná , y el aroma suave de las flores que oscilando en blando 
vaivén reflejaban su imágen enellimpido cristal délas aguas; 
desde los murmullos del bosque lleno de frescura y perfume 
hasta la penumbra de meláncolica belleza que imprime á todos 
los objetos los tintes vagos de la noche , todo era bello, hasta 
los rumores quejumbrosos del sauce y el aspecto atrayente 
de los campos vestidos de azucenas y margaritas, perfumados 
con sus aromas, animado con las armonías conf undidas de la 
calandria y el zorzal. 

En medio de esos camp os deliciosos , los padres de Albina 
teiíian su mansión rodeada de madre-selvas, jazmines y pasio- 
narias. 

Cuando conocí á Albina solo contaba diez años siendo ya 
un prodigio de belleza. 

Aquella niña era adorada no solo por sus padres sino por 
sus abuelos , tíos y demas parientes; todos cuantos amigos visi- 
taban á la familia de Albina quedaban encantados de su belleza, 
de su candorosa inocencia y de su dulcísima ternura y sensibili- 
dad. 




— 304 — 



Albina era la niña más feliz que hasta ahora he conocido ; jamás 
el dolor más leve habíala hecho sufrir, ni la más lijera contrarie- 
dad había perturbado su dicha; halagada, mimada y rodeada de 
comodidades y dulces afectos, nada apetecía, nada le faltaba. 

Albina nunca había tenido que llorar la pérdida de ningún ser 
amado ; en los diez años que contaba, no había sufrido la sepa- 
ración eterna de ninguna amiga, ni de persona de su familia, y 
como sus padres y abuelos cuidaban de que la tierna niña igno- 
raba las amarguras de la vida, vivía esta en un Edén ajeno á 
los sufrimientos que por ley divina esperimenta todo ser hu- 
mano. 

Albina ignorante de todos esos dolores, no sabía que existía 
una pena aguda, una muerte moral muchas veces repetida: 
dolor terrible, inmenso, que esperimentan nuestros corazo- 
nes cuando un ser querido nos abandona para volar á la 
eterna mansión, dejando* vacío y helado, el sitio que ántes ocu- 
pára en el hogar y al que trasmitía el calor y la animación 
con su presefieia amada y sonriente vida. 

Albina ignoraba todo aquello, creía que todos eran tan felices 
como ella; su*imaginacion jamás había vagado por el munda 
de los muertos, no tenía á nadie en aquella triste región ; cómo 
recordar en sus oraciones á los que allí yacían ? quizá algunos 
olvidados por sus deudos? 

En sus oraciones, Albina solo daba gncías á Dios por 
los bienes que de él recibia, entremezclando en sus pala- 
bras los nombres de sus padre y abuelos. 

Albina solo rezaba por si y por los suyos, pero no era 
la culpable, sino de sus padres que no la enseñaban que 
en el mundo hay séres muy desgraciados que necesitan de 
nuestras oraciones y de nuestros ruegos al Altísimo; sin em- 
bargo, Albina habia oido decir una vez á unos de sus cria- 
dos hablando con otros de su clase, que él rezaba todas 
las noches por el eterno /descanso del alma de su madre, 
aquellas palabras quedaron presentes en la imaginación de la 
niña, pero como ella no había perdí lo á sus padres, creia 
sin duda que nunca los perdería, y que en sus oraciones no 
debía de ocuparse sino de su familia. 

Acertó un dia á pedir lismoni en la casa de Albina, una 
andrajosa niña de su misma 1 la muchacha mendiga iba 
descalza, con las carnes ázzz. : en mil partes, porque 

faltaban pedazos á sus vestidos, con el cabello enmarañado y 




— 305 — 



coa una bolsita al hombro; mendigaba de puerta en puerta 
un pedazo de pan, para acallar el hambre que la devoraba. 

Casualmente Albina, que se haíba escapado de la vigilan- 
cia de sus padres, jugaba con riente gozo cerca de la puer- 
ta de entrada del jardin. 

Vivamente herida por el aspecto de la mendiga, pues Al- 
bina tenía un escelente corazón, se aproximó á ella y le dijo: 

— Pobre muchacha! porqué estas así? 

— Porque soy pobre — contestó la muchacha, mirando los 
ricos vestidos de la niña. 

— Pobre!... — esclamó Albina pensativa, luego agregó — ¿co- 
mo te llamas? 



— Juana — repuso la-mendiga con despejo. 

— Y tus padres, donde están? son también pobres? — pre- 
guntó Albina con cándido interés. 

— No tengo padres — contestó la muchacha con indiferencia 

--Cómo! no tienes padreé? y adonde se han ido? 

—Dicen por ahí, que al morir fueron al cielo 
muy' buenos; yo no lo sé — la muchacha hablaba 
diferencia brutal. * 

— Muertos! . . . — murmuró Albina, recordando 1 
que había oido á sus criados — entonces tú les rezarás, » nó? 

La mendiga se encojió de hombros. 

— Cómo! no les rezas, ni ruegas por ellos? — preguntó Al- 
bina sintiendo por primera vez que su corazón se oprimía. 

— Hace tanto tiempo que murieron, que ya no me acuer- 
do de ellos! — dijo la muchacha con el mismo tono indife- 
rente, que hasta entónces había usado. 

— Oh! . ..olvidarse de sus padres.. .es posible eso! — esclamó 
Albina enjugando la primera lágrima que el dolor le arranca- 
ba/luego prosiguió — yo, si llegara á perder á mis padres ó 
abuelitos siempre lloraría y rez iría por ellos! 



' — Yo nó, — murmuró la mendiga — si alguna vez lloro es 
porque no tengo que comer, pues desde que mis padres mu- 
rieron, tengo que pedir limosna para comer, si no lo hago 
me moriré de hambre... 

Albina abrió los ojos con asombro , y mirando á la mendiga 
dijo: 

— Pues que ¿ puede alguno morirse de hambre ? como yo no 
pido limosna, como dices tú , y tengo mucho que comer ? 



v - 



— 306 — 



—Oh! es que Vd. tiene plata, es rica , y yo no la tengo y 
Soy pobre. 

Albina guardó silencio; abundantes lágrimas empezaron á 
correr por sus mejillas al oir hablar á la muchacha. 

En aquel momento se oyeron voces en el interior de la casa 
llamando á Albina, la niña entonces sacó precipitadamente de 
sus bolsillos algunas monedas de plata y depositándolas en las 
manos de la mendiga esclamó. 

— Tóma , y cuando te falte que comer acude á mi que te 
daré dinero para que compres lo mismo que yo como. 

Albina se internó entre las calles de árboles que conducían 
al interior de la casa , mientras la mendiga se alejaba llena de 
alegria. 

Albina no pudo olvidar en todo el dia la escena de la 
mendiga; sus padres la notaron triste y preocupada, inter- 
rogada por ellos, la niña les refirió lo que había pasado. 

Sus padre la reconvinieron por haber tenido conversación 
con una infeliz mendiga, y tratáron de hacer olvidar á su hija 
aaudlas impresiones desagradables, pero Albina poseía una alma 
un corazón tierno é impresionable , y no pudo olvi- 
escena que le habla revelado un mundo de do- 

Apelar de su corta edad, Albina tenia un bello talento y 
clara inteligencia , quizá por esto consideró más todo lo que 
la mendiga le había revelado con su con^ irt > 

Aquella noche, cují j A- t , cv 

compañía de una de sus tías, des /a :* i o 1 

bendición de sus padres , «ayo de hinojo- c ,. *. u . * sagrada 
imágen de Jesús y de su divina Madre , y de as lábios se 
escapó una plegaria dulcísima ; oró con fervor y recogimiento , 
rogando. . . por los muert^f que como los padres de Juana 
la mendiga , no tuvieran en el mundo hijos amantes y carita- 
tivos que rogasen por ellos, rogó así mismo por 1c. > vivos, por 
los que como Juana vivían en el mundo sin conocer el bien, 
ni practicarlo ; rogó por los huérfanos que gemían en el aban- 
dono; por los náufragos, pues por una casa ilidad había sabido 
que estos también necesitaban de nuestras oraciones, oró en 
fin por todos los desamparados y desgraciados que carecían de 
consuelo y esperanza y vivían en L abyección é ignoran- 
cia. 

Al día siguiente, Albina se encontró cambiada, era otra, un 



— 307 — 

bienestar inesplicable y jamás sentido por ella hasta entónces, 
dilataba su corazón ; sentíase más feliz, porque había cum- 
plido con un deber que Dios impone á sus criaturas, pues El 
manda no solo pedir por sí, sino hacer estensi va aquella petición 
á los necesitados y desgraciados, y á rogar por el eterno des- 
canso de las almas que sufren por el abandono y el olvido en 
que los suyos los han dejado. 

Albina desde aquel dia, guardaba con cuidado todo el dinero 
que sus padres le daban, y lejos de gastarlo como ántes en 
juguetes, galas y golosinas, hallaba un placer inmenso en hacer 
limosnas á los pobres, privándose á veces para esto, de alguna 
diversión; así creció en virtudes y belleza, y sus protejidos la 
designaban con el hermoso nombre de el ángel de los pobres , 
pues ella era la providencia de estos.» 

Aquí terminó Angelina su narración, exhortando á sus discí- 
pulas á imitar el ejemplo de Albina, rogando á Dios por los 
vivos y muertos. 



Fin del libro VII. 




iLIBRO OCTAVO 

VISITAR LOS ENFERMOS 




VISITAR LOS ENFERMOS 



¡Feliz delque ama sin calma 
a la pobre humanidad, 
y en el altar de su alma 
rinde eulto á la piedad! 

( C . Prieto.) 



CAPITULO I. 






Residía en Paysandú (R. O.) hace muchos años, una 

corta familia, compuesta solo de tres miembros. 

El gefe de ella, era un señor de edad ya algo avanzada, 
tipp verdaderamente simpático, de facciones nobles y correc- 
tas, y de figura distinguida. 

De carácter hidalgo y generoso , su alma era elevada y 
su corazón, sensible ánte los dolores agenos, aunque fuerte- 
y templado, para soportar los fieros trances, y las circuns- 
tancias dolorosas é imprevistas, que de continuo se interpo 
nen en el camino de la vida. 

Tal era, tísica y moralmente, Don Enrique Romero Vilar. 

Su digna es ~osa, Doña Adelia Silva, era otro tipo lleno 
de perfecciones orales; contaba entonces cincuenta años; era 
de estatura regu^r. Su rostro agraciado conservaba algunos 
rasgos de la bellezi de su písala juventud; su tez nó había 
perdido su lozanía, era ligeramente trigueña, sus ojos garzos, 
bien rasgidos, tenían una, espresion marcada de dulzura; en 




312 — 



cuanto á su carácter moral, no podía pedirse más: tierna y 
noble, jamás el desgraciado se aproximaba á ella sin ser 
atendido en el acto; donde quiera que la desgracia y el in- 
fortunio asomaba su torva faz. Doña Adelia aparecía como 
el ángel bienhechor del consuelo y de la esperanza. 

Este digno matrimonio, tenía una hija, único fruto de su 
unión. 

Llevaba el triste nombre de Dolores; y aunque de físico 
hermoso, no era así su carácter moral. 

Tendría diez y ocho primaveras; y las gracias de una 
juventud vigorosa, revestían todo su ser de un encantador 
atractivo: era alta, perfectamente bien formada; su cutis, 
muy blanco, animado por un hermosísimo tinte sonrosado 
prestaba á sus mejillas los bellos colores de la aurora; su 
perfil, delicadamente dibujado, era de una pureza intachable, 
su frente espaciosa, sin ser ancha en demasía, su nariz fina, 
su boca, verdadero nido de amores, era uno de los más 
bellos detalles de su rostro; sus dientes, pequeños y unidos, 
parecían una doble fila de perlas nacarinas; sus ojos grandes, 
razgados, de un intenso y hermoso negro estaban velados 
por una red de tupido encaje, prestándole doble encanto, la 
languidez dulce y cariñosa de su mirada. 

Sus cabellos negros, muy negros, eran larguísimos y on- 
dulados como las rizadas aguas de un límpido arroyuelo. 

Perfecta figura, nó? 

Lástima que tantas bellezas ocultáran algún defecto la- 
mentable. 

Dolores era el reverso de su madre; siendo esta generosa 
y compasiva, era aquella, egoista é insensible á los dolores 
del prójimo: Dolores nunca se había prestado gustosa á en- 
jugar una lágrima, ni cont^buir á una buena obra, parecía 
que su hermosura había petrificado los más nobles sentimien- 
tos de su alma. 

Descriptas á grandes rasgos las condiciones físicas y mo- 
rales de los tres miembros que componen la familia de Ro- 
mero Vilar penetraremos de lleno en el propósito de nues- 
tra historia. 

Los hechos que toscamente vamos á narrar aunque senci- 
llos, tiene el mérito de la verdad, ellos nos han sido re- 
velados por nuestra querida madre, la cual ha visto desa- 
rrollarse ante su vista, las escenas que nosotros nos propo 




- 313 ~ 



nemoá relatar á nuestras lectores, hechos que atestiguan los 
benéficos resultados que dan los ejemplos de las buenas ac- 
ciones y que nuestra buena madre, con ese tacto esquisito 
y con esa delicadeza y ternura que la hace tan adorable 
para el corazón de sus amantes hijos, nos refirió con vivos 
colores, ofreciéndonos así ejemplos saludables, que con amor 
y solicitud trata siempre de inculcar en nuestras almas juve- 
niles sembrando en ellas la bendecida semilla de' la virtud 
y de las buenas acciones, semillas que más tarde ofrecen 
el fruto anhelado, y brindándonos el camino déla felicidad y 
el de las consideraciones de los seres nobles y rectos. 



CAPITULO II. 



tifo eQptsem ÍRsefosSfel© 1 



D. Enrique Romero Vilar y su familia, habitaban una lu- 
josa casa, alhajada con gusto y elegancia. 

D. Enrique no tenía fortuna; solo contaba con el creci- 
do sueldo del puesto que ocupaba, el cual le daba para vi- 
vir perfectamente sin necesidades ni privaciones. 

Doña Adelia, poseedora, como saben nuestras lectoras, de 
un corazón altamente bondadoso, nunca estaba satisfecha 
cuando no podía socorrer á los desgraciados que imploraban 
sil caridad; asi pues, Don Enrique generoso y noble tam- 
bién, tenía asignada á su esposa una cantidad que la per- 
mitía satistacer las necesidades de su sensible corazón. 

Visitaba los hogares en los cuales la miseria había ceba- 
do su mortífera guadaña, llevando en su bolsillo, el socorro 
material, y en los labios el socorro espiritual, que cual bálsa- 
mo divino derramaba en aquellas almas, para cicatrizar sus 
heridas. 

Era la caida de una tarde del mes de Agosto. 

Doña Adelia, en su habitación, sentada en un gran sillón, 
leía por segunda vez una carta que pocos momentos ántes 




acababan de recibir; era de una íntima amiga suya, la cual 
le participaba que no muy distante de su casa, en una hu- 
milde choza, yacía postrada en cama, gravemente enferma, 
una pobre anciana. 

Que esta vivía en compañía de un nietecillo de ocho años, 
y que, siendo su miseria tanta, no tenían ni alimentos ni 
remedios; agregaba, la amiga, que aquel cuadro partía el co- 
razón, que ella misma había presenciado tanta desgracia 
pero que, apesar de su voluntad, en poco ó nada había po- 
dido remediarla, atendiendo su precaria situación, y que en 
aquellas circunstancias se había acordado de ella y creyéndole 
proporcionar un placer; noticiábala de la existencia desgra- 
ciadada de aquellos seres, que ella podía aliviar. 

Doña Adelia se vistió inmediatamente, é hizo llamar en 
seguida á Dolores. 

-Hija mía — le dijo á esta cuando acudió á su llamado 
— querías acompañarme á visitar una pobre enferma? 

— Quién es, mamá? — preguntó Dolores, deseosa de saber 
á que categoría pertenecía la enferma que su madre iba á vi- 
sitar. 

— Un sér que necesita de nuestros cuidados. 

— Alguna de nuestras distinguidas amigas? — volvió [á pre- 
guntar Dolores con insistencia. 

— Vamos hija, porque esa pregunta? No es amiga nuestra, es 
una pobre anciana que no tiene con que comer ni con que 
comprar los remedios que necesita para combatir su mal. 

Dolores hizo un gesto de desagrado , pero como amaba y 
respetaba á sus padres, dijo á Doña Adelia 

— Iré mamá , si tú así lo ordenas , pero tenía esta noche que 
concluir el encaje que estoy^haciendo y. . . 

— Dolores, — interrumpió su madre con doloroso acento, — 
tú siempre tienes algún pretesto para no acompañarme á prac- 
ticar la caridad, oh! hija mia , no puedes imaginar el dolor 
que esperimento al ver tu poca sensibilidad , y el ningún deseo 
que tienes de hacer bien ! 

— Dispensa mamá , si te he aflijido, si tu deseas te acompa- 
ñaré , , 

Aquel, si tú deseas, demostraba el poco agrado de la 
joven en ir á casa de la anciana enferma. 

Doña Adelia, permaneció un momento silenciosa, esclamand<i 

fin. 




— 315 — 



— Anda á vestirte; te espero. 

Dolores salió de la habitación de su madre con la cabeza 
inclinada, tratando de disimular la desagradable espresion que 
revelaba su semblante. 

Poco después madre é hija salieron de la casa. 

Dolores al ver el punto á donde se dirijían ; hizo otro gesto 
de desagrado, y trató de ocultar su rostro con la rica man- 
tilla que cubría su cabeza. 

Bien pronto llegaron á la habitación de la enferma , presen- 
tándose ante sus ojos un cuadro de verdadera miseria. 

En la mísera choza , compuesta de una sola pieza, no había 
mas mueble que una mesa coja , y una caja de madera casi 
deshecha. 

La desgraciada enferma, yacía en un ángulo de la* habita- 
ción , sobre un monton de paja; junto á ella de rodillas, 
y llorando silenciosamente se vela un niño como de ocho 
años: era el nieto de la anciana. 

Las sombras de la próxima noche , envolvían los objetos 
en una misteriosa oscuridad , no permitiendo distinguirlos, á 
corta distancia, eon perfecta precisión. 

En el interior de la habitación la oscuridad era cada- vez 
más densa. 

Doña Adelia se aproximó á la anciana enferma que la 
miraba, sorprendida. 

— Animo, buena mujer, — esclamó Doña Adelia — la cari- 
dad acude en vuestro auxilio, deseosa de cumplir su santa 
misión. 

— Señora! Dios la bendiga, si viene en mi socorro ; deseo 
la cmiserv ación de mi vida, por esta infeliz criatura, que 
quecHría sola en el mundo si yo le faltara, ah! de lo con- 
trario. . . 

La enferma no pudo proseguir, la fatiga que agitaba su 
pecho era tan fuerte, que parecía iba ahogarla. 

— Calma , — murmuró Doña Adelia — no desespere Vd, Dios 
vela por los desvalidos 

— De él, . . todo lo espero. . . dijo la anciana con voz 
entrecortada por la fatiga. 

Dos nuevos personajes penetraron en la mísera vivienda. 

Uno de ellos era el criado de Doña Adelia con una 
canasta y el otro un médico que acudía al llamado de aque- 
lla. n - 




— 310 -= 



El' facultativo examinó á la enferma, y recetando algunos 
medicamentos y buena alimentación, se retiró después de 
saludar á Doña Adelia y á su hija. 

El criado fue enviado en busca de los remedios que el 
médico habla recetado, mientras Doña Adelia presentaba al 
nieto de la anciana algunos alimentos de los que había* hecho 
llevar en la canasta. 

Doña Adelia ejecutaba aquella buena obra prodigando á 
la anciana toda clase de consuelos, dándole esperanzas de 
una pronta mejoría, y de un bienestar material que había 
de poner fin á sus pesares morales. 

Dolores escuchaba los consuelos que su madre prodigaba 
á la anciana, y las demostraciones de gratitud de esta, su- 
mida en el mayor silencio y medio oculta en un rincón por 
la oscuridad, pues hasta allí no llegaba la débil luz que pro- 
yectaba el crepúsculo vespertino. 

De cuándo en cuándo , la joven dirijía sus hermosos ojos 
hácia la puerta , deseosa, al parecer ; de salir de allí. 

Aquella escena , no tenía para ella nada de interesante ; nada 
decía á su corazón aquel cuadro de dolor y de miseria ; pare- 
cía que su alma no- estaba allí, pues veía y parecía no oir, 
tal era la inmobilidad de su sér , la calma de su pecho. 

Doña Adelia , sentía en la interior de su alma un dolor 
agudo al ver el modo de ser de su hija, pero, sin embargo 
disimulaba , y no se daba en aquellos momentos por enten- 
dida, aunque su mayor felicidad hubiera sido que su hija se 
acercára á aquel miserable lecho y enjugára también las 
lágrimas de la desgraciada anciana. 

Como buena madre, que comprende cual es su misión; 
sabía que el mejor medio de correjir á su hija , y despertar 
en su alma'la sensibilidad y la ternura, era ofreeiendí^á su 
vista ejemplos nobles y grandes ^jfue poco á poco irían operan- 
do en su corazón, el benéfico resultado que su amor de madre 
esperaba con tanto afan. 

Mas desgraciadamente, Dolores, se mantenía como siempre, 
ni el más lijero cambio desmostraba que aquella alma había 
sentido el sacudimiento, mudanza tan deseada. 

Apesar * de la insensibilidad que Dolores demostraba y que 
parecía acusar un malcorazón, no era capaz de hacer el más 
pequeño mal, ni siquiera á un pajarillo; pero; no basta na 
llegar á ser mala: es preciso no dejar de ser buena'* 




r— 317 — 

El criado pronto estuvo de vuelta con los medicamentos rece' 
t^dos por el médico ; Doña Adelia , siguiendo las instrufcciones 
dadas por este comenzó á preparar los remedios, para aplicarlos 
luego á la enferma. 

Dolores* tuvo, a] parecer vergüenza de dejar sola á su 
madre en su piadoso quehacer, y adelantándose lentamente 
se le ofreció para ayudarla. 

Doña Adelia sintió en su interior una grata impresión 
creyó llegado el instante anhelado, pero salió de su error a 
fijar los ojos en el rostro de su hija; comprendió entonces 
cual había sido el verdadero móvil que había impulsado á 
la joven á ofrecer su ayuda. 

Conprendiendo esto, Da. Adelia dijo á su hija: 

— Puedes ayudarme, si quieres hija, aunque yo ptíedo ha- 
cerlo sola, desearía sin embargo con /{toda [mi alma, que 
tú también ‘tomáras parteen esta buena o^ra. 

Dolores pareció alegrarse de que su madre no la necesita- 
ra; con disimulo, dió media vuelta, y acercándose al nieto 
de la enferma, le dió una pastilla de rosa, que al efecto ha- 
bía sacado de una pequeña cajita dorada, y aproximándose 
en seguida á la puerta del rancho quedóse' contemplando el 
campo. 

Doña Adelia dirijió á su hija una intensa mirada, y lue- 
go lanzó un profundo suspiro. 

La enferma algo aliviada con los remedios que Doña Ade- 
lia le hacía y los cuidados que le prodigaba, no acertaba á 
espresar su gratitud, tan grande era su reconocimiento, y es- 
trechando las manos de la madre de Dolores, vertía lágri- 
mas silenciosas. 

Doña Adelia, satisfecha de su buena obra, é interesada 
por la buena anciana, prometiendo volver al dia siguiente, 
salió de la habitación colmada de bendiciones, bendicio- 
nes qu£ ella hubiera anhelado descendieran sobre l i cabeza 

de su hija. 

Dolores aspiró con placer el aire puro que se disfrutaba 
fuera de aquel mísero hogar, y en silencio caminó en com- 
pañía de su madre hasta su casa* 

Doña Adelia, de cuándo en cuándo examinaba el lindo 
rostrp de su hija, pero aquellas facciones tan bellas, nada 
decían de que sus deseos se hubieran cumplido* 




— 318 - 






CAPITULO HI. 



Faces osearas (i© la sociedaí. 



Al dia siguiente de aquella escena, Dolores, amaneció mal 
humorada, displicente y melancólica. 

Preguntóle su madre cual era la causa de aqunl estado. 

— No sé, mamá — contestó la jóven con turbación,— pero 
quizá sea porque no he podido dormir en toda la noche. 

— Porqué ?— preguntó doña Adelia, alarmada — estabas acaso 
enferma, hija mía? 

— Nó, mamá, pero. . .he tenido sueños espantosos. 

— Ah ! mi Dolores — esclamó doña Adelia, — cuando la con- 
ciencia no está tranquila, el espíritu tampoco lo está; tú, hija 
mía, quizá no has obrado bien ayer, y ese sea el motivo de 
tus sueños. 

Al decir esto, doña Adelia, pretestando una ocupación, se 
apartó de su hija, para dejarla meditar sobre las paladras que 
acababa de dirijirla. 

A la hora del almuerzo, Dolores se presentó á la mesa, 
con el semblante todavia melancólico. 

— Qué tiene, mi linda hija ?— preguntó don Enrique, deposi- 
tando un tierno beso en la frente de Dolores. 

— Nada, -papá, he dormido poco anoche, esta es la causa 
de que notes en mi semblante la|^huellas del insomnio, 

— Malo ! malo !— murmuró Don Enrique, acompañando estas 
palabras de una sonrisa. 

— Qué queréis decir, papá ?— preguntó Dolores. 

— Nada, mi bella niña; perder el sueño.. .falta de apetito. . . 
estará mi hija enamorada? 

— Enrique, déjate de bromas, siempre con tu carácter! — dijo- 
doña Adelia, — ya sabes que nuestra hija por ahora no se preocu 
pa de eso . . . 

— Sí eh? — replicó don Enrique dando una palmadita á las sua- 
yesy frescas mejillas de su hija— supongo que no siempre hemos 




- 319 — 



de tener la didhá de gozar de ¿ii compañía, y que su fcorazon 
apetecerá otro afecto distinto a^cariño desús padres; esa es la 
ley de la naturaleza. 

En aquel instante entregaron á la joven una perfumada 
esquellía. 

— De Elena ! — escíamó Dolores con alegría : — qué me 
dirá. * 

Rompió el sobre con precipitación y leyó en voz bajá el la- 
cónico billete de su amiga; luego pasóselo á su madre, di- 
ciéndole : 

— Elena me lláma, dice que está enferma, y que desea que le 
acompañe ; rae darás tu permiso, mamá? 

— Si, hija mia por qué nó ¿ pero creí oirte decir anoche, pue 
deseabas concluir efencaje que estabas haciendo, y por el que casi 
no me aconpañaste anoche ; si hoy vas á ver á Elena perde- 
rás todo el dia. 

Dolores se avergonzó; aquellas palabras de su madre eran 
un cargo para ella; la noche anterior la obra del encaje era 
un obstáculo para acudir á visitar una desgraciada enferma; 
ahora aquella quedaba relegada al olvido para acudir al llama- 
do de quien solo la necesitaba para un rato de distracción. 

— Mamá — dijo Dolores — concluiré antes el encaje, poco me 
falta, luego iré á visitar á Elena. 

— No Dolores ; anda á ver á tu amiga, después concluirás tu 
trabajo. 

— Gracias, mamá ! — Dolores imprimió un ceñoso beso en 
la frente de su madre, agradeciendo su bondadosa condes- 
cendencia. 

Don Enrique, mientras tanto había guardado siendo durante 
el diálogo anterior; pues conocedor del car'.::c: de su linda 
hija, y del propósito de doña Adelia en corre fría, callaba, de- 
jando á su esposa seguir la senda que se había trazado. 

Dos horas después, Dolores elegantemente vestida, llegaba 
á casa de Elena. 

Estaba esta en su lecho ; las finísimas y blancas sábanas or- 
ladas de ricos encajes, los cortinados de damasco de rica seda 
que cubrían el lecho, y el lujoso aposento, 'demostraban bien 
á las claras que Elena pertenecía á la alta clase del lujo. 

Poca cosa era su enfermedad, una lijara fiebre, ocasionada 
porlun constipado, tomado á la salida de un baile. 

— Mi Lola !— 'escíamó al ver á la hija de d Aa Adelia, 




— 320 — 



— Elena querida! — agregó á su vez DolÓres — qué tienes? 
desde cuándo es tu enfermedad? 

— Desde ayer ; al salir del baile, al que ya sabes asistí, me 
resfrié, y á consecuencia de esto tengo un poco de fiebre, pero 
poca, muy poca ; esta mañana, le dije á mamá: hoy no me le- 
vanto, manda llamar á Lola, así pasemos un rato, tengo necesi- 
dad de distracciones porque estoy algo triste. . . ' 

— Tú triste? — preguntó Dolores con incredulidad. 

— Sí, porque no puedo asistir mañana al gran paseo campes- 
tre que prepara la de R . . . 

— Mamá — prosiguió la elegante enferma — lleva á Lola al sa- 
lón, allí pasará un buen rato con las amigas que han acudido á 
enterarse de mi estado. 

— I Voy á dejarte sola ? — preguntó Dolores. 

—Luego volverás ; en el salón te distraerás mucho, anda! 

La madre de Elena y Dolores salieron déla habitación de la 
hermosa enferma dirijiéndose al salón. En este se encontraban 
efectivamente muchas personas que habían acudido á visitar 
la enferma. 

Examinemos la concurrencia de amigos. 

Alli estaba perfectamente representada la vana y superfi- 
cial sociedad de las mujeres de hoy día que pertenecen a| 
mundo de la ociosidad, á la aristocracia del gran lujo y que 
figuran en todos los centros de las grandes ciudades 

Casi todas, eran allí amiga s», pero asemejanza de Judas el 
que vendió á Cristo, se prodigaban frases llenas de dulzor 
para hincarse el diente y lanzarse los dárdos de latcalumnia, 
apenas volvieran el rostro. 

Ah!, la atmósfera del círculo del gran lujo no es siem- 
pre pura y serena! 

Hay tan raras escepciofíes! 

Generalmente es el centro de la mentira y de la maldad, 
en donde se anida el vicio y (el crimen, cubiertos por las 
doradas apariencias del lujo y de la vanidad, que tarde ó 
temprano arrastra á sus miembros más favorecidos á los abis- 
mos de la muerte y la deshonra. 

Y no creáis que aquellos que lanzan los gritos de ataque 
elevando su voz, son los inocentes, los 'dignos, no! ataca el 
culpable, él que no esta limpio de culpa, porque no quiere 
ser él solo el delincuente, pero tira la piedra y esconde la 
mano, porque así hieren los cobardes! 




Considá*acion<?S son estas que están en la conciencia de todos! 

Ved esas mujeres de la aristocracia del lujo* -que com- 
ponen las sociedades de tono del mundo á la moda. Atra- 
viesan los salones arrastrando por las „ ricas' alfombras, so- 
berbios trajes de terciopelo, de raso y seda, guarnecidos de 
encajes que cuestan una fortuna, y que, al concluir uíia pie- 
za de baile quedan destrozados. Su dueña hace ostentoso 
alarde de un espléndido desprendimiento. ^ 

No me diréis, que en mujeres de esa naturaleza, puedan 
haber buenas madres . . .excelentes esposas que posean cora- 
zones géherósos y tiernos. 

No! á una bueña-madre, remordería su conciencia, el der- 
rochar tan vanamente, la fortuna de sus hijos, que por reve- 
ses de la suerte, pudieran quedar mañana en la miseria; de- 
biendo ser ella la primera en economizar para sus hijos, y 
no nialgastar su fortuna ostentando un lujo criminal, que no 
ofrece más provecho que el de alhagar su vanidad. 

La buena esposa, al considerar, que la fortuna que disfruta 
es el producto del trabajo honrado que el compañero de su 
existencia le brinda, procurará mantenerla siempre florecien- 
te, no derrochándola en joyas y trajes que causen envidia á 
los necios, y despierten la rivalidad que es el móvil de sus 
existencias. 

¿Puede ser buena la mujer, sea esposa ó madre, que malgasta 
su fortuna en joyas y trajes, sabiendo que existen innumerables 
madres que jimen en el último rincón de sus hogares sin tener 
un pedazo de pan para acallar el hambre de sus hijos, sin 
el más lijero abrigo para cubrir sus miembros helados por el 
intenso frió? 

El lujo escesivo es siempre criminal. 

«Estamos atacados de una enfermedad mortal: el amoral 
«lujo desenfrenado ; nos importa menos ser que parecer; la va- 
«nidad nos mata ; el mal ha llegado á las mujeres, y éstas están 
«más profundamente heridas que los hombres. 

«La mujer hoy no vive por el corazón, vivé por el cerebro ; 
«casi todas anhelan ese ruido que se llama celebridad ; nuestras 
«madres cifraban su gloria en el silencio en que se dejaba su 
«nombre, y el elojio que más deseaban era que no se hablase de 
«ellas ni bien ni mal : hoy las mujeres quieren ser citadas por su 
^belleza, por su lujo y elegancia en Jos periódicos de sport y d^ 




~ 322 - 



nh.ijh.4ife ; esto'constituye su alegría f la gloría de su familia. " 

«Nunca las tendencias materialistas se han dibujado tan cla- 
«f amente corqp en nuestros dias, y como no hay hecho aislado 
«en el mundo, todo se encadena y todo se deshace con una 
«lógica inflexible y despiadada. » 

En los salones de la hermosa amiga de Dolores veíanse esas 
mujeres educadas en la escuela del gran lujo y por consiguiente 
déla falsedad y de^la superficialidad, porque no hay duda que 
«el lujo enfría el alma y la deja como murada para todo sen- 
timiento elevado y generoso. » 

Las conversaciones de algunas de aquellas personas , dema- * 
siado libres haciendo alarde de despreocupación, abarcan todas 
las cuestiones, porque el hecho principal es hablar incesante- 
mente, para dar muestra exacta de la locuasidad y de la erudi- 
ción que las adorna ; no importa que en el calor de la conver- 
sación, revelen estar enteradas de la vergonzosa história de 
Juan y de Pedro, y que relaten hechos en que la moral está, 
excluida de ellos, eso no importa, teniendo incesantemente la 
palabra, sin dar lugar á que los oyentes espongan su humil- 
de juicio. 

Es necesario sostener siempre ese brillante papel, rol enojoso 
que les conquista antipatías á centenares, pero que no conocen, 
porque creen tener absorto de admiración á todo el mundo. 

Entre esta clase de seres existen algunos que el yo es el asunto 
primordial de sus conversaciones, dan sus ideas con gran én- 
fasis, y asegurando á renglón seguido que lo que han espuesto 
es lo aceptado por toda la gente de tono (este es su flaco), y 
para esto citan á fulano, zutano ó niengaqo, nombres todos de 
los más conocidos y retumbantes. 

‘ Dan parte hasta de sujetos más insignificantes, revistiendo 
de un carácter de importancia todo cuanto á ellas concierne. 

Estos desgraciados ignoran el m il que se hacen y no se detie- 
nen á meditar lo que hablan. 

“Hay ciertos miramientos, ha dicho Madama Stael, que 
no enseñan ni el talento , ni el tr ito de las gentes , y sin 
faltar á la urbanidad más perfecta , no se ofende muchas 
veces al corazón. “ 

m Los seres á quienes señalamos como un feo defecto, exis- 
tente en todas las grandes sociedades , preocúpales muy 
poco' aquellos niiramientos , tan necesarios para conquistarse 
el aprecio y consideraciones de los demas. 




— 323 — 



Esos miramientos serían muy serio asunto ; para sus po- 
bres espíritus , acostumbrados siempre , á pueriles ocupa» 
dones. 

Y estas son* las muñecas de sociedad , como las titula nuestra 
querida y espiritual amiga, Angelita Galan de Souza, la 
virtuosa y simpática ^Angela c j)olore r, la que escribe con la 
sencillez de su alma pura é ingénua y la inteligencia de su 
bello talento. 

La desenvoltura, el descaro desfachatado , es á lo que aquellas 
llaman mundo ; personas que demuestran esas bellas condicio- 
nes , son , según su opinión, gente de sociedad , y por consi- 
guiente de trato ,'~dignos de ser admitidas en los centros más 
encumbrados. 

El fausto, el lujo las fascina. 

¡ No refleccionan las desgraciadas , el fin de tanta 
pompa ! 

¡Tanto afan por lo que el soplo de la muerte puede 
hacer desaparecer en un instante, convirtiendo en polvo vil 
los objetos de su loca vanidad, lanzándolos al abismo de la 
nada y del olvido ! 

Las consideraciones que hemos espuesto en estas páginas 
están débilmente dibujadas por nuestra,, tosca pluma, careciendo 
de vigor y colorido. 

Aunque muy jóvenes nuestro carácter retraído y recojido 
quizá haya anticipado las ideas reflexivas propias más bien de 
la esperiencia y de la edad. 

Pero nuestras digresiones van estendiéndose demasiado y es 
menester poner fin á ellas. 

Volvamos al salón de Elena la amiga de Dolores. 

Las visitas duraron todo el dia , porque unas salían y otras 
entraban. 

Por la noche el salón estiba completamente lleno , y en 
medio de aquella concurrencia , formada por amigos que iban 
á visitar la enferma, circulaban con profusión los dulces , los 
delicados licores, los ricos helados, etc. 

Los amigos de circunstancias , son infalibles en estos 
casos. 

Jamá9 los vereis junto al lecho del enfermo verdaderamente 
necesitado; allí donde solo se vé á la verdadera amistad, 
siempre dispuesta al sacrificio, y siempre pronta á árrastrar 
los peligros , desafiando el contájio de las enfermedades más 




— 324 — 



terribles , por . cumplimiento de los deberes que les impone su 
propio cariño , su sin igual desinterés , . . 

Todas las amigas f que acudían á visitar á Elena se imfor- 
maban con el más minucioso Ínteres la clase de enferme- 
dad que le aquejaba, dispuestas en su interior, á abando- 
nar la casa en el acto, en caso de que esta fuera peligro- 
sa para su propia conservación. 

He ahí los amigos que hoy se hallan á cada paso ... sin 
embargo, ellos visitan á los enfermos, haciendo alarde de 
un sentimiento que no comprenden; su asistencia no será 
por cierto la que ha de salvar al enfermo que necesite pro- 
lija atención. 

Dolores, confundida entre las innumerables señoras y ca- 
balleros, que llenaban el gran salón, casi no se acordaba 
ya de la enferma, que á la verdad tampoco necesitaba de 
nadie, pues dormía descansadamente reclinada entre ricos 
almohadones. 

Dolores, aunque satisfecha, más de una vez se sintió fastidia- 
da; cansábanle aquellas continuas conversaciones, que no tenían 
más objeto que la crítica sin respeto de condiciones ni de 
clases. 

Vióse obligada varias veces á prestar su atención á más 
de una de deesas mujeres que con impertinente tono, entablan 
conversaciones queriendo demostrar su saber y sus alcan- 
ces, para lo cual con aire y frases pedantezca, hablan mu* 
cho, y no dicen nada, pues acompaña, generáfmente á esta 
clase de caracteres, el orgullo mal fundado, y la ignorancia 
cubierta por superficial barniz y dorado manto. 

Respecto á estos tipos de sociedad, entre los cuales figu- 
ran - individuos de ambos péleos, dice en una de sus obras 
el distinguido educacionista Sr. Diez Mori: 

«La ignorancia es hermana del orgullo. Existen ciertos 
entes en sociedad que inspiran compasión por el modo de 
proceder con sus semejantes. 

«Si llegáis á presentarles cualquier trabajo confeccionado 
por la modestia, no encontrarán dicterios suficientes para vi- 
lipendiar la obra y el autor; aquí notarán un despropósito; 
allí una blasfemia artística ó literaria; ora le llamarán rapso- 
dista y plagiario; ora falto de sentido común. Si alguno 
le replica, rechaza sus argumentos con burlas; si le haced 
yer stjs contradicciones, contestan cor* injurias y gfQS£r| a §. 




— 325 



«Miradle: su frente altiva, como dice Balines, parece 
amenazar al cielo, su mirada imperiosa exige su misión y 
acatamiento; en sus lábios asoma el desden hácia cuanto le 
rodea; en toda su fisonomía vereis que reboza la complacencia 
en sí propio. Toma la palabra, resignaos á callar. Replicáis? 
No escucha vuestras réplicas, y sigue su camino: ¿insistís otra 

vez? — el mismo desden acompañado de una mirada que exije 
atención é impone silencio. 

¿Conocéis ya al ser de que hablamos ? 

Es el orgulloso ignorante; es la ignorancia acompañada de 
la vanidad. 

Examinad al hombre de mérito: su mirada . es humilde y 
dulce; sus palabras, suaves y finas; si aconseja, jamás hiere 
nuestra susceptibilidad; si aplaude, no lo hace con exagera- 
ción; atiende las razones de todos, y sólo dá su parecer 
cuando se lo exigen. 

La ignorancia orgullosa ó el orgulloso ignorante muere 
execrado de todos: la sabiduría modesta ó el sábio razonable 
vive siempre en los corazones de doctos é ignorantes.» 

Dolores pasó el resto del dia y parte de las primeras horas 
de la noche en casa de Elena, sin haber visto á esta en todo 
aquel tiempo, pues la elegante enferma dormía siempre con 
la más profunda tranquilidad - 

Dolores volvió á su casa á las diez de la noche; su pa- 
dre la acompañaba. 

— Y? — preguntó Doña Adelia, presintiendo la contestación. 

— Me he divertido mucho, — esclamó Dolores, irreflexiva- 
mente. 

— Cómo ! pues qué hija mía; Elena no estaba enferma? 

— Sí mamá, — repuso confusa, Dolores — pero como era 
una fiebre ligera, y. . . .fué mucha gente, el salón estaba lle- 
no, las amigas . . . 

Yá! — dijo Doña Adelia, interrumpiendo á su hija — las 
amigas de esa naturaleza, van siempre donde no hacen falta, 
y donde pueden divertirse y pasar un rato, murmurando y 
criticándolo todo, á buen seguro, que si supieran que tenían 
que hacer algún remedio al enfermo, porque este no tenía 
quien se lo hiciere, ni con que hacerlo, ó que la enfermedad 
fuera contagiosa, no se molestarían ni á preguntar si el 
amigo estaba vivo ó muerto! 

Dolores, oyó todo esto, sin decir esta boca es míaj no 




— 326 — 



osó chistar, pues bien comprendía que ella estaba incluida 
entre aquellas que solo visitaban los enfermos que na- 
da necesitan, por hallarse rodeados de todos cuanto se pue- 
de apetecer. 

Al siguiente dia, Da. Adelia se dispuso á hacer una se- 
gunda visita á la pobre enferma que había socorrido el dia 
anterior, visita de esas, á las cuales se refieren las labras de 
Misericordia en que el enfermo necesita de nuestros cuidados, 
ya aplicando un remedio que ha devolverle la salud perdida 
ó calmar sus dolores físicos, ya derramándo en su alma el bál- 
samo del consuelo y de la esperanza. 

Da. Adelia, invitó á su hija á que la acompañara en 
aquella segunda visita, mas la joven, olvidándo lo ocur- 
rido, pretestó una ocupación, para librarse de aquel nuevo 
compromiso en que su madre la ponía. 

Da. Adelia, clavó al cielo sus ojos, y partió sola. 



CAPITULO IV. 



La de 9a acostad» 



Próxima á la de Da. Adelia, en una humildísima casa, vi- 
vía una bella niña llamada Clara, en compañía de su anciano 
padre. ^ 

Eran muy pobres, buenos y honrados. 

Clara contaba diez y ocho años. 

Habla crecido á la par de Dolores, estando siempre jun- 
tas cuando niñas, por vivir entonces una próxima á la otra 
aunque aquel compañerismo 'desapareció por parte de Dolo- 
res, cuando ambas fueron ya señoritas. 

Siendo Clara muy pobre, Da. Adelia, le asignó una regu- 
ar pensión, obligándose aquella, por su voluntad á coser 
para la casa; ocupación que siempre había proporcionado 
su subsistencia y la de su anciano padre. 




— 327 — 



Da. Adelia quería en cstremo á Clara, y siempre la so- 
corría interesada por aquella niña tan bella, como buena 
y virtuosa. 

Dolores aunque profesaba también á Clara algún afecto 
desdeñaba tratarse con ella por la pobrísima situación de 
esta. 

Quiso la mala suerte, que Dolores enfermára ,de viruelas, 
después de las escenas anteriores que hemos narrado. 

Da. Adelia alarmada llamó en su auxilio al más afama- 
do médico del pueblo, el cual declaró que tendría mucho- 
dias de cama, pero que no era una viruela maligna, y que 
la niña salvaría después de un prolijo tratamiento. 

Desde el primer momento, Clara se instaló á fe cabecera 
del lecho' de Dolores, pues quería mucho á .esta apesarado 
los desaires recibidos por ella. 

En vano doña Adelia suplicaba á la joven que se apartase 
del lecho, y se alejara pues ponía en peligro su salud y su 
vida. 

Clara no cedía, manifestando ser su deseo de cuidar á la enfer- 
ma hasta que el mal desapareciera, para lo cual no se apartaría 
del lecho de Dolores ni de noche ni de dia. 

Doña Adelia vertió lágrimas de agradecimiento, ”é hizo traer 
á su casa al anciano padre de la joven, para que no estuviera 
solo con motivo de la ausencia de Clara. 

Las amigas de Dolores, al tener conocimiento que la enfer- 
medad de esta era viruela, ninguna quiso aproximarse á la casa. 
Enviaron sus sirvientas á enterarse del estado de su salud, 
pero con la orden de no traspasar los umbrales de la casa. 

Doña Adelia se felicitó en parte de lo que pasaba respecto á 
• las amigas de su hija, considerando que esto le serviría de salu- 
dable lección ; pero cuido de ocultárselo mientras durase su 
enfermedad, temiendo con justa razón, que aquel desengaño le 
hiciera sufrir. 

Dolores clamaba por la amiga más íntima que tenía; cs- 
trañando su ausencia interrogaba á Doña Adelia. 

Esta evitaba el contestarle, diciéndole otras veces, que la 
amiga estaba algo, enferma y este era el motivo de su 
aucensia. 

Margarita, este era el nombre de Ua amiga; no estaba enfer- 
ma, puesto que así lo aseguraba la criada que mandaba de 
yez en cuando^ á enterarse por la salud de Dolores, ^ 




— 328 — 



Mientras tanto la enfermedad de esta seguía su curso. 

La violenta fiebre, trastornaba los sentidos de la pobre 
Dolores , la lucía delirar, y en medio de su desvarío, se 
incorporaba en el lecho , clavando su calenturienta mirada en 
la gentil figura de Clara que no se apartaba de lá cabecera del 
lecho, dec a. 

— Quien eres tú ¿ porqué cuando posas tu mano sobre mi 
frente, siento. . . .algo estraño que calma mis dolores?. . . . 

Clara se aproximaba , imprimía un dulce beso en los 
labios de la enferma , y rodeando con su brazo el cuello de 
esta, le ofrecía la bebida que el médico le había pres- 
crito. 

Dolores bebía dócilmente y entornando los ojos , reclinaba 
en la almohada su cabeza, murmurando: 

—Es un ángel! ... 

Un sueño febril aletargaba las facultades de la enferma, 
y postrada en aquel estado permanecía largos intérvalos, ob- 
servada siempre con cariñoso interés por Clara. 

Después del intranquilo sueño, al entreabrir los ojos, el 
primer rostro que apercibía junto á sí era el de Clara que le 
sonreía con dulzura é infinito cariño. 

Dolores la contemplaba en silencio por breves instantes y 
luego murmuraba, al mismo tiempo que una lágrima oscila- 
ba entre sus pestañas: 

— Clara! .... 

Este solo nombre encerraba, en su espresion, todo un mundo 
de sensaciones, que quizá serían el principio de una reacción 
moral, tan benéfica como poderosa. 

Doña Adelia contemplaba aquellas escenas con lágrimas en 
los ojos. . .el corazón de la madre presentía el momento tan 
anhelado por él ... de aquel léÉíio, Dolores levantaría sana quizá 
de cuerpo y alma! 

Cuándo la enferma descansaba en apacible sueño, Doña 
Adelia suplicaba á Clara que se recojiera, que repusiera sus 
fuerzas por medio del sueño, pero Clara con su eterna sonrisa, 
tan llena de dulzura, le indicaba con un ademan el gran sillón, 
próximo á la cabecera del lecho de Dolores, mostrándole que 
allí era su puesto cerca de la enferma, y dispuesta á acudir 
á ella cualquier momento. 

Doña Adelia estrechaba contra su seno á Clara, escla- 
mando: 




— 329 — 



— Tú eres la verdadera am’ga de mi hija! — y luego agre- 
gad — pero por lo mismo debo velar por tí; si no reposas 
querida Clara, vas á enfermar, y es necesario evitar esto; yo 
cuidaré á Dolores, mientras tú descansas . . 

— Doña Adelia, permítame permanecer en este puesto, que es 
el que debo de ocupar, según me lo dicta el corazón, y mi 
cariño hacia Dolores, yo se lo suplico! 

Doña Adelia no tenía más remedio que ceder. 

La enfermedad de Dolores comenzó á declinar, una vez de- 
sarollada aquella, y pasada la crisis. 

La enfermedad entró en el período de convalecencia, tanto ó 
más delicado que lajnisma enfermedad, siendo bastante una re- 
caída para traer fatalmente la muerte. 

Don Enrique, el padre de Dolores, lo mismo que doña Adelia 
y Clara estaban locos de contento viendo á la enferma, comple- 
tamente fuera de peligro. 

Clara, constituida desde un principio en enfermera de Dolo- 
res, redoblaba sus cariñosas atenciones y cuidados, anhelando 
ver completamente restablecida ásu amiga. 

Ella era la que hacía, por sí misma, los alimentos que 
debían fortalecer á Dolores; la que, con tierna ^solicitud, 
envolvía á la enferma en abrigos, para que el aire no la 
ofendiera; la que curaba con gran solicitud las huellas de 
la viruela para que esta no dejara señal alguna en el her- 
moso rostro de Dolores, en fin, la que no se apartaba 
ni un instante de su lado . 

Doña Adelia veía todos aquellos esquisitos cuidados, 
con el corazón agradecido y satisfecho, y sin tomar mu- 
cha parte en dios, pues quería que Dolores cobrase á 
Clara todo el cariño que esta merecía. 

Don Enrique al contemplar aquellas escenas, decía á 
su hija: 

— Ahora tengo dos hijas, y tú querida Dolores, una 
hermana y verdadera amiga que debes apreciar como tal, 
pues Clara no se parece á esas otras remilgadas que pro- 
fanan el nombre de amigas .... 

— Ah! papá! — decía Dolores estrechando á Clara con- 
tra su pecho — veré desde hoy en Clara, no solo una amiga, 
sino también una hermana querida! 

Clara trasportada de alegría, devolvía las caricias á su 




— 330 — 



amiga, demostrando los sentimientos que abriga respecto 
á esta, por medio de silenciosas lágrimas. 

Nada más interesante, que las escenas que tuvieron lu- 
gar, durante la lenta convalesccncia de Dolores, entre esta 
y su amiga Clara. 

Eran dignas de oirse aquellas conversaciones tan llenas 
de encanto y sencillez, en las cuales llevaba siempre la pa- 
labra la hija de Doña Adelia. 

Clara de carácter tímido, condescendiente y silencioso, 
jamás osaba contrariar á su amiga, gozando en hacer el 
gusto á esta en todo y por todo. 

A las manifestaciones de cariño por parte de Dolores, Clara 
contestaba con una lágrima, con una mirada de infinita ter- 
nura, ó tan solo á veces con una frase, pero frase que lle- 
vaba en sí todo un mundo de sentimiento. 

Existen séres en el mundo, que sienten con tal exceso, 
que al esperimentar cualquier sensación de pena ó de ale- 
gría, no encontrando términos demasiado suficientes para 
espresar sus sentimientos, enmudecen; revelando todo cuanto 
pudieran decir, por medio de una mirada, de una sonrisa 
ó de una lágrima, tras la cual se trasparenta la cs- 
quisita sensibilidad de sus almas. 

Clara pertenecía á esta clase de séres. 

De carácter blando y generoso, cuando era ofendida por 
alguna de sus amigas, lejos de irritarse, se añijía; dócil por 
naturaleza, jamás contrariaba ' la voluntad de los que la 
rodeaban. 

Todas las bellezas morales del alma, parecían haberse 
dado 'cita para adornar á Clara. 

Por esto era querida^e todos cuantos la comprendían , 
pues su trato, no ofrecía para las demas personas nigun 
atractivo, su exesiva timidez no le permitía sostener 
ninguna rivalidad, su carácter triste y melancólico, abatien- 
do su juventud, le quitaba toda animación, hasta el punto 
de preferirá todo, el retiro, la soledad, el aislamiento en donde 
no tuviera más compañeros que aquellos séres, queridos 
por su alma con la más íntima ternura. 

Muy franca en sus palabras, hablaba solo aquello muy 
estrictamente necesario, razón por la cual el silencio era su 
estado más natural, pero en el seno de la amistad íntima 




— 33i — 

Clara era'espansiva y más comunicativa, aunque conserva, 
ba siempre la timidez de su carácter. 

Físicamente, unía la belleza espresiva, á la gracia y disen- 
sión natural de su simpática persona. Su estatura era más 
mediana que la de Dolores, sus formas redondas y bien mo- 
deladas; su perfil griego, su frente elevada, su tez suave 
y de un blanco pálido; sus ojos razgados, adormecidos, 
eran de un bellísimo tinte verdoso; su mirada tranquila y 
dulce; sus cabellos sedosos y ondulados, eran castaño 
muy claro; peinaba siempre con dos trenzas sueltas sobre 
la espalda, de una largo tan hermoso, que llegaban casi 
hasta la estremidad de su vestido que rozaba el suelo. 

Tal era Clara. 

Dolores, se complacía en llamarla su amiga, su hermana. 

El corazón de la joven había esperimentado el sacudi- 
miento benéfico tan anhelado por su madre. 

La conducta, el ejemplo, el cariño y la adnegacion d e 
Clara habían despertado en el alma de Dolores todos los 
sentimientos generosos, que embellecen el espíritu de los 
buenos que hasta- entonces habían estado adormecidos en su pecho. 

Las tituladas amigas^ deDolores, especialmente una la que esta 
consideraba erróneamente, como la más verdadera, al b tener cono- 
cimiento de su mejoría, y del estado convalesciente en que 
se hallaba, acudió á visitarla. 

El desengaño recibido, revistió á Dolores de una reserva 
y frialdad que llamó la atención de la supuesta amiga. 

Pertenecía esta al número de esas jóvenes vanidosas, 
intolerantes y fátuas, que por desgracia tanto abundan hoy 
en dia, á causa de la educación superficial que reciben. 

Margarita había sido educada en la escuela del gran mana- 
do , lo que equivale á decir que no poseía esa bella y mo- 
desta educación que conquista tantos afectos, y cautiva tan- 
tos corazones, educación que impone el dulce deber de com- 
placer á nuestras amigas, de disimular sus defectos, de tolerar 
sus imprudencias, y de amoldarnos á sus deseos, sin herir 
jamás su amor propio, ni ridiculizarle ante los estrados. 

Margarita era en todo, lo contrario de esto; creía que la 
completa educación consistía únicamente en hablar regularmente 
bien, teniendo perfecto conocimiento de la pronunciación de 
las palabras por la instrucción recibida, en sostener una 
Conversación que demostr .r • más ó menos los alcanzes que; 




— 332 — 



poseía, hablando de todo un poco sin olvidar de citar pa- 
labras en un francés dudoso, muchas veces ignorando el ver- 
dadero significado de ellas; con estas condiciones considera- 
ba perfectamente educada á una persona, aunque esta dijera 
una grosería, recibiendo por contestación un despreciativo 
silencio. 

Lo que ella llamaba educación era solo el desenfado adqui- 
rido en la escuela del gran mundo, en donde había estudiado 
á despreciar todo con impertinente necedad , burlándose de 
los escrúpulos y miramientos de la verdadera educación. 

Los que como Margarita están educados , jamás se mor- 
tifican por complacer á nadie, nunca disimulan los defec- 
tos ajenos, ni toleran la más mínima imprudencia; lejos de 
esto, hacen resaltar lo malo que en otro ven , burlándose con 
un tono de superioridad que no hay más que pedir, á la 
falta de sensatez. 

Al notar Margarita la intimidad que mediaba entre Clara 
y Dolores, sonriendo con desden dijo á esta, cuando Clara 
hubo salido fuera del salón: 

— Dices que se llama Clara esa joven? 

— Sí, Clara; hoy es más que mi amiga, mi hermana; durante 
mi peligrosa enfermedad no se apartó de mi lecho ni un 
solo instante, dándome pruebas de una abnegada amis- 
tad. 

— Parece una mujer vulgar, sin educación — dijo Margarita 
tratando de disimular su despecho. 

— Te equivocas! — esclamó Dolores con ardor — Clara posee 
una alma como pocas; es una niña de gran mérito física y 
moralmonte, y mal puedes juzgarla cuando solo has cambiado 
.con .ella tres ó cuatro paLLu^s. 

— Hay cosas que no se necesita mucho tiempo para compren- 
derlas; ‘ las maneras de tu amiga son muy vulgares, y mucho 
más sus palabras; la pobre no sabía como iba hablar! se cono- 
ce que no está acostumbrada á estar en sociedad ! 

Calificábala timidez déla joven, por vulgaridad y falta de 
educación. 

Es una verdadera desgracia, la esccsiva cortedad de genio. 

Y hay carácteres que adolecen de este lamentable defecto. 

De que le sirve á una mujer, estremadamente tímida, poseer al- 
guna inteligencia, si en sociedad noseatreve á hablar ni lo más 
simple? La terrible timidez la acorta; escucha las conversaciones, 




333 — 



y en su mente desarrolla ideas claras y despejadas; mas al ir 1 
á espresarlas, su lengua se entorpece, y solo profiere vulgari- 
dades. 

En una niña, la timidez es bellísima, pero deja de serlo cuan- 
do es excesiva. 

Existen seres vulgares que son osados hasta el estremo, mu- 
chos son tenidos como sábios, porque tienen facilidad para 
espresarse y poseen esa elocuencia fría y bombástica, que solo 
engaña á los tontos, 

Ah! sin embargo, felices de ellos! si tal, felices porque tienen 
el mundo por suyo y desconocen ese círculo de hierro que oprime 
con fiera crueldad, ^que se llama timidez excesiva ! 

Conocemos una joven á quién tratamos, que escribe 
para el público y que según opinión de los inteligentes, 
revela buenas disposiciones para lo futuro. Pues habéis de 
saber, lectora mía, que esa jóven que escribe con tanta facilidad, 
nadie la reconocería tratándola. Es víctima de su estrema 
timidez, y una modestia excesiva, según algunos, pues .se admira 
cuando se le hace un elogio, porque ella no se reconoce con 
mérito alguno. Hemos oido á muchas personas, que después 
de haber tratado á aquella han dudado de lo que elja escribe, 
atribuyéndole á su madre muger instruida y de gran educa- 
ción. 

Paréceles imposible que de aquel espíritu apocado, que de ■ 
aquel carácter apagado y sin brillo puedan brotar ideas que 
revelan alguna altura, algún entusiasmo. 

Esto no es estraño; cuando la escritora Sinués de Marco 
empezó á escribir, todos, á una voz decían: « ¿ Esa niña, es la 
autora de tan bellos escritos, que revelan tanta inteligencia? 
Imposible! ¡ toda es obra de su padréí» «Esto refiere, la ilustra- 
da escritora, al hablar de la opinión de las gentes, en tratándo- 
se de mugeres jóvenes que recien empiezan á escribir, llenas 
de timidez y faltas de despejo. — En cambio hay séres ignoran- 
tes .incapaces de comprenderlos grandes sentimiento del alma, y 
las elevadas concepciones del espíritu, y que sin embargo, na- 
die vacilaría en atribuirles loque otros injustamente niegan, y 
todo porque aquellos poseen el don de la osadía, porque se 
estiman tanto que se creen superior á todo el mundo y adquieren 
por esto un aplomo admirable. 

La escritora S, Márco dice: «la muger debe ser modesta, reser - 
yada^ fírqida cq feúchas ocasiones; pero la timide? estremad¿v 




- 334 _ 



le causa también un grave perjuicio, y oscurece muchas ve- 
ces, no solo sus gracias, sino hasta sus buenas cualidades. 
La soberbia y el atrevimiento es muy culpable; pero también es 
digna de censura la absoluta falta de confianza en el propio 
mérito, que conduce á una timidez invencible. Porque las 
más bellas disposiciones desaparecen cuando esta se apodera 
de nuestro espíritu y nos arrebata la serenidad y la facultad 
de discernir. Es necesario vercerse á sí mismo para adquirir 
aplomo y serenidad de ánimo en el trato social. Pero nos 
hemos desviado de nuestra historieta. 

Dolores, con las mejillas encendidas por la indignación que 
sentía al oir hablar de su amiga, en términos desfavorables, 
no pudo ménos que esclamar: 

— Margarita! no puedo escuchar tales palabras; Clara po- 
sée una alma bellísima; es noble, tierna y generosa, y me 
enorgullezco en llamarla mi amiga! 

Margarita hizo un gesto de desden y replicó con áspero tono: 
— Bah! tu flamante amiga no es digna de figurar en nin- 
gún salón, sino en... una cocina! Al fin no has hecho más 
que seguir tui inclinaciones plebeyas. . .la c^ibra siempre tira 
al monte! 

No se podía pedir mayor delicadeza en el lenguaje de aque- 
lla niña que se tenía por muy educada. 

Dolores no fué dueña de contenerse, nuevamente. 

— Mi flamante amiga, como tu la llamas, con la vulgaridad 
y poca educación que injustamente le atribuyes, nunca hu- 
biera proferido los . . . delicados términos que acabas de di- 
rigirme. 

— No debes disgustarte/soy muy franca, digo siempre lo que 
pienso, y poco me dá lo que se pueda decir, no acostumbro 
á violentarme. 

— No todo se puede decir Margarita, lo que tú llamas fran- 
queza yole llamo de otro modo. . . 

— Cómo ? — preguntó Margarita con impertinente tono. 

— Grosería ! 

— Já! já! ¡y todo por defender á laque quizá yo tome 
mañana de criada ! al fin igual á ella ! 

Dolores se puso de pié esclamando : 

— Margarita, esa á quien desprecias y humillas con tus pala- 
bras, es altamente digna, pues tiene cualidades inapreciables y 




— 335 — 



moralmente se halla cien veces mas arriba que tú, perdona que 
te lo diga. . . 

— Hemos concluido, — dijo Margarita sin abandonar su tono 
de burla — me retiro con el conocimiento de lo que aquí hay; 
cuando me falte criada enviaré por Clara, tu sin rival 
amiga! 

— Ten la seguridad — dijo Dolores, — de que recibirás en- 
tónces de tu criada lecciones dignas y grandes, que te enseña- 
rán, Margarita, á valorar los sentimientos del alma! 

Margarita iba á replicar, cuando Dolores, derramando lágri- 
mas de dolor, se ausentó del salón dando por terminada aquella 
escena. 

La falsa amiga se retiró de la casa, esclamando: 

— Há tiempo que-debíamos haber roto nuestra amistad, pero 
yo he sido muy indulgente; y no se por qué, porque no ne- 
cesito de nadie para tener que soportar impertinencias, de gentes 
que en vano quieren igualarse á las personas decentes ! 

Margarita se areia superior en todo: y por todo: no hay que 
est cañarlo; alguien ha dicho: sobre d pedestal de la ignorancia, 
se eleva la estatua del atrevimiento. , 

Dolores sufrió mucho con la escena ocurrida entre ella y 
Margarita, pero había hecho propósito de no cultivar amistades 
de aquella naturaleza. 

Sintió haber dirigido á Margarita palabras algo fuertes, aun- 
que estaba decidida á apartarse de su trato; pero sebía que la in- 
tolerancia con los intolerantes, se podía disculpar en ciertos 
casos. 

La escena ocurrida, demuestra que Dolores, abriendo sus 
ojos á la razón comenzaba á obra de acuerdo cbn la dignidad 
de su conciencia. 




— 336 — 



CAPITULO V. 



DsosiT-gafiQ 

Han transcurrido, lectora, tres años, en los cuales no ha 
pasado nada digno de mención, siendo siempre Dolores y 
Clara inseparables amigas. 

Mas, al cabo del tiempo mucho hay que decir. 

Dolores estaba próxima á contraer matrimonio con un dis- 
tinguido joven dueño de una gran fortuna. 

Alberto era su nombre. 

La ceremonia debía celebrarse muy brevemente, y los 
preparativos demostraban la aproximación de aquella fiesta 
que llenaba de regocijo á todos los que amaban á Dolores. 

Clara se contaba en el número de estos, pero al mismo 
tiempo que sentía alegría, esperimentaba gran tristeza por 
la separación de su amiga. 

Dolores ia abrazaba con ternura y le decía : 

—Siempre serás para mí la misma amiga, y nos veremos 
con igual frecuencia; tú ocuparás el puesto que dejo vacío 
en el hogar de mis adorados padres, y yo llevaré el consuelo 
de que ellos verán en tí otra hija tan cariñosa como la que 
de ellos se aparta. 

Estas palabras léjos de consolar á Clara le hacían verter 
mas lágrimas, parecíale que perdía para siempre á Dolores. 

En cuanto á doña Adelia y D. Enrique disimulaban su 
pena por no aflijir á su hija, pero sus corazones se sentían 
oprimidos al pensar en la separación de Dolores, aunque 
sabianque el hombre que la había elejido por compañera, era 
un sér digno* y noble que la amaba con intenso cariño. 

Esto también sabía Dolores, pero natural era loque sentía. 
Al da£ un adiós á los sitios queridos donde se había criado, 
en donde había visto deslizarse sus más felices dias, al aban- 
donar aqqel hogar en donde quedaba una madre querida y 
un padre amado, sus ojos se arrazaban de lágrimas y su co- 
razón se oprimía fuertemente. 

El solemne adto tuvo lugar al fin, y Dolores y su esposo 
Alberto, fueron á habitar por algún tiempuuna preciosa casa 
próxima 4 á la délos padres de aquella. 

El nuevo estado á que habia pasado Dolores, debía de 
traerle muchos sufrimientos. 

Pero estos, no reconocerían por causa el desamor de Al- 




— 337 - 



berto; este no dejó de profesar siempre á su esposa el más 
tierno cariño y Jamás grande estimación. 

Al cabo de tres años, no cumplidos, D. Enrique y su 
digna esposa, no residían ya en este mundo, sus almas des- 
cansaban en las serenas repones de los justos. 

Clara habiendo perdido también á su padre , se había 
casado , ausentándose para Europa con su esposo. 

Dolores lloró siempre la pérdida irreparable de sus pa- 
dres queridos , y la ausencia de su mejor é inolvidable 
amiga. 

No le quedaba más sosten que el digno esposó , que 
por dicha, Dios J^habia concedido. 

Alberto , que como dijimos en un principio poseía, una 
gran fortuna, más al cabo de aigun tiempo quedó compU- 
tamente arruinado. 

La veleidosa suerte volvióle la espalda, y un negocio 
arriegsado, le arrebató todo cuanto tenía. 

Aquella fortuna tan desgraciadamente perdida, era el 
producto de muchos años de trabajo honrado y labo- 
rioso. 

Quedaron en la pobreza, pero en una pobreza que . 
tocaba los límites de la miseria. 

Alberto cayó enfermo de pesar , y la infeliz Dolores , 
tenía que trabajar en la costura dia y noche para atender 
á las imperiosas necesidades de la existencia. 

En estas circunstancias desesperantes , Dolores dió á 
luz su primer hijo. 

— Dios santo! — esclamó la infeliz madre elevando al 
cielo sus ojos — dadme fuerzas para velar por el hijo de 
fni cariño , y por mi desventurado esposo! 

Al alumbramiento de Dolores se siguieron dias de 
terribles pruebas. 

Alberto había estrechado contra su pecho á su pobre 
hijito, imprimiendo en su frente un beso de ternura y der- 
ramando una lágrima de desesperación. 

Dolores en cama y su esposo también , solo eran aten- 
didos por una mulata vieja , llamada Feliciana, que había 
sido criada en casa de Doña Adelia , y que, habiendo 
visto nacer á Dolores le profesaba un cariño casi ma- 
ternal. 

Llegó dia en que en el mísero hogar de Dolores, no 
hubo con qué comprar un pan . . , 




— 338 — 



Alberto no tuvo conocimiento de esto ; una violenta fiebre 
tenía trastornadas sus facultades. 

Dolores debilitada,, se sentía desfallecer. 

El desgraciado niño que en situación tan triste había 
venido al mundo lloraba incesantemente debilitado por la 
falta de alimentos ; el seno materno no podia acallar su 
hambre. 

Dolores, al verse en aquella situación, pensó en los 
que se titulaban sus amigos, que en épocas mejores fre- 
cuentaban sus salones , retirándose de ellos , poco á 
poco, al ver la decadencia de su fortuna ; pensó así misma 
cuando en aquel tiempo ella ó su esposo tenían alguna 
lijera indisposición, la casa se veía invadida por los 
amigos , que solícitos acudían á ofrecer sus servicios ; 
ahora, se contemplaba ella, su esposo y su infeliz hijo, 
abandonados de aquellos que ántes se titulaban amigos... 
de la circunstancia! 

Dolores tornó su vista, ó mejor dicho, volvió sus recuer- 
dos sobre sí misma, y recordó haber sido ella lo mismo que 
aquellos que mentalmente recriminaba; recordó haber es- 
tado siempre dispuesta á visitar los enfermos que no ofre- 
cieran sus enfermedades ningún peligro y que, perteneciendo 
á la clase rica de la sociedad nada necesita, recordó asi- 
mismo cuando se negaba á acompañar á su madre en las obras 
de caridad que esta ejecutaba, acudiendo solícita á la ca- 
becera del lecho en el cual yacía una victima del infor-, 
fuñió. 

Todos estos pensamientos acudieron en tropel á su mente 
y arrancaron lágrimas de dolor y amargura á su corazón 
lacerado por tantos desengaños y sufrimientos. 

Dolores elevó sus precedí Eterno, y depositó en él su 
confianza. 

La escelente mulata Feliciana, viendo que no tenía su amita, 
como titulaba á Dolores, con que alimentarse, ni su esposo, 
ni su hijo, pidió auxilio á unos buenos vecinos, que acu- 
dieron, condolidos, prodigando á Dolores y á su esposo toda 
clase de cuidados. 

Un buen facultativo, llamado por aquellos, visitó á los en- 
fermos, y prescribió un régimen que los buenos vecinos- se 
obligaron á cumplirlo en un todo, 




Dolores fortalecida pudo alimentar á suhijitoque cobró 
fuerzas y vida, y al cabo de algunos dias pudo dejar el lecho 
pora atender á su esposo. 

La gratitud de Dolores, para con los buenos vecinos no 
tenia límites, y entre lágrimas repetíales á cada instante, que 
les era deudora de la vida de su hijo , de su esposo y de 
la suya propia. 

Ya habia mejorado algún tanto el esposo de Dolores, 
cuando un socorro inesperado , vino á dar vida á aquella 
desgraciada familia. 

Uno de aquellos seres á quién Doña Adelia socorrió 
en otro tiempo, había enriquecido por medio de algunos 
negocios lucrativos , y habiendo muerto , dejaba heredera 
de todos sus bienes á Dolores, la hija de su bienhechora. 

Dolores recojía los beneficios de las buenas obras que 
su madre había sembrado. 

Desde aquel instante , el hogar de Dolores y Alberto 
tornó ála vida, y los dos jóvenes esposos, recobrando por 
completo la salud , pudieron vivir felices y tranquilos, vien- 
do crecer lleno de vida, á su querido hijito. 

Dolores y su esposo , desdeñando desde entónces el 
boato y las demostraciones vacías de la falsa amistad, for- 
maron un círculo aparte, en donde hallaron los goces 
más puros de la vida. 

Una misión tuvo desde aquel dia la existencia de Dolores, 
que imitando el ejemplo de su digna y noble madre, de- 
dicóse á aliviar las desgracias del infortunio que yacen en 
el misterio de los hogares, y á visitar los enfermos que ver- 
daderamente necesitáran de sus cuidados y atenciones. 

Ved aquí, como los ejemplos de aquella madre ejemplar, 
sirvieron de luminosa ruta para guiar á su hija por la 
senda de la virtud y del arrepentimiento regenerador. 

Cinco años después, Clara y su esposo estaban de vuelta 
al hogar con dos hermosos niños, fruto de su feliz unión. 

Clara fue á vivir con su amiga, y desde aquel dia la 
existencia de ámbas familias se deslizó tranquila y apacible, 
como un lago puro y cristalino en cuya superficie límpida y 
serena parece verse retratada la soberana imágen de Dios 
Omnipotente. 



F in del ljbro VIiI. 




LIBRO NOVENO 



DAR DE COMER AL HAMBMETO 




DAR DE COMER AL HAMBRIENTO 



¡Ay de aquel á quien no oprime la pe- 
na que á otro devora, y vé impasibla 
al que gime, y ve llorar y no Hora! 

(C. Prieto; 

Los grandes ríos, los altos y copudos 
árboles, las plantás saludables y los 
hombres de bien, no nácen para su 
provecho, si no para sér útiles á su 
semejantes. 

(Sentencia Arabe). 



CAPITULO I. 

file© <i© Ptrofoetp© 

Las escenas que pasamos á narrar han tenido lugar en 
su mayor Darte en Montevideo, coqueta capital de la Re- 
pública Orrcntal del Uruguay. 

En una de las mas hermosas casas de aquella ciudad, si- 
tuada en la calle 25 de Mayo, punto céntrico del comercio, y 
por consiguiente, de la animación y el bullicio, propio délas 
grandes ciudades, vivía, poco tiempo há, una opulenta viuda 
italiana en compañía de su única hija. 

Llamábase aquella Clara Porto Rico do Pinheiro, frisaba 
en los cuarenta años, y era hermosa, aunque de una belle- 
za fria y altanera. 

Su tez blanca, muy blanca y sin el más leve color en las 
mejillas, parecía un rostro de alabastro; su perfil recto, era v 
siempre alterado por una continua constricción de desagrado 
ó disgusto; sus ojos pardos, de un mirar fuerte y persis- 
tente, jamás . se veían brillar con los destellos de la sensibili- 
dad; no había duda, al contemplar aquella mirada altiva é 




— 344 ~ 



impasible, presentíase tras ella una alma helada, un corazón 
incapaz de amar, ni de abrigar en su seno sentimientos no- 
bles y grandes. 

Tal era, lectora, Doña Clara Porto Rico do Pinheiro, hija 
de un ilustre portugués, noble por sus títulos y noble por 
sus elevados. sentimientos. La hija habia heredado su nom- 
bre, mas no aquellos sentimientos dignos de una alma elejida. 

Nunca los ojos de Dña Clara fueron enturbiados por las lágri- 
mas del enternecimiento; su corazón insensible ante los dolo- 
res ajenos, estremecíase en su impotencia con rugiente furia 
ante sus propios pesares; era de esas mujeres que jamás 
suplican, de alma fiera e indomable incapaces de soportar el 
yugo tiránico que llevan con resignación las almas sumi- 
sas y débiles. 

Una sonrisa de supremo desden vagaba constantemente 
por sus lábios delgados y sin color; tras aquella sonrisa, 
adivinábanse relámpagos de ira reconcentrada, desvastadora 
tempestad, próxima á arrastrar en su desencadenamiento, to- 
do cuanto halláre á su paso, sin respeto aun aquello más 
sagrado. 

Tal es, lectora, el débil bosquejo que os demuestra el tem- 
ple de alma casi satánico, de la de Porto Rico do Pin- 
heiro. 

Dijimos, que vivía en compañía de su única hija; llamá- 
base esta Clotilde, contaba á la sazón' 20 primaveras, y era 
también hija de la. noble y poética Italia, aunque creada en 
América desde la más tierna edad. 

Clotilde de una hermosura sorprendente, podía decirse* sin 
temor de faltar á la verdad, que era de una belleza física 
enteramente perfecta, comparable á ninguna otra. 

De estatura mediana, su^ligura era esbelta y elegante, su 
andar gracioso y distinguido, su tez lijeramente morena, 
fina y aterciopelada, de faccioaas tan perfectas, de ojos tan 
negros tan hermosos que hacían de ella un tipo interesante, 
digno de admiración. Apesar de tantos encantos, de tantas per- 
fecciones, Clotilde era por lo demas casi el fiel reflejo de su 
madre. 

Desde el primer momento que era examinada por un ob- 
servador inteligente, descubríase en todas sus facciones, no 
obstante su belleza un tinte, una muestra de imperfección 
moral* qqe amenguaba el efecto de la admiración que poco 




— 345 — 



há, había logrado despertar con sus encantos estertores; tal 
era la espresion repulsiva que estos tomaban al reconocerse 
el hielo de aquella alma soberbia y egoísta. 

Sin embargo, en honor á la verdad, debemos decir, que 
Clotilde albergaba en su alma un resto de sensibilidad, pero 
era este tan pequeño, tan imperceptible, que bien pronto su 
madre lograría hacerlo desaparecer, si es que algún suceso 
imprevisto, no salvaba á la joven de aquel peligro moral 
que debía precipitarla en un abismo insondable. 

Madre é hija vivían en la mas admirable armonía, gra- 
cias á la identidad de sus caracteres. 

Creemos haber dicho ya. Doña Clara Porto Rico do Pin- 
heiro, era dueña de^ una gran fortuna, q.ue la permitía vivir 
con el rango que su soberbio carácter ambicionaba. 

La casa que habitaban, lujosamente amueblada, exitaba'la 
admiración por los riquísimos objetos que la adornaban; sin 
embarga al penetrar en aquel soberbio recinto, notábase que 
el alma de sus dueñas eran tan heladas como los témpanos 
de hielo que los viajeros admiran en la trias y lejanas re- 
giones del Polo Norte. 

No se veía allí ningún libro, esos amigos fieles, que nos 
instruyen y deleitan, cuando son escritos con la sencillez de la ' 
verdad; no se aspiraba tampoco el perfume de las flores na- 
turales, ni se contemplaban sus variados matices, que alegran 
la vista y deleitan el espíritu con sus frescura y deliciosa 
poesía; allí no había obr-s • -tíc- trabajos de ingenio, es- 
culturas etc. Por do quiera ia vista solo contemplaba, la exis- 
tencia de un lujo desenfrenado, que solo podía alhagar á los 
sentidos, nada que pudiera demostrar que las dueñas de 
aquella morada, conservaban en el interior de sus alma un 
resto de poesía, un sen! .mentó moralmente bello; nada! 
nada! que pudiera recrear el espíritu abatido de tanto ma- 
terialismo, de tanto lujo, de tanto boato!... 

La opulenta viuda y su hija, habitaban los dos pisos de 
la casa, primero y segundo, teniendo en el interior de aquel, 
una hermosa cochera, la úni^a quizá en la ciudad que poseía 
troncos de un mérito tan considerable. 




— 347 — 



CAPITULO II. 



Retiro BOTtEento de t* crueldad 

Era un dia hermosísimo. 

Doña Clara Porto Rico dp Pinheiro, y su hija Clo- 
tilde, acababan de salir en una berlina azul, en dirección al campo; 
el dia convidaba á disfrutar y madre é hija determinaron 
aprovechar la hermosura del tiempo. 

El paseo proyectado era á un paraje distante tres leguas de 
la ciudad, delicioso sitio en donde se podía admirar en todo 
su esplendor la fértil y hermosa vegetación de los campos, 
orientales. 

Omitiremos los detalles de un paseo decampo, en el cual 
nada digno de mención ocurrió hasta las cinco de la tarde, hora 
en que el tiempo empezó á variar. 

Repentinamente el cielo se cubrió de espesos nubarrones, 
amenazando una próxima tormenta.* 

Clotilde y su madre, amedrentadas por aquel repentino 
cambio atmosférico, pusiéronse en camino, en busca del 
carruaje que las esperaba á bastante distancia. 

Acompañaba á las dos mujeres un lacayo, que llevaba una 
gran cesta con los restos de una comida apenas probada, po 
que el tiempo no habia dado lugar para ello. 

Doña Clara y su hija caminaban con paso apresurado. 

Gruesas gotas de agua, comenzaron á caer, no tardando 
mucho en llover copiosamente. 

Aquella marcha precipitada, fatigó á Doña Clara, q Ue ^ f a Jt a 
de aliento, se detuvo á corta distancia de un mísero rancho que 
aislado se veía allí como un objeto perdido y olvidado. 

Clotilde creyó apercibir hondos gemidos que salían del interior 
del rancho, al mismo tiempo que vió lanzarse fuer a de este á 
una mujer desesperada que dando gritos de dgl 0 r, mesába- 
se los cabellos. 

Doña Clara y su hija iban á continuar su camino, cuando la 
desventurada mujer del rancho, habiéndolas apercibido, corrió 




— 3 46 — 

hácia ellas, y arrojándose á sus pies, pidió entre sollozos que 
no la abandonaran. 

La desgraciada, con los vestidos desgarrados, el cabello en 
desórden, el rostro demacrado y vertiendo torrentes de lágrimas, 
en breves palabras refirió su dolor. 

Sumida en la más afligente miseria, sin tener quien la 
socorriese en aquellos apartados parajes y sin poder alejarse 
por la enfermedad que había postrado á su hermosa hijita 
de cinco años, que en aquél momento acababa de perder, 
sentíase loca de dolor y agonizante de necesidad! 

La desgraciada muger se arrastraba al hablar así, á las' 
plantas de Doña Clara y de su hija. 

La opulenta italiana echó una mirada altiva y desdeñosa 
sobre la infeliz, y disponiéndose á continuar su camino, es~ 
clamó con acento ágrio y destemplado: 

— Buena muger, no puedo detenerme la tormenta avanza 
y podría sorprenderme en este sitio- arreglaos como podáis, 
yo no os puedo socorrer. 

La infeliz que imploraba, todavía de rodillas, lanzando ge- 
midos desgarradores, detuvo á Doña Clara por el vestido, 
en el momento que esta pretendía alejarse. 

— Señora! tenga Vd. compasión de mí! si Vd. me deja 
así me daré la muerte, por que ya siento que ría razón quiere 
abandonarme !. 

— Soltad ! — esclamó la viuda irritada, al sentirse Reteñid a, 
y empujando brutalmente á la infeliz, se desprendió de ella 
tratando de alejarse. 

La desgraciada muger, lívida, con los ojos estraviados 
miró en torno suyo, y al apercibir á Clotilde á una distancia 
como clavada en aquel sitio corrió hácia ella esclamando: 

— Señorita! señorita! tendrá Vd. compasión de mí...! 

Clotilde se estremeció, y un mal estar estraño agitó todo 
su ser. Miró á la muger sin saber que decirle. Poco duró 
esta rápida escena; Doña Clara viendo que su hija no la se- 
guía, volvió sobre sus pasos, y obligó á Clotilde á abandonar 
aquel paraje arrastrándola consigo. 

Ambas se alejaron, seguidas del lacayo que, mudo testigo- 
de aquella escena, llevaba al brazo la gran cest provista de 
ricos manjares . . . mientras la infeliz muger del rancho ago- 
nizante de hambre y de dolor arrastrábase por la tierra , es- 
tendiendo sus manos hácia los que se alejaban.. 




— 348 ~ 



El lacayo, más sensible que sus patronas, se atrevió á in- 
terceder por la muger, dicie-ndo á su señora: 

— Si vd. desea, entregaré á esa infeliz algunas de las provi- 
siones que llevo en la cesta. . . 

— Cálla! imbécil. . .has creído acaso que he de repartir mi.co- 
mida, con los miserables hambrientos que la soliciten? 

El lacayo enmudeció temblando de mié lo, pero no obstante, 
más generoso v que su señora, procuró no ser vista de esta, 
y vació el contenido de la cesta cerca de la desventurada 
muger . 

Mientras tanto Clotilde y su madre, habiendo llegado junto 
ál carruaje que las esperaba, subieron, á él dándo orden al 
cochero de dirigirse á la ciudad apresuradamente. 

Hostigados por el látigo, los caballos emprendieron veloz 
carrera. . .mas á poco, un grito estridente, un grito horrible 
de dolor y de agonía, hizo detener al carruaje' bruscamente, 
en medio de su marcha. 

Doña Clara, con acento colérico quiso indagar el motivo 
de aquella detención. 

— Señora, — esclamó el cochero- horrorizado,— hemos dado 
la muerte á una infeliz! 

— Cómo 1 — esclamó Clotilde asomando su hermosa cabeza 
por la ventanilla del carruaje: 

—Señorita, — dijo el cochero descendiendo del pescante — 
esta infeliz muger que yace en tierra parece que se habia herido 
con ánimo de suicidarse; pues se vé una pequeña daga en su 
mano derecha, y una herida en su pecho, apesar de esto, 
cuando hemos llegado aquí aun no había muerto, pero fa- 
talmente á causá de la oscuridad las ruedas del coche han 
pasado 'sobre ella causándole la muerte,.. 

— : Dios mió ! — esclamó Clotilde horrorizada — vea Vd., quizá 
no esté muerta ... 

El cochero ayudado por la luz de uno de los farolillos 
del carruaje examinó á la muger que yacía tendida en 
tierra. ' 

Clotilde lanzó un grito y cerrando los ojos pálida como ■ 
un lirio se replegó en un ángulo del carruaje. 

La joven había reconocido á la infeliz, qvle poco ántes 
imploraba el ser socorrida por ellas. 

Doña Clara testigo de esta escena, habíase contenido á 
duras penas hasta que al fin esclamó: 




— 349 — 



— Adelante cochero ! no hemos de detenernos nuevamente ; 
por esa miserable, siga Vd. que bastante tiempo hemos 
perdido inútilmente ! 

Y Doña Clara Porto Rico de Pinheiro, como si tai cosa 
hubiera ocurrido, se arrellanó sobre los mullidos almohado- 
nes de raso, contemplando con indiferencia la tormenta que 
en aquellos instantes se desencadenaba con mayor fuerza. 

Clotilde . . . lloraba mientras tanto ! 

Oh! ante aquel cuadro de barbarie, el corazón de la joven 
habíase estremecido, despertando al parecer de un pesado 
sueño; aquel drama que acababa de tener lugar había hecho 
crecer en su alma-repentinamente la sensibilidad; en aquel 
instante sintió su espíritu sacudido por emoción desconocida, 
y parecióle que comprendía mejor lo que la rodeaba. 

Clotilde lloraba, Clotilde sentía, luego estaba salvada ! . . 



CAPJTULO III, 

r- 



pvContiguo á~ la casa de Clotilde habitaba un joven pintor lla- 
mado Carlos: vivía en compañía de su anciana madre. 

Era aquel un tipo simpático y de un físico tan hermoso 
como delicado; de cutis blanco, ojos azules pelo castaño 
.oscuro, rizado naturalmente y de figura gallarda y ele- 
gante. 

Cárlos, solo contaba para vivir con el producto de sus 
cuadros, verdaderas obras de ingenio y apesar de que aquellos 
eran de mérito indisputable los vendía siempre por un mísero 
precio. Nunca podía librarse de aquel estado aflictivo de 
pobreza en que se hallaba, lastimándole más que nada las pri- 
vaciones de su madre á la cual adoraba. 

Un dia, concibió el proyecto de pintar un cuadro repre- 
sentando la Caridad y exhibir aquella obra solicitando la 
protección del Gobierno de su patria. 

Dió principio á su idea y pocos dias después era termina- 
do el gran cuadro representando la Caridad, 




— 348 ~ 



El lacayo, más sensible que sus patronas, se atrevió á in- 
terceder por lá muger, diciendo á su señora: 

— Si vd. desea, entregaré á esa infeliz algunas de las provi- 
siones que llevo en la cesta. . . 

— Cálla! imbécil. . .has creído acaso que he de repartir mi.co- 
mida, con los miserables hambrientos que la soliciten? 

El lacayo enmudeció temblando de mié io, pero no obstante, 
más generoso v que su señora, procuró no ser vista de esta, 
y vació el contenido de la cesta cerca de la desventurada 
muger . 

Mientras tanto Clotilde y su madre, habiendo llegado junto 
ál carruaje que las esperaba, subieron á él dándo órden al 
cochero de dirigirse á la ciudad apresuradamente. 

Hostigados por el látigo, los caballos emprendieron veloz 
carrera. . .mas á poco, un grito estridente, un grito horrible 
de dolor y de agonía, hizo detener al carruaje’ bruscamente, 
en medio de su marcha. 

Doña Clara, con acento colérico quiso indagar el motivo 
de aquella detención. 

— Señora, — esclamó el cochero horrorizado, — hemos dado 
la muerte á una infeliz! 

— Cómo ! — esclamó Clotilde asomando su hermosa cabeza 
por la ventanilla del carruaje: 

— Señorita, — dijo el cochero descendiendo del pescante — 
esta infeliz muger que yace en tierra parece que se habia herido 
con ánimo de suicidarse; pues se vé una pequeña daga en su 
mano derecha, y una herida en su pecho, apesar de esto, 
cuando hemos llegado aquí aun no había muerto, pero fa- 
talmente á causa de la oscuridad las ruedas del coche han 
pasado 'sobre ella causándole la muerte. . . 

—Diosmio! — esclamó Clotilde horrorizada — vea Vd., quizá 
no esté muerta ... 

El cochero ayudado por la luz de uno de los farolillos 
del carruaje examinó á h muger que yacía tendida en 
tierra. ' 

Clotilde lanzó un grito y cerrando los ojos pálida como 
un lirio se replegó en un ángulo del carruaje. 

La joven había reconocido á la infeliz, qile poco ántes 
imploraba el ser socorrida por ellas. 

Doña Clara testigo de esta escena, habíase contenido á 
duras penas ha6ta que al fin esclamó: 




— 349 — 



— Adelante cochero ! no hemos de detenernos nuevamente; 
por esa miserable, siga Vd. que bastante tiempo hemos 
perdido inútilmente ! 

Y Doña Clara Porto Rico de Pinheiro, como si tal cosa 
hubiera ocurrido, se arrellanó sobre los mullidos almohado- 
nes de raso, contemplando con indiferencia la tormenta que 
en aquellos instantes se desencadenaba con mayor fuerza. 

Clotilde . . . lloraba mientras tanto ! 

Oh! ante aquel cuadro de barbárie, el corazón de la joven 
habíase estremecido, despertando al parecer de un pesado 
sueño; aquel drama que acababa de tener lugar había hecho 
crecer en su alma-repentinamente la sensibilidad; en aquel 
instante sintió su espíritu sacudido por emoción desconocida, 
y parecióle que comprendía mejor lo que la rodeaba. 

Clotilde lloraba, Clotilde sentía, luego estaba salvada ! . . 



CAPÍTULO III, 

r- 

©afrldad) 



Contiguo á j la casa de Clotilde habitaba un joven pintor lla- 
mado Cárlos: vivía en compañía de su anciana madre. 

Era aquel un tipo simpático y de un físico tan hermoso 
como delicado; de cutis blanco, ojos azules pelo castaño 
.oscuro, rizado naturalmente y de figura gallarda y ele- 
gante. 

Cárlos, solo contaba para vivir con el producto de sus 
cuadros, verdaderas obras de ingenio y apesar de que aquellos 
eran de mérito indisputable los vendía siempre por un mísero 
precio. Nunca podía librarse de aquel estado aflictivo de 
pobreza en que se hallaba, lastimándole más que nada las pri- 
vaciones de su madre á la cual adoraba. 

Un dia, concibió el proyecto de pintar un cuadro repre- 
sentando la Caridad y exhibir aquella obra solicitando la 
protección del Gobierno de su patria. 

Dió principio á su idea y pocos dias después era termina- 
do el gran cuadro representando la Caridad, 




— 350 — 



La obra no dejaba nada que desear; los contornos bien 
trazados, la escena natural y sencilla, y los tonos suaves y 
bien armonizados. Al instante se comprendía que el pintor 
había sido inspirado por Dios, dando á sus paletas los co- 
lores de la verdad, de la sencillez y de la sensibilidad. Tras 
de aquel lienzo se adivinaba el alma poética y hermosa de 
Cárlos que había sabido imprimir á su cuadro el sello de 
la belleza inmortal. 

No podían contemplarse aquellos razgos divinos, sin sentir 
el espíritu emocionado. 

Cárlos envió su cuadro al Gobernador, acompañado de 
una sentida carta. 

Era el Gobernador, un hombre digno por todos concep- 
tos, aunque divididas entonce, las opiniones políticas, co- 
man respecto á él versiones poco favorables. Cárlos recto 
y justo en sus juicios jamh pudo condenar un Gobierno 
como el de su patria, que lejos de proporcionar males co- 
mo aseguraban sus enemigos, el pueblo le era deudor de 
grandes bienes. 

Mas, la ceguedad de los ; rtidos contrarios creaban é inven- 
taban crímenes imaginarios, naciendo fuertes cargos al gobier- 
no de aquellos hechos que nunca habían llegado á ser. 

Mal puede un Gobierno sanguinario, acostumbrado á co- 
meter crímenes y atropellos cien veces al dia, tener dispues- 
to su corazón, á acallar la menor queja del infortunio, con- 
servando la sensibilidad del alma, la generosidad del cora- 
zón, y la nobleza del sentimiento. 

El Gobernador al * cual Cárlos envió su cuadro, poseía 
las más bellas cualidades, apesar de que sus enemigos le ca- 
lumniaban anhelando que el pueblo solo viera en él el león 
dispuesto á devorarle. ^ 

El Gobernador recibió el cuadro, se impuso de la 
carta escrita por Cárlos, consideró la situación del joven y 
reconociendo su talento, decidió protejerlo, facilitándole los me- 
dios de seguir adelante en su carrera artística. 

El Gobernador, impulsado por sus generosos sentimientos, 
no hizo esperar su contestación, y dos dias después Cárlos 
‘recibía un pliego por el cual se le comunicaba que su cua- 
dro habia sido comprado por el Gobierno en mil patacones, 
asegurándole á más desde aquel momento una pensión que 
e ponía en actitud de. poder continuar sus estudios. ^ 




— 351 — 



Cárlos elevó al cielo sus ojos en acción de gracias; com- 
prendió que su cuadro no valia tanto y que el Gobierno obra- 
ba así por impulso generoso, Ya tenía para su madre todas 
aquellas comodides que habia anhelado proporcionarle! 

El reconocimiento del joven artista era estremado, su 
gratitud inmensa, y no cesaba de bendecir al generoso pro- 
tector que le había librado tan oportunamente, de la más 
angustiosa miseria. 

— Ah! — murmurába el joven — he ahí como puede lla- 
marse á un Gobierno, padre de su pueblo, protegiendo la 
honradez y el trabajo! 

Cárlos depositó toda la cantidad que acababa de recibir 
en pago de su cuadro, en las manos de su madre, escla- 
mando. 

— Madre mia, adminístralo tú, en tus manos tendrá más 
valor que en las mias! 

— Hijo, — dijo la buena madre — de este socorro inespera- 
do, justo es que dediquemos una parte para aliviar la des- 
gracia de algunos infelices que como nosotros sufrirán esca- 
ceses y miserias sin que mano caritativa las 4 alivie- Sea- 
mos su providencia, que Dios nunca nos faltará! 

— Benditas sean tus palabras, madre mia! — esclamó el jo- 
ven imprimiendo un ósculo de amor y respeto en la frente 
de su madre — divide por igual esa cantidad, y pon en obra 
tus pensamientos grandes y caritativos! 

— No sabes tú, Cárlos, la felicidad que esperimento en 
ver la bondad y belleza de tu corazón! conserva siempre esas 
ideas, de compartir lo poco que tengas con los que nada 
poseen, y serás feliz, «porque el que dá á los pobres du- 
plica su capital, y Dios llenará sus arcas.» El hará descen- 
der sobre su cabeza todas sus gracias y bendiciones! 

La buena anciana salió de su casa, llevando consigo la mi- 
tad del dinero que aquel dia habían recibido, su paso era 
rápido; el deseo de hacer bien prestábale fuerzas y ánimo. 

— Oh! — murmuraba mientras caminaba — la miseria vergon- 
zante es la más 'dolorosa y la más digna de auxilio, cor- 
ramos á casa de esa madre que jime de necesidad con sus • 
dos hijitos, y luego al mísero cuarto de esa otra pobre jó 
ven que sucumbe de miseria al lado de su padre ciego. 

La generosa anciana se detuvo ante una miserable viviend- 




— 352 — 



y penetrando en ella fue á llamar á la puerta de un cuarto, 
situado en el segundo patio de aquella casa. 

Nadie contestó, pero se dejo oír un ahogado gemido. 

La anciana empujó la puerta y entró. 

Un tristísimo cuadro se ofreció á su vista. 

En un rincón del pequeño cu arto, tendida en el suelo se 
veía una mujer de regular edad, cuyo rostro estremadamen- 
te demacrado, atestiguaba un c .ca b de estremada miseria; á 
su lado se veían dos niños de corta edad que lloraban pi- 
diendo pan. . . 

En aquella pobrísima habitación solo se veía un catre, una 
silla y una pequeña mesa, todo en estado ruinoso. 

Los niños al ver á la anciana corrieron hacia ella, escla- 
mando: 

— Mamá se muere ! . . . pan . . . pan ’ . . 

— Pobres criaturas ! infeliz mujer ! esclamó la anciana 
acariciando á los niños y depositando como pudo en el 
mísero lechó el inanimado cuerpo de la madre. 

Los niños no cesaban de llorar de un modo desgarrador. 

— Vamos no hay que aflijirse, callad hijos mios, voy á 
traeros pan y otras cositas, — dijo la anciana disponiéndose á 
salir. 

El llanto dé los niños cesó como por encanto. 

— Vuelvo en seguida, — repitió la anciana — cuidad de 
vuestra madre que yo al momento estaré de regreso. 

La generosa madre de Cárlos salió y dirijiéndose á un 
restaurant allí cercano, compró de paso una cesta y aco- 
modó en ella algunas provisiones, consiguiendo también 
una táza de caldo. Con la ce^ta en un brazo y llevan- 
do -en sus manos la taza, ^ anciana penetró de nuevo en 
la mísera habitación dónde los niños esperaban. . . 

La anciana depositó en el suelo la cesta, y arrodillándo- 
se para mayor comodidad, dió algunas cucharadas de cal- 
do á los niños, y un gran trozo de queso y pan á cada 
uno de ellos. 

Los niños gozosos, besaban las manos de la anciana, 11o- 
• rando de alegría. 

La madre de CárlóS lloraba también de enternecimiento ! y 
cuando los riiñós la dejaron libre de sus trasportes de* ale- 
gría, se aproximó al lecho donde yacíu aun sin conocimiento 
la infeliz madre de los pequeñuelos. 




— 353 — ' 



La anciana pasó su brazo bajo el cuello de aquella, e 
incorporándola un poco le hizo tragar alguna porción de cal- 
do; la pobre muger respire) y abrió los ojos. La anciana 
repitió* la operación, haciéndola apurar todo el contenido 
de la taza. 

— Mis hijos!... — murmuró la infeliz,' con acanto desfa 
llecido. 

— Ya han comido, Mercedes — dijo la anciana. 

— Oh! gracias, señora! . . . cuánto os debo! 

— Callad! — contestó la anciana cojiendo la cesta que habia 
traido; aquí os dejo unas provisiones y algún dinerillo y. . . 
confianza en Dios! "Me voy porque hago falta en otra par- 
te. . . 

Al decir aquellas palabras la anciana había depositado so- 
bre la mesita algunas de las provisiones que tenía la cesta, 
y dejando también una cantidad de dinero salió de la humilde 
estancia colmada de bendiciones. 

— Gracias! Dios mió, que me permites hacer estas buenas 
obras! — murmuró la anciana ya en la calle, caminando de 
nuevo con la cesta al brazo, y con paso acelerado. 

Llegó á un ranchito muy pequeño, casi ruinoso,’ y penetró 
en él sin llamar. 

Un nuevo cuadro de desdicha se ofreció á sus ojos. 

Sentado en. un banco de madera, se veía un anciano ciego, 
tan concluido y aniquilado que parecía un espectro; el infeliz 
devoraba un pedazo de pan duro y ennegrecido . . . 

Cerca de él, apoyada contra la pared, se veía una preciosa 
.joven como de 19 año?, que contemplaba á su padre bañada 
en lágrimas, y con las manos juntas en actitud de orar; en 
aquella niña la miseria había hecho estragos, pero apesar de 
su estremado enflaquecimiento, admirábase los notables razgos 
de una candorosa y pura belleza. 

Al ruido que hizo la anciana al penetrar en el rancho, se 
volvió la joven y dio un paso para salir á su encuentro, pero 
ya sea por la emoción y sorpresa que le causó* ó ya por la 
debilidad estrema que parecía postrarla, no pudo sostenerse y 
cayó de rodillas. 

La anciana se encaminó rectamente hácia el pobre ciego 
y quitando de sus manos el pan duro y ennegrecido, puso 
en ellp$ uno blanco y tierno. 

Pf) ¡f devora): Pf)n ¡insia acjjiej 




tnanjar para él delicioso, y tendiendo una de sus manos asid 
las ropas de la madre de Cárlos esclamado: 

— Quién! . . . quién ha sido el ángel? . . . 

— La caridad!— dijo la anciana conmovida. 

— Bendita sea ella! — esclamó el infeliz ciego con efusión. 

La anciana sacó de su cesta otro panecillo dándoselo á la 

jóven, que en silencio lo devoró con ánsia. . . 

La infeliz niña estabamuerta.de hambre, y por no aflijir 
á su padre había sofocado sus gemidos, para que este no se 
negase á aceptar el pedazo de pan, negro y ‘duro, que por 
casualidad había conseguido. 

La anciana, continuando su generosa obra, entregó á la 
niña, fiambres y otros alimentos, diciéndole: 

— Para tí y tu padre; en seguida vuelvo; veré si por ahí 
consigo caldo, sería muy bueno, porque es un alimento sano 
y nutritivo. 

Salió diciendo esto, volviendo á poco con dos tazas de 
caldo, una para la jóven y otra para el pobre é infeliz 
anciano. 

— Y mi María? — preguntó el ciego estendiendo sus manos. 

— Aquí estoy, padre mió!-— dijo la jóven acercándose al 
anciano. - 

- — Oh! hija mía, ven, asi, cerca de mí; quiero sentirte, te- 
nerte á mi lado! bendita sea la caridad María, que nos socor- 
re tan generosamente! 

-—Oh! si, bendita sea, padre mió! — esclamó la jóven besan- 
do las manos de la anciana. 

— Vamos, no quiero eso! — dijo la anciana derramando lá- 
grimas, y atrayendo á María iunto á su pecho. 

— Oh! Señora! — esclamó efciego — Dios haga dichosos á Vd. 
y á su buen hijo! ustedes que acallan nuestro hambre, se 
verán colmados de felicidad porque son buenos y carita- 
tivos ! 

— r_l ser bueno no es un mérito sino un deber! Dad gra- 
cias á Dios porque mientras nosotros tengamos, nada os fal- 
tará á vosotros. Yo y mi hijo tenemos hambre de hacer bien; 
hambre que solo se acalla con la ejecución de obras de caridad. 
Hoy que, gracias á Dios contamos con recursos, podemos satisfa- 
cer nuestros deseos siguiendo los impulsos del corazón. 

El anciano ciego y su jóven hija estrecharon las manos de 
la madre de Cárlos. 




S55 



—Me vóy ya, amigos mios; — dijo la bondadosa señora 
disponiéndose á partir — permitid que os deje este dinero; con 
él podéis cambiar de habitación por otra más abrigada que 
esta, y María podrá comprar ropas y una máquina de costu- 
ra, que le proporcionará ios medios de adquirir la subsisten- 
cia. Mi hijo les ruega que acepten este obsequio, que es 
del producto de su trabajo. Confiad en Dios, amigos mios 
y nada os faltará, pues él vela por sus criaturas y socorre 
y atiende con paternal amor «á los que le piden con fé en 
el alma y resignación y dulzura en el corazón! 

La anciana abandonó el rancho, coronada de la invisible 
pero espléndida aureola de las bendiciones de aqnellos cora- 
zones reconocidos^ que habían sentido sobre sí la benéfica 
acción de la santa y bella caridad. 



CAPITULO IV. 



Bes almas que s$ 



Cárlos y Clotilde, conocíanse de vista; la casa del joven 
pintor contiguo á la de la opulenta viuda, había permitido 
á ambos jóvenes observarse mutuamente, pues sus respectivos 
balcones estaban casi unidos. 

Desde el primer instante, Cárlos sintió por su bella vecina 
una viva simpatía, más guardó en el fondo de su alma aquel 
repentino sentimiento que poco á poco iba quitándole su 
tranquilidad y alegría habitual. 

Contemplaba á Clotilde con arrobamiento, sintiendo que la 
simpatía que en un principio despertó aquelb en su pecho 
íbase trasformándose en un amor vivo ó impetuoso. 

Aquel potente sentimiento que se levantaba en el fondo 
de su pecho, inundando su corazón, le abrumaba con un 
peso terrible, al mismo tiempo que le hacía esperi mentar goces 
tan dulces como desconocidas. 

Cárlos, digno, pundonoroso, y de rectos principios trató 
de sofocar aquel naciente amor, comprendiendo desde el pri- 
mer momento, que una barrera formidable lo separaba de 




— 356 — 



Clotilde. El. era pobr.e, ella millonaria; la unión de aquellos 
dos seres era imposible atendiendo la dignidad y la delicadeza 
de Cárlos. 

Clotilde indiferente, parecía no haber fijado la atención en 
la impresión causada á su gallardo vecino; quizá ■ aquella in- 
diferencia fuera aparente, despechada por la reserva del jóven, 
y decimos esto, porque Clotilde más de una vez había diri- 
jido disimuladas miradas hacia el balcón de Cárlos. 

Clotilde en un principio había hecho ostentación imperti- 
nente, de un orgullo fátuo para con su vecino, mas poco 
á poco aquella tiesura pcdantezca fué desapareciendo; parecía 
que Cárlos había logrado impresionar á la altiva Clotilde que 
empezó á demostrar repentinamencte un modo dulce y gracio- 
so; podría decirse que todas sus coqueterías iban rectas, co- 
mo un flechazo, al corazón de Cárlos. 

Ya Clotilde no desvió sus ojos con desagrado, cuando por 
acaso se encontraban con los de Cárlos; una simpatía muda 
había establecido sus hilos telegráficos de balcón á balcón. 

Debemos hacer notar á nuestras lectoras* que el cambio 
operado en el ánimo de Clotilde databa desde el dia mismo 
en que ocurrió aquel drama horrible é ignorado de todos, 
que siempre permanecia fijo en su mente. 

Aquel cuadro de barbarie y de muerte había despertado 
los nobles sentimientos de Clotilde, aletargados hasta enton- 
ces por el ejemplo pernicioso de 'su madre. 

Clotilde y Cárlos empezaron por saludarse, llegando muy 
pronto á cambiar algunas palabras entablando más tarde in- 
teresantes conversaciones. 

Clotilde, impresionada sin embargo por completo, esperi- 
mentaba gran dolor al ver míe Cárlos evitaba siempre aque- 
llos momentos que ponían de manifiesto el aprecio que se 
profesaban. 

— Oh! le soy indiferente! — esclamaba Clotilde ajena á la 
lucha que Cárlos sostenía en su pecho. 

Llegó al fin un dia en que la jóven, dotada de un 
carácter vivo, turbulento, y apasionado, con ese disimulo 
propio de la mujer enamorada, sostuvo con Cárlos una con- 
versación tan hábilmente dirijida que vino á recaer precisa- 
mente en el punto deseado. 

Cárlos insensiblemente dejóse arrastrar por su ardiente 




— 357 — 



amor, y declaró á la joven los sentimientos que abrigaba há- 
cia ella. 

Clotilde escuchó aquellas palabras estremecida de placer, sü 
corazón palpitante de felicidad no pudo contener en su se- 
no los desbordes de una pasión tan grande como tierna; su 
alma se ensanchó é inclinóse hácia aquella otra alma que 
le brindaba tan dulce alianza, y unidas así por Rn estrecho 
vínculo de amor, comunicáronse mutuamente sus perfumes 
castos y puros! 

Sin embargo una nube de tristeza oscureció la noble 
frente de Cárlos. 

Interrogado por Clotilde con cariño deseaba conocer el, 
motivo de aquella rrrelancol ia, él contestó. 

— Oh ! Clotilde amada, la pena que oscurece mi dicha 
es la imposibilidad de la realización de nuestros ensueños! . . . 
Ah! porque he revelado que os amaba! . . . 

— Cómo! que dices, Cárlos? — preguntó Clotilde sobresal- 
tada. 

—Si, amada mia, nuestra unión... es imposible! 

— Cárlos, es acaso que tú no me amas como dices? 

— ¡Clotilde! — esclamó el jóven con dolor — jamás profie- 
ran tus lábios esas palabras! ... 

— Entonces, quién puede, Cárlos, impedir la unión de 
nuestros destinos? 

—Yo!... 

— Tú! . . . 

— Si yo!... oh! Clotilde! porqué te conocí?... 

Apoyó Cárlos su frente entre sus manos, guardándo si- 
lencio después de aquellas palabras. 

— Qué dices, Cárlos ? cuáles son tus pensamientos? no 
soy digna acaso de tu confianza? porqué. . . 

— Clotilde! Clotilde! mi delicadeza mi dignidad, y tu po- 
sición. . ... me prohíben acercarme á ti! Yo, amiga amada vi- 
vo solo con el producto de mi trabajo ... te adoro sí, Clotil- 
de, con toda mi alma, dispuesto estoy a darte mi vida si 
así lo exijieras, mas he de morir con dignidad,' y jamás he 
de humillar mi frente ante la vergüenza que me proporcio- 
naría un enlance tan desigual; h calumnia se cebaría en mi 
honra, tachándoseme de calculista y. . . 

— Oh! Cárlos! — interrumpió Clotilde con entusiasmo — así 
quiero verte! mi coraron s£lta de gozo al escucharte; eres no- 




bíe> grande y delicado!. . .bien, ahora nie toca hablar á mí! 

Cárlos, miró á su amada con atención, la entonación que es- 
ta habia empleado al decir sus últimas palabras lé hicieron 
una impresión estraña, pero dulsícima. 

— Cárlos, — prosiguió Clotilde, dirijiendo al joven una tier- 
na mirada — ¿qué dirías tú si te dijiera; carezco de fortuna, 
solo tengo por riqueza un corazón que te ama con pasión; 
soy pobre, como tú, y cifro mi única dicha en unir mi des- 
tino al tuyo, en ayudarte á trabajar, en compartir contigo 
una existencia tranquila, modesta, pero llena de los goces 
puros de un amor casto, dime Cárlos, que dirias tú? 

--Ah! Clotilde esa seria la suprema felicidad para mi, pe- 
ro todo esto no es mas que una ilusión. . .tú eres rica. . . 

— Te engañas, — esclamó Clotilde con viveza cortando las 
palabras de su amante — soy pobre, oh! si, que dicha! pobreí 
pobre como tú! . . 

— Que dices? Clotilde, tu desvarias! ..seria cierta tanta 
ventura? 

— Sí, Cárlos amado, desde este instante renuncio á mis 
riquezas, renuncio á mis millones, solo anhelo por única for- 
tuna tu amor, tú eterno cariño! 

— No Clotilde, te amo mucho, para consentir tan noble deter- 
minación; no debes renunciar á una fortuna que hará quizá tú 
dicha, para unirte á un ser tan pobre como desgraciado, para 
vivir rodeada de privaciones y de amarguras! 

— Cárlos... !tú no me amas! si así fuera no me habláras de esa 
manera! que mayor fortuna para mi que tú amor? que mayor 
dicha, y ventura que vivir junto á tí? oh! Cárlos! comprendo tú 
nobleza, crees que pueda sufrir desechando mi fortuna, oh! nó, 
seamos los dos iguales y^Dios bendicirá nuestra unión! 

— Clotilde querida! que buena y noble eres! es decir que 
renuncias á tus riquezas, á las comodidades que te rodean para 
compartir tú existencia con la mia? pues bien, yo trabajaré 
doble para así proporcionarte mayores comodidades, si tú dicha 
depende de mi amor, tú serás la mujer mas feliz del mun- 
do! 

Desde aquel instante la conversación de los dos amantes fué 
un verdadero idilio de ternura. 

Mientras tanto Dona Clara Porto Rico do Pinheiro completa- 
mente ajena á la escena que tenia lugar de balcón á balcón, 




— 359 ~ 

sonreía ante una idea alhagadora que de pocos dias á aquella 
parte no se apartaba de su mente. 

Era la hora del crespúsculo vespertino, y mientras Clotilde 
en dulce plática gozaba con las manifestaciones amorosas del 
apasionado Cárlos, la orgullosa viuda do Pinheiro se prepa- 
raba á recibir en sus salones á un gran personaje de su país, 
que había anunciado su visita para aquella hora. 

Bien pronto, oyóse la rotación de un carruaje que paró ante 
la magnífica portada de la casa. 

Clotilde desde el balcón, inclinóse con objeto de reconocer 
la visita que venía á interrumpir su amoroso coloquio. 

Al descubrir al personaje que su madre esperaba con tanto 
anhelo, hizo un gesto de marcado disgusto. 

— Cárlos, tenemos que separarnos — esclamó Clotilde dirijien- " 
dose á su amado — ya ves, acaban de llegar visitas, si mamá 
no me vé en el salón vendrá á buscarme, y debemos evitar que 
conozca nuestro amor hasta el momento oportuno. 

— Tan pronto! — dijo Cárlos con dulzura. 

— Es necesario, amigo mió. 

-—Hasta cuando? 

— Hasta mañana! 

Clotilde tendió su mano al jó ven, sonriendo con ternura, y 
Cárlos se apresuró á retener con cariño aquella mano tan 
querida, que bien pronto le habia de pertenecer. 

Luego se separaron, aplazándose para el siguiente día. 



CAPITULO V, 



U)n>» roa#© dlesrottoatada 



Han pasado ocho dias. 

Doña Clara Porto Rico do Pinheiro, y su hija Clotilde se 
hallaban reunidas en un pequeño saloncito: y parecia que algún 
asunto de grande importancia ocupa, la atención de sus es- 
píritus. 

— Te he llamado, Clotilde, —decía en aquel momento la 
viuda — para comunicarte que un caballero de muy noble ca- 




— 300 — 



sa, dueño de una fortuna colosal, ha pedido tu mano, la que 
le ha sido concedida en el acto, pues el solitante es un hom- 
bre digno de tí. 

Clotilde dejó hablar á su madre sin interrumpirla, pero 
luego que esta concluyó, dijo con calma y dignidad: 

— Mamá, y tu sabes, si yo amo á ese hombre? tu le has con- 
cedido mi mano sin consultar mi corazón, lo mismo que si 
se tratára de hacer un negocio lucrativo, y no del porvenir 
de una hija! 

— Clotilde! — esclamó la viuda, con enojo — tu deber es obe* 
decerme! 

— Mamá, siempre he acojido tus palabras y tus órdenes con 
el mayor respecto, pero ahora las cosas cambian de aspecto 
y sin olvidar la consideración y amor que te debo, diré que se 
trata de mi felicidad, del porvenir de mi vida entera y que no 
puedo unirme á un hombre al cual no amo. . .ni amaré 
jamás! 

— Reflexiona lo que dices, mi palabra está empeñada, y el 
casamiento se ha de verificar! 

— Antes preferiré la muerte! — esclamó Clotilde con ener- 
va- 

— Me desobedecerás? 

— Mamá,. ..tú me exijes un imposible! 

— Amas á otro? — preguntó la viuda con los ojos centellantes 
de ira. 

Clotilde inclinó su vista y calló. 

- — Amas á otro? di, responde? — repitió su madre, con cre- 
ciente exaltación. 

Clotilde levantó su frente, y mirando con serenidad á la 
autora de sus dias, esclamó : ^ 

— Pues bien, sí! 

— Su nombre! su nombre! — gritó Doña Clara, poniéndose 
rápidamente de pié. 

— Escucha mamá, — dijo Clotilde sintiendo agolparse á sus 
ojos las lágrimas -amo á un hombre pobre de fortuna, pe- 
ro rico de sentimientos; un hombfc al cual he jurado dar 
mi mano, contando con tu voluntad, que esperaba no me fal- 
taría: no necesitas saber su nombre, por ahora, puesto que 
no es de tu gusto, basta que sepas que él, con su po- 
breza, es más digno de mi, que el marido que nje propQ^ 
fjei's' con jfldqs sus pqdcjres y piqueras! 




— 361 — 



Doña Clara, lívida' de rabia, parecía que quería anonadar 
á Clotilde con su mirada. 

Esta con la cabeza inclinada esperaba resignada el torrente 
de ira que iba á desbordarse sobre su indefensa cabeza. 

— Hija indigna ! — gritó Doña Clara ciega de furor — tú 
no mereces la mas lijera contemplación! desechas Jas rique- 
zas que tu madre te ofrece, para aceptar el oprobio de la 
miseria!... ah! oye mi última resolución: aceptas en el acto al 
esposo que te designo, ó quedas desde este instante deshe- 
redada, olvidando también de que tienes madre en el mundo! 

— Mamá! por piedad! es posible que demuestres tanta 
crueldad! No he sido' siempre hija humilde y obediente? 

— Calla! calla, miserable reptil! ¿aun te atreves á alzar lji 
voz? ya conoces mi resolución, ó aceptas el esposo que mi 
voluntad te destina, ó quedas desde este momento pobre 
y deshonrada! , 

— Deshonrada, nó! esclamó Clotilde, levantando su cabe- 
za con fiero orgullo. 

— Oh! sí; deshonrada perdida sin tener á quién volver los 
ojos, sin un apoyo. . . 

— Lo tendrá en mi! — -dijo una voz varonil á espaldas de 
Doña Clara Porto Rico do Pinheiro, 

Esta se volvió rápidamente, contemplando con sorpresa y 
enojo, al qué" interrumpía sus palabras. 

El que acababa de presentarse era Cárlos, que con los brazos 
cruzados sobre el pecho contemplaba la escena que tenía lugar 
en aquel aposento. 

— ¿Quién es Vd., para introducirse sin permiso en una 
cá'sa que no es la suya? — preguntó Doña Clara, tratando de 
moderar su acento, descompuesto por el exceso de su 
furor. 

— Soy, si Vd lo permite, señora, y da su conocimiento, el 
futuro esposo de Clotilde, y como tal vengo á ofrecerle desde 
ya, ese sosten que poco ha negaba Vd que pudiera encon- 
trar. . . 

— Vd., el futuro de mi hija? Vd., el que ella ama? un mise- 
rable pobreton! oh! y ha creído Vd. que yo, la opulenta é 
ilustre viuda do Pinheiro, iba á consentir semejante unión? retí- 
• rese Vd. en el acto de mi presencia, si no quiere que mis 
criados le-; hagan rodar por las escaleras! 




— 362 — 

— Señora- — esclamó Clotilde, adelantándose — no me dá Vd. 
su consentimiento. . . 

— Yo! — esclamó Doña Clara, dirigiéndose á su hija, en 
mirada terrible preñada de amenazas — oh! que desvergonzada! 
sal inmediatamente de mi casa! olvida de que para tí exis- 
to, hija indigna, miserable criatura! sal, y nunca mas vuelvas 
á ponerte ante mi vista; sal! quítate de aquí, porque no res- 
pondo de lo que podría hacer. . . 

— ¡Carlos — murmuró Clotilde — mi madre me arroja de su 
casa!... — y la pobre joven inclinó su cabeza y un torrente 
de lágrimas brotaron de sus ojos . 

Cárlos se adelantó, y presentó su brazo á la joven que 
apoyó en él abatida, y con vacilante paso, ámbos jóvenes salie- 
ron del salón en silencio, dejando á Doña Clara Porto Rico do 
Pinheiro, entregada á un paroxismo furioso. 

Cárlos y Clotilde bajaron las escaleras silenciosos; el jo- 
ven condujo á su casa á su prometida, donde fué recibida 
con los brazos abiertos por la anciana madre de Cárlos. 

Clotilde se precipitó sollozando sobre ú seno de aquella 
otra madre que la providencia le deparaba como lenitivo de 
sus dolores, madre infinitamente mas noble en su pobre- 
za, que la ' viuda do Pinheiro en su opulencia. 



CAPITULO VI. 



Qastíg© d©C ©tete. 

Han pasado cerca de tres años después de los sucesos que aca- 
bamos de referir. 

Nos hallamos á ocho leguas de Palmira (R. O.) en medio 
del campo; son las diez de la noche, y el frió intenso que se 
deja sentir, atestigua el rigor de la estación ya avanzada de 
invierno. 

El silencio es absoluto, solo interrumpido por el quejido de 
Un ser que sufre en aquellas soledades. 

A rouchq distancia distínguese una débij Juz, será quizá Ja 




— 363 — 



fogata que sirve, á algún gaucho habitador de aquellos para- 
jes, para hacer su merienda, ó quizá un rancho en donde, al 
amor de la lumbre, la esposa diligente prepara á su compañero la 
cena que ha de restaurar sus fuerzas agotadas por el exceso 
del trabajo. 

Pero aquella luz está lejos, muy lejos, y nadie puede oir el 
lamento que turba el silencio de la noche. 

Las espesas nubes que ocultan á cada instante los resplan- 
dores de la luna, impiden reconocer al que, tendido junto á 
un árbol, exhala j émidos tan dolorosos. 

Sin embargo, al débil resplandor de la luna, parece ser una 
mujer, asíj lo atestiguan sus ropas que flotan á impulso del lijero 
viento. 

Aproximémosnos, lectora, y observemos; ya que no está en 
nuestra mano el auxiliar á la que sufre. 

Gran Dios! qué vemos! ¿no nos engañan nuestros ojos? Doña 
Clara Porto Rico do Pinheiro, la opulenta viuda, la orgullosa 
y cruel millonada, tendida en medio del campo, con los vesti- 
dos desgarradas, el rostro demacrado, con las huellas impresas 
del sufrimiento y del hambre! 

Oh! qué significa este cambio? qué ha ocurrido* «en Doña 
Clara Porto Rico do Pinheiro, para que se halle abandonada 
en aquellas soledades, devorada por la fiebre del hambre? 

Justo castigo del cielo! 

La orgullosa y cruel italiana, después de aquella terrible 
escena en que arrojó de su casa á Clotilde desheredándola, casó 
al poco tiempo con aquel mismo personaje que destinára ántes 
á su hija. 

Era aquel hombre un jugador insigne, arruinado y cargado 
de deudas; al verse dueño de la cuantiosa fortuna de su mujer, 
empezó á derrochar sin tasa, jugando en la carpeta verde sumas 
considerables. Perseguido por la justicia, por una gran falsifica- 
ción descubierta sin lograr ser capturado, huyó, llevando consigo 
todas las riquezas de su mujer, á la cual dejaba en la calle, 
en la última miseria. 

Como se vé, Doña Clara Porto Rico do Pinheiro, no tardó 
en recibir el castigo desús maldades. 

Miéntras vivió en la opulencia, no necesitaba de nadie, el 
dinero allanaba todas las dificultades que ante su paso se interpo- 
nían, mas vino k miseria y nadie escuchaba su clamores; por 




do quiera que dirigía sus ojos solo veía seres que' en otro tiempo 
ella había humillado, negándoles hasta el mas pequeño socorro. 

La orgullosa mujer que nunca suplicaba, se vio entonces en 
la necesidad de implorar la caridad pública de puerta en 
puerta. 

El castigo no podía ser mas evidente. 

— Oh! Dios — esclamaba elevando al cielo sus ojos — per- 
dón! apiadaos de mi y concededme vuestro socorro! Ah! Señor, 
si me volvierais mí fortuna, enmendada los daños causados por 
mi crueldad. . .Mientras tuve fortuna, inspirada por el espíritu 
del mal, que se había posesionado de mi corazón, solo abrigaba 
pasiones ruines, tenia hambre de placeres, de riquezas, de domi- 
nio; desconocía los nobles sentimientos del alma y solo aspiraba 
á gozar délo que tenía, sin importarme délos demas, sintien- 
do un placer estraño siempre que hacia mal ... oh! Señar, per- 
donadme! . .Sime hicierais nuevamente rica, yo os prometo perse- 
guir el ideal de la caridad, siendo su apóstol mas ferviente! 

Doña Clara imploraba en vano. Había sido indigna y' mala 
y debia sufrir su castigo. En la tierra es donde todo se 

paga! 

Rodando de un punto á otro, Doña Clara fue á dar cerca 
de Palmira; donde la acabamos de encontrar muerta de hambre 
y estenuada de fatiga. 

Serían las diez de la noche cuando Doña Clara logró ponerse 
en pié, y apoyándose en un grueso palo comenzó á caminar 
cor paso lento y fatigoso . 

Al verse en aquel estado, un recuerdo vino á martirizar su 
alma profundamente lacerada. 

Acordóse de aquella infeliz mujer que en un tiempo solicitó 
su protección, muerta de hapfbre y de dolor, habiéndola dese- 
chado sin socorrerla, y destrozándola luego con las ruedas de su 
carruaje! 

Aquei recuerdo la agobió, tuvo necesidad de apoyarse nueva- 
mente en el tronco de un árbol. 

Elevó al cielo una mirada, y luego continuó su fatigosa marcha, 
deteniéndose á cada paso para tomar aliento; llegó ya muy 
tarde al humilde ranchito, del cual salía la luz de que más ánteS 
hablamos. 

Doña Clara llamó á la puerta que acababa de ser entornada. 

Abrióse esta, presentándose en su umbral una mulata. 




jóven, que invitó á entrar á Dote Clara, progúntándolé éóri 
solicitud que quería. 

— Tengo hambre!— fue la única palabra que pudo arti- 
cular^ y cayó desvanecida junto á la puerta. 

— Pobre mujer! — esclamó la mulata, eorriendo hácia Doña 
Clara. 

— ¿Quién es, Rosa? — preguntó una voz desde .el interior 
del rancho. 

— Una desgraciada, madre, que dice que tiene hambre! 

contestó la llamada Rosa, con acento de conmiseración. 

— Pobre infeliz! ayúdala á entrar.... 

— Madre, ha caído al suelo, parece que está sin sentido; 
quizá el hambre la ha debilitado de este modo. ! . 

Acudió junto á Rosa, otra mulata de mas' edad, y entre 
ella y su hija depositaron en la única cama que había el 
inanimado cuerpo de Doña Clara. 

La mulata mas vieja, llamada Teresa, corrió al fogon 
que había en el ángulo opuesto al que estaba la cama, vol- 
viendo en seguida con una taza de caldo. 

Rosa pasó su brazo bajo la cabeza de Doña Clara, al- 
zándola un poco para que Teresa le diera el caldo; no bien 
sintió Doña Clara los efectos del nutritivo líquido, sus ojos 
empezaron á abrirse y notóse en su rostro una lijera anima- 
ción. 

Pero esta fué momentánea porque volvió á caer en un 
estado de alertargamiento bastante serio. 

— Dios mió! — esclamó Rosa — como hacerla volver en sí ? 

— Ya verás como yo la animo, — dijo la mulata vieja, — ade- 
más del hambre, esta pobre señora parece que ha pasado 
grandes frios ... 

Diciendo esto, Teresa puso al fuego que ardía en el ho- 
gar una pequeña vasija en la que preparó aceite caliente; 
cuando este estuvo bien lo apartó del fuego, y dió con él unas 
fricciones al helado cuerpo de Doña Clara, volviendo á 
darle mas caldo . 

Esta vez Doña Clara recobró con mas precisión la anima- 
ción que ántes la abandonó y pudo hacerse cargo de su 
estado . 

Doña Clara espresó su gratitud á las dos mulatas, con una 
espresion tan tierna y reconocida que Teresa le dijo: 

“Vamos, señora, nuestra conducta no merece elogio, es 




— 360 — 



muy justo lo -que hacemos; con que así no hay que ha- 
blar. 

Aquella franca palabra hizo derramar lágrimas de recono- 
cimiento á Doña Clara, y ante tan noble comportamiento acu- 
dieron en tropel á su mente los mil episodios de su vida, 
recuerdos tan amargos y dolorosos que, en el estado que se 
hallaba, lograron impresionarle tan vivamente que volvió á 
perder el conocimiento, pero esta vez de una manera alarmante. 

Pasó toda la noche en un estado de fiebre estraordinario 
siendo atendida cuidadosamente por Rosa y Teresa. 

Al siguiente dia la calentura pareció ceder un tanto. En 
ese momento de lucidez, en que el delirio abandonó á la en- 
ferma por un breve tiempo, dirigió una mirada en torno suyo 
es clamando : 

-^Siento que la vida me abandona. . .oh! buenas mugeres! 
cuanto os agradezco vuestros cuidados! ... Yo he sido una 
mujer muy mala, y no merezco ni estos cuidados que me 
dispensáis en los últimos instantes de mi vida! . . . 

- — Quién piensa ahora en morirse?- — dijo Teresa enjugando 
con la punta de su delantal las lágrimas que las palabras de 
Doña Clara habían arrancado á su corazón generoso- — dice 
que ha sido mala? vá, señora, no hay que pensar en eso 
ahora; está Vd. arrepentida según sus palabras, y Dios la 
habrá ya perdonado. 

- — Oh!---esclamó Doña Clara, cuya voz iba debilitándose 
por grados — he sido muy mala sí . . .me he gozado siempre 
en hacer mal, . .he negado pan al menesteroso, auxilio al 
desvalido, ah! y deseché á una infeliz madre que acababa de 
perder, á su hijo y precipité su fin atropellándola con mi car- 
ruaje! Justo Dios!. . .mas tarde me he visto miserable como 
aquella desventurada mugeff . .oid mas!. . .en mi ciega am- 
bición desheredé á mi hija, porque se negaba á aceptar la 
desgracia que yo queria ofrecerle por la fuerza. . .ah! no es esto 
todo, en mi crueldad repudié á mi hija, arrojándola de mi 
casa. . .lanzándola quizá en los brazos de la perdición si no 
la ha guiado su buen instinto y sólidas virtudes. . .Dios 
mió!. . . .Dios mió, perdón! perdón, por tantas maldades!. . . 

Teresa y Rosa lloraban; aquel acento vacilante, parecíales 
escucharlo de lábios de un moribundo, que hacía la confe- 
sión de sus faltas. 

No se equivocaban, 




— ' 367 -,— 

Doña Clara Porto Rico do Pinheiro, cayó en un desmayo 
mortal del cual no volvió mas! 

Su alma había abandonado este mundo, lejos de su familia 
y amigos, entre personas estrañas, y en un humilde rancho, 
ignorado en medio los campos! 



CAPITULO VIL 



Cíetífd© 



La hija de Doña Clara, ignoró siempre el triste fin de su 
madre. 

Después del día aquel en que Doña Clara, despojada de 
sus sentimientos de madre, arrojó á Clotilde de su casa, un 
mes mas tarde, la joven, se unía al noble y virtuoso Cárlos, 
el que juro, al pié de los altares, hacer eternamerít’e feliz á 
la digna compañera que el destino le confiaba. Realizado el 
matrimonio, el joven pintor, en compañía de su anciana madre 
y de su jóven esposa, partió para Buenos 'Aires por una 
temporada. 

Ya en esta ciudad, tuvo Clotilde noticia del estado de su 
madre, y de lo ocurrido mas tarde con el personage que se 
unió á esta. Al tener conocimiento de la miseria en que yacía 
Dona Clara, Clotilde envió en socorro de su madre á un 
pariente de Cárlos, mas este no dió con Doña Clara por 
haberse ausentado ya de Montevideo. 

Solo el recuerdo de su madre, turvaba la dulce paz que dis- 
frutaba la joven esposa, en el seno del más venturoso de los 
hogares. 

Cárlos y su anciana madre adoraban á la buena y her. 
mosa Clotilde. 

Eran tres corazones unidos por un mismo sentimiento, ver- 
dadero lazo de flores de la vida íntima! 

La suerte favoreció’; á Cáylps, mejorado notablemente su 
posicipn, 




— m — 



Clotilde y su madre política pudieron entonces ejercer la ca- 
ridad como anhelaban, socorriendo á innumerables familias 
pobres, que gemian en la miseria. 

La noble joven siempre que hada una buena obra era en 
nombre de su madre, pidiendo á Dios que estos actos de ca- 
ridad borraran las faltas cometidas por aquella. 

— Mi alma irá siempre en pos de la justicia, de la virtud 
y del divino amor! Otros padecen de hambre material y han 
menester de alimento para sustentar el cuerpo; mi alma ten- 
drá hambre moral;, anhelará constantemente la caridad, los 
bienes, para derramarlos á manos llenas sobre los infelices 
y los desheredados ... oh! madre mía, yo borraré tus faltas, 
recojiendo para tí las bendiciones de la gratitud! 

Tuvo Clotilde una hermosa niña y púsole el nombre de 
Clara, recordando á su desgraciada madre. Enseñóle á su 
hija á amar la memoria de su abuela y á bendecirla. Esta 
conducta demostraba la hermosa alma de Clotilde. 

La hermosa niña creció llena de perfecciones morales y 
de bellezas físicas. 

Cárlos idolatraba á su hija, amando cada dia más á la 
buena Clotilde. 

La anciana madre del joven pintor contemplaba satisfecha 
este cuadro de felicidad, creyendo firmemente que aquella 
dicha era el premio que Dios les otorgaba, porque ceñian á sus 
trentes la sagrada corona del deber y de la virtud, guirnalda 
entretejida por los ángeles con el aroma del amor y las lá- 
grimas de la dicha! 



Fin del libro IX. 




LIBRO DÉCIMO 



DAR DE DEBER AL SEDIENTO 



DAR DE DEBER AL SEDIENTO 



El que tenga sed que venga á mí. Si 
qnis siti8, veniat ad me 1 (Jesucristo) 

Que otros beban eñ la copa de los 
placeres y acudan á las ponzoñosas, 
cisternas del mundo. ..Mi alma no ten T 
drá paz ni felicidad sino cerca de las 
fuentes divinas de la justicia, de la 
pureza y de la virtud, ríos de amor en 
los que apagan su sed los elejidos y los 
ángeles. 

*** 

“Consolar al que está triste, 

“Dar de comer al hambriento 
“Dar de beber al sediento, 

“ Vestir al que ha menester. 44 

Son obras santas que el iiómbre 
Debe ejercer en el mundo 
Calmando el dolor profundo 
Mitigando el padecer 

(Clara López.) 



CAPITULO I. 



Ad©la 



En una pequeña aldea de España llamada Villal-vill^, acos- 
tumbraban á pasar el verano en su hermoso palacio el conde 
Conrado Castilloreal, su hija Adela, y una sobrina de aquel 
llamada Inés. ' 

El conde era un hombre ya entrado en años, de aspecto 
noble, aristocrático y de carácter franco y digno. 

Había tenido la desgracia de perder á su esposa mucho9 
años atrás, cuando su hija era aun muy niña, y aunque en 
aquel tiempo el conde podía haber aspirado á un segundo 




— 372 — 



ámor, porqué era jóven todavía y poseía á más una cuan- 
tiosa fortuna, sin embargo, en el santuario de su corazón 
solo una imágen había ocupado su altar, y á la muerte de 
aquella, el digno esposo juró sobre el sagrado sepulcro de 
su compañera no dar á su hija una segunda madre, que 
jamás podría ocupar el lagar que ella había dejado. 

Fiel á su promesa, el conde habíase mantenido viudo, 
cifrando toda su dicha en el cariño de su adorada hija, 
que contaba á la sazón diez y ocho primaveras. 

Era Adela un prodigio de hermosura. Alta, blanca, de 
cutis fino y suave como la hoja de la rosa de [cabellos 
rubios, de ojos azules; de cándido y tierno mirar, todo en 
Adela era en fin dulce y atrayente haciéndola, doblemente 
simpática, la ingénua y tierna espresion de su bello y can- 
doroso semblante. 

Poseía Adela un corazón de oro, dispuesto siempre á 
prodigar el bien y á dar consuelo al caído. La generosa 
jóven no omitía jamás sacrificio alguno por el bien de los 
desgraciados que la rodeaban, por esto era querida y res- 
petada de todos cuantos por dicha la conocían. 

Imposible verla, y no amarla; dotada de un carcter 
dulce y complaciente, le interesaba siempre lo que se le 
decía, se amoldaba á todos los sentimientos, y llena de 
amables atenciones dejaba satisfechos y contentos á cuantos 
se le acercaban. Adela jamás había conocido la hipocresía 
y espresaba sencillamente y sin afectación los sentimientos 
genuínos de su alma bella. 

Sus modales llenos de gracia y atracción cautivaban, 
notándose hasta en sus menores acciones ese sello de 
delicadeza y finura, que np^se puede finjir y que revela 
siempre la existencia de un alma hermosa, y de un co- 
razón tierno y abnegado. 

Vivía en compañía del conde y de su hija, como diji- 
mos ai principio, una sobrina de aquel llamada Inés. Esta 
niña era el reverso de la medalla comparada moralmente 
con su prima Adela. 

Inés era hermosa, muy hermosa; de cutis lijeramente 
moreno, ojos negros, razgados, guarnecidos de luengas 
pestañas; aquellos ojos eran bellísimos, pero de una es- 
presion dura, enérjica y viva; alguien Jia dicho que en 
Jos ojos se trasparente el alma; la de Inés debia de ses 




— 373 — 



muy cruel, porque así pareca atestiguarlo la espresion de 
su mirada. 

Huérfana de padre y madre, solo teníi en e'1 mun- 
do á su tio, el conde Castilloreal, y á su prima 

Adela, los cuales la amaban apcsar de sus defectos, hi- 
jos quizá de una mala dirección. 

Inés había perdido á sus padres desde muy niña, que- 
dando entónces al cuidado de una familia amiga que la 
adoptó por algunos años, hasta que el conde la recojióen 
su casa. 

Contaba Inés la misma edad de su prima Adela. 

En la tarde que -comienza nuestra historia, hallábase el 
conde en el jardín de su casa de campo, en compañía 
de Adela é Inés, gozando todos de Ja sombra deliciosa y 4 
agradable frescura de aquel parage, perfumado con las 
emanaciones de las flores. 

La casa del conde estaba situada algo fuera de la al- 
dea; conocíase en la villa con el nombre de el palacio neva- 
do ) llamado asi por la deslumbrante blancura de sus pa- 
redes esteriores, forradas de marmol blanco, de un aspec- 
to bellísimo, situado como estaba el palacio en el centro 
del gran jardín. 

Era tanto su encanto y poesía, que los viajeros se de- 
tenían con asombro á contemplar el hermoso palacio 
nevado . 

Decíamos que el conde, su hija é Inés, disfrutaban del 
delicioso ambiente saturado de perfumes suavísimos, ema- 
nados de las delicadas y aromáticas plantas, que poblaban 
el gran jardín. 

Era la caída de la tarde. 

El conde, recostado en un cómodo sillón, saboreaba un 
cigarro habano, á su derecha, se veía á Adela, vestida con 
un vaporoso traje blanco ceñido á la cintura por una cin- 
ta celeste; sus rubios cabellos peinados coquetamente en 
dos gruesas trenzas, descansaban sobre sip hombros, des- 
cendiendo hasta tocar Ja tierra; algunos jacintos blancos, 
entrelazados con jazmines, aparecían entre las ondas de 
sus cabellos; tal era el sencillo atavío de la jóven conde- 
sita, en los .momentos que la presentamos al lector, bor- 
dando en un pequeño bast.dor un delicado pañuelo de ba- 
tista. 




— 374 — 



A corta distancia de esta, Inés leía un libro cuya lec- 
tura era escuchada por el Conde y su hija. 

Vestía Inés un traje de tela trasparente color de rosa, 
adornado sencillamente con blondas negras de seda, sus 
sedosos y hermosos cabellos sujetos en parte por una pei- 
neta de nácar, flotaban en gruesos y flexibles rizos sobre 
sus hombros; una margarita punzó dejaba ver su visto 
sa corola entre las ondas de aquella negra y flotante ca- 
bellera. 

Largo tiempo hacía que Inés leía y el conde y Adela 
escuchaban, cuando de imprevisto fueron interrumpidos 
por un lamento de dolor, cuyo sonido parecia partir de la 
puerta principal de la verga de hierro que daba entrada 
al jardín. 

Al escuchar aquel lamento, aquella queja exhalada á no 
dudar por algún ser que sufría, el conde se incorporó en 
su asiento, Inés solo dejo de leer, sin dar muestra de 
inquietud ni de interés, mientras que Adela, la jóven con- 
desita alzándose vivamente de su asiento y dejando el bas- 
tidor sobre la silla que ocupaba, se dirijió rápidamente hácia 
el sitio de donde partía el quejido de angustia que pocos 
momentos ántes habíase escuchado. 

Siguió el conde á su hija, quedando Inés por un mo- 
mento enteramente sola, murmurando algunas palabras 
incoherentes, molestada al parecer por aquella interrup- 
ción. 

Movida por la curiosidad no tardó Inés en seguir al 
conde, atraida por las voces] de su prima, y deseosa de 
saber Ió que ocurría. 

—Oh! Inés, — dijo Adel^fon doloroso acento, nobienvió 
á su prima — mira este infeliz que hemos encontrado casi 
desmayado junto á la verja del jardín’ .. . se muere de 
hambre y de fatiga .. .pronto Inés, pronto, llama á los 
criados! 

— Prima — repuso Inés con acento brusco é inhumano — 
reflexiona que ese hombre puede ser un malhechor que 
pretende introducirse en nuestra casa, á mas, noves que 
es un leproso! oh! que horror! . . . 

— Inés! — esclamó Adela, interrumpiendo á su prima con 
dolor — es un infeliz enfermo, hemos de abandonarlo por 




— 375 — 

eso? ah! el desgraciado ha caido vencido por el hambre, y 
la fiebre que le devora! 

— Y bien Adela, yo en tu lugar me apartaría de él con 
horror, ah! hasta repugnancia tendría de darle una sola go- 
la de agua! 

Adela iba á contestar á aquellas imprudentes frases, 
cuando apareció el conde seguido de sus criados. . . 

El conde no había podido oir el diálogo de los jóve- 
nes, pues desde el momento que vió al desventurado en- 
fermo, habíase ausentado al interior de la casa, para dar 
orden de socorrerle inmediatamente. 

Ayudado de susj:riados, el conde apoyo una rodilla en 
tierra é introdujo en la boca del infeliz enfermo algunas 
gotas de agua preparadas con eter y azahar, repitiendo^ 
la operación muchas veces hasta que logró que el enfer- 
mo se animára. 

El desgraciado por medio de señas demostró su gra- 
titud. 

La debilidad parecía haberle quitado el uso de la palabra 
solo sabían de su garganta sonidos apénas inteligibles. 

Aquella escena tenía lugar junto á la puerta de entrada, de 
la verja que rodeaba el jardín. 

A poca distancia, una niña como de diez años contem- 
plaba aquel cuadro con estrañeza y esa curiosidad propia de 
las jentes deáldea. 

Vestía la niña pobre pero graciosamente, un vestido de 
percal floreado, color flor de romero, que dejaba ver una 
pierna rolliza y bien formada; no llevaba) calzado, y 
sin embargo de que parecía ser en ella una costumbre natu- 
ral no podía ménos que admirarse la belleza y finura de 
aquellos piés de niña, espuestos al frió, á los guijarros y á 
las desigualdades de los caminos, que en nada le ha- 
bían hecho perder su belleza; ceñía el delicado cuerpo 
de la niña un jubón escotado de tafetán color rosa, cerrán- 
dose en el cuello por un camisolín de lino blanco, de man- 
ga cortona, que dejaba ver todo el antebrazo de una re- 
dondez admirable; plegado á su breve cintura, llevaba un 
delantal de lino blanco guarnecido de puntillas de algodón. 

Aquella niña era de una belleza prodijiosa; su cutiz li- 
jeramente moreno, pero de una suavidad y limpieza no- 
tables, sus ojos eran pardos, adormecidos, y guarnecidos 




— 376 — 



se un encaje de tupidas pestañas, sus cabellos castaños, 

. dedosos y ondulados estaban peinados en dos trenzas 
apretadas, que pendían hasta el borde de su vestido, lleva- 
ba puesta en la parte superior de la cabeza una dorada 
espiga de trigo, con la que acababa de adornar sus ca- 
llos con graciosa é infantil coqueteria. 

La presencia de la niña no habia sido notada por na- 
die, pues hallabáse oculta por la verja de hierro en la 
parte de afuera. 

Sin embargo de que la escena ocurrida en casa del 
conde, tenia lugar en el interior del jardín, la niña des- 
de su puesto presenció todo, escuchando también el diá- 
logo habido entre Inás y su prima. 

El infeliz enfermo había perdido el conocimiento como 
dijimos. 

Inés contemplaba aquel cuadro con irónica sonrisa; e 
corazón de aquella jóven parecía cerrado á todo senti- 
miento tierno; su alma no parecía conmoverse ante nin- 
gún dolor ajeno, ni participar de aquellos sentimientos 
que ennoblecen el espíritu. 

Estraño fenómeno en el alma de una mujer! 

!JElla, siempre buena, siempre amante, siempre sumisa, 
cariñosa y dulce! acostumbrados nuestros ojos á verla 
siempre noble y generosa, delicada y abnegada, el cora- 
zón sufre, y estraña al hallar en una mujer, jóven 
y bella, una alma inhumana cruel y despojada de los sen- 
timientos innatos de la sensíbibidad que embellecen el co- 
razón de aquella. 

El conde llamó á sus criados y mandó trasladar al 
enfermó' á una habitación de la planta baja cuya puer- 
ta daba al jardín. ^ 

Los criados levantaron entre sus brazos, cuidadosa- 
mente al enfermo, y seguidos del conde penetraron en 
la habitación designada; allí le instalaron en un mullido 
lecho, y el médico, llamado por el conde, recetó algu- 
nos medicamentos que debían devolverle las fuerzas y la 
salud. 

Adela se disponía á penetrar en el aposento del enfer- 
mo, donde á la sazón se hallaba su padre, cuando Inés 
la detuvo y llevándola aparte le dijo poniendo una 
mano sobre el hombre de su prima: 




— 377 — 



—Siempre, Adela, ia misma ! 'siempre con sentimientos 
caritativos. . . si así sigues, prima mía, esta casa seí® 
dentro de poco un asilo de ... mendigos, y un hospital 
de leprosos ! 

— ¡ Ojalá pudiera yo hacer de nuestra casa un asilo 
piadoso en el cual se albergaran todos los desgraciados! 
— dijo la condesita enjugando sus lágrimas, ^herida por 
las crueles palabras de su prima, 

— No digo yo ! — esclamó Inés con burlona espresion 
y sin echar de ver la honda impresión que sus palabras ha- 
bían causado en el alma de Adela. 

— Oh ! prima, que tonta eres en seguir esa senda que se-' 
rá tu ruina, y la~cual solo puede proporcionarte malos 
ratos ... 

— Puede Inés, esperimentarse malos ratos haciendo 
bien al prógimo ? oh ! nó, — prosiguió la noble jóvén con 
ardiente entonación, yo tengo sed de hacer bien; y creo 
que los que derraman consuelos en los corazones álgi- 
dos, son los que disfrutan de un bienestar envidiable! 

— ¡ Envidiable ! —repuso Inés — parece que no sábeselo 
que dices, Adela, siendo rica, como eres, no tienes nece- 
sidad de tantas incomodidades y sufrimientos, '/qué nece 
sidad tenían de haber recojido á ese hombre? 

-Inés — interrumpió Adela — tú has visto en el estado 
en que se hallaba, casi agonizante á la puerta de nuestra 
casa, pedía socorro entre gemidos. . .le hubieras negado 
tu auxilio? 

— Oh, sí ! y ni aun me habría acercado á él, tenlo seguro 
prima; de mi mano no habría recibido ni una sola gota 
de agua aunque esta le hubiera de salvar, ni escucharía 
de mis Libios media palabra de consuelo, oh! me inspira 
repugnancia su aspecto desagradable! pero esta casa es co- 
mo una posada, con la diferencia de qüe aquí solo se 
hospedan haraganes que nada producen . . . 

— Oh! cálla por Dios, Ines, calla. . . me duele al alma 
el oírte hablar así ! llamas haraganes á 'esos infelices 
que muchas veces se matan trabajando sin p^oder, ni aun 
así mismo, mantener sus familias? no sabes distinguir, 
prima mia; dices que nada producen; necesitamos acaso 
mas pago que la' satisfacción de hacer el bien y la gra- 
titud d e esos seres desventurados ? oh ¡Inés, mal podría 




— 378 — 



tmos recoger de los corazones las ñores del amor y de 
la gratitud si no sembráramos en ellas las semillas del bien, 
de la virtud y de la santa y noble caridad! 

Tu quieres recoger sin sembrar Inés y esto, no es po- 
sible! Hasta Jesucristo vertió su preciosa sangre para re- 
coger amor! 

— P rima — dijo Inés con visibles muestras de enojo, al 
sentirse' humillada oon el paralelo que su conciencia esta- 
blecía entre su prima y ella-- r tü ves dolores imaginarios, y 
crees á piés juntillos todo cuanto te dicen; es mucho cuen- 
to eso de llorar por sí y por los demás! 

— Que quieres, yo sufro por todos; y como, gracias á 
Dios, no carezco de los medios necesarios para socorrer 
á los desgraciados, gozo con : tenderles mi mano, guiada 
sólo 'por los sentimientos del corazón; ese infeliz que hoy 
ha golpeado nuestras puertas es un desgraciado, á quién 
la fiebre y el hambre que le devoraba no le han permitido pa- 
sar mas adelante; esta es la primera casa que hay en el 
camino ántes de llegar al pueblo, nada tiene de estraño lo 
que ha ocurrido: las fuerza; le han faltado y ha caído en 
mitad, quizá, de su camino. 

Sonrióse Inés con marcada ¿ burla y luego se encojíó de 
hombros. 

— Díme Ineses — clamó la condesita, tomando una de las 
manos de su priifia — habíame con franqueza; si tú te encon- 
tráras en un solitario equino, con algún infeliz enfermo 
y hambriento, dime Inés, poseyendo tú los medios de acallar 
aquellas necesidades no hallarías un gran placer en pro- 
digarle 'tus cuidados partiendo fu pan. con él ¡Es tan dulce 
la cavidad, y lan bella á ojos de Dios! 

Inés lanzó una carcajada tan jovial, que Adela la miró 
asombrada. 

— Crees tú, querida prima— dijo Inés - que sería tan 
tonta que diese á aquel /v/é Ve. lo que quizá necesitára yo 
mas tarde? oh 1 nó, no se lo darla; y si era un enfermo como 
el que hoy se ha hospedado aquí, mucho menos, ¡que dispa- 
rate! huiría con horror, desviándome de su camino... 

— Oh! no lo harías, porque te infundiría compasión aquel 
infeliz que solo tú podrías salvar! 

— Yo opino de distinto modo que tú. . . 

»-Qh¡ Inés, Dios quiera que jamás sufras los tormentos 




— 379 — 



de la desgracia, porque ¿i castigarla quizá tú mal corazón.... 
Anhelo que Dios ilumine tu alma, y haca estremecer 
las fibras de tu sensibilidad adormecida. . .! Ah! tuno quie- 
res acallar las necesidades del prójimo y dices que ni una 
gota de agua, ni media palabra de consuelo prodigarías á 
un enfermo desgraciado, por horror y repugnancia, enton- 
ces, Inés t impoco acallarías las necesidades del alma, mucho 
mas graves que las del cuerpo, porque el alma, Inés, tam- 
bién padece de hambre, de sed, y también enferma y su- 
fre 

Ah! felices los que hallan la gracia divina en el ejercicio 
de la caridad! 

. Adela, al decir estas palabras, apartóse de su prima con 
el corazón oprimido, y enjugando sus lágrimas se alejó en 
dirección á la casa. 

Inés, mientras tanto, murmuraba: 

— Puede uno ser buena sin tantos afarjes, no hay nece- 
sidad de estar, como mi prima, siempre molestada por los 
pobres... la caridad... bah! con darles de cuando en cuan- 
do una limosna, por ejemplo, como hago yo cuando voy 
á misa, que llevó en mi cartera algunos cuartos para ios 
mendigos que se sitúan á la puerta del templo.. .soy caritativa 
y de un modo mejor, pues mi acción la presencian todos los 
asistentes á la iglesia, y nó estas caridades hechas bajo 
techo y trás de paredes, que nadie las vé ni las conoce! 

Mi prima dice que liene sed de prodigar bienes... oh! 
que sed tan ridicula para una mujer que nada necesita de 
los demás! 

Inés olvidaba que es mas meritoria la Caridad ^que se 
oculta que la que se ostenta; su vanidad se hallaba sa- 
tisfecha con la que ella ejercía públicamente, y llamaba 
ridiculo el anhelo de hacer bien en la oscuridad del misterio. 

Oh! la caridad que sé c¡erce sin ostentación y oculta 
á los o j os de la socicda-.l no pasa inapercibida, nó, la 
angusta mirada del Pxcy de los cielos, la ve. bien desde lo 
alto y desde allá premia á los que noblemente la ejer- 
cen 

No hay paralelo posible entre el premio divino y los 
fútiies aplausos de. una sociedad que, juzgando por las apari- 
encias, muchas veces se inclina ante lo indigno y lo falso, 
creyendo descender enzalsando el verdadero mépito y la 




— 380 — 



Verdadera virtud, por el solo hecho de que esta vivé oculta 
y humilde en el misterio y el silencio. 

Inés, ejercia la caridad en público, donde todos pudie- 
ran verla. 

Adela, dejaba sentir la benéfica influencia de ella, en 
mayor misterio, 

Para derramar aquel don, esta se ocultaba y aquella 
se mostraba, y sin émbargo de esto, Adela habia conquis- 
tado la justa fama de buena, de noble, generosa y carita- 
tiva, y su prima Inés, ap^sar de su afán en aparecer á la 
altura moral de aquella, solo había logrado una aversión 
general como premio á sus falsas acciones de cari- 
dad. 

El verdadero mérito tiene un brillo potente; la falsa osten- 
tación de virtudes que no existen jamás- recojerá la palma 
gloriosa que, por derecho de lo alto,, pertenece á aquel por 
completo. 



CAPITULO II. 

frdisídatí del fregar e 



Volvamos junto á la preciosa niña, que tuvimos el pla- 
cer de describir en momentos en que el conde y su hija 
socorrían al viajero. 

Llamábase María del Pití\r, y jamás nombre alguno 
parecía haber armonizado tan perfectamente con la que 
lo llevára. 

Una vez satisfecha la curiosidad de la niña, observando 
la escena ocurrida en el jardín de los condes de Castilloreal, 
saltando como un cervatillo, atravesó toda la aldea y no 
paró hasta llegar á una pequeña cabaña. 

A su llegada, un hermoso perro, ca -i de su alto, salió á 
recibirla, desmostrando su gozo con ladridos y caricias. 

Arrodillándose la niña, atrajo junto a sí la cabeza de 
aquel, al mismo tiempo que le prodigaba los nombres mas 
farinosos. 




- 381 



Mi querido Iris — Je decia- -como habrás estado impa- 
ciente por mi vuelta, nó? oh! ya sabrás luego por qué he 
tardado; todo te lo contaré, mi perrito querido, pero si 
tienes juicio, se entiende, eh? 

El hermoso Iris, movía sus orejas y sacudía la cabeza 
como queriendo dar a entender á la niña que compren- 
día. 

— Vamos, prosiguió María— no vayas á enfadarte porque 
no he traído nada para tí, no por esto vayas á creer que no 
te quiero, otro dia te compraré un collar lindo, muy 
lindo, que venden allá abato, tras la montaña; hoy no ha 
sido posible, hiio,^qué quieres! 

La niña hablaba abrazando á su perro y rodeándo con 
sus brazos el cuello de Iris, cuando de repente exható 
un penetrante grito, que atrajo á una jóven y á otra mujer, 
ya entrada en años, que salieron apresuradamente de la 
choza. 

— Muchacha! qué haces? — preguntó la- mujer de mas 
edad. 

María se alzaba en aquel momento, pues habia permane- 
cido en tierra de rodillas. 

— Malo!... — dijo mirando, llorosa y con enojo al 
perro. 

— Vamos, ..que te ha hecho Iris? — preguntó la que pare- 
cia hermana de la niña por la semejanza que se notaba en 
sus facciones . 

— Estaba acariciándole y el picaro me ha coigdo con los 
dientes una trenza y, za¿!. . .me ha dado un tirón. . . 

— ‘Tus caricias, María — dijo la madre de la niña, — serán, 
cómo las que algunas veces acostumbras hacerle, tales como 
tirar con fuérzalas orejas y la cola del pobre Iris. . . 

María hizose la desentendida, y dirijiendo al perro una 
mirada de enfado esclatnó: 

— Ya verás. Iris, no he de comprarte el collar que te pro- 
metí ni he de llevarte mas á paseo! 

Iris se aproximó á su jóven ama sacudiendo la cola, y 
comenzó á lamer sus manos tirándole de la falda con 
cariño. 

María quiso mantenerse sería, no cediendo á sus caricias, 
y volvió el 'rostro á o’.r > hdo con ademan de cómico 
Stifadoj m£s Iris no se acobardó por esto, parecía esta? 




ÜO-i , 



deseoso por desenojar á la niña, — el inteligente animal miró 
á su jóven ama con atención, por breves instantes, y en me- 
nos tiempo que el que ocupamos en decirlo Iris penetró en 
la cabaña tornando en seguida con una cesta, cogida por los 
dientes, llena de hermosas y frescas llores, que fue á colocar 
á los piés de María del Pilar.- 

Esta vez el grito que la niña dió fue do alegría, su enojo 
se disipó como por encanto, y arrodillándose de nuevo, 
comenzó á teger una corona con las flore:; de la cesta. 

Hecha aquella. Mana obligó C\ Iris á que permaneciera 
de pié, coronando á su perro con la guirnalda que sus bellas 
manos habíanle tejido. 

Iris, orgulloso de aquel adorno, se mantuvo tieso, sin mo- 
verse, como temeroso de que la corona perdiera su equi- 
librio. 

La niña se apartó á una distancia para mejor así contemplar 
su obra; el perro coronado parecía enclavado en el suelo, no 
se movia; impacientada María por aquella inmovilidad dírijió 
á Iris algunas palabras de autoridad. 

Nada, el coronado can permanecía quieto, corno petrificado. 

— ChicOj te’ has vuelto idiota?— esclamó la niña inter- 
rogando al perro- ó eres pop ventura, tan orgulloso que 
ál verte coronado no quieres acudir á mi llamado?, 

El único movimiento que se notaba en luis era un 
continuo pestañeo. 

Cansada María de aquel'a escena, tomó la cesta de flo- 
res y se dispuso á penetrar en la cabaña, adonde ya: se 
htebian retirado su madre y su hermana después de ha- 
berla -dejado reconciliada con su perro 

Al observar Iris el mo^miento de la niña, se dispuso 
á seguirla con paso lento y grave; notado e-lo por aque- 
lla se volvió esciamando: 

— Hola! con que ahora me sigue Te? pues ha de saber 
que ya no quiero jugar! 

. Y al decir esto, penetró, en la cabaña yendo á sentarse 
en una silla baja. 

Iris vacila, pero cediendo á sus antiguas costumbres 
no recuerda que, estando .coronado, otro es su lug ir, y se 
tiende cuan largo es á los pfós de su jóven ama. 

La madre de la niña hacía calcetas, sentada en un pe- 
queño banco de madera. 




— 383 — 



Nada mas agradable que aquel semblante, sereno y dul- 
ce á la par. 

Llamábase Doña Marcelina, y era la madre feliz de Ma- 
ría del Pilar y de Deolinda, esta última era la hija mayor. 
Contaba Deolinda diez y ochp años, y era tan bella como las 
dos últimas sílal as de su nombre, el cual nos recjerda el 
de una ami guita brasilera, rubia como un ángel- y buena 
como un niño sin enojos. Tipo adorable, representa- 
do en uní. a lo escrute encantadora, cuya alma e> tan pu- 
ra como el cielo de una mañana de Octubre! 

Deolinda era del mas grande parecido con su hermana 
María del Pilar. 

Tanto doña Marcelina corno su esposo Don Antonio, 
considerábanse dichosos con tener aquellas dos hijas taa 
lindas con buenas. 

Deolinda, en aquellos momentos, hilaba junto á m 
madre. 

Era cerca ya del anochecer y la hora de la cena se 
aproximaba. 

' En el hogar hervía el sabroso cocido y solo se es- 
peraba para ponerlo á la mesa la llegada de *Don Anto 
nio, jefe venturoso de aquel hogar, que no había regre- 
sado aun de su trabajo. 

Eri una mesa de pino veíase estendido un mantel de 
tela^gruea y ordinaria pero de una blancura que encan- 
taba los platos, cubiertos etc — todo pobre, humildísimo, pe- 
ro limpio y brillante . 

María bostezaba y de cuando en cuando miraba hácie 
la puerta, deseando la vuelta de su padre para ponerse á 
lartiesa. 

Iris parecía dormir, pero no era así, porque la niña se 
inclinó y toman do en'ro sus manos la cabeza del perro, 
di jóle al oído con voz queda: 

— Iris, habrá postre?... 

El perro sacudió la cabeza y se dispuso á. tomar otra 
posición mas cómoda. 

La niña obligó á Iris á escucharle de nuevo. 

—Si fueran higos secos, como el otro dia v qué ricos 
eran, nó? 

Iris na estaba en disposición dq dar (é, pqro miró 
á la niña con atención. 




— 384 — 



* — María*—- dijo en aquel momento Doña Marcelina — 
por qué tardaste t-.nto en volver de casa de tu madrina? 

— Hj retardado, madre, porque me detuve algún tiem- 
po junto á la verja del jardín de nuestra bienhechora. 

—Y bien? — interrogó Daña Marcelina, al notar que 
María no continuaba. 

La señorita A. lela y e¡ S *1 >r 1 1 —dijo la niña — 
socorrían en aq.iel instante á un anciano enfermo que 
acababa de perder el sentido á la entrada del jardín... 

-¿Bmiita sea la condesita y su padre! murmuró Do- 
ña Marcelina elevando al cielo sus ojos— -¡siempre ejer- 
ciendo el bien, siempre dispuestos á enjugar las lágrimas 
del infortunio. 

— Sí, benditos sean,- — repitió Deolinda con voz conmo- 
vida- á ellos debemos nuestro bienestar, sin su auxilio, 
qué hubiera sido de nosotros? 

— Dices bien, hija mia, si no fuera por la señorita Ade-., 
la y su noble padre, hoy el vuestro no tendría con qué 
proporcionarnos el pan cuotidiano! . ..Oue Dios, padre celes- 
tial de los que aquí vivimos, derrame sobre ellos todas 
sus gracias y bendiciones!... 

María del Pilar escuchaba aquellas palabras en silencio, 
pero con una atención y respeto que hablaba muy en 
favor de la bella niña. 

— ¿Estaba, también, presente allí, la señorita Inés? — 
preguntó Deolinda á su hermana. 

— Sí, y por cierto que oí algunas palabras que de- 
muestran que' la Señorita Inés no es tan buena como la 
condesita... 

- -Niña, hiciste mal en¿€scuchar lo que no te importa! 

María del Pilar inclinó su frente ruborizada por aquel 

reproche materno. 

—Y bien? — repuso Deolinda — ya que escuchaste, qué 
fue ello? * 

María del Pilar- consultó á su madre con una mirada, 
como temerosa de una nueva amonestación, 'pero al ver 
la serena tranquilidad del semblante de aquella, co- 
menzó á relatar á su hermana cuanto había visto y oido. 

Durante su narración, dirigía la palabra alternativamen- 
te á S14 hermana yá Iris; había prometido á [este decir- 




le todo Cuanto le había ocurrido, y no^ quería faltar á su 
palabra, que aunque de mujer y<Je niña, era firme. 

Es estraño tan mala índole en la señorita Inés, — dijo 

Deplinda luego que concluyó su hermana de referirle todo 

yo he observado !o buena cristiana que es; no falta á 

ninguna fiesta religiosa, y lo que es á misa en dias de pre- 
cepto jamás deja de asistir, aunque sea con una lluvia tor- 
rencial; yo imaginaba por esto, que tenia un excelente cora- 
zón, noble y generoso; nunca di crédito á lo mal que de 
ella se hablaba. 

— Hija mia — repuso Doña Marcelina, con dulce acento 
— no juzgues nunca por esos hechos á las personas, ¿qué im- 
porta que esa niña esté siempre en el templo, confiese y co- 
mulgue ájmenudo, si luego no cumple con los deberes de su 
conciencia? ,, 

Dios, el divino consejero de nuestras almas no nos ha 
prescrito que vayamos al templo á adorarle aunque no poda- 
mos; lo mismo podemos hacerlo, en caso de imposibilidad, en 
el interior de nuestro hogar; además, aunque fuéramos todos 
los dias á la iglesia, de qué nos serviria si éramos malos, 
impuros, poco generosos, incapaces de hacer bien, sino de 
obrar mal? á pesar de acudir al templo á cada instante, no 
seríamos cristianos, ni dignos del amor divino, sino observá- 
ramos la recta ley de nuestra conciencia, en la cual Dios 
ha grabado las máximas mas puras y bellas! 

Doña Marcelina, hablaba con un lenguaje deusual a á los 
de su clase, pero no era estraño, su espíritu se habia empa- 
pado en las fuentes de la virtud y del bien, habia leído mu- 
cho, y por esto su mente raciocinaba con claridad^ y gozá- 
base en trasmitir á sus hijas aquellas ideas, sanas y 
ejemplares. 

— Alcánzame Maria — prosiguió Doña, Mareelina dirijién- 
dose á su hija menor — de aquel estante el libro de tapas 
punzó; oirás ahora — repuso dirigiéndose á Deolinda — lo que 
al respecto dice la simpática escritora Sinues de Marcó. 

Doña Marcelina tomó de las manos de su hija el libro 
que habia pedido, y hojeándole empezó á leer con voz clara 
y firme lo siguiente: 

«Me honro con la amistad de un virtuosísimo sacerdote, 
«eminente en saber, y que derrama á torrentes la luz en la 
«cátedra del Espíritu Santo, al cual he oido decir, hablan- 




1 ~~ 386 

«do con una señora amiga mía y que se hallaba en mal 
«estado de salud. 

— «No vaya Vd. á la iglesia, pues eso le puede hacer 
«daño. 

— «Solo voy á misa, respondió la doliente con alguna 
«tristeza. 

— «No vaya Vd. á misa tampoco. 

— «No vaya Vd. ni siquiera ese dia: el ambiente frió del 

«templo 1* empeorará. 

— «Dios mió! esclamó mi amiga: ¡ parecerá entónces que 
no soy cristiana! 

— «Dios está en todas partes, y de todas partes oye, se- 
«ñora mía: lea Vd. la misa en su casa, en su gabinete abrí- 
«gado, sentada en un sillón, y por eso Dios no escuchará 
«menos sus frases, que nacen del alma- 

«MLamiga meció tristemente la cabeza, y después de un 
«rato de silencio, repuso: 

— «No se puede Vd. figurar, señor, lo angustiada que 
«tengo la conciencia: ! me gustaba tanto ir á la iglesia! 
«Aquel ambiente saturado de incienso, aquellas luces, la vis- 
«ta de las flores frescas en los altares, de las cuales yo 
«enviaba algunas, la imájen del Redentor del mundo y de 
«su Madre Santísima hacían bien á mi alma aflij ida, y hallaba 
«la tranquilidad en mi conciencia, porque sabía que al ir á la 
«iglesia mmnln con un deber! 

— «Hij i mii, respondió con dulzura el buen sacerdote, el ir 
«á la casa de Dios, donde tan dulce paz se respira, haría 
«bien, no á sü conciencia, sino á su corazón: ha perdido Vd. 
«al esposo, al compañero de su vida, que amaba, al objeto de 
«su único amor, y sólo a,pte el que es el supremo consol a- 
«dor de todos los dolores, halla paz su pecho dolorido!. . . 
«Y bien; no confundamos el deber con el egoismo, como 
«tantas veces hacemos: lejos de tener su conciencia intran- 
«quilidad por no poder ir á la iglesia, resígnese á esa pri- 
«vacion, y llévela con paciencia por el amor de ese mismo 
«Dios. 

— «Antes me confesaba cada ocho dias! Y ahora, comp 
«me pongo cada vez que voy temprano á la iglesia, sólo 
«puedo ir de mes á mes! 

— «Y aun es demasiado. 

-^«Demasiado! 




— «Sí, por cierto:^ que delitos, que graves culpas puede 
«haber en su vida ordenada, modesta y apacible, que nece^ 
«siten exponerse tan repetidamente ante el tribunal de la 
«penitencia? ¿A que desprestigiar con la costumbre lo que la 
«práctica tiene de grande y bueno. No se puede mirar al 
«sacerdote como el confidente ordinario de todas las péque- 
«ñeces de la vida; en ese caso deja de ser el médico del 
«alma: no se le puede mezclar en las debilidades ni en los 
«secretos de la familia: el sacerdote no es el amigo íntimo, ni 
«debe escuchar escrúpulos pueriles y mezquinos: la misión 
«del sacerdote es altísima y no se puede abusar de ella sin 
«quitarle algo de su augusto prestigio, de su delicadeza y 
«de su santidad. 

«Cuando el buen sacerdote dejó de hablar, la [pobre en- 
«ferma del alma dejó ver una bella sonrisa, que decía cla- 
«ro había comprendido á aquel varón ilustre, y que queda- 
«ba consolada con su dulce y elocuente palabra. 

«Resignada y tranquila ha visto agravarse su enfermedad 
«y desde su gabinete habla con Dios, y le ofrece sus do- 
«lores, y la privación de no poderle visitar en la iglesia, 
«de no poder orar al pié de los altares. 

«Serán agradables esas oraciones al Dios todo amor y mi- 
sericordia ?No debemos dudarlo. 

«Me parece que son tan agradables al Padre de las mise* 
«ricordias un acto de perdón, la dádiva de una limosna, una 
«lágrima dedicada al infortunio ajeno, como dos horas de 
«rezo. 

«Me parece también que ninguna mujer se ha de conde- 
nar porque dege de oir misa algún dia, si su madre, su es- 
«poso ó sus hijos se hallan enfermos y necesitan de sus cui- 
k dados. 

«Me parece asimismo que tan bueno, por lo menos* 
«coma ir á confesar todas las semanas, es no murmurar, 
«hacer todos los favores que se puedan, llevar con resigna- 
«cion las pruebas de la vida, que nunca le faltan ni aún al 
«ser más dichoso y más opulento. 

«Yo no digo por esto que no sea muy necesarioe 1 aproxi- 
«márse con frecuencia á la mesa celestial, donde el alma 
«halla tan delicioso y nutritivo alimento; pero hay mu- 
jeres que se creen cristianas porque oyen misa diariamente, 

| «porque rezan cierto número fijo de oraciones, y pasan el 




1 {— 386 — ; 

*do con una señora amiga mia y que se hallaba en mal 
«estado de salud. 

— «No vaya Vd. á la iglesia, pues eso le puede hacer 
«daño. 

— «Solo voy á misa, respondió la doliente con alguna 
«tristeza. 

— «No vaya Vd. á misa tampoco. 

— «No vaya Vd. ni siquiera ese dia: el ambiente frió del 

«templo k empeorará. 

— «Dios mió! esclamó mi amiga: ¡ parecerá entónces que 
no soy cristiana! 

— «Dios está en todas partes, y de todas partes oye, se- 
«ñora mia: lea Vd. la misa en su casa, en su gabinete abri- 
«gado, sentada en un sillón, y por eso Dios no escuchará 
«menos sus frases, que nacen del alma. 

«Mi amiga meció tristemente la cabeza, y después de un 
«rato de silencio, repuso: 

— «No se puede Vd. figurar, señor, lo angustiada que 
«tengo la conciencia: ! me gustaba tanto ir á la iglesia! 
«Aquel ambiente saturado de incienso, aquellas luces, la vis- 
«ta de las flores frescas en los altares, de las cuales yo 
«enviaba algunas, la imájen del Redentor del mundo y de 
«su Madre Santísima hacían bien á mi alma aflijida, y hallaba 
«la tranquilidad en mi conciencia, porque sabía que al ir á la 
«iglesia mmnln con un ^eber! 

— «Hij i mi i, respondió con dulzura el buen sacerdote, el ir 
«á la casa de Dios, donde tan dulce paz se respira, haría 
«bien, no á sü- conciencia, sino á su corazón: ha perdido Vd. 
«al espbso, al compañero de su vida que amaba, al objeto de 
«su- único amor, y sólo ante el que es el supremo cotisola- 
«dor de todos los dolores, halla paz su pecho dolorido!... 
«Y bien; no confundamos el deber con el egoismo, como 
«tantas veces hacemos: lejos de tener su conciencia intran- 
«quilidad por no poder ir á la iglesia, resígnese á esa pri- 
«vacion, y llévela con paciencia por el amor de ese mismo 
«Dios. 

— «Antes me confesaba cada ocho dias! Y ahora, como 
«me pongo cada vez que voy temprano á la iglesia, sólo 
«puedo ir de mes á mes! 

— «Y aun es demasiado. 

— «Demasiado! 




— «Sí, por cierto:¿ que delitos, que graves culpas puede 
«haber en su vida ordenada, modesta y apacible, que nece^ 
«siten exponerse tan repetidamente ante el tribunal de la 
«penitencia? ¿A que desprestigiar con la costumbre lo que la 
«práctica tiene de grande y bueno. No se puede mirar al 
«sacerdote como el confidente ordinario de todas las péque- 
«ñeces de la vida; en ese caso deja de ser el médico del 
«alma: no se le puede mezclar en las debilidades ni en los 
«secretos de la familia: el sacerdote no es el amigo íntimo, ni 
«debe escuchar escrúpulos pueriles y mezquinos: la misión 
«del sacerdote es altísima y no se puede abusar de ella sin 
«quitarle algo de su augusto prestigio, de su delicadeza y 
«de su santidad. 

«Cuando el buen sacerdote dejó de hablar, la {pobre en- 
«ferma del alma dejó ver una bella sonrisa, que decía da- 
tero había comprendido á aquel varón ilustre, y que queda - 
«ba consolada con su dulce y elocuente palabra. 

«Resignada y tranquila ha visto agravarse su enfermedad 
«y desde su gabinete habla con Dios, y le ofrece sus do- 
clores, y la privación de no poderle visitar en la iglesia, 
«de no poder orar al pié de los altares. 

«Serán agradables esas oraciones al Dios todo amor y mi- 
sericordia ?Ño debemos dudarlo. 

«Me parece que son tan agradables al Padre de las mise* 
«ricordias un acto de perdón, la dádiva de una limosna, una 
«lágrima dedicada al infortunio ajeno, como dos horas de 
«rezo. 

«Me parece también que ninguna mujer se ha de conde- 
nar porque dege de oir misa algún dia, si su madre, su es- 
«poso ó sus hijos se hallan enfermos y necesitan de sus cui- 
« dados. 

«Me parece asimismo que tan bueno, por lo menos* 
«coma ir á confesar todas las semanas, es no murmurar, 
«hacer todos los favores que se puedan, llevar con resigna- 
«cion las pruebas de la vida, que nunca le faltan ni aún al 
«ser más dichoso y más opulento, 
j «Yo no digo por esto que no sea muy nécesarioe 1 aproxi- 
«márse con frecuencia á la mesa celestial, donde el alma 
«halla tan delicioso y nutritivo alimento; pero hay mu- 
jeres que se creen cristianas porque oyen misa diariamente, 
«porque rezan cierto número fijo de oraciones, y pasan el 




— 388 — 



«resto de su vida en murmurar, en penetrar las vidas aje* 
«ñas y en buscar las faltas de todos. 

«Solo pensarlo sería un sacrilegio. 

«La virtud, para serlo y para hacerse amar, necesita ser 
«dulce, tolerante, benévola, y hay algunas mujeres cuyas de- 
«bilidades son la más bella apología de su corazón y aún 
«de su carácter. 

«¡Beata! 

«Horrible palabra, que encierra un mundo de amargura, 
de odio y de hiel! 

«Creerán esas mujeres que Jesús, el dulce, amante y her- 
«moso Jesús, admite todo lo que hay en ellas de malo, 
«que es lo que van á ofrecerle, después de haber dado al 
«mundo lo poco bueno que tenian? 

«Imitemos á! Jesús, ¡oh mujeres cristianas! á Jesús, que 
«no llevaba el azote en la mano, sino la miel en los lá- 
«bios 

«El no culpaba: aconsejaba y redimía la culpa. 

«Era piadoso y benigno para todos: era el supremo con- 
solador de cuantos se le acercaban. 

«Ya que los hombres no saben imitar el divino modelo, 
«imitémosle las mujeres. 

«La verdadera cristiana ha de ser siempre tolerante y pia- 
«dosa: ha de tener alumbrado su hogar con la dulce luz 
«del buen ejemplo y adornado con las flores de la pacien- 
«cia y resignación. 

«La verdadera cristiana es como la mujer fuerte de la 
«Escritura: atiende á todo, á todo cuida, y su benéfica in- 
«fluencia se deja sentir pq^todas partes. 

«La verdadera cristiana tiene siempre muchas y variadas 
«ocupaciones, porque á la vez que se dedica á hacer la di- 
«cha y á iluminar el entendimiento de los suyos, se ocu- 
«pa también de todas las labores de su casa y del bienes- 
«tar material de los que ama. 

«Cuidando de la dicha de los suyos es una mujer buena 
cristiana. 

«Una buena cristiana puede tener su casa muy bien dis- 
« puesta, sus hijos muy elegantes, su mesa muy bien servi- 
«da, y puede ser, á pesar de todo esto, muy agradable á 
«Dios, y aun serle agradable por lo mismo que hace todo 
«esto, pues es gravísima Jfalta el rodear á nuestra santa y 




— 389 - 



«benigna religión de fealdad, de acritud y (¡de intolerancia. 

Doña [Marcelina suspendió aquí su lectura, porque en 
aquel .momento su esposo, Don Antonio, penetraba en la ca- 
baña de vuelta de su trabajo. 

Momentos después, toda la feliz familia se sentaba á la 
mesa. 

Mari a del Pilar, inclinándose hácia Iris le dijó_¿ con voz 
muy queda 

— ¿Qué quieres, cocido ó postre? 

El perro miró á la niña sacudiendo la cola y acercándose 
mas á ella; como diciendo: — Quiero ambas cosas. 

Maria del Pilar, interpretó aquello á su modo, y dando á 
su semblante una espresion que sería gravedad, dijo: 

—Entiendo, solo quieres cocido; el postre no te agraHa 
porque no eres goloso; bien, así -• me -gusta! 

La comida terminó, pero, oh dolor! no liubo postre! 

Maria del Pilar entristecida por esto, miró á Iris, como 
queriendo hacerlo participar de aquella pena, pero el perro, 
como si hubiera adivinado de que él no lo habría gustado 
aunque hubiera habido, no dió seña!es de inquietud ni de 
pena. 

Mientras tanto la corona de flores yacía bajo la mesa 
olvidada de todos. 

Deolinda llamó aparte á la niña, y abriendo un gran ar- 
mario le entregó algo que le causó inmensa alegría, pues 
camenzó á batir palmas, á reirse y saltar. 

Iris corrió hácia su joven ama, y sentándose sobre las pa- 
tas traseras esperó su parte. 

— Si, ahora, quieres que te dé — murmuró Maria al mis- 
mo tiempo qup comía con delicia una torta de leche, con 
huevo flor de canela — hace un momento no te afligías por- 
que no me habían dado postre! 

Pero su buen corazón, no podía permitir que. ella sola 
gustara de tan rica torta, así pues, hizo participar de ella 
á su buen amigo Iris. 

Doña Marcelina habia vuelto á su labor así como Deo- 
linda; Don Antonio sentado junto á la puerta de la cho- 
za, fermaba tranquilamente en su pipa; formando un grupo 
aparte Maria y su perro. 

¡Dulce paz de familia! Bendita tranquilidad, emanada de 
la mas pura y dichosa virtud! 




— 390 - 



¡Qué bienestar, no disfrutaría aquel buen padre al com- 
templar este cuadro de apacible felicidad! 

Podía gozar de esta dicha, porque poseía el gran tesoro 
de su conciencia, limpia como el claro cielo, había traba- 
jado todo el dia, y á su vuelta al hogar amado Dios le 
permitía, como premio á sus virtudes y á su honradez acri- 
solada, contemplarse jefe feliz de aquella familia que tan 
cara era para su corazón. 

El poderoso señor, en cuyas arcas se amontonan el oro y 
la plata, no disfruta, en medio del fausto que lo rodea, de la 
envidiable paz y sosiego, que el obrero en medio de su po- 
breza. 

Aquel, al volver á 'su hogar sus cansados ojos solo tro- 
piezan con rostros serviles; nada desea porque nada necesita , 
todo está al alcance de su mano; por do quiera lo ro- 
dea la molicie, el lujo, y el hastío, consecuencia natural de 
aquel estado de perezosa languidez, en que su alma agobia- 
da por tanto materialismo, pugna por remontarse á regiones 
mas puras y elevadas. 

Tornad los ojos al modesto obrero al volver de su traba- 
jo, por el camino que conducé al hogar investiga con an- 
helo el largo sendero, deseando llegar pronto al delicioso 
descanso que hallá le espera; de su pecho brota un dulce 
suspiro al descubrir las espirales del humo que salen del 
hogar querido donde la esposa dilijente prepara la cena que ha 
de restaurar sus fuerzas; apresura el paso, y penetra por fin en 
el recinto amado. Desde que pone los pies en él su cora- 
zón no cesa de latir con placidez, por do quiera que dirige 
sus ojos .solo ve miradas de cariño, solo escucha dulces 
frases y grata acojida; los hjjos de su amor rodean su 
cuello con amoroso lazo, la mano de la esposa enjuga el 
sudor que brota de sus sienes, y solícita ofrece el don de 
su amor y de sus cuidados. 

Delicioso ' cuadro! 

El espíritu de Dios parece descender hasta allí, para con- 
templar aquella obra tan dulce que tuvo su origen en él! 

[Bendito sea el santo amor de la familia! 




e- 391 — 



CAPITULO III, 

ff 

Grcés 



Ha transcurrido un año. 

Era una deliciosa tarde de verano, todo respiraba poesía y 
tranquilidad. 

^ Detengámonos ürí momento en el campo ántes de penetrar 
en la hermosa morada de los condes Castilloreal. 

«Los ecos que nacen ó espiran en el campo son suaves 
y distintos; en nada se parecen á los ecos confusos y tumul- 
tuosos de las ciudades; allí, al través del murmurio de las aguas, 
délas hojas, del aleteo tenue de los pájaros y el susurrar de 
la brisa, el canto lejano de las golondrinas y el rumor de 
voces conocidas y amigas, que despiertan al mismo tiempo 
en nosotros los mas dulces sentimientos: os , la patria , la fa- 

milia , sentimientos que responden, á la vez, á nuestras dos 
naturalezas, divina y humana, sumiendo el alma en un piélago 
de inesplicables delicias. 

Los rumores que se elevan de los bosques, de las aguas; 
las armonías misteriosas que nuestros oidos escuchan con 
grato recogimiento, todo esto sobrecoge nuestro espíritu de 
santo respeto, parécele á uno que se halla en un augusto é 
inmenso templo, en donde cada átomo de polvo refleja la 
imágen del Creador supremo, y todo aquel conjunto, armó- 
nico, celestial, parece elevarse al cielo en forma de una ple- 
garia. . .que apenas se atreven á formular nuestros lábios.. » 

A la puerta de entrada al jardín del palacio nevado , se ve 
un brioso caballo, blanco como la nieve, preparado para ser 
montado por una muger. 

Por la calle de madre-selvas, situada á la derecha del jardín, 
aparecen Adela é Inés; esta última viste un elagente traje de 
amazona. 

— Creo que no debes montar ese caballo, Inés — decía Adela 
á su prima. 

— Oh! temo mucho que suceda alguna desgracia, el Moro 
es un caballo demasiado brioso... cuidado! 




— 392 — 



r- cr- 
ines acababa de montar, y el nervioso animal al sentir 
aquel lijero peso sobre sí, impaciente, enderezóse con fiereza, 
remolineando con vertiginosa rapidez. 

— Baja Inés! baja! — gritó Adela con acento de espanto y 
sobresalto. 

— Oh! nó, sería una cobardía — contestó aquella, obligando 
á su caballo á guardar quietud. 

Conocíase que Inés sabía manejar perfectamente su caballo; 
sin embargo, Adela la miraba con inquietud, temiendo que el 
brioso animal la despidiera de la silla, en una de sus fuer- 
tes sacudidas. 

— Hasta luego Adela! — dijo Inés, despidiéndose de su 
prima con la mano. 

— Dios vele por tí!-— contestó esta, — Y no tardes Inés, 
porque estaría intranquila temiendo suceda alguna desgracia: 
¿quieres que te acompañe Antonio? 

— No, gracias; no temas, daré un pequeño paseo para dis- 
frutar de la belleza de la tarde, y volveré en seguida. 

Inés partió; el Moro, satisfecho de la libertad que se le 
daba, emprendió una veloz carrera, y bien pronto Adela per- 
dió de vista á su prima. 

— Dios mió! haz que nada le suceda! — esclamó Adela di- 
rigiéndose á sus habitaciones. 

Volvamos á Inés. 

El caballo blanco, mas que correr, volaba; en un principio, 
Inés no se inquietó, pero cu ando quiso detenerlo y vió que 
sus fuerzas eran impotentes para ello, un fuerte estremeci- 
miento de terror recorrió todo su cuerpo, é instintivamente 
elevó al cielo sus ojos. 

La •carrera del -Moro fué al principio natural aunque de- 
masiado rápida, pero Inés no tardó én notar con espanto que 
su caballo corría desbocado, y se precipitaba fogoso, insen- 
sible de todo punto al freno, corriendo velozmente por la 
llanura, de un modo vertiginoso, sin rumbo ni dirección 
cierta. 

El sol ya se había ocultado, y los campos yacian envuel- 
tos en una semi03curidad. 

El Moro continuaba su desenfrenada carrera. 

Inés, fuertemente asida, imploraba la protección divina, 
transida de terror y desvanecida por aquella vertiginosa mar- 
cha. 




— 393 — 

De pronto, á no mucha distancia, los espantados ojos de 
la jóven descubrieron un horroroso precipicio, en cuya recta 
dirección se dirigía el desbocado Moro; Inés comprendió lo 
terrible de su situación, los ojos de su imaginación veían ya 
abierta á sus pies aquella terrible sima, donde iba á sepul- 
tarse para siempre... 

Sobrecogida de espanto, imploró de nuevo el auxilio de 
Dios y de su divina Madre, y cerrando los ojos perdió el 
conocimiento 



Cuando Inés volvió en sí, se encontró tendida en el cam- 
po y rodeada de una soledad espantosa. 

Era ya muy entrada la noche; pero una dulce y plácida 
claridad revestía todos los objetos de misteriosa belleza; la 
luna, esa arrogante sultana de la noche, era la única compa- 
ñía de la abandonada Inés. 

La desventurada jóven hablase salvado milagrosamente de 
uña muerte casi segura. 

En la veloz carrera del Moro, el largo vestido de Inés ha- 
bíase desgarrado en varias partes al rozarse con los añosos 
troncos de los árboles, en una de esas ocasiones, eu el mo- 
mento mas crítico, la larga cola de su vestido se enredó’ en el 
tronco de una vetusta encina, que yacía en tierra, demolida 
quizá por el hacha de los leñadores; aquello íué su salvación. 
Inés, vacilante en su silla, perdía en aquel instante el cono- 
cimiento, y arrastrada por aquel violento arranque, cayó al 
suelo sin ocasionarse ningún daño, mientras que el Moro, 
ciego en su carrera, siguió adelante, cayendo á poco en el 
horrendo precipicio. . . . 

Al volver en sí Inés, se estremeció y miró en torno suyo 
con pavoroso espanto; creía hallarse en el fondo del 
abismo! 

Convencida de su salvación, sus lábios modularon una ple- 
garia en acción de gracias, y trató de arrodillarse sobre la 
yerba, pero fúele imposible, hs fuerzas le faltaban, su cabeza 
ardía por una fiebre, cuya intensidad y grados aumentaban por 
instantes. 

La noche era hermosa pero sumamente calurosa, y muy 
pesada su atmósfera. 

La respiración de la jóven era cada vez mas dificultosa, sus 




' — m - 



lábios estaban secos y ardientes, un malestar absoluto embarga- 
ba sus fuerzas y su voluntad. 

Sordos gemidos se escapaban de su pecho, y sus labios solo 
pronunciaban estas palabras: 

— Me abraso! . . . me abraso! 

La fiebre le devoraba, y la atmósfera sofocante que se respira- 
ba agravaba de un modo rápido su situación. 

Las quejas se perdían en el silencio, único compañero ater- 
rador que lá rodeaba: se hallaba sola, á algunas leguas de Villal- 
villa, y nadie transitaba por aquellos solitarios campos. 

En vano clamaba £on quejidos de dolor pidiendo auxilio; la 
garganta seca, la respiración entrecortada y fatigosa le impedía 
hablar con claridad. 

— Agua. ...me abraso!... murmuró la infeliz. 

Para mayor tormento llegaba hasta ella distintamente el 
murmurio suave y cadencioso de un arroyuelo cercano. 

Inés, haciendo un esfuerzo poderoso, trató de ponerse en 
pié, logrando conseguirlo aunque con gran trabajo. Casi 
arrastrándose y deteniéndose á cada paso para exhalar hon- 
dos gemidos, empezó á caminar, pudiendo de esta manera 
avanzar un gran trecho . 

De pronto apercibió á pocos pasos, por entre el ramage de 
los árboles, un rayo de luz que salia del interior de una pe- 
queña choza. 

La infeliz Inés, cobrando fuerzas, llamó á voces pidiendo 
socorro. 

Un hombre apareció á la puerta de la choza' esclamando: 

-—Quién llama? .. .quién pide auxilio?... 

Inés solo pudo articular un gemido. 

El hbmbre, orientado por aquel acento de dolor, se enca- 
minó iectamenle hácia el donde se hallaba la pobre jo- 
ven. v 

— Que teneis señorita? estáis enferma? os habéis estra vía- 
do?- -resclamó aquel inclinándose sobre Inés que yacia en 
tierra. 

-—Socorredme por favor!...-— murmuró esta — Me llamo 
Inés del Alba y soy sobrina del conde... 

— Cómo?— repuso el hombre T de la choza cambiando su 
acento é inclinándose mas como para recpnócer á la joven — 
sois vos la Señorita Inés? Sois vos la sobrina cruel del 
Conde CastilloreaJ? Sois vos la que por una casualidad pro-' 




— 395 — 



videncial os halláis aquí, á mi' disposición?... Oh! destino iirl- 
penetrable! Cuando menos lo esperaba vengo á gozar de una 
venganza por tanto tiempo alimentada!... 

— Oh! perdón!... — esclamó Inés aterrada al reconocer á aquel 
hombre— tened compasión de mí... ved que estoy desampa- 
rada!... arrepentida de todos los m iles que he hecho! . ..La fiebre 
me devora... siento sed, una abrasadora sed que me destroza el 
pecho !... socorredme! socorredme! que Dios os lo recom- 
pensará! . .. 

— No! — dijo aquel, hombre cruel é insensible, gozándose 
con el martirio de i ts~ infeliz ¡oven — debeis’ sufrir y sufri- 
réis!. ..Dios os castiga porque sois mala e inhumana para to- 
dos, y jamas hacéis el bien como lo hace vuestra hueñis ? 4 
ma prima la señorita Adela!. . .Moriréis ahí, abandonada, co- 
mo abandonado quedé yo cuando por vuestra culpa fui des- 
pedido de casa de vuestro tio! . . .y por vuestra culpa es tam- 
bién la vida criminal que hoy llevo, pues debido á vos mé 
falta la protección del que pudo salvarme! . .. 

j\quel hombre fiero é inhumano, al decir estas : palabras * 
abandonó á la jóven, penetrando en su choza que tíerró por 
dentro. 

Inés, de rodillas, rompió en amargo llanto, ocultando el ros- 
tro entre sus manos. 

Una hora permaneció entregada á su hondo dolor. 

La pobre joven, sobrecogida de arrepentimiento', elevaba al 
cielo sus ojos esélamando con sincera espresion: 

— Perdón! . . . 

Y luego exhalando un gemido pidió de nuevo socorro, 
exclamando: 

— Piedad! . . .piedad! . . . 

Su voz era cada vez mas débil, y se estinguió en el espa- 
cio sin hallar ningún eco de conmiseración. 

En aquel terrible estado permaneció casi toda, la noche hasta 
cerca de la madrugada. 

En su imaginación calenturienta se reproducían todos cuan- 
tos males habia hecho en su vida y cuantas * desgracias había 
ocasionado coh sus crueles sentimientos. En vano trataba 
de apartar ue su mente aquellas ideas que tanto mal le ha- 
cían, estas persistían martirizándola cruelmente. 

-—Dios mió! — murmuró la <pobre jóven-^no me degeis 




— 396 — 



morir así!... Tened compasión de mí. bastante castigada es- 
toy ya. Señor!... 

— Ah!... — prosiguió Inés recordando el hombre de la cho- 
za — ha sido el brazo designado para mi castigo! Por mi cul- 
pa, sí, fué despedido de casa del conde.., juró entónces ven- 
garse de mí. ..nunca creí que este momento pudiera llegar... 
y, sin embargo, ha llegada!... Esc hombre há satisfecho sus 
ruines deseos, sus crueles instintos.. .mi vista ha hecho rena- 
cer en su pecht> el antiguo resentimiento... y se ha vengado!.. „ 
y con qué crueldad, Dios mió!., 

Aquel hombre era verdaderamente cruel é inhumano. Guia- 
do por sus instintos feroces no comprendía los nobles senti- 
mientos del alma que nos inducen siempre perdonar al caido 
y á. olvidar sus ofensas. 

La providencia, siempre justa, no dejó tampoco sin cas- 
tigo á aquel mal hombre. 

Seis meses mas tarde de lo ocurrido murió solo y aban- 
donado en medio del campo, devorado por los lobos que 
entónces infestaban los caminos, atacando á los viajeros. 

Volvamos á Inés. 

Habia conseguido alejarse un tanto, cuando le sobrevino 
un nuevo desmayo, aniquilada por sus padecimientos que se 
agravaban por momentos. 

Mientras tanto, la luz del alba teñía el campo de dorados 
tintes; fugitivas nubes surcaban el espacio rodeando al sol 
de celages tenues cual espumosos encajes de oro y grana... 

Las‘ adormecidas avecillas despertaban bulliciosas, y, ento- 
nando melodiosos cantos, abandonaban sus nidos para ten- 
der el vuelo por los espacios; las flores silvestres, sobrecarga- 
das de brillantes gotas de rodo, mecíanse blandamente al so- 
plo de la brisa matinal. 

Pasada la quiet-ud de la noche, la naturaleza tornaba á la 
vida despertando de su sueiw ante los rayos del sol vivi- 
ficante.- 

Inés seguia inmóvil. . . 

Un viajero, ginete en un robusto caballo, apareció por entre 
los árboles. 

Demostraba gran cansancio y mayor inquietud á madida 
que avanzaba hácia d precipicio. ... 




— 397 — J 



Cruzando el sitio donde la inerte joven yacía en tierra des- 
mayada, el viajero exhaló un grito al descubrirla, lanzándose 
hácia ella con febril agitación. 

Doblando una rodilla en tierra, con su diestra consultó el 
corazón de Inés. 

— Vive!. . . — esclamó con alegría — gracias Dios mió!. . . 
puedo llevar tan feliz noticia á la Señorita Adel'á! . . . Toda 
la noche en busca de esta pobre niña! cuanto habrá sufrido 
durante ella! . . 

El desconocido intentó hacer volver en sí á la inanimada 
joven, pero- sus esfuerzos fueron inútiles. 

Inés no volvía á Tuvida. 

Meditó aquel un buen instante y luego, cogiendo á la jo- 
ven en sus brazos, colocóla con gran cuidado y suavidad 
sobre el caballo . 

En aquel mismo instante oyóse claramente ésta canción en- 
tonada por una voz dulce y varonil. 

¿Quieres que te cante, bella señora, 

Por qué te llaman la Pecadora? 

Porque es tu frente 
Resplandeciente 

Como la aurora de la mañana, ’■ 

Que entre celajes de ópalo y grana 
El sol envía desde el Oriente. 

' Y en tus pupilas claras y hermosas 
Brilla serena la luz del día, 

Y tus miradas son tan sabrosas 
Como la esencia de la ambrosía. 

¿Cómo mirarte 
Sin adorarte 

Si de tus labios rojos y bellos 
Brota la esencia de los jazmines 
Si el oro puro de tus cabellos 
Tiene el perfume de los jardines, 

;Quién ve tu rostro, flor de las flores, 

Sin que á tus plantas muera de amores» 

<J Quién de tu barba mira el hoyuelo 
Y ve tus ojo^ de luz de cielo 
Y no te adora? 

Fiar de Bethania, luz de la aurora, 

¿Quién al mirarte no te desea, 

# Aunque te llamen la Pecadora 

Las envidiosas de Galilea? 

¿Quién no suspira cuando te nombra? 

¿Quién no te . busca tarde y. mañana, 




- 398 — 



Como del sauce la fresca sombra 
Busca en Egipto la carabana? 

¿Quien no codicia besar tu huella? 

¿Quién en tus ojos no deja el alma. 

Si eres hermosa como una estrella, 

Si eres esbelta como una palma? 

¿Quién no te adora? 

Flor de Bethania, luz de la aurora, 

¿Quien al mirarte no te desea, 

Aunque te llamen la Pecadora 
Las envidiosas de Galilea? (i) 

Cesóla voz por un momento, dejándose oir mas cercana con 
este segundo canto. 

j«Ay del que en el alma encierra 

Las cenizas de su amor! v 

jAy del que vive llevando 

La muerte en el corazonl 

jAy del que llora perdida 

La ventura que soñó! 

jAy del que su amor confia 

A una mujer sin amor! 

Porque para él ya no tiene- 
Ni rayos la luz del sol, 

Ni colores la campiña, 

Ni grato aroma la flor.» 

Al terminar el último verso apareció por entre los árbo- 
les un joven y hermoso cazador, que se detuvo sorprendido 
á la vista de la inanimada Inés y del desconocido que, 
junto á la joven, había permanecido inmóvil escuchando el 
canto de aquel, 

El joven cazador vestía elegantemente, llavando al hombro 

una escopeta. ^ 

— Necesitáis mi ayuda? — esclamó el joven vivamente diri- 
jiéndose al desconocido, viendo que este se disponía á par- 
tir después de haber colocado sobre el caballo á la desma- 
yada Inés. 

— No, joven, gracias! — se apresuró á contestar aquel em- 
prendiendo la marcha, no sin ántes saludar al joven cantor 
con una inclinación de cabeza . 

El cazador, cruzando sus brazos sobre el pecho, dirigió á 
Inés una mirada de interés y simpatía, permaneciendo inmó- 
vil, viéndola alejarse custodiada por su guardián. 

íi) « El Mártir déí Gpfgota » — Perez Escrich 




— 399 - 



Este se llamaba Antonio, ¡y era el padre de María del 
Pilar. 



Al cabo de una hora, próximamente, de una^ marcha len- 
ta, Antonio en compañía de la inanimada Inés, llegaban á la 
puerta del -palacio nevado. 

Disponíase ya aquel á anunciar su llegada, cuando se de- 
tuvo, al escuchar de nuevo el canto del cazador. 

Su voz fresca y varonil se dejaba oír á. corta distancia. 

Antonio escuchó. . . 

«Nací en la cumbre de una montaña, 

Vibrando el rayo devastador 
Crecí en el fondo de una cabaña, 

Y hoy que soy hombre, muero de anwor. 

Hijo del trueno me apellidaron, 

Que en noche horrible vine á nacer, 

Y unos bandidos alimentaron 

A la cuitada que me dió el sér. 

Mi pobre madre llora mis penas, 

Y cuando quiero calmar su mal, 

Dice llorando, que por mis venas 
Corre un torrente de sangre real. 

Mas si no sales á la ventana, 

Perla de Oriente, nítida flor, 

Junto á tus muros verás mañana 
Rota mi lira, muerto el cantor. 

El .canto fue estinguiéndose hasta. que cesó por comple- 
to. . . 

Antonia parecía escuchar todavía, tal .era el encanto de 
aquel acento dulce y varonil. 

¿Quién era el joven cazador? 

“ Vamos á decirlo en dos palabras. 

Llamábase Conrado, y poco hada que habitaba en aquellos 
parajes. 

Pertenecía á una digna familia, y erajtan noble como her- 
moso. 

Cazaba por placer, y debido á esto había- tenido ocasión 
aquella mañana de conocer á Inés; la bella imagen de la jóven 
había quedado grabada en su corazón. 

Alejábase Conrado meditabundo, con la mente fija en. el re- 
cuerdo de Inés, cuyo desmayo le entristecía sin haber por 
qué. 




— 400 



El jóven cazador parecía hallar en el canto un placer des-' 
conocido é infinitamente dulce. 

Con una entonación triste como un gemido, cantó: 

« — í Adonde vas, Darío mío? 

— Edna, á la guerra me voy, 

Que ya el ejército Persa 
En nuestras tierras entró. 

— No le vayas, no me dejes, 

'■ Telo pido por mi amor. 

Por los manes de mi madre, 

En el nombre de tu Dios. 

— De Gizet en las llanuras 
Ya sus tierras levantó 
Un ejercito estranjero 
Que mancilla .nuestro honor. 

Nada ; temas, Edna mia, 

Yo tornaré si me voy; 

Júpiter me da su apoyo, 

Minerva su protección. 

Edna llora, Dario parte, 

Y pasa un sol y otro sol, 

Y Edna su llanto no enjuga, 

Y Da'rio no torna, no. 

Desde entonces la doncella 
Busca en vano á su amador 
Por las orillas del Nilo, 

Por lo bosques de Nicot. 

Triste tiene la mirada, 

- Triste tiene el corazón, 

Triste su hermoso semblante, 

Triste el eco de su voz, 

Que repite ! Darío! ¡Dario! - 
Piensa que rríuriendo estoy. 

¡Torna prontol ¡torna pronto! 

Te lo pido por mi amor, 

Por los manes de mi madre, 

En el nombre detuDios! (1) 

Calló el jóven. 

Su voz perdióse en lontananza como un gemido vago, melan- 
cólico é infinitamente dulce. v 

Tornamos al palacio nevado. • 

Inés volvió en sí, y al recobrar el conocimiento hallóse 

(i) “El Mártir del Golgota“— Perez Escrich, 




— 401 — 



tendida en su lecho; á su cabecera estaba Adela, más .alia 
el conde, y Antonio en un ángulo opuesto del aposento. 

La joven dirigió en torno suyo una mirada de estrañeza, 
y profirió algunas palabras discordantes. 

— Inés! querida prima, — dijo Adela, inclinando su rubia 
cabeza sobre la déla enferma —estás ya en salvo en nuestra casa; 

no me conoces? — preguntó la condesita al notar la estraña 

mirada que le dirigia Inés. 

— No. . . — contestó con fatígala enferma — no te conozco.... 
serás un ángel acaso ?, . .si eso eres. . .bendito seas!. . .ven- 
drás á socorrerme! . 

— Inés! Inés! — dijo alarmada Adela — soy tu prima, soy 
Adela. 

— Adela!. . .quién la nombra?. . .ah! es el ángel... sí, haces 
bien en nombrarla, ella es buena. ..muy buena, un ángel. .. 
como tú... yo soy la mala. . . 

— Delira. . . — dijo el conde acercándose á su hija. 

— Oh! Dios, quién sabe cuánto habra sufrido, mientras no 
se le há encontrado! — esclamó Adela enjugando sus lá- 
grimas. 

— Antonio, — repuso el conde dirijiéndose al padre de 

María del Pilar — pronto, un médico! 

Antonio desapareció rápidamente á ejecutar la orden del 
Conde. 

El facultativo llegó en breve; recetó algunos medicamentos 
y se retiró, prescribiendo el mayor reposo para la enterma. 

La enfermedad siguió su curso lento y penoso, transcur- 
riendo muchos dias. 

Mas de un mes estuvo en cama Inés, luchando entre la 
vida y la muerte: aquella triuníó y la jóven pudo abando- 
nar, al fin, el lecho, curada de cuerpo y alma. 

El arrepentimiento de sus faltas era sincero y verdadero; 
y en aquella nueva faz de su existencia, la jóven se sen- 
tía tan feliz, que hallaba un placer en repetírselo- á cada ins- 
tante á su prima Adela. 

Esta, noble y Siempre buena, gozaba tanto con aquel cambio 
que no cesaba de dar gracias á Dios que le permitía disfrutar 
de tal ventura. 

La feliz transformación le Inés no era el solo acontecimiento 
que debía ocurrir entonces llenando de satifacioná todos; aquel se 
| uniría á otro no ménos grato, y no ménos grande, 




i- 402 — 



Conrado, que á la vista de Inés había sentido brotar en su 
corazón un sentimiento dulcísimo, inexplicable, buscaba siempre 
la ocasión de verla y de seguir sus pasos. 

Donde quiera que iba Inés, allí estaba Conrado: en la 
iglesia, en los paseos por el campo, bajo los balcones de su 
casa; siempre presente, siempre demostrando con sus miradas 
y con su actitud todo el fuego de su alma, todo el ardor de su 
pecho apasionado. 

Era una noche tibia y perfumada. 

I Adela é Inés, en el balcón del aposento de esta última, con 
las manos entrelazadas y la mirada perdida en el espacio, 
callaban como estaxiadas por la dulce quietud de la noche y 
los murmullos vagos é indefinibles que partían del bosque, como 
suaves cadencias palpitantes de amor. 

De ;pronto, el silencio f dé interrrumpido por una voz me- 
lancólica y apasionada que á corta distancia se dejó oir. 

— Escucha! — esclamó Inés emocionada. 

— Es Conrado! — murmuró Adela, estrechando la manos de 
su prima. 

El jóven cantó: 



«Yo soy el ruiseñor del bosque umbrio, 
Y á la pálida luz de las estrellas 
Exhala el pecho mió 
Dulcísimas querellas. 

Yo soy el colorín quevió su nido 
Del río santo en la feraz ribera; 

Mi canto es ün gemido 
Mi amor una quimera!» 



arpa 



— Contesta! — murmuró Adela al oido de su prima. 

Inés suspiró, y con voz melodiosa como el sonido de una 
cantó lo siguiente: ^ 



«Yo soy la pobre tórtola que errante 
En las rocas del Líbano se anida. 

¿Por qué queréis que cante 
Si tengo el alma herida?... 

Dejad que de su amor el pecho mío 
Viva muriendo en soledad dichosa; 

Sin sol y sin rocío, 

No pidáis perfumes á la rosal* * 

Cesó el canto y ámbas jóvenes se apartaron del balcón, 
dejando en pos de sí, para el apasionado Conrado, un re- 




— 403 — 



cuerdo vago, dulce é indefinible como el casto beso de la des- 
pedida. . . 



Inés fue la esposa de Conrado un mes después. 

Perdona lectora qye precipitemos los sucesos „tan repenti- 
namente! 

La brevedad de nuestro relato lo exije así. 

Aquel amor había nacido como premio á la virtud de Inés, 
merecedora de él por los méritos que la adornaban. 

Conrado, tipo caballeresco, lleno de nobles cualidades, supo 
hacer la felicidad"de Inés que desde aquel instante se con- 
sideró completamente feliz. 

Tenía ya su conciencia satisfecha, y sus buenas obras bor- 
rarían sus pasados errores. 



CAPITULO IV 






Volvamos á la venturosa morada de Antonio, padre de 
María del Pilar, la bella flor de aquel valle 

Junto á la choza se elevaba un frondoso tilo, como guar- 
dián de la modesta casa; sentada al pié de aque!, María, 

• distraída, jugueteaba con un ramo de florecillas, mientras 
dormía tendido á sus plantas el indolente Iris. 

La niña apoyaba sus pequeños piés sobre el cuerpo de 
Iris, ni mas ni menos como si éste fuera un cómodo ban- 
quillo, sin embargo, el perro dormía sin molestarle, al pare- 
cer, la posición de su jóven dueña. 

María con los párpados entornados, miraba con languidez 
todo cuanto le rodeaba, fijando su atención con preferencia 
en un enjambre de hormigas, que á pocos pasos de ella se afa- 
naban en transportar á íus madrigueras algunos granos 
de trigo, y era de ver cómo se ayudaban mutuamente 
. procurando alijerar cada una á su compañera de la pesada 
carga. 




— 404 — 



De cuando en cuando, María, atraída por el gorjeo de las 
avecillas, levantaba su cabeza para mirar hácia el corpulento 
tilo, en cuyo nudoso tronco construían su nido dos amantes 
pajarillos. amenizando su trabajo con cánticos de amor y 
entusiasmo; luego, cuando su atención se cansaba, la niña 
tornaba su mirada á una florecita azul, que gallardamente crecía á 
poca distancia, y se entretenía en ver dar vueltas en tomo 
de ella á una mariposa de vistosos colores; la florecita azul 
se mecía blandamente y parecía ir entreabriendo su cáliz para 
ofrecer á la bella mariposa un amoroso asilo. . . tentada estuvo 
la niña de cazarla mariposa, pero vinieron á su mente las palabras 
de su madre, que en otra ocasión le había dicho que era 
cruel é inhumano hacer mal á los inofensivos pajarillos é insec- 
tos, que ningún daño nos hacían. 

María apartó su vista de la florecilla azul y de la vistosa 
mariposa, temerosa, quizá, de faltar al mandato materno impul- 
sada por la tentación. 

Sus hermosos ojos vagaron distraídos, de las hormigas á 
las avecillas, de estas á la florecita azul y á la mariposa, yendo 
por último á fijarse en el arroyuelo próximo, cuyas plateadas 
ondas, corriendo una en pós de la otra, iban á confundirse á 
o lejos en una sola oleada. . . 

1 Vino á sacarle de sus distracciones su hermana Deolinda, 
que apareció á la puerta de la choza con un grueso libro en 
sus manos. 

Ya hemos dicho la gran semejanza de ambas hermanas, 
inútil es que describamos, pues, ála hermosa joven. 

Llevaba un traje idéntico al de María del Pilar; vestido 
color flor de romero, que tocaba el suelo, pero suficientemente 
corto por delante para dejar ver sus preciosos pies, calzados 
con unos zapatitos negros y fifias medias blancas con rayas 
rosa; una bata de lino blanco de manga corta hasta el codo, 
ciñendo su cuerpo un jubón escotado de tatetan color de rosa 
que dibujaba las formas de un busto adorable; plegado á su 
cintura pendía un pequeño delantal de lino blanco guarne- 
cido de puntillas de algodón. 

Deolinda, llevaba sus cabellos peinados como los de Ma- 
ría, dos gruesas trenzis, admirablemente largas, descansaban 
graciosamente sobre sus hombro?, completando aquel sencillo- 
pero delicioso tocado, unas florecidas blancas que se perdían 
entre las ondas de sús cabellos . 




— 405 — 



Al aparecer Deolinda con el libro, María se paso de 
pié sin cuidarse de que para ello pasaba por encima de 
Iris, y dando un pequeño salto se colgó del cuello de su 
hermana. 

Iris, mientras tanto, resentido con la niña, porque habia 
saltado sobre él fein prevenirle, ó quizá porque no habia es- 
tado en disposición de sentir sobre él el lijcrOv peso -de 
ella; dió un fuerte ladrido, sacudiendo después su cola en 
señal de enojo. 

María del Pilar se desprendió de los brazos de su herma- 
na, y acercándose á. Iris, dijo. 

— Qué le pasa á Vd. Señor ? 

Iris no se dignó contestar, y mohíno se alejó de la niña, 
yendo á echares á alguna distancia. 

— Hola! enojo tenemos? pues peor para tí, no te com- 
praré el collar que te ofrecí. . . 

— Un año hacía que María del Pilar ofrecía todos los 
dias un collar á su perro, pero como este nunca llegaba, 
Iris parecía no encontrar yaalhagó en aquella oferta que ja- 
más se cumplía. 

— Ah! con que no te importa tener ó no el collar? me- 
jor! pues tampoco te* enseñaré á leer ni á hacer prue- 
bas. . . 

— Vamos, María — dijo Deolinda — deja en paz á Iris! 

— Lo dejo en paz — replicó la niña acudiendo á su her- 
mana— pero has de contarme un cuento! 

— Un cuento! pues bien, sea; escucha, pero no hablo yo, 
sino Mr. Teófilo Gautier en su historia íntima de sus ani- 
males? 

« ¿Madama, Xcbfilo'a era una gata de pecho blanco, de 
hociquito rosado y ojos azules; así llamada porque vivía 
con nosotros en una intimidad conyugal, durmiendo al pié 
de nuestra cama, soñando sobre uno de los brazos de nues- 
tro sillón, miéntras escribíamos, bajando al jardín para 
acompañarnos en nuestras caminatas, asistiendo á nuestra co- 
midas y á veces embargando, de paso, el bocado que llevá- 
bamos del plato á la boca . 

Una vez, un amigo nuestro, que se ausentaba por algunos 
dias, nos confió su loro, para que lo cuidáramos miéntras 
durára su ausencia. Extrañando los lugares, el loro había 
trepado, con ayuda de su pico, á lo alto de su percha, y con 




— 406 — 



aire bastante azorado revolvía en torno sus ojos, parecidos á 
clavo de sillón, frunciendo las membranas blancas que le ser- 
vían de párpados. 

«Madama Teófilo no había visto un loro en ¿u vida, y es- 
te animal, nuevo para ella, le causaba una sorpresa eviden- 
te. Tan inmóvil como un gato enbalsamado de Egipto, dentro 
de su enredo de cintillas, consideraba el pájaro con mirada 
profunda, reuniendo todas las nociones de historia natural 
que hubiera podido recoger en sus escursiones por los teja- 
dos, los patios y el jardín. La sombra de sus pensamientos 
pasaba por sus cambiantes pupilas, y pudimos leer en ellas 
este resúmen de su exárnen: 

— «Decididamente, es un pollo verde.» 

«Adquirido este resultado, la gata saltó de la mesa de 
donde tenia establecido su observatorio y fue á acurrarse en un 
rincón de la pieza, de barriga en el suelo, los codos salien- 
tes, la cabeza baja, el resorte del lomo tendido, como la' 
pantera negra del cuadro de Geróme; espiando á las gacelas que 
van á apagar su sed en el lago. 

«El loro seguía con febril inquietud los movimientos 
de la gata: erizaba las plumas, hacía rechinar su cadena, le- 
vantaba una de sus patas, crispando los dedos, y afilaba el 
pico en la lata de su comedero. Su instinto le revelaba un 
enemigo meditando una mala partida. 

«En cuanto á los ojos de la gata, fijos sobre el pájaro con 
intensidad fascinadora, decían, en un lenguaje que el loro 
entendía muy bien y que no tenia nada de ambiguo: 

— «Aunque verde, ese pollo debe ser bueno para comer.» 

«Seguíamos esta escena con interes, prontos á intervenir si 

se hacía necesario. Madama^Teófilo se había acercado insensi- 
blemente: su nariz rosada se estremecía, medio cerraba los 
ojos y sacaba y guardaba sus garras contráctiles. Pequeños 
escalofríos corrían por su lomo, como un fino goloso que se 
preparaba á atacar á un faisan trufado; ella se deleitaba con 
la idea de la comida suculenta que iba á engullir; ese plato 
exótico halágaba su sensualidad. 

«De repente su lomo se redondeó como un arco que se 
estendiera, y un salto de un vigor elástico la hizo caer pre- 
cisamente sobre la percha. 

«El loro, que vió el peligro, con voz de bajo grave y 
profunda, como la de Mr. Prudhomme, esclamó: 




407 — 



— «Pobrecito el lorito!» 

«Esta írase causó un indescriptible espanto á la gata, que 
dio un salto atrás. Una sonata de trompas, un monton de 
platos que se estrellara contra el suelo, un pistoletazo dispa- 
rado en sus oídos, no hubiera causado ai animal felino un 
terror mas vertigonoso. Todas sus ideas ornitológicas caían 
por el suelo. 

— torito real, -por España y Eortugall» — continuaba el 
loro. 

«La fisonomía de la gata espresaba claramente: 

— «No es un pájaro, es un señor: habla!» 

— gustan todas en cjeneral , pero el torito me gasta mas,y> 
cantaba el pájaro con^estallidos de voz de aturdir, porque ha- 
bia comprendido que el espanto causado por su palabra era 
su mejor medio de defensa. La gata nos echó una mirada 44 
llena de intorrogaciones, y como nuestra repuesta no le sa- 
tisfacía, fue á meterse debajo de la cama, de donde fué im- 
posible sacarla en todo el dia. 

«Aquellos que no tienen la costumbre de vivir entre los 
animales, y que ven en ellos, como Descartes, unas simples 
máquinas, creerán, sin duda, que prestamos intenciones de nues- 
tra cosecha al volátil y al cuadrúpedo. No hemos* hecho 
mas que traducir fielmente sus ideas|en lenguage humano. 

«Al dia siguiente, Mme Teófilo, algo reconfortada, ensayó 
nueva tentativa, que fué rechazada del mismo modo. Se lo tuvo 
por dicho, aceptándo al pájaro por un hombre.» 

Aquí llegaba Deolinda cuando María del Pilar, que escu- 
chaba muy atenta riendo estrepitósamente de la escena d e 
lá gata y el loro, hizo una esclamacion. 

' -*^Madre! — esclamó corriendo al encuentro de Da. Mar- 
celina. 

Por el sendero que conducía á la casa se aproximaba la 
buena madre de María y de Deolinda, trayendo una cesta col- 
gada al brazo. 

— Óue me traes? — dijo María del Pilar. 

— Ya lo sabrás—repuso Da. Marcelina tomando asiento, 
fatigada del camino. 

— La señorita Adela, su padre y la señorita Inés? — pre- 
guntó Deolinda sentándose junto á su madre. 

— Buenos todos, hija mía; la condesita me he encargado 
que desea verte. 




— Mañana iré, madre mía, ¿no es verdad? » 

— Y yo también! — dijo prontamente María del Pilar. 

— Tú? y á qué, acaso te nesecitan á tí? 

La niña con la puntita de los dedos levantó la servilleta 
que cubria la cesta. 

— Oh! bollitos, tortas, fiuevos, queso y. . . 

— Sal de ahí! -dijo Doña Marcelina interrumpiendo á la 
niña en su investigación; luego dándole una torta, es- 
clamó: 

— Toma, eres peor que un mosquito. . .goloso! 

Maria del Pilar se sentó á los pies de su madre, empezan- 
do á comer la torta tranquilamente: Iris dormía . 

— ¡Qué dolor he esperimentado, Deolinda al encontrarme 
con Luis! 

— Donde madre? 

— Cerca del palacio nevado ; daba pena verlo; ¡quién di- 
ría que la horrible y degradante pasión del juego condu- 
ce á los hombres á tan lastimoso estado! ... pobres madces! 
pobres esposas! y pobres hijos!. . . 

— Y antes tan pulcro que era, tan bueno y honrado! 

— Sí, pero, el juego le ha perdido. . .y se halla espuesto á 
todo; porque el juego es la puerta por donde se penetra 
al teatro de todos los crímenes. ... 

— Dios lo ilumine. . .desgraciado! 

—Oh! querida Deolinda, dá gracias á Dios porque á tiempo 
pudiste, hija, apartarte de ese hombre. . .oh! y en todo a nues- 
tro ángel salvador es la condesita; si por ella no hubiera sido, 
tú ahora, mi pobre Deolinda, serías la esposa desgraciada de 
ese infelizr: . . 

— Oúizá, madre, yo hubiera^odido desviarlo de tan estravia- 
da senda. . . 

— No lo creas, Dolinda, ese árbol está torcido desde muy 
tierno, para que la fuerza de tú amor hubiera logrado ende- 
rezarlo! 

— Si es así, Dios habrá vel '.do por mi dicha. 

— Nq lo dudes, hija mía. El te ha apartado de tan fatal 
camino, bendícelo como yo al darle gracias infinitas por- 
que no te ha separado de mi lado para sufrir, como habrías 
sufrido á la par de ese hombre desgraciado: ¡ah! el juego, pasión 
afrentosa! ruina de tantas familias honradas . . . . ! 

Doña Marcelina guardó silencio después de estas palabras, 




— 409 — 



como reflexionando sobre las fatales consecuencias de esa ruin 
pasión que se llama juego. • 

Deoünda, silenciosa también, parecía embargada por iguales 
ideas. 

Doña Marcelina, salió de aquel mutismo momentáneo, y de- 
jando á un lado la cesta en que la prolija y generosa mano 
de la condesita había acumulado algunas golosinas hechas 
por ella, así como otras cosas que comprendía harían falta á 
la familia; tomó de manos de su hija Deolinda el libro que esta 
tenía. 

—Precisamente en estas páginas señálase el origen del 
juego y los majes ^ue trae consigo, escucha y verás que 
para el jugador no existe nada sagrado fuera del tapete ver- 
de. . . oh. Dios! ... y ese vicio tiene un origen tan remoto queV 
desde muchos siglos acá, viene esa pasión devastadora aprisio- 
nando víctimas, que son el bochornoso instrumento que ceba 
y aniquila tantas existencias! 

Doña Marcelina hojeó el libro que tenía en sus manos, y 
empezó á leer, con voz reposada, y espresiva lo siguiente: 

ií Gé&getfta (i) 

«Era el año 33 del nacimiento de Jesús. 

«Y érase el dia en que iba á cumplirse la mas grande de 
«las profecías:- 

«Una turba numerosa, desenfrenada, soez, una turba que 
«profería voces de muerte, se dirigía, desde el pretorio de 
«Jerusalen al lugar de las ejecuciones, llamado el Calvario, 
«ó sitio de las calaveras, monte escarpado, fuera de las puertas 
«de, Ja ciudad. 

«El sol brillaba en todo su esplendor en un cielo no empa- 
cado por la más ligera nube/ 

«La turba de los judíos se apresuraba para llegar á la 
«cima de la montaña, donde era contenida por una: doble 
«hilera de soldados romanos. 

«A la hora de tercia una estraña comitiva desfilaba delaate 
«de la cindadela llamada Antonia. 

«Marchaba al frente de alia, un oficial á caballo, cuya 
«vista estaba echada á perder hasta el punto de que dirigía 

(l) Manuel Angelón. 




— 410 — 



«su corcel poco menos que maquinalmente. Se llamaba 
«Longinos. * 

«En Seguida otros cuatro ginetes se abrían paso* con horta 
«dificultad entfe el gentío, que se esponía á ser atropellado por 
«los caballos á trueque de satisfacer -Su cürioádád;- 1 ' 

«En pos de los g metes, un pregonero iba léyénüo en -alta 
«vgz la sentencia, de un 'hombre,- lefetUra- qu^repíé^ ¿4 r volver 
«de cada -esquina, preludiándola c on u n toque'^ SíguS©, pr^lón- 
cgadOj lúgubre, de SU trOitipetá. - '-*/ 

«Luego venían muchos soldados custodiando á dos reós 
tfde muerte, Dimas y Gestas/ dqjs ladtones" condenados á mo- 
«rir en cruz. - • * . • ' - . **-.••• 

«Detrás de los dos bandidos y de los saydn^ de- áü :; cus* 
«todia, y precedidos, por un gallardo jó ven qué ^én-susJ'manoá 
«conducía un letrero escrito sobre" tabla de madera blanca, 
«que en habla samaritana, griega y latina, dejeía; 

/ 

Jesús Ji^areno, ; de los • ¿Judies- ' 

«marchaban otra porción dé soldados, más sánguinariós,' mas 
«feroces aun que sus compañeros. En medio de ellos cami- 
naba la Víctima expiatoria, regando el camino de su breve 
«vida con sangre, que,, al caer, borraba las huellas, de los pe* 
«cados del mundo. 

«En torno de Jesús la gritería era mucho más noeablé, la 
«muchedumbre mas compacta,* .el desenfreno mas visible; El 
«hijo de Dios sucumbía :á . menudo bajo el 1 péSt> -de la idéS- 
« mesurada cruz que habían . cargado 'sobré su¿ hombros, y 
«cada vez que le presentaban de nuevo él altar de aquél in- 
« comprensible, sublime, divinp holocausto, besaba cdri lamor á 
«mal pulido leño y levantina al cielo su. mirada :á través del 
«velo de sangre que la oscurecía. 

«Durante el camino hasta el Calvario, camino- que recorría 
«despacio . . . muy despacio . . .Jesús no encontró compasión 
«en hombre alguno: únicamente unas buenas mugéfés le mi- 
«rarpn con semblante triste y derramando llanto. 

«Al cabo de mucho tiempo, y después 1 de haber caído 
«cinco veces durante él camino, llegó el Redentor á la cüm- 
«bre del Calvario. •* < ^ • 

«El sitio de las ejecuciones estaba preparado de antemano 
«para recibir las tres cruces. 




— 411 — 



n%Lós judio* rodearon á su víctima, y dejando de ser sol- 
idados empezaron á ser verdugos. ! 

«Primero- libertaron á Jesús del pesado instrumento de su 
«muerte,: y en seguida, empezaron á desnudarle. 

«La primeta vestidura.de que le despojaron fue su manto, 
«hecho girones, enteramente por tantas manos infames como 
«se; posaron sobre la resignada victima 

«Tras el manto le fue quitado el blanco ropaje que Herode* 
«le hhbía hecho vestir en señal de befa. 

>LtiegO le despojaron de su túnica de un color rojo os- 
«cuto? : túnica sin. costura, tejida, según la tradición, por la 
«Madce del RedentSrí túnica que había empezado á vestir desde 
«sus primeros años y que se conservaba siempre nueva, 
«siem¡5re-sin mancha; túnica que había ensanchado ma*avilló- 
«$ain¿Bte su tamaño á. medida que se habían desarrollado las 
«formas del que la. vestía; túnica milagrosa, en fin, como 
«todps los; objetos; qtie se referían al Hombre de los mila- 
«grosí 

«Ultimamente le arrancaron el vestido interior, de lino 
«bUj£Q, r y tan. i cruelmente-; se; verificó :¿,esta, Operación, que al 
«tirasMd.; vestido pegado á . la piel, ensangrentada’ esta se 
«f^. con el; vestido. 

«Jesús apareció á los ojos de la muchedumbre feroz y es- 
«túf^iída: faserinos, epvuelto- simplemente en el cendal de 

«la Jn^eeaKia, ■; en. ¡ la-, .aureola de su divinidad . 

'•íY-íppco-jde^ueSiSe -tendió sóbrenla cruz como pudiera ha- 
tearlo en un lecho de nubes¿ 

• : «§c^natpn; ayunos .martillazos, cr.ugieron algunos huesos, 
«corrió nuevamente alguna sangre, y el cuerpo de la amorosa 
«\%^ma -fué ^enarbolado- en .el infame cadalso. 

«E^at^fices - redoblaron los ■_ insultos de los soldados, las 
«amenazas de los sacerdotes, las imprecaciones de los farb 
«seqs r Jqr¿nandq : un .conjunto infernal con las trompetas del 
«tstpplo que -anunciaban al puehlo-.de Jerusalen el inhumano 
«sacrificio. 

«De pronto, como si un poder sobrenatural hubiera puesto 
« un freno • á Jas insolesites turbas, enmudecieron las trompetas, 
«las imprecaciones, las amenazas y los insultos, sucediéndoles 
«v^n sjlencio .extraño, absoluto, cual si el mundo hubiera in~ 
«terrumpid© sus funciones para que no se. perdiera una. sol'a^ 
«letra de las palabras que iban á ser pronunciadas por unos 




— 412 — 



«lábios cárdenos, amargados últimamente con hiel y - vi- 
«nagre. 

«Aquel repentino silencio tenía algo de pavoroso: los per- 
«petradores del mas grande de los crímenes temieron oir su 
«sentencia por boca de Jesús. Agitó este sus lábios» y todos 
«se dispusieron para escachar palabras de esterminio y de 
«venganza, El silencio fue interrumpido por una voz dulce 
«y suave. 

«Y aquella voz de un hombre que, según espresion de su 
«propio juez, había perdido su forma humana á fuerza de 
«golpes y martirios, pronunció simplemente estas palabras, 
«acompañándolas con una mirada de compasión lanza- 
«da á sus verdugos: 

«¡perdonadles, Padre mió, -porque no salen lo que se hacen! . . . » 

«Prosiguieron los martirios, crueles como no los han 'in* 
«ventado nunca mayores la especie humana. 

«Mientras esto pasaba en la cima del Gólgotha, tenía lugar 
«una escena muy distinta en uno de los recodos de la morv* 
«taña. 

«Cuatro soldados, — cuatro sayones, — se habían apartado 
«del lugar de la muerte, llevándose consigo los despojos de la 
«Víctima expiatoria. La misteriosa túnica sin costuras llamó 
«su atención. 

«Cuatro miradas codiciosas se fijaron en aquella prenda, 
«hácia la cual se tendieron á un mismo tiempo cuatro manos. 

«La vestidura estuvo á punto de ser desgarrada, porque 
«ninguno quería renunciar á la presa. 

«Por un momento estuvieron los sayones á puntó de venir 
«á las míanos. 

«—¡Será del mas f uertd^excla marón á un tiempo, des- 
«nudando los aceros y disponiéndose á empezar una lucha 
«sangrienta. 

«Pero el menos espadachin de los cuatro metió su mano 
«dentro de una especie de zurrón de cuero, y después de ha- 
«ber revuelto su contenido, dijo*. 

« — Será del mas afortunado. 

«Y al mismo tiempo arrojó tres dados encima de la dis- 
«putada vestidura. 

«Los ojos de los cuatro sayones lanzaron un mismo rayo 
«de alegría: el demonio del juego había triunfado del demo- 
«nio de la sangre. 




— 413 — 



«Acto continuo se empeñó la partida. 

«De repente palideció el sol de una manera extraña, y una 
«sombra densa pareció descender del Calvario, envolviendo á 
«Jerusalen y al valle en que la ciudad se asentaba. 

«Los sayones de nada se .apercibieron: ten preocupados 
«les tenia la pasión del juego. 

«A los pocos momentos la tierra experimentó una ligera 
«sacudida, cual si la montaña diera síntomas de desplomarse. 
«Las gentes que en número inmenso poblaban el Calvario, 
«se apercibieron de aquella terrible oscilación, y empezaron 
«á huir despavoridas^, •• 

«Solamente ios jugadores permanecieron impasibles: para 
«ellos no existia otra impresión que la de los dados al rodar 
«sobre la preciosa túnica, ni mas ni menos que sobre un irgame 
«tapete verde. 

«Uno de los muchos hombres que descendían de la mon- 
«taña se detuvo junto á los sayones, y contemplando la ves 
«timenta, la reconoció por ser de Jesús. 

«Aquel hombre era Simón de Cirene, el que había com- 
«partido con el Señor el peso de la cruz sagrada. •• 

«Simón había podido contemplar de cerca á Jesús, y ha- 
«bía compadecido á su Madre. 

«— -Oid, dijo á los soldados con rústica ternura: en la cima 
«del monte y al pie de la cruz del Nazareno, hay una mu- 
«jer cuyo dolor se comunica á las mismas piedras. Esta mujer 
«es la madre del inofensivo joven que en estos momentos 
«exhala su último suspiro. ¿Comprendéis el dolor de María? 

«Tres de los sayones miraron á Simón con aire estúpido: 
«el cuarto dijo: 

— «Y bien. . . ¿que? . . . 

—«María, prosiguió el cirineo, no conserva objeto alguno 
«de la admirable pasión de su hijo; pues bien, en nombre 
«del mas puro y noble de los sentimientos, os pido para 
«María la túnica de Jesús. . . 

«Los cuatro sayones contemplaron á Simón con extrañeza, 
«y unánimes soltaron una carcajada. 

«En el mismo instante rugió el huracán, cual si el infierno 
«hiciera eco á aquella risa impía. 

— «¡Os lo pido en nombre de vuestras madres, los que las 
«tubiéreis! dijo el de Cirene. 

«Los dados rodaron otra vez sobre la túnica. 




— .414 — 

— «¡Os lo suplico en nombre de vuestras esposas! 

— «¿A qué viene hablarnos de nuestras esposas? murmuró 
«indiferente uno de los soldados. 

«Simón hizo un esfuerzo para dar á sus palabras toda la 
«espresion de ternura de que se sentía capaz, y para mayor 
«ablandar aquellas empedernidas almas, se postró de rodillas, 
« exclamando : 

— «¡Oslo imploro por la vida de vuestros hijos!!!. . . 

— «¿Que nos importan nuestros hijos, ni su vida tampoco? 
«contestó entre blasfemias un sayón que jugaba con des- 
«gracia. ¡ • 

«En aquel mismo punto, el sol se escondió entre nubes 
«y portentosamente brillaron en el cielo- la luna y las .es- 
«trejlás. “ ‘ *■. 

«El mundo estaba redimido, y el Hijo de Dios había es- 
«pirado. 

«Simón Cirene comprendió la significación de aquel des- 
«órden de la iiatúráteza, y . se le^añtó del ' suelo con altiva 
«dignidad. 

— «¡Anatema! ¡Anatema! dijo, sobre vosotros los hombres 
«sin corazón,* Hos hombres doihinados por ‘ él vicio, los hom- 
«brés degradados por el juégó . . /En vuestrá . desenfrenada 
«codicia no respetasteis ni aun los despojos, de vuestra Víc- 
«tima, y mientras el Justo moría bendiciéndoos, negasteis un 
«fácil consuelo á su aflij ida madre. Insensibles á las adverten- 
cias de la misma naturaleza/ habéis cérrádo los oídos del 
«corazón ál que os conjuraba én nombre .de vuestras madres, 
«de vuestras éspos as,' hasta de vuestros; hijos . . . 

«Los- sayones 1 ‘ empezaron á temblar, como si el cirineo 
«repitiese palabras dictadas^ su oido por la voz- de la tem- 
pestad. Al mismo tiempo se repitieron las oscilaciones del 
«Calvario, y se dejó oír 'á lós lejos.*' uri raido .inusitado, ex- 
«traño, que salía del interior de' la ciudad, donde las gentes 
«huían despávoridas, repitiéndose unas á otras, con terror, 
«que el velo del templo se había rasgado maravillosamente 
«por sí sólo. : 

«En medio de esta confusión de los elementos, prosiguió 
«Simón diciendo: 

— «Os halláis entregados al vicio más horrible que puede 
«apoderarse del corazón humano, y en vúéstrá ceguedad ha- 
chéis cometidoHa mas impía de las profanaciones. Pues bien, 




— 415 — 



«en castigo de ese crimen abominable pasareis vosotros, los 
«jugadores endurecidos, por lps siglos de los siglos, con el sello 
«de . la .reprobación impreso en vuestra frente. Las gentes 
«honradas transitarán por vuestro lado, volviendo con repug- 
«nancia la cabeza,, y os perseguirá <¡le , continuo .pon sus mal- 
ediciones el número siempre creciente de vuestras víctimas. 
«Fieras por la dureza de vuestros sentimientos, sereis causa 
«de . la muerte de . vuestros padres,, de. la . deshonra de 
«vuestras . esposas, de la desgracia . de vuestros hijos. Y 
«para mayor castigo, cuantos conversáren con. vosotros^ se 
«contaminarán con vuestro aliento; cuantos . se apoyáren en vo- 
« sotres, sucumbirán;: cuantos tuvieren f¿ en vosotros, mo- 
rirán de cuerpo ynje alma. , Azote de vuestras familias, en 
«todos. los .tiempos. $ereis plaga de la ^sociedad, qué un día os 
«arrojará de su seno por mano del verdugo^ y después de 
«los mas despreciados entre los despreciados de la tierra, 
«vuestra mano .se deshará como polvo á fuerza de golpear 
«inútilmente las doradas puertas del palacio de los justos; 
«porque el destino del jugador se halla, escrito, en los calci- 
nados muros dá .infierno. ¡Anatema sobre vosotros! . . .sobre 
«vosotros!. . .Anatema! ¡Anatema!!!. . . 

«Los cuatro sayones, permanecieron . un momento 'mudos y 
«temblorosos. Los dados cayeron de las manos de uno de 
«ellos, y por un movimiento común todos miraron el punto 
«del jugador.: 

— «¡Diez y ocho!.. .esclamó el afortunado. Y alzó del suelo 
«la vestidura, ínterin sus compañeros desahogaban el coraje 
«blasfemando. 

«En aquel mismo instante tuvo lugar el cataclismo del 
«mundo. 

«ti. Calvario quedó desierto en un momento. 

«En su cumbre se veian tres cruces con tres cadáveres, y 
«tres vivientes. 

«María, madre de Jesús, María Magdalena, y el joven 
«apóstol que el día anterior se había quedado dormido en el 
«seno de su Maestro. 

«Los sayones .de la túnica huyeron despavoridos. 

«El Cirineo descendió lentamente del monte, pronunciando 
«siempre la. terrible pafajbr a: 

— «¡Anatema!. . .¡Anatema!!. . . ¡Anatema!!! . . 




— 416 — 



Doña Marcelina suspendió aquí su lectura, y por largo 
rato ella y sus hijas guardaron un silencio absoluto. 

Aquellas líneas que acababa de leer, les habían impresionado, 
cosa que siempre’ sucedía cuando fijaban en ellas sus ojos. 
Sus almas sensibles y bellas sentíanse oprimidas de dolor al 
recordar en esas páginas el suplicio atroz del mas justo de 
los hombres. 

El sol se ocultaba ya tras, la montaña; ninguna nube en- 
turbiaba la limpidez del claro cielo, permitiendo admirarse 
en toda su inmensidad el 'bello y despejado horizonte teñido 
de dorados tintes. 

A lo lejos percibíase el balido de fa oveja, y el canto de 
los pastores que conducían los rebaños, las campanas de la 
pequeña capilla de la aldea lanzaban al espacio sus melancó-' 
jicos sones, acabando de trazar aquel sencillo y delicioso 
cuadro' de bellezas naturales, el ambiente suave y perfumado 
que se aspiraba. 

Los alegres íadridos de Iris, anunciaban la 'aproximación 
de alguna persona amiga. 

Por el sendero que conducía á la choza;, apareció Don An- 
tonio trayendo en sus manos un objeto envuelto enfre pa- 
peles. ; " 

María del Pilar y su perro se adelantaron á recibirlo. 

— Hola!-^-dijo el feliz padre— qué quiere mi pequeña? 

La niña' en vez de contestar, se ponía de puntillas para 
ver mejor lo que su padre traía, : pero su curiosidad se es- 
trellaba en el papel que cubría el objeto deseado. 

Don Antonio, imprimió dos ósculos de cariño en la fren- 
te de sus hijos, y seguido de todos penetró en el interior 
de la cabaña. 

Allí, tomó asiento; María Pilar á su lado rodeaba el 
cuello de su padre con su brazo izquierdo, mientras que con 
la otra mano libre acariciaba la cabeza de Iris. 

Doña Marcelina, y Deolinda disponían la mesa, pues ya era 
la hora de la cena. 

Don Antonio, empezó por desenvolver el paqilete con su- 
ma calma, hechando ojeadas disimuladas á María del Pilar, 
que impaciente 'se movía de un lado á otro, inclinándose 
sobre el misterioso envoltorio . . . 

Don Antonio sonreía, y parecía gozarse en prolongar la 
curiosidad que su hija manifestaba. 




— Has de saber — dijo mirando á la niña — que este es un 
regalo que te hace la Señorita Adela, para que tú á la vez 
quedes bien con alguien . . . 

Al decir estas palabras, el paquete quedó descubierto, y 
algo agradable vió la niña cuando dió un grito de alegría. 

Era un hermoso collar de bronce para Iris, en el cual se 
Ida, primorosamente grabado, el nombre del perro. '' 

María del Pilar, rieirte, gozosa, se aproximó á Iris con el 
raüaf, y sujetándolo al cuello de .este, esclamó: 

— Ya ves como no te engañaba; te ofrecí un collar y ya 
lo tienes'. /. 

— No — repuso Doa-^Antonio — no es tu ama, .Iris, quien 
te lo dá. sinó . . 

— * . . . - { * 

María 4el Pilar corrió hácia su padre, y poniendo su pe- 
queña mano sobre la bpca de aquel le dijo di oído: 

— No le digas eso, entónces se enfadará y. ya no me 
amará!. . . . 

Don Antonio besó con cariño aquellas manos que sentía 
sobre sus labios, yllamando á Iris le dijo: 

— Ya vfcs si es buena tu dueña, ha gastado sus ahorros 
...de palabras, en comprarte un collar! •>. 

Iris se aproximó al grupo que formaban padre é hija, pe- 
ro con una gravedad que hizo reir á María del Pilar. 

—'No te creía tan erguido! Valiente tiesura! Cúahdo yo 
me puse él collar que me regaló la Señorita Adela, no. . * 

— Saltaste tanto, — repuso su padre interrumpiéndola^ — que 
rompiste el broche que cerraba los hilos del coral; — quienes 
que té imite Iris? 

-No, ño quiero que rompa el collar; quiero enseñarle 
que no Sea tan orgulloso! 

Doña Marcelina* y Deolinda que presenciaban aquella es- 
cena sonriendo, pusieron fin á elh, diciendo que la cena 
estaba preparada. 







— 41 * — 



CAPITULO V, 

Virtud) y ©•Hdad 



A la mañana siguiente , 1 penetraba Deolinda, en el palacio 
^ Levado , acudiendo al llamado de Adela. 

La linda Condesita esperaba ya, y al apercibir á Deolin- 
da dió muestras de la mayor satisfacción. 

La escena que tuvo lugar entre ámbas, fué interesante 
pues Deolinda, al cabo de una hora, se despidió de Adela 
derramando lágrimas de alegría y de reconocimiento. 

Sigamos á Deolinda á su casa para enterarnos de lo ocur- 
rido entre ella y la noble condesita. 

Doña Marcelina, María del Pilar y su padre esperaban la 
vuelta de Deolinda con curiosidad. 

No tardó esta en llegar, y la espresion de su semblante 
dió á entender á toda la Familia de que algo interesante 
traía la jóven. 



Todos esperaron á que Deolinda hablara, pero esta, embar- 
gada por la mas viva emoción, no profirió ni una palabra. En- 
tregó á su padre un papel en un silencio tan elocuente 
como las mas espresivas frases. 

Don Antonio recorrió con la vista aquel papel, y exha- 
lando una esclamacion de alegría y reconocimiento cayó 
de rodillas diciendo con voz ahogada por la emoción. 



— ¡Bendita sea nuestra noble protectoral ¡gracias Dios mío 
por tant^ bondades! . . . * , 

Doña Marcelina recorrió con la vista el interesante papel 



que tanta j impresión había causado, y al leerlo elevó al 



cielo sus ojos, derramando dulces y silenciosas lágrimas. . . 



Deolinda también lloraba, y María del Pilar, sensible, co- 



mo tortolilla inocente, aunque agena á lo que ocurría, sentía 
su lindo rostro inundado en llanto, pero llanto de alegría 
que ella misma no se esplicaba, que brotaba de sus ojos co- 
mo el cristalino rocio que cae del cieío sobre el cáliz de 
las flores puras! 

El papel que Deolinda había entregado á su padre, er^¡ 




— 419 — 



un documento en toda regla, por el cual, la generosa Ade- 
la, donaba á Don Antonio una casita situada próxima al 
palacio - V¡f evado ¡ y dos leguas de campo, para que trabajara 
para sí, y labrase un porvenir para sus hijas. 

Se comprenderá la gratitud y regocijo de aquella fami- 
lia! . . „ 

Aquel día fue de fiesta en el hogar de D. Antonios 

Aquella felicidad era obra de Adela, de la virtuosa Adela, 
que muchas veces había sido el ángel tutelar de que Dios 
se servía para premiar la virtud y la honradez. . 

— Oh! Dios, cómo pagar tantos beneficios, tanta dicha? 
— decía Don Antonio. 

— Con nuestras ^bendiciones, con nuestra gratitud, rogando 
siempre por la felicidad de nuestros protectores. 

Doña Marcelina, al decir estas palabras, sentíase abrasada 
por el fuego de la gratitud, que tan justamente había des- 
pertado en ellos la noble y generosa acción de Adela. 

— Ya no tendrás, Antonio — dijo Doña Marcelina — que 
trabajar sin descanso; hoy, gracias á ella , podrás disir utar de 
mas solaz, y sembrar para que tus hijas recojan! 

—Sí, —repuso D. Antonio con firmeza — trabaje para ellas 
y Dios bendecirá nuestro hogar! 

María del Pilar, escuchaba todo aquello absorta, sin 
atreverse á hablar. 

Doña Marcelina fijó en ella sus miradas, y atrayendo jun- 
to á ú su cabeza, dijo: 

— Graba, María, en tu alma estas escenas del bien y de 
la virtud; y nunca olvides, hija queridh, el nombre de tus 
favorecedores; ruega por ellos, y complácete en bendecir- 
los; sé buena, María, é imita el buen corazón de la conde- 
na; si algún día tienes fortuna, no olvides cual fue el ci- 
miento de la tuya, y derrama á manos llenas las bondades 
de tu corazón; no olvides asi mismo, María, el castigo que 
tuvo la Señorita Inés por haber sido mala. Recuerda la es- 
cena del jardín, cuando la noble condesita recogió aquel le- 
proso, en su propia casa; la Sta. Inés, con repugnancia, dijo 
á su generosa prima: — En tu lugar me apartaría de ese hom- 
bre con horror! De mí no esperaría ni una gota de agua. . . 
aunque esta hubiera de salvarlo! 

¡Recuerda siempre, que el arrepentimiento ha devuelto á su 
alma la dicha perdida, y qne trata 'de borrar con sus bellas 




— 420 — 



Acciones, aquellas palabras ' que vertió con * tanta cruel- 
dad. Ahora disfruta una felicidad que nunca sintió y. que 
hoy bien merece. • . nunca olvides esto, hija mía, porque 
te servirá de saludable ejemplo, para que obres y pienses 
guiada siempre por los nobles impulsos del alma! 1 



CAPITULO VI 



doñea det oteto 



Don Antonio y , su familia, instalados en su nueva hiáfK 
sion, vivieron felices y contentos, teniendo aquel y su. esposa 
1^ dicha de casar mas adelante, á sus dos hijas con 
hórt&rés dignos de ellas por sus virtudes y honradez. 

En los nuevos hogares, bendecidos por la mano de Dios 1 , 
resplandecía la mas completa calma y la mas dulce felici- 
dad. 

Adela casó también, y el Todopoderoso premió su bonda- 
doso corazón y bella alma, deparándole la dicha más po- 
sitiva en este mundo: un hogar embellecido por el amor 
casto, y dorado por los rayos inmortales de la virtud' dél 
alma, 

. Adela vivió siempre rodeada de seres amantes y colmada 
de bendiciones — Su padre la acompañaba, y contemplaba al- 
borozado aquella alma virginal bañada en las fuentes inago- 
tables de todos los bienes^ que apagaba en ellas su sed de 
justicia, de pureza y de amor. 

Irles era también completamente feliz con el amor del no- 
ble esposó que Dios le habia destinado y con [el afeéto y 
consideración de todos. 

Completamente redimida, trasformada en otro ángel de 
cáridád y dulzura, imitó en todo á su noble prima, y ¿orno 
esta, tué feliz, porque fue buena; Dios abrió á tiémjpoTós 
ojos de su alma y trasformóla en un ser bello, noble y 
delicado. 

Ya no negaba su auxilio á los necesitados; y á igual de 




— 421 - 



Adela buscaba siempre con ahinco las almas sedientas de 
luz y de verdad, para guiarlas por la senda de la justicia. 

Su misión fue sublime, y con justicia distinguiéronla con 
el nombre de ángd providencial. 

La mano de Dios habia ungido su alma con celestes 
perfumes, con esencias divinas! 

Era feliz, ejercía la verdadera caridad, y en premio de 
sus nobles desvelos, recogía á manos llenas ardientes ben- 
diciones y dulces lágrimas de gratitud. 

Perlas de inestimable valor que orlaban su frente enno- 
blecida por la caridad! 



Fin del libro X 




LIBRO UNDÉCIMO 



REDIMIR AL CADTIVO 




REDIMIR AL CALÍlVO 



¿Qué corazón será aquél 
Que no lata impresionado 
Al mirar un desgraciado 
Gemir en una prisión? 

¿Quién será aquel que no tienda 
Cariñoso y compasivo 
Una limosna al cautivo 
Que demanda compasión?... 

[i Clara, íopez^* 



CAPITULO I. 



Latos do atesto. 



A gran distancia de B. en un ameno paraje, se alzaba ha- 
ce algunos años una hermosa casa de campo, cpnocida con 
el poético nombre de ías < 3\osas ) debiendo esto á los innume- 
rables rosales que poblaban sus extensos jardines. 

Los dueños de aquella agradable morada, poseedores de 
una regular fortuna, residían en el campo por placer, y casi 
podía decirse que se habían establecido en él definitivamen- 
te, pues ya hacía algunos años que no abandonaban su her- 
mosa mansión veraniega . 

Don Fernando, su esposa Doña Elvira y María Josefa, 
hija de estos, eran tres seres 'dignos y estimables. El pri- 
mero, que contaba cuarenta años ya cumplidos, era un hom- 
bre joven todavía, altamente simpático, de modales finos y 
aspecto reposado. Su esposa no tenía mas de treinta años, y 
unía á un bello conjunto, un interior lleno de virtudes. 

María Josefa, hija única de estos dos buenos esposos, fri- 
saba en los diez y ocho áños. 




— 426 — 



Esta hermosa nina era el encanto de la casa y la dicha de 
sus padres. 

Como el ave canora que alegra con sus cantos' y bulliciosos 
gorjeos la dorada jaula de su cautiverio, así ella endulzaba 
con sus caricias y alhagos la existencia de sus padres ama- 
dos. 

Rubia, de facciones finas, llenas de gracia, y de hermosos 
ojos azules, María Josefa ofrecía un conjunto admirable. 

Nada mas bello que aquella casta y gentil figura. 

La hermosa niña tenía reunidas en aquel paraje de su 
residencia . todas ías. afecciohes. mas caras de su corazón. 

A distancia; de una legua, escasa, en otra casa de campo, 
habitaba una,, apreciada .familia, amiga íntima de los propie- 
tarios de íds‘¿F[asas; 

Don Belisário: del.. Alba, su esposa Doña Angelina y sus 
dos hijos. Blanca y Arturo, formaban el total de los miem 
bros efe esta familia. < 

Don Belisario y su esposa eran ya de respetable edad, 
contando los jóvenes Arturo y Bfónca, veinte años esta y 
tres mas su hermano. 

Blanca era verdaderamente hermosa, 

Mediana talla, formas suaves y redondas, tez ligeramente 
morena y ojos negros; en fin, un conjunto perfecto] de sim- 
páticas bellezas. 

Arturo, tan hermoso como su hermana, unía á sus atrac- 
tivos físicos, una gracia varonil que .interesaba - á; t . profiera. 

vista.,.. ■ ,. : ; ... 

Era de gallarda figura, ,de tez! pálida y ojos-garzos^ 
rostro. adornado de fina y. corta patilla prestaba ;á - su dSso- 
n.omia un. nuevo, ,ra£go , de belleza / : ,.:c 

, Óesqt^os aunque á la lijera, nuestros personajes,:; crspetire* 
mo^ nuevamente que una íntima amistad unía . .á; la? dos, fa-. 
milias. - 

£n las tardes bellas y apacibles, Blanca y^Matíai Josefa» 
en , du}c,e plática, recorrían los alrededores^ disfrutando délesr! 
pjéñdido panorama q.ue la naturaleza les _brindaba,_engal añada- 
cpn jps, enqantps dq , la primavera , : ¿rsvcj; 

. . Apfqs de continuar nu estro , relator 49b%mo$ oonsbar¿ 
qué jya . amistad estrellas, dos ; taclias,, oí^céaiba ¿otro; 

e ?F ác V?J íqtjnjpoentjj? M^iosgfojy eHbM 

Un amor puro y tranquilo, copio Ipfe^lqor^íiñejaínBs maUt 




-427 — 



ftána, ágkafeá sus -alas': pertumáda's: sobre las juveniles', cabezas 
de aquellos dos seres fañ'- Venturosos .como' dignos> de :seir 

felicés/^YY ^r : " L: * ’ - c '. 

' iSr&lv'lcfesr- almas qué ~sé* h'ábfórí comprendido : y -.que debían 





^CAFÍ^Ó l\ 



^ c , c ...... ,Utt áte feJtfL . . •, ..... t ,. 

' : ® ' qui nce ~ de/j/efirero - f ue diá dé*fi ésta : pará áfribáS faifíiíia . 

Celebrábase el cumpleaños de María* Josefa ' y Artür ó , apro- 
vechando; ésta feliz circunstancia ’ ¿ fiábí a pedido*- su -máñcT ‘á-‘los 
pádrés^Se fa jovch. : *- f *‘ ‘ c ' * " 

De conformidad r con. ámbas familias, las bodas quedátfcrri- 
acordadas para' efe ‘allf un mé^ 'después* ' : / r y* : V" 

Con este motivp, y siendo, ef- último ano _ de sólterá’ de 
María 'Josefa, la" familia (fiesta se "disponía - a ' celebrar "una 
•pequeña fiesta, cuyo programa se reducía á- uná Comida -dé 
familia y-á : un píaseójá caballo,’ pbr el'' campo/ 

Dispuestas así las cosásY la Cabalgata Tué formada pqt Ma- 
ría Josefa, heroin^ de la fiesta, por Blanca- "y* AirtuVo/ 7 ^ por 
los^pádfes'dee^fds'y ‘de aquella / ; r v *‘ ^ 

El dia amaneció hermosísimo y los jóvenes, alegres jrcóñ-'* 
tentos con el paseo proyectado, esperaban disfrutar 7 'de : j'á ma- 
néf^mas 1 S^faíátrlé' fos^encVntÓs que* ofrecía * h : espléndida 
belleza del tiempo. : r :!l " ; :: : : r ' ’ * ' vi / f* ' : £ * - * ■*; * ; : ; 

Los padres cóntemphban con íntimi coñíplácééciá M'a ale- 
gfl&' dMíícióC íe : suá : hijos-' y /sus sonrientes' próyécfós. ' 

' ÍH^alnii ffrgen ' y : cáhdorb$a * de María Josefa,- flotaba 'en 
úiV muríió apárte, mundó r llenó dé encantos, inefables, qué su' 
imaginación soñadora revestía de dorados tintes. 

°'*D‘é : Áfturó ¿que' diremos? /'-/ r; • * \ v ' ’ v 
Cuando dos seres se comunican sus sentimientos'" con éí 
perfuriíóde süs almas, las impresiones que esperimeníait son 
tan grandes y tan íntimas, que no existe lenguaje humano 
que pueda interpretar los lamidos del corazón, describiendo 
las emociones del espíritu. . ' " 




La comitiva, compuesta de las dos familias, emprendió la 
marcha en medio de la alegría general. 

A retaguardia de los jóvenes, iban sus padres hablando de 
los incidentes ocurridos en la semana transcurrida, y del próximo 
enlate de la bella María Josefa. 

Blanca, siempre festiva, había tenido,, sin embargo, aquel día 
momentos de seriedad. Arturo y María Josefa no dejaron de 
notar su distracción estañándoles tanta preocupación. 

Tan pronto iba á la par de sus amigos, como se alejaba de 
ellos, pareciendo querer reconocer el terreno que atrave- 
saban. 

— Este debe ser el camino . . . — murmuró Blancá, sin que 
nadie la oyera. 

Cruzaban en aquel momento una pintorrea llanura, esmal- 
tada de mil floreabas de vistosos colores. 

Acorta distancia se distinguía una bella casa de campó, si- 
tuada sobre una elevación de terreno que dominaba la 
llanura 

— Quien vivirá allí? — preguntó María Josefa. 

— El solitario — esclamó Blanco . 

— El solitario! — murmuraron María Josefa y Arturo — y 
¿‘quién es ese personaje? 

— Poco se de él; — repuso Blanca — vive en compartía de Su 
hijo, un niño de quince á diez y seis años. 

- -Tú lo conoces? 

—Una sola vez lo he visto por casualidad, cruzaba por 
nuestra casa, 

— Es jó ven? 

— Tendrá treinta y cinco años; es aleman, según dicen, 
aunque habla con perfección nuestro idioma . 

— Es buen mozo? 

— Y mucho! figuraos, es de henposa presencia, tiene un rostre 
espresivo, su tez es pálida, sus ojos entre verdosos y azules, 
y sus cabellos de un color castaño claro muy her- 
moso . . . 

— Creo hermana mía, — repuso Arturo — que te has fijado 
mucho en el hermoso aleman. 

— -'Bah! quién no se fija con agrado en un buen mozo? 

— Pero, es casado? 

— No, viudo. 

• — También sabes eso! 




— 429 — 



—Nada tiene de estraño; su vida retirada despierta la 
curiosidad, y casi todos lós habitantes de estos parajes saben 
lo mismo que yo;— particular es que tú*lo ignores. 

—Yo también algo he oido hablar de ese hombre,— dijo 
María Josefa. 

— Ya lo ves! 

— Pues señor,— esclamó Arturo — ya tengo curiosidad tam- 
bién de conocer á ese misterioso personaje. 

— Creo que no tiene nada de misterioso, pues' no se oculta 
de la gente; vive sí retirado, y por esto, el nombre con que 
lo distinguen. 

— Podíamos aproximarnos á la casa, con cualquier pre- 
testo. 

— Nada mas fácil Arturo, pero no ahora, sino al regre- 
so . . . 

— Convenido! 

Pocos momentos después todos echaban de ménos á 
Blanca. 

Buscáronla sin hallarla y la inquietud se pintó en todos los 
semblantes. 

¿A donde había ido la jóvén? 

¿Por que se había apartado de su familia tan repentinamente, 
* Aprovechando el momento en que nadie la veía? 

La madre de Blanca, intranquila y llena de temores, así 
Como todos, determinaron no moverse de aquél sitio, esperan- 
do que Blanca reapareciera de un momento á otro. 

Mientras tanto, Arturo recorría los alrededores llamando á 
Blanca sin que nadie le contestára. 

Media hora trascurrida así, prolongándose la iñcertidumbre 
é intranquilidad de todos, cuando Blanca apareció sujetando 
su caballo al aproximarse á su familia y á sus ámigos. 

— Blanca, ¿de donde vienes? — preguntaron todos á una voz 
mientras la joven acariciaba á su caballo, que respiraba con 
fuerza fatigado al parecer por una larga carrera. 

— Permitidme, — contestó Blanca sonriendo —que no satis- 
faga vuestras preguntas en el acto; saldréis de vuestra curio- 
sidad si todos teneis la bondad de seguirme! 

Y sin esperar respuesta, Blanca impulsó su cab illo empren- 
diendo de nuevo la marcha. 

Todos la siguieron sin saber que pensar de tan ‘ ^struño 
suceso. 




~ Maña' Josefá-y'^Afíuró -puSferoftrüsuS ' caballos á la par del 
de' Blanca.' - v/. ».6Ü - r ^ . ¡ ■ • 

—Se podrá-saber ; jociif+é; señorita? ^preguntó' Ar- 
ttiró "á su 'liernfafía. on*. *'! -u ■ d ; rr r ; 



-No señor, no se puede saber! .Vh--' 

— Secretos tenemos? — De seguro que mi hermañita Ven su 
córtá éscursión' há-,éftcoñtradbV- éo tno rr en las e s c é n as 1 n óVeles cas, 
algún trovador disfrazádmete ^ásto’rl 1 — ***‘ *■, *.r-, c^.r. 

—El 'sólitarióV cuaí^ At tiídnt)S!^esB^Mó ~á süf- Vefr’Maria 
Josefa. v yrrMiívi :* * . 7 fí «T 

—No : acertáis;— repuso Blanca^ jmpasible — ¿eréis* qcte qeceá- 
taria dé "vuestra ‘ cmri'pa'ñía/Vi Iludiera" ‘hall ado urvtróvadór dis- 
frazado? que tontera! ^ la escena ^ entcinces^ .dejaría . d 
novelesca. " ** ‘ : ‘ r ‘ ñ ' í *‘ > 1: • ¡ ^ - 



— Tienes razón; — no hemos acertado; entonces habr^ des- 
cubierto ^alguna mii^. ¿ * Lq ,, b 

— justo, un filón de oro! 1 .--c|n 

. ,—tDevéras. JBianpa^ jep$ftCéfj tyjja tr £e^raf>s r .inraeqsani^te 
ricos? 1 ’ ' ’’ 

— Riquísimos,. . .es un tescu^guej t^ale caucho*^, r -, 

; - v ~ Ciar o r copao, . q U£ ; ! * i, ebmtts - - o vV* 

Y que ño $é*,ga^st^. N + r ¿?- ci-j oici A .“a?yi te c T r.'ri' **y" '.qd 
— EsQ 3 Í-.qué, nó^el acabfc .. j ' 

—No,, sabes Jo : .qug^ Wgga sq ^ , co n. r ,n^a)i¡:^^a 
espresion,— eLoro ba^ier-, na_-se,.pareco al querUí- ima- 
ginas, ... *-•: V'fbfní* ?r( ¿hzcztz orí: 11 A c~::r.t -í : 



— Cómo! pues deque hablas?i¿í2?r;:oo ?í - V r'-- ;v 'V! 

El filon de ; que jbz tehlór^st á r ;úúestr 0 - -propio;: cfíiras&h, 
nosotros . tendremos s que: ¿< 3 Sr,c hpmr . también' recibiremos, algo 
que vale' mas* qae* el- oros: ílara^beiríic ienes.de la. gratitud! . ; 1 i : 
>* ' — Que dices? v. :^pr.e^it^€m^á.-Ta trézccén gran sorpresa 
Marta Josefa -y Arturcr.í!=d=.o u? >t fdstei ;í -\r: 
— Nada, he dicho dcmásFido,;5e^ores-;curios os, —respondió 
Blanca— y es inútil' que '* 1 me -pr^áÜhtdS'fnras'.) - rffW‘ 

Arturo y ' María J ósefa 2 V: a R aró n-7* pefo 'de^péffósé en ell oS éí 
mas vivo deseo dé cónocer éíeBláhta.^ , 1 

Esta habla puesto Su cabfallo • áF^lópe" : y;' fodós imitafdn su 
ejemplo. ; ‘ 

v Ya habíáñ ^aváñzácfó Tfificfi'b ' 1 Camino, óüárido Blanca Trizo 
alto* r ' 




43i- — 

— llegado? — preguntar o tr- iodos eon interes. . 

— r Sí, seguid por aquí. : . 

■ Bliantá- penetró en un - estréeha. senderó, seguida de todos 
que no ^ sabían ya que ■ pénsa r - ; - - - - ... .- ; ..... l ■. . 

; ■ Détqví ero irse- ante u» : gt ü p*> décárb oles , ¿ imitando la. acción . 
dé" Blanca, desmontaban,-- al tñisma tiempo: -que entra Ja arboleda 
oíase- él ladrido de un pefror-*- ^ v¿.vq¿íw 

— Jente tenemós^--dij<> Arturo-^ por lcr: bajo,: dirigiéndose áv 
las- jó venes— i: dó'nde ; Ifey perro ^ hay -amo,' luego d. trovadoi* 
elcistd —'concluyó el- jÓvéri - áqüelh- arguráetitacion; lógica, .con: 
una sonrisa burlona dedicada á su hermana Blanca. 

Al descender una pequeña prófcii&efccra de ¿lelTdenav pudieron 
nú : éstrd¿ amigas • eón templar .¿üftrr^Oíios© ¿cuadra: ^ : v. 

A cdrtá -distancia ’Véfeeúina p¿qiréña:cli 02 a de mísero- aspec^. 
to, construida -bajó un árbol corpulento d :: . . :C 
: ' r A'- fe ''llegada*' 'dé'^Vifestró^oníiigds ^un^jarciana se adelantó 
a -'réciMrldsy ofrec i éhdó 1 ép rrfo -á&ieátdrruíi grueso:: -tronco de:: 
árbol, único asiento deque disponía la infeliz. 

" J A '-lá- j puerta- dcho . años* me- 
cía - en "sü§ faldas - á ufé peqiiéñuéío. derañ o: yimedio- apenas . . 

Blanca se había adelantado, y tomando en sus brazos al niño-, . 
qué' no ; opuso resistencia, -sentóse! en jet «tronco dek-Arb ot invi- 
tando á los suyos á que hicieran lo mismo. . ;.c ".ir ’ 

— He aquí mi secreto; esclan^B^qcaí dirigiéndose á: todos---- 
ayér* por . la meche/- 'eiv muestra í a sap:GÍ;^a3efeir:c á' ama . de* los 
peones : dél ;r éstablécMi^ntó te¿S£gr£¿errte:,>qne .habiéndose inter- 
nado mfr^l'^ónte-hábís^g paiáje'sáliiaFio casi nunca 

trkhsrfado,'- éíidohde tUVtK'tíft eucumtróp-que- impresiono ^ viva- o 
mente -su rudo corazón. . 

Movida por un interes y^utfi2)skfe^bim^Tiaíural/.;escuclié la 
relación de aquel hasta rentó ricex’;pude saber, qué: ex is- 

tia eri-éSté- pafajé urfe fóMÍlia:- desgmjciaday^abanéonada .de todo 
auxilio, y v erVúli- estado- T ró^a&e£;r^ de 

los indios, los cuales -hafefófr mc^díada partede su pobre choez, 
habiendo -cautivas- áhmismcy t i empb Jstí. lase 'i adres : de lái infeli- 
ces 'ériátúrá&- H qú^ aqui-cqeis^o^iir^^fe Remana, mayor- de- 
ettBs-. i». Yu!-< iobu o: íO/í 

Esta buena anciana, madre de la 

r:/ 

Sumidos en la consternación itofeérfey* 

j 'paskdo • '-Bftótftfeiitéfe •Qena^Sm^fe dftg&^ó^/lilkjfando 




— 432 — 



incesantemente á los queridos seres arrancados violentamente 
de su lado. 

Hoy de mañana determiné cerciorarme de la verdad de 
aquel relato que escuché de labios de uno de nuestros peones; 
por esto me aparté de vosotros deseando daros una sorpresa; 
hablé con esta anciana y ella tuvo la bondad de referirme 
todos sus dolores; después de estó volví en vuestra busca, 
y he aquí terminada mi narración y revelado mi secreto. 

Al terminar estas palabras, Blanca se aproximó á su her- 
mano, y presentándole el tierno niño que llevaba en brazos 
esclamó: 

— Arturo, este es mi trovador! 

El jó ven estrechó á su hermana contra su pecho, y deposi- 
tando un beso en su frente, le dijo con voz conmovida; 

— Dios te bendiga! 

— Todavía no,— «repuso la joven riendo — mi trovador es 
muy pequeño aun; tendrás que esperar Jpara echarnos la ben- 
dición! 

Los padres de los jóvenes se habían aproximado á la pobre 
anciana, y escuchaban de los lábios de esta la relación de sus 
desgracias. 

María Josefa acariciaba á la nieta de la anciana, hacién- 
dole mil preguntas. 

La niña dijo llamarse Jacinta. 

— Bello nombre! — esclamó Blanca — pero, Jacinta de qué? 

— Jacinta, nada más, —respondió la niña con timidez. 

— Lindo apellido! — dijo Blanca posando su mano sobre la 
cabeza de aquella — entónces, tu abuelita se llamará: abuelita 
nada mas ? 

—Blanca! — murmuró Doña Elvira. 

— Deja mamá; dá gusto oirla hablar! 

— Abuelita,— repuso la niña — se llama Rosario Campos, 

-—Ah! entonces tú te llamarás, Jácinta Campito, eh? 

—Sí señora- — respondió Jacinta sonriendo. 

Don Fernando, Don Belisario y sus esposas, impresiona- 
dos y verdaderamente condolidos, por las desventuras de la 
anciana Rosario, prometíanle todos sus esfuerzos para salvarle 
de aquella aflictiva situación. 

-—¡Ah, señores!—- murmuró la anciana— nunca^ilcanzarí amos 
á retribuiros vuestros servicios! 

—No piense Vd. en ello— repuso D. Belisario, — mi-amiga 




— 433 — 



Arenas y yo prometemos rescatar délos indios á su hija y á 
su nieta. . . 

— Gracias!... graciasl . . y el rostro de la anciana se bañó 

en lágrimas de gratitud. 

— Dice Vd. que hace dos meses que se llevaron sus hijas? 

— Sí, señor, dos meses! 

Tendríais la bondad de decirnos sus nombres? 

— Oh, sí! mi hija se llama Margarita de Lances, y mi nieta 
Enriqueta. 

— Confie Vd., señora, en la bondad de Dios, que sabrá devol- 
ver áVd. los amados seres que tanto llora. 

Todos se dispusieron á retirarse, no sin prometer ántes á la 
anciana volver pronto y enviar aquella misma tarde un criado 
que les llevára provisiones, ropas y otros recursos. 

Blanca entrego - su trovador á la abuelita, ofreciéndole llevarle 
un sombrero con pluma, un espadín y un laúd, para que 
ensayara las dulces trovas que debia cantarle en sü prókíma 
visita. 

La anciana Rosario sonreía á través de sus lágrimas, al escu- 
char á Blanca, agradeciendo, en nombre de su nieto las atenciones 
de la jóven.. 

Retiráronse nuestros amigos, seguidos de las bendiciones 
de la pobre vieja, que no cesaba de manifestar su grati- 
tud. 



CAPITULO III 



«©ttttPÍo, 



De regreso, bien pronto se hallaron los paseantes próxi- 
mos á la casa de campo del solitario . 

Los padres de los jóvenes, conociendo los deseos de es- 
tos, de acercarse á aquella casa que llamaba su atención, 
determinaron seguir su camino, dejando á Blanca, á María 
Josefa y á Arturo que salieran de su curiosidad. 

-Hay un sendero — esclamó Blanca — si no me equivoco, 
que cruza por medio del jardin situado ante la casa; comq 




— 434 — 



ese camino no es propiedad particular podemos atravesarlo 

— Ese camino, está próximo á la casa? 

— Tan cerca que cruzaremos delante de sus puertas, como 
que la casa está rodeada por el jardin. '* 

— En marcha, pues, conoceremos al hermoso aleman, si 
por casualidad se deja ver. 

Los jóvenes empezaron á subir una elevada cuesta, sobre 
la cual se destacaba la casa de campo del solitario . 

Habían moderado el paso de sus caballos y avanzaban len- 
tamente. 

La casa era sencilla y de un aspecto alegre; sin embargo, 
los jóvenes notaron con extrañeza que el jardin ofrecía un 
cuadro de devastación. 

Una mano de ñina parecía haberse ocupado en arrancar las 
plantas, pisoteando las flores que ántes se erguían hermosas 
y llenas de vida. 

El silencio en la casa era completo, diñase que estaba 
deshabitada, mas no era así. 

Junto á la verja del jardin se veía un hombre, que, re- 
costado contra ella, y apoyada su frente entre sus dos ma- 
nos, parecía sumido en graves y triste reflexiones. 

Arturo se inclinó hácia Blanca, murmurando. 

^-Pediré agua para vosotras; es el único medio de cono- 
cerlo, porque' debe ser el... 

Y alzando la voz esclamó: 

— Perdonad, ¿sois de la casa? 

El hombre que reflexionaba alzó la frente sorprendido, y 
mirando á nuestros amigos esclamó: 

— Que se os ofrece? 

— Dios mió! observa, — murmuró Blanca al oído de María 
Josefa — en su rostro se ven las huellas del llanto! 

Arturo había echado pié á tierra, y aproximándose al 
solitario, esclamó sorprendido:^ 

— Mis ojos me engañan, ó es que tengo la dicha de en- 
contrar á mi amigo León Alder... 

— Sí, Arturo, es tu amigo León! 

Los dos jóvenes se abrazaron estrechamente á la sorpren- 
dida vista de Blanca y María Josefa. 

Arturo presentó el jó ven á sus compañeras, diciéndoles: 

—Quién había de decirme que en el que todos lla^ 
fl?an el solitario 9 había de encontrar á un amigo? 




— 435 — 



León, pues ya sabemos su nombre, sonrió tristemente, 
esclamando: 

— Sí, en estas comarcas me llaman el solitario, porque 
huyo de la compañía de las gentes! 

— Y por qué eso, amigo mío? tú, ántes ta i alegre y es- 
pansivo, qué es lo que ahora te sucede? 

— Arturo, —esclamó Blanca — tus preguntas son por demas 
indiscretas. . . 

— No señorita — repuso León con dulzura — Arturo tiene de- 
recho á conocer mis dolores, nos hemos querido siempre, 
hemos sido condiscípulos, y hubo un tiempo en que éramos 
inseparables... 

— Sí, es la verdad, pero después de tu casamiento no 
nos volvimos á ver, te ausentaste del país... 

— Sí, viagé algún tiempo, y en ese trayecto perdí á mi 
esposa, al año de casado; para consuelo de aquella sentida 
pérdida quedóme entonces un hijo de pocos días, el ' 4 que 
hoy cuenta quince años. 

León se interrumpió, y una sombra de dolor oscureció su 
trente. 4 * 

Blanca no había exagerado al hacer el retrató del joven 
aleman. 

Era verdaderamente hermoso; de una belleza varonil gét* 
fectamente acentuada. Sin embargo, entre sus ¿ábellos de ún 
castaño claro, se veían algunas hebras de plata, y por su 
frente hermosa y despejada surcaba una línea formada por 
ei dolor, ' Sus ojos, de , un bellísimo tinte verdoso, tenían la 
espresion del sentimiento, traducido en la mirada. 

Hablaba con calma, ^en la inflexión de su voz presen- 
tíase la existencia de uiW alma enferma y amargada. 

— La existencia de vuestro hijo será vuestro mas dulce 
consuelo— murmuró Blanca. 

— Ah! así debía ser!... 

— Cómo? acaso;,... 

— Mi hijo, señorita, es la causa constante de mi amar- 
gura! 

—Que decís? .. 

— ¿Por qué no os he de hablar con confianza? mi alma 
necesita ,un desahogo, .sereis vosotros mis confidentes!. 

-^Hablad ! — murmuraron los jóvenes, rodeando á León 
con ínteres y cariño. 




— 436 — 



—Gracias! vuestro interes me reanima. Tengo un hijo, si, 
un hijo que adoro con el alma y por el que daría hasta la última 
gota de mi sangre, pero' ah! este mismo cariño es mi des- 
gracia, porque me hace débil y me quita las fuerzas para cor- 
regirle. 

Su carácter es indómito y su alma helada; es uqa tierna 
planta torcida, sin remedio! 

— Oh! no os desaniméis así, — esclamó Blanca juntando sus 
manos en actitud suplicante — vuestro hijo es jóven todavía y sus 
defectos serán plantas sin raíz, fácil, de arrancarlas. . . 

— Todo cuanto he hecho con este objeto ha sido sin re- 
sultado! — respondió León con desaliento — para daros una 
idea de sus sentimientos bastará que os refiera sus últimos 
hechos. 

Guillermo, — -así se llama mi hijo,— -es apasionado por la ca- 
za, su espíritu de destrucción se amolda perfectamente 4 es- 
ta clase^de diversión; todos los di as sale al campo con la 
escopeta al hombro, volviendo con el morral repleto de 
caza. 

Como recuerdo de mi esposa conservaba un hermoso rui- 
señor, que era mi delicia en los momentos de soledad; con 
su canto alegraba nuestro hogar, y sus primeros acentos se 
desde que el sol comenzaba á dorar las altas copas de 
los árboles, hasta que enviaba á la tierra sus últimos y va- 
cilantes reflejos. Su cuidado era para mí un consuelo, y ama- 
ba á mi ruiseñor como se puede amar á un amigo, com- 
pañero de nuestras penas y alegrías. Pues bien; mi des- 
graciado hijo decretó una mañana la muerte del ruiseñor; la 
pobre avecilla sirvió de blanco á tiros de su escopeta! 

De un solo golpe cortó su vida a™re y bulliciosa . . . 

A mis reproches, Guillermo contestó: 

— Querido padre, no laméntenla muerte del ruiseñor, os 
he librado de un estorbo; los pájaros para qué sirven? 

— Dios mió! que dureza de corazón ! ; — murmuró María Jo- 
sefa. 

—Fácil es suavizar un corazón tierno; es un niño! — 
clamó Blanca á su vez. 

— Ah! por desgracia un niño, con sentimientos malos, vi- 
ciosos! — repuse León pasando 4 inano por su frente. 

— Hace pocos días — prosiguió— el jóven Guillermo me 
ofreció un nuevo disgusto. Echó de casa á Marcela, 




— 437 — 



nuestra anciana servidora, porque la infeliz era enferma y 
no le servía tan presto como él deseaba. Ah! Marcela llo- 
ró hasta sentirse mala, y sus lamentos y sus quejas no bas- 
taron para ablandar el corazón de mi hijo. . . 

—Pero tú, — esclamó Arturo — ¿porqué no haces valer tu 
autoridad de padre? 

— Arturo, bien veo que mi cariño perjudica á Guillermo; 
no tengo tuerza para corregirlo, es tan engañador*! Cuando 
he llegado á reprenderlo con energía, se ha quejado que no 
le amo y clama por su madre, diciendo que yo le recha- 
zo! Ah! bien sabe el resultado de estas escenas; concluyo 
por perdonarlo y él me colma entonces de caricias. . . 

— Creo que las faltas de vuestro hijo, son mas bien 
motivadas por vuestra extremada condescendencia. 

— Sí, — repuso Arturo — á tu gran cariño puedes unir una 
energía conveniente; puedes corregirlo sin herir su amor pro- 
pio, sin ultrajarlo y sin agriar su carácter; para esto solo 
baáfc que emplees dulzura y nt> rigor, esto último lo echa- 
ría toc^ á perder, y corrigiéndole como amigo más que como 
padre ganarás un ciento por ciento en el corazón de tu hijo: 
que él se acostumbre á verte siempre justo é inalterable 
en cuanto á tu carácter, y á mostrar una bondad dulce v 
tranquila que no descienda, sin embargo, á una lamentable 
bilidad. Tu ejemplo concluirá por redimir á tu hijo. 

— Ayer— prosiguió León,— el primer 'cuadro que se ofre- 
ció á mi vista por la mañana, fué el jardin devastado, des- 
trozadas las plantas, arrancadas de su sitio y esparcidas 
por todos lados. Mi'hijo se rió de mi consternación; escla- 
méftido: 

— Las flores para qué sirven? ya no tendréis el trabajo de 
regarlas y de cuidarlas? No os he proporcionado un pla- 
cer? 

— Guillermo — esclamé — -hasta cuándo te^gozarás en mor- 
tificarme? 

— Padre mío, son tan feas las plantas! ocupan tanto lu- 
gar! oh! desde hoy les haré eterna guerra! 

— Y si yo te mando que no lo hagas? 

— Sí tú me mandas. . .no lo haré. . . 

— Eso os contestó?- — esclamó Blanca interrumpiendo á 
L«on. 

— Sí, siempre contesta así, pero luego hace su voluntad. . 




— -138 — 



— Pero nó os responde con altanería — repuso Blanca —y 
esto me hace pensar que su alma es fácil de redimir y de 
rescatarla de las redes del mal, cuyo germen parece existir 
y empezar á desarrollarse. 

— Sí, — agregó Arturo — un buen ejemplo y una mano 
firme y suave puede salvarlo, pero tú, León, no podrás hacer 
esto porque el inmenso amor que profesas á Guillermo será 
la perdición de este! 

— Oh! no digas eso! 

— Escuchad, — esclamó Blanca aproximándose á León — 
¿hacia qué lado va vuestro hijo á cazar todos los dias? 

— Hácia el paraje denominado las 3{ocas. 

— Las 3{ocas}, cerca de casa es; pues bien, yo voy á in- 
terponerme en el camino de vuestro Guillermo, y con auxilio de 
Dios, quizá mi corazón de mujer pueda operar un cambio ala- 
güeño en el alma de vuestro hijo. . . 

— Qué decís! — esclamó León cogiendo las manos de la 
jó ven y estrechándolas con espresion — sereis tan buena ^ue 
os convirtáis en salvadora de mi Guillermo? oh! Blanca . . . 
perdonad que ya os llame así, os deberé entónces nfes que 
la vida! 

—Si León, — repuso Blanca aceptando aquel lenguaje fa- 
. qpiliar y cariñoso — tengo la seguridad de conseguir mucho de 
niís pocos esfuerzos; Guillermo os ama, esto es lo principal, 
luego, si su corazón es capaz de amar, fácilmente se podrá 
operar en él un cambio de sentimientos que haga su ventura 
y también la vuestra. 

— Escuchad. . . — murmuró León, llevando el índice á los 
lábios en señal de silencio — mi hijo se aproxima. . . $ 

Una voz fresca y juvenil se dejaba oir á alguna distan- 
cia entonando la siguiente estrofa: 

«Tierna como la^endecha de un amante 
Bella como la luz de la alborada 
Pura como los tiernos pichoncitos 
Como la luna pálida 
Tenue como una lágrima 
Así la dicha es y huye veloz 
Cual después de besarnos una ráfaga». . . .(i) 

. Cesó el canto, y León sacudiendo la cabeza murmuró: 

(1) Adela CaStell. 




— 439 — 

— Canta como máquina. . .ah! no siente lo que dice! 

— Estáis equivocado, su acento es sentimental y parece 
revelar, alguna emoción. 

— Es un niño! • 

— Callad, voy á contestarle! 

Blanca, respondiendo á la estrofa cantada por Guillermo, 
entonó con dulcísima voz: 

«Grande como la inmensidad de los espacios 
Oscura cual la caverna solitaria 
Triste como el nidito sin la madre 
Como una lápida 
Sin flores, ni plegaria 
Así, perenne, eterna, aterradora 
Es la sombra fatal de la desgracia!» (i) 

Por el opuesto sendero apareció Guillermo con su esco- 
peta al hombro, dirigiendo hácia la casa curiosas miradas, 

^-Disimulad, — murmuró Blanca rápidamente al oido de 
los tres jóvenes — que él no sospeche lo que hablábamos. 

Gui^rmo se aproximaba rápidamente. 

A poca distancia se detuvo, apoyándose en su escopeta como 
fatigado. 

Nada mas hermoso que aquel niño de quince años, tan 
desarrollado que representaba diez y ocho bien cumplidos. • 

Su rostro era altivo y risueño, su tez pálida y sus ojos 
negros é inquietos; sus cabellos, casi negros también, eran on- 
dulados, llevándolos echados hácia atrás con graciosa negli- 
gencia; su nariz era fina y delicada, y su boca, de un tá- 
nico regular, ostentaba la frescura risueña de la juventud, 
una sonrisa casi burlona jugueteaba de continuo en sus lá- 
bios. Su estatura desarrollada, la gentileza de su bella figura 
y lo dulce y reposado de sus movimientos hacían de él un 
adorable adolescente, un jovencito de físico tan encantador como 
uno de esos delicados tipos de la Edad Media, época caba- 
lleresca de hermosos y apasionados donceles. 

Vestía Guillermo un precioso traje oscuro, de forma ele- 
gante y lujosa. 

Blanca, Arturo y María Josefa contémpláron al jó ven con 
marcado interes y creciente sorpresa. 



(1) Adela Castell. 




— 440 — 



— Guillermo, acercaos — esclamó León, dirigiéndose á su 
hijo. 

El joven se adelantó saludando á los presentes con des- 
embarazo y soltura, al mismo tiempo que rodeaba con sus 
brazos el cuello de su padre, imprimiendo un cariñoso beso 
en cada una de sus mejillas. 

León dirigió á sus amigos una mirada de inteligencia. 

— Querido Guillermo — esclamó dirigiéndose á su hijo' — 
tengo el gusto de presentarte á estos buenos amigos, vecinos 
nuestros. 

El jóven se inclinó de nuevo, estrechando con franca es- 
presion las manos que aquellos le tendían. 

— Sí, — esclamó Blanca— somos vuestros vecinos, y recla- 
mo también de vos el título de amigo. 

— Nuestros vecinos y amigos? — repuso el jóven con gra- 
vedad — ignoraba tanta dicha! N 

— Ah! — murmuró Blanca — sois galante? 

— Nb tal, digo la verdad; .¿no es cierto padre mió? 

— Sí, Guillermo, tienes razón, es una dicha la de tener 
buenos amigos! ^ 

— Ah! vuestro hijo tendrá tantos! — esclamó Blanca. 

— Perdonad. . .¿cómo os llamáis? 

— Blanca. 

— Pues bien, Blanca, no tengo mas amigo que mi padre, 

— Entonces, Guillermo, yo tambiemquiero ser vuestra ami- 
ga, pero íntima, como hermana! 

Guillermo sonrió, y aproximándose á Blanca imprimió rá- 
pidamente un beso en la frente de la jóven, esclamando: 

— Acepto! m 

f Blanca, sorprendida de aquella manifestación, se sonrojó, 
consultando con la mirada á León. 

Este respondió con otra mirada tan dulcemente espresiva, 
que la* jóven doblemente confia inclinó la vista al suelo. 

— Blanca, — murmuró León aproximándose á e*ta, y ha- 
blando como para que nadie le / excuchara excepto ella — mi 
vida será vuestra, porque me devolvereis la perdida calma! 

— Dios mío! — repuso la jóven en el mismo tono — mis es- 
fuerzos quizá 6ean vanos! 

— No, el primer paso está dado; lo que acaba de hacer 
Guillermo no es natural, lo habéis conquistado al monaeii- 
to, vuestra dulce influencia ya se ha sentido! 




— 441 — 



León contempló á Blanca con arrobamiento, sin acertar á 
espresar lo que sentía en su pecho en aquel instante. 

Blanca conmovida desvió la mirada sin saber espticarse tam- 
poco lo que sentía. * 

Nuestros jóvenes se despidieron de León y de Guillermo, 
prometiéndose verse muy á menudo. 

v Leon y Guillermo permanecieron sobre una elevada roca 
hasta ver desaparecer á sus amigos, que se despedían desde 
léjos agitando sus pañuelos. 

Blanca caminaba á la par de María Josefa , y de Arturo, 
guardando silencio, miéntras que estos comentaban lo ocurri- 
do, haciendo mil congeturas sobre Guillermo, pareciéndoles 
extraño que bajo un físico tan seductor se ocultara la durea 
de un mal corazón. 

— Ese hermoscT~niño, bien dirijido será uña gran cosa — 
dijo María Josefa. 

— Sí, tiene en su mirada un fuego misterioso; al lado de su 
padre ofrece un gran contraste: este es dulce y tierno como 
el corazón de un niño, y aqnel es fuerte y enérgico como un 
hombrt* avezado á las luchas de la vida: uno es la tarde apa- 
cible, y el otro la noche tempestuosa. 

Blanca callaba; su mirada vagaba sin objeto, reflejándose 
en ella la chispa de un deseo sin forma, el anhelo de una 
alma sin amores. 



CAPITULO IV. 



ctot hogar 



-v 



Era una noche lóbrega. 

Una densa oscuridad envolvía los objetos, hasta el punto 
de no distinguirlos á dos pasos de distancia. 

Las sombras, que parecen aliadas naturales del crimen, son 
el sudario m imponente de la tierra, en las noches tenebrosas, 
en que la tempestad rasga con estrépito ese manto fatídico, 
precursor de grandes males y de grandes desastres, precipitando 




— 442 — 



ardiente y abrasador el rayo matador que la divina cólera des- 
carga sobre la tierra estremecida. 

La noche á que nos referimos, era lóbrega é imponente. 

Pór intervalos oíase el eco de lejanos truenos, que como 
monstruos gigantescos parecían preparar sus fuerzas para lan- 
zarse sobre sus víctimas. 

Cárdenos relámpagos rasgaban el negro manto de los 
cielos. 

Un frió y penetrante viento sud-oeste soplaba con fuerza, 
haciendo gemir las ramas de los árboles. 

La luz vivísima de los relámpagos iluminaba de vez en 
cuando el silencioso campamento de una tribu de indios. 

Una profunda quietud reinaba en las tolderías. 

Diseminados aquí y allá, multitud de indios de todas 
edades y sexos, dormían sin cuidarse déla intemperie; veíanse 
toldos improvisados, que algunos indios, mas previsores, for- 
maban para resguardarse de las lluvias y fuertes heladas, 
mientras otros soportaban las inclemencias del tiempo sin 
preocuparse al parecer de ellas; solo las mujeres anidaban 
de *sus hijos, cubriéndoles con sus cuerpos cuando la lluvia 
caía sobre ellos. 

Bajo uno de aquellos techos improvisados fingían dorirúr 
dos infelices cautivas. 

— Mamá, — dijo una de estas, con tan bajo acento como el 
murmullo de la mas leve brisa-— mamá, duermes? . . .' 

— No hija mía! — contestó en el mismo tono la madre. 

— Ah! tengo frió y miedo, madre mía! — murmuró la pri-. 
mera con voz temblorosa. ~ * 

¡ — Ven Enriqueta, ven hija mía, acércate á mí’ — repuso la 
madre de Enripueta, con espresion de dolor y* de infinita 
ternura. 

— *Oh! que noche! . . . qué^narán á estas horas abuelita, 
Jacinta y el niño? 

— Pobre madre mía! desgraciados hijos de mi alma!— mur- 
muró la desventurada madre, entre ahogados sollozos. 

—Ah! — continuó la niña — y mañana adonde nos llevarán? 

—Dios mió! — esclamó la madre— hasta hoy hemos tenido 
el consuelo, en medio de nuestra desgracia, de estar juntas, pero 
mañana. 

—Virgen santa! — esclamó la joven estrechándose contra su 




— 443 



madre-^yo me moriré, mamita de mi corazón, si me sepa-, 
ran de tí! . . . 

Los sollozos le impidieron hablar. 

— Confiemos en Dios, hija querida, — murmuró la madre 
bañada en lágrimas — elevemos al Todopoderoso nuestras 
oraciones en demanda de protección! 

— Sí, sí, recemos mucho, madre mía, con todo el fervor 
de nuestra alma, y seremos oidas ... ah! quién sabe si des- 
pués de tanto sufrir, al volver á nuestro hogar ya no existen 
la abuelita y mis queridos hermanitos! 

— Ohí Dios no lo permití! . . esperemos que algunos de 
esos bueuos y generosos seres, que por felicidad existen en 
el mundo, rompan las duras cadenas de la esclavitud que con 
tanto rigor pesan^obre nosotros! 

— Dios te oiga, madre mía. 

En aquel instante las nubes que cubrían el espacio,' y, se 
deshicieron en torrentes de agua, empezando á caer esta, 
acompañada de abundante granizo. 

La situación de las infelices cautivas no. podía ser mas 
terrible. 

Después de largo intervalo, la lluvia empezó á calmar. 

La madre de Enriqueta se incorporó, é inclinándose sobre 
su hija, dijo con voz queda: 

— La noche puede favorecer nuestra fuga... 

— Ay! mamá ... y si nos ven? . . . 

—Es necesario aventurarse, hija mía. . . mañana quién sabe 
lo que será de nosotras! 

La niña temblando, murmuró: 

—Virgen santa! 

— Dos meses de cautiverio, separada de mis hijitos, de mi 
madre, y viendo sufrir á mi Enriqueta . . oh! valor, Dios mió! 
intentemos la fuga, vos velarais por nosotras! 

Las dos cautivas deslizáronse fuera del sitio que les servía 
de abrigo, y casi arrastrándose caminaron algún trecho, dete- 
niéndose para cobrar aliento y fuerza, volviendo á emprender 
de nuevo la marcha. 

De repente se oyó un grito estridente, salvaje, particular, 
que detuvo á las cautivas, heladas de espanto, sin # atreverse 
á avanzar ni á retroceder. 

A la luz de un vivísimo relámpago, los indios de guardia 
habían visto deslizarse dos sombras, cual dos fantasmas, que 




— 444 — 



Se alejaban con misteriosa precaución; creyeron fuera una ilu- 
sión de sus sentidos, más un segundo relámpago les mostró 
la verdad de lo que ocurría. 

Después del grito de alarma, un indio dando, un formida- 
ble salto cayó de pié junto, á las aterradas é infelices cau- 
tivas. 

Todo el campamento se puso en movimiento, averiguando 
con ansiedad la causa de tanto sobresalto. 

Conocido el motivo, los indios descargaron su furor sobre 
las desventuradas cautivas, que estrechamente abrazadas exha- 
laban gemidos de dolor. 

Dieron principia á sus crueldades, separando . á Enriqueta 
de los brazos de su madre, y atando á ámbas, con fuertes Ib 
gaduras, á dos gruesos troncos de árbol, sujetáronlas al rudo 
castigo del látigo, azotando sus cuerpos enfermos y delicados. 

— [No castiguéis á mi hija!— esclimó la madre entre gemi- 
dos-todos los golpes que ella tenga que recibir, dádmelos 
á mí! . . . 

— No! — gritó Enriqueta delirante — á ella no, respetadla, 
salvajes! yo soy joven y fuerte, castigadme á mi sola!. 

Lejos de enternecerles aquellos climores, los indios redo- 
blaban su furor y descargaban sus látigos sobre las espaldas 
de fas cautivas, acompañando los golpes con horribles sarcas- 
mos y buslas sangrientas. 

Enriqueta y su madre cayeron al fin por tierra, desmaya- 
dafc de dolor. 

Los salvajes suspendieron entónces su villana tarea, entre- 
gando las cautivas á las indias, para que estas se encargaran 
de curar sus heridas. 

. Este cuidado tenía su objeto: espadaban sacar de ellas un par- 
tido ventajoso, negociando sus vidas. 

El <iía empezó á aclarar. ^ 

Enriqueta y su madre gracias á los cuidados de las indias, 
sentíanse aliviadas, aunque el dolor de sus heridas les irúpe-, 
dían tenerse en pié. 

Las tolderías se hallaban situadas al pié de una barranca, 
y en lo mas elevado de eita, había sentado su tienda el 
Cacique de aquella tribu. 

De aquel paraje descendió un salvaje de aspecto repug- 
nante, de músculos fuertes como el hierro, de miembros 
elásticos como el tigre, de rostro feroz, tez cobriza, frente 




* — 445 — 



angóste, nariz ancha y dilatada, labios gruesos y dientes 
grandes y amarillos; sus ojos de color indefinible, inyectados 
de sangre, parecían sedientos de crimines, y sus cabellos, 
largos hasta los hombros, ásperos, lácios y sin brilló. 

Aquel hombre, si tal podia llamársele, era el servidor in- 
mediato del Jefe de la tribu, terror de las comarcas y so- 
berano de los desiertos. 

El servidor del Cacique contempló á las cautivas con ce- 
ñó adusto, y descargando un fuerte golpejcon su ruda diestra 
sobre la delicada espalda de Enriqueta, esclamó en su dia- 
lecto: 

—Maldita perra cristiana! ¿quieres revelarte contra nues- 
tra autoridad, negándote á trabajar ? ya lo harás á viva füéi- 
za,tü madre por-un lado y tú por otro! 

Enriqueta, espantada, trémula de terror ante él aspecto del 
salvaje, se cubrió el rostro con ámbas manos. 

La madre, al verque maltrataban á su hija, lanzó un grito 
de dolor, é interponiéndose entre esta y el salvaje, quisó, 
evitar el brutal 'tratamiento. 

Vano é inútil esfuerzo! 

Él salvaje rechazó brutalmente á* la infeliz, madre, que ca- 
yó al sueloinfiriéndose una ancha herida en la cábeZá al chófcár 
contra las piedras. . . 

—A trabajar, haragana! — gritó el indio — nó has de inten- 
tar fugar, por que ántes morirás á mis manos! 

Lá abundante sangre que brotaba de la herida y él atur- 
dimiento de la caída, impedian dar un pasó á la infeliz riia- 
dte de Enriqueta 

Esta se le aproximó vivamente; y rasgando su ' veStidb for- 
mó una venda> ciñendp con ella la cabeza de su querida 
madre, mientras inprimia un cariñoso beso eñ sus mejilla^ 
ocultando las lágrimas que la ahogaban. La pobre niña con 
SUs caricias parecía querer compensar á su madre de lbs ma- 
los tratamientos que recibía. ' 

El salvaje cogió de un brazo á Enriqueta para depararla 
de su madre, y otro indio hizo lo teísmo con esta. 

— Ahora— -esclamó el primero con un horrible gesto, 
— nunca os vereis mas; la muchacha me pertenece, me la 
ha dado el Cacique, es mía y yo sabré guardarla lejos de 
todos! 

Al decir estas terribles frases, el repugnante salvaje , teten- 




— 446 — 



tó abrazar á Enriqueta, ciñendo el talle de la niña con sus 
nervudos brazos. 

Madre é hija dieron un grito de horror, desesperadas: y ha- 
ciendo] un esfuerzo estraordinario, sobrenatural, se desa- 
sieron del indio, corriendo á unirse por un fuertísimo abrazo. 

Entónces se trabó una lucha desesperada, el salvaje, rabio- 
so por su presa, y las infelices mujeres, defendiéndose y 
dando gritos, clamaban pidiendo la protección divina. 

Sus fuerzas se iban debilitando no pudiendo ya sostenerse. 
El miserable salvaje, triunfante y con el rostro iluminado por 
una sonrisa infernal, cogió á Enriqueta en sus brazos dis- 
puesto á huir con ella. 

La madre de la niña furiosa como una leona herida, cor- 
rió en auxilio de la hija de su alma; y ya,, iban á penetrar 
en s el interior de las selvas cuando se dejó oir un penetran- 
te silvido, apareciendo en lo alto de la barranca cuatro sal- 
vajes armados. 

—El Cacique llama á los cautivos!— esclamaron estos, 

estendiendo sus manos hácia los actores de l/i anterior es- 
cena. 

El servidor del Cacique lanzó un rujido, y las cautivas 
exhalaron una exclamación de gozo. 

Libre Enriqueta de las garras del bandido, corrió á don- 
de estaba su madre, amparándose de ella como de un escu- 
do salvador. 

Los indios enviados por el Cacique tuvieron que prestar 
su ayuda á las cautivas, que, debilitadas, faltábanles las fuer- 
zas para subir la empinada cuesta que conducía á la ^tienda 
del Jefe de la* tribu. 

Al penetrar en esta, las dos mujeres exhalaron un grito de 
alegría. 

Próximo al Cacique se veía un venerable sacerdote, cuyo sa- 
grado hábito llenó de dulce consuelo el amargado corazón de 
las cautivas. 

— Padre! — murmuraron estas. 

.““Silencio!... — esclafrió el Casique con autoridad-— no sois 
vosotras las primeras que debeis hablar! 

Y revistiéndose de suma gravedad, agregó con pausada voz 

---Este padre viene á rescataros, y . . . 

: - — Señor!. . .señor. . . — esclamaron las cautivas precipitán- 
dose á los pies del sarcedote — y con una esplosion de gratitud, 




— 447 — 



difícil de contener, bañaron las manos del anciano con las 
lágrimas que vertían. 

— ¿No he dicho que silencio?— gritó el Cacique dando un 
fuerte golpe en la tierra-hablareis cuando yo os lo ordene!; 

Las cantivas enmudecieron temblando. 

El digno ministro de Dios contempló con lástima el mise- 
rable estado de las pobres cautivas, enflaquecidas por los su- 
frimientos y llenas de contusiones por los golpes. 

Bueno, — esclamó el indio moviendo la cabeza-podeis ha- 
blar ya; ¿qué teneis que decir, cautivas? 

‘--Oh! mucho, que nuestra gratitud para este noble sacer- 
dote no reconoce limites! 

— Nada teneis que agradecerme,— repuso el buen anciano 
con dulce acento — yo solo soy un simple representante que. 
cumple con verdadero placer la misión que me han encomen- 
dado de rescataros... 

-Oh! no importa, gracias, señor, una y mil veces! " 

— Decidme. . .por Dios! -.-esclamó la madre de Enriqueta ccn 
mortal ansiedad— mis hijos ., mi madre...- 

La infeliz se detuvo con temor. 

—Todos viven, y esperan el feliz y ansiado momento de 
estrecharos en un solo abrazo. . . 

Un doble grito de alegría conmovió el corazón del sacer- 
dote mas de lo que estaba; las cautivas reían y floraban al mis- 
mo tiempo esclamando: 

— Mis hijos!. ..mis hijitos del alma! mi madre querida!... 

— Mis- kfcrmanitos!--- decía Enriqueta— Jacinta! el nene que- 
rido! abuelita mía! ah!... viven... vi ven! 

Él anciano sacerdote lloraba como un niño. 

Aquella escena era capaz de conmover el corazón mas in- 
diferente, el pecho mas empedernido. 

—Silencio, que voy á hablar! — esclamó el Cacique impa- 
sible — no debeis alegraros tan pronto, pues no estoy del 
todo conforme con lo que el padre me ofrece. 

Las cautivas dirigieron al sacerdote una ansiosa mirada. 

-—Descuidad! — murmuró este con acento tranquilo— todo 
se arreglará* 

Y volviéndose al Cacique, esclamó: 

—¿Os parece poco aun lo que me habéis pedido por la 
madre? Diez y ocho caballos, veinticinco mantas, tres bar- 
ricas de azúcar, cuatros arrobaste tabaco y un barril de 




— 448 — 



aguardiente; por la niña, cincuenta muías, cincuenta cuchi- 
llos con cabos de plata, tres pipas de vino y una de aguar- 
diente, sesenta lanzas y otras tantas mantas? 

--•-Dios mió! — murmuraron las cautivas ’ 

Sí, es poco; la muchacha merece mas- •— el indio al decir 

esto sonrió con salvaje espresion. 

Enriqueta se estremeció, y estrechándose contra su madre 
dirigió el sacerdote una mirada suplicante bañada en lágrimas. 

— Confianza! — esclamó este respondiendo á aquella mirada. 
-— ! Que mas exigís!-— preguntó el sacerdote dirigiétMqse 
al Cacique. 

— Quiero dinero; cinco mil pesos por la madre y diez mil 
¡pQr la muchacha. 

Él .digno sacerdote contuvo su indignación antela desenfrena- 
da avaricia de aquel salvaje. 

— Dentro de ocho dias volveré, trayéndoos lo que perdis, 
pero exijo la condición de que durante mi ausencia hagais res- 
petar á las cautivas, como cosa sagrada; no han de recibir 
ningún mal y han de ser mientras tanto bien tratadas. 

— Pqedes ir sin cuidado cristiano; las haré colocar cerca de 
mi tienda para que sean respetadas, pero ten entendido que si 
no estás de regreso al campamento ántes que espire el octavo 
sol, la muchacha será entregada á quién ya la quiere como 
dueño: oh! y este no dejará perder un minuto después de es- 
pirado el plazo; está ansioso de su propiedad! 

Enriqueta, estremecida, ocultó su frente en el seno de su 
madre, vertiendo un torrente de lágrimas. 

— Confianza en Dios, hija mía! — murmuró el anciano sa : 
cerdote, estrechando las manos de las pobres cautivas-rr-5E/ 
me traerá ántes de ocho .dias, miéntras tanto orad, y pedid 
consuelo y resignación al que todo lo puede! 

El digno sacerdote se dispuso á partir, ..dando ántes . á En- 
riqueta y á su madre dos abrigadas mantas que les serviiíaa 
para prevenirse del intenso frío. % 

La madre de Enriqueta, rogó al anciano que fuera portador 
de todos sus cariños para los amados seres que lloraban su 
ausencia. 

— Ah! decidles que lloro por ellos, que los amo, que los 
tengo en el corazón y que agonizo sin ellos! 

Y, [estrechando las manos del sacerdote agregó, con infinita 
ternura: 




— 449 — 



~A nuestros bienhechores decidles que suya es nuestra 
vida, como vuestra también lo es!. ¿ .solo con lágrimas, señor, 
podemos espresar lo que sentimos! . . . 

Q—g 



CAPITULO V. 



Ocho dias habían trascurrido desde la última vez que se co- 
nocieron Blanca y_Guillermo ; y ya la jó ven y el niño se amaban 
con el cariño dé hermanos. 

Guillermo, salla á cazar todos los dias, reuniéndose á Blanca, 
cuyo paseo cotidiano era al paraje denominado con el nom- 
bre de las 3\ocas, pintoresco sitio en el que se alzaba un pe- 
queño cerro, circundado de frondosos árboles y hermosos 
arbustos de aromática fragancia. 

. Blanca esperaba el momento de obrar sobre el corazón de 
Guillermo; necesitaba imperar en este con él dulce sentimiento 
del cariño, lleno de fe. 

Había prometido al padre del joven hacer vibrar las cuer- 
das sentimentales de aquella alma niña, extraviada en sus pri- 
meros pasos. 

Iba á dar cumplimiento á su promesa, con esa satisfacción 
que se esperimenta cuando se trabaja en bien de los que se 
aman. Guillermo le interesaba; mirábalo como á un herma- 
no querido, cuyos pasos le sigue ansiosa de correr en su 
ayuda cuando el peligro le rodea. 

La ocasión era preciosa para operar un cambio en el áni- 
mo de aquel hermoso niño, cuyos sentimientos se "resistían á 
adquirir la noble forma de la belleza moral, ^que enaltece el 
espíritu elevándole á regiones puras y serenas. 

Era una hermosa mañana, serena y despejada. 

Guillermo acababa de reunirse á Blanca, * que le esperaba 
ya sentada al pié de un árbol. 

—.Qué bella mañana, Guillermo! 

—Sí, hoy me preparo á llenar de caza mi mórral. 




— 450 — 



— Tanta pasión teneis por la caza? 

— Mucha; no podéis imaginaros lo que gozo... pero, qué 
teneis? parece que mis palabras os han causado disgusto. . . 
hablad Blanca! 

— No es nada Guillermo. . .es que me causa tanta pena el 
ver matar á las infelices avecillas! 

— Bah! no penséis en eso, querida Blanca, alegrad vuestro 
semblante, me place veros siempre risueña; mirad, voy á 
probaros como se goza con la certera puntería de mi es- 
copeta. . . 

Y diciendo esto, Guillermo se apartó de Blanca, y con la 
rapidez del rayo apuntó á un pintado pajarillo que se me- 
cía en una rama cercana. La avecilla vaciló, y dando vueltas 
sobre sí misma, vino á caer sin vida á los pies de Blanca. 

La joven dió un grito, cubriéndose el rostro con ámbas 
manos. 

Guillermo corrió hácia ella, y dejando á un lado su hu- 
meante escopeta, se arrodilló á los pies de Blanca, cogiendo 
sus manos y separándoselas del rostro. 

— Blanca . . . lloráis! 

— Si!... lloro porque me ha herido vuestra crueldad.., 
pobre avecilla! ¿qué mal os había hecho? 

— Oh! ninguno, pero los pajarillos no sienten como 
nosotros. . . 

— Os engañáis! ellos como nosotros tienen seres que aman... 
mirad! mirad, si no os digo la verdad! 

Blanca señalaba hácia el árbol de donde había caido la 
avecilla, otra, casi igual á esta, revoleteaba en torno del árbol 
dando pequeños gritos, al parecer de dolor. Iba y venía 
inquieta, agitando sus alas pero sin alejarse de aquel sitio. Sus 
débiles gritos eran tan tristes, que parecían decir: «devolvedme 
mi hija, que era mi única alegra!» 

Blanca se había puesto de pié y se disponía á emprender 
el camino de su casa; su rostro estaba aun humedecido por 
las lágrimas, y su semblante serio y entristecido impresionó 
á Guillermo. 

—^Blanca, — murmuró el jóven — os vais? 

— Sí! 

— Pero. ..noto en vuestro rostro señales de profundo dis- 
gusto . . . ah! y lloráis! ... no lloréis Blanca, que me hacéis 




— 451 — 



mal . . .hermana mía. . .la promesa que voy á haceros enju- 
gará vuestras lágrima! 

— Una promesa! 

— Sí Blanca, vos me domináis, hacéis de mí lo que que- 
réis!. . .vuestra pena me hace daño, enjugad ese llanto. . .no 
cazaré más! 

— «-Guillermo! qué decís? 

— Digo Blanca, que ya no cazaré más, os lo juro! 

— Y haréis eso por mí? me amareis tanto como, para hacer 
ese sacrificio? 

— Oh! sí, este y todos los que me exijáis, me desconozco, 
Blanca, pero vos habéis operado ese milagro en mi . 

— Dios mió! Guillermo vos sois muy bueno, ah! no me 
engañaba! 

— No lo atribuyáis á mi, sino á vuestra dulce influencia; 
mirad, mi padre ... 

— Vuestro padre. . .decid! 

— Mi padre, Blanca, me habla continuamente de vos con 
todo el entusiasmo de su corazón, dice que sois un ángel, un 
ser á quien hay que adorar de rodillas . . . 

— Oh! no digáis eso! 

— Sí, debo decirlo, porque es la verdad, no hay mu jet 
que os iguale... ah! si yo tuviera, una mádre como 
vos! 

— Guillermo! 

— Quién sabe! .. . — 'murmuró el jóven enviando á Blanca 
una mirada de tierno cariño. 

Blanca, turbada, sentía una agitación estraña mezcla de 
placer y de dolor. 

— Adiós Guillermo, ya es hora que vuelva á casa. 

— Hasta mañana Blanca ... ¿nada me decís para mi pa- 
dre? 

— Ah! si. . .llevadle mi recuerdo. . . 

— Siempre le acompaña! — murmuró el jóven imprimiendo 
un tierno beso en la diestra de su dulce amiga. 

Los dos jóvenes se separaron, volviendo la cabeza á cada 
instante y saludándose coa la mano. 

Guillermo llevaba ya en sí el germen del bien, del cual 
se formaria la semilla fecundante que ofrecería más tarde los 
frutos más hermosos. 




— 452 



Blanca acariciaba una idea, y pensando en Guillermo mur- 
muraba: fir. : 'ó* • 

— Pobre niño! serc su guia, y Dios me ayudarátmo : 

Llegó la mañana siguiente y los dos jóvenes volvieron á 
reunirse. , ■ >> 

Guillermo estaba solo. . .sin su escopeta! 

Blanca le dirigió una mirada llena de ternura y 
chando sus manos le dijo: 

— Veo que sabéis- cumplir! gracias! . , . 

— Oh! sí, . . basta que á vos os lo hubiera ofrecido! 

—Gracias Guillermo, no sabéis .cuanta satisfacción me pro- 
porcionáis. . . , - / 

¡ Callad, no me. deis las gracias, ordenad, que yo debo 
obedecer. . . 

—No, Guillermo, nunca os ordenaré, pero siempre os supli- 
caré que seáis bueno! 

— Venid Blanca; apoyaos en mis brazos, recorramos los 
alrededores, disfrutando de tan bella y serena mañana. 

— Vamos! 

Los dos jóvenes se pusieron en camino, entretenidos en 
grata conversación. 

Emprendieron la marcha á lo alto del cerro, con ánimo de 
descender por el lado opuesto. 

El paraje era pintoresco y lleno de atractivos. 

Entre el ramaje de los arbustos, percibíase el canto de los 
paj arillos y el aleteo de sus castas alas; mas allá escuchába- 
se el murmurio de las aguas de un lago, que corría con 
lentitud haciendo susurrar 'sus ondas de cristal y de espuma 
en todo; la frescura de la primavera, el vigor de la vida y 
el sentimiento del amor, encarnado hasta en el mas impercep- 
tible detalle . ... 

— Oh! Guillermo, mirad hermosas flores! — esclamó 

Blanca, deteniendo su paso, e indicando dos hermosas azu- 
cenas, que, aisladas, creciau al borde del barranco que se ele- 
vaba á la izquierda del cerro. 

^•'-Flores. .. —murmuró Guillermo con indiferencia, — se 
encuentran á cada paso, son la alfombra de la campiña. 

— Deliciosa alfombra! flores, música y amor. . .tres notas 
sublimes que. al vibrar conmueven el mundo entero! 

— Tanto os gustan, Blanca? - 

— Cómo! preguntáis si me gusta lo que á toda alma Sen- 





— 453 — 



sible conmueve y electriza? por ventura no esperimentais 
igual sensación. .? ' 

Guillermo inclinó su frente avergonzado, pero volvió á le- 
vantarla con espresion risueña. 

— Teneis razón Blanca, pero hasta hoy yo no había com- 
prendido esa belleza que acabais de revelarme. 

■ — Pues qué, ¿nada decia á vuestro corazón la suavidad de 
las flores y sus dulces encantos? • 

— Nada! mirábalas como nn estorbo ... como, un objeto 
inútil 

Blanca volvió el rostro con el semblante entristecido/ 

Guillermo comprendió al momento el efecto que causaban 
sus palabras, y rápido como el pensamiento, trepó á las ro- 
cas, deseoso de borrar el disgusto de Blanca, ofreciéndole las 
dos hermosas azucenas que tanto habían cautivado su atención. 

— Dios mió, Guillermo! — esclamó Blanca, tendiendo sus 
manos* hácia él — tened ’ cuidado, vais á caer ... el ascenso á 
esas rocas es dificultoso! 

— No temáis. ..ya las tengo! 

v Guillermo, de un salto se halló de nuevo cerca de su 
amiga. 

— Tomad,— rdijo presentándole las dos flores — son tan be- 
llas y puras como vos! 

— Gracias! pero una ha de ser vuestra. 

— Sea, la acepto con gratitud, pero á una condición . . . 

—Cual? 

— Que ño^me guardareis rencor por lo que * hemos habla- 
do... ~ : 

— Respecto á vuestra aversión por las flores? 

— Oh! ya no la tengo desde que os he oido! 

— Querido Guillermo! cuanto os agradezco que Vne habléis 
así! Yo amo las flores como á unas amigas dulces y leales, 
me parece que cuando les prodigo mis cuidados y mis cari- 
cias me comprenden y me agradecen, regalándome sus per- 
fumes niás delicados... Cuando veo que alguien destroza una 
flor, arrojándola lejos de sí, me entristece,’ y me parece que 
quien tal cosa hace no tienen corazón ni puede sei* bueno. 

Guillermo inclinó su frente confundido. 

— Prosigamos, querido amigo — esclamó la jóven alegre- 
mente, apoyando su brazo en el de Guillermo, deseosa de borrar 
la impresión de tristeza que se retrataba en el rostro de este. 




— 454 — 



Blanca y Guillermo caminaban en silencio; aquella jugando 
con su azucena, y este aspirando el perfume de la suya con 
verdadera satisfacion. m 

— Es estraño, — pensaba eljóven — hasta hoy no había nota- 
do el encanto de las flores, con razón mi padre me consideró 
tan cruel cuando destruí el jardín. 

'■ — Ya es mió! — pensaba á su vez Blanca — su corazón era 
una. planta hermosa cubierta por los zarzales, mi mano des- 
truirá estas dejando libre aquella, que empezará á retoñar 
con la Yuerza de la vida; ah! León, no sabes cuanto placer hallo 
en esta obra! 

Los dos jóvenes habían descendido del cerro, y caminaron 
por un largo sendero, sombreados de elevados árboles, que 
proyectaban una frescura deliciosa. 

— Estáis algo fatigada, querida Blanca, buscaremos por aquí 
alguna choza cuyos habitantes puedan ofreceros descanso. 

— Como queráis; descansaremos y volveremos en seguida 
á casa. 

Adelantaron un poco, mas no tardando en descubrir una 
pobre vivienda que atestiguaba bastante escasez de habi- 
tantes. 

Una anciana salió á recibirlos, pero al ver á Guillermo, dió 
un paso atrás y cubriéndose el rostro con su delantal prorrumpió 
en ahogados sóllozos. 

— Qué teneis, buena mujer?— esclamó Blanca aproximándose 
á ella. 

— Marcela.... pót -qué lloráis? — preguntó á su vez Guillermo. 

— Cómo! conocéis vos á esta anciana? 



— Sí Blanca, ha sido, nuestra servidora.... 

— Guillermo, ¿estáis siempre incomodado conmigo? — esclamó 
la anciana sin cesar de llorar — >ah! creed que siempre os he 
querido con tóda el alma, 
en desobedeceos! 



y que^esta pobre vieja nunca pensó 



— Marcela! 



— Oh! pérmitid que os vuelva á servir como ántes! Desde 
que me arrojasteis de vuestra casa me parece ver la muerte 
más próxima; ah! yo que os he visto crecer y que os he 
cuidado desde niño, desfallezco al pensar que moriré aban- 



donada. . . 



—Señora, yo os brindo mi casa! murmuró Blanca, desviando 
sus ojos de^Guillermo que la miraba con ansiedad. 




-- 455 — 

—Oh! no,— esclamó el jóven precipitadamente, y cojiendo 
las manos de la anciana murmuró con viva espresion: 

— Marcela, vuelve á casa. . .yo te lo suplico. / .y perdóname 
lo que te haya hecho sufrir! 

— Cómo, ¡me permitís que vuelva á vuestra casa y me pedís 
perdón? oh Dios! debo estar soñando! 

— No Marcela, no soñáis, el Guillermo de ántes no es éí 
de ahora, ya tendréis ocasión de conocería 

La anciana, loca de alegría, besaba las manos ' del joven y 
prorrumpía en esclamaciones de gozo . 

Guillermo se aproximó á ella y le dijo en voz baja séñaláhdo 
á Blanca que enjugaba sus lágrimas en aquel momento: 

— A ella debeis todo, es un ángel que Dios ha puesto á 
€ mi'lado para salvarme! 

—Señorita!— murmuró la pobre vieja dirijiendo á Blanca 
una mirada llena de espresivo cariño. 

— Blanca! — esclamó Guillermo á su vez — reconocéis vuestra 
obra? 

— Mi obra?— repuso la jóven estrechando la manos de 
aquel — no digáis eso, la acción que acabais de hacer ha nacido 
de lo íntimo de vuestro corazón . . . 

— Sí por vos no hubiera sido nada bueno podía haber bro^ 
tado de mí! 

— Ah! señorita, — esclamó la anciana juntando sus manos 
— cuán reconocido os estará Don León! 

— Sí, Marcela, mi padre conoce ya la dulce influencia de 
Blanca..* 

Después de aquella escena, la anciana se preparó á se- 
guir á los jóvenes que emprendieron la marcha de regreso 
á sus casas. 

Transcurrieron algunos dias, sin que Guillermo volviera al 
sitio donde acostumbraba á reunirse con Blanca todos los 
dias. 

Alarmada la jóven por tan inesplicable ausencia, se dispo- 
nía á averiguar la causa, cuando recibió un billete de León 
en que le suplicaba fuera á su casa, pues estando enfermo 
Guillermo clamaba este por verla: 

Arturo acompañó á Blanca á caSa de sus amigos* 

Guillermo, así que vió á aquella le tendió los brazos, y ' 
estrechándola dulcemente murmuró su oido. 




— 456 — 



—Cuánto os estraño! ah¡ qué no diera por veros siempre 
á mi lado! 

— Mi buen Guillermo! — respondió la jóven conmovida 

recuperad vuestra preciosa salud y volveremos á nuestros 

paseos . 

Mientras Arturo conversaba con Guillermo, León condujo 
á ^Blanca la habitación contigua, donde se veía un ancho 
balcón qüe caía al jardín. 

* | Mirad? — esclamó el jóven señalando al jardín. 

—Píos mió — murmuró Blanca — es obra esa de Guillermo? 

. 1¿1 jardín, antes devastado y destruido, ofrecía ahora un 
cuadro de sonriente vida. 

Esas pequeñas calles bien delineadas formaban mil figu- 
ras; en las que ' resaltaban delicadas plantas, cargadas unas 
de vistosas flores y otras vestidas de verdes retoños; en el 
centro deL jardín 'se elevaba 1 una hermosa planta de azuce- 
na que descollaba entre todas. 

Blanca, juhtó lás manos, y derramando dulces lágrimas ele- 
vó sus ojos al cielo como en acción de gracias. 

— Ah! Blanca,— murmuró León, oprimiendo la diestra de 
la jóven-^me; habéis devuelto la vida que faltaba á mi co- 
razón! 

•—No León, vuestro hijo era ya bueno, mis esfuerzos han 
sido débiles.:. 

— No, prosigáis; Guillermo y yo os debemos nuestra di- 
cha. . . 

Blanca bajo su. mirada turbada. 

— No sabéis todo— repuso el jóven, — mirad hácia este 
otro lado, ¿qué veis? 

— Dios mió! un ruiseñor. 

-—Sí, mi hijo ha querido resarcir todos los males ocasio- 
nados por sus errores. Su corazón late - hoy ¿ impulsos de 
los más' nobles sentimientos,^^ todo debido á vos, sola... 
Blanca. ..cuánto os debo! 

— León, si algo he hecho por vos y por vuestro hijo, 
sobradamente recompensada estoy con vuestro afecto... 

— Ah! todo mi cariño, todo mi amor, Blanca, sería poco... 

— León!!... 

— Blanca!... 

Las manos de los dos jóvenes se hallaron unidas sin ellos 
saber como, y una mirada infinita, tan dulce como una ar- 




■ — 457 — 



monía,. dejó ver suñ debeos á través do secretas lagrimas...- 

Blanca, inclinó la frente como la flor besada por la bri- 
sa, y quiso retirar su mano de entre l is de León. 

Ya era tarde... 

Los lazos del amor son rápidos para anudar los destinos. 

— Blanca. . .perdonadme!— murmuró León sin acatar su 
emoción- — os amo con toda ti alma! si me abandorraia , mori- 
ré de dolor! * " r . 

— Morir! oh, no! no digáis éso León! * * 

- — Sin vos. ya todo me parece triste y sombrío; sois el 
sol de mi vida, la esencia de mi alnn! ¿o 

— Oh! 

— Dejad que os diga todo lo que siento, dejad que de 
rodillas os repita una y mil veces que os adoro! 

- — León! LeónT alzad, alzad por Dios! 

— No, así me vereis hasta que escuche de vuestros la- 
bios lo que mi corazón anhela. . .no me neguéis vuestrars* mi- 
radas Blanca; ah! no me neguéis vuestras palabras!. . .decid- 
me una sola, una siquiera!. . . 

- — León. ... .¡qué queréis que os diga, que mi emoción na 
os haya revelarlo? 

— Blanca! mi Blanca adorada, podría esperar. . . 

--León. . .hace mucho que mi corazón' os pertenece! 

- Ah! 

León cubrióse el rostro con la; manos de Blanca, bañán- 
dolas en lágrimas. ■* ^ 

En aquel instante se presentó Guillermo. 

Al sorprender aquel cuadro lanzó un grito de alegría; y 
precipitándose al cuello de Blanca, la esttechó contra su 
corazón, cubrió su rostro de apasionados besos y mur- 
muró: 

—Ah! sereis mi madre, mi madre adorada! 

— Y tendremos dos bodas! — es el amó Arturo, presentándose 
en el aposento. 

— Que dicha, Arturo!- repuso León abrazando á su ami- 
go - -Blanca me ama, corresponde á mi cariño. . . 

— Bah! — replicó Arturo — eso ya lo sabía, á mí no se me 
escapan ciertas cosas! 

— Ya ves, — prosiguió el joven, dirijiéndose á su hermana 
- — el solitario quiere estar ''acompañado! Yo hago votos por- 
que todos los solitarios . . . anhelen estar acompañados; el hom- 




— 458 — 



brc, lo mismo que la mujer, han nacido para vivir unidos, 
porque sí y porque. . .he dicho: 

Guillermo aplaudió, esclamando: 

— Magnífico discurso! 

— Ya te enseñaré á pronunciarlos, querido sobrino! 

.JBlan'jpa'- y León nada oían, absorbidos en su dicha,. 

Dos almas que se aman y se comprenden; tienen ¡tanto 
i^ue* decirse! 



ym e iig 

CAPITULO VI. 



Vuelta al llegar 



Fiel á la promesa hecha á los indios, el digno sacerdote, 
encargado del rescate de las cautivas, estaba de regreso al 
campamento antes del plazo fijado. 

Le acompañaron diez peones, que conducían en varios car- 
ros todo lo pedido por los indios, faltando los caballos y 
las muías, que llegaron la tarde de aquel mismo día. 

Para reunir los quince mil pesos, D. Belisario, careciendo 
de recurso?, apresuró la venta de su casa de campo, idea que 
abrigaba desde mucho tiempo atras. A instancias de Arenas, 
la familia del Alba fue á vivir con la de aquel, mientras 
llegaba la hora de partir para Ja* ciudad, adonde debían ir 
todos después del casamiento de Arturo con María Josefa. 

Arenas y, del Alba habían hecho, pues, todos los esfuerzos 
posibles para reunir cuanto la avaricia de los indios de^ 
seaba . 

Después de terminado el arreglo, y de cumplida la promesa, 
los indios entregaron las cautivas al sacerdote, que en compa- 
ñía de este, y montados en muhs, emprendieron la marcha de 
regreso al hogar . 

La anciana Rosario, prevenida con anticipación, esperaba 
ansiosa, elevando al cielo sus plegarias de gratitud. 

Gon el niño en brazos y Jacinta á su lado, la anciana, á 
la puerta de su cheza, dirigía al campo afanosas miradas. .. 




— 459 — 



Bien pronto sus ojos distinguieron alsacerdote, acompañado 
de Enriqueta y de su madre. 

La pobre anciana lanzó un grito de loca alegría y quiso 
correr al encuentro de sus hijas, pero sus piernas flaquearon y 
tuvo que apoyarse contra un árbol para no caer. 

Margarita, la madre de Enriqueta, fue la primera en llegar, 
recibiendo en sus brazos á su anciana madre, que riendo y 
llorando se precipitó al cuello de su hi¿a sin acertar á pronun- 
ciar una palabra . 

—Madre mía!— esclamó Margarita, oprimiendo contra su 
pecho ala pobre anciana. 

— ¡Adorados hijos de mi alma! —es el amó ebria de alegria, 
confundiendo con un sol o abrazo á Jacinta y al niño . 

Enriqueta, estrechaba á sus hermanitas riendo y llorando 
á la vez, sin po'der convencerse si aquello era una bella reali- 
dad ó un engañoso sueño. 

Jacinta, suspendida al cuello de su madre, no quería sopearse 
de ella, dando gritos de alegría ahogados perlas lágrimas. 

Aquello era un delirio; estrechamente unidos formaban todos 
un grupo conmovedor, sin acertar á deshacer aquel dulsísimo 
lazo, de amor tan grande y de alegría tan sincera. 

El sacerdote, íntimamente conmovido, lloraba' enternecido 
contemplando aquel cuadro . 

Penetraron todos en el interior del rancho, llevan lo la feliz 
madre su pequeñuelo en brazos, y á su lado á Jacinta, que 
rodeaba su cintura mientras ella acariciaba sus cabellos. 

El sacerdote permaneció algunos momento mas, retirándose 
despees para dar cuenta de su cometido á las familias Arenas y 
del Alba. 

Estas se trasladaron aquella mismi tirle á la choza, de 
’seando presenciar por unos instantes la felicidad de sus habi- 
tadores. 

La anciana Rosario, Margarita, Enriqueta y hasta Jacinta 
no sabían como espres^r toda la gratitud que llenaba sus 
corazones; daban lis gracias con lágrimas en los ojos, bendicien- 
do á sus bienhechores con la .espresion mas íntima. 

La bella obra de las famdias Arenas y del Alba aun no 
estiba^ terminada: para que aquella fuera* completa deseaban 
llevarse consigo á las dueñas de la humilde choza. Así se lo 
manifestaron á estas, dicléndoles que desde aquel día se encarga- 
ban de su suerte. 




460 — 



Desde el día Mguiente, Margarita y *, familia quedaron 
instaladas en la casa de Arenas, cuya ^.-paciosu comodidad 
permitía dar albergue á todos. ,.]■■■ ' 

La mas grata de las felicidades sonreía en la motada de Arenas. 
En breve llegaría el momento en que ese dichp enviaría sus 
m is dqlces rayos sobre las dos amigas Blanca y María Josefa 









f 

4 



CAPITULO VIL 



x <i& luna* 



•La luna enviaba sus rayos de plata, bañando con sua- 
ve claridad la naturaleza, entregada al reposo de la noche. 

Blanca y María Josefa, asomadas á un balcón del piso bajo 
de la casa,, contemplaban silenciosas la belleza de aquella noche 
perfumada por las flores primaverales. 

Continuando una conversación, al., parecer interrumpida, 
•María José' a esclamó: 

— Luego, le amas? ^ 

— Ah, sí! np puedes imaginar la inpresion que esperimento 
cuando él fija sus ojos en lo; míos. /.es una impresión tan 
dulce, tan grande, que imposible me sería espresártelal 
— En verdad que es hermoso el joven aleman! 

— Ah! tan hermoso como el sueño de los poetas que han 
nacido bajo su mismo cielo! tiene su mirada la dulzura de una 
súplica y el fuego de un sentimiento comprimido, León no 
necesita hablar para revelar lo que su corazón siente, su amor 
se trasparenta en su mirada! 

— Y Guillermo te ador i t into como su padre. 

- — Noble niño! 

— Hoy, gracias á tí, es un 4 adorable criatura; su corazón, 
prisionero en las rede-de( mal', lia sido por tí libertada, has 
redimido su alma brindándole el cariño de la tuya! 

--Pobre Guillermo! él era ya bueno, pocos esfuerzos se 
necesitaban para conquistarle; bastaba ofrecer á su vista ejem- 
plos tiernos para conmoverle y desviarle del extraviado eamino 
que se empeñaba en seguir. 




— 461 



- Escucha, Blanca. . .parece que alguien se acerca. 

— Será León! 

— El' dehe ser. . escuchemos, parece que canta. . 

—Sí, ahora se percibe. . . 

Las dos amigas guardaron silencio. 

A alguna distancia se dejó oir h ap isionada voz de León, 
que so aproximaba cantando; 

& *- ,j 

Algo, como vagas ideas que ñuctúgn 
En medio el claro oscuro de un paisaje- 
Que tiene claridades de alborada H 
Y brisa melancólica do tardo: ¿ 

Algo sublime, 

. Algo inefable 

Es lo que siente el alma que palpita 
Al recuerdu de otra alma palpitante (i) 

Blanca, llevó una manual corazón como .respondiendo á 
aquellos acentos de amor. , 

León apareció en aquel momento, aproximándose á la 
c isa. 

Las jóvenes desaparecieron del balcón, acudiendo á reci- 
birle seguidas de Arturo. 

— Blanca, mí dulce amiga! — esclamp el joven estrechando 
las manos de aquella — al fin vá á fijarse el dia . de mi ven- 
tura! 

— Y el de la mía!— ^repuso Arturo — habrá bodas dobles. 

Los cuatro jóvenes penetraron en la casa. 

Los padres de Blanca y de Muda Jo efa esperaban en el 
salón . 

León, emocionado, formuló su petición, pintando con fra- 
ses «apasionadas su adoración por Blanca. 

Da. Angélica, contempló á su hija con amor, esclamando: 

— Nuestra respuesta, León, está' en los ojos de Blanca! 

— Y en los míos!— dijo Guillermo, precipitándose en el 
salan,, falto de aliento y. rodeando con sus brazos e! cuello 
de B1 mea. 

— Padre mío, perdonadme! — escbmó Guillcrnlo dirigién- 
dose á León — si he venido sin vuestro consentimiento ha 
si lo porque no podía estar sin ver a Blanca! 

-tu da Caa-U. 




— 462 — 

--Guillermo! — murmuró Blanca con infinita ternura — tu 
cariño me conmueve! 

— Ah! no es verdad que vos también me amais como si 
fuera vuestro hijo? 

— Ah! si Guillermo, te amo y pronto sere para tí h ma- 
dre mas cariñosa 

—Ah! que felicidad! padre mío, cuantas gracias os doy, y 
á ürosptros tnmbienb 

Y el jóven, con delirante alegría, abrazaba á to los cor- 
riendo ppr el salón como un loco. 

— JUa&ca! cuanto os agradezco el cariño que profesáis á 
mi hijo! — csclamó León fijando en su amada una mirada de 
adoración. 

--Ah! León! vuestro hijo es un ángel. . . 

— Sí, — murmuró León — un ángel que ha unido nuestras 
almas y nuestros destinos! • 

La dicha nunca debe de retardarse. 

Así lo creían nuestros amigos que apresuraron el día de 
las bodas. 

Blanca fue á vivir á la casa de su esposo. 

María Josefa permaneció en la suya. 

Al penetrar Blanca en la morada de León, la' an:hni 
Marcela, enjugando sus lágrimas, esclamó: - 

-Con vos señora, entra la dicha en esta ca^a! 

— Ah! Marcela, hay una dicha sin nombre que llena el 
alma entera, y esa es la que yo experimento al penetrar en 
esta casa! 

— Yo sé que felicidad es esal — esclamó Guillermo con ardien- 
te espresion. 

— Di, .cual es? 

— La dicha de vivir con lo^ que se aman! 

— Me has comprendido! siu tí, Guillermo, y sin León, no 
podría vivir! 

— Ah! mi Blanca querida! — murmuró León abrazando 

estrechamente á su esposa — bendigamos ía casualidri que 
nos quiso reunir! 

— Bendigamos, León, la bondad infinita de Dio , autor de 
nuestra dicha! 

— Señor! — esclamó Guillermo rrrodillándose y elevando al 
cielo sus hermosos ojos— -bendice tú obra; y tú, madre mía, 




— 463 — 



que desde lo alto contenlphs la felicidad de tu hijo y la de 
tu esposo, ruega al Altísimo porque nuestra ventura sea 
siempre tan bella como pura y grande es el alma del hermoso 
ángel que hoy ocupa tu lugar! 



Fin del libro XI. 










LIBRO DUODÉCIMO 



VESTIR AL DESNUDO 

% 



O 




VESTIR 



Ser buena es una ganga, 
para ser feliz, ser buena. 

Luis Eguilaz. 

Unos reparten sus propios bienes 
y se hacen ricos, y otros roban los 
ageuos y nrtnca salen de pobres. 

*** 



CAPITULO I. 



Kenráníseectcia 



La presente historieta me faé referida por. mi querido 
padre cuando yo solo contaba siete años . 

Recuerdo perfectamente, cuando á la caida de la tarde, 
después de haber dado el paseo cuotidiano por la bella 
campaña de mi pequeño pueblo natal, mi padre regresaba 
al hogar, mientras que yo le seguía cantando bajito, asida á 
su mano y cortando las floreciólas que poblaban el camino 
con las cuales formaba un pequeño ramillete que luego 
presentaba muy ufana á mi querida madre que nos espe- 
raba todas las tardes á la puerta del jardín de nuestra casa,, 
recibiendo en cambio de mi obsequio un dulce y tiernísimo 
beso! 

Yo ansiaba con anhelo aquella hora, porque sabía que 
de vuelta de nuestro paseo, al llegar á nuestra morada, mi 
padre sentábame á su lado y mientras mis pequeños her- 
manos sc° entregaban á los juegos propios de su edad yo 
escuchaba corf religioso respeto y profunda atención las 
palabras que brotabaij de los lábios del autor de mis 
dias. 




Ápesar de mi corta edad, mi carácter silencioso, melan- 
cólico y reservado, me hacía amar, masque á los infantiles 
juegos á que se entregaban mis hermanitos, las historietas 
que mis padres referían con el anheloso deseo de distraer 
nuestros, espíritu y de ofrecer a nucájtra alma juvenil ejem- 
plos dignos y elevados, que poco á“ poco iban inculcando 
en muestro corazón el sentimiento ele lo noble grande y 
belfb. 

El deber de los buenos padres, es nct perder nunca la 
Ocasión de ofrecer á sus hijos ejemplos, dignos de imitarse, 
cumpliendo asila sagrada misión que Dios les'ha impuesto: 
dirigir con tierna y abnegada solicitud las infantiles almas, 
los juveniles corazones por la senda de la virtud y de la 
honradez. * 

Este deber noble, grande y digno, vesc á veces hasta en 
los séres que por sus extravíos no merecen el sacro nombre 
de padres. 

El mundo ofrece muchos ejemplos: cuéntanos S. Cata- 
lina, en una de sus bellas obras, la sublime abnegación de 
un célebre bandido, famoso por su hechos feroces, , pero 
que transformado cuando se hallaba al lado de sus hijos 
se afanaba en encaminarlos por las bellas sendas del 
deber, siendo su mayor tormento el imajinar que algún dia 
sus hijos pudieran igualarle. 

Aquel hombre, despojado de todos los más bellos senti- 
mientos, cuya ferocidad no conocía límites, conservaba en 
su alma, como una hermosa flor nacida en inculto y agreste 
terreno, la sagrada prenda cíe su amor paterno. 

Mas, me desvío por completo de mi narración. 

Decía, -pues, que el paraje elejido por mi padre para refe- 
rir las -historietas que habíande preparar nuestro espíritu pa- 
ra el bien, era á la entrada de nuestra poética casita, bajo un 
írorídoso enparrado, del cual pendían dos jaulas que aprisio- 
naban dos preciosos pajarillos, los que cantaban alegremente 
desde el rayar el día hasta que las sombras de la noche 
hacían entregar al reposo á l<$s felices habitantes de aquel 
hogar. 

Multitud de plantas, unas delicadas, otras vulgares, pero 
tQdas bellas y olorosas,, cuidadosamente atendidas por tni 
adorada madre, embalsamaban el aiíe que todos respirába*? 




4C9 ■ -*• . 

, • 

taos con delicia, disfrutando del encanto de aquellas tardes 

de apacible calma. 

Imaginóme, al volver mis recuerdos hácia aquella época, 
no muy lejana, hallarme aun bajo el fresco y hermoso 
emparrado, escuchándolas suaves y tiernas palabras de mis 
padres; más allá creo* apercibir las risas infantiles de mis 
hermanitos, que juegan con turbulenta alegría, y cerca del 
grupo,- formado por mí y el autor de mi existencia, paree 
contemplar la dulce mirada de mi madre, qué en aquellos 
momentos deja de enderezar un rosa!/ inclinado por el 
fuerte viefito, pa'ra dirigirnos una amante y tierna son- 
risa. - 

Perdonad, lectora amiga, estas divagaciones, vos también 
quizá tengáis la dicjia de vivir aún en compañía de vues- 
tros padres* y sT~soís buena hija comprendereis las espan- 
siones de mi alma. 

Empezaré la historieta prometida sin rru/s digresiones. 

Lo que- ¿ntónces se me relató para alimentar mi espíritu 
y dirijirmi corazón* trasmítolo yo hoy á vosotras, amadas 
lectoras, ofreciéndoos á mi vez los ejemplos de/un proce- 
der ejemplar, que lleva.por lema el más bello de los senti- 
mientos que pueden adornar una alma perfecta* 



CAPITULO II 






Há tiempo una corta familia habitaba un casita- de muy 
humilde aspecto, situada erí uno de los más apartados4?ar- 
rios de una ciudad que determinaremos con el nombre de 
Valle Florido. 

Doña Flora González de* Rodríguez, honrada, viuda y 
su hija María, preciosa jóven de diez y siete primaveras, 
eran las habitadoras de la modesta vivienda. 

Desde la muerte v del esposo de Doña Flora, está y su 
hija habían quedad<>*en la pobreza. Miéntras el esposo vivió 




nada faltó en aquella casa, aunque solo contaban con ló 
estrictamente necesario para una existencia modesta y 
humilde, — mas sobrevino la muerte cruel y arrebató del 
tranquilo hogar al padre tierno, al esposo amoroso. 

Desde aquel - instante la miseria disputaba su presa, 
en donde antes solo había felicidad y sonrisas de djeha. 

María, de organización delicada y naturaleza débil, cambió 
notablemente, y un mes después de la muerte de su padre 
estaba enteramente desconocida. 

El dolor y las privaciones hablan enflaquecido su cuerpo 
y sin embargo todavía era bella, muy bella. 

A los diez y siete anos, época florida de la vida^ 
los estragos que ocasionan los dolores morales no logran, 
hacer desaparecerla juventud; solo consiguen, sí, marchitar 
la hermosura del cuerpo, pero á tan temprana edad, la 
esencia de los colores sonrosados, del brillo de. los ojos, 
de la suavidad de los contornos, no es eterna; no bien la 
calma ha tornado á los corazones intranquilos, vuelven las 
gracias de la juventud á ostentar sus hechizos seductores, 
á semejanza de la hermosa planta que al tornar la prima- 
vera se viste de verde follaje y de encantadas florés, ofre- 
ciéndosenos más bella que nunca. 

La vida, languidecida por un dolor, tórnase vigorosa 
para proseguir la marcha interrumpida, así como la descom- 
puesta máquina retocada por un hábil mecánico. 

El consuelo y la conformidad de la resignación, bál- 
samos divinos que cicatrizan las heridas del alma, devol- 
vieron á María y á su madre la vida que iba faltándoles, 
y con ella la necesidad imperiosa de trabajar para sub- 
sistir. 

Siendo la educación de María no muy vasta, el único 
recurso. con que contaba papar ganar el pan cuotidiano 
para ella y su madre era la costura; dedicáronse á este 
trabajo cosiendo para algunas familias bien acomodadas. 

La madre de María, de edad ya algo avanzada, 'con- 
taba sesenta años, y poco podía ayudar á su hija, con- 
servando por esto, en su interior, una profunda pena, ai 
verla trabajar día y noche. 

Sin embargo, el Domingo, dia de precepto, madre é 
hija descansaban, tomando nuevas fuerzas para el resto 
de la semana, complaciéndose en sanfiíicarese díaf desti- 




nado al reposo de los que ganan el pan con el trabajo 
honrado. ‘ 

María en vez de preferir la distracción del paseo en 
esos .dias, después de ataviarse modestamente* con su hu- 
milde vestidito blanco de linó, tomaba un libro é iba á 
sentarse junto á su madre. 

— Pero hija mía— solía decirle Doña Flora —por qué no 
sales un momento á respirar el aire libre? yo te acom- 
pañaré; la distracción, hija mia, es también parte de la 
vida. 

— No mamá — contestaba María, — prefiero mucho mas 
estar junto á tí, haciéndote compañía, leyendo ese hermo- 
so libro de Perez Escrich, titulado %l ¿Mártir del {{oi- 
go ta. 

María decía la-verdad. 

Gozaba mas leyendo un buen libro que luciendo sus 
gracias, ya en un paseo, ya tras los cristales de un bal- 
cón. 

Creemos haber dicho que la viuda y su hija vivían 
muy escasamente, no teniendo más entrada que la que 
producían las costuras de María. 

Con el producto de las últimas, Doña Flora había he- 
cho á su hija, para la nueva estación, un vestido de la- 
dilla color pizarra, de ínfimo precio. 

Este vestido efa el único! 

Las dos pobres mujeres, por sus escasos recursos no 
podían proporcionarse más que un traje en cada estación, y 
esto muchas veces con grandes fatigas. 

María había cobrado gran cariño á su vestido pizar- 
ra, confeccionado por su madre con el producto de su 
honrada labor. 

De esta manera, deslizábanse los tristes y monótonos 
dias de aquellos dos nobles seres, hasta que tuvo lugar, 
una escena digna de narrarla, pues ofrece un ejemplo tan 
bello como grande. 

Era una noche fría del mes de Junio. 

María y su madre cosían en silencio á la débil luz de 
una yela de sebo; la habitación en que se hallaban era 
el dormitorio de ámbas. 

Componíase el humilde ajuar de aquel aposento, de 
dos camas de fierre^ cuidadosamente arregladas, algunas 




— 472 — 



vSiHas, un pequeño armario, un lavatorio y una mesa de 
regular tamaño, Cubierta con una carpeta de hule bastan- 
fe usado, color caramelo; algunos cuadros adornaban las 
paredes, retratos de familia y trabajos de punto de mar- 
ca, hechos por María cuando estaba en la escuela. 

Próximo á Doña Flora y su hija ardía un alegre fue- 
go que trasmitía á la habitación agradable calor; ál amor de 
la lymbre calentábase el agua para el café\ 

[ Escuchemos lectora, si os place, la conversación de 
Doña Flora y de María. 

— ¡Qué frió! — esclamó María al cabo de un gran rato 
de silencio, en que solo se oían las ebulliciones del agua que 
empezaba a hervir, y ese débil ruidito que produce la 
aguja cuando se desliza con rapidez junto al dedal. 

— Tienes frió?— preguntó Doña Flora á su hija con tierna 
solicitud, al mismo tiempo que le dirigía una cariñosa mira- 
da á través de' sus anteojos. 

La buena madre, al decir estas palabras, quitóse del 
cuello un pequeño pañuelo de lana, queriendQ abrigar con 
él á su hija. 

— Oh, no mamá!- esclamó María, rechazándolo suavemen- 
te y obligando con cariño á su madre á que se cubriese con 
él — ya sabes que tengo en el armario un merino negro, y 
á más mi Vestidito pizarra es muy «abrigado, gracias á la 
previsión de la más adorable de las mdtíres. . . 

Un golpe dado á las puertas del aposento cortó las palabras 
de la jóvep. 

María interrogó á su madre con una mirada. 

— Vendrán por las costur¿rs"y aún nt$ están concluidas! — 
Doña Flora se dirigió á la puerta entreabriéndola. 

—Quimil?. . . — preguntó poniendo su mano sobre los 
ojos á guisa de pantalla para distinguir á la persona que 
llamaba. ^ 

María se había aproximado y contemplaba con sorpresa 
V lástima duna mujer que apoyada contra la puerta tehablaba 
( de frió * 

— Por amor de Dios! por caridad! me riiuero de frió — 
esclamó aquella muj«% concluyendo sus frases con un 
ahogado gemido, ' 

—Entre Vd! entre Vd!— -esclamó María precipitad* 
mente, 




- 4?3 - 

La mujer penetró en la habitación y f)oña Flora cerró 
la puerta, contemplando luego con dolor el cuadro que tenía 
ante su vista. 

La mujer que acababa de implorar la caridad^ de las 
dos habitantes de la modesta casita, era alta, delgada,, de 
facciones dulces y simpáticas; tendría lo ménos cuarenta 
años. 

El traje que la cubría inspiraba la mayor lástima. Con- 
sistía en un vestido de percal muy usado, en estado mise- 
rable; desgarrado en algunas partes dejaba al' descubierto 
sus carnes flacas y amarillentas, ofreciendo un cuadro de 
espantosa miseria. 

María contempló con los ojos arrasados en lágrimas á 
aquella infeliz, pero fué breve su contemplación. 

Miéntras la mujer se acercaba al fuego y . se calentaba, 
dando muestras de un placer inmenso, dirigióse al 
armario que se veía en un ángulo de la habitación, sacó 'de 
él una camisa de lienzo, una enagua y un pañuelo de seda. 

Llamó en seguida á la mujer, y por si misma quitóle 
los andrajos que la cubrían, sustituyéndolos con las ropas 
sustraídas del armario. 

Una vez puestas aquellas prendas, María quitóse el 
vestido que ella llevaba, el color pizarra, el único 3 
y vistió con él á la infeliz mujer... Al notar esta la ac- • 
cion de María, cay4 de rodillas á los piés de aquel án- 
gel de caridad. 

Doña Flora contemplaba aquella escena en silencio, pe 
ro llorando de contento y de dolor — gozaba al ver el 
corazón de su hija siempre hermoso y abnegado, dispues- 
ta á obrar bien, pero consideraba qué María, con aquel 
acto espontáneo de verdadera caridad, quedaba sin tener 
con que cubrirse! 

No poseía María mas que aquel vestido; al dárselo á 
aquella mujer quedaba en enaguas y con una bata de 
dormir por único abrigo! 

La mujer lloraba de gratitud y de enternecimiento, 
queriendo devolver á la caritativa niña su vestido, pero 
María se negaba redondamente, asegurándole que ella 
poseía otros . 

Ante estas palabras, la mujer cedió al fin, sin imagi- 
nar . que su bienhechora quedaba conforme la veía... 




— 474 - 



María entregó á la mujer el pañuelo de seda de que 
ántes hablábamos, para que con él cubriese su cabeza 
para mayor abrigo; en seguida puso á calentar al fuego 
un poco de leche, y luego se la serviócon un gran trozo 
de pan tierno y manteca fresca. 

Aquellos cuidados, dictados por la mas noble caridad, 
iban acompañados de dulces frases de consuelo que la 
jóven prodigaba á la infeliz mujer, siendo recibidos por 
esta con un respeto y reconocimiento tan profundo que 
conmovía. 

Una vez que la mujer concluyó de tomar los alimen- 
tos ofrecidos por María, esta y su madre sentáronse á 
coser apresuradamente, para recuperar el tiempo robado 
al trabajo y brindado á la caridad. 

La mujer contemplaba con enternecimiento á su bien- 
hechora, derramando silenciosas lágrimas y extrañando, en 
medio de su turbación, el que María no se hubiera ves- 
tido haciendo un frío tan intenso como el que se sentía. 

María pareció adivinar aquei pensamiento, porque dijo 
con viveza. 

— La habitación está bastante abrigada por el alegre 
fuego, y como no tardaremos en recojernos no me ves- 
tiré. ..así, en enaguas, parecerá que estoy de baile. vestida 
de blanco! 

María dijo estas últimas palabras en son de broma y 
sonriendo dulcemente. 

Sin embargo, Doña Flora advirtió que María se estre- 
mecía por intervalos. 

Era natural que sintiera los efectos del intenso frío 
que hacía. 

— Ya que no quieres vestirte, María, á lo ménos cúbre- 
te con algo, pues podrías epfermar — y al decir esto Doña 
Flora, hecho sobre los hómbros de su hija una manta de 
algodón que servía para cubrir su cama. 

María dejó hacer á su madre sin decir palabra. 

Al cabo de media hora de trabajo, María y Doña Flo- 
ra concluyeron las costuras — una vez quitados los hilva- 
nes fueron cuidadosamente dobladas y guardadas en el 
armario. 

Miéntras tanto, la mujer, que había guardado un tímido 
silencio, no cesando de contemplar como extasiada el dul- 




— 475 — 



císimo rostro de María, temerosa de importunar con su 
presencia á aquellos dos buenos séres que tan generosos 
se habían mostrado para con ella, se dispuso á retirarse, sig- 
nificando ántes á María y á su madre la gratitud inmensa 
de que se hallaba poseida por los beneficios recibidos. 

María quiso oponerse á que la pobre mujer partiera 
aquella noche, diciéndole que podría hacerlo á la mañana 
siguiente. 

Doña Flora insistió á la par de su hija. 

La mujer demostró que por nada del mundo abusaría 
de la generosidad de sus bienhechoras, que tenía donde 
pasar la noche en casa de una mujer pobre, que solo po- 
día ofrecerle techo por ser casi tan pobre como ella. 

Inútil fué que fiaría y su madre insistieran en su gene- 
rosa oferta; la mujer, a la cual llamaremos Luciana, se 
negó á permanecer mas allí. Fácilmente comprendía que 
en aquellos corazones sobraba la voluntad de obrar bien, 
pero que faltaban los recursos para realizar ese bien has- 
ta donde ellas lo anhelaban. 

Doña Flora, viendo que Luciana se disponía á partir, 
dióle algún dinero para que se comprara alimentos. 

María instó á la mujer para que volviera al siguiente 
día, prometiéndole procurarle costuras para que por me- 
dio del trabajo honrado pudiera subsistir con* decencia. 

Luciana, conmovida y vertiendo nuevas lágrimas, dió 
las gracias con efusión, abandonando la habitación de 
Doña Flora y María, después de haberles llenado de 
bendiciones. 



CAPITULO III 



La ftttósfftGQÍQft dtet bien; 



— Hija mía, como quedas!. . . — esclamó Doña Flora 
así que se vieron solas, estrechando á María coníra su 
pecho. 




- 476 — 



—Oh! mamá, que habíamos de hacer?— esa infeliz sin 
abrigo, espuesta á los rigores de la estación, sin un ho- 
gar que le ofreciera su suave calor! 

— Pero no te aflijas, — prosiguió diciendo la generosa 
María— trataremos de arreglarnos del mejor modo posi- 
ble: ah! quiera Dios que jamas nos veamos como esa 
infeliz mujer! Y hay desnudeces peores que la de esa infe- 
liz; la desnudez del alma es cien veces mas horrible, 
porque cuando esta pierde el divino ropaje de la virtud 
y de la castidad no vuelve á recuperar mas las galas 
que la adornaban y embellecían! 

— Dios mió — esciamó la madre — comprendo bien, mi 
María adorada, el grandioso mérito de tu acción, pero., 
hija frría, no tienes otro vestido! y cómo nos veremos pa- 
ra hacerlo? son tan escasos nuestros recursos que solo 
Dios puede remediar en esto! 

María había quedado pensativa como si tratara de 
buscar en su imaginación el medio de salvar aquella difi- 
cultad . 

De pronto dióse una palmada en la frente y dijo con 
alegre entonación. 

— Ya tengo vestido! 

— Qué dices? -preguntó Doña Flora — á no ser, hija 
mía, que aludas al de linó blanco.., 

— No! — repuso María riendo con alegría y abrazando á 
su madre — el de linó es para las grandes recepciones! á 
que no adivinas como puedo confeccionar un vestido? 

— No acierto — murmuró Doña Flora, sonriendo ai ver 
el buen humor de su hija. 

— Pues mira!— y al decirle esto, María arrancó de su 
cama la colcha que la cubrid era de percal morado de 
bonito dibujo, y de ella salía perfectamente un vestido, 
hasta con volado, pues la colcha lo tenía ya, mas la te- 
la solo alcanzaba para la pollera, faltaba la bata. 

—Pero, ¿y la bata? — esciamó Doña Flora. 

— Olvidas mamá que tengo en el armario tres varas 
de merino negro? 

Doña Flora sonrió y el^vó al cielo una mirada de in- 
mensa gratitud. 

María tendría vestido! 




— 47 ? — 



Madre é hija pusiéronse á cortar y arreglar la pollera 
de percal y la bata de merino. 

Ambas prendas debían estar para el siguiente día, y 
como no tenían mucha obra pronto se concluirían. 

Doña Flora se encargó de la pollera y María de la 
bata. 

Eran las nueve de la noche, á las once y media que- 
dó listo el nuevo traje de María. 

La bata, confeccionada como por una hábil modista, 
dibujaba perfectamente el gentil talle de María. 

La pollera quedó coquetona con el primoroso volado 
que tanta gracia le daba. 

Ni la mas altiva reina, al suspender sobre sus hombros 
el régio manto recamado de oro, sintió mas orgullo, ma- 
yor satisfacción que María al ataviarse con aquel humilde 
y pobre vestido. 

María, al contemplar este, batió las palmas alegremente, 
cantando con lijera entonación: 

Por andar á la moda 
María Cornejo, 

Se hizo un vestido nuevo 
De un manto viejo! 

— Por andar á la moda, no? — esclamó Doña Flora. 

— No -importa mamá; soy la María del verso, pues me 
he hecho un vestido nuevo de una colcha viejal 

Doña Flora contempló con cariño y orgullo á aquella 
hija tan noble, que Dios le había concedido para su feli- 
cidad. 

Después de una corta y agradable conversación mien- 
tras tomaban el café, madre é hija se recojieron satisfe- 
chas y felices. 

Decidme lectora, qué dicha no esperimentaría María, 
en medio de su pobreza, con la hermosa acción de aque- 
lla noche? 

iQué sueño tan dulce y tranquilo entornaría sus pár- 
pados! su corazón latiría sosegadamente; .y al despertar, 
el recuerdo de la pasada noche, en que ella hizo las 
veces del ángel de la caridad, acudiría á su mente como 
una ráfaga perfumada, regocijando su alma y dilatando su 
espíritu. 




— 478 — 



Y la madre? 

Qué me diréis de ella, de su contento, y satisfacción? 

Oh! debe ser muy dulce para una madre el tener hijos 
tan buenos y nobles como María! 

El sueño de Doña Flora fué aquella noche dulce y apa- 
cible; durante él hubiera podido verse la inefable sonri- 
sa que vagaba por sus labios; — quizá en aquellos instan- 
tes soñaba con su María y creía verla en un trono 
resplandeciente de luces divinas, rodeada de ángeles, los que 
se disputaban el placer de colocar sobre las puras sie- 
nes de su hija una corona de rosas blancas! 

Amaneció el día siguiente, bello y sonriente para Doña 
Flora y su digna hija. 

A las seis ámbas estaban en pié. Miéntras María, ata- 
viada con su vestido de percal y bata de merino negro, 
arreglaba la casita cantando alegremente, como el paja- 
rillo que revoletea contento al vislumbrar los primeros 
resplandores de la aurora. — 

Doña Flora preparaba el desayuno, al mismo tiempo 
que lo necesario para ponerse á trabajar con su hija, así 
que esta terminara de asear la casita. 

Luciana, la mujer de la noche anterior, acudió á casa 
de Doña Flora, fiel á su promesa. 9 

María la recibió afectuosa y alegremente, y Doña Flo- 
ra se preparó para acompañarla á casa de la señora que 
siempre tenía costuras en abundancia. 

Miéntras Doña Flora se vestía, Maria seguía el arreglo 
de la habitación sin dejar de conversar cariñosamente con 
Luciana. * 

Esta, que miraba ir y venir á la linda María, siguiéndola 
con úna mirada en la que se retrataba toda la gratitud de 
su alma, fijó de pronto su vista en el vestido de María, y 
rápidamente dirijió sus ojos hácia la cama de la jóven. . . . 

Comprendió en el acto, al ver la cama ya hecha, pero 
sin colcha, que esta estaba en el vestido que veía á 
María. 

Recordó haber visto la nqche anterior en la cama de la 
jóven la colcha transformada ahora en vestido. 

Luciana cerró los ojos, , ,1o había comprendido todo! 
María seguía afanada en sus quehaceres, pero al notar 




— 479 - 



el silencio de Luciana, sin mirarla, por estar vuelta de espal- 
das, le dijo: 

— En qué pensáis, Luciana? 

— En nada... rezaba! — contestó esta con la voz ahogada. 

María se volvió, y acercándose á Luciana estrechó sus 
manos ésclamando: 

— Confianza en Dios, Luciana! 

Luciana fijó de nuevo sus ojos en el vestido de la jó* 
ven sin murmurar palabra. 

María sorprendió aquella mirada, y sintió encendér- 
sele el rostro. 

Luciana clavó sus ojos en los de María, y tomando 
las manos de esta las cubrió de besos, ésclamando con 
los ojos arrasados en lágrimas: 

— Sois una santa! 

La presencia de la madre de María cortó aquella escena. 

María, emocionada todavía, continuó sus tareas, metras 
que su madre y Luciana salían con el objeto de buscar 
costuras. 

La señora á cuya casa acudieron conocía ya á Doña Flora 
y á su hija, profesándoles verdadero afecto no tuvo ningún 
inconveniente en atender á la recomendada de María. 

Desde aquel día Luciana, gracia* á la protección de 
la jóven, pudo trabajar, y con el producto de su trabajo 
vivió feliz y tranquila. 

La buena Luciana no guardó silencio sobre la buena 
acción de María. 

Habló de ella á cuantos se le acercaban, y sus bendi- 
ciones de alabanzas no reconocían límites. 

Debido á esto, la generosa obra de María tuvo la recom- 
pensa merecida. 




— 480 — 



CAPITULO IV. 



1G d©8©@ct@©í<í®. 



Mas de un mes habría transcurrido después de las escenas 
que hemos narrado en el capitulo anterior. 

Era el 24 de Junio, fiesta de San Juan, día por lo ge- 
neral nublado y lluvioso. 

Parece que este día el cielo se dispusiera siempre á ne- 
garnos sus encantos; el azul del firmamento desaparece tras 
las espesas y plomizas nubes; el sol se oculta y permanece 
así escondido, hasta que pasa el día, de San Juan. 

Parece siempre que la tristeza de la naturaleza en ciertos 
dias armonizara con la de nuestros espíritus. La bella y 
fresca primavera es la alegría de la vida; el invierno, con sus 
dias opacos y sin sol, la melancolía del corazón, la tristeza 
del alma! 

Ah! muchas veces hemos sentido lágrimas en nuestros 
ojos al buscar y hallar la similitud de los dias tristes de 
invierno con los dias amargos de la existencia! 

Perdonad, lectora querida . . . que nos háyamos desviado un 
instante de nuestra historieta, para hablaros de lo que no os 
interesa, de nuestros sentimientos, pero parécenos que un fuerte 
vínculo de simpatía nos une, lectora amiga, y este pensamiento 
me hace creer que no hallareis á mal que dedique algunas 
líneas para hablaros con la confianza y espansion del cariño. 

Mas de unos ojos amigos nos leerán . . . 

Las confidencias de nuestra ^Jma, que en el transcurso de 
esta obra estampemos, tendrán, no lo dudamos, el mas noble 
de los asilos: ellas serán acó j idas en mas de un corazón! 

Mas. . .continuemos! 

Decía que era el día de San Juan. 

Amaneció como siempre, triste y nublado. 

María, a^gre y satisfecha, trabajaba junto á su madre; era 
de imperiosa necesidad concluir las costuras aquel mis- 
mo día. 




— 481 — 



El semblante de la jó ven estaba iluminado de placer: su 
conciencia satisfecha parecía entonar himnos de alabanza. 

Pero debemos lectora, ántes de proseguir, presentaros ótro 
personaje. ' 

María amaba á un joven estudiante de Medicina, el cual per- 
tenecía á una familia distinguida. 

Llamábase Luis, contaba veinte años, y era poseedor de 
un carácter tan poco serio y veleidoso, como las veletas de vien- 
to que en lo alto de las torres jiran sin cesar de Norte á Sur 
y de Este á Oeste . 

Contábase en el número de ciertos hombres, cuyo único 
oficio era. ..no hacer nada, dedicando su, tiempo á edificar 
castillos cuyos cimientos tenían la , solidez de un. . . meren- 
gue! base tan dtdeé como frágil! 

María, solo conocía la fa$ mas bella de Luis, la que este 
quería mostrarle, finjiendó poseer lo que no tenía. 

La moral de Luis era bien dudosa. - 

Doña Flora veía con disgusto aquellos amores; ella hubie- 
ra ambicionado para su hija un hombre digno que hiciera 
su dicha y no un jóven sin porvenir por su poco juicio, y 
sin ningún valor moral por su carácter tan débil como po- 
co recto. 

Una esperanza abrigaba Doña Flora: María decía amar *á 
Luis, pero la /buena madre creía haber notado, con alegría, 
que su hija iba poco á poco perdiendo el cariño que profe- 
saba á aquel. 

Quizá iba comprendiendo lo indigno que era de ella aquel 
á quién había amado con tanta fe. 

La virtuosa jóven, tan digna, tan noble y generosa, mere- 
cía la mas bella de las suertes. 

Sin embargo, ella luchaba consigo misma, sin poder lograr 
arrancar aquel amor de su pecho. 

Pero Doña Flora veía lo principal; que María iba en camino 
de vencer en la lucha. 

Así las cosas hasta entonces, cambiaron de improviso, y 
sucedió en aquel hogar algo extraordinario, parecido á un 
sueño, siendo, sin embargo, la mas hermosa realidad. 

La *tarde de aquel día de San Juan, María y su buena 
madre se vieron precisadas á eqtregaf las costuras con 
pluictes. ' 




— 482 — 



Serían lasaseis, ya casi la oración, por ser la estación de 
invierno. 

María esperaba á”su madreen la puerta de la calle. 

En ese mismo instante cruzó ante ella un caballero ya de 
dlguna edad. Representaba unos cincuenta y cinco años, pró- 
ximamente, y era de hermosa figura, mediana estatura, de dis- 
tinguido y simpático rostro, de cutis blanco pálido, ' perfil 
griego, frente espaciosa, ojos garzos y pelo cano. Su barba, 
corta y aristocrática, era casi enteramente blanca. Vestía de 
negro; un levitón de forma elegante dibujaba perfectamente 
su majestuosa talla, llevaba sombrero chambergo y completaban 
su atavío unos guaíites de cabritilla de color pizarra oscuro. 

El conjunto de aquel hombre era hermoso y elegante; 
imponía desde el primer instante; su edad y su porte inspi- 
rában respeto; la bondad y belleza de su rostro despertaban 
simpatías. , 

María le vió venir y contemplólo con atención. 

Aun no había fijado el su atención en la jóven, pero bien 
pronto la vió; pasó junto á ella mirándola con insistencia; 
María inclinó su vista turbada. 

Doña Ana se reunió á su hija, dirigiéndose ámbas á en- 
tregar las costuras. 

Atravesaron la calle caminando apresuradamente por la 
acera opuesta á la casa que habitaban. 

Al finalizar la cuadra, María notó, con estrañeza, apos- 
tado en la esquina al Señor que acababa de pasar por su 
casa; no las había visto y tenía los ojos fijos en la morada 
de. María. 

Al atravesar Doña Flora y su hija la bocacalle, el des- 
conocido volvió la vista, y entónces pudo verlas, mos- 
trando al pronto una sorpresa que trato de disimular. 

Cambió deposición, y cruzando la calle apresuradamente 
pasó anté Maria y su madre, inclinándose hizo á ámbas 
un saludo respetuoso, desapareciendo luego á lo largo de 
la calle. 

— Quién es ese señor? — preguntó sorprendida Doña Flora. 

— Lo ignoro, mamá, — contestó María — hace un momento 
le vi pasar por casa, cuando te esperaba á la puerta. 

Doña Flálra nada dijo, pero su frente se contrajo y 
dirigió una rápida ojeada en torno suyo como temerosa 
de volver á encontrar al desconocido. 




— 483 '■ 



Después de entregar las costuras volvieron á su casa 
sin haber hallado en el camino nada que les llamara la 
atención. 

Sin embargo, Doña Flora quedó intranquila, preocu- 
pándole, sin saber por qué, la escena ocurrida aquella no- 
che . 



CAPITULO V. 



gseecus <t© (a 



Amaneció el siguiente día. 

En las primeras horas de la mañana, Dona Flora y 
María fueron visitadas por una amiga. 

Llamábase esta Josefa , y entre otras buenas cualidades, 
tenia la de. ser chismosa en grado superlativo. 

Era una dehesas tantas que se titulan amigas, tan ge- 
nerosas, que no pierden la ocasión de amargar los goces 
de las almas buenas y sencilfas bajo el pretesto del in 
teres que por ellas dicen tomarse. 

Su conversación empezó por mil zalamerías, prodiga- 
das á Doña Flora y su hija, queriendo introducirlas en el 
corazón como vulgarmente se dice. 

Doña Flora, mujer de experiencia y conocedora algún 
tanto del corazón humano, púsose alerta. 

María, sencilla ci inocente, escuchaba reconocida las ala- 
banzas de Josefa, sin que su ingénua alma alcanzara á 
comprender si podría haber falsedad tras aquellas caricias 
de Judas. 

Por fin la amiga exclamó: 

— Ah! hijita, el mundo está perdido; ya nada valen los 
méritos de la virtud y de la honradez! 

— ¿Qué importa que para el mundo no valgan si Dios, jus- 
ticia de buenos y malos, premia desde allal — dijo Doña 
Flora viendo venir ya ló que presentía. 

—Oh! — prosiguió diciendo la oficiosa amiga— Dios es 




— 484 — 



Dios . . . pero grato nos sería también que la sociedad reco- 
nociera nuestras virtudes acá en la tierra; pero no, desen- 
gáñate querida, hoy solo impera el dinero, el oro, las ri- 
quezas. 

— ¿No ves tú — continuó la malvada Josefa — como á pesar 
de tener tú una hija de tan bellas prendas, el picaro de Luis 
prefiere la opulenta heredera de Arcallena? ' 

— Josefa! — esclamó Doña Flora, indignada y dolorida al 
notar la palidez espantosa de María. 

La amiga , aparentando distracción, prosiguió: 

— Es una infamia lo que pasa! ese Luis no tiene dignidad; 
estando comprometido con María, hace público alarde de sus 
amores con la heredera de Arcallena! Y no hay duda que 
con ella se casará; la de Arcallena está ciega por él . . .anoche, 
en el teatro se veía á Luis á su lado, en el mismo palco 
de ella.. ..y todos hablaban de <su próximo enlace. ... qué 
infamia, hija, qué infamia! 

— La infame eres tú! — esclamó Doña Flora, corriendo á 
socorrer á su hija próxima á desmayarse! 

—Flora! — esclamó la amiga como ofendida y contem- 
plando el cuadro que su odiosa charlatanería había for- 
mado. 

— Josefa, sal de esta casa en el momento.. .has inferido 
una honda herida en el corazón de mi hija! 

Doña Flora señaló la puerta con enérjico ademan á la 
chismosa Josefa. 

María, con la cabeza apoyada en el seno de su madre, 
lloraba con silencioso dolor. 

Josefa lanzó á las dos mujeres una penetrante mirada 
y se encaminó á la puerta esclamando: 

— Haga Vd, caridad! ni agradecen que se les abran 
los ojos! 

Y {desapareció de la' habitación llevando lo que ha- 
bía ido á buscar, el goce del mal. 

Doña Flora estrechó á su hija contra su pecho escla- 
mando: 

— Valor, María! piensa en tu madre!... 

María abrazó á su madre, desahogando su dolor en el 
seno de Ta afligida señora. 

Desgraciadamente, la odiosa charla de Josefa, en su ma- 
yor parte, no carecía de verdad, aunque la mala lengua da 




— 485 — 



esta, con dañina intención, había cargado de colores el 
cuadro. 

Sin embargo, en honor á la sinceridad, diremos que 
Luis amaba realmente á María, y que todavía ,no había 
pensado en casarse con la de Arcallena, aunque no de- 
sechaba esta idea á pesar ,d e su compromiso con v la noble 
María. 

En la tarde de aquel día, Luis fué á visitar á nuestras 
amigas ignorando lo ocurrido. 

Inquietóse el joven al observar las recientes huellas de 
llanto en el rostro de María y el aspecto severo de Doña 
Flora. 

No tardó en saber lo que ocurría, y ante las lágrimas 
silenciosas de María y las severas palabras de Doña Flora, 
el jóven solo acertó á disculparse torpemente. 

Su conciencia reprobaba su conducta. 

El resultado de aquella escena pareció quedar aplazado. 

Luis se resistía á abandonar el cariño de María. 

María amaba al jóven con todo la fe de su alma, y ¿qué 
mujer encuentra defectos cuando ama con todo el entu- 
siasmo de su virgen corazón? 

«El ampr' es tan generoso y condescendiente cuando 
es esclavo, como exijente cuando es absoluto dueño de la 
voluntad que adora. 

Por lo general, los amantes se componen de víctima y 
verdugo, pero, ¡ay! á los diez y nueve años, cualquiera 
de los dos papeles que se represente son gratos al co- 
razón, al entendimiento y al espíritu!» 

En cuanto á Doña Flora . . . era madre! 



CAPITULO Vi. 



ices® Eciespetraci© 



Ha transcurrido una semana mas. 

Durante estos días, María ha visto pasar por su casa, 
todas las tardes, al simpático caballero de la barba blanca. 




— 486 — 



que al verla salúdala siempre con profundo respeto y 
marcado afecto. 

Al noveno día, estando Doña Flora y su hija entrega- 
das á su labor, cosiendo afanosamente, llamaron de pron- 
to á la puerta con la mayor suavidad. 

María se adelantó á abrir, creyendo fuera alguna de las 
personas para las cuales cosían. 

Pero quedó como clavada en el sitio donde estaba al 
reconocer á la persona que llamaba. 

Era el desconocido, el simpático caballero que pasaba 
todas las tardes por casa de María ... 

—Señor — murmuró María turbada, y con la faz lele- 
mente encendida, — será una equivocación quizá, aquí... 

— Señorita — interrumpió el desconocido con perfecta 
urbanidad — no vive en esta casa Doña Flora González de 
Rodríguez? 

—Sí, señor, aquí vive — contestó Mai^a cada vez mas 
sorprendida. 

— Suplico á Vd., señorita, se sirva tener la bondad de 
entregar á su señora 'madre esta tarjeta y rogarla me per- 
mita una entrevista. 

— Perdonad!— agregó el desconocido, entregando á la 
joven una tarjeta é inclinándose nuevamente con esquí - 
sita finura. 

María, absorta, recibió la tarjeta con trémula mano. 

Esta escena tenía lugar fuera de las habitaciones. 

Doña Flora leyó en la tarjeta que su hija le entregó el 
nombre de Rodolfo ¿Alantes de "Olivares . 

Doña Flora hizo una esclamacion: aquel nombre era 
muy conocido; pertenecía á un gran personaje poseedor 
de una inmensa fortuna, y de una fama no ménos grande 
por sus elevadas prendas mprales. 

— Dios mío! que querráreste señor? 

Doña Flora, turbada, inquieta, sin saber que pensar, hizo 
pasar adelante al caballero de Olivares. 

Al verle hizo un movimiento de sorpresa; reconoció en 
él al que todas las tardes encontraban • al salir para en- 
tregar las costuras, al misterioso caballero que tan respe- 
tuosamente las saludaba. 

Olivares saludó con respeto y distinción á Doña Flora, 
inclinándose nuevamente ante María, que permanecía de 




— 487 ~ 



pié apoyando una de sus manos en la mesa de costura , 

El de Olivares tomó la palabra en éstos términos^ 

— Señora, Vd. cstrañará, como es natural, mi presencia 
en es$a casa, pero se dignará disculpar esta libertad una 
vez enterada del objeto de mi visita. 

Doña Flora, sin acertar á responder, hizo una señal 
de aprobación, demostrando estar dispuesta á escuchar. 

— Señora, — continuó aquel, — soy viudo, no tengo hijos, 
y cuento con una considerable fortuna; amo á vuestra hija 
la señorita María; y me consideraría muy honrado y feliz 
si ella se dignara aceptarme como esposo, aunque tan solo 
me amara como padre y amigo; mi edad y mi nombre, 
señora, son una garantía. — Este solo es el objeto de mi 
visita, por lo tanto permitidme que me retire; os dejo, 
señora, en libertad-de reflexionar sobre la petición que 
acabo de haceros: dentro de dos dias volvere, con vuestro 
permiso, para escuchar vuestra determinación. . .quiera 4 
Dios que ella llene mis vivos descosí 

Y al decir esto, sin dar tiempo á que Doña Flora pudiera 
objetar algo, saludóla con respetuosa cortesía, despidiéndo- 
se de María con distinguida espresion de aprecio. 

Pasaron algunos instantes, después de la desaparición 
de Olivares, sin que madre é hija acertasen á decir una 
palabra. 

— Dios mió! es esto un sueño? — csclamó por fin Doña 
Flora. 

— Ya ves que no, mamá — contestó María, — en verdad 
que estoy aturdida! 

— Hija mía... qué piensas hacer; qué determinarás? 

— Mamá, lo que tú ordenes. . . 

— Oh! no, adorada María, no será tu madre la que vio- 
lente las inclinaciones de tu corazón! 

Maria guardó silencio; rio hay duda que en el fondo 
de su pecho tenía lugar en aquel momento una tremenda 
lucha. 

— No violentaré tus inclinaciones, María mía — esclamó 
Doña Flora-, — pero como madre es mi deber hacerte co- 
nocer los dos caminos que se ofrecen á tu vista: amas á 
un jóven, hija mía, que, doloroso me es decirlo, no puede 
ofrecerte ninguna felicidad ... la vida que lleva hace du- 
doso su porvenir; este será erizado de espinas, y tú, nlí 




— 488 — 



María, sufrirías acerbos dolores. . .en caso de que llegara 
el día en que te unieras á él, aunque mi corazón presiente 
lo contrario ... oh! perdona hija mia, que te muestre la 
verdad desnuda, pero María, yo temo que el día ménos 
esperado] Dios me llame á su seno teniendo que de- 
jar en la horfandad, 'en el abandono y la miseria á mi hija 
idolatrada! 

La providencia nos envía ahora una tabla salvadora, un 
sosten vigoroso: tu unión con e$e caballero, María, haría 
tu dicha; á seres como este se les ama fácilmente; co- 
nozco las cualidades de Olivares, y sin tratarlo lo he admi- 
rado siempre en vida de tu padre, que solia nombrarlo 
con profundo respeto y estimación. Ahora, en medio de 
nuestra pobreza y humildad, el honor que se nos dis- 
pensa es obra de Dios, no cabe duda. ¿Qué méritos tene- 
mos para tan alta distinción? . . . Dos caminos se te ofrecen, 
María ainada, elije: sea cual fuere, no me opondré; á tí, 
ante todo, no quiero violentarte en lo mas mínimo, mi 
misión está cumplida al aconsejarte lo que me dicta el 
corazón y la experiencia; tú decidirás, hija mia! 

María había escuchado las palabras de su madre con 
profundo respeto y recogimiento; silenciosas lágrimas ro- 
daban por sus tersas mejillas conforme iba hablando la 
autora de sus días. 

Al concluir esta, la jóven parecía haber tomado ya su 
resolución. 

— Madre querida — esclamó, — he escuchado con pro- 
funda atención tus palabras, para mí sagradas, y ellas han 
penetrado hasta mi corazón: ciega estaría, si ofreciéndoseme 
dos caminos optase por el malo desdeñando el bueno . . . 
seré la esposa de Olivares!. . . 

—Oh! María! — interrumpk^Doña Clára con enternecimien- 
to, — tú te sacrificas. . .María! María! mira lo que haces, reflexio- 
na bien lo que dices! 

— Sí, mamá; he reflexionado, estoy dispuesta á ser la es- 
posa de Olivares. . .Luis me engaña... lo comprendo!... 
Primero está mi madre adorada que todas las cosas del 
mundo ! 

— jGracias, mi María querida! gracias! pero yo me mori- 
ría de pena si viera que tu resolución' era el resultado de un 
saqrificjQ qqe aftogab^ sentjfnientcis de tu coraron, , . 




— 489 — 



María cortó las palabras de su madre dándole un beso en 
la boca. 

— Seré la esposa de Olivares, sin esfuerzo, todo lo con- 
trario, con placer y llena de gratitud hácia Dios por su in- 
finita bondad! . . . 

Madre é hija permanecieron estrechamente abrazadas por 
largo rato. 

No tardaron en serenarse algún tanto sus espíritus, des- 
cendiendo la calma á sus corazones agitados y á sus imaji- 
naciones exaltadas. 

Doña Flora y María pasaron la mayor parte del día en 
hablar sobre el inesperado suceso que había ido á poner en 
revolución á aquel pacífico hogar. 



CAPITULO VIL 



é ti vfoM 



Dos días después. Olivares escuchó de los lábios de Doña 
Flora el anhelado consentimiento, unido á las demostracio- 
nes de la mas grande y digna délas gratitudes. 

Olivares sabía quien era María . 

Conocía sus nobles prendas; hasta él había llegado loque 
Luciana se complacía en repetir por todas partes, ésta es la 
bella acción de María, aquel rasgo de noble generosidad que 
atestiguaba sentimientos de ángel. 

Este fue el origen de la admiración, amor y respeto 
que Olivares sintió por María. 

El conocimiento de su virtud acrisolada, la ternura de su 
corazón, unido á su cándida y pura belleza, decidieron inme- 
diatamente el porvenir de la generosa María . 

De común acuerdo, convinieron Doña Flora y Olivares, 
en que no habiendo necesidad alguna de retardar las bodastf 
estas tendrían lugar eje allí á quince dias. 

A partir de aquel jnomenfí , la modesta casita de Dofta 




— 490 — 



Flora González de Rodríguez se transformó como por en- 
canto . 

Multitud de criados de ámbos sexos iban y venian, colo- 
cando alfombras, y cortinados: muebles riquísimos sustituían á 
los humildísimos que antes alhajaban la modesta vivienda. 

Olivares quería que la ceremonia matrimonial se hiciera 
en la misma casita, testigo de tantos sufrimientos y de 
tantas virtudes. 

María, la pobre niña que pocos dias ántes habíase 
despojado del único vestido que poseía para hacer una 
hermosa obra de santa caridad, veía ahora ante su vista 
cantidad de cajas conteniendo'riquísimos trajes, con que las 
principales modistas, por encargo de Olivares, se apresu- 
raban á engalanar á la futura esposa del opulento señor. 

Trajes, alhajas, encajes, y tapados, tan variados en sus 
formas, gustos y valores, que estasiaban la vista del mas 
exijente en materia de lujo y buen tono. 

No cabía duda; la justicia de Dios resplandecia en lo 
acaecido . 

El premio era grande y hermoso. 

Doña Flora así lo pensaba al contemplar todo lo que 
la rodeaba, y aj* ver á su María aturdida, pero sonriente 
por el bienestar de su madre, no podía menos que 
esclamar: 

— Gracias, Dios mió! tu clemencia es infinita, premian- 
do á la que vistió al desnudo con sus propias ropas! Gra- 
cias! gracias, por el sosten que dais á mi hija, para que 
después de tanto sufrir pueda tranquila, apoyada en el 
brazo amigo que le deparáis, atravesar con seguro paso 
el camino, escabroso de la vida! 

Llegó al fin el día señalado. 

Olivares condujo orgulloso, al pié del altar, á la noble y 
bella esposa qué su corazón había elegido. 

Ante una selecta concurrencia, compuesta de lo mas 
encumbrado, aquellos dos destinos quedaron unidos por 
el fuerte é indestructible lazo del himeneo. 

Olivares, al reunir en torno suyo la distinguida con- 
currencia que le acompañó en la ceremonia de su ca- 
samiento, sentíase lleno de satisfacción en mostrar á la 




— 491 — 



admiración y respeto de aquellos la dulce compañera 
que desde aquel instante compartirla su existencia. 

María, ataviada con un sencillo pero riquísimo vestido 
de raso blanco, adornado de azahares, estaba hermosí- 
sima, atrayendo las miradas de todos. 

Concluida la ceremonia, Olivares presentó el brazo á su 
esposa, María apoyóse en él blandamente, dirigiendo á aquel 
una intensa mirada de estimación y gratitud. 

Olivares recogió en su corazón aquella mirada velada 
por las lágrimas, y estrechando las manos' de la joven 
murmuró: ^ 

— María, hija mía, todos los instantes de mi vida serán 
pocos para destinarlos á haceros feliz!' 

María sintió un placer inefable, creyó escuchar la| voz de 
su padre que ler^aseguraba la intensidad de su amor, y 
sonriendo á su esposo murmuró: 

— Gracias! gracias ! . . . . 

Las lágrimas que llenaban los ojos de María cayeron 
sobre la diestra de Olivares como la mas elocuente muestra 
de lo que pasaba en el alma de María. 

¡Bendita la frente pura que domina por la virtud y 
triunfa con la modestia ! . . . 

Olivares condujo á su esposa hasta el s^no de su ma- 
dre que la esperaba con los brazos abiertos • . 

Ambas mugeres quedaron unidas por un estrecho 
abrazo. 

Todos sintieron sus ojos humedecidos por las lágrimas, 
al presenciar aquella tiernísima escena. 

Poco á poco la serenidad volvió á los corazones con- 
movidos. 

La fiesta continuó hasta la madrugada, hora en que 
la concurrencia abandonó la casa de los recien casados, 
deseándoles de corazón la mas sonriente de las feli- 
cidades. 

Esta tenía que descender sobre el nuevo hogar, porque 
María era un ángel, así lo decían todos y así lo pensa- 
ba Olivares, el feliz esposo, que veía en aquella niña la 
amiga querida que había de embellecer -las horas de su 
existencia. 

No se engañaba el noble Olivares. 

Las esposas como María lo comparten todo con el 




hombre á quién han jurado fidelidad y obediencia al pié 
de los altares : el llanto y la alegría, la felicidad y la po- 
breza, la vida y la muerte. 



CAPITULO VIII. 



©teta sin) rumbee 



Han trascurrido tres años. 

María es madre de dos hermosos niños. 

Olivares, cariñoso y fino, hombre educado y de esqui- 
stos sentimientos, se hizo amar bien pronto de su esposa. 

Sus atenciones, y su estremado cariño, impresionaron en 
un principio á María, concluyendo al fin por amar since- 
ramente á tan digno compañero, á tan escelente amigo, 
con ese afecto tanto mas profundo cuanto que esta basado 
en la mutua estimación. 

María había desechado ya de su memoria el recuerdo 
de Luis, ahora solo amaba á su esposo, al padre de sus 
tiernos hijitos. 

Doña Flora parecía haber rejuvenecido con la felicidad 
de su hija. Pasaba las horas haciendo caricias á sus nie- 
tecitos, los cuales pagaban su cariño con esas mil monadas 
que son el encanto de la primera edad. 

Mamá ora era el nombre con que distinguían á su 
abuela los dos pequeñuelos de María. 

Olivares -y su esposa, solían contemplar el tierno cuadro 
que ofrecía la abuela y los n^tos, y una sonrisa de su- 
prema dicha iluminaba sus semblantes, inundando de lá- 
grimas sus mejillas: era el rocío del alma que aparecía 
en sus ojos trasformadas en perlas líquidas. 

Doña Flora, la feliz madre y abuela, al contemplar á su 
vez la felicidad de los dos esposos, en los que á pesar de 
la diferencia de edad, sus almas se habían comprendido, 
no podía ménos que esclamar: 

— Dios mío! no cesaré de daros gracias eternamente! 




húnca podré olvidar el origen de nuestra actual felicidad; 
el premio que habéis dado á mi virtuosa María, llena nuestras 
almas de gratitud. Pocos dias hacían, que la hija de 
mi alma había hecho la noble acción de vestir al desnudo ; 
tú la viste, Dios mió, con qué santo placer entregaba su 
único vestido! éramos pobres y sin mas esperanza que la 
que en vos. Señor, teníamos depositada; la recompensa de 
su acción no se hizo esperar y ella fué grande y her- 
mosa, como que venía de vuestra divina bondad! — Mi 
María tuvo, no uno sino centenares de vestidos, pudiendo, 
desde ese momento, vestir no solo al desnudo de cuerpo 
sinó también al que despojado del sagrado ropaje de la 
virtud, tiene el alma desnuda de bellezas y de bienes. 

Como ella ambicionaba pudo acallar todas las necesida- 
des, siendo, en fin, la madre délos desgraciados. 



Fin del libro XII 




LIBRO DECIMOTERCIO 



DAR POSADA AL PEREGRINO 




DAR POSADA AL PEREGRINO 



El viajero, cualquiera que sea la condición 
en que camine, es un mendigo menesteroso, 
y su situación, un termómetro en que se co- 
noce el grado de caridad en el corazón hu- 
mano.... 

Juana Manuela Gorriti 

Hay una justicia superior k la del hombre; 
la justicia de Dios. *** 

Goza de los beneficios que te conceda la 
Providencia, be aquí la sabiduría: haz ♦ gozar 
de ellos & los demas; he aquí la virtud 

[Sentencia Arabe ) 



CAPITULO I. 



10 vigoro. 



Era una noche fría y lluviosa. 

Un viento helado y persistente azotaba las ramas d e los 
árboles, desgajándolas en sus mas violentas ráfagas; de cuan- 
do en cuando un deslumbrante relámpago iluminaba el es- 
pacio seguido de formidables truenos que hacían estremecer 
la tierra. 

Ningún viajero parecía haberse atrevido á cruzar los cam- 
pos de Torens, con un tiempo tan malo é incómodo. 

Sfti embargo, alguien viajaba por aquellos párages solita- 
rios en esa noche terrible, y no á caballo sino á pié y re- 
cibiendo sobre sí toda la lluvia que caía cada vez mas 
fuerte. 




— 498 — 



Singular ocurrencia! 

¿Que motivo tan poderoso podría impulsar al audaz viajero 
para atravesar unos campos casi anegados' por la torrentosa y 
continua lluvia? Qué imperiosa necesidad le obligaba á aban- 
donar su hogar, emprendiendo á pié una marcha penosísima, 
en una noche tan fría y lluviosa, en la que nadie parecía 
haberse atrevido á acometer tan temeraria empresa? 

El extraño viajero seguía su marcha luchando contra los 
elementos y el helado viento que azotaba su frente y la copiosa 
agua que hada ya casi intransitables los caminos. 

Examinemos, lectora, á la luz de los relámpagos al in- 
trépido viajero que de una manera tan estraña viene á llamar 
nuestra atención. 

Es un hombre joven, como de veinte y dos años, viste con 
sencillez y cúbrelo casi por completo un grueso capote que apénas 
deja ver sus botas enlodadas; un sombrero de paja de anchas 
alas completan el traje del viajero. 

A pesar de estos atavios, que parecen demostrar que aquel 
hombre perteneciera á la clase baja, cambian las ideas de 
curso al contemplar su gallarda y gentil figura, su aire distin- 
guido y un sello de notable superioridad que se advierte en 
todo su ser; su rostro es de una gran belleza varonil, su cutis 
blanco y suave, su frente espaciosa y de un corte perfecto, sus 
ojos negros, ’ tiernos y espresivos, demuestran, al rnsmo tiempo, 
la energía de una alma bien templada, sus c-ibellos negros son 
sedosos y naturalmente rizados; completan aquel hermoso y 
simpático rostro, una nariz recta del mas puro dibujo y una 
bella boca, siempre sonriente, sombreada por un elegante y aris- 
tocrático bozo. 

Sus manos, blancas, pequeñas y tan bien formadas como 
podrían ser las de una niña; sus pies, aprisionados por las 
gruesas botas que lo preservaban en algo de la humedad 
del camino, eran dignos de acuellas manos, y parecían per- 
tenecer ámbas cosas á un dueño de noble y delicada cuna. 

No hay duda, aquella, marcha precipitada y aquel traje 
particular podían tomarse coma un disfraz que ocultara un 
gran misterio... ' • 

El jó ven viajero parecía ser un caballero distinguido, qui- 
zá pertenecía á una tamilia pudiente, pues á favor de los 
relámpagos un curioso observador hubiera podido admirar 
dos sortijas de hermosos brillantes, que despedían rayos de 




— 499 — 



luz, haciendo un precioso efecto sobre las blancas manos 
del viajero, aunque haciendo resaltar extraño contraste con 
sus humildes vestidos, 

El jó ven, de cuando en cuando detenía su paso, y per- 
manecía inmóvil esperando la luz de un nuevo relámpago 
que le permitiese investigir el estado de los campos, y, qui- 
zá, vislumbrar algún refugio parí guarecerse de la lluvia 
que empez iba á caer con mayor fuerza 

— O íé noche! — murmuro, detenien lo nuevamente el paso, 
luego prosiguió, dicicn lo en voz apenas perceptible: 

— Hi pocos momentos creí distinguir una luz á lo léjos, pero 
ya no la veo, quizá haya si lo una ilusión de mi mente. ..oh! 
si encontrara un albergue cualquiera, aunque fuera por esta 
noche!. . .hace dos_£j_ue no descanso, camino, camino, y nunca 
llego . .y yo se han concluí. .lo las pocas provisiones que ‘‘.ray, 
desde anoche qu? cirezco de alimento . .vamos, valor y ade- 
lante! no se por qué me parece que encontraré donde pasar la 
noche; quizá lo luz que hace poco vi me infunde esta espe- 
ranza. 

Calló el joven y continuó con mas ardor su marcha; y 
así caminó por espacio de un cuarto de hora: de pronto se 
detuvo . 

— Oh! allí está la luz, á la claridad de los relámpagos he. 
podido distinguir un grande edificio ... será un establecimiento 
de campo. . .pediré posada por esta noche. . .mas. . .y si me 
descubren?... .si son enemigos? Aunque así fuere, la hospi- 
talidad es un deber y mis compatriotas siempre saben cumplirlo 
con placer. 

Al concluir estas palabras, el joven apresuró el paso, deseoso 
de llegar á la casa que á favor de los relámpagos bahía des- 
cubierto á poca distancia. 

Por las palabras del viajero parece comprenderse que hu- 
ye y teme ser descubierto; quizá cuestiones políticas le ha- 
yan impulsado á hacer aquel viaje contra su voluntad, ó 
bien, que desterrado por esas mismas causas se dirigiera á 
algún punto bastí el cual no llegasen las invasoraS corrientes 
de una política que en aquella época teníalos espíritus intranqui- 
los y ajitados, esperando de un momento á otro una catas 
trofe de Estado que á esas horas tal vez ya hubiera esta- 
llado. 




El jcWen viajero llegó á la entrada de la magnífica casa; 
propiedad de un opulento Caballero. 

Llamábase este Ricardo Vilar, su esposa, Cármen, y Luis, 
su único hijo: era esta toda la familia, á excepción de los 
empleados del establecimiento y los criados de ámbos sexos 
que estaban al inmediato servicio de la familia de Vilar. 

La presencia del jóven viajero fué notada por un hom- 
bre que en aquellos momentos salía del establecimiento con 
una gran bolsa al hombro. 

-—Qué se le ofrece?— preguntó el hombre con aspereza, 
mirando al jóven con atención. 

—Sois vos de la casa? — preguntó el viajero, á su vez, sin res- 
ponder á su interlocutor. 

-—Soy peón del establecimiento, pero. . . 

-Pues bien, — dijo el óven, interrumpiéndole — anda y 
di á tus señores que un viajero solicita albergue por esta noche. 

El peón miró al jóven, admirado del tono casi imperativo 
con que le hablaba, y luego, sonriendo con burla, esclamó: 

Pues nó es poco el tono que se dá!- — y volviéndose 

hácia adentro, gritó llamando á un criado: 

— Santiago, ven á ver que se le ofrece á este, yo ten- 
go que ir al corral y no puedo atender á este Señor que á 
horas tan intempestivas viene á molestar la gente. 

Estas palabras fueron dichas con insolente altanería, y exas- 
perado al jóven dió un paso hacia el atrevido peón; 
mas este ya había desaparecido, acercándose en su lugar el 
llamado Santiago, tipo gallego, que dirigió al jóven una 
mirada investigadora esperando que este le hablase. 

La oscuridad no permitía al gallego distinguir bien el rostro 
del desconocido, pero lo juzgó en el acto por su traje hu- 
milde. 

— Hacedme el favor, — esefámó el viajero, suavizando al- 
gún tanto su voz — de pedir permiso á los dueños de esta 
casa para que me permitan pasar la noche en ella; estoy 
empapado por la lluvia y sin comer desde anoche; 
decidles que soy un pobre viajero fatigado por el largo 
camino que acabo de recorrer. 

El gallego escuchó sin decir palabra y permaneció algu- 
nos momento sin moverse del sitio en que estaba; por últi- 
mo giróv sobre sus talones y desapareció, diciendo ántes al jó- 
ven esta lacónica frase. 




— tyuctvú: 

Santiago penetró en el interior de la Casa y se dirigió á 
lina de las habitaciones por cuya puerta se escapaban algu- 
nos rayos de luz. 

Llamó con los nudillos de la mano, y una voz de mujer pre- 
guntó: 

— Quien llama? 

— Santiaju Señora! — respondió el gallego. 

— Entra! 

El gallego penetró en el aposento donde estaba su 
señora. 

Aquella habitación era una yerdadera maravilla por el lu- 
jo que en ella se admiraba. 

Reclinada en uñ~ sofá de damasco de seda celeste se veía 
á Cármen, la dueña de aquella hermosa propiedad; á su la- 
do, leyendo un libro, su hijo Luis,.á corta distancia el' Se- 
ñor Vilar se ocupaba en hacer operaciones aritméticas. 

— Qué quieres, Santiago? — preguntó Cármen con disgusto 
al verse interrumpida por el gallego. 

— Señora, afora hay un viajeru, que dice que está 
muy fatigau, empapau por la agua, y dice que desde anoche 
que nu come porque viene de muy léjus, y pide á la 
señora ó al señor pusada para esta noche. • • 

— Un viajero! — exclamó la señora con interes — y. . . di- 
me Santiago, qué aspecto tiene? ¿es algún caballero? denota 
ser alguna persona distinguida? 

— Cá!...nun Señora, es un pobre diablu, viene vestidu 
con un capote y un gran sombreru de paja. . . 

— Santiago! — esclamó Cármen con enojo — has creído por 
ventura que nuestra casa es posada? anda, pronto, y di á 
ese infortunado que se retire, que tu Señora no dá albergue á 
los mendigos. 

Santiago se inclinó y salió precipitadamente ,al parecer teme- 
roso del enojo de su señora. 

Cármen, podías dejar pasar la noche á ese infeliz con 
los peones del estableciento — estas palabras fueron pronun- 
ciadas por el Señor Vilar. 

— Eso es! — repuso Cármen, irritada al ver la disposición 
de su esposo — si yo consintiera, Ricardo, en dar posada á 
todos los que la imploran estaríamos de continuo alimen- 
tando haraganes! 




— 502 — 



— Dices bien — contestó su esposo, vencido por las pala- 
bras de Carmen. 

— Pero mamá — dijo Luis — en una noche buena, cualquiera 
puede pasarla á campo raso, pero en una como esta, tan 
fria y lluviosa! .... 

— Luis, no nos dejemos guiar por alardes de caridad que 
á nada conducen; admitiría con gusto, prodigándole toda clase 
de cuidados y atenciones si fuera un caballero, un sujeto 
distinguido, pero un pobreton que quizá no tenga ni qué comer! 

rs verdad, mamá — contesté Luis, que por lo visto tenía 
sentimientos tan poco caritativos como su madre — en esa 
parte tienes razón, deben de hacerse distinciones; no se recibe 
lo mismo á un pobre que á un rico; estos merecen nuestro aga- 
sajo y aquellos deben buscar á sus iguales; nada nos había 
de producir el molestarnos por ellos! 

Mientras tanto, Santiago había trasmitido al joven viajero la 
órden terminante de su ama. 

Perlfhaneció este en silencio por algunos instantes, luego, con 
altivo acento, preguntó al gallego: 

— Dímc, ¿cómo se llaman tus amos? 

El gallego, algo amedrentado por el tono del joven, no 
se hizo esperar la contestación. 

— -El patrón se llama, Don Ricardu Vilar; Doña Cármen, 
su muger, Don Luis, su hiju. . . 

— Gracias; ya que tus patrones son tan poco caritativos no 
podrias tú darme algo para mitigar el hambre que me devora? 

El gallego reflexionó un momento, y luego, dirigiendo una 
mirada en torno suyo, contestó al joven. 

— Espere Vd. un momentitn! — y desapareció por breves 
instantes, volviendo en seguida con un pan, un gran pedazo 
de queso fresco y dos manzanas. 

El viajero recibió todo aquello sin decir una palabra, y cuan- 
do el gallego se disponía á ^íetirarse, entonces lo llamó y 
le dijo: 

—Oye con atención lo que voy á decirte: tú acabas de hacer 
una buena acción, te has mostrado^complaciente con quien no co- 
noces; tu comport amiento, buen hombre, ha labrado tu felicidad; 
ten presente estas palabras. . .por ahora nada mas te digo, 
sé donde vives y que te llamas Santiago, eso me basta. En 
cuanto á tus crueles amos . . . Dios perdone sus malos senti- 
mientos! .. .Toma, — continuó el jóven quitándose una de las 




— 503 — 



magníficas sortijas que adornaban sus manos, — consérvalo 
como un recuerdo mío; adiós! 

Dichas estas palabras, el joven desapareció en la oscuridad 
de la noche, dejando al honrado gallego mudo de admiración 
y como clavado en el sitio en que estaba. 

Santiago, contemplaba absorto la regia alhaja que tenía 
en sus manos, la cual, á los fulgores de los relámpagos, despedia 
deslumbrantes rayos de luz que ofuscaban su vista. 

Pasado su estupor, corrió ágilmente hácia eL aposento de 
su ama y llamó, no ya como ántes sino precipitadamente. 

— ¿Quién es? — volvió á preguntar la voz de Cármen 

— Yo, Santiaju! — contestó el gallego en alta voz. 

— Otra vez!- — esclamó colérica se ama. 

La puerta se abrió y el gallego se precipitó en el interior 
del aposento, 

— Santiago, qué es esto? te has vuelto loco? — preguntó el 
Señor Vilar al contemplar el azorado rostro de su criado. 

— Nun señor, es que ese peregrinu ... ese viajeru que 

pedía posada . . . 

— Y bien, qué? — preguntó Cármen, interrumpienuo al ga- 
llego — no se, .ha ido todavía ese majadero? Dile que este no 
es hotel. 

— Oh! sí, se fue, mas ántes de irse me dijo un discurso... 

— Hola! un discurso? 

— Oiga la señora, voy á decirla punto por punto todu 
cuanto me diju ese caballeiru . . . 

— No seas bergante, no llames caballero á cualquier 
infeliz. . . 

— Oh! nu puede ser infeliz — esclamó el gallego — los infe- 
lices no hablan de un modo tan bonitu, ni dan réjalos co- 
mu este! 

Al decir aquellas palabras, el gallego enseñó la riquísima 
sortija, que á la luz de las bujías despidió un torrente de 
luces purísimas y resplandecientes. 

Cármen, su esposo y Luis, quedaron mudos de sorpresa. 

El gallego los contemplaba triunfante. 

Quién te ha dado esa alhaja? — preguntó Cármen con 
voz temblorosa. 

— Toma! el peregrinu, el señor viajero! . . . 

No 'puede ser! te burlas, Santiago, de tus señores. 

Nq decías que el viajejro era un pobre diablo? 




— Oh! en el traje sí, mais no en sus palabras ni en su 
clase; ya vé la señora la sur ti ja que me ,ha dadu, y creyu 
que tiene mas, pues vi brillar en su manu, que por ciertu 
es muy blanca, muchas luces así como estas. 

— Oh! Dios! quién será? — esclamó Cármen con exaltado 
acento. 

— Algún gran personaje, por la riqueza de las. alhajas — 
esclamó el señor Vilar. 

— Y le hemos negado la hospitalidad que pedía! — volvió 
á esclamar Cármen — pero no nos imaginábamos que fuese 
una persona así, este picaro gallego es el que tiene la culpa! 

— Yo!. . . .yo nun señora, hé dichu lo que he vistu, 
nada mas! 

— Y qué dijo cuando de parte nuestra le negaste la hos- 
pitalidad que pedía? 

— Primeru se quedó calladu, luegu me preguntó como se 
llamaban mis señores. . . 

— Y lo dijiste! 

— Por qué nó? se lu dije; entónces él me pidiú por caridad 
alguna cosa para cumer, porque tenía hambre; yu lu hice 
esperar y le llevé un pan, un pedazu de quesu y dus man- 
zanas; entónces me diú las gracias y me diju que ya sabía 
comu me llamaba y dunde vivía que eso era bastante, y que 
él me haría feliz, luego ... me dijo algo féu para lus amos. . . 

' — Qué te dijo? — preguntó Cármen, que desde la entrada 
del gallego al aposento había perdido su habitual sangre fría 
y tranquilidad. 

— Me diju . . . que . . . que . . . 

— Vamos, habla! 

— Buenu! me diju que. . .Dius lus perdonase á todos us- 
tedes, porque nu habían sabidu hacer una caridad, y... 

— Bien. . .retírate, Santiago! — Cármen no podía ya con- 
tener la multitud de suposiciones que se agolpaban á ’ su mente; 
y ai oir á su criado referir aquellas palabras del viajero no 
quiso que Santiago notara en su rostro el efecto que ellas le 
causaban. 

El gallego no se hizo ^repetir la orden; ansiaba aquel fll©* 
mentó para contemplar á solas la magnífica alhaja que im- 
pensadamente había adquirido por medio de una buena obra. 




— 505 — 



CAPITULO II. 






Veamos mientras tanto que había sido del viajero. 

Al emprender de nuevo su marcha, dirigió á la casa de 
Viiar una intensa mirada, é inclinando su cabeza sobre el pecho 
murmuró algunas palabras ininteligibles. 

La lluvia continuaba, aunque con menos fuerza, sin em- 
bargo de que el frió era cada vez mas intenso. 

Después de haber caminado un gran rato, el jóven viajero 
se detuvo bajo un árbol corpulento, y guarecido en algo por 
su espeso follaje pudo librarse de la menuda lluvia, fortale- 
ciendo su estómago gracias á la generosidad del buen 
Santiago. 

Concluida aquella singular comida, el viajero volvió á po- 
nerse en marcha con mas aliento, aunque transido de frío 
por el helado y penetrante viento, que en nada había cedido 
en su fuerza. 

Caminó por espacio de media hora, undiéndose á cada 
instante en los fangales que la lluvia había formado; esta fa- 
tigosa marcha iba ya postrando las fuerzas del animoso 
jóven; de cuando en cuando se detenía para tomar aliento, 
elevaba una mirada al encapotado firmamento y luego em- 
prendía el camino con mas f uerza y energía. 

Había adelantado ya mucho cuando se detuvo repentina- 
mente, y quedó inmóvil como escuchando un rumor lejano. 

Razón tenía el viajero para detenerse. 

Confundidos con los rumores de la lluvia y del viento 
acababan de llegar á sus oidos los meláncolicos acordes de una 
guitarra, pulsada al parecer por una mano maestra. 

El jóven viajero, guiado por aquellos tristes preludios, se 
encaminó hácia el lugar de donde partían todo lo precipita- 
damente que el estado del campo le permitió. 

Bien pronto llegó ante una pequeña choza/ humilde alber- 
gue, sin duda, del solitario cantor de aquellos parajes. 

El jóven se detuvo y escuchó. . , 




— 506 — 



La guitarra,- esa fiel intérprete de los sentimientos del so- 
litario hijo del campo, dejaba oir en el interior de la choza 
su música tierna y sentimental; el invisible músico entonaba 
en aquellos momentos, acompañado de la guitarra, una las- 
timera y dulce canción, en que parecía espresar, con seduc- 
tora sencillez, las penas que aflijían su corazón. 

Aquel acento tristísimo, impregnado de una intensa me- 
lancolía, arrancaba lágrimas á los ojos y suspiros al corazón! 

No se necesitaba penetrar en el interior de aquella humil- 
de morada, para comprender que los dolores de la vida ha- 
bían llegado hasta aquel solitario paraje , turbando la paz y 
felicidad que antes se disfrutaba como un bien del cielo. 

Antes de seguir adelante, haremos conocer de nuestras 
lectoras á los moradores del humilde rancho. 

Solo dos seres partían el abrigo de aquel mísero techo, y 
eran estos madre é hijo. 

La madre era yá muy anciana: su cuerpo encorvado, mas 
por los dolores morales que por el peso de los años, 
le daban un aspecto tan estraño, que despertaba en los séres 
que la comtemplaban una mezcla de lástima y de dolor. 

Su hijo era joven, de una belleza verdaderamente sor- 
prendente; había nacido en aquellos campos y llamábase 
Mário. 

Lra alto, ni grueso ni delgado, y de bella figura; su tez 
algo morena era suave y fina, su perfil recto y su frente 
despejada, sus ojos pardos eran hermosos, pero de una mi- 
rada tan intensamente triste y melancólica que demostra- 
ban claramente que aquella alma había apurado el cáliz de 
la amargura hasta las heces.'' Sus labios, algo gruesos, al 
entreabrirse á impulso de una leve y triste sonrisa, dejaban en- 
trever el -nacarado esmalte de una doble fila de hermosos 
dientes;, un naciente bigote sombreaba su boca, y, por últi- 
mo, sus cabellos eran castaños ^ lijeramente ondeados. 

Mário solo contaba veintiún años, y ya las penas de la 
vida habían lacerado su ardiente y juvenil corazón. 

Hacia algunos años que había perdido á su padre. 

A la muerte de este quedaron de familia solo tres séres; 
Mário, su madre y una niña de quince años, hija mimada de 
esta y hermana amorosa de aqueL 

Mário y Manuela, este era el nombre de la niña, se ama- 

tiernamente! siempre unidos y cargosos jama? habían te. 




— 507 — 



nido 4 metior disgusto; Manuela era la confidente de Má- 
rio, y este io era á su vez de su querida hermana. 

Mas la muerte cruel arrebató también sin piedad de aquel 
hogar á aquella tierna y bella flor; Manuela abandonó el 
mundo seis meses después de su padre, dejando á su anciana 
madre y á Mário locos de dolor por aquel nuevo golpe. 

Aquellas perdidas de seres tan queridos, eran otras tantas 
heridas para aquellos dos corazones lacerados por tan repe- 
tidos y dolorosos golpes. 

Mário, fuertemente afectado por la pérdida 'de su padre, 
al sentir la separación eterna de su idolatrada hermana in- 
clinó su frente y derramó un torrente de lágrimas. El, que 
nunca habia llorado, pues ai perder á su padre supo conte- 
ner las lágrimas, reconcentrando su hondísima pena en un 
mudo dolor, etique era enérgico y fuerte para sobrellevar 
todos los dolores de la vida, á la muerte de Manuela, sin 
embargo, la desesperación se desbordó, por decirlo asi, en 
su pecho, y lloró la pérdida irreparable de aquel ángel ado- 
rado, de aquella hermana tan querida, á quién su corazón 
guardó \m eterno recuerdo. 

Tres años habían pasado desde aquellos dolorosos golpes, y 
el dulce bálsamo del consuelo había derramado en ci alma 
de la madre de Manuela y de Mário una melancólica con- 
formidad. 

A pesar de todo, el recuerdo de la pérdida de aquella 
hermana, tan justamente querida, no permitía á Mário disfru- 
tar de completa ventura. 

Aquella alma joven necesitaba otra alma para confiarle sus 
ensueños, para conversar con ella en el lenguaje del senti- 
miento. 

Este momento había llegado; y el corazón de Mário, vir- 
gen hasta entonces de la acción del amor, había despertado 
súbito de su letargo; y sus penas fueron endulzadas, aunque 
no borradas, por los tiernos afectos de la mas pura c in- 
tensa pasión. 

Mário amó; el objeto de este afecto correspondido era 
una preciosa niña de diez y seis primaveras, nacida también en 
aquellos campos, tan bella, física y moralmente, que Mário 
vió en ella una amiga para su alma que la providencia le 
deparaba para mitigar sus hondos pesares. 

Desde aquel instante de suprema dicha, una nueva exis- 




— 508 — 



tencia se ofreció á los ojos del jóven enamorado. En me- 
dio de la soledad de los campos, entregado al cultivo de 
aquel casto y tierno amor, cuidando de su anciana madre 
y recordando todos los dias á su amada hermana y al pa- 
dre que el destino le había arrebatado, su vida parecía des- 
lizarse mas tranquila que lo que hasta allí había sido. 

Más ¡oh dolor! existen seres en el mundo que parecen 
predestinados á sufrir una cadena no interrumpida de penas; 
cadena *que gravita sin descanzo sobre los doloridos hom- 
bros de los desdichados que la arrastran, jimiendo opre- 
sos por el peso terrible de sus hierros, sin vislumbrar en el 
oscuro horizonte de sus existencias, un solo claro que les 
deje entrever la nitidez del puro azul de un cielo sin nubes! 

La amada de Mário estaba herida de muerte por una en- 
fermedad incurable, para la cual la ciencia del hombre es 
impotente. 

Sus bellos y negros ojos ardían con el calor de la fiebre 
y parecía que toda la fuerza de la vida habíase reconcen- 
trado en ellos; en su lindo rostro se dibujaban dos chapas 
de color de rosa; un dolor lento, y aveces agudo, mor- 
tificaba de continuo su delicado pecho y pulmones, y una tos 
seca, corta y fatigosa anunciaban la existencia ya avanzada 
de la tisis. 

Mário vió con espanto los rápidos progresos de la temible 
enfermedad; un rayo de sombría desesperación cruzó por su 
frente, y dos lágrimas candentes, amarguísimas, surcaron por 
su rostro, pálido como la muerte! 

Tres meses después, Mário perdió la amada de su cora- 
zón, aquella que era toda su ventura, su única felicidad 
en la tierra! 

Su dolor fue mudo, terribl^ reconcentrado; anuncio de 
una gran tempestad moral. 

La madre de Mário, conocedora del ardiente amor de su 
hijo, contemplábalo aterrada esperando el desenlace de aquel 
drama fatal. 

Mário cayó gravemente enfermo. 

Pero no murió, aun no era llegada su última hora! 

Quizá le estaban aun reservadas otras rudas y terribles prue- 
bas; así lo creía él, pero Dios no desampara á los que en 
él confian; Mário reconocía su poder. 




— 509 — 



Por espacio de un mes, luchó entre la vida y la muerte; 
pero su naturaleza, iuertey vigorosa, triunfó de aquella ba- 
talla y pudo levantarse del lecho aunque completamente tras- 
formado. 

Su carácter comunicativo y afable, tornóse silencioso, me- 
lancólico y huraño; parecía que todo había dejado de existir 
para el, á excepción de su madre; su corazón esperimentaba 
un tristísimo vacío, imposible de llenar; su alma abatida 
solo hallaba consuelo con el recuerdo de los que fueron, y sus 
ojos, de continuo fijos en lo alto, parecían buscar y esperar 
la calma que solo Dios podía hacer descender sobre su es- 
píritu dolorido. 

La existencia de Mário estaba fielmente retratada en los 
versos de una melancólica y sensible poetisa que dice: 

Mi vida triste, siempre ha corrido 

Sin que alegría pueda encontrar: 4 4 

Ay! que en el mundo lo que he perdido 

Solo en la tumba, lo puedo hallarl 

No conozco á la autora de estos versos, solo se que des- 
pués de perder á su padre ha sufrido los vaivenes de una 
dolorosa existencia, y á quen la fortuna, después de volverle 
la espalda, dejóla proseguir su camino por la senda de la 
vida, erizada en esos casos de las espinas del • desengaño y 
de las decepciones- que proporcionan los seres vulgares y rui- 
nes, para quienes el oro y los pomposos aparatos de la va- 
nidad son los únicos atractivos de sus erradas existencias. 

Aquellos versos, revestidos de tan hondo dolor, han opri- 
mido siempre nuestro corazón, .¡hay tanta amargura y desa- 
liento en tan cortas líneas! 

Mário, solo creía poder hallar en la tumba la felicidad 
perdida. 

Desde aquellas horas de dolor sin término, el jóven hizo 
de la guitarra su mejor confidente y amiga. 

Confiábala sus secretos anhelos, sus amargas tristezas, sus 
melancólicos pensamientos. 

Qué tristes eran sus cantos! al escucharlos, las lágrimas 
brotaban silencio -as de los ojos de sus oyentes! 

La guitarra, pulsada por su nerviosa mano, gemía de do- 
lor; sus cuerdas vibraban tristemente y como al compás de 
aquel corazón dolorido. 




— 510 — 



Ahora que ya conocen mis lectoras, á los simpáticos ha- 
bitadores del humilde rancho, volvamos hácia el viajero que 
se había detenido á escuchar el canto de Mário acompañado 
de los armoniosos y tristes acordes de la guitarra. 



CAPITULO III. 



ktz® de sínapttt® 



El joven viajero escuchó hasta eUfín la canción, y luego, 
adelantándose: llamó con suavidad á la puerta del rancho. 

—Quién va? — preguntó la varonil voz de Mário. 

—Un viajero que solicita de vuestra caridad posada para 
esta noche... 

La puerta fue abierta en el acto por la madre de 
Mário. 

— Entrad, — dijo j — os daremos el albergue que solicitaiscon 
el mayor gusto. 

El viagero dió las gracias, y penetró en el rancho, mas 
detúvose con sorpresa admirando el bello y delicado rostro 
de Mário. 

— Mi hijo— esclamó la anciana indicando al joven. 

Mário se inclinó con sencillez, y el desconocido presentó 
al joven su blanca y aristocrática mano, la cual fue estre- 
chada con cordialidad y franqueza. 

Bastóle á Mário una rápida ojeada para admirar á su vez 
el bello y simpático rostro del desconocido. 

— Sientese Vd. Señor — dijo el joven ofreciendo al viajero 
un pequeño banco de mad^fá rústica. 

El desconocido, al oirse llamars Señor , y de una manera tan 
respetuosa, se estremeció, y dirigió una mirada recelosa en 
torno suyo. 

— Qué noche! — esclamó Mário — está Vd., empapado, y á de 
sentir intenso frío: con la ropa humedecida le hará mal si se seca 
en el cuerpo, quiere Vd. mudársela? 

— Gracias! — esclamó el desconocido — acepto el ofrecimiento, 
estoy verdaderamente empapado, y el frío que siento es cada 
vez mas intenso. 




(-511 - 

—Pase Vd. Señor— esclamó la madre de Mário— y dispon- 
ga de estas humildes ropas, las únicas que en nuestra pobreza 
podemos proporcionarle. 

Al decir aquellas palabras, la anciana invitaba al viajero 
á pasar tras una cortina que dividía la pieza en dos; el des- 
conocido dio las gracias, y después de quitarse las ropas hú- 
medas, vistió las que la anciana le ofrecía; una camisa, aun- 
que ordinaria, de una gran blancura, un pantalón, blanco tam- 
bién, un chiripá imitación vicuña, un saco de paño color pasa 
y unas botas de cuero de cabra. 

Una vez vestido, el viajero salió tras la cortina llevando 
en sus manos las ropas mojadas. 

El desconocido, con la cabeza descubierta, demostraba toda 
su belleza varonil; sus cabellos negros y rizados, aquel ros- 
tro de tan perfecta - hermosura, y ese aire de distinción y 
elegancia que hacía mas gallarda su figura, causaron á la 
anciana madre de Mário un movimiento de asombro. , , 

— Parece ser un gran Señor! — pensó la anciana en su in- 
terior, al mismo tiempo que tomaba de manos del descono- 
cido el grueso capote, destilando agua, y un pantalón de 
paño, ademas de otras prendas entre las cuales se veia una 
camisa riquísima, que hacía juego, por su calidad y finura, 
con la demas ropa blanca, pero no con la exterior, pues es- 
ta mas parecía ser un disfraz por lo tosca y ordinaria. 

La anciana puso á secar, cerca del fuego que ardía en el 
hogar, la ropa del viajero, y en seguida empezó á preparar 
una cena; mujer previsora, comprendió la necesidad que el via- 
jero tendría de ella. 

Disponiendo lo necesario la anciana decía para sí: 

Sea gran personaje, humilde viajero ó infeliz mendigo, en 
nuestra casa hallará generosa é igual hospitalidad; hagamos bien 
.sin mirar á quien; la caridad no tiene límites ni clases, y los 
mandatos de Dios serán siempre obedecidos por mí y por mi 
hijo, siguiendo asilos impulsos de nuestro corazón. 

Mientras tanto, Mário y el viajero habían emprendido una 
interesante conversación. 

Aquel había recibido de su padre una delicada educación, 
y siendo este un hombre instruido y de una inteligencia especial, 
habla sabido dirigir á su hijo, anhelando sacarlo del reducido 
círculo de la ignorancia á que se ven sujetos los habitantes del 
pampo. 




— 512 — 



Mário, prudente y dotado de un tacto esquisito, nada pregun- 
tó ni manifestó curiosidad de saber de donde venia ni adonde 
iba el viajero; al admitirlo en su rancho no sabia quién era, ni 
tampoco necesitaba saberlo para brindarle una hospitalidad que 
jamas su alma noble y generoso corazón habria podido ne^ar. 

Comprendió que algún motivo muy poderoso habia impul- 
sado al desconocido á emprender aquel viaje en úna noche 
semejante. 

El jóven viajero, dotado de una imaginación poética y bri- 
llante, de un talento admirable y de una instrucción pro- 
funda y vastísima, entabló con Mário una conversación ani- 
mada é interasantísima. 

La palabra del viajero era tan persuasiva, tan fácil y 
dulce en el decir, tan sensible y encrjico en sus demostra- 
ciones, que había conquistado en pocos momentos las simpa- 
tías de Mário. 

Este íe escuchaba embebecido, y hasta su anciana madre 
habíase acercado á oir la conversación, cada vez mas animada y 
llena de atractivos . 

El viajero, en pocos momentos conoció el carácter de Mário, 
y se propuso animar, revivificar aquel corazón, aquella alma 
entristecida, y si posible fuera devolverle la perdida calma. 

— És una .alma que peregrina por el mundo — se dijo pensan- 
do en Mário,— huérfana de afectos y enferma de dolor; yo la 
adoptaré como hermana, le brindaré mi cariño y le prodigaré 
mis consuelos. 

El viajero tomó la guitarra, que á su entrada había sido 
colocad^ sobre un banco, y comenzó á templarla. 

Mário lo miró en silencio . 

El desconocido preludió primero un triste acompañamiento, 
luego entonó una canción, que, cosa estraña! era la historia 
de Mário. ^ 

Este, á los primeros acentos de aquel canto, sepultó su ros- 
tro entre las manos... 

La voz del viajero, dulce y tierna, impregnada de una suave 
melancolía, penetró al corazón de Mário, y el jóven sintió 
estremecerse todo su ser á impulso de un sacudimiento que 
le hizo esperimentar un agudo dolor. 

Las adoradas imágenes' y los recuerdos que siempre le 
acompañaban, representáronse con mas fuerza que nunca. . . 




— 513 — 



el canto ? del viajero fué interrumpido por un ahogado 
sollozo! 

Mário lloraba! . . . 

Mário sentía que su corazón no podía soportar los senti- 
mientos que le ahogaban: oprimióse su corazón, pero las lágri* 
mas inundaron su rostro, saltando cual la corriente de lava 
ardiente que de su seno arroja el volcan no pudiendo ya 
contenerla. 

Las lágrimas de Mário brotaban de un corazón ardoroso y 
enfermo de tanto sufrir, y al aparecer en los ojos habían 
ya torturado aquella alma entristecida; ántes de derramarlas 
sentía como si una mano férrea quisiera ahogarlo, mas luego 
su pecho respiró con mas libertad. 

Al ver el efecto que su canción había hecho, el viajero dejó 
la guitarra á "un lado, y levantándose se aproximó á Mário; 
apartando de su rostro las manos en que este ocultaba su 
semblante le tendió los brazos conmovido y Mário se precipitó 
en 'ellos, quedando ámbos jóvenes unidos por un tierno- 
abrazo. . . 

La madre de Mário contemplaba aquella escena llorando 
también; tenía su rostro oculto en el delantal, empapado 
en lágrimas. 

¡Pobre madre!... 

El viajero y Mário deshicieron suavemente ‘aquel tierno la- 
zo de dolor que habían formado, y quedaron conmovidos y 
silenciosos. 

Aquella escena y la simpatía que desde un principio brotó 
instantánea en los corazones de ámbos jóvenes, eran el pre- 
ludio de una amistad tierna y cariñosa, que dentro de poco 
había de unir aquellas dos almas igualmente templadas. 

Mário fué el primero en romper el silencio. 

Dirigió al viajero una espresiva mirada, y esclamó, 

— Qué cobardía! me he dejado vencer por el dolor que 
domina mi corazón! . . . 

— Mário, — repuso el desconocido — no debeis avergonzaros, 
el espíritu del hombre, á pesar de su grandeza, suele doble- 
garse al peso de un agudo dolor! 

— Oh! el mío ha sufrido tanto!... 

— Y no abriga una esperanza de futura felicidad? 

— Oh! no . . . — esclamó Mário con exaltación — nunca vol- 
verá á mi pecho la felicidad perdida.,. mi dicha está allá, don- 




— 514 



de moran Jos 'adorados seres que mi corazón hecha siempre 
de menos!. . . 

■ — Y vuestra madre, Mário? * • 

— Oh! mi madre!., .pobre madre mía. solo por ella vivo!... 

Esta conversación era sostenida en voz sumamente baja; 
la madre de Mário solo percibía un murmullo ininteligible 
que nada podía revelarle. 

Mário y el viajero comunicábanse sus sentimientos cada 
vez con la mas dulce intimidad. 

Aquel, con esa franqueza y sencillez propia de los habitantes 
del campo, confiaba al desconocido todas sus penas y amar- 
gos dolores. 

El viajero escuchaba con interes, interrumpiendo á veces 
á Mario con una esclamacion, en la cual se retrataba ya una 
dulce y simpática conmiseración, ya un sincero pesar. 

La anciana madre de Mário estendió sobre la mesa un 
blanco mantel, colocando un cubierto, un pan de centeno y 
una jarra de barro llena de agua. Pocos momentos des- 
pués un apetitoso asado y una humeante taza de caldo con- 
vidaban á sentarse á la mesa. 

Mário invitó al viajero á que aceptase aquella humilde 
cena al mismo tiempo que su madre pedíale perdonase la 
pobreza de aquella comida. 

El desconocido, con acento conmovido, manifestó su agrade- 
cimiento á aquellos dignos seres. 

La anciana, siempre diligente, comenzó á preparar, mien- 
tras el viajero comía, ci humilde lecho que había de servirle 
para descansar. 

Aquella noche se pasó sin- otra novedad digna de men- 
ción, salvo las continuas atenciones de que era objeto el 
viajero por parte de Mário y su buena madre. 

A la mañana siguiente, el amaneció hermosísimo, la 
naturaleza sonriente ofrecía á Ir vista un panorama seductor. 

Sin embargo, los campos, á causa de la lluvia, se hallaban 
intransitables. 

El viajero se dispuso á abandonar la casa de Mário, pero 
este quiso oponerse rogando al desconocido permaneciera 
unos días mas en su ranchó hasta que los caminos se pu- 
sieran en buen estado. 

—Gracias, Mário! — contestó el viajero con efusión — agra- 
dezco vuestro generoso ofrecimiento, pero ^motivos altam^n- 




§15 — 

te poderosos me impiden*' hacer' uso de el, permaneciendo 
mas dias en vuestra grata compañía; debo partir en el ac- 
to, sea cual fuese el estado de los caminos . . 

— Sea! — murmuró Mário con triste acento, — sintiendo no 
volver á ver mas al desconocido, por el cual sentía ya la mas 
viva simpatía y el mas profundo aprecio, pero ya que no 
podéis permanecer mas tiempo en mi rancho admitid, al 
menos, un caballo que os facilitará el medio de atravesar estos 
campos; á pie sería imposible transitarlos. 

El desconocido permaneció algunos instantes en silencio, 
luego, estrechando con calor la mano de Mário, esclamó: 

— Bien, acepto, mas no necesitareis ese caballo? yo tardaría 
en devolvéroslo! 

— Tengo otro, podéis conservarlo; os lo ofrezco como un re- 
cuerdo mío. . . 

— Gracias! amigo mío, — esclamó el viajero con acento 
espresivo — no quiero tampoco abandonar vuestro hogar sin 
ántcs dejaros también un recuerdo. 

Al decir esto, el joven se quitó de una de sus manos otra 
sortija de brillantes, y ofreciéndosela le dijo: 

— Conservadla como recuerdo de un buen artiigo! 

— Gracias, no puedo’ aeept irla; esa sortija es de un gran 
valor, dadme cualquiera otra cosa, como ser un boton de vues- 
tro capote. . . ’ 

— Oh! — esclamó el viajero — si no queréis esta sortija 
aceptad esta otra, es muy sencilla, no tiene casi ningún méri- 
to. . .y al decir esto, el joven colocó en la mano de Mário 
un anillo negro en cuyo centróse veia una pequeña perla. 

. — Para mí lo tendrá! — esclamó Mário aceptando la hermosa 
sortija negra de manos del desconocido — basta que os haya 
pertenecido! 

— Bien, ahora, Mario, no os digo a dios, sino hasta la vista, 
porque volveré. . .sí, volveré, y quizá para vivir en estos 
sitios y ser vuestro amigo . . . 

— Que decis! — esclamó Mário con alegría. 

— Sí! pero ántes de sep tramos debemos jurarnos una 
amistad. . . 

— Eterna ! — interrumpió Mário con calor. 

—Oh! sí. eterna! 

En los cortos momentos que nos hemos tratado nuestros 
corazones se han comprendido, y la dulce simpatía dd alma nos 




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ha unido pafá seguir bajo su plácida sombra por el caminó de 
una existencia que ha sido para ámbas una cadena de conti- 
nuos sufrimientos! 

— Solo una pena esperimento, amigo mió, — dijo Mário, 
haciendo uso ya de aquel grato y dulce título — y es no cono- 
cer el nombre del amigo que Dios me ha deparado en medio 
de mis dolores. 

El viajero sonrió con tristeza, luego en voz baja mur- 
muró. 

— Mi nombre es . . . Cárlos de la Estrella, mas si tú, Mário 
amigo, llegas á pronunciarlo ante otros. . .ah! quizá decretes 
mi muerte . . , 

— Que decis — esclamó Mário, imitando la dulce intimidad 
del lenguaje de su amigo. 

— Sí, Mário; la política que en estos momentos perturba 
la tranquilidad de nuestro pais es el motivo que me impul- 
sa á huir. . .estoy gravemente comprometido y mi cabeza 
puesta á precio por los enemigos de mi partido, habiéndome 
abandonado el mío cobardemente en los momentos de mas 
peligro... En tus manos, pues, está mi vida... 

— Ah! Cárlos — esclamó Mário estrechando al jóven con- 
tra su pecho— si posible fuera dar mi vida por la tuya no 
vacilaría ni un segundo! 

Un tierno abrazo de despedida puso fin á esta interesante 
escena. 

Cárlos se despidió de la anciana madre de Mário y mon- 
tó en el caballo que su amigo había hecho acercar, ya en- 
sillado y pronto para la marcha. 

— Hasta la vista, Mário, no transcurrirá mucho tiempo sin 
enviarte noticias mías si no puedo llegar ántes hasta aquí... 

— Dios te acompañe, Cárlos! — exclamó Mário con voz con- 
movida— no olvides que en medio de estas soledades existe 
un corazón que guarda para tí íín afecto profundo y que queda 
esperando tu pronta vuelta! # 

Dulces é inesplicables misterios de la simpatía; aquellos dos 
jóvenes recien se conocían y ya parecía unirlos una estrecha 
amistad! 

Cárlos, fuertemente impresionado, también, con el cariño que 
Mário le demostraba, se apresuró á alejarse, y para ocultar su 
emoción agftó su mano en señal de despedida y partió al 
galope. 




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CAPITULO IV. 



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Han transcurrido dos años despueá de las escenas que acaba- 
mos de narrar. 

La perturbadora política, que había llevado el dolor á los 
tranquilos hogares y sembrado la desolación por do quiera, 
tuvo, fin felizmente, al cabo de aquellos dos años. 

La tranquilidad y el sociego habían tornado á los corazones, 
y al restablecerse^ paz, los hogares abandonados ofrecían 
bellos cuadros de felicidad y de alegría. 

Era una bellísima mañana de primavera. 

Mário, á la puerta de su rancho, investigaba el campo con la 
mirada, mientras que su madre, se ocupaba en el interior en 
preparar el desayuno. 

El jóven esperaba todos los dias á su amigo Cárlos, pues 
desde su partida no había tenido de él la mas leve noticia. 

Mas de una vez se escapaban de su pecho hondos suspi- 
ros, preguntándose á sí mismo si el destino le .tendría de-, 
parada la pérdida de aquella naciente amistad, que tan dul- 
cemente había comovido su alma; ni por un solo instante 
d